Mc 4, 21-25 – 26 de enero – III Jueves durante el año

 

 

Jesús decía a la multitud:

« ¿Acaso se trae una lámpara para ponerla debajo de un cajón o debajo de la cama? ¿No es más bien para colocarla sobre el candelero? Porque no hay nada oculto que no deba ser revelado y nada secreto que no deba manifestarse. ¡Si alguien tiene oídos para oír, que oiga!»

Y les decía: « ¡Presten atención a lo que oyen! La medida con que midan se usará para ustedes, y les darán más todavía. Porque al que tiene, se le dará, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene.»

Palabra del Señor

Comentario

 “¡Presten atención a lo que oyen!” La comunicación no solo es un contenido, no solo es un mensaje que transmitir, así a secas, no solo es letra que dice algo en la simple literalidad. También es espíritu que trasciende lo que dice. Ahí radica la maravilla y al mismo tiempo la fragilidad de la comunicación.  Venimos hablando en estos días un poco de esto. Decíamos que no siempre hay que “echarle” la culpa al que me habla, sino que también no pocas veces la poca efectividad del mensaje en el corazón depende del destinatario, o porque no de ambos.  Es un poco de todo, un mensaje que se comunica, alguien que lo transmite y otro que lo recibe. Bueno en todo ese trayecto pasa de todo o puede pasar de todo. Nos pasa en la vida cotidiana, con nuestros afectos, con nuestra familia, amigos, compañeros de trabajo, con nosotros mismos. ¿Cuántas confusiones, malentendidos, peleas, rencores, silencios, indiferencias, críticas, juicios, guerras,  y tantas cosas más se dan por comunicarnos mal? ¿Cuántos sinsabores nos ahorraríamos si dejáramos de pensar en lo que pensaron, están pensando y empezarán a pensar los otros, mientras yo sigo pensando que lo que pienso es lo correcto? Lindo trabalenguas para pensar.

Bueno, si esto nos pasa en la vida cotidiana, con lo normal de cada día, nada impide que nos pase con la Palabra de Dios. Dios quiere comunicarse con el hombre y somos nosotros los que tenemos que recibir su mensaje. Dios nos habla por medio de su palabra escrita, pero en general alguien nos la explica y somos nosotros los que la recibimos. Por eso cada día debemos esforzarnos por trascender la letra, en trascender lo que dice el que me la explica. Ese es el trabajo que tenés que hacer vos y yo. No podemos quedarnos con lo que “nos dijeron” por más lindo que sea. Tenemos que entender qué nos está diciendo “ahora”, en este instante a cada uno de nosotros. Si no, somos simples repetidores, somos “loritos” de la fe. Nuestra lectura se tiene que transformar en oración, en respuesta de nuestro propio corazón. Es por eso que cada día digo: “Recemos con el evangelio…” Si cada uno de nosotros no reza, falta algo, algo muy importante. Es verdad que no todos los días nos da “el cuero” para hacerlo, pero que lindo sería intentarlo, darnos cuenta que somos una de las partes importantes del mensaje.

¿Acaso se trae una lámpara para ponerla debajo de un cajón o debajo de la cama? ¿No es más bien para colocarla sobre el candelero?” ¿Acaso escuchamos la palabra de Dios cada día para guardarnos lo que escuchamos y no darlo a la luz? Algo del evangelio de hoy me ayuda a aclarar lo que intento decirte de muchas maneras. Como siempre una imagen puede más que mil palabras y la imagen del evangelio de hoy habla por sí misma. La comunicación tiene un mensajero, un mensaje y un destinatario.  Dios nos habló por medio de su Hijo, de Jesús,  que es la luz, nosotros la recibimos. ¿Para qué? ¿Para guardarlo debajo de una mesa? ¿Para no iluminar?  La Palabra de Dios se hizo carne en Jesús y sus palabras dan luz a nuestras vidas, por eso no se pueden esconder. San Pablo fue iluminado para iluminar. Nosotros somos los candeleros, sostenemos la luz, no somos la luz, pero depende de nosotros el que esa luz pueda llegar a otros lugares, puede iluminar a los que están en la oscuridad.

Si pudimos iluminar y no lo hicimos, es como haber podido dar mucho y no haber querido. Eso quiere decir que “al que tiene, se le dará, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene” El que no tiene es el que llega habiendo podido dar mucho, pero finalmente se quedó con poco, por egoísta, por no haber iluminado, por haber escondido la lámpara debajo de la cama, por haberle privado a otros la posibilidad de ser iluminados. A ese se le quitará lo poco que tenga. En cambio al que llegue frente a Jesús con mucho más de lo que se le dio, se le dará más todavía. Al que llegue habiendo iluminado a otros, habiendo logrado que muchos disfruten de la luz de Jesús, se le dará más, tendrá más hermanos, más de los que alguna vez imaginó.

Pensemos que andamos haciendo con lo que hemos recibido, que andamos haciendo con el mejor regalo que hemos recibido, al mismo Jesús que es la luz de nuestras vidas. No pienses ahora en capacidades humanas, en cosas que te salen bien, en las que los demás te halagan o aplauden. Pensá en la fe, en Jesús, en la dicha de ver todo distinto gracias a la luz que recibiste alguna vez. ¿La estás compartiendo? ¿Estás llevando esa luz a donde no la hay? Acordate que si la guardás debajo de un cajón no sirve para nada, dejás sin luz a otros y algún día te quedarás sin luz vos mismo. Acordate que si iluminás, también serás iluminado, porque también disfrutarás de ver lo que pocos ven y de ver que otros empiezan a ver.

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