Resumen – IV semana durante el año

 

 

Al regresar de su misión, los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.

Él les dijo: «Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco.» Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer. Entonces se fueron solos en la barca a un lugar desierto. Al verlos partir, muchos los reconocieron, y de todas las ciudades acudieron por tierra a aquel lugar y llegaron antes que ellos.

Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato.

Palabra del Señor

Resumen de la semana

Las enseñanzas que recibimos de la Iglesia, no solo provienen de la sagrada escritura, sino que también se desprenden de la palabra de Dios que se transmitió oralmente a lo largo de los siglos en los corazones creyentes. A eso se le llama Tradición, con mayúscula, no simples tradiciones humanas. Los católicos, aunque muchos no lo saben, creemos en eso… una misma fuente, Jesús que es la Palabra Viva, que nos llega por dos vertientes, por decirlo así, la sagrada escritura y la Tradición recibida de los apóstoles, los más cercanos a Jesús. Es por eso, que cuando en esta semana hablamos del tema de satanás, también lo hicimos desde esa certeza, no solo creemos en lo que leemos de la palabra escrita, sino también de lo que leemos del corazón de la Iglesia y sus enseñanzas. Eso es lo que nos va enriqueciendo día a día, cuando asimilamos todo lo que la Iglesia nos transmite, más allá de sus falencias y debilidades… Ella es portadora de la Verdad revelada por Dios Padre, por medio de Jesús su Hijo y revivida cada día gracias al Espíritu Santo. Pero bueno, lo importante es que Jesús venció al demonio y no debemos tenerle miedo, sino respeto, y por otro lado, saber que, si estamos unidos a Jesús, nada nos debería quitar la paz del corazón, la certeza de sabernos amados y sostenidos por Él.

Vamos al resumen de estos días.

Algo del evangelio del lunes nos mostraba de nuevo las artimañas y mentiras del demonio que pretende engañarnos para que erremos el camino de la felicidad y para que a ejemplo de aquel hombre poseído por un espíritu impuro; sigamos “habitando en nuestros sepulcros”, lastimándonos a nosotros mismos y apartándonos de los demás o alejándolos de nosotros con nuestras actitudes equivocadas.

Tengamos cuidado con los engaños del maligno que intenta vendernos una falsa felicidad, pero que en realidad quiere que vivamos desanimados. Tengamos cuidado con este mundo mentiroso, con este mundo materialista que antepone los intereses económicos al bienestar, integridad y dignidad de las personas.

El martes nos maravillábamos de la genuina manifestación de fe en los personajes del evangelio: Jairo y la mujer hemorroísa, ambos se arrojan a los pies de Jesús, uno para rogarle que cure a su hijita; la otra para reconocer que ella había sido la que había tocado su manto “confesándole” la verdad.

Jesús siempre está dispuesto a escucharnos y a acompañarnos como hizo con Jairo, siempre se da cuenta cuando “andamos queriendo” tocar su manto como aquella mujer; Él siempre está para nosotros, es nuestra fe la que falla, somos nosotros los infieles.Ojalá tuviéramos toda esa fe, esa confianza total. Sólo el que se reconoce necesitado y cree que todo viene de Dios; vive sin miedo, confiado y en paz.

El miércoles algo del evangelio nos hizo reflexionar sobre la dificultad propia que tiene la fe; es difícil creer, tenemos que reconocerlo con humildad. La fe es ante todo un don de Dios, y al recibirlo podemos creer en alguien que está más allá de lo que vemos, la fe nos permite creer que ese hombre que caminó por Galilea era Dios, que vino para hacerse uno de nosotros, para estar entre nosotros. Tener fe es indispensable para poder ver continuamente milagros en la sencillez de los acontecimientos, descubriendo en todo y en toda la presencia de Dios. Por eso lo mejor que podemos pedir es la fe; no pedir milagros. Pidamos fe para que nuestro razonamiento humano no sea un obstáculo para poder descubrir que Él está siempre presente.

El jueves escuchábamos cómo Jesús al necesitar la ayuda de los hombres para llevar y extender el mensaje del Reino de Dios; elige a doce y los envía de dos en dos. Y esto nos llevó a pensar en la importancia de vivir nuestra fe en familia, en comunidad. También hoy Jesús nos envía a evangelizar transmitiendo con nuestra vida el mensaje del Reino de Dios. Pero esta tarea no puede darse en solitario; sólo de a dos se puede vivir el amor, sólo relacionándonos con el otro es como nos descubrimos y conocemos verdaderamente; y sólo transmitiendo el amor podemos vivir y predicar el evangelio.

No olvidemos que como Iglesia somos una familia, que como cuerpo de Cristo transmitimos el mensaje de un Dios que es familia: es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Y ayer, en el marco de la Fiesta de la Presentación del Señor, e inspirados en las palabras que pronunció el anciano Simeón; nos animábamos a preguntarnos si podríamos decir aquí y ahora con tranquilidad de corazón y conciencia: “Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz”. Cuáles serían nuestras justificaciones para poder decirlo. ¿Lo haríamos pensando solamente en los logros obtenidos, en el bien que hemos podido hacer; o en el peor de los casos motivados por el hastío y el cansancio de vivir?

Ojalá que nuestra única justificación fuera el haber experimentado un verdadero encuentro con el Señor, haberlo conocido, haber experimentado que sólo a su lado podemos ser plenamente felices y que, sin Él, sin Jesús; nadie se puede salvar.

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