Topic: Juan

Fiesta de los Santos Arcángeles

Fiesta de los Santos Arcángeles

By administrador on 29 septiembre, 2021

Juan 1, 47-51

Al ver llegar a Natanael, Jesús dijo: «Este es un verdadero israelita, un hombre sin doblez.»

«¿De dónde me conoces?», le preguntó Natanael.

Jesús le respondió: «Yo te vi antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera.»

Natanael le respondió: «Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.»

Jesús continuó: «Porque te dije: “Te vi debajo de la higuera”, crees. Verás cosas más grandes todavía.»

Y agregó: «Les aseguro que verán el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.»

Palabra del Señor

Comentario

En este día, «Fiesta de los Arcángeles», mi deseo es que, más allá del evangelio, también aprendamos un poco más sobre lo que celebramos de estos Arcángeles: Miguel, Gabriel y Rafael. Los más importantes en la historia de toda la salvación; en realidad, de los únicos que se conoce su nombre tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.

La palabra Arcángel viene de las palabras griegas «Arc» que significa «principal» y «ángel» que es «mensajero de Dios». Por eso, son los principales mensajeros de Dios.

La Biblia solo da el nombre de tres Arcángeles: Miguel, Rafael y Gabriel. Gabriel significa «la fuerza de Dios». En el Antiguo Testamento, San Gabriel Arcángel aparece en el libro de Daniel explicándole al profeta una visión del carnero y el chivo, en el capítulo 8, y también instruyéndolo en las cosas del futuro, en el capítulo 9. En los Evangelios, San Lucas lo nombra anunciando a Zacarías el nacimiento de San Juan Bautista y, lo que ya conocemos, el anuncio a María, que concebiría y daría a luz a Jesús.

Por otro lado, Rafael en hebreo es «Dios te sana». El único libro que habla de San Rafael Arcángel es el de Tobías y figura en varios capítulos. Allí se lee que Dios envía a este Arcángel para que acompañe a Tobías en un viaje, en el que se casó con Sara.

Finalmente, Miguel significa «¿quién como Dios?» El nombre del Arcángel Miguel viene del hebreo «Mija-El», que significa «¿quién como Dios?» y que, según la tradición, fue el grito de guerra en defensa de los derechos de Dios cuando Lucifer se opuso a los planes de salvación y de amor de nuestro Padre, de nuestro buen Padre.

La Iglesia siempre tuvo una gran devoción al Arcángel San Miguel, especialmente para pedirle que nos libre de los ataques del demonio y de los malos espíritus.

Pero vamos a Algo del Evangelio de hoy, que más allá del lindo diálogo con Natanael, Jesús dice una cosa muy importante que tiene que ver con la fiesta: «Verás cosas más grandes todavía. Verás el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».

Es Jesús quien claramente habla de la presencia de los ángeles, de estos seres espirituales, invisibles, que están presentes en nuestra vida, que son de una inteligencia superior, que no tienen cuerpo y, por supuesto, por eso no podemos verlos con nuestros ojos.

Nuestra fe nos enseña que existe un mundo invisible que supera todo lo que podemos imaginar. «Verás cosas más grandes todavía», dice el mismo Jesús. Hay cosas que todavía no vemos y algún día veremos. Como dice el apóstol San Pablo: «Nosotros anunciamos, como dice la Escritura, lo que nadie vio ni oyó y ni siquiera pudo pensar aquello que Dios preparó para los que lo aman».

¿Y qué nos dice todo esto? ¿Qué nos enseña concretamente? Creo que, por un lado, nos da mucha esperanza y, además, una actitud diferente frente a la realidad.

El mundo, gracias a Dios, no es solamente lo que vemos; tu vida no es solamente lo que ves; la vida de los demás no es solamente lo que vos podés observar. Es mucho más grande todavía. Y eso nos hace también pararnos frente a la realidad con una actitud distinta, una actitud humildad. Hay que ser humildes y reconocer que las cosas no son simplemente como las vemos, que no podemos reducir la realidad a lo que percibimos y vemos con los ojos que Dios nos regaló, sino que él nos tiene preparado algo mucho más grande todavía y que hoy existe.

Los ángeles son estos seres espirituales que están presentes en toda la historia de la salvación, para ayudarnos a llegar a ese mundo invisible que anhelamos, que son parte de esta realidad y no podemos todavía contemplar.

Dios Padre creó a los ángeles en función de Cristo. Son de Cristo. Fueron creados por él y para él. Y también están al servicio de él y, como están al servicio de él, están al servicio de nosotros, porque somos el Cuerpo de Cristo. Porque eso es lo que Dios quiere de nosotros: que nos acerquemos a su hijo Jesús.

Podemos también, especialmente hoy, pedirle a San Miguel -que es el gran Arcángel- que nos defienda en esta batalla dura de la vida, en esta lucha diaria por alcanzar la salvación, desterrando de nosotros todo el mal del corazón, con una parte de esa oración tan importante para la Iglesia que dice así: «San Miguel arcángel, defiéndenos en la batalla. Sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio». Es una petición de protección. Pidámosle a San Miguel que nos ayude a estar atentos para rechazar la presencia de esos seres espirituales que buscan ir en contra de nuestra salvación, que buscan alejarnos del camino de Dios: «Por favor, San Miguel, San Rafael, San Gabriel, defiéndannos, ayúdennos, en este camino; en esta batalla tan difícil, pero tan linda, que es amar a Dios sobre todas las cosas».

Dios quiera que esta fiesta de estos santos Arcángeles nos ayuden a percibir y a pararnos frente a la realidad de una manera más humilde y confiada, sabiendo que todo está en las manos de Dios y que siempre estamos protegidos por él y sus mensajeros.

Fiesta de la Exaltación de la Cruz

Fiesta de la Exaltación de la Cruz

By administrador on 14 septiembre, 2021

Juan 3, 13-17

Jesús dijo a Nicodemo:

«Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.

De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.

Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.»

Palabra del Señor

Comentario

Tenemos que hacer siempre el esfuerzo de asombrarnos, o sea, aumentar nuestra capacidad de asombro ante las palabras de Dios. ¿Hacemos el esfuerzo por darnos cuenta de que hay mucha más bondad en este mundo, en las cosas que vemos, en las situaciones y en nuestro corazón de lo que pensabas? ¿Hacemos ese esfuerzo cada día? Y la palabra de Dios se transforma en luz para poder ver eso que a veces no podemos ver. Cada día como sacerdote debo intentar mirar lo que mis ojos a veces no ven por ciego, por no darme cuenta de tanto amor de Dios, para poder encontrar a Jesús en todas las cosas. Si no hago el esfuerzo, si no hacemos ese esfuerzo, se seca nuestro corazón y nos convertimos en funcionarios de la fe; «en pastores que se apacientan así mismos», como decía san Agustín. Es el camino que todos debemos hacer y te lo propongo una vez más para que nuestra espiritualidad cristiana no sea abstracta y desencarnada, como fuera de nosotros. Ser cristiano en medio de este mundo es no escaparle a este mundo justamente. Es meternos en él.

