Mt 25, 1-13 – 1 de septiembre – XXI Viernes durante el año

 

 

Jesús dijo a sus discípulos esta parábola:

El Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes.

Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos.

Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas. Pero a medianoche se oyó un grito: «Ya viene el esposo, salgan a su encuentro.»

Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: «¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?» Pero estas les respondieron: «No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado».

Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta.

Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: «Señor, señor, ábrenos», pero él respondió: «Les aseguro que no las conozco.»

Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora.

Palabra del Señor

Comentario

Cuando se cree que Jesús es el Hijo de Dios, que es nuestro “todo”. Cuando se cree en serio y con esa convicción, raramente una dificultad, un dolor, una decepción, nos haga perder la fe que nos fue revelada por el Padre que está en el cielo. Pedro pudo decir  eso por gracia, y desde ahí, aunque cayó muchas veces, jamás perdió la fe, la confianza, la certeza de que Jesús no era un hombre cualquiera.

Ayer alguien me dijo: Padre, usted en la misa del domingo nos dijo que pensemos quién era Jesús para nosotros. ¿Puedo decirle quien es para mí? Sí, le dije. Para mí Jesús es mi único salvador, mi único maestro. ¿Qué lindo no? ¿Vio que lindo?, me terminó diciendo, como necesitando que le afirme su afirmación. Sí, muy lindo, muy lindo, le dije. La verdad es que es muy lindo que alguien diga eso frente a otros en una reunión. Que lo diga con tanta frescura y amor, sintiendo lo que dice y no teniendo vergüenza a lo que dice. Vos pensarás, y bueno… en una ambiente de la Iglesia es fácil. Y sí, puede ser, pero hay que decirlo. Además no dijo es mi salvador y mi maestro, sino que dijo una palabra muy importante… mi único. Hay muchos que se creen los salvadores de nuestras vidas, muchos que se hacen los maestros, pero para los que tenemos fe, solo hay un salvador y un maestro. Es Jesús. Eso es tener fe. ¿Sabiendo y creyendo esto? ¿Qué nos puede quitar la fe? ¿Quién nos puede quitar la fe? Así lo dice San Pablo: “¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada?” Si perdemos la fe, si se enfría, es por falta de amor, por falta de perseverancia, por falta de oración, por recurrir a otras cosas que nos hacen perder el tiempo, por olvidarnos de esta verdad tan linda… mí único salvador, mi único maestro. Repetí lo que me dijo ayer esta buena señora: Jesús, mi único salvador, mi único maestro.

¿Sabés qué es lo que nos ayuda a mantener la fe hasta el final? Algo del evangelio de hoy nos orienta y nos da una linda pista. El ser prudentes, el estar preparados. El tonto pierde la fe. El necio pierde la fe. La pierden por tontos, por quedarse sin combustible en el camino, por no haber previsto que se puede acabar. El que no es prevenido, es el que no “guarda” el aceite que le ayudará a tener luz mientras se demora Jesús. Ese pierde la fe. Las vírgenes necias van al momento más importante de sus vidas y no llevan aceite, no se preparan, no son precavidas, no tienen en cuenta que el esposo puede demorarse, confían en su criterio y se pierden lo mejor, se quedan en la puerta.

Podemos perder la fe y perdernos de ver a Jesús por haber pecado de demasiada confianza en nosotros mismos y pensar que podíamos solos. Me parece que el aceite de la lámpara que no llevan estas vírgenes, simboliza que no nos damos la luz a nosotros mismos, que para iluminar necesitamos de otros, necesitamos del amor de otros, del amor de Jesús que nos llega por medio de otros, ese es nuestro combustible, lo que nos hace andar. No hay otra. Cuando te la creíste, cuando te pensaste que tenías combustible para mucho más y te pasaste de largo en la estación de servicio creyendo que llegabas, te quedás a mitad de camino. Nos quedamos por el camino, o nos quedamos a la puerta de la felicidad, solos. Nos quedamos por el camino cuando nos convencemos a nosotros mismos que la felicidad, la fe, el amor, depende exclusivamente de nuestras “reservas”. Esa es nuestra gran necedad, nuestra gran estupidez, nuestra gran sonsera.

Mientras estemos en la tierra, siempre habrá tiempo de pedir un poco de  aceite a los otros para seguir iluminando, y está bien, eso es lindo. Pero al final de nuestra vida ya no habrá tiempo, es cosa seria. Le llegada de Jesús al final de los tiempos, aunque no sepamos cuando es, es cosa seria. No es para andar jugando con la misericordia. Hay que tomarse en serio la vida, no se puede andar “zafando” siempre, especulando con el amor y después pretender que los otros me den lo que yo mismo podría haber conseguido por mis propios medios.

Estamos en el tiempo de la misericordia, pero no sabemos cuándo se acabará. Por eso, mientras tanto hay que ser inteligentes, prudentes, y saber que Jesús es nuestro único salvador y maestro, no somos salvadores y maestros de nosotros mismos para creer que podemos solos.  No seas tonto, no seas tonta, buscá el aceite del amor en otros que necesitás y también te necesitan.

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