Mt 12, 1-8 – 21 de julio – XV Viernes durante el año

 

 

Jesús atravesaba unos sembrados y era un día sábado. Como sus discípulos sintieron hambre, comenzaron a arrancar y a comer las espigas.

Al ver esto, los fariseos le dijeron: «Mira que tus discípulos hacen lo que no está permitido en sábado.»

Pero él les respondió: «¿No han leído lo que hizo David, cuando él y sus compañeros tuvieron hambre, cómo entró en la Casa de Dios y comieron los panes de la ofrenda, que no les estaba permitido comer ni a él ni a sus compañeros, sino solamente a los sacerdotes?

¿Y no han leído también en la Ley, que los sacerdotes, en el Templo, violan el descanso del sábado, sin incurrir en falta?

Ahora bien, yo les digo que aquí hay alguien más grande que el Templo. Si hubieran comprendido lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios, no condenarían a los inocentes. Porque el Hijo del hombre es dueño del sábado.»

Palabra del Señor

Comentario

“Los que siembran entre lágrimas cosecharán entre canciones. El sembrador va llorando cuando esparce la semilla, pero vuelve cantando cuando trae las gavillas” Así expresa el salmo 126  la realidad de lo que significa sembrar y lo que significa cosechar. Sembrar cuesta; sembrar muchas veces duele, sembrar a veces es árido. Se siembra entre lágrimas porque no se ve en el momento lo que vamos a lograr, aún cuando sabemos que en la semilla está todo lo necesario para lograr los frutos que anhelamos. La semilla puede tener toda la fuerza para crecer y lograr una planta que de abundantes frutos, pero eso no se ve a simple vista; eso no lo vemos hasta que la semilla no muere y se transforma. Si no muere, no da frutos.

Jesús fue sembrador y semilla al mismo tiempo. A Jesús estando la tierra, también le costó sembrar, a Jesús le costó dar fruto, incluso tuvo que morir para hacerlo; como Él mismo lo dijo: «…si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto »

Es necesario saber que sembrar cuesta; no podemos ser ingenuos. Es necesario saber que a Jesús le costó la propia vida. Al entregarse y ser Él mismo la semilla que dio la vida por nosotros, y nos ganó con su entrega, podemos decir que nosotros hoy somos los frutos de su entrega, vos y yo, lo que estamos escuchando su palabra.

De la misma manera tenemos que vivir y experimentar también la siembra que vamos realizando en nuestra vida; sembramos y somos semillas. Por ahí no veremos los frutos de lo que nosotros hemos sembrado, por ahí los verán otros; pero tenemos que saber que tarde o temprano si hemos sembrado con amor; eso dará fruto. No te desanimes, seguí sembrando, no te desanimes. Aunque la siembra sea dolorosa no te desanimes; aunque la tierra sea pedregosa; aunque la semilla caiga en lugares donde parece que nunca crecerá; no te desanimes. Miralo a Jesús, miralo a Jesús que salió a sembrar, que supo sembrar entre lágrimas lo que finalmente cosechó entre canciones con su resurrección.

La resurrección de Jesús es la cosecha entre canciones de la cual hable el salmo. Es un canto nuevo, es la nueva canción que ha dado Dios Padre para cada uno de los hombres; para hacernos disfrutar del verdadero canto de Dios, de la alegría del amor que se entrega a cada uno de nosotros.

Algo del evangelio de hoy nos muestra justamente lo contrario a sembrar: el no sembrar que se manifiesta en el ser mezquino, en estar pensando que los frutos dependen de nosotros, en el juzgar que incluso los otros no pueden dar frutos, en subestimar a los demás, en no querer morir por amor y al mismo tiempo pretender todo. Los fariseos representan todo eso y mucho más.

Hoy vemos como los fariseos; ese fariseo que a veces llevamos dentro –vos y yo–; ese que está juzgando, el que está mirando que hacen los otros, mirando que error puedo encontrar en los otros para mostrarles que en realidad la verdad la tenemos nosotros mismos. Los fariseos no saben sembrar; los fariseos miran a Jesús y no se dan cuenta que tenían a la Palabra viva al frente de ellos, y se dedicaban a mirar sus errores y los de sus discípulos.

Pero Jesús les enseña cuál es la verdadera interpretación de la Palabra de Dios; porque la semilla puede ser muy buena, pero si no sabemos hacerla crecer; permanece estéril, no sirve para nada. La palabra de Dios es muy buena, la Biblia es el mejor libro del mundo; pero si no lo sabemos interpretar, se puede transformar incluso en un obstáculo para creer. Eso le pasó a los fariseos: no supieron interpretar la palabra de Dios, no supieron encontrar la verdad escondida en la Palabra de Dios; y por tanto, no germinó en ellos la semilla que Dios había sembrado.

No seamos fariseos; no estemos juzgando y creyéndonos superiores. Aprendamos de Jesús que supo sembrar entre lágrimas para cosechar entre canciones, aprendamos de Jesús que nos enseña que la misericordia es la esencia de nuestra vida cristiana, es lo esencial del Evangelio y de sus palabras.

Dejemos que la bondad de Dios florezca en nuestro corazón; dejemos que la misericordia de Dios nos gane el corazón y desterremos de nuestra vida aquellos comentarios, aquellos pensamientos revestidos con ese fariseísmo que se transforma en un velo, que no nos permite ver el amor de Dios que está dando vueltas por tantas vidas, por tantos corazones de nuestro alrededor.

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