Topic: Juan

II Domingo durante el año

II Domingo durante el año

By administrador on 15 enero, 2023

 

Juan 1, 29-34

Juan Bautista vio acercarse a Jesús y dijo: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A él me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo.

Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel». Y Juan dio este testimonio: «He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo”. Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios».

Palabra del Señor

Comentario

Por ahí te acordarás que te conté que este año, salvo algunas excepciones como los tiempos fuertes litúrgicos como Cuaresma y Pascua, los domingos nos acompañará la lectura del Evangelio según san Mateo. Iremos conociéndolo poco a poco, adentrándonos en la mirada que tiene él de Jesús y la que nos quiso dejar a todos nosotros. Sin embargo,  hoy también es una de esas excepciones, porque el ll Domingo del Tiempo Ordinario, del tiempo común después de Navidad, se lee este Evangelio según san Juan. Casi como una prolongación de los misterios que venimos celebrando en estas últimas semanas, de Navidad y de la Epifanía, de la manifestación de Jesús, o popularmente como le llamamos «el Día de Reyes». Jesús se hizo hombre, se manifestó a María, a José y a unos humildes pastores, se dejó encontrar por los magos paganos, en realidad por los sabios de Oriente, diríamos, o sea, quiso manifestarse a todo el mundo, se dejó bautizar para hacerse uno de nosotros y ahora se deja mostrar, se deja señalar, diríamos, por Juan el Bautista para que todos sepamos quién es realmente.

Algo del Evangelio de hoy nos ayuda a pensar creo en dos cosas fundamentales, muy lindas. Primero: necesitamos de alguien siempre para saber quién es Jesús realmente. Los de ese entonces tuvieron a Juan que señaló a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Es lindo pensar en ese momento, creo que nos ayuda a pensar que necesitamos siempre de otros o de otras para conocer a Jesús. Es lindo saber que necesitan de mí también otros para conocer a Jesús. Nadie puede conocer al Maestro si alguien de algún modo no lo señala, simbólicamente, si alguien no dice: «Ahí está, es ese, acá lo encontré. Vení, vení a estar conmigo también. Ese que se cruzó por mi vida es el que quiero que se cruce por la tuya. Es manso, es como un cordero, quita el pecado porque lo perdona, lo entiende, no reta, no grita, no juzga, no critica, no mira mal, no despotrica, no pontifica, solo ama, perdona, abraza, corrige, acaricia y nos da su misericordia». Ese es el Jesús que tenemos que señalar, ese es el Jesús que alguien alguna vez nos señaló y aprendimos a conocer. O podemos preguntarnos también hoy: ¿Es así el Jesús que señalo para que otros crean? ¿Es así el Jesús que me mostraron, es así de manso o me enseñaron un Dios distinto, un Jesús un poco más recio? Lindo para pensar, lindo para cuestionarse, porque, en definitiva, ahí se juega mucho de nuestra fe, ahí se juega mucho sobre cómo siento y vivo mi fe. ¿Señalo a Jesús o me señalo a mí mismo, o señalo a un Jesús caricaturesco, deformado por ideas que son bastante distintas a la realidad?

Lo segundo tiene que ver con lo primero, por supuesto: hoy la Iglesia, vos y yo tenemos que seguir de algún modo mostrando a Jesús, eso es en definitiva lo más importante, eso no es solo del pasado. Pero ¿cómo señala? ¿Cómo debe señalar la Iglesia? Con humildad al que es humilde. Juan Bautista señala a Jesús diciendo: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Podría ser pensado revés, dicho desde Juan: «No soy yo el Mesías, no soy yo el Profeta, es él. Es ese que camina manso y humilde, es ese, justamente el que no lo parece». Todos buscan algo deslumbrante, grande, que resalte. Pero no. Él viene manso y humilde. Así vino Jesús al mundo. Así comenzó su vida pública. Así sigue andando hoy por el mundo, manso y humilde. Por eso nos cuesta a veces reconocerlo, porque para verlo hay que ser mansos y humildes como él.

Eso que dijo Juan hace dos mil años, es lo que dice cada sacerdote en la Santa Misa cuando eleva la hostia y se la muestra al pueblo, diciendo: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, dichosos los invitados a la mesa del Señor». Ahora, eso hay que vivirlo también. La Eucaristía es hoy para nosotros esa muestra de que el Cordero está entre nosotros. Es Dios, manso y humilde, manso y callado, inocente y Salvador. Enamorado de nosotros y deseoso de que amemos su humildad, su hacerse «chiquito», su esconderse por amor. En cada Eucaristía se repite este mismo episodio del Evangelio. En cada Eucaristía Jesús se hace Cordero, Jesús vuelve a perdonarnos, vuelve a cargar sobre sí todos los pecados del mundo, los míos y los tuyos. Dichosos seremos nosotros si podemos recibirlo, si nos acercamos a él, si dejamos que él venga a nuestro encuentro.

