Mt 5, 13-16 – 13 de junio – X Martes durante el año

 

 

Jesús dijo a sus discípulos:

Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres.

Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa.

Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo.

Palabra del Señor

Comentario

Las cosas lindas de la vida se consiguen poco a poco, lentamente, paso a paso. No se sube una montaña en dos saltos. No es lindo llegar a la cima en helicóptero, si fuese tan fácil no sería lindo. Es lindo andar en helicóptero y ver todo de arriba, pero es más lindo esforzarse y llegar uno mismo a la felicidad. La felicidad es así. Es cuesta arriba, pero es linda. Todas las felicidades “fáciles”, rápidas, hay que mirarlas de reojo. El esfuerzo y el sacrificio bien vividos tienen su lindo sabor, su buen gustito.

Así vamos nosotros también con esto de la palabra de Dios. Lentamente, después de haber escuchado ayer las Bienaventuranzas, las promesas de felicidad que vienen del cielo, iremos poco a poco escuchando el Sermón de la Montaña, en el que nuestro Maestro nos irá desgajando y abriendo su corazón para enseñarnos lo que significa ser hijos, cómo llegar a ser hijos del Padre. Y eso lo irá haciendo mostrándonos su corazón y mostrándonos nuestro corazón, para que sepamos quienes somos realmente. Te aseguro que durante estas semanas vas a disfrutar de la Palabra de Dios, de estas palabras de Jesús desde la montaña. Éstas enseñanzas bajan de la montaña, nos llegan desde una montaña y de labios de Jesús. La montaña es signo de que esta sabiduría no es sabiduría humana, sino que es sabiduría divina, es un saber que viene de lo alto y viene a iluminar nuestra vida, a darle sentido, a mostrarnos la verdad. Semejantes enseñanzas solo puede venir de un corazón divino-humano, del corazón de Jesús.

¿Sabías que muchas veces no podemos ser lo que queremos ser, porque en realidad no sabemos todavía lo que ya somos? A veces vivimos en un eterno “querer ser alguien en la vida”  y nos olvidamos de lo que ya somos. Muchas veces privilegiamos en nuestra vida el hacer antes que el ser, el llegar a ser y no el ser. Esto nos pasa mucho. Nos cuesta muchísimo reconocernos a nosotros mismos y por lo tanto no terminamos de amarnos bien, no terminamos de dar frutos en nuestra vida. Como discípulos, como cristianos también puede pasarnos esto.

Te hago una pregunta: ¿Vos crees que ser buen cristiano es simplemente “hacer cosas buenas”, hacer muchas cosas por los otros, ser “buenos”? ¿Qué es para vos ser buen cristiano? Obviamente que el cristiano debe y hace cosas buenas. Es verdad, pero no toda la verdad o es parte de la verdad. Porque cosas buenas hacen muchísimas personas que no son cristianas. Gente de bien hay por todos lados, son muchas las personas buenas en este mundo que hacen y viven para los demás, gracias a Dios. Seguramente vos y yo hacemos cosas buenas, pero… ¿no será que las hacemos porque en realidad ya somos algo buenos? Entonces… ¿cuál es el distintivo de un cristiano? ¿Nos distingue algo de los demás, nos debería distinguir algo? ¿Somos especiales? ¿Qué es lo que Jesús dice que debe vivir a un discípulo de Él?

El sermón de la montaña nos irá dando la respuesta poco a poco. Te vas a sorprender. Te lo aseguro. Acordate que es el corazón del Evangelio porque es el corazón de Jesús. Voy a insistir mucho en esto durante estos días. Hay cosas que hay que repetir para que queden grabadas para siempre en el corazón. Recuerdo que conocí el Sermón de la montaña y las bienaventuranzas cuando entré al seminario en mi primer retiro espiritual, y para mí fue todo nuevo. Había ido a misa toda mi vida, pero jamás había escuchado estas palabras de Jesús con atención y jamás alguien me las había explicado con tanta claridad y luz, como el sacerdote que me dio ese primer retiro en el seminario. Agradezco que se haya cruzado en mi camino. 

Algo del evangelio de hoy nos dice: Vos sos sal. Vos sos luz. Nosotros, los que escuchamos a Jesús, los discípulos de él ya somos sal y luz. Estas palabras no están dirigidas a todos, sino a los discípulos, a los que siguen de cerca a Jesús. Si te considerás discípulo, seguidor de Jesús, ya sos sal, ya sos luz. Jesús nos dice: uds. son la sal, ustedes son la luz. No dice: deben ser, tienen que ser. Ya somos la sal que sala el mundo, ya somos la luz que ilumina el mundo. Tenemos todo para ser sal y luz. ¿Estamos salando?  ¿Estamos iluminando? ¿Para qué salamos e iluminamos? Salamos e iluminamos para que los demás den Gloria al Padre, no a nosotros. No hacemos filantropía, sino que hacemos caridad. Amamos para que otros aman al Padre, le den Gloria. Eso es lo que nos debe distinguir. No hacemos cosas buenas para ser buenos o porque es lindo hacer cosas buenas nomás. Hacemos obras buenas para que los demás descubran que son hijos, para que descubran que son niños y que dependen de un Padre. Somos sal que sala pero no se ve, una vez que se mezcla con la comida deja de verse. Somos luz que ilumina pero que en realidad el generador de luz es Jesús. Somos hijos de Dios que descubrimos la maravilla de ser hijos y vivimos en medio de un mundo que no quiere depender de Dios. Nosotros con nuestra vida queremos que el mundo descubra que es lindo ser hijos, es lindo ser dependientes, es lindo tener hermanos.

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