No es escaparnos como si fuera todo malo, sino que es encontrar en este mundo, tal como es, las huellas de un Padre que nos busca a cada instante y nos encuentra siempre que nos dejamos encontrar. Pero, para eso, hay que dejarse asombrar, hay que andar atentos. Muchas veces el asombro nos llega casi intempestivamente, de manera obligada, podríamos decir. Solo tenemos que ceder y decirle a Dios: «Bueno, confío, la verdad que confío. Creo que estás acá. No puedo dudar. Esto no puede venir de otro lado». No sé si alguna vez te pasó. Pero nos pasa cuando uno está como «entrenado» en el asombro de tanto escuchar, cuando uno está dispuesto. Pasa también cuando Dios quiere, de un modo casi milagroso diríamos. Al mismo tiempo, es como una disposición del corazón que tenemos que ejercitar. Algo que se va adquiriendo en la medida que nos «dejamos» empapar por su Palabra. Eso intentamos e intento cada día, porque siempre es más fácil ser a veces amargado, pesimista y ver todo lo malo.

Sigamos practicando, sigamos entrenando el corazón. No te desanimes. A levantar la cabeza y el corazón. Bueno, ¿qué te asombra de Algo del Evangelio de hoy? Saber qué nos asombra es como, de alguna manera, un termómetro de lo que queremos. Nos marca la temperatura de lo que sentimos, de lo que pensamos. ¿Qué nos anda pasando que a veces nada nos asombra de hace bastante tiempo y andamos como asintomáticos en la fe? ¿Qué nos anda pasando que solo nos asombra lo negativo? ¿Qué me tiene obsesionado que solo me asombran algunas cosas y no las cosas de Dios, las espirituales?

¿Qué podemos pedirle hoy a Jesús en esta fiesta tan linda en donde exaltamos el amor que brota desde la Cruz? Fiesta de la Exaltación de la Cruz, sí. ¡Dios quiera que nos asombre su amor infinito, que nos asombren por lo menos estas palabras, las de hoy!: «Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna».

¿Sabés qué nos pasa muchas veces y me doy cuenta en mí también? Que el amor a veces no nos asombra. ¿Y sabés por qué no somos cristianos en serio, comprometidos, poniendo todo el corazón, estando dispuestos incluso a dar la vida por la fe? Porque en el fondo no nos terminamos de asombrar que Dios Padre nos ame tanto. ¿Sabés por qué siempre a veces terminamos cayendo en lo mismo, en los mismos pecados, en los mismos vicios, en las mismas debilidades que arrastramos? Porque no amamos lo suficiente a Dios que es nuestro Padre, ni a su Hijo; ni siquiera una pisca de lo que él nos ama. No nos damos cuenta. Estamos anestesiados. ¿Alguna vez te pasó que se te parta el alma al descubrir el amor que alguien te tenía y no supiste corresponderlo? Seguro que sí, me imagino que sí, si no pensalo y rezalo de alguna manera.

Pero no es para que nos amarguemos y nos digamos a nosotros mismos qué malos que somos, nos golpeemos el pecho de culpa, sino para que nos demos cuenta, de una vez por todas, de lo poco que amamos realmente, por nuestra insensibilidad del corazón, y que nos animemos a entregarnos más, a perdonar, a sacarnos esas broncas, a poner una sonrisa donde a veces no podemos. Muchas veces, «no sabemos lo que hacemos», no sabemos de lo que nos perdemos, no sabemos todo lo que Dios nos ama. Y, por eso, nos quejamos tanto del dolor, de la injusticia, de la muerte; de que Dios no se haga cargo de tanta maldad de este mundo, de tanta injusticia, de tanta tristeza que anda dando vueltas en tantos corazones y así tantas cosas más.

Mientras tanto, la historia de la humanidad y la Palabra nos enseña que «sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna». ¡Qué maravilla! Dios nos amó tanto y ama tanto al mundo y a cada uno de nosotros. Nos ama tanto que no somos capaces de calcularlo. Nuestro corazón no da para tanto amor. El amor en realidad no se puede calcular. Somos nosotros los que, de alguna manera, tenemos que ir siendo conscientes de toda la entrega de Dios por nosotros, no calcularlo. Y, por eso, eso nos llevará a no calcular lo que damos, no estar midiendo el amor. Somos nosotros los que tenemos que darnos cuenta de que Jesús vino al mundo para que caigamos en la cuenta de todo el amor que Dios Padre nos tiene y nos tendrá.

¿No te asombra esto? ¿No te conmueve? ¿No te mueve el termómetro de tu corazón?¿Te parece poco lo que hizo Jesús por vos y por mí viniendo al mundo siendo Dios, haciéndose uno de nosotros, viviendo como uno de nosotros, pero mucho más en la pobreza, en la sencillez, en el silencio, en el olvido; soportando desprecios, falta de amor, falta de fe y finalmente, aún viviendo todo esto, entregando su vida -y no de una manera cualquiera, sino en la Cruz-, muriendo crucificado como el peor de los malhechores y de una manera injusta? ¿No nos damos cuenta de todo esto? Pidamos hoy, en esta fiesta tan linda, tan maravillosa, poder dar un paso más en esta sensibilidad espiritual que necesitamos tener para ser cristianos en serio, para vivir este tiempo tan difícil y todos los tiempos que nos toquen vivir como lo que realmente somos, hijos del Padre, destinados en este mundo para vivir el Reino de Dios, entregándonos por amor a los demás, cueste lo cueste, piensen lo que piensen, nos reconozcan o no nos reconozcan.

Fiesta de San Bartolomé apóstol

Fiesta de San Bartolomé apóstol

By administrador on 24 agosto, 2021

Juan 1, 45-51

Felipe encontró a Natanael y le dijo: «Hemos hallado a aquel de quien se habla en la Ley de Moisés y en los Profetas. Es Jesús, el hijo de José de Nazaret.»

Natanael le preguntó: «¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret?»

«Ven y verás», le dijo Felipe.

Al ver llegar a Natanael, Jesús dijo: «Este es un verdadero israelita, un hombre sin doblez.»

«¿De dónde me conoces?», le preguntó Natanael.

Jesús le respondió: «Yo te vi antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera.»

Natanael le respondió: «Maestro, tú eres el hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.»

Jesús continuó: «Porque te dije: “Te vi debajo de la higuera”, crees. Verás cosas más grandes todavía.»

Y agregó: «Les aseguro que verán el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.»

Palabra del Señor

Comentario

Se dice o, mejor dicho, los católicos decimos que los apóstoles son los pilares de la fe o las doce columnas de la Iglesia. De hecho, si te fijás en algunas Iglesias antiguas, en algunos templos de los más antiguos donde todo se construía con una simbología bien pensada y rezada, tenían y tienen doce columnas (seis de cada lado, en cada nave) sosteniendo la nave central. Todo un signo de lo que los apóstoles son para nosotros. Sabemos también que Jesús es la piedra angular, o sea, la piedra que está entre las dos paredes formando un ángulo, la piedra que cierra la arcada, digamos así. Sin ella todo se viene abajo. Sin Jesús la Iglesia se viene abajo, dicho así de sencillo. Sin embargo, esta piedra angular, Jesús, eligió a doce hombres comunes y corrientes, de la misma madera que vos y yo, para que sean los “receptores y transmisores” de su amor, de sus palabras, de su mensaje, de su salvación. En definitiva, más allá de los que muchos puedan decir; más allá de tu experiencia personal de fe, de la mía; más allá de todos los pecados juntos de la historia de la Iglesia; más allá de las falencias actuales, la Iglesia es la “extensión” en el tiempo del amor de Jesús que quiere llegar y abrazar a todos, con sus debilidades, con su santidad y su pecado.

