Mt 22, 34-40 – 29 de octubre – XXIX Domingo durante el año

 

 

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»

Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas».

Palabra del Señor

Comentario

Buen día, buen domingo, buen día en familia. Sigo intentando domingo a domingo que juntos profundicemos en el valor que tiene este día, en lo que significa y a lo que nos llama. Es algo a lo que nunca debemos renunciar y cansarnos de decir. Si perdemos el sentido del domingo, perdemos mucho sobre el sentido de nuestra fe. Hay una verdad que no podemos callar, pero al mismo tiempo tenemos que decirla sin caer en ser pesimistas y amargados. ¿Cuál? Que son muchos más los cristianos que no celebran el domingo yendo a misa, que aquellos que lo celebran. Es verdad que las cosas de Dios no se miden por la cantidad, pero la cantidad si nos dice algo.

¿Qué nos pasó a los católicos? ¿Qué le pasa a la Iglesia? Se pueden dar cientos de argumentos diferentes, para todo gusto y color. Pero no podemos caer en el argumento superficial e infantil de decir: “La misa es aburrida… La Iglesia tiene que cambiar la forma de celebrarla… Siempre es lo mismo… El sacerdote no me gusta…” Todos tenemos que madurar en nuestros “porqués”, en nuestras razones y explicaciones por las cuáles no terminamos de enamorarnos de lo que Jesús nos dejó como recuerdo de su amor.

No siempre la culpa está afuera, no siempre la culpa es de lo que llamamos “la Iglesia”, como si vos y yo no lo fuéramos. ¿Sabés cuál es la prueba de que el argumento de que la misa es aburrida o debería cambiar, no funciona? Que se cambió hace casi 50 años y parece todavía no funcionar. Ese argumento es todavía pobre, porque, además, en muchísimos lugares se cometen muchos abusos celebrando la misa de cualquier manera con tal de atraer y eso tampoco asegura la participación perseverante y mucho menos, una verdadera participación. Seguiremos con esto durante los domingos. Pero para terminar… no vamos a misa a misa a divertirnos o a pasarla bien de un modo superficial… no vamos a misa solo por nosotros mismos… no vamos a misa solo por cumplir… ¿Para qué vamos a misa?

Algo del evangelio de hoy, me ayudó a preguntarme y te invito a preguntarte… ¿Amás lo que Dios te manda? Partir de esta pregunta, creo que nos ayuda a comprender bien el sentido de los mandamientos y la razón por la cual la palabra “mandamientos” está ya tan pasada de moda y resulta a veces tan poco atractiva e incluso, esquivada por ajenos y propios. Sin amor, no se puede vivir ningún mandamiento, y mucho menos el mandamiento de amar, aunque parezca gracioso y redundante. El amor no puede obligarse, el amor se recibe y se da, con libertad, sino no es amor. Dios ama no porque “no le queda otra”, sino porque es amor. Nosotros amamos no porque Dios “nos lo mandó”, sino porque estamos hechos para amar. Todo lo demás, son desviaciones y malas comprensiones de lo que significa que Dios “nos mande” amar. Son miles los cristianos que no comprenden que Dios no quita la libertad, sino que la da. Que Dios no nos “obliga” a amar, sino que nos recuerda que el amor es nuestra tendencia natural.

El fariseo que le pregunta a Jesús sobre cuál era el mandamiento más grande, pregunta haciéndose que no sabe, pregunta para ponerlo a prueba, pero en realidad lo sabía perfectamente. Por eso… ¿alcanza con saber? Evidentemente no. No alcanza con saber los mandamientos, tenemos que amarlos. Amar lo que nos manda. En general, todos sabemos los mandamientos, más o menos, y si no los sabemos de memoria, podemos deducirlos porque están grabados no en tablas de piedra, como en el antiguo testamento, sino que están grabados en nuestros corazones con mayor o menos claridad. Dios nos habló para recordarnos los mandamientos. Jesús se hizo hombre no para agregar algunos nuevos que se había olvidado de decirnos, sino para vivirlos Él mismo y para darnos la gracia de amarlos.

Jamás podremos vivir los mandamientos si no los amamos. Si no descubrimos que lo que nos enseña Dios es para la vida, para la libertad y no para la muerte y la esclavitud. ¿Puede Dios mandarnos algo que nos haga mal? ¿Puede Dios pedirnos algo que supere nuestra capacidad? ¿Sería un Dios bueno aquel que nos imponga algo que no podamos cumplir?

Amar a nuestro Padre Dios y a los hermanos que Él mismo creó y puso en nuestro camino, es el verdadero camino de la felicidad y para eso estamos en este mundo. Todo lo demás, son ilusiones y desviaciones de la verdadera religiosidad. Así de clarito lo dice San Juan: “El que dice: «Amo a Dios», y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve? Este es el mandamiento que hemos recibido de él: el que ama a Dios debe amar también a su hermano.” Así nomás. No hay que dar más vueltas.

¿Amás amar o sentís la imposición de amar? ¿Dejás que el amor de Dios fluya y pase a través de tu corazón o seguís poniéndole barreras a un Dios que te ama y quiere amar por medio tuyo a los que tenés a tu alrededor?

El mandamiento no es una imposición, sino una promesa… amarás… amarás. Estás “formateado” para amar, tu software está preparado para recibir y dar amor, por eso vas a poder amar si te dejás guiar por el amor de Dios, si contemplás a Jesús amando, si aprendés el modo de amar de Jesús, si dejás que Jesús te ame y vaya completando en vos la obra que ya comenzó desde que naciste.

Padre del cielo, te pedimos hoy juntos solo algunas de cosas, pero bastante buenas: “Aumenta nuestra fe, esperanza y caridad, y para conseguir lo que nos prometes, ayúdanos a amar lo que nos mandas.”

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