Resumen – Octava de Pascua

 

 

Jesús, que había resucitado a la mañana del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, aquella de quien había echado siete demonios. Ella fue a contarlo a los que siempre lo habían acompañado, que estaban afligidos y lloraban. Cuando la oyeron decir que Jesús estaba vivo y que lo había visto, no le creyeron.

Después, se mostró con otro aspecto a dos de ellos, que iban caminando hacia un poblado. Y ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero tampoco les creyeron.

En seguida, se apareció a los Once, mientras estaban comiendo, y les reprochó su incredulidad y su obstinación porque no habían creído a quienes lo habían visto resucitado. Entonces les dijo: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación.»

Palabra del Señor

Resumen de la semana

¡Felices Pascuas!, seguimos en la octava de Pascua, viviendo este gozo enorme por la Resurrección, por el triunfo del Señor sobre la muerte, porque triunfó el Amor.

Todos vivimos “pascuas” cada día; esos pasos o tránsitos de una cosa a la otra. Es lindo pensar que nuestra vida en realidad, es una gran pascua y cada día, es una pequeña pascua. Jesús pasó por esta vida y pasó por todas las experiencias humanas, menos el pecado; para enseñarnos a pasar nuestra propia vida, para dejarnos sus huellas y hacernos el camino más claro y seguro. Jesús nos enseñó que la victoria se consigue al asumir lo que nos toque vivir, abrazando como Él la voluntad del Padre, no esquivando lo que se nos presente, sino asumiendo con responsabilidad lo que nos pasa, lo que pensamos, sentimos y hacemos.

Por eso no tengas miedo a pasar las cosas que tengas que pasar. Es necesario vivir la pascua de cada día, es necesario pasar junto a Jesús “lo que venga”; si estamos con Él, “pase lo que pase” estaremos bien. Caminando de la mano del Señor algún día todos deberemos pasar la verdadera y definitiva Pascua.

Durante la semana contemplamos diferentes relatos sobre las apariciones de Jesús Resucitado a sus amigos los discípulos, recordémoslos:

El lunes Jesús, nos introdujo en la alegría de la Pascua. «Alégrense» –les dijo a las mujeres al aparecérseles. La alegría que nos trae Jesús Resucitado no se puede comparar con nada de este mundo; no es una emoción pasajera, efímera. Jesús resucitó para abrirnos las puertas de la vida eterna; pero mientras tanto, vivamos sin tantos miedos y angustias; sino con el corazón lleno de alegría y esperanza. Hoy también nos sigue buscando a cada uno en nuestra “Galilea” ¿Te acordás cuál fue tu Galilea? ¿Te acordás de tu primer encuentro con Jesús resucitado? ¿Cuál es tu Galilea hoy, tu lugar de encuentro con Él?

En algo del evangelio del martes Jesús le preguntó a María: «Mujer, ¿por qué lloras?» y después le preguntó: «¿A quién buscas?»

Jesús no sólo conoce a fondo lo que sentimos, sino que también nos comprende porque Él mismo lo experimentó. Ningún sentimiento es malo; lo malo es cuando no podemos reconocer el porqué de esos sentimientos. Él nos quiere ayudar a reconocer nuestros sentimientos y conducirlos, por eso pregunta: «¿A quién buscas?» Hay que aprender a pasar las cosas con Jesús; todo pasa por algo, depende de vos que esa experiencia te ayude a resucitar y vivir de una manera distinta. Siempre está a nuestro lado, aunque no lo veamos porque nuestras lágrimas nos nublen la vista; levantemos la cabeza y dejemos que nos llame por nuestro nombre y nos hable al corazón.

El miércoles reflexionábamos sobre cuántas veces volvemos a nuestros “emauses” por haber dejado de creer. Nuestros emauses son esos lugares seguros y cómodos; pero no donde Jesús nos pidió estar. A todos nos toca pasar por experiencias difíciles, dolorosas y angustiantes, pero lo importante es no olvidar que mientras caminamos por la vida presos del pesimismo y ensimismados en nuestros problemas; Jesús camina a nuestro lado para llevarnos a ese lugar donde podamos reconocerlo. Dejemos que nos haga ver lo que no pudimos ver, lo que dejamos pasar de largo por nuestra ignorancia y tozudez.

Algo del evangelio del jueves nos hacía reconocer la importancia de pedirle a Jesús que nos abra la inteligencia para poder comprender su Palabra. Porque sin la gracia que viene de lo alto, sin la gracia que viene de Jesús; no podemos comprender en su totalidad todo lo que está escrito para nuestra enseñanza, para nuestra santidad. “Señor te pedimos que hoy nos abras un poco más la inteligencia de la mente y del corazón para poder encontrarte en las Escrituras, para poder reconocerte Resucitado a nuestro alrededor en cada uno de nuestros hermanos, en cada Eucaristía”. Al igual que los discípulos; nosotros también necesitamos experimentar la presencia real de Jesús en nuestras vidas, para ser auténticos testigos de Jesús en el mundo. Cristiano es el que cree en Jesús, en un Jesús que está vivo. Cristiano es el que cree en la Palabra de Dios, pero no sólo cree, sino que la hace experiencia de vida y así la comparte con sus hermanos, revelando a todos que Jesús vive y quiere vivir en cada uno de nosotros.

Y ayer, veíamos cómo los discípulos volvían a sus oficios originales, a la misma situación en la cual Jesús los había conocido. Los discípulos vuelven a pescar peces, lo de siempre, lo que sabían hacer… Este “volver a lo de antes” representa el no terminar de comprender, de convencerse, de obedecer; el haber dejado de confiar. El pesimista, el desesperanzado; arrastra a los demás y los convierte en hombres sin esperanza. ¿Cuántas veces nos pasó lo mismo a nosotros? Nos terminamos olvidando de lo que Jesús nos dice, nos terminamos olvidando del encuentro que tuvimos con Él, olvidándonos de sus promesas y de sus mandatos. Volvemos a la rutina, a lo que sabemos hacer, a lo que nos da “seguridad”; y no pescamos nada, al final, todo es cansancio sin fecundidad, sin amor.

Pero Jesús se nos vuelve a aparecer siempre, ahí en donde parece que no está, en donde parece que jamás volverá. Qué paciencia que nos tiene, pero, sobre todo, qué grande que es su amor por nosotros que no se cansa de buscarnos para llenarnos de su amor, que es el único que ofrece toda la plenitud a la que todos estamos llamados.

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