Topic: Juan

Fiesta de la Exaltación de la Cruz

Fiesta de la Exaltación de la Cruz

By administrador on 14 septiembre, 2020

Juan 3, 13-17

Jesús dijo a Nicodemo:

«Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.

De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.

Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.»

Palabra del Señor

Comentario

Tenemos que hacer siempre el esfuerzo de asombrarnos, o sea, aumentar nuestra capacidad de asombro ante las palabras de Dios. ¿Hacemos el esfuerzo por darnos cuenta de que hay mucha más bondad en este mundo, en las cosas que vemos, en las situaciones y en nuestro corazón de lo que pensabas? ¿Hacemos ese esfuerzo cada día? Y la palabra de Dios se transforma en luz para poder ver eso que a veces no podemos ver. Cada día como sacerdote debo intentar mirar lo que mis ojos a veces no ven por ciego, por no darme cuenta de tanto amor de Dios, para poder encontrar a Jesús en todas las cosas. Si no hago el esfuerzo, si no hacemos ese esfuerzo, se seca nuestro corazón y nos convertimos en funcionarios de la fe; «en pastores que se apacientan así mismos», como decía san Agustín. Es el camino que todos debemos hacer y te lo propongo una vez más para que nuestra espiritualidad cristiana no sea abstracta y desencarnada, como fuera de nosotros. Ser cristiano en medio de este mundo es no escaparle a este mundo justamente. Es meternos en él. No es escaparnos como si fuera todo malo, sino que es encontrar en este mundo, tal como es, las huellas de un Padre que nos busca a cada instante y nos encuentra siempre que nos dejamos encontrar. Pero, para eso, hay que dejarse asombrar, hay que andar atentos. Muchas veces el asombro nos llega casi intempestivamente, de manera obligada, podríamos decir. Solo tenemos que ceder y decirle a Dios: «Bueno, confío, la verdad que confío. Creo que estás acá. No puedo dudar. Esto no puede venir de otro lado». No sé si alguna vez te pasó. Pero nos pasa cuando uno está como «entrenado» en el asombro de tanto escuchar, cuando uno está dispuesto. Pasa también cuando Dios quiere, de un modo casi milagroso diríamos. Al mismo tiempo, es como una disposición del corazón que tenemos que ejercitar. Algo que se va adquiriendo en la medida que nos «dejamos» empapar por su Palabra. Eso intentamos e intento cada día, porque siempre es más fácil ser a veces amargado, pesimista y ver todo lo malo.

Sigamos practicando, sigamos entrenando el corazón. No te desanimes. A levantar la cabeza y el corazón. Bueno, ¿qué te asombra de Algo del evangelio de hoy? Saber qué nos asombra es como, de alguna manera, un termómetro de lo que queremos. Nos marca la temperatura de lo que sentimos, de lo que pensamos. ¿Qué nos anda pasando que a veces nada nos asombra de hace bastante tiempo y andamos como asintomáticos en la fe? ¿Qué nos anda pasando que solo nos asombra lo negativo? ¿Qué me tiene obsesionado que solo me asombran algunas cosas y no las cosas de Dios, las espirituales?

¿Qué podemos pedirle hoy a Jesús en esta fiesta tan linda en donde exaltamos el amor que brota desde la Cruz? Fiesta de la Exaltación de la Cruz, sí. ¡Dios quiera que nos asombre su amor infinito, que nos asombren por lo menos estas palabras, las de hoy!: «Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna».

¿Sabés qué nos pasa muchas veces y me doy cuenta en mí también? Que el amor a veces no nos asombra. ¿Y sabés por qué no somos cristianos en serio, comprometidos, poniendo todo el corazón, estando dispuestos incluso a dar la vida por la fe? Porque en el fondo no nos terminamos de asombrar que Dios Padre nos ame tanto. ¿Sabés por qué siempre a veces terminamos cayendo en lo mismo, en los mismos pecados, en los mismos vicios, en las mismas debilidades que arrastramos? Porque no amamos lo suficiente a Dios que es nuestro Padre, ni a su Hijo; ni siquiera una pisca de lo que él nos ama. No nos damos cuenta. Estamos anestesiados. ¿Alguna vez te pasó que se te parta el alma al descubrir el amor que alguien te tenía y no supiste corresponderlo? Seguro que sí, me imagino que sí, si no pensalo y rezalo de alguna manera. Pero no es para que nos amarguemos y nos digamos a nosotros mismos qué malos que somos, nos golpeemos el pecho de culpa, sino para que nos demos cuenta, de una vez por todas, de lo poco que amamos realmente, por nuestra insensibilidad del corazón, y que nos animemos a entregarnos más, a perdonar, a sacarnos esas broncas, a poner una sonrisa donde a veces no podemos. Muchas veces, «no sabemos lo que hacemos», no sabemos de lo que nos perdemos, no sabemos todo lo que Dios nos ama. Y, por eso, nos quejamos tanto del dolor, de la injusticia, de la muerte; de que Dios no se haga cargo de tanta maldad de este mundo, de tanta injusticia, de tanta tristeza que anda dando vueltas en tantos corazones y así tantas cosas más.

Mientras tanto, la historia de la humanidad y la Palabra nos enseña que «sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna». ¡Qué maravilla! Dios nos amó tanto y ama tanto al mundo y a cada uno de nosotros. Nos ama tanto que no somos capaces de calcularlo. Nuestro corazón no da para tanto amor. El amor en realidad no se puede calcular. Somos nosotros los que, de alguna manera, tenemos que ir siendo conscientes de toda la entrega de Dios por nosotros, no calcularlo. Y, por eso, eso nos llevará a no calcular lo que damos, no estar midiendo el amor. Somos nosotros los que tenemos que darnos cuenta de que Jesús vino al mundo para que caigamos en la cuenta de todo el amor que Dios Padre nos tiene y nos tendrá. ¿No te asombra esto? ¿No te conmueve? ¿No te mueve el termómetro de tu corazón?¿Te parece poco lo que hizo Jesús por vos y por mí viniendo al mundo siendo Dios, haciéndose uno de nosotros, viviendo como uno de nosotros, pero mucho más en la pobreza, en la sencillez, en el silencio, en el olvido; soportando desprecios, falta de amor, falta de fe y finalmente, aún viviendo todo esto, entregando su vida -y no de una manera cualquiera, sino en la Cruz-, muriendo crucificado como el peor de los malhechores y de una manera injusta? ¿No nos damos cuenta de todo esto? Pidamos hoy, en esta fiesta tan linda, tan maravillosa, poder dar un paso más en esta sensibilidad espiritual que necesitamos tener para ser cristianos en serio, para vivir este tiempo tan difícil y todos los tiempos que nos toquen vivir como lo que realmente somos, hijos del Padre, destinados en este mundo para vivir el Reino de Dios, entregándonos por amor a los demás, cueste lo cueste, piensen lo que piensen, nos reconozcan o no nos reconozcan.

Fiesta de San Bartolomé apóstol

Fiesta de San Bartolomé apóstol

By administrador on 24 agosto, 2020

 

Juan 1, 45-51

Felipe encontró a Natanael y le dijo: «Hemos hallado a aquel de quien se habla en la Ley de Moisés y en los Profetas. Es Jesús, el hijo de José de Nazaret.»

Natanael le preguntó: « ¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret?»

«Ven y verás», le dijo Felipe.

Al ver llegar a Natanael, Jesús dijo: «Este es un verdadero israelita, un hombre sin doblez.»

«¿De dónde me conoces?», le preguntó Natanael.

Jesús le respondió: «Yo te vi antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera.»

Natanael le respondió: «Maestro, tú eres el hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.»

Jesús continuó: «Porque te dije: “Te vi debajo de la higuera”, crees. Verás cosas más grandes todavía.»

