Mt 23, 1-12 – 5 de noviembre – XXXI Domingo durante el año

 

 

Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos:

Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo.

Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos; les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, ser saludados en las plazas y oírse llamar «mi maestro» por la gente.

En cuanto a ustedes, no se hagan llamar «maestro», porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen «padre», porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco «doctores», porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías.

Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros, porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será elevado.

Palabra del Señor

Comentario

Buen día, buen domingo, buen día del Señor. Que bueno que es empezar un domingo saludando distinto a tus más queridos, poniendo otra cara, intentando que no sea un día común. Porque esa es la verdad, es un día distinto, pero los que lo deben hacer distinto somos nosotros, con nuestra forma de vivirlo. Algunos se levantarán más temprano para estar más tranquilos, para leer el diario, para leer algo antes de que la familia empiece a levantarse. Otros prefrerirán levantarse a preparar el desayuno a su mujer, a su marido, a sus hijos. Otros duermen más y después se suman a la comida familiar. Otros elijen salir a pasear, a conocer algún lugar diferente, aprovechando el tiempo. Y otros se preparan para ir a misa en familia, o solos, o con los que se sumen. Si nosotros planearamos nuestro domingo en torno a la celebración de la misa, como aquello que no puede faltar… todo sería distinto también, todo sería más fructífero. Porque a la misa no se va únicamente para cumplir, no se exclusivamente va para encontrarse con amigos, no se para no pecar. La misa es fundamentalmente acción de gracias, es un acto de gratutid hacia nuestro Dios que es Padre y siempre nos sostiene. La misa es alimento del alma, más allá de lo que diga el sacerdote ese domingo. La misa es momento de gracia imperceptible a nuestros ojos que muchas veces buscan únicamente sentir. No hay actitud más infantil que ir o dejar de ir a misa por situaciones puramente superficiales. Lo superficial ayuda, pero no es lo esencial. Si me gustan o no los cantos, si me gusta o no como habla el sacerdote, si la Iglesia es linda o no, si van o no los que no me caen bien… y tantas cosas más, son razones buenas para motivarme, pero no para dejar de ir o no ir por eso. Nuestra fe en Jesús, en su presencia real en la Eucaristía, no se basa exclusivamente en nuestra sensibilidad y gustos, sino en la certeza de que Él está, está siempre y cada domingo quiere darse especialmente a cada uno de nosotros, en su palabra y en la comunión.  ¿Te vas a perder esa oportunidad para darle gracias?

Algo del evangelio de hoy es una linda advertencia para los que tenemos tareas “grandes”, para los que de una manera u otra, tenemos la gracia de estar en un lugar de preferencia y podemos guiar a otros con nuestra vida, con nuestras palabras y obras. También es una enseñanza para los que miramos, por decir así, de “abajo” y nos dejamos guiar por otros depositando muchas veces nuestra confianza en ellos. La cosa es para ambos lados. Jesús se lo dijo a los de su tiempo y tenía que ver con la jerarquía de esa época, pero también nos sirve para el hoy, también tiene mucho que ver con nuestra forma de vivir y recibir la autoridad en la Iglesia. Hay mucha tela para cortar con esto. Que cada uno reciba estas palabras, como lo que son, como palabra de Dios y no como palabras humanas, para evitar esquivarlas y aplicarselas a otros.

La hipocresía y la búsqueda de ser importantes por nombres y títulos, eso que escuchar hablar por ahí, la “titulomanía”, es el gran peligro de los pastores, de todo tipo y color. Y por otro lado, la desilusión ante la incoherencia de los de “arriba” que no viven lo que dicen,  y que finalmente  lleva a rechazar la verdad de las palabras que salen de sus bocas para justificarse y no hacer lo que cada uno debe hacer por sí mismo, también es un peligro de todos.

A todos nos cuesta vivir lo que predicamos, tengamos o no a cargo personas. A todos nos cuesta ser coherentes en serio con nuestra fe, incluso con nuestras propias convicciones. Por eso el camino de la unidad interior de nuestro corazón, palabras y pensamientos con nuestras obras, debería ser una especie de sana obsesión en nuestras vidas.

La corrupción de los “grandes”, de los obispos, de los sacerdotes, de los consagrados, de los papás, de los gobernantes, de los profesores, de los maestros, de los jefes, es la peor de todas. No es necesario quedarse con dinero ajeno para tener el corazón corrupto, deformado por la hipocresía. Todos podemos ser corruptos cuando nos vamos acostumbrando, de mil maneras difenrentes, a decir lo que “hay que hacer” pero no hacerlo.

Todos también podemos escudarnos en la hipocresía ajena para justificar las nuestras, es muy común. ¿Por qué voy a hacer lo que me dice y ese no hace lo que dice?

A todos nos puede tentar que nos digan de una manera o que nos reconozcan por algunos títulos, pensando que por eso seremos más grandes. A todos nos puede pasar eso de tratar con demasiada reverencia a alguién como si, en definitiva, no fuera un hermano, simplemente por los títulos que tiene.

¿Y si probamos siendo hermanos? ¿No será ese el camino? Termino con esto.  Un estudio que se hizo hace un tiempo por la calle, en donde una persona le proponía a los que pasaban el desafío de mirarse a los ojos por un minuto aproximadamente, comprobó que la mayoría al mirarse fijamente terminaban llorando y abrazándose. ¿Que extraño no? Como hermanos. Cuando solo nos miramos a los ojos, y no nos queda otra cosa por mirar, finalmente nos reconocemos como lo que somos… hermanos.

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