Mt 5, 17-19 – 22 de marzo – III Miércoles de Cuaresma

 

 

Jesús dijo a sus discípulos:

«No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice.

El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos.»

Palabra del Señor

Comentario

«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice:”Dame de beber”, tú misma se lo hubieras pedido, y Él te habría dado agua viva.» El mayor esfuerzo que tenemos que hacer en nuestra vida de fe, muchas veces no es tanto poner el acento en el  “hacer”, valga la redundancia, sino en descubrir, en el reconocer, en conocer los dones de Dios que permanecen ocultos a nuestros ojos, del corazón y de la cabeza. Siempre es mayor la obra de Dios en nosotros que la obra de nosotros con Dios. Tenemos que volver a eso, en la Iglesia tenemos que volver a la “primacía de Dios”, tenemos que escaparle al voluntarismo, tenemos que escaparle al activismo, tenemos que escaparle a todos los “ismos”, todas las exageraciones que no nos hacen bien, que nos hacen ir de un lado hacia el otro sin encontrar el equilibrio, sin encontrar paz y serenidad para vivir la fe. Siempre está la tentación de ponernos en el centro, de creernos el centro, incluso de nosotros mismos. Siempre vivimos en riesgo, de poner a Dios en segundo lugar, aún trabajando para Él, aún diciendo que lo queremos mucho. El que descubre el don de Dios, empieza a experimentar la dulce y confortante sensación de una gratitud continua. Todo es recibido, todo es don, nada de lo que nos pasa es en vano, todo está orientado hacia Dios, todo puede transformarse en un bien si confiamos en él. Por eso tenemos que pedir “conocer el don” para que nos llenemos de alegría y poder pedirle a Jesús que nos siga calmando la sed de corazón con su amor, con sus dones que se nos manifiestan a cada instante del día.

Hay dones de Dios que a veces no terminamos de reconocer y valorar, ¿sabés cuáles son? Los mandamientos. ¿Cómo? ¿Los mandamientos? Si, para la palabra de Dios los mandatos de Dios siempre fueron un don, un regalo, una guía. Todo lo que nos han enseñado que no colabora a pensar así, es un error, es un desvío. Los mandamientos son un don de Dios para nuestra vida, son faros de luz en nuestras vidas. Para vos, para mí, para tus hijos. Así es como hay que enseñarlos.

Si en algún momento de nuestra vida de fe, nos invadió la ilusión de que Jesús vino a la tierra para liberarnos de la necesidad de vivir los mandamientos, algo del evangelio de hoy nos rompe un poco los esquemas: “No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento” No piensen eso, no piensen así diríamos nosotros. No piensen que es tan fácil. No sean extremistas, no se vayan a los extremos. Al contrario, no vine a desecharlos, sino a enseñarles a vivir la ley. En realidad, Jesús como Hijo del Padre, vino a liberarnos de la esclavitud del cumplimiento sin corazón, del cumplimiento vacío de amor, del cumplimiento que busca calmar una culpa, del cumplimiento que no mira el corazón de Dios sino el propio corazón. Si ya desde el mismo Evangelio aparecen estas palabras de Jesús quiere decir que siempre existe ese peligro de que ante la novedad queramos a veces desechar lo anterior como ya superado. Es la gran tentación, caer en los extremos. Cumplir sin corazón o dejar de cumplir. No, mejor cumplirlos con amor. Los mandamientos, la ley de Dios del AT no es para desecharla, sino para superarla y vivirla como Jesús nos enseña. Por eso San Pablo, sintetizando todo esa idea,  nos dirá, “amar es cumplir la ley entera”. Si no agregamos la sal del amor a nuestras obras no somos nada, no somos cristianos, somos cumplidores de una ley. Si dejamos de cumplir los mandamientos “chapeando” con la excusa del amor, en realidad no estamos amando. La sal da sabor y desaparece entre la comida, no se ve. El amor al Padre debe ser la sal escondida de nuestras obras, de nuestro modo de ser, de nuestro ser hijos de Dios, que le da sentido al vivir sus mandamientos. Ese es el desafío de nuestra vida. Liberarnos de vivir una relación con Dios que se base en el miedo, en el cumplir por cumplir, en el cumplir porque me lo dijeron, en el cumplir porque me conviene, en el cumplir porque así seré más bueno, en el cumplir para quedarme tranquilo. Y al mismo tiempo corregirnos si pensamos que “liberarse” es no escuchar los mandamientos, o es desechar los mandamientos como si fueran normas que “ya no van”, que “ya no sirven”, que hay que adecuar y cambiar. Los dos los extremos hacen mal, son un engaño, se tocan entre ellos.

Pidámosle hoy a Jesús, el Hijo que nos enseña a vivir como hijos libres, a que el amor sincero sea el que nos impulse a no tirar los mandamientos por el balcón creyendo que ya pasaron de moda, pero que al mismo tiempo nos ayude a vivir más allá de ellos, sabiendo que el amor debe regir nuestra vida, amando de verdad, salando nuestras obras con ese condimento que nos da la verdadera libertad. Pidámosle al Señor que nos de de beber que nos de su agua viva que nos calma la sed el corazón.

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