Mt 21, 28-32 – 1 de octubre – XXVI Domingo durante el año

 

 

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

«¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: “Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña”. El respondió: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: “Voy, Señor”, pero no fue.

¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?»

«El primero», le respondieron.

Jesús les dijo: «Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios. En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él».

Palabra del Señor

Comentario

¿Te imaginás un mundo en donde todos seamos hermanos de verdad y en donde todos nos sintamos hijos de Dios? ¿Te imaginás un mundo en donde todos elevemos nuestros corazones a nuestro Padre para decirle que lo necesitamos de verdad y en donde lo amemos; con libertad, sin miedo, sin imposiciones, sin obligación, sin culpa y solo por amor desinteresado? ¿No crees que ese es el sueño de Dios para con cada uno de nosotros? A veces yo lo pienso, a veces lo sueño, porque soñar lo que sueña Dios hace bien, porque uno entra en la misma sintonía de Él, uno se “engancha” en la misma onda y entonces todo cambia, el espíritu se renueva. ¿Te imaginás una familia, una comunidad, un barrio, una ciudad, un país, un mundo en donde el domingo sea verdaderamente un domingo, un día del Señor? ¡Qué lindo sería! ¡Qué maravilla sería comprender que el reunirnos en comunidad un domingo para celebrar la Misa, para a rezar y estar juntos, es de alguna manera como ese deseo que tiene tu papá y tu mamá de que se reúnan todos sus hijos a comer juntos para seguir descubriéndose mutuamente! Ir a Misa tiene algo de eso. Es reunirse a escuchar y comer, es alimentarnos de lo que nos dice Jesús, es alimentarnos de su Cuerpo y su Sangre, para seguir caminando, para nutrirnos de lo que nos hace vivir mejor. ¿Pensaste alguna vez qué siente tu papá y tu mamá si ellos te esperaban con la mesa servida y vos elegís hacer otra cosa olvidándote de tanto amor? ¿Qué sentirá nuestro Padre Dios y Jesús sí elegimos otra cosa y lo privamos de nuestra presencia en la comida de cada domingo? ¿Qué sentís vos? ¿Te da lo mismo?

Algo del evangelio de hoy, tiene algo que ver con esto. En el fondo, tiene que ver con el modo de entender y vivir nuestra relación de hijos. Jesús cuando tenía que decir algo profundo lo decía sin pelos en la lengua, como para que nos quede bien clarito y no le demos vueltas. Antes que nada, te recuerdo que la parábola de hoy continúa en la sintonía de la del domingo pasado, en donde Jesús les quería hacer entender a los que se “creían” los primeros y despreciaban a los considerados “últimos” que la ecuación no es tan matemática, y que no todo es tan lineal como a veces creemos. Pero lo de hoy es terrible, es más fuerte todavía… ¿Prestaste atención? Te voy a repetir una frase que no podés olvidártela jamás… «Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios.» ¿Te das cuenta de la fuerza y de lo chocante de estas palabras? ¿Te das cuenta de lo que significaba decirles a los sacerdotes de ese momento semejante verdad?

Ahora… no hay que ser sacerdote para considerar que esto también puede cabernos a cada uno de nosotros, no hay que ser una prostituta o un corrupto para considerar que Jesús nos puede estar hablando a nosotros. Porque el riesgo de “creerse” el primero y terminar siendo el último o el riesgo de decir que sí convencido y después no hacer la voluntad de nuestro Padre, es de todos. Y lo mismo podemos decir al revés. El convencimiento de creerse los “últimos” y vivir como excluidos de la gracia, del amor, olvidándonos que Jesús siempre nos da una oportunidad hasta el final de la vida o la posibilidad de haber dicho que no al principio, de habernos rebelado y finalmente terminar siendo hijos obedientes, es de todos.

Todos corremos el riesgo y todos tenemos la posibilidad.

Todos corremos el riesgo, todos podemos ser superficiales y pensar que ser buenos hijos es decir que sí rápidamente, sin darnos cuenta, de que en realidad a veces, respondemos así por apariencia, por temor, por culpa, por costumbre, por tradición, por el qué dirán y por tantas cosas más, pero en el fondo no somos hijos, no lo hacemos como hijos, no lo hacemos por amor, no amamos con libertad. ¿No te pasó alguna vez? Cuidado con la religiosidad superficial, con la fe de “barniz”, con la espiritualidad de “salón”, pero que no es profunda, no es real, no es la de hijos libres.

Todos tenemos la posibilidad de ser primeros para Dios, aún cuando en realidad nos comportamos como los últimos. Todos podemos dejar de ser considerados últimos para los demás aún cuando hemos huido de Dios y nos perdimos en el pecado, en el egoísmo, en el materialismo, en la ambición, en la sensualidad, en un mundo sin Dios, sin Padre. Todos tenemos la posibilidad de decirle que Sí, si alguna vez le dijimos que no. ¡Qué linda noticia! ¡Qué lindo saber que, hasta una prostituta, hasta el más corrupto de los corruptos, hasta el peor de los peores tiene la posibilidad de arrepentirse y decirle que sí a Jesús para convertirse en un hijo más, en un santo! ¿No te alegra esto? ¡Qué lindo que Dios sea tan bueno! ¡Pero que triste a veces cuando los hombres somos tan poco hijos y en definitiva tan poco hermanos!

¿Te imaginás un mundo en donde todos vivamos como hijos y nos comportemos como hermanos? Yo todavía sí…

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