Mt 19, 13-15 – 19 de agosto – XIX Sábado durante el año

 

 

Trajeron entonces a unos niños para que les impusiera las manos y orara sobre ellos. Los discípulos los reprendieron, pero Jesús les dijo: «Dejen a los niños, y no les impidan que vengan a mí, porque el Reino de los Cielos pertenece a los que son como ellos.»

Y después de haberles impuesto las manos, se fue de allí.

Palabra del Señor

Resumen de la semana

El final de una semana siempre ayuda para reflexionar sobre ciertas cosas que nos pudieron pasar en los últimos días. Si tuvimos miedos; si nos “cortamos solos”; si confiamos y “caminamos por el agua”; si perdimos el tiempo mirando la “violencia” de las olas; si nos cansó el “viento en contra”; si nos hundimos por desconfiados; si supimos pedir ayuda; si nos dejamos sostener por Jesús y finalmente ,si nos dejamos llevar otra vez a la barca de donde por ahí no tendríamos que haber salido. Creo que el caminar por las aguas de Pedro es lindo, es milagroso, pero no es normal, no es lo de todos los días. En realidad lo normal, lo cotidiano es estar en el barco con otros, con tu mujer, tu marido, tus hijos, con la Iglesia, remando juntos. Si nos vamos de la barca dejamos a otros que remen por nosotros y eso no es justo. Tenemos que remar todos, para el mismo lado, esa es la manera en que las cosas avanzan, esa es la manera de ganarle al mal del mundo, a la violencia, al viento en contra. Pero falta algo… Y es dejar que Jesús se suba a nuestro “barco” y permitirle ser  el capitán. Ahí está la clave. Pedro se adelanta, Pedro no deja que Jesús llegue y se suba a la barca, quiere ser él el primero. Por eso Jesús al rescatarlo lo toma de la mano y lo lleva otra vez a donde por ahí jamás se debería haber ido.

Que lindo terminar esta semana dándonos cuenta que Jesús es nuestro capitán y nosotros los que remamos con Él a donde nos diga. Solo Él nos llevará a buen puerto, al puerto de la eterna felicidad.

Bueno, repasemos la semana.

El lunes veíamos cómo Jesús le enseña a Pedro que aunque muchas cosas “por justicia humana” no nos corresponden o podríamos obviarlas; por caridad y para no escandalizar, es bueno que las hagamos. Pues finalmente tenemos que vivir en este mundo y contribuir a que le vaya lo mejor posible. No solo hay que pensar y actuar según lo que uno cree conveniente o justo; sino también en evitar que nuestras actitudes sean un motivo para que otros se alejen de Jesús.

El martes en la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María; reconocíamos que María es el camino más seguro, más corto y más rápido para llegar a Jesús. María es la “pequeña servidora” de Jesús; lo último que desea es que nos quedemos en Ella, y lo único que quiere es que amemos a su Hijo.  María como Madre silenciosa, paciente, perseverante y entregada; está velando para que nunca nos alejemos de Jesús, para que siempre nos levantemos, para que nunca nos cansemos. Ella está junto a Jesús en el cielo, en cuerpo y alma; para interceder por nosotros y como Madre nos cuida y nos protege hasta que Jesús nos llame ante su presencia.

El miércoles reconocíamos que uno de los “vientos” en contra de esta vida; es el pecado. El pecado personal, el ajeno y el que finalmente a veces, se hace comunitario. Y tocamos el tema de la corrección fraterna que es algo que hacemos poco en la Iglesia; o lo hacemos mal. Y que supone –entre otras cosas– que debe darse en un contexto de fe; en una comunidad cristiana. La condición para corregir a otro es que peque; o sea, que transgreda objetivamente algo de la ley de Dios y que eso esté afectando a una comunidad. La corrección fraterna debe darse en un ambiente de oración y de amor, buscando el bien del otro y no mi satisfacción.

El jueves veíamos que si hay algo para lo cual hemos sido elegidos nosotros los cristianos, es precisamente para perdonar; somos servidores del perdón; de un perdón que hemos recibido. No solo tenemos que pedirle perdón a Dios sino también pedirle perdón a los demás y aprender a aceptar el perdón de otros. Y somos capaces –con la fuerza que viene de lo alto– de perdonar aquello que parece “imperdonable”. Concluíamos que si tenemos que perdonar es porque fuimos perdonados; porque somos perdonados. Cuando somos incapaces de perdonar es porque en el fondo no caemos en la cuenta de todo lo que Dios nos ha perdonado y nos sigue perdonando. Pensemos seriamente si no estamos guardando el perdón que Dios nos ha dado y lo estamos “reteniendo”.

Y ayer, viernes, comparábamos al matrimonio cristiano con un barquito que anda por las aguas de este mundo, golpeado por las olas y el viento en contra; pero en el cuál, varón y mujer reman juntos acompañados por Jesús. Veíamos como a Jesús le cuestionaban sobre la posibilidad o no del divorcio.

Jesús desea que varón y mujer “sean una sola carne” y que “el hombre no separe lo que Dios ha unido”; porque quiere cuidar lo más sagrado que tiene el hombre y que más lo hace feliz, el amor verdadero; el que sana y santifica. El matrimonio vivido en la fe nos sana de nuestras heridas y nos santifica para elevarnos y hacernos más humanos. Se puede amar con fidelidad y constancia hasta que la muerte los separe, siempre remando juntos, siempre remando parejo y siempre remando con Jesús.

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