Y agregó: «Les aseguro que verán el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.»

Palabra del Señor

Comentario

Se dice o, mejor dicho, los católicos decimos que los apóstoles son los pilares de la fe o las doce columnas de la Iglesia. De hecho, si te fijás en algunas Iglesias antiguas, en algunos templos de los más antiguos donde todo se construía con una simbología bien pensada y rezada, tenían y tienen doce columnas (seis de cada lado, en cada nave) sosteniendo la nave central. Todo un signo de lo que los apóstoles son para nosotros. Sabemos también que Jesús es la piedra angular, o sea, la piedra que está entre las dos paredes formando un ángulo, la piedra que cierra la arcada, digamos así. Sin ella todo se viene abajo. Sin Jesús la Iglesia se viene abajo, dicho así de sencillo. Sin embargo, esta piedra angular, Jesús, eligió a doce hombres comunes y corrientes, de la misma madera que vos y yo, para que sean los “receptores y transmisores” de su amor, de sus palabras, de su mensaje, de su salvación. En definitiva, más allá de los que muchos puedan decir; más allá de tu experiencia personal de fe, de la mía; más allá de todos los pecados juntos de la historia de la Iglesia; más allá de las falencias actuales, la Iglesia es la “extensión” en el tiempo del amor de Jesús que quiere llegar y abrazar a todos, con sus debilidades, con su santidad y su pecado.

Cada vez que celebramos la fiesta de un apóstol de la Iglesia, como hoy, de uno de los doce, de los más cercanos que estuvieron con Jesús, celebramos este misterio tan grande. O sea que nuestra fe, nuestra confianza y esperanza en Jesús no se basa en divagues particulares de unos locos, no se basa en fábulas o mitos, no se basa en revelaciones privadas, no se basa en ideas voladoras, sino que se basa en una realidad bien concreta, en el testimonio de doce hombres que estuvieron y vivieron con Jesús. Lo conocieron, vieron hacer milagros, comieron y disfrutaron con él. Lo vieron morir, algunos. Pero fundamentalmente lo vieron resucitado. Lo vieron vencer a la muerte, lo tocaron con sus manos, lo escucharon con sus oídos y abrazaron después de muerto. Lo abrazaron vivo. Creemos en eso. Creemos en Jesús, pero en un Jesús vivo que se conoce solo por medio de otros hombres, como vos y yo, solo por medio de la Iglesia. Nadie conoció a Jesús “encerrado” en su habitación. Nadie, ni vos ni yo, conocemos a Jesús leyendo solos la biblia, leyendo solos el catecismo, yendo solos a misa, recibiendo solos el bautismo, dándonos a nosotros mismos la confirmación, el perdón. Nadie, absolutamente nadie.

Todo el que nos quiera meter eso en la cabeza nos miente. Jesús llegó a tu corazón y al mío por medio de otras personas, de situaciones, de momentos concretos. Y esto, lo que te digo, es una gran cadena hacia atrás que, segundo a segundo, minuto a minuto a minuto, hora tras hora y día tras día, viene desde Jesús a los apóstoles, la Iglesia, vos y yo. ¿Pensaste en eso alguna vez? Esa es la maravilla y, al mismo tiempo, la fragilidad de la fe que muchos niegan o les cuesta entender. Y por eso, a veces, tambalean en la fe, porque no quieren entender lo que en realidad es de sentido común. El que pretende otra cosa no comprende el querer y sentir de un Dios que se hizo hombre, justamente, para generar esto, esta cadena de testimonios y de amor. Una atracción de amor que atraviese los siglos y llegue hasta nosotros hoy, ahora concretamente. Y, por ejemplo, hoy por medio de este audio, de las palabras de Dios que vuelan por los aires y llegan al corazón de tantas personas. Bueno, pero no quiero aburrirte con esto, solo espero que te sirva para que entendamos mejor lo lindo que es creer en esta verdad, aunque a algunos les cueste tanto.

Algo del Evangelio de hoy confirma, justamente, lo que te quiero mostrar. ¿Cómo conoció Bartolomé, Natanael a Jesús o, mejor dicho, cómo se dejó conocer Natanael por Jesús aquella tarde? Gracias a Felipe. Felipe fue el mensajero, el que hizo de eslabón para que Natanael sea sorprendido por el amor de Jesús. Siempre hay un “Felipe” en la vida de nosotros. Miremos para atrás y pensemos ¿quién es “nuestro Felipe”? ¿Quién fue el que, alguna vez, nos dijo: “Encontré al que siempre quise encontrar, encontré al que da sentido a mi vida, encontré al que dará sentido a mi vida”? ¿Quién fue? ¿Te animás a pensar quién fue y cómo fue ese día? ¿Te animás a pensar y a rezar por ese “Felipe” que te ayudó a que tu vida cambie, desde ese día, completamente? ¿Te pusiste a pensar qué sería de tu vida si no hubieras conocido a Jesús y si él alguna vez no te hubiese dicho: “Yo te vi, yo te vi antes que otros, yo te conozco más que todos”? ¿Te animás a llamar o a mandarle un mensaje a esa persona que para vos fue un apóstol y te acercó la gracia a tu vida? Qué lindo que pensemos en eso. Qué lindo que hoy entre nosotros nos demos las gracias por ayudarnos mutuamente a ser “alcanzados” por Jesús, por el único que nos conoce verdaderamente, por el único que sabe cómo somos y lo que pensamos y lo que sentimos.

Y para terminar, tenemos que animarnos a soñar con cosas más grandes todavía. Natanael se sorprendió porque Jesús lo conoció cuando lo vio debajo de la higuera. Sin embargo, le prometió que iba a ver cosas más grandes todavía. Cuando estamos con Jesús, nunca tenemos techo, siempre podemos más. Siempre podemos maravillarnos de lo que puede hacer su amor en nuestras vidas y en la de los demás. No podemos conformarnos con que nosotros conocimos a Jesús y él nos conoce, sino que, al contrario, ese conocimiento y ese amor que Jesús no da podemos transmitirlo a los demás. Veremos cosas más grandes todavía. Todavía tenemos tiempo para caminar y maravillarnos de lo que hace la fe en los corazones de aquellos que se dejan encontrar por Jesús.

Fiesta de San Lorenzo

Fiesta de San Lorenzo

By administrador on 10 agosto, 2020

Juan 12, 24-26

Jesús dijo a sus discípulos:

«Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto.

El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna.

El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre.»

Palabra del Señor

Comentario

Nunca nos olvidemos al leer la Palabra de Dios o al escucharla que ella es fruto de la inspiración del Espíritu Santo. Él fue el que hizo que quede escrita para siempre y él es quien hoy nos ayuda a comprenderla, a interpretarla. Él es el que la hace presente y la hace viva en la vida de cada creyente que la escucha con fe. Porque si no, la Palabra sería “letra muerta”. Sin la presencia del Espíritu es letra muerta. Él es el artífice y el que obra interiormente para que, al escucharla, podamos comprenderla, asimilarla y, al comprenderla, podamos amarla y vivirla.

Eso es lo que tenemos que lograr todos lentamente: amar la Palabra de Dios, amar lo que Dios nos dice por medio del Espíritu Santo.

Alguien me dijo, una vez: «Padre, no sabés la dependencia que me generó la Palabra de Dios». ¡Qué lindo es escuchar eso una y mil veces! Qué lindo escuchar cuando nos empezamos a enamorar, nos empieza a atraer y empezamos a tener ganas de escuchar la Palabra de Dios. ¡Qué lindo que es tener “buenas” dependencias… depender del amor de Dios, que nos habla siempre!

Por eso, volvamos a escucharla si es necesario y para eso tenés el audio. Invoquemos al Espíritu Santo, que es el que nos va a ayudar a realmente poder vivirla.

