Mt 17, 14-20 – 12 de agosto – XVIII Sábado durante el año

 

 

Un hombre se acercó a Jesús y, cayendo de rodillas, le dijo: «Señor, ten piedad de mi hijo, que es epiléptico y está muy mal: frecuentemente cae en el fuego y también en el agua. Yo lo llevé a tus discípulos, pero no lo pudieron sanar.»

Jesús respondió: «¡Generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganmelo aquí.» Jesús increpó al demonio, y este salió del niño, que desde aquel momento, quedó sano.

Los discípulos se acercaron entonces a Jesús y le preguntaron en privado: « ¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?»

«Porque ustedes tienen poca fe, les dijo. Les aseguro que si tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, dirían a esta montaña: “Trasládate de aquí a allá”, y la montaña se trasladaría; y nada sería imposible para ustedes.»

Palabra del Señor

Resumen de la semana

Lindo evangelio para terminar esta semana, para empezar este sábado y me quedo con estas palabras: «Porque ustedes tienen poca fe, les dijo. Les aseguro que si tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, dirían a esta montaña: “Trasládate de aquí a allá”, y la montaña se trasladaría; y nada sería imposible para ustedes.» Ojalá tuviéramos la fe necesaria para hacer las cosas que a simple vista nos parecen imposibles. ¡Cuánta fe nos falta! Hoy pidamos un poco más de fe.

Pero vamos al repaso de estos días:

El lunes Jesús hacía lo inimaginable. Multiplica comida, multiplica panes y pescados para miles; algo que ninguno de nosotros ha podido ver en su vida y ni siquiera podemos imaginarlo. Y nos preguntábamos ¿por qué Jesús pudiendo hacer eso siempre no lo hizo tanto como a veces querríamos? ¿Por qué Jesús no sigue haciéndolo hoy, y así calmar el hambre de tantos miles que lo necesitan? Y es que Jesús no vino a calmar solitariamente el hambre del mundo, sino que vino a ayudarnos a que nos demos cuenta que el hambre del mundo es culpa del egoísmo y la avaricia de nuestro corazón, y que somos nosotros “los que tenemos que darle de comer”. El milagro de la fe es darte cuenta que vos podés hacer muchas cosas por los demás.

El martes algo del evangelio nos invitaba a equiparar al mar con el mundo y con todos sus problemas, ese mundo en el que navegamos; mientras que la barca en la que vamos es la barca de la Iglesia, la barca de tu propia vida con todo lo que eso implica. Y en medio de ese mar agitado los problemas de la vida, parecen golpearnos continuamente, los pecados y las debilidades nuestras, ajenas; en este mundo que está lleno de injusticias, de corrupción, de enfermedades, de problemas, de muerte…

Y veíamos como Pedro se anima a desafiar al Señor y le dice: “Si eres tú, mándame a ir a ti sobre el agua”, ¿ese es el desafío que a veces le ponemos a Dios no? ¿Por qué no hacés algo y me ayudás a superar todo esto? Pedro nos representa a todos, desafía la presencia de Jesús en el mundo y Jesús se lo confirma y lo conduce por el agua.    Pedro duda, porque en vez de dejar su mirada fija en Jesús, comienza a ver la violencia de las olas y no el rostro de Jesús.

El miércoles el evangelio nos daba una gran lección de lo grande que puede llegar a ser la fe de tanta gente que parece lejos pero está cerca, de la gente que no sabe mucho de la fe (a los ojos de otros sabiondos) pero que en realidad sabe lo más importante, sabe lo mejor. ¡Que Jesús lo puede todo!  Qué grande es la fe de esta mujer del evangelio, que nos enseña a gritar desde el fondo del alma a los que decimos tener fe y en realidad muchas veces no la tenemos tanto o la tenemos demasiado en la cabeza y poco en el corazón.

Y veíamos como Jesús pone a prueba a esta mujer con una respuesta un tanto “dura” y utiliza esta prueba para enseñarles a los discípulos y a nosotros, que alguien que no está cerca puede enseñarnos lo que es tener fe.

El jueves veíamos cómo Jesús utiliza esa imagen tan linda de la semilla y sus palabras se refieren a Él mismo; Jesús estaba anticipando lo que sería su entrega en la Cruz, su muerte y su resurrección: «Si el grano de trigo no muere queda solo».  Si Jesús no se hubiese entregado y no hubiese amado de la manera como nos amó; no hubiese transformado el mundo como lo transformó. Esa aparente “derrota” en la Cruz; terminó siendo la victoria más grande de la historia, por su Resurrección que dio mucho fruto.

Nosotros también somos como “un grano de trigo”, tenemos que ser como un grano de trigo; que si no caemos en la tierra y nos transformamos, quedamos solos…

Así como el grano de trigo tenemos que “morir” día con día de cada día; entendiendo ese “morir” como la entrega cotidiana de nuestra vida en cada cosa que hacemos.

Morir para nosotros es transformarnos; incluso la muerte natural para nosotros no será muerte, sino transformación.

Y ayer veíamos como Jesús nos invita a seguirlo, nos invita a ir detrás de Él: “«El que quiera venir detrás de mí»”…  Jesús no obliga, no presiona, solamente invita.

Renunciar, cargar con la cruz y seguirlo; estas son las cosas que no se pueden esconder, pero al mismo tiempo hay que hacer el esfuerzo por entender lo que Jesús quiere decir. Y entendíamos que no se trata de que Jesús desprecie la vida; más bien nos hace darnos cuenta y nos invita a participar de una vida más grande y más profunda, que incluye esta vida.   Jesús nos quiere enseñar a que no nos aferremos de manera absoluta a esta vida. Vivimos una paradoja: un deseo de eternidad, de felicidad, y al mismo tiempo; una sensación de que acá en esta tierra jamás vamos a alcanzarla plenamente.

Lo que nos asusta en esta vida -que al mismo tiempo es lo que Jesús nos quiere ayudar a asumir y abrazar-; es el sufrimiento.

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