Mt 5, 43-48 – 20 de junio – XI Martes durante el año

 

 

Jesús dijo a sus discípulos:

Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos.

Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos?

Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo.

Palabra del Señor

Comentario

Cuando se sube una montaña se experimentan muchas sensaciones. Cuando se empieza a escuchar al Palabra de Dios también. Lo habrás vivido alguna vez. Te estará pasando con este sermón de la montaña. Los comienzos siempre son para entusiasmarse, siempre es lindo empezar, siempre lindo emprender un viaje nuevo, una ruta nueva. Por eso, cuando se empieza a subir, a trepar, se empieza generalmente con ganas, mirando la cumbre, mirando el lugar donde queremos llegar, mirando la meta. Con la palabra nos puede pasar lo mismo. Al mismo tiempo, la cumbre atrae, nos dan ganas de estar ahí, anima a levantar la cabeza y a poner todas las fuerzas en cada paso. Imaginemos eso. Imaginemos eso mismo, pero siendo que Jesús es la cumbre, siendo Él la meta. Él está en la cumbre. Esperándonos para hablarnos al corazón. Él está en la cumbre, diciéndonos este sermón desde la montaña para darnos vida, para llenarnos de vida.

Pidámosle al Espíritu Santo que nos llene de deseos de subir, de animarnos a escuchar y de no asustarnos con palabras que parecen a veces imposibles de vivir.

Como decíamos ayer, no se puede ver bien sin subir, o no se puede ver distinto, lo mismo que no se puede comprender la Palabra sin hacer un esfuerzo para salir de uno mismo, sin ver de otro modo las cosas. Mucho menos las palabras de algo del evangelio hoy, que parecen cada vez más difíciles e imposibles para nuestra pobre mente y nuestro corazón mezquino que no termina de comprender a Dios como Padre. Como Padre que no hace distinción y hace llover sobre todos, sobre justos e injustos y hace salir el sol sobre buenos y malos.

En la vida todos hemos oído muchas cosas, por ahí en la vida te enseñaron muchas cosas sobre lo que es amar, por ahí en la vida fuiste adquiriendo muchas formas de amar, algunas muy buenas y otras no tanto. Todos fuimos aprendiendo a amar como pudimos, según lo que vimos, según lo que nos enseñaron, según lo que vivimos. Muchas formas las copiamos sin darnos cuenta, otras las fuimos construyendo nosotros mismos por decisiones propias. En definitiva, no somos perfectos ni mucho menos, no amamos perfectamente, porque no nos amaron perfectamente, ni tu familia ni la mía es perfecta. Sin embargo y a pesar de todo esto, estamos hechos para amar y es lo único que nos da felicidad. Hoy Jesús nos propone el desafío más grande que podamos imaginar, un desafío no apto para cardíacos: “Sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo” o como dice otra traducción: “Sean misericordiosos como el Padre es misericordioso” Increíble la propuesta, increíble invitación de Jesús.

Antes que nada, no confundamos la palabra perfección con perfeccionismo, o como pretensión de no equivocarse nunca, como un perfeccionismo humano, o un moralismo. No, Jesús se refiere a otra cosa más profunda, que incluye el deseo de no equivocarse. En el fondo nos está diciendo: Amen como ama mi Padre, amen a buenos y malos. Tengan misericordia. No discriminen decidiendo quien es digno de ser amado. Un hijo de Dios quiere amar como su Dios, como su Padre. Seguimos con el tema de ser hijos. Porque si somos hijos ¿cómo vamos a odiar a alguien? Si somos hijos de un mismo Padre que ama a todos ¿cómo es posible que le niegues el saludo a alguien? El odio, el rencor, el enojo, el negar un saludo, el devolver con el mal al mismo mal, son reacciones de los que todavía no se sienten hijos de un mismo Padre. Del que todavía no cree verdaderamente.

Jesús nos mandó estas cosas no solo por los enemigos, sino también por nosotros. No solo porque ellos son dignos de ser amados, como vos y yo, a pesar de sus errores, sino porque nosotros tampoco somos dignos de odiar a nadie. Nos hace mal.

El odio daña al que lo tiene. Te daña a ti mismo. Por eso al perdonar a un enemigo te perdonas a vos mismo. Nos podemos preguntar: ¿Quiénes son tus enemigos? No solo los que alguna vez te hicieron un mal, sino también aquellos que te cuesta amar, que no te caen tan bien, que tu corazón los rechaza por “una cuestión de piel” como decimos a veces. ¿Qué te pide Jesús? ¿Qué seas amigo? No, que por lo menos no le niegues el saludo, que reces por él, que no lo critiques, que no le hagas mal, que no lo juzgues. Que no le pagues con la misma moneda.

No te olvides que el mandato de Jesús es también por nosotros mismos. Acordate, no somos dignos de odiar a nadie. Nuestro corazón está hecho para cosas más grandes. Somos hijos de un Padre que ama a todos y está deseando siempre que sus hijos no se desprecien entre sí. Lo mismo que vos pretendes con tus hijos. Probá hoy saludar al que no te saluda, probá rezar por el que no te quiere y te critica. Vas a ver no te vas a arrepentir.

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