Mt 16, 13-19 – 29 de junio – Solemnidad de San Pedro y San Pablo

 

 

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: « ¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?»Ellos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas.»

«Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?»

Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»

Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.»

Palabra del Señor

Comentario

¿Tuviste pensando en estos días a qué le tenemos miedo cuando tenemos miedo? Sé que a veces resulto medio pesado repitiendo varias veces lo mismo, pero es necesario repetir y repetir, para que las cosas penetren en el alma. La palabra de Dios en la medida que se repite y se vuelve a escuchar termina socavando el corazón hasta que hace una grieta y penetra lentamente… una vez que penetra, toma todo y ya no lo suelta tan fácil. Esa es la única manera de que produzca un cambio en nosotros. Nunca te olvides de este principio de la vida espiritual, de la vida de oración: “No el mucho saber harta y satisface el alma, sino el saber y gustar internamente las cosas” Lo que satisface no es el acumular cosas, sino el saborearlas.

¿Sabés qué es lo que nos produce el mayor temor de nuestras vidas? Quedarnos solos. La soledad. Pero no la soledad buena, la de “saber estar solos”, sino la soledad de quedarse sin “amores” que den vida. La angustia fundante, por decir así, la angustia madre y generadora de todos nuestros diferentes miedos es el “no ser amados”, quedarnos solos y dejar de sentir amor. Tan profundo como eso. Todos los miedos son hijos e hijas de este gran temor. Pensalo. ¿Qué sentirías en este momento si golpe supieras que no existe nadie, absolutamente nadie en este mundo que se preocupe por vos, que te quiera, que te espere, que te llame para ver cómo estás, que sueñe algo junto a vos? ¿Qué sentirías? Seguro que un gran vacío. Y si no lo sentís es porque no tenés corazón. Todos deseamos ser amados, concientes o muy inconscientemente, pero todos lo necesitamos y es el alimento del alma. Por eso cualquier cosa que atente contra esto nos genera inseguridad, nos genera temor, miedo, y eso se disfraza de diferentes maneras a lo largo de la vida. Mañana lo seguiremos.

En esta solemnidad tan importante de San Pedro y San Pablo en la que celebramos a estos dos grandes que representan las columnas de la Iglesia; te propongo que dejemos que Jesús nos haga la misma pregunta que les hizo cara a cara a los discípulos. Porqué no dejar que en nuestra oración Jesús nos diga: “¿Quién dicen que soy?”, o ¿Quién soy para vos? ¿Quién crees que soy o quién pensás que soy? Esta es una pregunta que todos nos tenemos que hacer en algún momento de la vida o volver a hacerla, si es que ya nos la hicimos alguna vez.

Es la pregunta a la que respondió Pedro gracias a una revelación de lo alto. Pedro fue el primero en “confesar la fe”. Y la fe viene de lo alto, es regalo de Dios, es gracia. “Nadie viene a Mí si mi Padre no lo atrae”—también dijo Jesús.

Por otro lado, “Pablo, fue el insigne maestro que la interpretó” y el gran propagador de la fe.  Pablo es el que nos enseña que la fe es una lucha, es don, pero es respuesta continua y lucha diaria: “He peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe” dice en una de sus cartas.

En la vida luchamos por tantas cosas ¿no?, para alcanzar nuestras propias metas; sin embargo, una sola es la más importante: “Conservar la fe”, conservar esta certeza de que Jesús es el Hijo de Dios y que ha venido a salvarnos y que nos da la verdadera vida; cuidar la fe, cuidar el don, respondiendo con amor, ese es el camino. Tenemos que cuidar la fe, luchar contra todo lo que quiere desviarnos y “hacernos creer” que no vale la pena, que es todo lo mismo, que alcanza con ser un poco bueno, que se puede vivir igual sin fe y tantas cosas más que diariamente escuchamos por ahí.

Hay que pelear este lindo combate para vivir la alegría de tener fe, de creer que Jesús es nuestro compañero de camino siempre y que pase lo que pase nunca nos dejará solos. No te canses de luchar, si hoy estas tirado por ahí, levantate, no te canses. La fe es lucha, la fe, es combate.

Es lindo luchar por llegar al fin del camino sabiendo que “el Señor estuvo a mi lado, dándome fuerzas” y que “el Señor me librará de todo mal y me preservará hasta que entre en su Reino celestial”; como dice San Pablo.

La fe nos sana y nos salva del mayor de los miedos de la vida, el de “quedarnos solos”. Jamás está solo quien tiene fe. Jamás. Si nos sentimos solos y vivimos con miedo, es porque no hemos conocido todavía a Jesús. Si cualquier cosa nos hace temer, pidamos fe, no para eliminar ese miedo negándolo, sino para encontrar al Dios que no desea que estemos solos.

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