La alegría de un buen hijo es la de escuchar a su padre y a su madre, que le enseña, que le habla, que lo instruye, que lo guía. Por lo menos es la alegría de los primeros años de vida. Después, nos vamos rebelando un poco, es verdad. La alegría del que tiene fe es la de desear escuchar lo que su Padre del cielo quiere y desea. Por eso hoy, mientras vamos caminando hacia el trabajo, repitamos algunas palabras de hoy. Mientras estamos trabajando en casa, repitamos esas palabras que nos tocaron el corazón. Terminemos el día también y, como síntesis, repitamos esas palabras que nos dan alegría. Que nuestra alegría hoy sea esta: no olvidar las Palabras de Dios que nos quiere decir y que nos dice al corazón.

Y en Algo del Evangelio de hoy –en este día del mártir de San Lorenzo– en primer lugar, Jesús utiliza esta imagen tan linda de la semilla, tan sencilla y profunda. Por eso, hoy no hace falta agregar imágenes propias. Sería absurdo. En primer lugar, estas palabras de Jesús se refieren a él mismo. Él está anticipando lo que será su entrega en la Cruz, su muerte y su resurrección: «Si el grano de trigo no muere, queda solo». Jesús quedó solo en la cruz, casi solo, pero hoy no está solo.

Si él no se hubiese entregado y no hubiese amado de la manera como nos amó, no hubiese transformado el mundo como lo transformó. Jesús no quedó solo. Esa aparente “derrota” en la Cruz terminó siendo la victoria más grande de la historia por su Resurrección, que dio mucho más fruto del que imaginamos. Él no tuvo apego a su vida y por eso la entregó por amor y, entregándola, les ganó la vida a muchísimos, a vos y a mí.

Entonces estas palabras que son de Jesús sobre sí mismo, por supuesto que también son para nosotros. También somos o debemos ser como “un grano de trigo”. Tenemos que ser como este grano de trigo que muere y da fruto, que si no caemos en la tierra y nos transformamos, quedamos solos. No dejamos nada en este mundo.

Para nosotros los cristianos morir no es algo malo. Morir, en realidad, es transformarse. No me refiero a morir en cuanto a nuestra muerte natural, sino al morir cada día, a esa entrega cotidiana de nuestra vida en cada cosa que hacemos –así como San Lorenzo entregó su vida por Cristo– morir para nosotros, morir a nuestro egoísmo para transformarnos en personas que amen, que se entreguen. Pero incluso la muerte natural también para nosotros no será la muerte, será transformación. Mueren en realidad los que no tienen fe, los que ven solo esta vida terrenal. Nuestros seres queridos que partieron de este mundo no están “muertos”, porque Dios es un Dios de vivos. Tu madre, tu padre, tu hijo o tu hija que ya no están no podemos decir que “se llamaban”, creo, sino que se llaman, se siguen llamando. Siguen siendo ellos.

Morir en la vida diaria, a veces, se trasforma en “callar” algo que queremos decir y era mejor no decirlo, o decirlo distinto, como alguna crítica que queremos hacer, algún juicio, algún pensamiento. Morir es renunciar a nuestro egoísmo para servir a alguien. Morir es regalarle una mirada, una sonrisa, a ese pobre con el que te cruzás y que no tenías ganas de mirarlo o frenar y darle algo de tu amor, algo de lo que tenés. Morir es escuchar también a tu marido, a tu mujer, servir a tus hijos. Morir es dedicarle más tiempo a la oración, en vez de perderlo en tantas otras cosas.

Morir… tantas maneras de morir tenemos en nuestra vida. Pero acordémonos, no es algo malo. Morir es transformarse, morir es dar frutos y si no, nos quedamos solos. Nos encerramos en nosotros mismos y nos quedamos solos. Nos encerramos en nuestros planes y en nuestros proyectos y nos quedamos solos. Pero cuando nos entregamos empezamos a ganar cosas, empezamos a ganar corazones de otras personas, se nos ensancha el corazón, “corremos el alambrado del campo”, como se dice. Tenemos más horizonte.

Hoy intentemos morir un poco más a nosotros mismos. Y mejor no matar a nadie con nuestras actitudes. No matemos a nadie con nuestra mirada, con nuestros pensamientos, con nuestros prejuicios. No matemos a nadie, mejor transformémonos un poco nosotros y demos vida a los demás.

Fiesta de Santa María Magdalena

Fiesta de Santa María Magdalena

By administrador on 22 julio, 2020

 

Juan 20, 1-2.11-18

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.»

María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos le dijeron: «Mujer, ¿por qué lloras?»

María respondió: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.» Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció. Jesús le preguntó: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo.» Jesús le dijo: «¡María!» Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: « ¡Raboní!», es decir « ¡Maestro!» Jesús le dijo: «No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: “Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes”.»  María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras.

Palabra del Señor

Comentario

Hoy es el día de santa María Magdalena. Celebramos su fiesta, la recordamos y le damos gracias a Dios Padre por las maravillas que obró en ella, considerada ahora en la Iglesia como un apóstol, como tantos santos a lo largo y ancho de la historia de la humanidad de la Iglesia. Esta gran mujer que aparece en los evangelios y de la cual, en realidad, mucho no se sabe. Los estudiosos difieren un poco sobre su identidad, no saben bien cuál es, en realidad – digo la verdad – no importa tanto. Algunos dicen que era la “pecadora” que aparece en el evangelio de Lucas. Otros, “María Magdalena” (la misma que acabamos de escuchar) que aparece en el evangelio de Juan, también de Lucas. Otros, que es “María de Betania”. Vuelvo a decir, no importa demasiado, porque no solo creemos en lo escrito, sino en la tradición oral de la Iglesia primitiva. Lo importante es que la historia de María Magdalena nos recuerda una verdad fundamental de nuestra fe.  ¿Cuál? Te preguntarás.

Los discípulos de Cristo somos débiles, no santos de un día para el otro. Somos elegidos para ser santos, pero no porque ya lo seamos. El discípulo, vos y yo,  estamos en el camino, siguiéndolo, y solo es verdadero seguidor de Jesús quien tiene una verdadera experiencia de la debilidad humana, del pecado, de la necesidad que tenemos de ser salvados. Esta mujer era una pecadora —según el evangelio— pero tuvo la humildad de pedir ayuda y de ser curada por el mismo Jesús y terminó siguiéndolo de cerca hasta el final, hasta el Calvario, como acabamos de escuchar en Algo del evangelio de hoy. Ella fue la primera en ir a buscar al Señor al sepulcro, pensando que lo encontraría muerto, como hubiese pensado cualquiera de nosotros. Ella fue la que se encontró con esta gran sorpresa de que el sepulcro estaba vacío. Y en ese instante, la llamó por detrás, sin que ella supiera que se trataba de él.

María corrió a buscar al Señor a un lugar de muerte. Sin embargo, ella también levantó la cabeza cuando él la llamó. María dejó que Jesús le hable al corazón y la llame por su nombre. Esas son las tres cosas que te propongo para que meditemos de la escena que acabamos de escuchar. Esta sencilla, pero gran catequesis de lo que significa encontrarse con nuestro salvador en medio de este mundo que no nos ayuda a reconocerlo, por nuestras tristezas y cerrazones, por estar rodeados de muertes e injusticias.

Eso le pasó a María. No lo reconocía, a pesar de que lo tenía al lado. ¿Por qué? Porque estaba llorando, porque estaba mirándose a sí misma, porque estaba triste, porque era imposible pensar que había pasado algo tan grande. Parecía imposible semejante milagro. ¿Cómo es posible a veces pensar que en este mundo en el que estamos viviendo, Jesús esté presente, a pesar de ver tanto mal alrededor? En medio de este mundo en donde tantas veces andamos llenos de tristezas, de angustias por las pérdidas de nuestros seres queridos. Estamos tristes porque no nos salen las cosas como hubiésemos pensado. Estamos tristes porque a veces hacemos muchas cosas pero sin sentido, sin corazón o sin ver los frutos.