Que tengamos un buen domingo y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

Feria de Navidad

Feria de Navidad

By administrador on 5 enero, 2023

Juan 1, 43-51

Jesús resolvió partir hacia Galilea. Encontró a Felipe y le dijo: «Sígueme». Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y de Pedro. Felipe encontró a Natanael y le dijo: «Hemos hallado a aquel de quien se habla en la Ley de Moisés y en los Profetas. Es Jesús, el hijo de José de Nazaret». Natanael le preguntó: « ¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret?» «Ven y verás», le dijo Felipe. Al ver llegar a Natanael, Jesús dijo: «Este es un verdadero israelita, un hombre sin doblez». « ¿De dónde me conoces?», le preguntó Natanael.

Jesús le respondió: «Yo te vi antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera». Natanael le respondió: «Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel».

Jesús continuó: «Porque te dije: “Te vi debajo de la higuera”, crees. Verás cosas más grandes todavía». Y agregó: «Les aseguro que verán el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».

Palabra del Señor

Comentario

Si nos preguntaran algún día, y de hecho a todos nos habrá pasado de un modo o de otro, qué es tener fe o por qué tenés fe, ¿qué le responderías? ¿Desde dónde le responderías? ¿Desde lo que te dijeron de niño? ¿Desde lo que aprendiste en tu catequesis hace no sé cuántos años? ¿O desde la certeza de algo vivido que ya nada ni nadie podrá quitártelo y hacerlo cambiar? ¿Desde dónde? Aunque no te lo hayan preguntado nunca, siempre hay que estar preparado para eso o por ahí te lo podés preguntar ahora. Es muy importante que nos planteemos esto con seriedad, porque tenemos que estar, como dice san Pedro, «siempre dispuestos a dar razones de nuestra fe a quienes nos pregunten».

Ser maduros en la fe, haber hecho un camino, entre tantas cosas, quiere decir esto: estar dispuestos y saber dar razones. Estar dispuesto no quiere decir únicamente tener una apertura para dialogar, no responder con frases hechas, escuchadas, sino poder hablar con inteligencia y desde el corazón, desde los dos lados. Saber dar razones no significa saber teología, hacer cursos, pero sí por lo menos dar respuestas que no sean infantiles o que sean insostenibles ante la primera dificultad. La cosa debería ser sencilla, simple, y por eso tan difícil de expresar o de explicar. Parece ser que lo más sencillo a veces es lo más difícil de explicar.

Algo del Evangelio de hoy creo que es una linda forma de reflexionar sobre esto que te estoy planteando. Nunca podemos responder o respondernos: creo porque creo. Eso no es de adultos. Creo porque creo, pero porque creo en Alguien y en algo que realmente pasó, o sea, creemos en que esto que acabamos de escuchar pasó realmente y eso se ha ido transmitiendo ininterrumpidamente a lo largo de los años hasta nosotros. Esto parece una obviedad, pero no siempre lo es. Hay que saberlo y pensarlo.

Ayer escuchábamos que Juan el Bautista señaló a Jesús y dos de sus discípulos lo siguieron y se quedaron todo el día con él. Empezaron a conocerlo de cerca, ya no por cuentos de otros, ya no por dichos, sino que estuvieron con él. Hoy ya es Jesús el que llama a Felipe, y Felipe se lo cuenta a Natanael. Natanael al principio pone sus «peros», no confía, pero, después que Jesús le dice lo que le dice, termina reconociéndolo como el Hijo de Dios, el Rey de Israel. ¿Te diste cuenta? O sea, finalmente, creer es creer en todo esto, en que todo es como una linda cadena de amor y de confianza, una cadena de fe y de reconocimiento de que ese Jesús, ese que camino por Galilea, ese mismo es realmente Dios con nosotros.

¿Te das cuenta de que no creemos por creer, que nuestra fe está sentada en datos ciertos y reales y concretos e históricos? No creemos porque, como se dice por ahí, en «algo hay que creer». No, no. Eso es una respuesta infantil, mundana. Esa respuesta es inmadura, no es la respuesta de un Hijo de Dios. Creemos porque creemos que Jesús es Dios hecho hombre y que llamó a personas concretas, reales, como vos y yo, de carne y hueso, que eran débiles también. Los invitó a que lo conozcan, para que conociéndolo a él conozcan al Padre, y para que, conociéndolo entre todos, nos ayudemos a que otros lo conozcan, como una gran e ininterrumpida cadena a lo largo del tiempo. ¿Creemos en esto? ¿Crees en esto? Si creemos en esto, todavía falta y veremos, como dice el evangelio, cosas más grandes todavía.

