Mt 6, 7-15 – 7 de marzo – I Martes de Cuaresma

 

 

Jesús dijo a sus discípulos:

Cuando oren, no hablen mucho, como hacen los paganos: ellos creen que por mucho hablar serán escuchados. No hagan como ellos, porque el Padre que está en el cielo sabe bien qué es lo que les hace falta, antes de que se lo pidan.

Ustedes oren de esta manera: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día. Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido. No nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del mal.

Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes.

Palabra del Señor

Comentario

Dios quiera y Dios seguramente lo quiere, porque lo dice su Palabra, que aprendamos en esta cuaresma a experimentar un poco más eso de que “no vivimos solamente de pan”. Voy a ser medio pesado en estos días con este tema, pero creo que nos ayuda, por lo menos a mí, y que es necesario seguir profundizando esta frase que responde a una tentación continua de nuestra vida, a una tentación de la misma Iglesia, una tentación tuya y mía. Jesús con su respuesta nos enseñó el modo de vencerla, pero hace falta seguir y seguir entendiendo a qué se refiere, o qué quiere combatir. Para otro momento quedará el profundizar las otras tentaciones y sus remedios.

La cuaresma tiene una imagen de fondo que ayuda a comprender esto. El desierto. Jesús se va al desierto y es ahí donde experimenta la prueba. Las pruebas, las tentaciones aparecen en el desierto, cuando experimentamos carencia, cuando nos falta lo superfluo, hasta incluso lo necesario, el alimento. Es un símbolo. En el desierto aprendemos a vivir con lo esencial, por eso en la cuaresma vamos aprendiendo a prescindir de lo innecesario, y a aferrarnos a lo realmente necesario. Siempre me acuerdo con gracia cuando una vez fuimos de campamento con el colegio donde trabajaba a un lugar inhóspito, donde no había ni siquiera luz, y una de las madres de los chicos que iba de acompañante en un momento dado sacó de su bolso un secador de pelo preguntando dónde lo podía enchufar. Te imaginarás la risa de los presentes, nunca nos reímos tanto. En un campamento, en el desierto, lo accesorio se transforma en innecesario, se transforma en una carga, no sirve para nada y nos ayuda a darnos cuenta que somos nosotros los que vamos haciendo de lo superfluo algo necesario. Lo mismo nos pasa en la vida de fe, en la espiritualidad y la cuaresma es tiempo de purificación para darnos cuenta que a veces “hacemos pan, hacemos alimento necesario” lo que realmente no lo es. Por eso es lindo volver a escuchar, “no vivimos solamente de pan”, necesitamos algo más esencial, no vivimos de los alimentos que nos “inventamos”, sino del alimento que proviene de Dios al escucharlo y hablarle, del amor que nos llega a nuestra vida de tantas maneras.

Algo del evangelio de hoy nos deja también esta enseñanza pero con respecto a la oración. ¿Qué es lo esencial de la oración? ¿Cómo debemos orar? ¿No será que a veces la hemos cargado de adornos que al fin y al cabo cuando nos ponemos a pensar no hacen más que dificultarnos las cosas?

En su esencia rezar es hablar con nuestro Padre del cielo, es escucharlo, es dialogar. Tan simple y complicado como eso. Por eso Jesús nos enseñó a no complicarnos, nos enseñó la simplicidad del Padrenuestro, en donde aprendemos a pedir lo esencial y además a pedirlo en el orden que corresponde, porque no solo es bueno aprender a decir buenas cosas, sino que además decirlas como hay que decirlas. Con el Padrenuestro tenemos asegurado todo esto, porque son las palabras del Hijo enseñadas a los hijos pequeños que somos nosotros.

Te propongo hoy que digamos juntos la oración madre de todas las oraciones que muchas veces hemos ido olvidando o repitiendo como loros, volvamos a levantar la cabeza con el corazón al cielo y a pensar en todo lo que queremos decirle al Padre del Cielo, pero al mismo tiempo confiando en que Él sabe mejor todo lo que necesitamos. Digamos: Padre, Padre de todos, de buenos y malos, que estás en el Cielo, en todos lados, en los corazones y en donde a veces menos pensamos. Queremos que tu nombre sea conocido, santificado, amado, queremos que tu Reino, tu amor llegue a todos, que todos reconozcan tu voluntad y la cumplan, especialmente los cristianos que decimos amarte. Necesitamos el perdón tuyo y el de los demás, necesitamos aprender a perdonar de corazón porque no podemos vivir sin perdón, nos hace mal. Ayudanos a vivir esto por favor. Queremos el Pan de cada día, tu Palabra que nos alimenta, el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, y el pan necesario en nuestra mesa. No queremos pensar que lo material es lo esencial. Por favor no nos dejes caer en  esta tentación, no dejes que nos olvidemos que somos hijos amados, no dejes que el maligno nos aparte de tu amor, de tu corazón de Padre. Todo esto y lo que no nos damos cuenta, te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.

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