Cada vez que celebramos la fiesta de un apóstol de la Iglesia, como hoy, de uno de los doce, de los más cercanos que estuvieron con Jesús, celebramos este misterio tan grande. O sea que nuestra fe, nuestra confianza y esperanza en Jesús no se basa en divagues particulares de unos locos, no se basa en fábulas o mitos, no se basa en revelaciones privadas, no se basa en ideas voladoras, sino que se basa en una realidad bien concreta, en el testimonio de doce hombres que estuvieron y vivieron con Jesús. Lo conocieron, vieron hacer milagros, comieron y disfrutaron con él. Lo vieron morir, algunos. Pero fundamentalmente lo vieron resucitado. Lo vieron vencer a la muerte, lo tocaron con sus manos, lo escucharon con sus oídos y abrazaron después de muerto. Lo abrazaron vivo. Creemos en eso. Creemos en Jesús, pero en un Jesús vivo que se conoce solo por medio de otros hombres, como vos y yo, solo por medio de la Iglesia. Nadie conoció a Jesús “encerrado” en su habitación. Nadie, ni vos ni yo, conocemos a Jesús leyendo solos la biblia, leyendo solos el catecismo, yendo solos a misa, recibiendo solos el bautismo, dándonos a nosotros mismos la confirmación, el perdón. Nadie, absolutamente nadie. Todo el que nos quiera meter eso en la cabeza nos miente.

Jesús llegó a tu corazón y al mío por medio de otras personas, de situaciones, de momentos concretos. Y esto, lo que te digo, es una gran cadena hacia atrás que, segundo a segundo, minuto a minuto a minuto, hora tras hora y día tras día, viene desde Jesús a los apóstoles, la Iglesia, vos y yo. ¿Pensaste en eso alguna vez? Esa es la maravilla y, al mismo tiempo, la fragilidad de la fe que muchos niegan o les cuesta entender. Y por eso, a veces, tambalean en la fe, porque no quieren entender lo que en realidad es de sentido común. El que pretende otra cosa no comprende el querer y sentir de un Dios que se hizo hombre, justamente, para generar esto, esta cadena de testimonios y de amor. Una atracción de amor que atraviese los siglos y llegue hasta nosotros hoy, ahora concretamente. Y, por ejemplo, hoy por medio de este audio, de las palabras de Dios que vuelan por los aires y llegan al corazón de tantas personas. Bueno, pero no quiero aburrirte con esto, solo espero que te sirva para que entendamos mejor lo lindo que es creer en esta verdad, aunque a algunos les cueste tanto.

Algo del Evangelio de hoy confirma, justamente, lo que te quiero mostrar. ¿Cómo conoció Bartolomé, Natanael a Jesús o, mejor dicho, cómo se dejó conocer Natanael por Jesús aquella tarde? Gracias a Felipe. Felipe fue el mensajero, el que hizo de eslabón para que Natanael sea sorprendido por el amor de Jesús. Siempre hay un “Felipe” en la vida de nosotros. Miremos para atrás y pensemos ¿quién es “nuestro Felipe”? ¿Quién fue el que, alguna vez, nos dijo: “Encontré al que siempre quise encontrar, encontré al que da sentido a mi vida, encontré al que dará sentido a mi vida”? ¿Quién fue? ¿Te animás a pensar quién fue y cómo fue ese día? ¿Te animás a pensar y a rezar por ese “Felipe” que te ayudó a que tu vida cambie, desde ese día, completamente? ¿Te pusiste a pensar qué sería de tu vida si no hubieras conocido a Jesús y si él alguna vez no te hubiese dicho: “Yo te vi, yo te vi antes que otros, yo te conozco más que todos”? ¿Te animás a llamar o a mandarle un mensaje a esa persona que para vos fue un apóstol y te acercó la gracia a tu vida? Qué lindo que pensemos en eso.

Qué lindo que hoy entre nosotros nos demos las gracias por ayudarnos mutuamente a ser “alcanzados” por Jesús, por el único que nos conoce verdaderamente, por el único que sabe cómo somos y lo que pensamos y lo que sentimos. Y para terminar, tenemos que animarnos a soñar con cosas más grandes todavía. Natanael se sorprendió porque Jesús lo conoció cuando lo vio debajo de la higuera. Sin embargo, le prometió que iba a ver cosas más grandes todavía. Cuando estamos con Jesús, nunca tenemos techo, siempre podemos más. Siempre podemos maravillarnos de lo que puede hacer su amor en nuestras vidas y en la de los demás. No podemos conformarnos con que nosotros conocimos a Jesús y él nos conoce, sino que, al contrario, ese conocimiento y ese amor que Jesús no da podemos transmitirlo a los demás. Veremos cosas más grandes todavía. Todavía tenemos tiempo para caminar y maravillarnos de lo que hace la fe en los corazones de aquellos que se dejan encontrar por Jesús.

XXI Domingo durante el año

XXI Domingo durante el año

By administrador on 22 agosto, 2021

Juan 6, 60-69

Después de escuchar la enseñanza de Jesús, muchos de sus discípulos decían: «¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?»

Jesús, sabiendo lo que sus discípulos murmuraban, les dijo: «¿Esto los escandaliza? ¿Qué pasará, entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes?

El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida. Pero hay entre ustedes algunos que no creen». En efecto, Jesús sabía desde el primer momento quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar.

Y agregó: «Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede».

Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de Él y dejaron de acompañarlo.

Jesús preguntó entonces a los Doce: «¿También ustedes quieren irse?»

Simón Pedro le respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios».

Palabra del Señor

Comentario

Terminamos de escuchar este domingo el discurso del Pan de Vida, ese discurso que Jesús había comenzado después de la multiplicación de los panes y del frustrado intento por hacerlo rey y en donde, termina presentándose como el alimento que da la Vida Eterna ante la sorpresa de muchos. Lo extraño de todo esto es que Jesús, se queda casi sólo habiendo estado rodeado de miles. Empezó dándole de comer a cinco mil hombres y se quedó finalmente con doce o no sabemos bien con cuantos, pero con pocos.

Podríamos preguntarnos: ¿Y el marketing de Jesús? Totalmente desaprobado. Se ve que no había estudiado esa materia o no le interesaba mucho que digamos. Al contrario, no afloja ante la realidad de que todos se alejen cuando lo que dice parece muy difícil o duro de escuchar. “¡Es muy duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?»” decían los mismos discípulos. Sería como decir: “No se entiende mucho. ¡No atrae! Mejor me voy”.

Pienso que Jesús podría contestar algo así: “¡Claro que no atrae! Yo les había dicho que nadie viene a Mí si mi Padre no lo atrae” La cuestión pasa por otro lado. Por eso es lindo seguir ese consejo de San Agustín: “¿No te sientes aún atraído? Reza para ser atraído”.

Ésta es la situación de Algo del Evangelio de hoy. Un Jesús que no teme quedarse solo por el hecho de que los demás no comprendan su lenguaje, no crean y murmuren de Él por haberse presentado como alimento del mundo. Jesús no le tiene miedo a eso, al contrario, cuestiona a los discípulos para que tomen una decisión, para que se jueguen por Él. Y, por otro lado, algunos discípulos murmuran y se van, y otros se quedan, dándose cuenta de que no hay otro mejor lugar donde ir que a Jesús. No todos reaccionaron de la misma manera, pero la realidad, es que fueron los menos los que decidieron seguirlo después de haber escuchado ese discurso, por eso, humanamente hablando, a Jesús no le fue muy bien.

¿Y nosotros? Ante la pregunta de Jesús: “¿También ustedes quieren irse?” ¿Qué vamos a hacer? ¿Murmurar? ¿Cuestionar? ¿Buscar comprender? ¿Irnos? Nos puede pasar, tarde o temprano, nos tiene que pasar. Tenemos que vivir esa crisis de la fe, ese cuestionamiento de preguntarnos sobre el por qué seguimos a Jesús o por lo menos, si queremos seguirlo realmente. Es necesario un sacudón cada tanto para darnos cuenta de ciertas cosas, para purificar nuestra mirada sobre Dios, para descubrir a que Dios seguimos o en que Dios creemos.

