Mt 11, 28-30 – 20 de julio – XV Jueves durante el año

 

 

Jesús tomó la palabra y dijo:

Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.

Palabra del Señor

Comentario

Cuando se siembra mucho a la larga se cosechará mucho. La generosidad le gana siempre al cálculo. Cuando se siembra poco, tarde o temprano cosecharemos poco, porque no hay que olvidar que mucho se pierde en el camino, nos guste o no. Porque la mezquindad se olvida de la mezquindad de los otros. 

Jesús es el sembrador generoso que siembra sin medir, el sembrador que no juzga y siembra sin discriminar; el sembrador que no se busca así mismo y por eso siembra casi “sin esperar nada a cambio”, aunque obviamente Él desea que todos reciban las semillas en el corazón. Aunque parezca contradictorio, el que siembra sin esperar ver con sus propios ojos, al final será el que más recibirá con el tiempo. Así es Dios Padre. 

Así hicieron los santos. No sembraron esperando el aplauso, los frutos, la “palmada” en el hombro, el reconocimiento… sino que sembraron sabiendo que incluso los frutos pueden recogerlos otros después. No te olvides que es mucho más lo que no vemos que lo que vemos. Muchas veces son  muchos más los frutos que disfrutan otros gracias a nuestro esfuerzo que los que disfrutamos nosotros en carne propia. 

Por eso hay que sembrar y sembrar, no cansarse. Seguí sembrando en tus hijos, aunque no se den cuenta de lo que hacés. Seguí sembrando en tus alumnos aunque parezca que no les importa. Seguí sembrando en tus fieles, si sos sacerdote, o religioso, acordate que el crecimiento no depende de nosotros, gracias a Dios. Sigamos misionando en todos lados, aunque parezca que a nadie le interesa. Sigamos tirando “audios” y palabras de Dios por todos lados, que alguna semillita prenderá en algún corazón que anda por ahí.

Hoy te propongo detenernos en tres momentos de algo de este evangelio tan cortito pero tan lindo.

Primero Jesús dice que vayamos a Él: “Vengan a mí”. Jesús nos invita a ir a Él, Jesús nos invita a darnos cuenta que de alguna manera todos tenemos aflicciones y agobios; y la forma de calmarnos, de encontrar paz es ir hacia Él. Pero para ir a Jesús hay que sentirse necesitado, sentirse con alguna aflicción o agobio, no es que tenemos que “buscar” sufrir, obviamente, pero al mismo tiempo debemos darnos cuenta que todos tenemos de alguna manera algún sufrimiento, algún vacío, algún dolor. Lo que pasa es que la vida de hoy parece que nos tapa todo, nos anestesia los problemas, no nos damos cuenta; tenemos mil opciones para calmar lo que nos pasa y no sabemos bien que es. Sin embargo, ¿qué hombre puede decir que en algún momento de su vida no tiene alguna aflicción, algún agobio? Por ahí vos estás sufriendo en algún sentido, tal vez la pérdida de alguien, estás sufriendo tus propias debilidades, tus propios pecados, o el agobio de tu trabajo, alguna injusticia, cansancio de tu estudio, o te cuestan muchísimo las cosas.

Bueno… Andá a Jesús; Jesús te dice: “Vení a mí que Yo te voy a aliviar”, y ese ir a Jesús es buscarlo en su Palabra, en esto que estamos haciendo de escuchar su Palabra; es buscarlo también en la Eucaristía obviamente; buscarlo en la oración, en alguien que me escuche y que sea instrumento de Dios, o incluso saliendo a amar, saliendo a buscar alguien más necesitado que yo…

Ir a Jesús, ir a Jesús; eso es lo que nos tiene que quedar hoy en el corazón. Jesús nos dice: “Vengan a mí que yo los aliviaré”.

El segundo punto a considerar es que el Señor nos invita a “aprender” de Él: “Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón”, paciente y humilde de corazón; esa es la gran virtud que el Señor nos invita a imitar en el Evangelio. Aprender de su humildad, aprender de la humildad que nos impide creernos que podemos dominar todo y podemos controlar todo, eso nos alivia; no creernos omnipotentes, aprender de su paciencia que nos ayuda a no enojarnos continuamente contra la realidad, entonces eso nos alivia y no nos aflige.

Busquemos el alivio de Jesús; pero el alivio que también implica que nosotros hagamos algo, yo tengo que hacer algo, no puedo esperar que el alivio venga de arriba únicamente; tengo que ser paciente y humilde de corazón.

Porque  —y ahí viene lo tercero— “su yugo es suave y su carga liviana”. Jesús nos propone, no agobiarnos con más problemas o cargas que tenemos que llevar, sino al contrario; nos propone una carga “distinta”, no la carga que yo me invento por mi propia soberbia y orgullo… esa carga que me pesa porque yo soy el que armo mi vida; sino la carga que me pone Él, que en definitiva es la carga de la paciencia y de la humildad, la del amor gozoso. Ser paciente y humilde es un yugo, es algo que tenemos que cargar sobre nosotros y hacer un esfuerzo; pero al mismo tiempo es lo que nos da alivio. Nos da la paz y la alegría. Esta es la “paradoja” de esta propuesta de Jesús, cargar con algo que nos hará más liviana la carga. Como las alas, que son una carga, pero les permite a los pájaros volar.

Bueno… Jesús quiere aliviarnos, si hoy estás así, andá a Él, es lo más lindo… solo cuesta el primer paso.

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