Bueno… Corramos, corramos como María, temprano al sepulcro. Corramos y vayamos a buscar a Jesús que siempre está, aunque no lo podamos ver con nuestros ojos. Hoy va a estar en tu trabajo. Va a estar en el grupo de tu parroquia. Va a estar en tus lugares concretos donde te toca estar, en tu universidad, en el colegio. Va a estar en lo que vas a hacer hoy; ¡va a estar!, pero debemos correr con ese amor que tenía María. ¿Te diste cuenta cómo corrió María? Temprano a la mañana, fue la primera, porque lo amaba mucho. Ella fue la que más amaba, porque también fue a la que más se le perdonó.

Vos y yo también fuimos perdonados. Nosotros también podemos correr. Debemos correr. Levantemos la cabeza. Dejemos de llorar o, mejor dicho, lloremos si es necesario, pero levantemos la cabeza. Es legítimo llorar, podemos hacerlo, pero miremos a Jesús que nos está mirando. Él está parado al lado nuestro y no nos damos cuenta porque a veces estamos mirando para abajo y las lágrimas no nos dejan ver. La angustia y la tristeza no nos dejan darnos cuenta o nuestra soberbia no nos deja ver, porque nos estamos mirando a nosotros mismos.

Levantemos la cabeza y dejemos que Jesús nos hable. Él le dijo: « ¡María!», y fue en ese momento cuando ella lo reconoció. Solo cuando escuchamos que Jesús nos llama por nuestro nombre, será que podremos reconocerlo.  Dejemos que hoy nos llame por nuestro nombre en el silencio del corazón. Imaginemos la situación. Si estamos tristes, vayamos corriendo a un sagrario. Vayamos corriendo y encontremos a Jesús que está también en los pobres, en un necesitado, en un pariente, en un familiar que no está bien, en tu papá, tu mamá o tus hermanos. Llamemos a aquel que está enfermo. Corramos y salgamos del encierro. Levantemos la cabeza y dejemos que Jesús nos hable, y vamos a experimentar que nuestro llanto se convertirá en gozo.

Fiesta de Santo Tomás apóstol

Fiesta de Santo Tomás apóstol

By administrador on 3 julio, 2020

 

Juan 20, 24-29

Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: « ¡Hemos visto al Señor!»

El les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré.»

Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: « ¡La paz esté con ustedes!»

Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe.»

Tomas respondió: « ¡Señor mío y Dios mío!»

Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!»

Palabra del Señor

Comentario

Siempre hay que volver a empezar. De una manera u otra es necesario volver a confiar en lo que alguna vez nos hizo bien y nos marcó el camino y, por el olvido, por el cansancio, por la rutina nos hemos olvidado, lo hemos dejado en el camino. Siempre podemos volver a hacerlo. Es algo fundamental en nuestra vida, nuestra vida de fe. Una fiesta de un apóstol, de este gran apóstol, es una buena oportunidad para pensar en esto, porque ellos fueron de carne y hueso, como vos y yo. No te olvides. También lucharon, también tuvieron que volver a empezar una y otra vez, volver a confiar. Volvieron a levantarse una y mil veces, después de equivocarse, después de dudar, de perder el ánimo y el sentido de lo que estaban haciendo. A Tomás también le pasó lo mismo.

No sé en qué momento o etapa de tu vida espiritual o de fe estás, pero siempre es bueno volver a escuchar esto que nos hace bien a todos. “Señor, que no nos cansemos de volver a empezar, que no nos cansemos de volver a escuchar tu Palabra, estas palabras que jamás nos pueden hacer mal. Aunque a veces parezca que no nos producen nada en el corazón, siempre darán su fruto. Jesús, que no nos cansemos, que no creamos que ya está todo dicho, que nunca creamos que con lo que vimos o experimentamos no hace falta nada más, que ya tenemos todo resuelto”. Estés en el momento en que estés, de mucho consuelo, alegría y fervor, o bien desconsuelo, tristeza y aride. Es bueno que te acuerdes que, llegado el momento, habrá que volver a empezar, volver a confiar y creer, volver a elegir. Si empezás este día lleno de fervor, aprovechá, aprovechá el viento a favor, como se dice. Aprovechá la bajada y escuchá más. No te relajes. Disfrutá más, sacale “todo el jugo” a lo que Dios te está diciendo. Si, por el contrario, estás en un momento donde parece que nada te dice nada, bueno, no bajes los brazos, seguí escuchando. Poné el audio 10 veces más si es necesario. Leé más la palabra, andá frente a un Sagrario, al Santísimo. No te canses. Es solo un momento. Es solo una tormenta pasajera. Es como una nube que está tapando el sol mientras estabas “tomando sol”, mientras disfrutabas de esos rayitos lindos que te hacían bien. La sombra ya va a pasar, el sol está siempre.

Todos experimentamos, tarde o temprano, de una manera u otra, la pesadez, por decir así, la carga de esta vida. Esa carga que se vuelve linda cuando apostamos siempre a lo mejor, cuando descansamos en el corazón de Jesús, que siempre quiere aligerar nuestras cargas para hacer de nuestra vida algo más lindo.

¿No te anima el escuchar estas palabras de Algo del evangelio de hoy: “¡Felices los que creen sin haber visto!”? Es feliz el que cree sin estar buscando pruebas físicas de la presencia de Jesús. Vos y yo seremos felices, hoy y mañana, si dejamos de lado esa gran tentación de seguir buscando el porqué y el porqué de tantos porqués que alguna vez ya le habíamos encontrado el porqué. ¡Qué trabalenguas! ¿A qué me refiero? Tomás, el apóstol del cual celebramos hoy la fiesta, cometió el gran error de desafiar a Jesús y desafiar a sus amigos en los cuales debería haber confiado, a los cuales debería haber creído, porque lo conocían, porque lo amaban y no podían haberle hecho un chiste de tan mal gusto, con algo tan sensible, con el amor de su Amigo.

Seguramente a cualquiera de nosotros nos hubiera pasado lo mismo en esa situación. Por eso, no vamos a criticar al pobre Tomás, pero su incredulidad se transforma para nosotros en oportunidad para aprender qué es la fe. A confiar y creer en esta realidad de que Jesús está vivo realmente entre nosotros. Aunque no veamos a Jesús con nuestros ojos, el testimonio de que otros lo hayan visto debería bastarnos para creer, el testimonio del cambio de sus vidas. Y de hecho, nos basta para creer, porque ni vos ni yo lo vimos, pero vos y yo creemos. Hoy somos millones los que creemos en Jesús y lo fueron a lo largo de la historia. Sin embargo, solo unos pocos lo vieron con sus propios ojos y lo tocaron con sus manos. ¿Qué locura no? ¿Te pusiste a pensar en eso alguna vez? ¿Cuántos corazones fueron y son felices en esta tierra por haber creído sin ver? Incontables. Está bueno que nos preguntemos todos: ¿soy feliz por creer sin ver o sigo desafiando a Jesús para que se me presente en vivo y en directo? ¿Somos felices de creer en alguien que jamás vimos, pero que nos habla al corazón, que nos consuela como nadie, que nos guía en el silencio y que nos anima a no bajar nunca los brazos, que nos da la fuerza para amar cada día?

No sigamos buscando porqué a tantos porqués de nuestras vidas. ¿A qué me refiero? Me refiero a que ya está, seguro que vos y yo ya sabemos que Jesús está, ya lo experimentamos. No le demos más vueltas. Los muchos porqués hay que dejarlos para la ciencia y son necesarios, pero ese es otro tema. Jesús está siempre en nuestra vida y, que, está en miles de personas, nos dé hoy la fuerza para seguir creyendo y amando. Que nos ayude a seguir luchando para darnos cuenta de su presencia.

