Mt 13, 24-30 – 23 de julio – XVI Domingo durante el año

 

 

Jesús propuso a la gente otra parábola:

«El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: “Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?”

Él les respondió: “Esto lo ha hecho algún enemigo.”

Los peones replicaron: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”

“No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero”».

Palabra del Señor

Comentario

Durante la siembra del buen sembrador, de ese sembrador generoso, incansable, del que siembra sin discriminar jamás… se mete, se cuela, el enemigo para sembrar la cizaña. Se mete el “coludo” para meter la cola. Esto no es de ahora, es de siempre, aunque ahora no se hable mucho y no nos guste escuchar. El enemigo, el diablo, el demonio, o como le quieras llamar, odia la siembra generosa de Jesús y mientras duerme y nosotros también, se dedica a querer llenar este mundo y nuestros corazones, con semillas que no son las del Reino del Padre.

En este domingo Jesús sigue con sus parábolas. Sigue hablándonos del Reino de Dios para que comprendamos un poco más esta realidad tan compleja.

¿Pensabas que la parábola del sembrador se iba a quedar ahí nomás? Las cosas de Dios no se comprenden desde un aspecto nomás, sino que es necesario escuchar y escuchar. Es necesario conocer diferentes “caras”, diferentes matices. Es lindo saber que Jesús es un sembrador generoso y que la semilla de la palabra de Dios, a pesar de que se desperdicia mucho, da fruto porque siempre encuentra un corazón abierto a recibirla.

Pero la parábola de hoy nos quiere ayudar a que no nos olvidemos de algo también importante. Quiere mostrarnos que no podemos ser ingenuos creyendo que con eso alcanza. En el campo de Dios también hay cizaña y la cizaña es muy parecida al trigo al principio.

La primera reacción de los peones, de nosotros, se resume con esta pregunta: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?” ¿Quién no pensó alguna vez como los peones de la parábola de hoy? ¿Quién de nosotros muchas veces no tiene deseos profundos de que se acaben los malos, de que se acabe el mal representado en la cizaña? Es la reacción natural e inmediata al darnos cuenta de que en el “campo de Dios” alguien sembró cizaña y lo que es peor, parece que a Dios, “el dueño del campo” no le importa tanto: “No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo” Nos gustaría ayudar a Dios a terminar con el mal del mundo, el de la Iglesia y el de nuestro corazón. ¡Qué ganas de que tanto mal se acabe de golpe, que podamos arrancarlo de una vez por todas! Incluso nos gustaría a veces ocupar el lugar que Dios parece no querer tomar. Sin embargo, Él espera. Su paciencia es infinita, hasta nos impacienta que sea tan paciente. San Agustín lo expresaba magistralmente: “Tolera; para esto has nacido. Tolera, pues tal vez eres tolerado tú. Si siempre fuiste bueno, ten misericordia; si alguna vez fuiste malo, no lo olvides. ¿Y quién es siempre bueno? Si Dios te hiciera un examen minucioso, sería más fácil que él te encontrara algo malo ahora, que no que tú mismo te hallaras bueno en todo momento. Por lo tanto, ha de tolerarse esta cizaña en medio del trigo… Ahora, pues, no es el tiempo de la separación, sino el de la tolerancia”.

En realidad es al revés de lo que pensamos, a Dios le importa tanto su “campo”, le importa tanto cada uno de nosotros que quiere esperar hasta el final para darles oportunidad a todos a convertirse. A vos y a mí. Somos peones, no lo olvidemos, no seremos los cosechadores. Incluso la parábola muestra que aunque el propietario se da cuenta de que existe la cizaña no les encomienda a los peones la cosecha, el quemar la cizaña, sino que eso lo harán otros, los cosechadores, todo un signo.

Todos seguramente tenemos algo de cizaña en el corazón porque el maligno también la siembra cuando dormimos y cuando somos soberbios, cuando andamos queriendo arrancar la cizaña de otros lados y no vemos la nuestra. Todos tuvimos más o menos cizaña en algún momento y Dios nos esperó, nos esperó y confió hasta el final, sigue esperándonos. Si hoy no lo somos es gracias a Él y si perseveramos hasta el final como trigo será gracias a Él.

Por eso no tenemos que ser como los peones que por ver la cizaña, por descubrirla se creen con el derecho de arrancarla, corriendo el riesgo de arrancar también el trigo. Es la reacción natural, la de todos, pero no es la de Dios, no es la de tu Tata Dios. “Gracias a Dios” Jesús no es como nosotros, sino estaríamos ya todos “atados y listos para ser quemados” como la cizaña.

La paciencia de Dios muchas veces nos hace sufrir, pero es por la paciencia de Dios que al final nos llegará la salvación, cuando venga la cosecha y la justicia misericordiosa del Padre se ponga de manifiesto. Mientras tanto… paciencia, misericordia, tolerancia, no tomar el lugar que no nos corresponde.

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