En realidad, no hay que buscar comprender demasiado, de manera clara y evidente. Lo más lindo es dejarse atraer para creer, porque nadie va a Jesús si el Padre no lo atrae. El camino natural es el de creer antes que comprender, o dicho de otro modo se comprende creyendo, confiando. El confiar nos abre el corazón a una dimensión nueva que nuestra inteligencia a veces se niega a explorar. Si no queremos creer, si no confiamos en las palabras de Jesús, por más que busquemos entender de mil modos, no entenderemos y tampoco creeremos.

Por eso es lindo terminar este día abriendo nuestro corazón y llenarnos de preguntas. ¿A quién vamos a ir si no vamos a Jesús? ¿Te preguntaste esto alguna vez? ¿A quién estamos yendo en este momento? ¿Para dónde va nuestro corazón que tantas veces anda buscando alimentos que no sacian? Esa es la gran pregunta que todos nos podemos hacer hoy. Queremos gritar y sentir con Pedro: “¡Señor, ¿A quién iremos, ¡¿Tú tienes palabras de Vida Eterna?!” Señor, no dejes que nos engañemos a nosotros mismos. Ninguna otra cosa en la tierra puede saciarnos completamente. Ningún otro amor, ninguna otra cosa disfrazada de felicidad pueden darnos tanta plenitud como la que brota de tu corazón enamorado del nuestro. ¿A dónde vamos a ir? O también podemos preguntarnos ¿Para qué vamos a tantas cosas que finalmente no dejan vacíos? ¿Por qué tantas veces nos alejamos de Jesús y no perdimos la oportunidad de estar con Él, de ir a Él?

Jesús, queremos decirte desde el corazón, confiados, como Pedro, casi sin pensarlo, pero llenos de certezas: “No queremos ir a ningún otro lado. No nos dejes caer en la tentación de buscar y escuchar palabras vacías. No nos importa que seamos pocos, que pocos te entiendan, que pocos crean o que muchos dejen de creer. Nosotros queremos creer, confiar y aceptar que sos nuestro verdadero alimento, y que para entrar en profunda comunión con la Vida que nos trajiste, debemos dejarnos enamorar por tu amor.

Fiesta de San Lorenzo

Fiesta de San Lorenzo

By administrador on 10 agosto, 2021

 

Juan 12, 24 – 26

Jesús dijo a sus discípulos:

«Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto.

El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna.

El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre».

Palabra del Señor

Comentario

Nunca nos olvidemos al leer la Palabra de Dios o al escucharla que ella es fruto de la inspiración del Espíritu Santo. Él fue el que hizo que quede escrita para siempre y él es quien hoy nos ayuda a comprenderla, a interpretarla. Él es el que la hace presente y la hace viva en la vida de cada creyente que la escucha con fe. Porque si no, la Palabra sería «letra muerta». Sin la presencia del Espíritu es letra muerta. Él es el artífice y el que obra interiormente para que, al escucharla, podamos comprenderla, asimilarla y, al comprenderla, podamos amarla y vivirla. Eso es lo que tenemos que lograr todos lentamente: amar la Palabra de Dios, amar lo que Dios nos dice por medio del Espíritu Santo.

Alguien me dijo, una vez: «Padre, no sabés la dependencia que me generó la Palabra de Dios». ¡Qué lindo es escuchar eso una y mil veces! ¡Qué lindo escuchar cuando nos empezamos a enamorar, nos empieza a atraer y empezamos a tener ganas de escuchar la Palabra de Dios! ¡Qué lindo que es tener «buenas» dependencias… depender del amor de Dios, que nos habla siempre! Por eso, volvamos a escucharla si es necesario y para eso tenemos el audio. Invoquemos al Espíritu Santo, que es el que nos va a ayudar a realmente poder vivirla.

La alegría de un buen hijo es la de escuchar a su padre y a su madre, que le enseña, que le habla, que lo instruye, que lo guía. Por lo menos es la alegría de los primeros años de vida; después, nos vamos rebelando un poco, es verdad. La alegría del que tiene fe es la de desear escuchar lo que su Padre del cielo quiere y desea. Por eso hoy, mientras vamos caminando hacia el trabajo, repitamos algunas palabras de hoy. Mientras estamos trabajando en casa, repitamos esas palabras que nos tocaron el corazón. Terminemos el día también y, como síntesis, repitamos esas palabras que nos dan alegría. Que nuestra alegría hoy sea esta: no olvidar las palabras de Dios que nos quiere decir y que nos dice al corazón.

Y en Algo del evangelio de hoy –en este día del mártir de san Lorenzo– en primer lugar, Jesús utiliza esta imagen tan linda de la semilla, tan sencilla y profunda. Por eso, hoy no hace falta agregar imágenes propias. Sería absurdo. En primer lugar, estas palabras de Jesús se refieren a él mismo. Él está anticipando lo que será su entrega en la cruz, su muerte y su resurrección: «Si el grano de trigo no muere, queda solo». Jesús quedó solo en la cruz, casi solo, pero hoy no está solo.

Si él no se hubiese entregado y no hubiese amado de la manera como nos amó, no hubiese transformado el mundo como lo transformó. Jesús no quedó solo. Esa aparente «derrota» en la cruz terminó siendo la victoria más grande de la historia por su resurrección, que dio mucho más fruto del que imaginamos. Él no tuvo apego a su vida y por eso la entregó por amor y, entregándola, les ganó la vida a muchísimos, a vos y a mí.

Entonces estas palabras que son de Jesús sobre sí mismo, por supuesto que también son para nosotros. También somos o debemos ser como «un grano de trigo». Tenemos que ser como este grano de trigo que muere y da fruto, que, si no caemos en la tierra y nos transformamos, quedamos solos. No dejamos nada en este mundo. Para nosotros, los cristianos, morir no es algo malo. Morir, en realidad, es transformarse. No me refiero a morir en cuanto a nuestra muerte natural, sino al morir cada día, a esa entrega cotidiana de nuestra vida en cada cosa que hacemos –así como san Lorenzo entregó su vida por Cristo–, morir para nosotros, morir a nuestro egoísmo para transformarnos en personas que amen, que se entreguen. Pero incluso la muerte natural también para nosotros no será la muerte, será transformación. Mueren en realidad los que no tienen fe, los que ven solo esta vida terrenal. Nuestros seres queridos que partieron de este mundo no están «muertos», porque Dios es un Dios de vivos. Tu madre, tu padre, tu hijo o tu hija que ya no están no podemos decir que «se llamaban», creo, sino que se llaman, se siguen llamando. Siguen siendo ellos.

Morir en la vida diaria, a veces, se trasforma en «callar» algo que queremos decir y era mejor no decirlo o decirlo distinto, como alguna crítica que queremos hacer, algún juicio, algún pensamiento. Morir es renunciar a nuestro egoísmo para servir a alguien. Morir es regalarle una mirada, una sonrisa, a ese pobre con el que te cruzás y que no tenías ganas de mirarlo o frenar y darle algo de tu amor, algo de lo que tenés. Morir es escuchar también a tu marido, a tu mujer, servir a tus hijos. Morir es dedicarle más tiempo a la oración, en vez de perderlo en tantas otras cosas.