Todos podemos tener dudas. Todos pudimos desafiar alguna vez a Jesús como lo hizo Tomás, pero también todos podemos ser más confiados. Todos podemos dejar de cuestionar tanto. “En adelante, no seamos incrédulos, sino hombres de fe”. Hoy hablemos como Tomás y en algún Sagrario de este mundo, o sino en el corazón, donde está Jesús, digámosle con fe y alegría: «¡Señor mío y Dios mío!» «¡Señor mío y Dios mío!»

Juan 6, 51-58 – Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor

Juan 6, 51-58 – Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor

By administrador on 14 junio, 2020

 

Jesús dijo a los judíos:

«Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.»

Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»

Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.

Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.

Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente.»

Palabra del Señor

Comentario

“¿Por qué creen que Jesús eligió esta forma tan particular de quedarse con nosotros para siempre? ¿Por qué creen que Jesús eligió quedarse como una “comida”, una forma tan sencilla? Nuestro Dios es un poco loco”. Algo así dije y pregunté una vez, en un sermón de una misa de Corpus Christi, intentando que reflexionemos con los niños ese día sobre este misterio tan maravilloso de la Eucaristía; tan, a veces, incluso, incomprensible. Bueno, ese día respondió Johnny, ese pequeño amigo mío, ¿te acordás? Tomó la palabra y empezó diciendo: “Bueno, hablo yo porque si no acá no habla nadie”. Con mucha gracia y ocurrencia, pero, al mismo tiempo, con una gran sensibilidad espiritual. Él siempre estaba atento a lo que pasaba en la misa. Estar con ese niño, era un continuo disfrutar, porque uno entendía, claramente y de manera palpable, lo que quiere decir Jesús cuando nos pide que “nos hagamos como niños”. Contestaba gesticulando, explicando con sus manos y sus gestos lo que decía con sus palabras; pero bueno, vamos al grano… ¿Qué dijo finalmente, Johnny, ese día? Dijo algo así: “Se quedó así, por lo menos eso pienso yo, porque quiere que agradezcamos lo que nos da. Cuando estoy en casa y mi mamá me trae la comida, yo junto las manos, miro al cielo y le digo a Diosito: ‘Gracias por lo que me das, gracias por tener comida’.

Y bueno, con Jesús tenemos que hacer lo mismo, tenemos que agradecerle que se nos da como alimento”. Es difícil, en realidad, que pueda decirte si literalmente dijo eso, pero recuerdo que fue algo muy similar. No sé si es necesario, la verdad, agregar algo más: Un niño que se da cuenta que, en la sencillez del pan y el vino, Jesús se nos queda como alimento y necesita que le demos gracias. Eso es la misa. Eso celebramos en este día. Quien no da gracias por los alimentos que tiene en su mesa cada día, no sabe vivir, no vive bien. El otro día, cuando fuimos a darle de comer a la gente de la calle con algunos fieles de mi parroquia y juntamos a los que estaban ahí ese día, para dar gracias, no me olvido más con la devoción que esa gente de la calle dio gracias por los alimentos que tenía. Se abrazaban. Me abrazaban. Rezaban el Padrenuestro con fervor. Me pedían la bendición, me pidieron si ellos me podían bendecir. Bueno, fue maravilloso. Gente con poco alimento, con “sin techo”, que dieron gracias de una manera admirable. Por eso, el que no da gracias por lo que tiene, no vive bien. Y quien no da gracias, en este día, en toda la Iglesia, por el don de la Eucaristía es porque todavía no se dio cuenta de lo que significa.

Algo del evangelio de hoy no es apto para tibios. La fiesta que celebramos hoy no es apta para cristianos que no están convencidos de semejante misterio, o dicho en positivo, nos ayuda a que tomemos conciencia que finalmente todo encuentra sentido en la Eucaristía y, que aunque Johnny no lo sabía muy bien, quiere decir “Dar gracias”, quiere decir “Acción de gracias”.

¿Qué sería de nosotros sin la Eucaristía? Sin la Eucaristía, sin el Cuerpo y la Sangre del Señor presente realmente en nuestra vida. No habría Iglesia, no seríamos nada, no podríamos nada, seríamos pura palabrería, sin amor concreto y visible. ¿Para qué nos reuniríamos un domingo? ¿Para vernos las caras entre nosotros solamente? Solo nos puede convocar y reunir él. Nos reunimos por él y en él. Él hace la Iglesia día a día, con su amor, entregándose siempre, sin condiciones. Aunque vos y yo a veces no nos demos cuenta, aunque, a veces, lo tenga yo en mis manos y aun así ni me dé cuenta. Incluso sabiendo que muchas veces no lo valoramos ni los fieles, ni nosotros los sacerdotes. No terminamos de comprender.

Si supiéramos, si comprendiéramos realmente, con el corazón, que él está ahí en la Eucaristía cómo nos emocionaríamos. ¡Cómo correríamos a buscarlo! Sin embargo, a veces lo traicionamos, lo cambiamos por cualquier cosa, queremos “comprar” todo y nos olvidamos de agradecer. Cambiamos a veces a Jesús por tan poco.

¡Cuánto amor nos hace falta, Señor!, ¡Perdonanos Señor, en este día, por nuestra falta de amor hacia vos en la Eucaristía! Tenemos que reconocerlo: a veces, sin darnos cuenta, nos pusimos en el centro, pusimos excusas de todo tipo: “si lo sentimos o no”, “no siento ir a Misa”, “no me gustó”, “no me gusta esto o lo otro”. Incluso, a veces, en la Iglesia podemos mirarnos demasiado el ombligo y no miramos al verdadero centro del mundo y de cada celebración, que es Jesús Resucitado en la Eucaristía. Pienso, la verdad, que no terminamos de comprender. Somos bastante ignorantes.

Danos, Señor, la gracia de proclamar con firmeza y alegría, que sos el centro, que sos el centro de la vida de la Iglesia y el centro de todo el mundo en ese pedacito de Pan, escondido, humilde y silencioso.

Y, por eso, nos sacas a las calles hoy, en tantos lugares del mundo, en procesión; para alabarte, para adorarte, para reconocerte vivo y presente, y para decirte: “Señor: vivimos por Vos, gracias a Vos y queremos vivir por Vos, para Vos y para los demás”.

Queremos descubrir que ese vacío que a veces sentimos es por no haber dado gracias, por no saber dar gracias. Es por no saber reconocerte y solamente esto puede saciarse arrodillándonos frente a tu Presencia real, y también “arrodillándonos”, por decirlo así, ante la posibilidad de amar a los demás. Que no nos olvidemos amarte en los demás, Señor, porque también estás ahí. Te adoramos en la Eucaristía para poder amarte en los otros.

