Mc 7, 24-30 – 9 de febrero – V Jueves durante el año

 

 

Jesús partió de allí y fue a la región de Tiro. Entró en una casa y no quiso que nadie lo supiera, pero no pudo permanecer oculto.

En seguida una mujer cuya hija estaba poseída por un espíritu impuro, oyó hablar de él y fue a postrarse a sus pies. Esta mujer, que era pagana y de origen sirofenicio, le pidió que expulsara de su hija al demonio.

El le respondió: «Deja que antes se sacien los hijos; no está bien tomar el pan de los hijos para tirárselo a los cachorros.»

Pero ella le respondió: «Es verdad, Señor, pero los cachorros, debajo de la mesa, comen las migajas que dejan caer los hijos.»

Entonces Él le dijo: «A causa de lo que has dicho, puedes irte: el demonio ha salido de tu hija.» Ella regresó a su casa y encontró a la niña acostada en la cama y liberada del demonio.

Palabra del Señor

Comentario

No hace falta ser perfecto para ser salar, no hace falta ser un iluminado para iluminar. Dice San Pablo, que “lo necio del mundo lo ha escogido Dios para confundir a los sabios. Y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar al poder. Aún más: ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta; de modo que nadie pueda gloriarse en la presencia del Señor.”  En sentido amplio, más allá de la fe que tengamos, incluso sin tener fe en nada, podemos decir que todos los hombres podemos ser luz y sal. Todo hombre nacido en esta tierra es obra de Dios, es amado por Él, tiene en su interior un núcleo de bondad y de amor que solo Dios conoce y que puede ponerse al servicio de los demás. Todo hombre creado por Dios tiene algo que aportar, algo para dar, para iluminar. Si redujéramos la posibilidad de salar e iluminar a los cristianos,  nos quedaríamos cortos.

Por supuesto que por tener fe, por creer en Jesús, en su Iglesia y saber que su amor, sus sacramentos, nos van transformando lentamente a lo largo de la vida, tenemos que afirmar que la fe nos da algo que los demás no tienen, nos da una fuerza especial para ser capaces de lo heroico, incluso hasta el martirio, pero eso no nos hace perfectos, ni especiales, ni exclusivos, al contrario, nos da una responsabilidad aún mayor. Por eso, el ser luz y sal, no es propiedad privada de nosotros, sino que es patrimonio de la humanidad. Todos los hombres están hechos para amar y ser amados, salar e iluminar.

Algo de este evangelio de hoy, tan particular, nos da una lección sobre esto que estamos hablando. ¿Una lección sobre qué? Fundamentalmente se me ocurren dos cosas.

Por un lado que Jesús no es “propiedad privada”, no es solo de algunos y para algunos, sino que es de todos y para todos. Aunque a veces parezca lo contrario dentro de la Iglesia.

Por otro lado, la persona menos pensada a veces se transforma en sal y luz de otros. Jamás podemos despreciar a una persona, por más distinta y alejada de nuestra realidad que parezca.

Vamos a lo primero. Los seres humanos cometemos fácilmente el error de la posesión. Nos adueñamos de las cosas, de las personas, de las ideas, de los logros. Nos encanta la exclusividad, nos encanta el sectarismo manifestado de muchas maneras. Podríamos hablar horas de esto. Y esto se da de diferentes formas y matices en la misma Iglesia. Pasó en la vida de Jesús, los discípulos y muchos otros,  varias veces quisieron “adueñarse” de Jesús. Sin embargo, Jesús siempre lo evitó. Es nuestra gran tentación, adueñarnos de lo que nos hace bien y pretender ese bien solo para nosotros o bien pretender que todos hagan lo mismo que yo. Pasa para ambos lados. Los que conocieron a Jesús en un lugar, en una comunidad, hacen de ese lugar y comunidad casi como su “nichito” exclusivo donde solo pueden entrar los que más o menos se parecen a mí. ¡Qué tristeza cuando rodeamos a Jesús con nuestras ideas e impedimos que otros puedan vivir lo mismo que yo, pero a su manera. Y el otro extremo es el fanatismo. “Si no hacen lo mismo que yo, si no conocen a Jesús en mi movimiento, en mi grupo, mi parroquia, retiro, casi que no entienden nada, no van a conocer a Jesús”. ¡Qué soberbia! ¡Qué estrechez de corazón! ¡Qué cerrazón de corazón!

Lo segundo es que a veces los menos pensados pueden ser sal y luz, y nosotros, los más cercanos por prejuiciosos podemos transformarnos en  “burócratas de la fe”. Poner tantas condiciones y trabas, que al final, seguir, conocer y amar a Jesús se transforma en un trámite más, controlado por algunos que ponen las reglas y los demás se tienen que acoplar, sin libertad. “Para seguir a Jesús, tenés que hacer esto, lo otro, tenés, tenés…” y así mil cosas. Somos nosotros los que le digitamos el camino a los demás. Incluso algo peor que también pasa, “para anunciar a Jesús tenés que ser así, asá, hacer esto lo otro, llenar este formulario o el otro…”, o sea que para ser sal y luz casi que tenés que presentar un curriculum de buena conducta, un ADN de cristiano, que se parezca, por supuesto, bastante al mío. Como dice el Papa Francisco: “Es más importante la gracia que toda la burocracia. Y tantas veces nosotros en la Iglesia somos una empresa para fabricar impedimentos, para que la gente no pueda llegar a la gracia” Para pensar y rezar.

Bueno, si te queda alguna duda sobre cuál es la verdad del evangelio sobre este tema, sin dejar de lado todas las otras verdades que contiene y sin relativizar lo que Jesús enseña, te propongo que vuelvas a escuchar el texto de hoy. Una pagana que se transforma en sal y luz al acercarse a un Jesús aparentemente bastante duro, que termina concediéndole lo que ella necesitaba y pedía. Conclusión, Jesús no es “propiedad de algunos”, Jesús nos ayuda a ver mucha bondad fuera de nuestras cuatro paredes, fuera de nuestras narices, fuera incluso de la Iglesia.

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