Mt 17, 10-13 – 16 de diciembre – II Sábado de Adviento

 

 

Al bajar del monte, los discípulos preguntaron a Jesús:

«¿Por qué dicen los escribas que primero debe venir Elías?»

El respondió: «Sí, Elías debe venir a poner en orden todas las cosas; pero les aseguro que Elías ya ha venido, y no lo han reconocido, sino que hicieron con él lo que quisieron. Y también harán padecer al Hijo del hombre.» Los discípulos comprendieron entonces que Jesús se refería a Juan el Bautista.

Palabra del Señor

Resumen II semana de Adviento

El que se queda quieto se lo lleva la corriente. Algún sabio de la vida espiritual decía que la vida espiritual, y me animo a agregar que, en cualquier ámbito de la vida, es como remar a veces contracorriente, eso quiere decir que cuando uno deja de remar, volvemos al lugar de antes, o incluso peor, retrocedemos más que antes. La corriente quieras o no, nos arrastra. Por eso de una manera o de otra no hay que dejar de remar. Y eso es la “conversión”, eso quiere decir querer convertirse, querer cambiar, querer ser distinto sin dejar de ser el mismo. Luchar día a día por avanzar hacia un punto distinto, con Jesús, sabiendo por supuesto que Él es el dueño de nuestro “barquito”, de nuestra pequeña canoa, fundamentalmente de la barca de la Iglesia. Querer convertirse no quiere decir caer en una especie de voluntarismo, en donde pensemos que todo depende de nuestro remar y remar, no es así. Pero tampoco en el pensar que tenemos tiempo para “hacer la plancha” y dejar que las olas nos pasen por encima. Son las dos cosas, remar, hacer todo lo que esté a nuestro alcance para seguir adelante, sabiendo que, en el fondo, en definitiva, todo depende de Jesús. Así lo decía San Ignacio de Loyola: «Actúa como si todo dependiera de ti, sabiendo que en realidad todo depende de Dios»

Bueno, terminemos esta segunda semana de adviento con ese espíritu. Sabiendo que no podemos dejar de remar en el mar de esta vida, que tenemos que seguir apostando al cambio, a que podemos ser mejores, a que podemos dar más, amar más, estudiar más, rezar más, ayudar más, escuchar más, estar más, descansar más, siempre podemos más. Pero dejando todo en manos de Jesús y no creyéndonos artífices de nuestra propia vida, recordando que Él es el dueño de nuestra vida, de la historia, de que El ya venció al mal y que nosotros debemos solo colaborar con su obra.

En Algo del Evangelio del lunes, Jesús nos muestra que lo que busca es sanar y salvar nuestro corazón herido; por eso además de sanar al paralítico, le perdona sus pecados, liberándolo para que pueda irse en paz.

Y vimos a los “camilleros” que le llevan al paralítico a Jesús, venciendo todos los obstáculos; anteponiendo el interés del que sufre más.

Seguramente alguien fue ese “camillero” que nos llevó ante Jesús; y nosotros podemos ser “camilleros” de otros que están “paralíticos” por el pecado, por la culpa; porque aún no experimentan la misericordia y el perdón de Dios, así como las maravillas que Él puede obrar en sus vidas.

El martes en el marco de la Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, una de las advocaciones marianas más amadas y de la que más gracias se han derramado; algo del evangelio nos enseñaba lo que significa ser sorprendidos por María y por Jesús, así como le sucedió a Isabel y a Juan el Bautista que saltó de gozo en su vientre. Es imposible no llenarse de alegría cuando Jesús visita de algún modo nuestro corazón. Eso es la Navidad, es la celebración de la visita de Dios al mundo.

Que María de Guadalupe nos enseñe a esperar y a dejarnos sorprender por su Hijo Jesús; que ese sea el regalo que esperemos en ésta Navidad.

El miércoles veíamos que Jesús ofrece alivio a todos los afligidos y agobiados, y lo hace invitándonos acercándonos a Él, ofreciéndonos su corazón.

Si andamos afligidos y agobiados por la vida es porque no sabemos orientar nuestro corazón hacia Jesús y descansar en Él. Así de sencillo. Para experimentar ese alivio Jesús nos propone el remedio de la paciencia y de la humildad; el cansancio del corazón es fruto de la carencia de estas dos virtudes. Luchemos para ser pacientes y humildes, aceptando la realidad que nos rodea; sin echar culpas al exterior.

El jueves reflexionamos en cómo es que Dios “mide” –por así decirlo– la grandeza del hombre. El más pequeño del Reino de los Cielos, del reino que se inauguró en la tierra con el nacimiento de Jesús, es más grande que Juan el Bautista; porque nada puede superar a la fuerza de salvación que se derramó en este mundo por medio de Jesús y de la venida del Espíritu Santo.

La grandeza del hombre radica en la presencia y actuación de Dios en su corazón; porque es ahí donde su Espíritu se hace presente y se manifiesta a través del amor que damos a los demás.

Y ayer, viernes comprendíamos a lo que se refería Jesús al hablar de “esta generación”; entendiendo que con esa expresión englobaba un modo de ser de las personas.

Jesús los critica porque no se conforman con nada; «¡Les tocamos la flauta, y ustedes no bailaron! ¡Entonamos cantos fúnebres, y no lloraron!». Lo mismo criticaban a Juan el Bautista y lo tachaban de loco por su vida austera; que a Jesús a quien señalaban como glotón amigo de pecadores. No supieron descubrir los signos de Dios.

Y nos preguntábamos si nosotros mismos no somos a veces como aquella gente inconforme. ¿Pretendemos que Dios nos hable solo a través de las cosas y personas que nosotros queremos; o dejamos que nos hable como Él quiere? Él puede valerse de cualquier persona y circunstancia para hablarnos, el reto es estar atento y tener el corazón dispuesto para lo que nos quiere decir.

Mientras tanto… dejemos a Dios ser Dios.

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