Mt 9, 35-10, 1.5a.6-8 – 9 de diciembre – I Sábado de Adviento

 

 

Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos:

«La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.»

Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia.

A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones:

«Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca. Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente.»

Palabra del Señor

Resumen de la semana

Ya vivimos la primer semana de este tiempo de adviento, tan especial. Es un tiempo distinto, te habrás dado cuenta. Ya no seguimos el hilo de un evangelista, sino el hilo de una temática, de una motivación especial. Por eso se van alternando los evangelios, por eso no seguimos un único evangelio, excepto los domingos. Así vamos, dejándonos guiar por la Iglesia, por la Palabra de Dios, por María y también debemos dejarnos guiar por lo que nosotros mismos vamos sintiendo en nuestro interior. En estos primeros días la propuesta, siguiendo el pedido de Jesús del domingo era el estar vigilantes, atentos, a la espera, y por eso también intentamos reflexionar sobre la virtud de la esperanza que es como el distintivo del adviento.

Pero repasemos algo de lo que pudimos rezar en estos días, el trabajo es para vos, la profundización es por cuenta de cada uno, nada es por arte de magia en la vida espiritual, nosotros debemos poner nuestra parte. Empecemos.

El lunes veíamos cómo un acto de fe tan puro y sincero como el del centurión; era también un verdadero canto a la esperanza. El mismo Jesús queda admirado ante la fe tan grande de este hombre pagano, que además de ser un ejemplo de fe; es un ejemplo de caridad, porque no pide nada para sí, sino que pide para otro, para que otro deje de sufrir.

“Señor, no somos dignos que entres en nuestra casa; somos débiles, pero una palabra tuya bastará para sanar a quien hoy lo necesita más que nosotros”.

El martes contemplamos a Jesús estremecido de gozo movido por el Espíritu Santo al ver cómo Dios Padre elige a los sencillos y humildes para darse a conocer. Mientras recorremos juntos el camino de este Adviento, Jesús también se nos revelará en la medida en que permitamos que la humildad y sencillez de Dios invada nuestras vidas.

El miércoles veíamos a toda aquella multitud que encuentra esperanza en Jesús. Contemplábamos a un Jesús compasivo que sana a todos los enfermos que “ponían a sus pies”; y además también al final les da de comer. Jesús cura el cuerpo, pero fundamentalmente cura el alma y alimenta nuestro espíritu.

Y nos preguntábamos cuántas veces alguien nos llevó a los pies de Jesús, o a quienes podríamos llevar hacia Él: para así descubrir el verdadero sentido de la vida y recobrar la esperanza.

El jueves  reflexionábamos sobre la importancia de depositar toda nuestra esperanza en Jesús y convertirlo en la roca y cimiento de nuestras vidas.

Porque sólo así la casa-corazón de nuestras vidas, no será frágil y movediza; sino que será firme y duradera ya que ni la muerte podrá derribarla.

No importa lo que hagas, sino cómo lo haces y con qué intención. Si tenés la certeza que Jesús es tu todo, tu Roca, tu cimiento, tu esperanza; ¿qué importa todo lo demás? ¿Qué importa que las cosas de acá no salgan como esperás?

Y finalmente ayer, viernes, en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, aparecía la gran protagonista de este tiempo de Adviento.

María es la madre de la Esperanza porque llevó a la Esperanza en su vientre.

María la Inmaculada, fue elegida y predestinada para ser la madre de nuestro Salvador; y con su «hágase en mí según tu palabra», inaugura el plan de Dios para la salvación de la humanidad.

Que a ejemplo de María y llenos de humildad y sencillez dejemos que sea Dios quien haga en nosotros lo que Él quiera, y no ser tanto nosotros los que decidamos qué hacer.

No hay nada imposible para Dios cuando nos disponemos a obedecer su voluntad.

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