Mt 17, 22-27 – 14 de agosto – XIX Lunes durante el año

 

 

Mientras estaban reunidos en Galilea, Jesús les dijo: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres: lo matarán y al tercer día resucitará.» Y ellos quedaron muy apenados.

Al llegar a Cafarnaúm, los cobradores del impuesto del Templo se acercaron a Pedro y le preguntaron: « ¿El Maestro de ustedes no paga el impuesto?» «Sí, lo paga,» respondió.

Cuando Pedro llegó a la casa, Jesús se adelantó a preguntarle: « ¿Qué te parece, Simón? ¿De quiénes perciben los impuestos y las tasas los reyes de la tierra, de sus hijos o de los extraños?» Y como Pedro respondió: «De los extraños,» Jesús le dijo: «Eso quiere decir que los hijos están exentos. Sin embargo, para no escandalizar a esta gente, ve al lago, echa el anzuelo, toma el primer pez que salga y ábrele la boca. Encontrarás en ella una moneda de plata: tómala, y paga por mí y por ti.»

Palabra del Señor

Comentario

Mientras navegamos por el “mar” de esta vida nos va pasando de todo un poco. Estamos con Jesús; vamos navegando con otros; por momentos parece que no está; sin querer nos cortamos solos; a veces caminamos por las aguas y el mal no nos asusta; otras veces somos presos del miedo; nos hundimos; nos rescatan; volvemos con los nuestros, así… de todo un poco. Cada vida es un mundo, decimos, y es verdad. Como en el evangelio del ayer. Esa escena tan significativa en donde teníamos la posibilidad de rezar y profundizar en mil detalles distintos, pero que con el poco tiempo que teníamos no pudimos hacerlo. Por eso te propongo “arrastrar” unos días más el lindo “lastre” del evangelio de este domingo que pasó. Nos va a hacer bien a todos, te lo aseguro.

Jesús a veces, aunque parezca raro, nos “obliga” a navegar solos, sin él, pero siempre junto a otros. Quiere que seamos nosotros los que “crucemos” ciertos lagos, ciertas dificultades, incluso con viento en contra. Él toma distancia para enseñarnos algo, para que aprendamos ciertas cosas. Es como que nos suelta la mano, aunque suene feo. Como hiciste o hacés vos con tu hijo en sus primeros pasos, cuando aprendió a caminar. ¿Te acordás? Lo vas agarrando de la mano hasta que de golpe lo soltás, aunque sabés que se va a caer… pero le soltás la mano igual, y lo hacés con amor, por amor, por su bien. Así hizo Jesús con sus discípulos, los “obligó” a navegar solos, así hace con nosotros. Nos deja ciertas “noches oscuras” para después aparecer otra vez al amanecer y mostrarnos que sin Él no podríamos hacer nada.

Si hoy estás así, no te angusties, no pienses que Jesús te soltó la mano “para hacerte sufrir”, jamás podríamos pensar eso de nuestro buen Dios que es Padre con todas las letras. Si estás así, sabé esperar, en un rato amanecerá, tené paciencia, ya lo empezarás a ver, ya va a despuntar la aurora.

Yendo a algo del evangelio de hoy, claramente tiene dos partes bien diferenciadas, una cortita en la que simplemente se dice que los discípulos “quedaron muy apenados” ante el anuncio de la pasión, del sufrimiento de su amigo y la segunda, en donde Jesús le enseña a Pedro que aunque muchas cosas “por justicia humana” no nos corresponden o podríamos obviarlas,  por caridad y para no escandalizar es bueno que las hagamos. Quedémonos con la segunda parte.

¿Te pusiste a pensar en esto alguna vez? Muchas veces en la vida tenemos que aplicar este principio, por un bien más grande. ¿Te pusiste a pensar que por más que nuestro Reino no es de este mundo, tenemos que vivir en este mundo y tenemos que contribuir a que este mundo le vaya lo mejor posible? Si nos atáramos a la literalidad de lo que somos, como somos hijos de Dios y siendo Él nuestro verdadero “rey”, solo a Él deberíamos “pagarle” nuestro tributo, darle lo que corresponde. Estaríamos exentos, “sin embargo, para no escandalizar” para no ser obstáculo a que otros crean, tenemos que sujetarnos a las leyes humanas de este mundo, por supuesto mientras no vayan en contra de la ley de Dios. San Pablo, el gran apóstol lo dice de otra manera: “Todo te es lícito, pero no todo te es conveniente” Muchas cosas es lícito que las hagamos e incluso que no las hagamos y no estaría mal, sin embargo nosotros los hijos de Dios miramos más allá, debemos mirar más allá de lo que hacemos.

Nuestra mirada no se agota en nuestra forma de pensar, en juicios personales, sino que también en lo que podemos provocar al actuar en la manera en que elegimos actuar. Diría el refrán: “No solo hay que ser, sino parecer”, no solo hay que pensar y actuar según  lo que uno cree conveniente o justo, sino también en evitar que nuestras actitudes sean un motivo para que otros se alejen de Jesús. Que no se alejen de Jesús, ahí está lo importante, no que me quieran o no me quieran, que no se alejan de Jesús. Jesús nos enseña eso, y eso no quiere decir que pretende que estemos pendientes de lo que opinan los demás, pero sí de que aprendamos a mirar más allá de nosotros y de lo que producen nuestros actos.

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