Morir… tantas maneras de morir tenemos en nuestra vida. Pero acordémonos, no es algo malo. Morir es transformarse, morir es dar frutos y si no, nos quedamos solos. Nos encerramos en nosotros mismos y nos quedamos solos. Nos encerramos en nuestros planes y en nuestros proyectos y nos quedamos solos. Pero cuando nos entregamos, empezamos a ganar cosas, empezamos a ganar corazones de otras personas, se nos ensancha el corazón, «corremos el alambrado del campo», como se dice. Tenemos más horizonte.

Hoy intentemos morir un poco más a nosotros mismos. Y mejor no matar a nadie con nuestras actitudes. No matemos a nadie con nuestra mirada, con nuestros pensamientos, con nuestros prejuicios. No matemos a nadie, mejor transformémonos un poco nosotros y demos vida a los demás.

XIX Domingo durante el año

XIX Domingo durante el año

By administrador on 8 agosto, 2021

Juan 6, 41-51

Los judíos murmuraban de Jesús, porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo». Y decían: «¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir ahora: “Yo he bajado del cielo?”»

Jesús tomó la palabra y les dijo: «No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y Yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en el libro de los Profetas: “Todos serán instruidos por Dios”. Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí. Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios: sólo Él ha visto al Padre. Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna. Yo soy el pan de Vida. Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero éste es el pan que desciende del cielo, para que aquél que lo coma no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que Yo daré es mi carne para la Vida del mundo».

Palabra del Señor

Comentario

Estas palabras, que acabamos de escuchar de Jesús, me encantan. Las utilizo muchas veces cuando se acerca alguien a la Iglesia después de mucho tiempo, de haberse alejado por diferentes circunstancias, en especial en momentos fuertes, como Semana Santa o durante fiestas importantes. Es lindo ver cómo la gente vuelve a la Iglesia, a su casa, atraída por Jesús, por el Padre, en realidad vuelven a estar con Jesús a través de otros.

Y siempre les pregunto, en general, lo mismo: ¿Qué es lo que te trajo de vuelta? ¿Por qué viniste hoy? Bueno, hay tantas respuestas como personas, pero en general lo que motiva acercarse una vez más a Jesús es casi siempre una necesidad, una angustia profunda, un dolor grande en la vida, una culpa guardada, recibir la invitación de otra persona para volver, o como Elías –que escuchábamos en la primera lectura de hoy– que ante una angustia profunda se encontró con Dios.

Todos los que se acercaron a Jesús en la historia, los de ahora, los de antes y los que vendrán, se acercaron porque, de algún modo, «un ángel los tocó»  –como le pasó a Elías– y los animó a seguir. Y siempre les respondo: «En realidad no viniste solo por eso, viniste porque el Padre te atrajo». «Nadie viene a mí, si mi Padre no lo atrae», dice Jesús en Algo del Evangelio de hoy, o podríamos decir que nuestro Padre nos atrae siempre a través de algo, de una circunstancia, de una persona.

No pensemos que tenemos fe porque somos especiales o porque somos mejores que otros, ¡por favor! Tenemos fe porque Dios Padre nos la regaló, y nos dio la posibilidad de creer y tener Vida eterna. Dios Padre nos atrajo, a vos y a mí, y porque nos atrajo, vos y yo le respondimos.

En realidad, nadie puede acercarse a Jesús si no recibió el don del Padre que nos atrae. Él es la respuesta enviada por el Padre para satisfacer nuestros anhelos más profundos de eternidad que muchas veces se disfrazan de búsquedas personales: querer ser alguien en la vida, dejar mi sello en las cosas, triunfar, batir récords, ser conocidos, tener y tener a costa de todo…

Por eso hoy Jesús nos vuelve repetir a todos, a los que estamos siempre, a los que vamos cada tanto a buscarlo, a los que buscamos a Dios a tientas o por un motivo o por otro; no importa, a todos nos dice: «Yo soy el Pan vivo bajado del Cielo», el Pan con mayúscula, el Pan que no se acaba, ese Pan que tiene vida y por eso nos da vida. Es un Pan vivo que no es para subsistir, sino para vivir, para vivir como todo hombre quiere vivir: plenamente. Entonces la fe se nos presenta en Algo del Evangelio de hoy, en el Evangelio de Juan, no como una idea, no como una doctrina, un conjunto de cosas que cosas que aprender; sino que la fe es, principalmente para nosotros, la aceptación de un don que se nos da por el Padre a través de Jesucristo y a través de enviados por Jesús.

El Padre fue tan bueno con nosotros, tan preocupado por su creatura que envió a su Hijo para saciar el hambre de toda la humanidad. El que cree en Él tiene Vida eterna. La fe es un don que, por supuesto, implicará nuestra respuesta, pero antes que nada es un don de Dios. Eso quiere mostrarnos la escena del Evangelio de hoy. No alcanza con creer que Dios existe; alcanza con darnos cuenta que además de que existe nos ama y nos envió a su Hijo para salvarnos, para darnos vida. No alcanza con decir que en algo hay que creer, como se dice por ahí: «Soy creyente pero no muy practicante».

Alcanza con darnos cuenta que recibimos un don y por eso nos acercamos, por eso nos acercamos alguna vez y por eso acercamos a Jesús a otros y también nos acercamos los domingos a la Iglesia, por eso estamos escuchando la Palabra de Dios, porque recibimos un don. Entonces solo nos sacia el creer en Él y creerle a Él, por eso tenemos que creer también en lo que Él nos dice. El Pan que Él nos da es Él mismo hecho carne en la Eucaristía y en su Palabra. Por eso el que vive así, vive colmado aun en la escasez material. La escasez no importa para el que cree en Jesús.

Ojalá que hoy nos demos cuenta que todos fuimos atraídos por el Padre. Ojalá que hoy podamos descubrir y gustar «¡qué bueno es el Señor!», como dice también el salmo. Si no gustamos y vemos «qué bueno es el Señor», no podremos vivir esta vida que nos propone. Viviremos la fe como una obligación, como un «cumplir», como una cosa vacía, sin sentido, aburrida. Si no gustamos «qué bueno es el Señor», veremos a Dios como alguien lejano, que no nos da lo que necesitamos y no sentiremos el amor de Él.

¿Pensamos alguna vez quién nos atrajo a Jesús? Fue el Padre. Es verdad que utilizó medios humanos para hacerlo (tus hijos, tu casamiento, tus primeros años de catequesis, algún dolor, un pecado, una depresión profunda, el estudio), pero, en definitiva, tenemos que tener claro que fue el Padre el que nos atrajo. Ahora… ¿y nosotros ayudamos a que el Padre nos siga atrayendo o siga atrayendo a otros? El Padre quiere seguir atrayendo corazones a su Hijo para que conociéndolo a Él nos sintamos y vivamos como hijos. Nuestra vida también tiene que ser atrayente para otros, no por insistir ni por obligar a nadie, sino porque se tiene que notar en nuestro rostro, nuestra cara que fuimos atraído por el Padre de Jesús; se nos tiene que notar en la forma de vivir, en nuestras expresiones, en los gestos. Nosotros no tenemos que «traer» gente a la Iglesia, tenemos que «atraer» corazones a Jesús en su Iglesia para que descubran «qué bueno es estar con el Señor».

XVIII Domingo durante el año

XVIII Domingo durante el año

By administrador on 1 agosto, 2021

Juan 6, 24-35

Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo llegaste?». Jesús les respondió: «Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello». Ellos le preguntaron: «¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?».

Jesús les respondió: «La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado». Y volvieron a preguntarle: «¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: Les dio de comer el pan bajado del cielo».

Jesús respondió: «Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo». Ellos le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan». Jesús les respondió: «Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed.

