Mt 13, 44-46 – 2 de agosto – XVII Miércoles durante el año

 

 

Jesús dijo a la multitud:

«El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo.

El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.»

Palabra del Señor

Comentario           

La Palabra de Dios también es “cortante”. Volvamos al texto de la carta a los hebreos que nos ayuda mucho: “Porque la Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de doble filo: ella penetra hasta la raíz del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”.  Es más “cortante” que cualquier espada, es una expresión muy gráfica. ¿Dios habla para cortar? Y sí. De alguna manera sus palabras son para dividir, pero en un buen sentido de la palabra. La división no siempre es mala, sino que a veces es necesaria y es sanadora. Dios habla para iluminar nuestras vidas y la luz divide, hace que la oscuridad desaparezca y se generen nuevos espacios.  Pensá en la cantidad de cosas que “cortó” en tu vida el escuchar la palabra de Dios con seriedad. Cuando es escuchada de corazón tiene tanta fuerza que ha logrado convertir a miles y miles de personas y les ha transformado la vida. Cuenta la historia de San Antonio abad que una vez “mientras caminaba, iba meditando y reflexionaba como los apóstoles lo dejaron todo y siguieron al Salvador, cómo, según se dice en los Hechos de los apóstoles la gente vendía lo que tenía y lo ponía a los pies de los apóstoles para su distribución entre los necesitados; Pensando estas cosas, entró a la iglesia. Sucedió que en ese momento se estaba leyendo el pasaje en el que el Señor dice al joven rico: «Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes y dáselo a los pobres; luego ven, sígueme, y tendrás un tesoro en el cielo». Como si Dios le hubiese puesto el recuerdo de los santos y como si la lectura hubiera sido dirigida especialmente a él, Antonio salió inmediatamente de la iglesia y dio la propiedad que tenía de sus antepasados: 80 hectáreas, tierra muy fértil y muy hermosa”.

Eso es lo que quiere hacer hoy la Palabra de Dios con todos nosotros: ser viva, eficaz, y cortante; es cortante y por eso a veces “duele”, es cortante no porque quiera hacernos doler pero sí porque al cortar nos muestra cosas para hacer y cambiar, nos hace ver las cosas diferentes y esas cosas a veces pueden doler porque mientras vivimos en la ignorancia, muchas cosas no molestan, pero al verlas tenemos que tomar decisiones.

Hoy el Señor nos habla otra vez por medio de parábolas, sigue enseñándonos a través de parábolas qué es el Reino de Dios; ese Reino de Dios que ya está entre nosotros porque Jesús es quien lo trajo a la tierra con su presencia; y a partir de ahí todo cambió para siempre, en la historia y en nuestras vidas.

Algo del evangelio de hoy nos vuelve a poner frente a frente con la radicalidad del que descubre el valor del Reino de los Cielos. Una vez durante el sermón de este evangelio puse un ejemplo, dije algo así: Supongamos que hoy a todos nos dicen cuál será el número que saldrá en la lotería, o que al entrar a un casino sepamos cuál numero saldrá en la ruleta… ¿Qué haríamos sabiendo que esa información es una certeza absoluta? ¿No apostaríamos todo lo que tenemos? ¿No nos jugaríamos por completo? “Y sí, padre, no hay que apostar al pepe…” me dijo Johnny, con su gracia habitual. Obviamente, es elemental. En las cosas de esta vida somos elementales y muy inteligentes, pero en las de Dios no tanto. Sé que el ejemplo fue poco feliz, pero justamente lo puse para que pensemos que muchas veces por ganar un poco más, por ambiciones muy pobres y pasajeras, somos capaces de dejar todo y mucho más. Por cosas de esta vida, hay gente que deja realmente mucho. Deja tiempo, esfuerzo, familia, proyectos, y eso está bien siempre y cuando sea por una causa más noble y grande… Pero… ¿y por el Reino de Dios? ¿Reaccionamos así cuando encontramos el tesoro y la perla? O por ahí podríamos preguntarnos… ¿Si todavía no somos capaces de dejar algo por amor a Jesús, será que lo encontramos o todavía él sigue siendo una idea abstracta en nuestra vida? La ecuación es muy sencilla. Estar con Jesús es buen negocio. Es el mejor negocio. Tanto el que encuentra el tesoro como el que encuentra la perla, ambos venden todo para quedarse con algo de mucho más valor. No hay comparación. Así de fácil. Esto vale tanto para las decisiones radicales, como la de San Antonio, o como la de cualquier vocación religiosa y sacerdotal, como para las decisiones pequeñas y silenciosas de cada día, las tuyas y las mías, las de tu familia, las de tu estudio, las de tu trabajo, las de tu apostolado.

Cuando se elige amar, se vende todo para ganar algo más grande. No se pierde nada, al contrario, todo vuelve multiplicado mil veces más. ¿Entendés? El que elige amar es el que encontró el tesoro más grande y lindo que se pueda imaginar. El que encuentra ese tesoro que es Jesús, no mide lo que pierde, porque en realidad no pierde, es imposible perder con Él.

Hoy no pensemos en cosas raras, extravagantes. El Reino de Dios no está ni aquí ni allá, está en tu corazón cuando decidís decirle que sí a Jesús, cuando decidís amarlo a Él en los demás.

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