Mt 22, 34-40 – 25 de agosto – XX Viernes durante el año

 

 

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en ese lugar, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»

Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas.»

Palabra del Señor

Comentario

Los silencios a veces son más decidores que mil palabras. El silencio habla también, solo hay que saber escucharlo o interpretarlo. Los silencios de los otros hacia nosotros y los silencios nuestros con nosotros mismos. Son silencios necesarios, son silencios que ayudan en la medida que intentamos escuchar lo que quiere decir esa ausencia de sonido.

El evangelio es también una escuela de silencios, que dicen cosas muy importantes. Dios no es verborrágico, Jesús tampoco lo fue y por supuesto el evangelio refleja el modo de hablar de Dios. Habla lo que es necesario, no habla de más, no habla por hablar y calla cuando debe callar. ¿Pensaste alguna vez en los treinta años de silencio de Jesús, o sea, treinta años de vida familiar sin salir a hablarle al mundo? Para nosotros es como una pérdida de tiempo, sin embargo es lo que eligió Jesús, fue un modo de decirnos algo también. Por eso, el silencio de Jesús ante la petición de esa mujer con tanta fe en el evangelio del domingo, tiene su sentido, no es un silencio caprichoso. Decía así: “Pero Él no le respondió nada” Ante el pedido de ayuda, Jesús no respondió nada. ¡Qué extraño! ¡Qué difíciles son a veces los silencios de Dios! Son silencios que desgarran y que no se comprenden al principio, pero después se transforman en fuente de aprendizaje, de enseñanza, de crecimiento. Si Jesús no hubiese callado, esa mujer no hubiese insistido y si no hubiese insistido, no hubiese salido de su corazón semejante “caudal” de fe, de amor, de perseverancia, de fortaleza. Los silencios de Dios bien comprendidos nos ayudan a descubrir dones que teníamos escondidos.

¿Se calló alguna vez Jesús en tu vida ante alguna petición, ante algún sufrimiento? ¿Qué hiciste o que hacés cuando estás al lado de un enfermo o de alguien que está sufriendo? ¿Hablás mucho o poco? Hay cosas que no necesitan muchas palabras, sino que necesitan presencias. Jesús siempre está, aunque a veces calle o parezca que se desentiende de las cosas. Él no quiere hacer por nosotros aquello que podemos hacer por nosotros mismos. Él quiere que saquemos lo mejor de nuestra interioridad y eso se da muchas veces en los momentos límites, en los momentos duros, en los momentos donde Dios no nos contesta.

En algo del evangelio de hoy Jesús no permanece en silencio, pero contesta lo justo y necesario. Lo justo para que ese doctor de la ley, que quería ponerlo a prueba, no pregunte cosas obvias que ya sabía y al mismo tiempo para que aprenda algo más. Obviamente este hombre sabía que el amor a Dios es el primero de los mandamientos, solo quería ponerlo a prueba, solo quería hacer “pisar el palito” a Jesús, solo quería ponerle una trampa para ver si se equivocaba en algo.

Así es la soberbia de este mundo, así actúa la soberbia tuya y mía muchas veces en el corazón. Preguntamos sabiendo la respuesta pero para poner en evidencia al otro, para descubrirle el error al otro, para que el otro se equivoque y quede expuesto. Ese tipo de preguntas no tiene la finalidad de crecer, de aprender, sino de quedar bien a costa de los demás. ¿Cuántas de estas preguntas andan circulando por este mundo? ¿Cuántas veces este mundo soberbio y nuestro corazón orgulloso, pregunta para ponerse sobre encima del otro? Preguntate si a veces no actúas así, con tus hijos, con tus amigos, con tu gente, con tus compañeros. El mundo hace así con la Iglesia, busca ponernos a prueba.

Sin embargo con Jesús no se puede. Jamás pudieron encontrarlo en un error, es más, Él aprovechó esos momentos para enseñar, para enseñar algo mejor, algo más profundo. Hoy Jesús no solo le responde cual es el primero de los mandamientos, sino que le enseña que en realidad son dos en uno, son inseparables, diríamos nosotros un “combo”. El doctor de la ley pregunta en singular y Jesús le responde en plural. ¿Qué se habrá ido pensando ese hombre que por hacerse el superior terminó escuchando algo nuevo? ¿Qué estarás pensando vos al escuchar estas palabras de Jesús?

Nosotros queremos saber que es primero y que es después. Está bien, de alguna manera hay prioridades en la vida. Pero en lo que se refiere al amor, hay cosas que conviene pensarlas juntas, sin importar tanto en lo primero que hay que hacer. Al amar a Dios amamos a los demás, y al amar a los demás amamos a Dios. Esa es la cuestión. Por eso dice San Juan que “quien dice que ama a Dios que no ve y no ama a su hermano que ve, es un mentiroso”. Así de sencillo. A nosotros nos encanta separar y distinguir, pero Jesús vino a unir lo que en realidad no se puede separar.

Se ama a Dios en todo y en todas las cosas, especialmente en los demás. Todo fue creado por Dios y para Dios, y amar lo que Dios creó es amarlo a Él, es respetarlo a Él.  No es tan complicado, somos nosotros los que la complicamos. No hay nada más terrible que decir que se ama a Dios y tener en el corazón un dejo de desprecio por los demás, un rechazo a todo lo que Él mismo ama. Eso no es cristiano, eso no es de Dios.

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