Mt 25, 1-13 – 12 de noviembre – XXXII Domingo durante el año

 

 

Jesús dijo a sus discípulos esta parábola:

El Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes.

Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos.

Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas. Pero a medianoche se oyó un grito: «Ya viene el esposo, salgan a su encuentro».

Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: «¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?» Pero éstas les respondieron: «No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado».

Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta.

Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: «Señor, señor, ábrenos».

Pero él respondió: «Les aseguro que no las conozco».

Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora.

Palabra del Señor

Comentario

Cuando pensamos solo con la panza, por decirlo de una manera, o solo con la cabeza, aunque parezca redundante, nos olvidamos que también está el corazón, que razona de otro modo, o tiene razones que la razón no comprende. Hace unos días alguien me decía algo así: “Me decidí a no pensar tanto, a no buscarle tanto la vuelta a la fe, quiero confiar como lo hacía antes, cuando creía y creía”. El cerebro está para usarlo, para eso lo dio Dios, pero cuidado, muchas veces se transforma en obstáculo para la fe, pero no por culpa del cerebro, sino por culpa nuestra. Si nosotros viviéramos el domingo como día del Señor, pero desde el corazón, más allá de todos los argumentos que se nos pueden aparecer para hacer otras cosas… nuestra participación en la misa sería algo natural. Porque siempre hay razones para hacernos creer que todo puede ser mejor, que todo debería ser como antes y así mil cosas más.

¿Viste que por más que no podamos comer, porque nos sintamos mal, si amamos a nuestra familia vamos a visitarla más allá de la comida? Con la misa puede pasarnos algo así. Muchos dejan de ir porque no pueden comulgar, sin embargo, no solo nos alimentamos de la eucaristía, de la comunión, sino de los gestos y las palabras, y por eso jamás nos puede hacer mal ir a misa, siempre nos alimenta, aunque a veces no lo percibamos. Pensemos más con el corazón y no tanto con el cerebro, cada tanto hace bien.

Algo del evangelio de hoy nos enseña a “saber esperar”, a no ser tontos y esperar con “reserva” de aceite para nuestras lámparas, con el corazón preparado para amar, siempre. Es verdad que tenemos que esperar lo que no sabremos cuando vendrá, pero hay que esperar con prudencia. Aunque nos quedemos dormidos por la vida, no importa, lo importante es esperar con inteligencia.

A veces el esposo se hace esperar… así dice algo del evangelio de hoy: “Como el esposo se hacía esperar…”  Jesús se hace esperar. Nunca nos dijo cuándo moriremos o cuando vendrá a buscarnos. Parece ser que lo lindo de la vida le gusta hacerse esperar, casi como si le gustara ser “inesperado”, y al mismo tiempo bien recibido, cosa extraña. Casi como una ironía de la vida, en los casamientos de hoy en día, la que se hace esperar siempre es la novia, es casi como parte de la ceremonia, esperar que llegue la novia y ver que se abra la puerta para que todos giren la cabeza y la miren caminar por el pasillo central hasta el encuentro con el esposo. La idea es la misma, pero con la diferencia de que en un casamiento de los nuestros, sabemos la hora en la que llegará la novia, aunque llegue tarde. En cambio, con Jesús no sabemos ni el día ni la hora, no sabemos cuándo vendrá a buscarnos. Y otra gran diferencia, como me dijo Johnny ayer… “padre, al que esperamos es a Jesús, que es mucho mejor que cualquiera”.

¡Qué paradoja! ¡Qué difícil es estar siempre esperando algo que jamás sabremos cuando vendrá! Vendrá, de eso no podemos dudar, no sabemos cuándo, pero vendrá. Aunque parezca una contradicción, sabemos que el evangelio no es contradicción, sino es sabiduría. De hecho, así lo dice el mismo libro que se lee hoy de primera lectura: “La Sabiduría es luminosa y nunca pierde su brillo: se deja contemplar fácilmente por los que la aman y encontrar por los que la buscan. Ella se anticipa a darse a conocer a los que la desean. El que madruga para buscarla no se fatigará, porque la encontrará sentada a su puerta.”

Jesús es la sabiduría que “se anticipa” y llega a nuestra vida, pero al mismo tiempo se deja encontrar y contemplar por aquellos que lo buscan y lo aman. Esa es la manera de estar preparados, buscar y no temer el encuentro, no temer a la muerte. Teme a la muerte aquel que no amó y no ama a Jesús. Eso es ser prudente, algo contrario a la actitud necia. El prudente no es el que no hace nada, sino todo lo contrario, es el que previó la situación, el que se anticipó, el que buscó, aun quedándose dormido. Todas las jóvenes se quedaron dormidas. Todos nosotros nos quedamos dormidos durante la vida esperando lo que no sabemos cuándo vendrá. Eso es normal, es parte de la vida, somos débiles. Ahora… lo que no nos puede pasar es lo de las necias, que ni siquiera fueron capaces de conseguir aceite antes, ni siquiera fueron capaces de pensar en su esposo, se confiaron, pensaron que al final iba a haber tiempo, y no es así. Cuando nos llega la partida, ya no hay tiempo, el tiempo se acaba. Por eso hay que estar preparados amando siempre, buscando siempre, dejándose encontrar siempre.

Que este día y todos los días, nos encuentre preparados, prevenidos, amando y dejándonos amar por un Jesús que se nos anticipa y se deja encontrar, en nuestro corazón, en el de los demás y especialmente en la Eucaristía.

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