Marcos 10, 13-16 – VII Sábado durante el año

Le trajeron entonces a unos niños para que los tocara, pero los discípulos los reprendieron. Al ver esto, Jesús se enojó y les dijo: «Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él.»

Después los abrazó y los bendijo, imponiéndoles las manos.

Palabra del Señor

Resumen

Llegando al final de ésta semana, en la cual continuamos meditando el Evangelio de Marcos; entre las muchas cosas que dijimos, varias veces nos propusimos enamorarnos más de la escucha de la Palabra de Dios, enamorarnos; esperarla, esperarla como uno espera el alimento de cada día. Porque en la medida en que nos enamoramos de lo que Dios dice a través de Jesús, inevitablemente nos vamos enamorando de Él.

De la misma manera que te enamorás de lo que dice tu mujer, tu marido, que te enamoraste en algún momento de sus palabras, sus miradas, de sus gestos y te enamorás de lo que piensa y lo que siente; de la misma manera, Dios quiera que el escuchar la Palabra nos lleve a eso, a enloquecernos por Él, a entusiasmarnos con cada cosa que Jesús nos dice; porque Jesús vino a eso a éste mundo; no sólo a liberarnos del pecado sino a que nos enamoremos de Él, que nos enamoremos de su Padre, de su Persona y de todo lo que Él nos enseña.

Y en éste camino te propongo hacer una breve síntesis de lo que escuchamos ésta semana, y me animo a sintetizarlo de alguna manera con una frase o pensando: ¿Que es lo que intentó Jesús en estos días?

En definitiva, Jesús vino también a éste mundo a enseñarnos a amar: en los diferentes evangelios de ésta semana, incluso meditando el del domingo pasado, fuimos viendo como Jesús fue corrigiendo a las personas que se acercaron a Él y especialmente a los discípulos, a los más cercanos; les quiso enseñar a AMAR, quería proteger lo más sagrado que tenemos todos, lo más sagrado a lo cual fuimos llamados, que es el AMOR. Y eso es lo que tenemos que pensar en nuestras vidas: fuimos creados y estamos hechos para amar; para abrirnos a la comunión con los otros, para dejar que también la vida de los otros se meta en nuestra vida; la vida de tu marido, de tu mujer, de tus hijos, la vida de los que tenés alrededor, la vida de Jesús. Por eso en la medida en que nos abrimos al amor de Dios, al amor de Jesús, inevitablemente casi como por decantación, nos permite abrirnos al amor de los demás.

Decíamos que a Jesús no le gustaban las discusiones y se metía a frenar esas discusiones y quería dialogar “cara a cara” con el padre de este hijo que estaba endemoniado y sacaba lo mejor de él; sacaba ésta petición de fe: “Señor creo, pero ayudame a creer más”. Y por eso nos enseñaba que hay que expulsar también el demonio con la oración: “Hay demonios que no se expulsan si no es con la oración”. Esto meditábamos el lunes.

El martes, Jesús se “enojaba” también; de alguna manera con los discípulos, que se peleaban por ser los primeros, por ser los más grandes; no entendían, no terminan de entender a Jesús que viene a mostrarse como “pequeño”, como “débil”, como “accesible” a nosotros. Y por eso se enoja y les dice que: “El que quiera hacerse el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos”.

También no le gustaba cuando sus discípulos querían impedir que los demás hagan el bien, esto lo escuchábamos en el evangelio del miércoles, ¿te acordás?

Son todas lecciones de amor; para amar hay que hacerse igual al otro, no hay que pretender tener el monopolio del bien, sino hay que saber que hay mucho bien a nuestro alrededor, que muchos hacen el bien, que hay muchos que también se abren al amor como también nos vamos abriendo nosotros que seguimos a Jesús.

El jueves también nos advertía: “Cuidado con escandalizar”, cuidado con ser piedra de tropiezo, ¡cuidado con ser obstáculo para que otros crean! eso es lo peor que nos puede pasar. Para amar, tenemos que darnos cuenta que estamos unidos a Jesús, y por eso cuando nos hacen el bien a nosotros; le hacen el bien a Jesús también.

Y ayer, viernes, Jesús ante el asecho de los fariseos que buscan que “meta la pata”, protege lo más sagrado de nuestra vida que es el AMOR de la familia: “Que el hombre no separe lo que Dios ha unido”. No hay que ver éste evangelio como unas palabras duras de Jesús, sino al contrario, como el deseo de proteger lo más sagrado. Y para proteger lo más sagrado es verdad que a veces hay que ser firmes y hay que ser “duro”, pero todo para un BIEN mayor. El amor de la familia es lo más importante de toda nuestra vida, es lo nos dio todo lo que tenemos o nos quitó bastante de lo que deseamos.

Por eso en ésta semana podemos ver cómo el Señor nos enseñó a AMAR, los discípulos de Jesús debemos aprender a amar; tenemos que aprender a renunciar a nosotros mismos, renunciar a nuestros aires de grandeza, a nuestros aires de ser los primeros, de ser mayores que los demás y darnos cuenta que somos iguales a los otros.

Es así que el hombre y la mujer forman una sola carne y por eso vos como padre, como madre, como aquel que estás a cargo de los demás, debés enseñar a los demás a entregarse, a ser “uno” con otros, a formar todos una sola y gran hermandad.

Dios quiera que estos evangelios de la semana nos hayan ayudado a dar un paso más en lo más sagrado de nuestra vida, en lo más importante que es AMAR Y DEJARNOS AMAR por los demás.

Share
Etiquetas:

Deja una respuesta