Juan 3, 16-18 – Solemnidad de la Santísima Trinidad

Juan 3, 16-18 – Solemnidad de la Santísima Trinidad

By administrador on 7 junio, 2020

 

Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

Palabra del Señor

Comentario

La primera gran fiesta después de Pentecostés, después de celebrar que el Espíritu Santo se haga presente en la historia, siendo el que le da la vida a la Iglesia, el que le da el alma, y nos da vida a vos y a mí y nos mantiene ahora con deseos de amar y escuchar, celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad. Como para coronar, de alguna manera, todo lo que venimos celebrando, creyendo y rezando a lo largo de este año litúrgico que cada año se repite en la Iglesia, pero que nos ayuda a refrescar y a revivir los misterios de nuestra fe. Dios, entonces, no es un Dios particionado, por decir así, con distintos discos rígidos ¿no? Sino que, aunque nosotros tengamos que ir comprendiendo su misterio de a poco, sin embargo, Dios no es un poco allá, un poco acá. Cada vez que hablamos de Dios deberíamos tener en cuenta esto, de que él es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Cada vez que hablamos de Dios tendríamos que decirnos a nosotros mismos: esto que dije de Dios, ¿es Dios, o es algo de Dios o lo que yo pienso de Dios? No es un poco Padre, un poco Hijo y cada tanto algo de Espíritu. Aunque después celebremos una fiesta de Jesús y otra del Espíritu para ayudarnos a comprender, eso no debería desviarnos de lo esencial, de lo que Jesús vino a mostrarnos y a enseñarnos. Por eso esta fiesta tan importante. Nuestra fe es un todo, un todo orgánico, un organismo vivo, donde todo tiene que ver con todo y, al desviarme en una cosa, al negar una, toco sin querer la otra. Me lleva inevitablemente a desviarme de la otra. Por eso, el cristiano es trinitario. No es solo Jesús. No es ni solo Jesús, ni solo el Padre, ni solo el Espíritu. Cómo hacen ruido esas espiritualidades en la Iglesia que afirman solo una cosa: solo el Espíritu, solo Jesús, solo el Padre, o a veces ni siquiera el Padre, o solo María. Eso nos debería hacer un poco de ruido. Somos de todos y todos son uno. Para eso es esta fiesta, para que no nos olvidemos del misterio más grande de nuestra fe, que no lo conoceríamos si Jesús no lo hubiese enseñado, no nos lo hubiese enseñado, y por eso ya no es un misterio inaccesible, sino que se hizo más cercano a nosotros y aunque jamás podremos comprenderlo completamente, sí podemos acercarnos y dejarnos invadir por él. En realidad, el Misterio significa eso: se hizo accesible, pero, al mismo tiempo, permanece siempre, de alguna manera, distante. No podemos amarrarlo a nuestra manera, hacerlo a nuestra medida.

Algo del evangelio de hoy dice: “Sí”. Sí, podríamos decir nosotros, bien fuerte. “Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único.” Es mucho mejor pensar en lo que Dios ama que en lo que Dios tiene para asustarnos. Por eso es lindo pensar en un Dios que ama tanto al mundo, a vos y a mí, en particular, y a todo lo que creó. Nos ama tanto que no quiso “quedarse encerrado”, no quiso quedarse, ahí, acuartelado para siempre. Quiso salir, quiso venir a buscarnos, quiso abrirnos su corazón para que podamos maravillarnos algo de su Gran Misterio y podamos enamorarnos de su amor.

¿Cuál es el misterio? ¿Qué es un misterio? Retomo lo anterior. Para nuestra fe, hablar de misterio no es hablar de cosas misteriosas, así, que nadie puede conocer, inaccesibles, ocultas, esotéricas, reservadas para algunos, para algunos iluminados, para los que piensan mucho, sino todo lo contrario. Que Dios sea un Misterio quiere decir que se reveló, que se mostró. Quiere decir que lo inaccesible se hizo accesible y por eso podemos conocerlo, se corrió el velo, ahora lo podemos ver. Decir que Dios es un misterio, quiere decir que podemos conocerlo. ¿Lo sabías? Creo que no. Pensalo.

Obviamente nunca se llega a decir todo. Jamás podemos decir que podemos conocer a Dios perfectamente. Jamás, porque Dios sigue siendo Dios, pero algo se puede decir. ¿Cuál es ese Misterio que se nos reveló? Que Dios es Padre, un Padre que envió a su Hijo al mundo, un Padre que creó todo por su Palabra, por el Hijo. El Hijo hizo todo por el Padre. Dio su vida por nosotros, obedeciendo al Padre y retornó al Padre para estar sentado a su derecha. Y el Padre también, junto con el Hijo, nos envió al Espíritu Santo, por el Hijo, para santificarnos, para conducirnos a la Verdad que nos hará libres. Todos (la Trinidad) se aman y son amados. No pueden vivir el uno sin el otro y todos existen en y por los otros. Dios Uno pero no solitario. Dios Trino pero uno solo.

Muy lindo, pero… ¿qué tiene que ver esto con mi vida?, te estarás preguntando ¿Qué tiene que ver esto tan extraño, a veces, y difícil de explicar? Dice el evangelio: “…para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna”. Todo el que confía en esto, el que cree que Dios es así, como él es y no como nosotros deseamos que sea, ese tiene Vida, una Vida distinta. Hay que contemplar, más que buscar entender, la maravilla de un Dios que no nos deja solos y que quiere que, conociéndolo, podamos vivir de él y amar como él. Somos creados a su imagen y semejanza, a imagen y semejanza del Hijo; llamados a ir “pareciéndonos” a él, viviendo y siendo hijos como él, haciendo la voluntad del Padre movidos por el Espíritu. Eso es lo que tiene que ir pasando en nuestras vidas. De a poco. Amar y ser amados. Divinizarnos, no para ser hombres que se creen dioses, sino para ser hijos que aprenden de la humildad de su Padre. Tenemos que amar, tanto como dejar que nos amen. No se puede vivir sin amar y sin ser amados. La Trinidad nos enseña y nos quiere hacer participar de ese amor.

¿Cómo hacemos para vivir eso? Antes que nada creyendo y confiando que Dios es así. Dios no es cualquier cosa que yo me imagino, sino que es como él se reveló. El primer paso es aceptar el amor de este Dios tan amoroso. Dejarse amar y no hablar de Dios como se me antoja, sino como él nos enseña. Un Dios que ama tanto al mundo que envía a su Hijo a salvarlo y no a condenarlo. ¿Qué más podemos hacer? Adorar a nuestra Trinidad, reconocerla como lo más grande de nuestra vida. Adorarla con nuestra propia vida, con nuestros pensamientos y deseos, queriendo lo mismo que ella quiere: amar y ser amados. Dios no es un ser solitario. Nosotros tampoco podemos serlo. Dios no solo quiere ser amado, sino que ama. Esa es la mejor manera de adorarlo. También con nuestra oración diaria, con cada gesto religioso de corazón que hagamos, principalmente, con nuestra adoración en espíritu y en verdad.

Hoy hagamos una señal de la cruz distinta, tomando conciencia de que este gesto sencillo nos identifica como lo que somos, creyentes en un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, y que su gloria es que nosotros participemos de su divinidad.

Juan 20, 19-23 – Solemnidad de Pentecostés

Juan 20, 19-23 – Solemnidad de Pentecostés

By administrador on 31 mayo, 2020

 

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»

Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes.» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.»

Palabra del Señor

Comentario

“Ven Espíritu Santo, y envía desde el cielo un rayo de tu luz. Ven Padre de los pobres, ven a darnos tus dones, ven a darnos tu luz. Dulce huésped del alma, suave alivio a los hombres. Tú eres descanso en el trabajo, templanza de las pasiones, alegría en nuestro llanto. Ven, penetra con tu santa luz en lo más íntimo del corazón de tus fieles. Lava nuestras manchas Espíritu Santo, riega nuestra aridez, cura nuestras heridas, suaviza nuestra dureza, elimina con tu calor nuestra frialdad, corrige nuestros desvíos, premia nuestra virtud, salva nuestras almas, danos la eterna alegría”.

Terminamos el tiempo Pascual con la Fiesta de Pentecostés, es una linda Solemnidad; así es como terminamos este tiempo de cincuenta días dedicados de alguna manera a experimentar en nosotros la vivencia, la experiencia de Jesús resucitado en nuestra vida, y mientras tanto también esperamos, simbólicamente, recibir al Espíritu Santo. Es un “recibir” simbólico; porque nosotros que vivimos en el tiempo del Espíritu ya no podemos decir que tenemos que esperar cincuenta días para recibirlo; ya lo recibimos por la fe, ya lo recibimos por el bautismo, lo recibimos en la Confirmación, recibimos a Jesús cada vez que nos acercamos al sacramento de la Eucaristía o con la comunión espiritual, lo recibimos también cuando vivimos el mandamiento del amor.