Palabra del Señor

Comentario

El domingo pasado recordemos que Jesús hacía el milagro de la multiplicación de los panes, era un signo mediante el cual nos invitaba a darnos cuenta que Él venía a saciar el hambre del mundo y esos hombres no se dieron cuenta. Hoy estos hombres siguen buscando a Jesús, y Jesús, al encontrarlos, habla con ellos, les hace un reproche y les da una enseñanza. Por eso hoy te propongo tres momentos: Primero que podamos reconocer cuáles son nuestros “hambres” mal saciados; qué mal a veces orientamos nuestras ansias profundas de felicidad. Segundo: que descubramos a Jesús como el Pan de Vida y qué significa eso.
Y por último, una anécdota que nos puede ayudar a comprender lo que hoy nos enseña algo del Evangelio.

Démonos cuenta de que muchas veces comemos y bebemos mal, a veces nos cae mal la comida porque comemos apurados, porque nos alimentamos de cosas que no tenemos que comer, porque comemos cosas que nos hacen mal, porque no sabemos dominar nuestras ansiedades. Algo que es bueno y nos hace bien, nos puede caer mal. Lo mismo pasa con la bebida; fijémonos si a veces no nos excedimos, si tomamos mal, si tomamos bebidas que no teníamos que tomar…

Bueno, este desorden que tenemos muchas veces en el comer y en el beber porque no sabemos orientarlo, es de alguna manera la imagen de un desorden más profundo que tenemos en nuestro interior, el de no saber alimentarnos de las cosas que nos hacen bien al espíritu.

Tenemos “hambre” de felicidad, tenemos hambre de Dios, pero andamos “picoteando”, como se dice, y buscamos cosas donde no tenemos que buscar o buscamos mal a Dios o queremos un Dios a nuestra medida y a nuestros caprichos.

Imaginate que esto mismo te pasa en tu interior y pensá ¿qué clase de hambre estás saciando mal? ¿En dónde estás buscando y no te estás dando cuenta de que estás haciendo mal las cosas? Estás trabajando por las cosas que perecen que tienen vencimiento y no estás poniendo el corazón en lo importante, fijate, por ahí te está pasando eso y eso es lo que no te hace bien y finalmente no te sacia, sino que te provoca más hambre; pero no un hambre de Dios, sino un hambre que te llena de vacío.

Y ante este problema que se nos presenta continuamente en la vida (y aunque te sientas lejos o estés cerca, esto nos pasa muchas veces), Jesús nos viene a dar una solución profunda, hoy nos viene a invitar y a decirnos con mucho amor: «Yo soy el Pan de Vida, descubrí eso, descubrí que el Padre me envió para eso; soy el Pan bajado del cielo; no como el maná que comieron sus antepasados, no como el maná y lo que vos comés en esta tierra, sino Yo soy ese alimento, el mejor alimento, el que te colma pero al mismo tiempo te sacia provocándote hambre de más, un hambre sano, profundo, de alegría y de paz. Eso te vengo a traer».

¿Y cómo nos alimentamos de este Pan que es Jesús?, que es una persona que te habla, que te escucha, que está presente, que está viva; bueno, nos saciamos fundamentalmente en la Eucaristía, -eso lo sabemos-  a través de los sacramentos, nos saciamos y comemos de este Pan por la Palabra de Dios que estamos recibiendo todos los días, nos saciamos  por la oración, por nuestra comunicación interior con Dios, con nuestras visitas al Santísimo; también nos alimentamos con el amor, el amor humano que nos rodea, que nos dan y que damos a los demás, especialmente a los más pobres cuando descubrimos que Jesús está presente ahí en los más pobres, en los enfermos, en tu conciencia cuando te habla. Por eso nunca te sientas lejos, aunque lo estés, porque siempre podés alimentarte de Él, incluso cuando te estés perdiendo lo mejor, la Eucaristía. Y si te sentís cerca practicando la fe, fijate si no estás comiendo por costumbre, sin hambre, y estás recibiendo a Jesús con poca hambre.

Y la anécdota, es la que me pasó durante una misa mientras estaba predicando; un hombre que estaba en el primer banco, que parecía tener dificultad psicológica o psiquiátrica, me interrumpió durante la homilía y me dijo: “Padre, ¿qué dijo?”, yo había dicho una frase de san Pablo y le dije: “San Pablo dice esto…”; “Ah bueno gracias Padre” -me dijo-, rompió todos los esquemas y me interrumpió. Después se acercó a la comunión, se arrodilló y yo seguí dando la comunión y él permaneció ahí de rodillas hasta el final; y me acerqué y le dije: “¿Qué necesitás, que pasó?” “Nada, quiero más” -me dijo- “Quiero más” Le dije: “No, está bien no te preocupes, ya con una comunión tenés a todo Jesús”.

Cómo me enseñó ese hombre, un hombre limitado, con problemas, que no sabía mucho de Dios ni de Teología; pero sí sabía que en la Palabra y en la Eucaristía está el gran alimento de su vida. “¿Qué dijo Padre?” “¡Quiero más!”

Ojalá que tengamos esa actitud, que trabajemos por las cosas que no perecen, que trabajemos por el verdadero alimento que es Dios, el que sacia nuestra vida.

Trabajá hoy por eso y decile a Jesús: “Jesús dame siempre de ese Pan, que yo me alimente de ese Pan en todo momento, ¡quiero más! ¡Quiero más!

Ojalá que hoy tengas hambre y sed de Jesús porque si vas a Él jamás vas a tener hambre y si crees en Él jamás vas a tener sed. Esa es la gran obra de Dios en tu vida, que creas esto.

XVII Domingo durante el año

XVII Domingo durante el año

By administrador on 25 julio, 2021

Juan 6, 1-15

Jesús atravesó el mar de Galilea, llamado Tiberíades. Lo seguía una gran multitud, al ver los signos que hacía curando a los enfermos. Jesús subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos.

Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a él y dijo a Felipe: «¿Dónde compraremos pan para darles de comer?»

Él decía esto para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer.

Felipe le respondió: «Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan».

Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: «Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?»

Jesús le respondió: «Háganlos sentar».

Había mucho pasto en ese lugar. Todos se sentaron y eran unos cinco mil hombres. Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron.

Cuando todos quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: «Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada».

Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada.

Al ver el signo que Jesús acababa de hacer, la gente decía: «Éste es, verdaderamente, el Profeta que debe venir al mundo».

Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña.

Palabra del Señor

Comentario

Los domingos muchas veces llegamos al culmen del cansancio, por diferentes motivos, por el mundo que nos toca vivir, y, además, llegamos queriendo descansar, pero no siempre podemos hacerlo como quisiéramos. Es entendible. La ola, digamos así, nos lleva. Muchas personas de fe, nos dicen a los sacerdotes que no vienen a misa los domingos porque es el único día para estar en familia y descansar. Es entendible, pero me parece que eso nos pasa o nos pasó muchas veces, porque no terminamos de darnos cuenta del valor que tiene en sí la misa, más allá de cómo estemos y, por otro lado, el darnos cuenta de que, si la vivimos de corazón y con el corazón, esa hora que le entregamos al Señor, junto o no a los queremos, se puede transformar en un descanso, como decíamos el domingo pasado. Jesús nos invitaba a descansar y al mismo tiempo, se compadecía de la muchedumbre porque andaba como ovejas que no tienen pastor. Así anda la humanidad hoy, creyendo que sabe el rumbo, pero en definitiva perdida. Así andamos vos y yo muchas veces, o anduvimos, como ovejas sin pastor, caminando sin sentido, convencidos de que sabíamos muy bien a dónde íbamos. Pero Jesús nos encontró por el camino, nos habló, nos sedujo y así andamos ahora, todos los días intentando escucharlo y obedecerle. Alguien me dijo en estos días… “Padre, yo de hace poquito que entré al corral” Me dio gracia la expresión, pero es muy gráfica, es así, Jesús nos metió en su corral, y ahora andamos así, felices, con Él y muchos más. Se compadeció de nosotros, como lo hizo también en algo del evangelio de hoy al ver a esa multitud, “levantó los ojos” y “vio que una gran multitud acudía a él y dijo a Felipe: «¿Dónde compraremos pan para darles de comer?» Solo Él puede saber la verdadera necesidad de alimento que tenemos todavía vos y yo.

