Mc 9, 41-50 – 23 de febrero – VII Jueves durante el año

 

 

Jesús dijo a sus discípulos:

«Les aseguro que no quedará sin recompensa el que les dé de beber un vaso de agua por el hecho de que ustedes pertenecen a Cristo.

Si alguien llegara a escandalizar a uno de estos pequeños que tienen fe, sería preferible para él que le ataran al cuello una piedra de moler y lo arrojaran al mar.

Si tu mano es para ti ocasión de pecado, córtala, porque más te vale entrar en la Vida manco, que ir con tus dos manos a la Gehena, al fuego inextinguible. Y si tu pie es para ti ocasión de pecado, córtalo, porque más te vale entrar lisiado en la Vida, que ser arrojado con tus dos pies a la Gehena. Y si tu ojo es para ti ocasión de pecado, arráncalo, porque más te vale entrar con un solo ojo en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos a la Gehena, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.

Porque cada uno será salado por el fuego.

La sal es una cosa excelente, pero si se vuelve insípida, ¿con qué la volverán a salar?

Que haya sal en ustedes mismos y vivan en paz unos con otros.»

Palabra del Señor

Comentario

En la medida que, como decíamos ayer, nos vamos enamorando de la Palabra de Dios a fuerza de entrega, de trabajo, de esfuerzo, de perseverar, de escuchar,  de ser  fieles día a día; la recepción de la palabra, ya sea por los audios que recibimos, ya sea porque la leemos en paz en nuestra casa o bien en un templo, en donde sea, se vuelve gozosa y fecunda. Cuando estamos enamorados esperamos al amado como la tierra reseca espera a la lluvia y la consume cuando la recibe.

Qué lindo que la Palabra sea eso en nuestra vida. Confieso que cuando comencé con estos audios jamás pensé que la Palabra de Dios iba a generar tantas ansias. Si tenía claro una cosa y me convencí que era necesario leer el evangelio de cada día, para que brille la Palabra de Dios. Mi palabra puede faltar, el evangelio jamás. Y la Palabra da fruto, te lo aseguro, en todos los que escuchamos. Muchísimos, pero muchísimos en estos meses me han dicho varias veces: Padre, la Palabra de Dios generó en mí una especie de “adicción”, la espero cada día como el pan, como el desayuno. Qué lindo que nos pase esto. Pidamos juntos esta gracia. Es gracia, es regalo, es como la lluvia, es gratuita, pero hay que pedir y pedir, convencerse de esta verdad.

Hoy escuchamos del Evangelio de Marcos, uno de esos fragmentos de la Palabra que tienen una cierta complicación, no solo por los temas que trata, sino porque además aparecen diversos temas entrelazados y sería muy extenso explicarlos todos. Sin embargo se puede decir algo en común. Jesús les está hablando a sus discípulos, a los más cercanos, es una conversación con ellos. Esto es importante aclararlo. Eso es bueno que siempre te preguntes: ¿A quién le habla hoy Jesús? En definitiva,  Jesús nos vincula de una manera especial con Él.

Ayer decíamos que por estar cerca de Jesús no había que pensar que éramos una elite, o éramos mejores, o que teníamos el “monopolio” de Jesús, pero hoy Jesús nos asegura algo lindo y que al mismo tiempo se transforma en una linda y pesada responsabilidad. Somos de Él, somos parte de Él!!! Y por eso, el que nos hace el bien a nosotros, los que estamos unidos a Él por el bautismo, le hace bien a Cristo de una manera especial!! Esto es increíble y es así. Por eso San Pablo dirá: “Hagan el bien a todos, pero en especial a los miembros de la Iglesia” A nosotros los sacerdotes nos pasa muchísimo esto y nos sorprende. Muchas personas se preocupan por nosotros, nos acompañan en nuestra tarea, nos dan su apoyo y cariño, nos sostienen en todo sentido, creo yo, porque están convencidos de esta verdad del evangelio. Al ayudarnos a nosotros, al “darnos” un vaso de agua, se lo están dando al mismo Jesús. Y por otro lado la responsabilidad.

Si nosotros con nuestra vida colaboramos a que alguien que tiene fe la pierda, nos perdemos con él. Tremenda responsabilidad. Los pequeños son todos los que creen, todos los que tiene fe en Jesús. Si colaboramos con nuestros pecados a que alguien se aleje, somos como la sal que pierde su sabor y no sirve para nada, solo para ser tirada. Duras palabras, pero que nos pueden ayudar a pensar en qué clase de testimonio estamos dando o dimos. Pidamos a Jesús que nuestra vida sea una atracción para que otros vean a Él en nosotros y al mismo tiempo, que jamás un pecado nuestro aleje a alguien de lo más sagrado que es, la fe.

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