Mt 13, 18-23 – 28 de julio – XVI Viernes durante el año

 

 

Jesús dijo a sus discípulos:

«Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador. Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino.

El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe.

El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto.

Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno.»

Palabra del Señor

Comentario

Cada cosa tiene su lugar, a cada cosa tenemos que aprender a darle su lugar y para eso es bueno saber distinguir, discernir. No se trata de ser tontos y que todo nos de lo mismo, o que digamos… “Bueno, total es Dios el que juzga”. Hay que saber diferenciar la cizaña por un lado y el trigo por otro. De eso Dios no nos exime, no le molesta que distingamos, al contrario, nos dio la cabecita para pensar. Lo que no quiere es que seamos jueces, es que ocupemos el lugar que no nos corresponde.

Aún cuando aprendamos a distinguir, es verdad que nadie, si le dieran a elegir, quiere cizaña en su campo-corazón, en su familia, en la Iglesia, en el mundo. Sin embargo la cizaña está y Dios la permite, Él lo sabe todo. No sirve que nos enojemos con Dios o que le cuestionemos porqué permite esto o lo otro. Es así, las cosas son así. Nos ahorramos mucho camino si aceptamos lo que hay que aceptar. Y no digo esto para que nos resignemos al mal y lo aceptemos sin querer modificarlo, eso no es cristiano, pero si lo digo y lo pienso, en el sentido de que no pretendamos ser más que Dios o incluso hacer lo que ni siquiera Jesús hizo, que fue “acabar” con los malos o con el mal, cosa que todos deseamos.

Jesús luchó contra el mal, pero luchó sembrando más semillas buenas, para ganarle no aniquilándolo. Jesús expulsó demonios, derrotó al demonio, pero igualmente el maligno sigue ejerciendo su influencia en el mundo, sigue sembrando cizaña. Jesús se lo permite, misteriosamente. ¿Por qué será? ¿Cuántas veces nos preguntamos por qué esto, por qué lo otro, por qué las injusticias, por qué la muerte, por qué tanto dolor, en el fondo porqué el pecado? ¿Por qué la cizaña? Bueno, este audio no es para hacer teología profunda, primero porque no estoy capacitado, segundo porque sería demasiado largo y tercero porque creo que por más pensemos y pensemos, nos preguntemos y preguntemos, hay cuestiones que las entenderemos plenamente cuando estemos con Él cara a cara. Mientras tanto, nos guste o no, hay cosas que es bueno aceptarlas, no enojarse y mirar para adelante confiando más en la fuerza del bien que en el poder del mal.

Como decía al principio, hay que darle a cada cosa su lugar, aprender a distinguir. Creo que algo del evangelio de hoy nos ayuda a seguir este camino de la sabiduría interior. No podemos echarle la culpa siempre a los otros, a la cizaña, al maligno, a Dios o a quien sea. La cizaña hace su trabajo, el maligno también, pero… ¿Y nosotros? ¿Cuándo vamos a asumir nuestras responsabilidades? ¿Cuándo nos vamos a dar cuenta que la poca fecundidad de nuestra vida, de lo que hacemos, en mayor parte se debe a nosotros mismos? A veces somos muy inmaduros en la fe. Y por eso para un extremo o el otro, atribuimos las cosas malas a “alguien que nos hizo mal” y todo lo bueno tiene que venir casi mágicamente de afuera sin mucho esfuerzo de nuestra parte. ¿Te parece eso una actitud madura de un hijo de Dios? Son muchísimas las personas que todo lo malo que les pasa, se lo atribuyen: al demonio, a un maleficio, a un “trabajo”, a un familiar, a un vecino, al jefe y rara vez a sí mismos, a sus propias decisiones. Son muchísimas las personas que piden a Dios cosas buenas sin poner mucho de sí mismos, olvidándose que sin algo de nuestra parte muchas veces Dios no puede o no quiere actuar. ¿Entendés?

La explicación de la parábola del sembrador dada por Jesús no puede ser más clara. Te diría que no hace falta explicarla más… ¿Qué mejor explicación que la que dio el mismo sembrador? Lo que sí creo que ayuda a pensar, es que lo que hace la gran diferencia es la comprensión de la Palabra. Todos escuchan, pero no todos comprenden. El que da fruto en serio fue el que escuchó  y comprendió. Los que no dan frutos son los que no comprenden, los inconstantes y los débiles, los que se dejan vencer rápidamente. ¿A quién podemos echarle la culpa? ¿A la semilla? No. ¿A la cizaña? Tampoco. ¿A los pájaros? Menos. ¿A las preocupaciones, problemas y riquezas? Sería lo más fácil.

Cada cosa en su lugar, aprendamos a distinguir y a hacernos cargo de nuestra parte. Tenemos que reconocer que la falta de frutos se debe principalmente a nuestra debilidad, a nuestros pecados, a nuestras malas decisiones y dejar de mirar para afuera y encontrar fantasmas por todos lados. La cizaña está y estará. Las preocupaciones nunca nos abandonarán. Las riquezas siempre nos atraerán. Ese no es el problema. Somos nosotros los que debemos jugarnos por el bien, la bondad y ser constantes en escuchar y luchar, todos los días. No aflojemos, que todos podemos dar más frutos, si escuchamos y comprendemos.

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