Empecemos este domingo reflexionando sobre la actitud de nuestro Buen Pastor. Como el domingo anterior aparece en la escena Jesús, sus discípulos y una gran multitud. Sin embargo, hoy aparece alguien más, un pequeño personaje, un niño con cinco panes y dos peces. El domingo pasado Jesús se compadecía y enseñaba, hoy ve la necesidad y da de comer. Algo increíble para el que no tiene fe. Algo muy entendible para los que la tenemos. Jesús le dio de comer a cinco mil hombres con cinco panes y dos peces… ¿Podés imaginar ese momento? Pero si creemos tenemos que ver más allá de este milagro. Mirar como mira Jesús, levantar los ojos, y ver lo que solo la fe nos puede ayudar a ver… que la necesidad de nuestra vida no pasa solo por el pan, por lo que deseamos materialmente.

La escena muestra que Jesús los deja a todos satisfechos y además, sobra mucha comida. Los hombres se entusiasman con un hombre que da de comer gratuitamente y casi mágicamente, y lo quieren hacer rey. Si nos ponemos a pensar, hubiéramos hecho lo mismo, el rey perfecto, el político perfecto. La historia se repite en la actualidad. Es fácil tener a alguien que nos llene la panza y los bolsillos para poder vivir cómodamente. Ese es el rey que quiere la gente, ese es el político que quiere la gente. Nosotros hoy diríamos ¡No entendieron nada! De la misma manera que nosotros no entendemos. Por eso Jesús se escapa y se va solo a la montaña. Pobre, habrá quedado decepcionado, no lo entendían. Él hizo el milagro para otra cosa, como lo quiere hacer también con nosotros.

Jesús hizo el milagro para enseñarnos que el hambre del estómago es pasajero, que el hambre de “cosas” es pasajero, que en realidad el verdadero hambre de tu vida es de Amor y Verdad, y justamente es eso lo que alguna vez te llevó a buscar cualquier otro alimento, olvidándote de Él. Eso es lo que muchas veces no comprendemos y por eso equivocamos el camino. Andamos mendigando felicidad en distintas cosas y metas, y no terminamos de darnos cuenta que sólo Jesús nos da la Vida y felicidad que necesitamos.

El niño del evangelio poder ser vos, puedo ser yo. Dale lo poco que tenés para que Él lo multiplique y lo derrame abundantemente en tu vida, en la de los demás. El milagro de Jesús también necesita algo de nosotros, necesita de nuestro amor, del saber compartir lo poco que tengamos.

Fiesta de Santa María Magdalena

Fiesta de Santa María Magdalena

By administrador on 22 julio, 2021

Juan 20, 1-2.11-18

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.»

María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos le dijeron: «Mujer, ¿por qué lloras?»

María respondió: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.» Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció. Jesús le preguntó: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo.» Jesús le dijo: «¡María!» Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: « ¡Raboní!», es decir « ¡Maestro!» Jesús le dijo: «No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: “Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes”.»  María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras.

Palabra del Señor

Comentario

Hoy es el día de santa María Magdalena. Celebramos su fiesta, la recordamos y le damos gracias a Dios Padre por las maravillas que obró en ella, considerada ahora en la Iglesia como un apóstol, como tantos santos a lo largo y ancho de la historia de la humanidad de la Iglesia. Esta gran mujer que aparece en los evangelios y de la cual, en realidad, mucho no se sabe. Los estudiosos difieren un poco sobre su identidad, no saben bien cuál es, en realidad –digo la verdad– no importa tanto. Algunos dicen que era la «pecadora» que aparece en el Evangelio de Lucas. Otros, «María Magdalena», la misma que acabamos de escuchar, que aparece en el Evangelio de Juan, también de Lucas. Otros, que es «María de Betania». Vuelvo a decir, no importa demasiado, porque no solo creemos en lo escrito, sino en la tradición oral de la Iglesia primitiva. Lo importante es que la historia de María Magdalena nos recuerda una verdad fundamental de nuestra fe.  ¿Cuál?, te preguntarás. Los discípulos de Cristo somos débiles, no santos de un día para el otro. Somos elegidos para ser santos, pero no porque ya lo seamos. El discípulo, vos y yo, estamos en el camino, siguiéndolo, y solo es verdadero seguidor de Jesús quien tiene una verdadera experiencia de la debilidad humana, del pecado, de la necesidad que tenemos de ser salvados. Esta mujer era una pecadora —según el Evangelio— pero tuvo la humildad de pedir ayuda y de ser curada por el mismo Jesús y terminó siguiéndolo de cerca hasta el final, hasta el Calvario, como acabamos de escuchar en Algo del Evangelio de hoy.

Ella fue la primera en ir a buscar al Señor al sepulcro, pensando que lo encontraría muerto, como hubiese pensado cualquiera de nosotros. Ella fue la que se encontró con esta gran sorpresa de que el sepulcro estaba vacío; y, en ese instante, la llamó por detrás, sin que ella supiera que se trataba de él. María corrió a buscar al Señor a un lugar de muerte. Sin embargo, ella también levantó la cabeza cuando él la llamó. María dejó que Jesús le hable al corazón y la llame por su nombre. Esas son las tres cosas que te propongo para que meditemos de la escena que acabamos de escuchar, esta sencilla pero gran catequesis de lo que significa encontrarse con nuestro Salvador en medio de este mundo que no nos ayuda a reconocerlo, por nuestras tristezas y cerrazones, por estar rodeados a veces de muertes e de injusticias. Eso le pasó a María. No lo reconocía, a pesar de que lo tenía al lado. ¿Por qué? Porque estaba llorando, porque estaba mirándose a sí misma, porque estaba triste, porque era imposible pensar que había pasado algo tan grande.

Parecía imposible semejante milagro. ¿Cómo es posible a veces pensar que en este mundo en el que estamos viviendo, Jesús esté presente, a pesar de ver tanto mal alrededor? En medio de este mundo en donde tantas veces andamos llenos de tristezas, de angustias por las pérdidas de nuestros seres queridos. Estamos tristes porque no nos salen las cosas como hubiésemos pensado, estamos tristes porque a veces hacemos muchas cosas, pero sin sentido, sin corazón o sin ver los frutos. Bueno, ¡corramos, corramos como María, temprano al sepulcro! ¡Corramos y vayamos a buscar a Jesús que siempre está, aunque no lo podamos ver con nuestros ojos! Hoy va a estar en tu trabajo, va a estar en el grupo de tu parroquia, va a estar en tus lugares concretos donde te toca estar, en tu universidad, en el colegio; va a estar en lo que vas a hacer hoy; ¡va a estar!, pero debemos correr con ese amor que tenía María. ¿Te diste cuenta cómo corrió María? Temprano a la mañana, fue la primera, porque lo amaba mucho. Ella fue la que más amaba, porque también fue a la que más se le perdonó.

