Mt 5, 1-12 – 12 de junio – X Lunes durante el año

 

 

Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:

«Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.

Felices los afligidos, porque serán consolados.

Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.

Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.

Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.

Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron.»

Palabra del Señor

Comentario

¿Subiste alguna vez una montaña? ¿Hiciste el esfuerzo alguna vez de caminar lejos, por lo menos en el llano, y experimentar esa linda sensación de llegar, sentarte y disfrutar de lo alcanzado? Seguro que sí, es lindo hacerlo. Lamentablemente en nuestra forma de vida moderna esto se perdió mucho, pero es casi, te diría, necesario vivirlo. Todo hombre tiene que experimentar que toda meta, todo horizonte implica un “moverse”, “salir”, “subir”, “trepar”, esforzarse para terminar alcanzando la felicidad. “La felicidad no es cuesta abajo, es cuesta arriba”, aunque nos quieran enseñar lo contrario.

Me acuerdo de los campamentos que hacíamos en la adolescencia en el colegio… Me acuerdo que el que nos guiaba nos llevó a hacer la experiencia de “hacer cumbre”, o sea de llegar a la cima de una montaña. El cerro se llamaba Navidad, se llama Navidad, en Bariloche. No me olvido más de esa sensación de llegar, de alcanzarla entre muchos – aunque nos peleábamos a veces por quien llegaba primero – y además me acuerdo de la sensación de estar disfrutando del paisaje al llegar, con ganas de no bajar. ¿Será así la experiencia de la vida? ¿Será que andamos cuesta arriba, esforzándonos por llegar a la cumbre y de ahí no nos bajaremos jamás?

Bueno, empezamos esta semana, cambiando de evangelista. Empezamos escuchando el gran sermón de la montaña del Evangelio de Mateo, y durante casi tres semanas estaremos escuchando los capítulos 5,6 y 7; en donde Jesús comienza este lindo discurso con las famosas Bienaventuranzas. Será en este sermón de la montaña donde aprenderemos a ser hijos de Dios, donde Jesús nos abrirá su corazón para que aprendamos a vivir como Él y ser hijos de Dios. ¡Qué lindo empezar esta semana así! Jesús se llevó a la multitud y a sus discípulos a la montaña. Los sacó de donde estaban, para que lo escuchen mejor. Nosotros en estas semanas, intentemos hacer lo mismo. Intentemos dejarnos llevar por la dulzura de sus palabras. Jesús sube a la montaña para que nosotros también subamos, salgamos de nosotros, nos sentemos alrededor de Él y empecemos a escuchar estas palabras que salen de un corazón de Hijo, que siente como Hijo, que vive como Hijo, y que quiere transmitirnos esa vida de los hijos de Dios a cada uno de nosotros.

Las Bienaventuranzas son el preámbulo a todo lo que vendrá, son el corazón del evangelio, son el rostro de Jesús; son en realidad, promesas que nos hace Él para que podamos vivir como Él. ¡Qué lindo! Promesas, no mandatos, promesas de vida, de felicidad. ¿Cómo entender éstas promesas tan particulares? ¿Cómo entender éstas promesas que lo que menos parecen al comienzo es que hablen de felicidad? ¿Cómo comprender que seremos felices si somos humildes, misericordiosos, pacíficos, pacientes, afligidos, deseosos de santidad, puros e incluso perseguidos? ¿Cómo explicarle esto a un mundo que cree que ser feliz es ser poderoso, implacable, perfecto, estrictamente justo, haciendo lo que se quiere, e incluso buscando la propia felicidad a costa de los demás? Es difícil. No solo le costó a Jesús, le cuesta a la Iglesia, me cuesta a mí. Pero bueno, no renunciemos a intentarlo, a hacer el esfuerzo, a subir a la montaña. Es fácil quedarse abajo y no luchar, es fácil ni siquiera no hacer el intento. No lo vamos a lograr solo hoy por supuesto,  sino que durante estas semanas iremos lentamente “desmenuzando” el corazón de Jesús.

Para no hacerlo largo e ir terminando hoy, te cuento que la clave para entender las Bienaventuranzas, es el mismo Jesús; Él las vivió primero, porque Él es el Maestro para vivirlas. Y por eso mirándolo a Él, sabremos lo que es ser pobre de espíritu, paciente y manso de corazón, lo que es ser consolados, tener hambre y sed de justicia, ser misericordioso, puro de corazón, trabajar por la paz y ser perseguidos. Mirándolo a Jesús no necesitaremos ser expertos en teología para comprender las bienaventuranzas y querer vivirlas, sino que nos daremos cuenta que son el verdadero camino de la felicidad que anhelamos y mucha veces no sabemos encontrar. Esa es la clave creo yo. Es verdad que podemos explicarlas una por una, pero para eso hay muchos libros escritos. Lo que podemos hacer nosotros en estos pocos minutos es rezar con esto, es mirarlo a Jesús para que Él nos introduzca en este misterio de sabiduría divina que viene a liberarnos de nuestras falsas felicidades, que lo único que hacen a veces es encontremos la infelicidad.

Vamos juntos subir esta montaña.

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