Pero por supuesto que esta fiesta nos ayuda a “refrescar” en nosotros esta realidad: somos templos del Espíritu Santo, somos parte del Cuerpo de Cristo y por eso en nosotros, vive también el Espíritu.

Y por eso en esta fiesta simplemente me limitaré a que revivamos un poco este deseo que ese Espíritu que ya está en nosotros nos haga “revivir” –por decirlo de alguna manera–, nos haga “renacer”, nos dé su paz y así podamos vivir esta realidad en la Iglesia.

Dios quiere que nos pase lo que pasó en algo del evangelio de hoy que acabamos de escuchar; Dios quiere que nos pase lo que pasa continuamente en la Iglesia en tantos corazones que creen. Su presencia puede ser como una ráfaga de viento o como un soplido de Jesús a nuestro corazón; que, aunque no sabemos ni de dónde viene ni a dónde va, nos alegra con la certeza de su acción en nosotros. Esa certeza es la que debemos tener, que el Espíritu Santo actúa en nosotros, aunque no nos demos cuenta. Que, aunque no veamos fuego; sintamos todo lo que el fuego puede hacer: iluminar, dar calor y purificar. “Ven hoy a nuestras almas Espíritu Santo y envía desde el cielo un rayo de tu luz”.

La fiesta del Espíritu Santo, hace y seguirá haciendo lo que sólo Dios puede hacer: dar paz, pero no como la da el mundo; no como a veces nosotros la pretendemos, sino la paz que proviene únicamente de Él, porque solamente podemos recibir este don, de lo alto, del cielo.

No es la paz del “está todo bien”, del “pare de sufrir”, del “arte de vivir”; ¡no!, es la paz que conlleva muchas veces la lucha y la purificación del corazón, esa paz que nos ayuda a que salgamos de nuestro encierro, a que dejemos el pecado, que dejemos el egoísmo, nuestra avaricias, nuestras perezas, nuestras envidias y todo lo que nos aleja de los demás; el Espíritu Santo, el Espíritu de amor que nos dio Jesús, nos ayuda a salir de nosotros mismos, y eso también nos puede llegar a doler o molestar.

Es la paz de Jesús la que nos conduce al perdón; al perdón recibido y al perdón dado. El perdón cuesta, pero ya no cuesta tanto si nos damos cuenta de que viene de Él, que viene de lo alto; es una paz “regalada”, donada; pero que también debemos buscar amando. Es la paz que proviene de la felicidad de amar, como la desea cualquier persona. Una vez con los niños de catequesis hicimos algo así como un ejercicio espiritual, en adoración. Y ellos tenían que escribir lo que le querían pedir a Jesús… una niña escribió en un papel… “le pido a Jesús ser feliz”. Pedir ser feliz, es pedir tener paz, tener paz nos hace felices.

El Espíritu además de darnos la paz también nos une; es el alma de la Iglesia, une lo diverso, lo distinto, para crear algo nuevo, algo más lindo. Da vida a todas las cosas muertas de nuestra vida, de nuestro corazón. Solo Él puede sostener a la Iglesia en medio de las turbulencias de este mundo, aun con sus propios pecados. Solo Él nos levanta cuando nos caemos, nos da la mano para seguir andando, nos consuela si estamos tristes. Solo Él puede lograr que siendo tan distintos tengamos los mismos deseos y luchemos por los mismos objetivos. El Espíritu Santo también unifica nuestro corazón, mi corazón disperso, rectifica nuestras intenciones torcidas y da sentido a nuestras acciones.

Terminemos invocando juntos al Espíritu Santo “Ven Espíritu Santo, ven Espíritu Santo y envía desde el cielo un rayo de tu luz.”

Juan 21, 20-25 – VII Sábado de Pascua

Juan 21, 20-25 – VII Sábado de Pascua

By administrador on 30 mayo, 2020

 

Pedro, volviéndose, vio que lo seguía el discípulo al que Jesús amaba, el mismo que durante la Cena se había reclinado sobre Jesús y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?»

Cuando Pedro lo vio, preguntó a Jesús: «Señor, ¿y qué será de este?»

Jesús le respondió: «Si yo quiero que él quede hasta mi venida, ¿qué importa? Tú sígueme.»

Entonces se divulgó entre los hermanos el rumor de que aquel discípulo no moriría, pero Jesús no había dicho a Pedro: «El no morirá», sino: «Si yo quiero que él quede hasta mi venida, ¿qué te importa?»

Este mismo discípulo es el que da testimonio de estas cosas y el que las ha escrito, y sabemos que su testimonio es verdadero.

Jesús hizo también muchas otras cosas. Si se las relata detalladamente, pienso que no bastaría todo el mundo para contener los libros que se escribirían.

Palabra del Señor

Comentario

Ya estamos a las puertas de la gran Solemnidad de Pentecostés, con la cual terminaremos este tiempo Pascual. Este gran tiempo de 50 días en el cual hemos intentado, espero que vos también –a través de la Palabra de Dios, de los relatos de las apariciones de Jesús Resucitado y de la mano del evangelio de san Juan– experimentar en nosotros y en nuestra vida concreta de fe de cada día, la presencia de Jesús Resucitado; para poder decirnos sin miedo… sí es verdad, es verdad lo que leemos, es verdad, es verdad lo que creemos, Jesús está vivo. Jesús sigue haciéndose presente, en tu vida, en la mía, en la vida de miles de personas que creen en Él a lo largo y ancho del mundo. No hacen falta pruebas científicas, las pruebas del corazón bastan y sobran para los que creemos, las pruebas de los cambios de vida, de los testimonios de tantas personas que se encuentran con él.

Te propongo que hoy demos gracias, de alguna manera, por estas semanas tan lindas de Pascua que hemos vivido. Demos gracias al Señor porque nos eligió, demos gracias porque nos da la Fe, demos gracias porque nos da la vida y porque dio la vida por nosotros y pidámosle que siga completando en nosotros la obra que Él comenzó y que podamos recibir en esta noche de Pentecostés que se acerca, una gracia nueva de poder nacer de lo alto recibiendo el don del Espíritu Santo, el don y lo que trae ese don, sus dones. Que podamos decir con verdad: “Jesús está vivo y presente en mi vida y esto me llena de alegría.”

No desaprovechemos este día esta oportunidad de agradecer, porque conocer a Jesús da todo y no quita nada, porque seguirlo da todo y no quita nada, porque, aunque muchas veces cueste “sudor y lágrimas”, como se dice, siempre es mejor seguir al Señor que andar perdido en este mundo que anda en tinieblas o caminar a la deriva pensando que somos nosotros los artífices de nuestra vida. No se puede seguir igual cuando se experimentó realmente la presencia de Jesús en el corazón. Es imposible… y si no hubo cambio, es porque en realidad no hubo encuentro real.

Por eso, lo lindo en este día, además de agradecer este tiempo de Pascua, es que nos preguntemos si nosotros nos hemos encontrado realmente con Jesús alguna vez en nuestra vida. No solo si nos decimos cristianos, si estamos o no bautizados, o tenemos una idea de él. Sino, si realmente experimentamos un cambio, si deseamos estar con él todos los días de nuestra vida, si le damos el tiempo que se merece alegrándonos con el bien que nos hace, transmitiendo su alegría y su amor. Lo importante es eso. En definitiva, ahí está el núcleo de nuestra fe. Para eso se escribieron los evangelios, para que vos y yo creamos, para que nos enamoremos de esa Persona que es Jesús, para que podamos seguirlo y tengamos ganas de que otros lo conozcan, como nosotros, sin importarnos cómo van caminando los otros. En el sentido de que no hace falta compararse, sino alegrándonos de que podamos ayudar a otros a caminar. Si no, lo importante es cómo estamos también caminando nosotros.