Vos y yo también fuimos perdonados. Nosotros también podemos correr. Debemos correr. Levantemos la cabeza. Dejemos de llorar o, mejor dicho, lloremos si es necesario, pero levantemos la cabeza. Es legítimo llorar, podemos hacerlo, pero miremos a Jesús que nos está mirando. Él está parado al lado nuestro y no nos damos cuenta porque a veces estamos mirando para abajo y las lágrimas no nos dejan ver. La angustia y la tristeza no nos dejan darnos cuenta o nuestra soberbia no nos deja ver, porque nos estamos mirando a nosotros mismos.

Levantemos la cabeza y dejemos que Jesús nos hable. Él le dijo: «¡María!», y fue en ese momento cuando ella lo reconoció. Solo cuando escuchamos que Jesús nos llama por nuestro nombre, será que podremos reconocerlo. Dejemos que hoy nos llame por nuestro nombre en el silencio del corazón. Imaginemos la situación. Si estamos tristes, vayamos corriendo a un sagrario. Vayamos corriendo y encontremos a Jesús que está también en los pobres, en un necesitado, en un pariente, en un familiar que no está bien, en tu papá, tu mamá o tus hermanos. Llamemos a aquel que está enfermo. Corramos y salgamos del encierro. Levantemos la cabeza y dejemos que Jesús nos hable, y vamos a experimentar que nuestro llanto se convertirá en gozo.

Fiesta de Santo Tomás apóstol

Fiesta de Santo Tomás apóstol

By administrador on 3 julio, 2021

Juan 20, 24-29

Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «¡Hemos visto al Señor!».

Él les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré».

Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!».

Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe».

Tomas respondió: «¡Señor mío y Dios mío!».

Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!».

Palabra del Señor

Comentario

Siempre hay que volver a empezar. De una manera u otra es necesario volver a confiar en lo que alguna vez nos hizo bien y nos marcó el camino y, por el olvido, por el cansancio, por la rutina nos hemos olvidado, lo hemos dejado en el camino. Siempre podemos volver a hacerlo. Es algo fundamental en nuestra vida, nuestra vida de fe. Una fiesta de un apóstol, de este gran apóstol, es una buena oportunidad para pensar en esto, porque ellos fueron de carne y hueso, como vos y yo. No te olvides. También lucharon, también tuvieron que volver a empezar una y otra vez, volver a confiar. Volvieron a levantarse una y mil veces después de equivocarse, después de dudar, de perder el ánimo y el sentido de lo que estaban haciendo. A Tomás también le pasó lo mismo.

No sé en qué momento o etapa de tu vida espiritual o de fe estás pero siempre es bueno volver a escuchar esto que nos hace bien a todos. «Señor, que no nos cansemos de volver a empezar, que no nos cansemos de volver a escuchar tu Palabra, estas palabras que jamás nos pueden hacer mal. Aunque a veces parezca que no nos producen nada en el corazón, siempre darán su fruto. Jesús, que no nos cansemos, que no creamos que ya está todo dicho, que nunca creamos que con lo que vimos o experimentamos no hace falta nada más, que ya tenemos todo resuelto». Estés en el momento en que estés, de mucho consuelo, alegría y fervor, o bien desconsuelo, tristeza y aridez, es bueno que te acuerdes que, llegado el momento, habrá que volver a empezar, volver a confiar y creer, volver a elegir. Si empezás este día lleno de fervor, aprovechá, aprovechá el viento a favor, como se dice, aprovechá la bajada y escuchá más. No te relajes.

Disfrutá más, sacale «todo el jugo» a lo que Dios te está diciendo. Si, por el contrario, estás en un momento donde parece que nada te dice nada, bueno, no bajes los brazos, seguí escuchando. Poné el audio 10 veces más si es necesario. Leé más la Palabra, andá frente a un Sagrario, al Santísimo. ¡No te canses! Es solo un momento. Es solo una tormenta pasajera. Es como una nube que está tapando el sol mientras estabas «tomando sol», mientras disfrutabas de esos rayitos lindos que te hacían bien. La sombra ya va a pasar, el sol está siempre.

Todos experimentamos, tarde o temprano, de una manera u otra, la pesadez, por decir así, la carga de esta vida. Esa carga que se vuelve linda cuando apostamos siempre a lo mejor, cuando descansamos en el corazón de Jesús, que siempre quiere aligerar nuestras cargas para hacer de nuestra vida algo más lindo. ¿No te anima el escuchar estas palabras de Algo del Evangelio de hoy: «¡Felices los que creen sin haber visto!». Es feliz el que cree sin estar buscando pruebas físicas de la presencia de Jesús. Vos y yo seremos felices, hoy y mañana, si dejamos de lado esa gran tentación de seguir buscando el porqué y el porqué de tantos porqués que alguna vez ya le habíamos encontrado el porqué. ¡Qué trabalenguas! ¿A qué me refiero? Tomás, el apóstol del cual celebramos hoy la fiesta, cometió el gran error de desafiar a Jesús y desafiar a sus amigos en los cuales debería haber confiado, a los cuales debería haber creído, porque lo conocían, porque lo amaban y no podían haberle hecho un chiste de tan mal gusto con algo tan sensible, con el amor de su Amigo.

Seguramente a cualquiera de nosotros nos hubiera pasado lo mismo en esa situación. Por eso, no vamos a criticar al pobre Tomás, pero su incredulidad se transforma para nosotros en oportunidad para aprender qué es la fe, a confiar y creer en esta realidad de que Jesús está vivo realmente entre nosotros. Aunque no veamos a Jesús con nuestros ojos, el testimonio de que otros lo hayan visto debería bastarnos para creer, el testimonio del cambio de sus vidas. Y, de hecho, nos basta para creer, porque ni vos ni yo lo vimos pero vos y yo creemos. Hoy somos millones los que creemos en Jesús y lo fueron a lo largo de la historia. Sin embargo, solo unos pocos lo vieron con sus propios ojos y lo tocaron con sus manos.

¡Qué locura!, ¿no? ¿Te pusiste a pensar en eso alguna vez? ¿Cuántos corazones fueron y son felices en esta tierra por haber creído sin ver? Incontables. Está bueno que nos preguntemos todos: ¿soy feliz por creer sin ver o sigo desafiando a Jesús para que se me presente en vivo y en directo? ¿Somos felices de creer en alguien que jamás vimos pero que nos habla al corazón, que nos consuela como nadie, que nos guía en el silencio y que nos anima a no bajar nunca los brazos, que nos da la fuerza para amar cada día?

No sigamos buscando porqué a tantos porqués de nuestras vidas. ¿A qué me refiero? Me refiero a que ya está. Seguro que vos y yo ya sabemos que Jesús está, ya lo experimentamos. No le demos más vueltas. Los muchos porqués hay que dejarlos para la ciencia y son necesarios, pero ese es otro tema. Jesús está siempre en nuestra vida y que, está en miles de personas, nos dé hoy la fuerza para seguir creyendo y amando. Que nos ayude a seguir luchando para darnos cuenta de su presencia.

Todos podemos tener dudas. Todos pudimos desafiar alguna vez a Jesús como lo hizo Tomás, pero también todos podemos ser más confiados. Todos podemos dejar de cuestionar tanto. «En adelante no seamos incrédulos, sino hombres de fe». Hoy hablemos como Tomás y en algún Sagrario de este mundo, o si no, en el corazón, donde está Jesús, digámosle con fe y alegría: «¡Señor mío y Dios mío!» «¡Señor mío y Dios mío!».