Mt 19, 3-12 – 18 de agosto – XIX Viernes durante el año

 

 

Se acercaron a él algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le dijeron: « ¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer por cualquier motivo?»

El respondió: « ¿No han leído ustedes que el Creador, desde el principio, los hizo varón y mujer; y que dijo: Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos no serán sino una sola carne? De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido.»

Le replicaron: «Entonces, ¿por qué Moisés prescribió entregar una declaración de divorcio cuando uno se separa?»

El les dijo: «Moisés les permitió divorciarse de su mujer, debido a la dureza del corazón de ustedes, pero al principio no era así. Por lo tanto, yo les digo: El que se divorcia de su mujer, a no ser en caso de unión ilegal, y se casa con otra, comete adulterio.»

Los discípulos le dijeron: «Si esta es la situación del hombre con respecto a su mujer, no conviene casarse.» Y él les respondió: «No todos entienden este lenguaje, sino sólo aquellos a quienes se les ha concedido. En efecto, algunos no se casan, porque nacieron impotentes del seno de su madre; otros, porque fueron castrados por los hombres; y hay otros que decidieron no casarse a causa del Reino de los Cielos. ¡El que pueda entender, que entienda!»

Palabra del Señor

Comentario

No se puede caminar por las aguas de este mundo por gracia de Dios, sosteniéndose milagrosamente, y quitarle la mirada a Jesús. Automáticamente nos hundimos y tenemos que pedir ayuda. Porque dejar de mirar a Jesús es signo de haber dejado de confiar en Él, haber puesto la mirada en nuestros miedos y no en su amor y su gracia. ¿Te acordás el evangelio del domingo? Decía así: «…al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: «Señor, sálvame». Pedro empezó a hundirse por concentrarse en su miedo, en la violencia que lo rodeaba y no en la mirada de Jesús.

El mal nos vence cuando nos dejamos guiar por otras cosas que no son el amor de Dios y todo lo que implica. El mal nos vence cuando nos concentramos en lo que nos “puede hacer mal” y no en lo que nos puede hacer bien, o en el bien que estamos a haciendo. Pedro en vez de maravillarse por estar “caminando sobre el agua”, y de última mirar sus pies, sorprenderse del milagro, pierde el tiempo, se distrae, su corazón y su razón lo traicionan.

Por eso si te estás hundiendo, si ahora estás por pegar el grito para pedir ayuda, no le eches la culpa a nadie, no digas que el problema está afuera, no digas: “Lo que pasa es que el mundo es un desastre” “Hoy está más difícil que antes, hay más tentaciones” “Hay mucha maldad e injusticia”. Es verdad, eso no se puede negar. Pero la culpa no está afuera, nos hundimos por falta de fe, por no mirar a Jesús. Por haber dejado la oración, por habernos alejado de la Iglesia; por habernos olvidado de nuestros amigos; por pensar que podíamos solos; por nuestras soberbias y por tantas cosas más. El hundirse es el síntoma de un corazón encerrado. Pedro no se hubiera hundido si no se hubiera ido de la barca lejos de sus amigos y si no se hubiera concentrado en sus miedos.

El matrimonio cristiano es como un barquito que anda por las aguas de este mundo, golpeados por las olas y el viento en contra, pero en el cuál, varón y mujer reman juntos acompañados por Jesús. ¿Lindo no? Las dificultades no son de ahora, siempre fue así. Fijate… en algo del evangelio de hoy ya se ve como a Jesús le cuestionaban sobre la posibilidad o no de divorciase por cualquier motivo. Es verdad que hoy se dice y se experimenta que la familia está en crisis, que hay muchas dificultades que parece que antes nos estaban. Es verdad, puede ser. Pero nunca fue fácil, sería medio ingenuo pensar así.

Hay que remar mucho, y lo que es más difícil, hay que remar parejo. El matrimonio que no rema parejo no avanza, es más, gira en falso como “calesita rota” o bien se lo lleva la corriente para rumbos no muy lindos. Por eso Jesús desea que los dos “sean una sola carne” y que “el hombre no separe lo que Dios ha unido”, porque quiere cuidar lo más sagrado que tiene el hombre y que más lo hace feliz, el amor verdadero, el que sana y santifica. El matrimonio vivido en la fe nos sana de nuestras heridas y nos santifica para elevarnos y hacernos más humanos. ¿Cómo Dios va desear otro cosa, otro camino distinto a este? Sería una gran contradicción de parte de Dios que ama para siempre y confía en nosotros para que logremos lo que él desea. Sé que hoy, más que nunca, estas palabras de Dios, de Jesús, son difíciles de entender y de aceptar, porque muchas personas están heridas por la falta de amor en sus familias. Por eso nunca está demás decir que las personas que no han podido hacer prosperar sus matrimonios no están “fuera” del amor de Dios y tampoco está demás decir que, “el hombre no debe separar lo que Dios a unido” y podríamos agregar, “y lo que él ha querido unir por propia decisión”.

Es lindo encontrar matrimonios que la “remaron” para seguir juntos hasta el final. Hay miles y miles de ejemplos. Es lindo ver matrimonios grandes que viven etapas nuevas y se aman cada día más y mejor. Ayer escuchaba un lindo testimonio de un matrimonio grande, de 29 años de casados, en donde él contaba que su mujer durante los 29 años de casados todas las mañanas le llevó el “mate” a la cama para ayudarlo a levantarse porque a él siempre le costó. Y por otro lado, ella contó que le costó muchísimos años, y mucho más amor, lograr que su marido le diga esa frase tan necesaria que a veces los varones no queremos decir: “Te amo”.  Es lindo saber que, a pesar del viento en contra y de la violencia de las olas de este mundo, se puede amar con fidelidad y constancia hasta que la muerte los separe, siempre remando juntos, siempre remando parejo.

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