Mt 19, 30–20, 16 – 24 de septiembre – XXV Domingo durante el año

 

 

Jesús dijo a sus discípulos: «Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros, porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envío a su viña.

Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: “Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo”. Y ellos fueron.

Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: “¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?” Ellos les respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Entonces les dijo: “Vayan también ustedes a mi viña”.

Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: “Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros”.

Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario. Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: “Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada”.

El propietario respondió a uno de ellos: “Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?”

Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos».

Palabra del Señor

Comentario

Buen día, buen domingo, buen día del Señor. Pensaba en estos días, que muchísimas personas, muchísimos cristianos dispersos por el mundo, en donde me incluyo, no terminan de comprender el valor del domingo, del día del Señor. Me animo a decir que no siempre es por culpa propia. No es bueno andar echando culpas. También me animo a decir, que muchos de los cristianos que van a misa el domingo, tampoco terminan de comprenderlo. Ir a Misa no nos asegura el comprender, valorar y amar lo que significa el domingo. Si comprendiéramos el valor de este día, nuestros templos no alcanzarían para tantos corazones, sin embargo, no es así, esto no sucede. Hay miles de católicos que se han alejado de la Iglesia por no comprender tantísimas cosas de la Iglesia, o incluso, por estar enojados con la Iglesia y con el mismísimo Dios. Pero no vamos entrar hoy en los miles de pretextos para enojarse y las variedades de enojos, o sobre quien tiene más o menos culpa, dijimos que no es bueno echar culpas, pero si es bueno reconocer los problemas para aprender y solucionarlos.

¿Es posible enojarse con Dios? Sí, es posible y hasta incluso más normal de lo que pensamos. Esto es lo que les pasó a los trabajadores de la primera hora de algo del evangelio de hoy – esos que fueron llamados al principio del día –  al ir a recibir su jornal, “creyendo que iban a recibir algo más” Por un lado se olvidaron de lo que habían pactado al empezar el trabajo y por otro lado no comprendieron la bondad del propietario que quiso darles a los últimos lo mismo que a ellos, y es por eso, que “protestaban contra el propietario” Protestaron sin razón, aunque creían tenerla. Protestaron de envidiosos, por no conformarse con lo que tenían. Protestaron porque lo consideraron injusto, olvidándose de que fue justo con ellos, porque les pagó lo que les había prometido. Por eso “el propietario respondió a uno de ellos: Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario?” Protestaron porque sus pensamientos no coincidían con los del propietario.  Nosotros protestamos a veces a Dios, porque “nuestros pensamientos no son los de Dios”.

¡Qué paradoja! ¡Qué paradoja! Dios es bueno con nosotros, con vos y conmigo, nos llamó a trabajar en su viña, en su Reino, en la Iglesia y sin embargo, podemos caer en el error de enojarnos con Él cuando el dispone de su amor como quiere. “Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece?  Nuestro Padre Dios ama y quiere amar, gratuitamente, sin medir. Como vos, que sos padre o madre y se te antoja darles a tus hijos más de lo que supuestamente “les corresponde”. Si nosotros lo hacemos… ¿Por qué no puede hacerlo Dios con sus hijos?

Para terminar, me parece que dar gracias es la clave. Dar gracias por lo que Dios Padre nos dio. Dar gracias porque es bueno con todos, porque quiere que todos se salven y lleguen al paraíso, porque Él quiere darles a todos lo mismo, sea cual fuere la hora en que comiencen a trabajar; al comienzo de sus vidas, a la mitad o al final, no importa. Importa el final, hacia donde vamos.

“¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?” ¿No será que a veces nos quejamos de la bondad de Dios y de la de los demás, porque nosotros somos mezquinos?

Alegráte de que Dios sea Bueno; Bueno con mayúscula, tan Bueno que no podrás entenderlo hasta que no cambies de pensamiento. Alegrate de que los demás sean buenos. No midas tanto, aprendé a ser generoso y no tan calculador. Solo así te alegrarás de que “los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos».

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