Mt 8, 1-4 – 30 de junio – XII Viernes durante el año

 

 

Cuando Jesús bajó de la montaña, lo siguió una gran multitud. Entonces un leproso fue a postrarse ante él y le dijo: «Señor, si quieres, puedes purificarme.» Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Lo quiero, queda purificado.» Y al instante quedó purificado de su lepra.

Jesús le dijo: «No se lo digas a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que ordenó Moisés para que les sirva de testimonio.»

Palabra del Señor

Comentario

El miedo se disfraza de diferentes actores, el miedo no siempre es paralizante como a veces pensamos. El temor toma diferentes tonos a lo largo de la vida y de las situaciones. ¿Crees que lo que atemorizaba cuando eras niño es lo mismo que te da miedo hoy? Seguro que no. Pero lo que sí tenemos que tener claro, es que la mejor estrategia de nuestro enemigo, que como dice la Palabra de Dios “como león rugiente ronda buscando a quien devorar”, es que seamos presos del miedo, que de una manera u otra que el miedo nos domine. Ya sea para no ser lo que podemos ser, por respetos humanos, por vergüenza y por tantas opiniones ajenas que nos frenan para ser libres y santos, como para parecer tan seguros por afuera, pero por adentro ser un conjunto de inseguridades y miedos que se manifiestan bajo aparentes “corajes”. Pero en el fondo, como te decía ayer, todo es temor a no ser amados, a perder el amor y por eso nos paralizamos o queremos conseguirlo a cualquier costo, incluso con violencia. ¿Sabías que la violencia, el autoritarismo, la soberbia, la ira, el poder exacerbado, la avaricia, la lujuria, de alguna manera son manifestaciones de nuestro miedo más profundo, a ser hombres y mujeres solitarios?

Se que parece raro, pero es un poco así. Lo que pasa, es que no percibimos la causa de la enfermedad. La peor enfermedad del corazón, es la falta de amor, y cuando nos falta amor, o lo buscamos bien o lo buscamos mal… o lo manifestamos bien, o lo manifestamos mal. No sabemos muchas veces expresar lo que queremos y no sabemos amar como podemos.

¿De qué tenés miedo entonces? Por ahí algunas situaciones nos ayudan ¿Tenés miedo a que tu hijo no sea lo que tiene que ser o lo que querés que sea? Amalo ahora, no esperes que sea lo que querés que sea. No hay tiempo. ¿Tenés miedo a no lograr el objetivo que te propusiste? Hacé lo mejor que puedas hoy, porque a cada día le “basta su aflicción”. ¿Tenés temor de que tu matrimonio, tu familia, tu comunidad se desmorone? Hacé todo lo que está a tu alcance, rezá e intentá hacer la voluntad de Dios amando. ¿Tenés miedo a la muerte? Confía en la palabra de Jesús, “el está con nosotros hasta el fin del mundo”. ¿Tenés miedo a que no se te valore por lo que hacés, tenés miedo que lo que hiciste sea tirado al tacho? Tu Padre que ve en lo secreto te recompensará. ¿Tenés miedo a la situación de tu país? Luchá por ser honesto y no sigas ninguna ideología que ciega y enferma. Y así podríamos seguir, pensá en tus propias preguntas.

En algo del evangelio de hoy, Jesús baja de la montaña. ¿Te diste cuenta? No es un detalle nomás. Terminamos el sermón del monte que nos llenó el corazón de tener ganas de ser hijos de Dios. Pero ahora, hay que bajar al llano y experimentar lo normal, lo de cada día, tenemos que bajar a vivir lo que escuchamos, no podemos quedarnos únicamente en escuchar. «No son los que me dicen: “Señor, Señor”, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo»  ¿Te suenan esas palabras? Así termina Jesús este gran discurso.

Pero hoy, se le cruza por el camino un leproso, un hombre enfermo y solo, la enfermedad lo había dejado solo, nadie quiere estar con un leproso. Nadie quiere acercarse a aquel que puede contagiar semejante enfermedad. Pero Jesús, baja al llano, al llano de la vida, se pone a la par, se mete en medio del lío del mundo, de tu vida y la mía, para encontrarse con vos y conmigo, incluso con los que nadie quiere encontrarse. Se mete en el llano, en el barro, en la lepra, para que dejemos de tenerle miedo a Dios y nos demos cuenta que solo él es Padre y puede curarnos, consolarnos, sanarnos, quitarnos el miedo, animarnos, levantarnos, corregirnos y todo lo que necesitamos para vivir mejor de lo que estamos. ¿Quién te dijo que Dios es un problema? ¿Quién te dijo que acercarse a Jesús es de raros? ¿Quién te hizo escaparle a Dios por seguir tu propio proyecto? Mejor no le echemos la culpa nadie, porque en realidad somos los primeros culpables.

«Señor, si quieres, puedes purificarme.» Señor… digamos, Señor… decilo vos también, con tus propias palabras. Decile a Jesús: “Señor… si querés purifícame, si querés y podés” ¡Qué humildad la de este pobre hombre… si querés, podés… “Te dejo, Señor, dejo que hagas lo que Vos seguramente querés hacer y yo tantas veces no dejo por creerme que no lo necesito. Dejo Señor que actúes en mí, que hagas lo que ninguna terapia, ninguna medicina alternativa, ningún curandero, ningún “arte de vivir”, ningún “pare de sufrir” puede lograr, sanarnos y purificarnos de la mayor de las enfermedades, de la madre de todas las enfermedades que es nuestra “lepra interior” que deforma nuestro órgano más vulnerable y sensible, el corazón. Señor, hoy dejo que me purifiques, me postro para que me purifiques si querés, dejo que hagas lo que tantas veces impedí que hagas por creerme autosuficiente, por estar subido a mi ego, por mirar a todos desde arriba, por no dejarme amar, por amar a mi manera, por dejarme invadir por la avaricia de este mundo”

Yo lo quiero y se lo pido, ¿Vos lo querés y se lo pedís? Seguro que los dos queremos escuchar… «Lo quiero, quedan purificados.»

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