Algo del evangelio de hoy creo que nos puede orientar en este sentido, una frase fuerte de Jesús a Pedro: “¿Qué te importa?” Le dijo: “¿Qué te importa?” ante su pregunta “«Señor, ¿y qué será de este?»” refiriéndose al discípulo amado. Creo yo que, como diciendo, le dijo Jesús: “Preocúpate por tu camino, de los demás me ocupo yo.” Qué lindo y consolador es escuchar eso. “Preocúpate por tu camino.” En el sentido de que no vale, a veces, mirar cómo van los otros, si no estamos bien nosotros. Jesús le había anticipado a Pedro cómo moriría y se empezó a “meter” en la vida de los otros, seguro que, con muy buena intención, como siempre la tuvo Pedro. Sin embargo, Jesús es claro: «“¿Qué te importa?»” Muchas veces perdemos el tiempo en la fe por meternos en lo que no nos tenemos que meter. Demasiado trabajo tenemos con nosotros mismos como para andar indagando sobre la vida de los demás. Imaginate si invirtiéramos todo el esfuerzo que muchas veces invertimos en cuestionar, averiguar, preguntar, chusmear, curiosear y tantas otras cosas más. Mirá si ocupáramos más el tiempo en amar y seguir a Jesús de todo corazón. ¡Nos haría tanto bien! Es tan difícil a veces ocuparse por lo justo y necesario, pero tenemos que aprender. Es triste ver dentro de la Iglesia cuando otros se ocupan de la vida de otros. Cuando están, incluso, haciendo páginas web preocupándose de la vida de los otros y, a veces, no están viviendo la vida de fe como deberían vivirla, con videos y tantas cosas más que lo único que hacen es alarmar y sembrar cizaña.

El evangelio de Juan termina enseñándonos esto: que muchas veces no hace falta más, ni pretender más, sino saborear bien lo que hay. Dice que hubo muchísimas cosas más que Jesús hizo y que no alcanzarían los libros del mundo para contenerlas. Sin embargo, escribió esas, las suficientes, las necesarias para creer y seguirlo. Diríamos nosotros: “Algo del evangelio.” “Algo de la vida de Jesús” … ¿Para qué más? ¿Qué nos importa lo otro que no escribieron? Es lindo aprender de la sencillez de Jesús y del evangelio. Pedro también tuvo que aprender a ser sencillo, a conformarse con lo suyo, a no saber tanto de la vida de los otros. ¿Será que a nosotros también nos hace falta eso?

Terminemos esta semana alegrándonos con tantos dones recibidos y no pretendiendo más de lo que nuestro corazón hoy puede necesitar, solo él sabe lo que necesitamos.

Juan 21, 15-19 – VII Viernes de Pascua

Juan 21, 15-19 – VII Viernes de Pascua

By administrador on 29 mayo, 2020

 

Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer, dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?»

El le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»

Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos.»

Le volvió a decir por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»

El le respondió: «Sí, Señor, sabes que te quiero.»

Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas.»

Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?»

Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero.»

Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras.» De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: «Sígueme.»

Palabra del Señor

Comentario

¿Hiciste el intento de meterte en la escena del evangelio? Es difícil hacerlo en medio de la vida diaria. Es difícil hacerlo mientras manejás, mientras viajás, mientras estás haciendo cosas en tu casa, es verdad. No es un reproche, solo es un empujón para que te animes a hacerlo en el silencio. Solo en el silencio nos unificamos, logramos conectarnos con lo más profundo de nuestro ser, con nosotros mismos y con nuestro Padre… Algo así como lo que hacía Jesús, que se iba cada tanto al silencio. Por ahí no pudiste hacerlo con el evangelio de ayer, por ahí no podés con el de hoy, pero por ahí si podés hacerlo en algún momento del fin de semana. Es cuestión de “meterse en la escena”. Ver, oler, escuchar, gustar y tocar todo lo que te imagines para preguntarte finalmente, que quiere decirte a vos todo eso que experimentas. Para que se te revele a vos esa palabra escondida, para que se te muestre a vos hoy, lo que Jesús te quiere decir, como ese día a Simón, de corazón a corazón. La escena de hoy es parte de un relato más largo: Jesús a la orilla del lago, esperando a los discípulos con el fuego prendido, la pesca milagrosa, los discípulos maravillados por semejante milagro y después, este diálogo maravilloso con Simón.

Es emocionante poder imaginar lo que Jesús ya resucitado logra finalmente en el corazón de Pedro. Es lindo poder imaginar lo que Jesús quiere lograr en el tuyo y el mío ahora, mientras escuchamos su palabra.

Nosotros como Pedro, alguna vez hemos negado al Señor… ¿cuántas veces? Mucho más de tres. Con nuestros silencios y cobardías – mientras otros dan la vida -, con nuestras omisiones – mientras otros dan todo lo que pueden -, con nuestras promesas incumplidas – mientras otros se desviven por cumplirlas -, con nuestros soberbia hacia otros -mientras otros disfrutan la humildad -, con nuestros pecados ocultos – mientras algunos nos creen buenos -, con nuestras incoherencias – mientras otros sufren por ser coherentes -, con nuestra deshonestidad social – mientras otros son fieles -, y con tantas cosas más, seguro que hemos negado al Señor. Pero esa no es la última palabra, la negación no es lo mejor que tenemos para darle a Dios.

Porque a nosotros también como a Pedro se nos puede sentar Jesús al lado, preparándonos un fueguito para calentarnos el corazón y nos puede decir esto mismo. ¿Me amás, me amás? ¿Me querés? ¿A pesar de todo lo que hiciste, me amás? ¿A pesar de haberme negado tantas veces y haber creído que podías solo, me amás? ¿Aunque ahora te morís de vergüenza de mirarme a la cara, me amás? Es una maravilla escuchar que Jesús no reclama el amor como lo hacemos nosotros. Jesús reclama amando y enseñando a amar, no remarcando el error para herir a Pedro.

Nosotros a veces reclamamos refregando, o sea mostrando lo que el otro no hizo y lo que nosotros hubiésemos hecho. Jesús reclama amor, amando. Las palabras de Jesús hacia Pedro son en realidad una delicadeza de su corazón para quien será el primer pastor de toda la Iglesia, lo que hoy nosotros llamamos Papa. Jesús no le reclama su falta de amor anterior, sino que lo conduce a sincerarse consigo mismo y que se dé cuenta que su amor era muy chiquito por confiar demasiado en él mismo. Jesús lleva a Pedro a confesar lo mejor que podía confesar: “Tú lo sabes todo, sabes que te quiero”.

Lo único que quiere Jesús de nosotros es que lo queramos con todas nuestras fuerzas, que lo amemos como podamos, lo demás, lo que nos falte lo hará Él mismo. A Pedro no le pidió nada más para hacerlo pastor, ¿qué pensás que nos puede pedir a nosotros? No nos pide reconocimientos, títulos, mucho estudio, que nos aplaudan, que nos sigan, que nos quieran, que nos salga todo perfecto, que nunca nos equivoquemos, nada de eso. Jesús nos pide que lo amemos, pero reconociendo que solo podemos amarlo como Él quiere, si justamente Él nos da ese amor que nosotros mismos no podemos alcanzar.

Volvamos a escuchar lo que Jesús le dijo a Pedro: ¿Me amás, me amás? ¿Me querés? ¿A pesar de todo lo que hiciste, me amás? ¿A pesar de haberme negado tantas veces y haber creído que podías solo, me amás? «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero.» Reconociendo ahora esto, si podemos seguirlo como Él quiere.