Mt 13, 54-58 – 4 de agosto – XVII Viernes durante el año

 

 

Al llegar a su pueblo, se puso a enseñar a la gente en la sinagoga, de tal manera que todos estaban maravillados.

« ¿De dónde le vienen, decían, esta sabiduría y ese poder de hacer milagros? ¿No es este el hijo del carpintero? ¿Su madre no es la que llaman María? ¿Y no son hermanos suyos Santiago, José, Simón y Judas? ¿Y acaso no viven entre nosotros todas sus hermanas? ¿De dónde le vendrá todo esto?»

Y Jesús era para ellos un motivo de escándalo. Entonces les dijo: «Un profeta es despreciado solamente en su pueblo y en su familia.»

Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la falta de fe de esa gente.

Palabra del Señor

Comentario

Seguimos profundizando, ya al terminar esta semana, lo que nos enseña la palabra de Dios sobre ella misma; sobre el valor que tiene para nosotros, para nuestra vida de fe, para aprender a conocernos y profundizar. Vuelvo a repetirte la frase de la carta a los hebreos: “Porque la Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de doble filo: ella penetra hasta la raíz del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”.   Hoy, quiero que encontremos la respuesta a lo que venimos reflexionando en estos días sobre el porqué… porqué lo que dice Dios es vivo y eficaz, sobre el porqué la palabra de Dios es como una espada, que corta y penetra hasta el fondo del alma, del corazón, del espíritu. En realidad podríamos decir el para qué. ¿Para qué la palabra de Dios corta y penetra? Bueno, la respuesta es sencilla, la da la misma palabra. Para ayudarnos a “discernir los pensamientos y la intenciones del corazón”. Vale la pena que entendamos que es discernir; que quiere decir distinguir entre varias cosas, saber separar para poder elegir.

Para decirlo en criollo. La palabra de Dios penetra en nosotros para que nosotros sepamos distinguir lo que en nuestra cabeza y corazón aparece muchas veces mezclado y confuso. Solo la persona que sabe escuchar aprende a discernir bien lo que siente y piensa. Los que hablan mucho, escuchan poco, y en general deciden según sus criterios y por eso tienen muchas chances de equivocarse. Si esto vale para la vida entre nosotros; imaginemos si lo pensamos desde Dios. Por eso el que escucha a Dios cada día es –a la larga– el más sabio; porque discierne según los pensamientos y deseos de Dios, que son los que jamás se equivocarán. Al contrario de lo que piensa el mundo, o la cultura que nos rodea; que le encanta y se jacta al decir… “Que tiene convicciones” o “Yo me guío por mis convicciones y jamás las traicionaré”, –cosa que en cierta manera es bueno–; el cristiano es aquel que duda de sus propios pensamientos y sus deseos para ponerlos siempre a la luz de Dios, siempre acudir al discernimiento que nos da la Palabra de Dios. Eso sería lo ideal, pensar y sentir lo que piensa y siente Dios, para decidir lo que más nos lleve al fin para el que fuimos creados: amar y ser amados como Él nos enseñó.

Un ejemplo claro y palpable de lo que intento decirte aparece en algo del evangelio de hoy. Los “parroquianos” de Jesús, los de su mismo pueblo confían en sus propios criterios y pensamientos y por eso, ese Jesús que veían sus propios ojos, tan pero tan humano, tan pero tan carpintero, tan pero tan normal, no les cabía en sus parámetros de lo que un profeta debía ser. Es imposible que uno de los nuestros sea alguien que hable en nombre de Dios. Eso es ser profeta: escuchar a Dios, escuchar su palabra y hablar a los demás de lo que escuchamos; habiendo discernido nuestros pensamientos y deseos. Es imposible que el hijo de un carpintero sea tan sabio, hable con tanta sabiduría.

¡Qué hipócritas o necios que somos a veces los hombres! Los de ese tiempo y los de ahora. Los de la Iglesia y los de afuera. Muchas veces podemos ser como veletas que vamos tras pensamientos o sentimientos que no son los de Dios porque no sabemos discernir. Por ejemplo: Si alguien nos cae bien, todo lo que sale de su boca se convierte en “palabra de Dios”, es increíble. Pasa con los políticos, con los profesores, con los sacerdotes, con todos. Si alguien me cae bien; pero en el fondo es así porque representa mi pensamiento, mis deseos, soy capaz de adularlo y cegarme de una manera infantil, por el solo hecho de que dice lo que quiero escuchar o está en contra de los que yo aborrezco. Ahora… no me importa su vida moral, sus locuras o incoherencias, sino que dice lo que quiero escuchar. (Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia).  Lo mismo nos puede pasar al revés… cuando alguien que no me cae tan bien, dice verdades que no quiero escuchar, pero por el solo hecho de que esa persona no las vive o no es muy amable al decirlas; no valoro ni me importa lo que dice. ¿Qué hacemos? Ni una cosa ni la otra. ¿Qué importa entonces? Importa lo que dice. Cuanto más verdad es una verdad menos importa quien la dice.

Jesús fue rechazado por sus “parroquianos”, como nos pasa a nosotros en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestros ambientes porque muchas veces no podemos superar estos obstáculos tan obvios, pero tan difíciles de saltar.

Dios quiso hacerse normal, y por eso se hizo hombre. Dios quiso hablarnos normalmente y por eso tuvo boca y corazón. Jesús fue muy hombre, sin dejar de ser muy Dios. Nosotros podemos ser hombres y mujeres muy de Dios, muy profetas; sin dejar de ser humanos, es más, buen signo es que no dejemos de ser muy hombres y mujeres, con todas las letras.

Aprendé a escuchar a todos, porque más allá de la Palabra de Dios escrita, Dios nos habla por medio de todos; incluso de los que a veces despreciamos.

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