Qué lindo saber que el Señor nos tendrá preparado algo más grande y que la fe siempre es sorpresa. Es seguir creyendo, es seguir creciendo, es seguir madurando y es seguir sorprendiéndonos. Natanael fue elogiado por Jesús por su sinceridad, por no ser un hombre con «doblez», un hombre que escondía algo «bajo el poncho», como se dice. Dijo lo que pensaba, y pensaba que de Nazaret no podía salir nada bueno; y sin embargo desde ahí, desde esa sinceridad, es donde Jesús encuentra un lugar en su corazón. ¿De dónde me conoces? ¿Cómo sabés que soy un hombre sin doblez? La respuesta de Jesús tiene algo de misterio: «Yo te vi antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera».

¿Qué habrá significado para Natanael esa afirmación? ¿Qué habrá estado haciendo debajo de la higuera? ¿Qué habrá estado pensando? ¿Qué habrá estado sintiendo que solo Jesús podía saberlo? No lo sabemos claramente. Lo que sí podemos decir es que para Natanael significó el darse cuenta de que Jesús lo conocía realmente, que pudo ver algo de él que nadie podía saberlo.

Feria de Navidad

Feria de Navidad

By administrador on 4 enero, 2023

Juan 1, 35-42

Estaba Juan con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Este es el Cordero de Dios».

Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. El se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: « ¿Qué quieren?» Ellos le respondieron: «Rabbí -que traducido significa Maestro- ¿dónde vives?» «Vengan y lo verán», les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde.

Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías», que traducido significa Cristo. Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas», que traducido significa Pedro.

Palabra del Señor

Comentario

El sentido de la ubicación, el conocernos cómo somos, es algo que se aprende por supuesto a lo largo de la vida, a veces a los tumbos, otras veces gracias a personas que Dios permite que se crucen en nuestro camino. Cuando al lado nuestro tenemos a alguien bien ubicado y que nos ayuda a ubicarnos, ¡qué bien nos hace, qué necesario que es! Personas que no quieren ser el centro de nada; hombres y mujeres que no les interesa ser señalados, sino señalar a Jesús.

Imaginá si todos los cristianos fuéramos así de humildes y ubicados, ¡qué lindo y fácil sería! Muchos más conocerían a Jesús y se quedarían con él, y no tanto con nosotros. Esto es algo que en la Iglesia debemos aprenderlo cada día más, cada vez más en un mundo que le gusta mucho figurar y ser aplaudido, en un mundo que exacerba nuestras ansias de ser «alguien» para el mundo; las exacerba y las felicita, y por eso al mundo le encanta felicitar los logros obtenidos y dejar grabado su nombre en cuanto lugar se pueda. Esto es algo que los sacerdotes y cada cristiano debemos aprender siempre: saber señalar y alegrarnos que los que nos estaban «siguiendo» a nosotros se decidan seguir a Jesús con libertad y decisión.

Algo del Evangelio de hoy nos muestra un poco esto. «Juan señaló a Jesús, como el cordero de Dios, y sus dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús». Así de simple. ¿Podemos imaginar que Juan se entristeció porque «perdió a dos de los suyos»? Al contrario, se habrá llenado de gozo. La humildad que no busca verse así mismo, la humildad que no se busca así mismo, sino que se alegra de que los demás se encuentren con Jesús, es la meta a la que debemos aspirar. A veces cuando uno escucha o ve que dentro de la Iglesia andamos como «robándonos discípulos» entre nosotros o enojándonos porque nuestros «fieles» andan de acá por allá buscando a Jesús, muriéndonos de celos porque alguien decide estar con Jesús en otro lado, me pongo a pensar: ¿Habremos leído y meditado este evangelio? ¿Cómo es posible que sacerdotes, religiosos, movimientos, congregaciones, parroquias o lo que sea pensemos que los demás pueden conocer a Jesús solo por medio nuestro, como si fuéramos los nuevos Mesías?

Bueno, sí, todo puede ser. Pasa, no hay que escandalizarse. Pero nosotros podemos aspirar a algo distinto. Podemos aspirar a otra cosa, podemos desear que nuestra evangelización no sea un «satisfacer» nuestras ansias de ser queridos, de ser reconocidos, de que nos «palmeen» la espalda para sentir lo buenos que somos. Esa es la misión de la Iglesia: ser como la luna, que no tiene luz propia –solo refleja la luz del sol, que es nuestro buen Jesús–. Esa es la misión del que conoce y ama a Jesucristo, sea el lugar que le toque ocupar en el Cuerpo de la Iglesia, sea que seamos como una «uña» o un «brazo». No importa qué órgano, la tarea es la misma, el fin es el mismo, la alegría debería ser la misma. En definitiva, nuestra vida se podría sintetizar en este pasaje del evangelio, en ese momento en el que Jesús ante nuestras búsquedas nos pregunte: ¿Qué querés? ¿Qué quieren? Y nosotros podamos responder: «Queremos estar con vos, queremos saber dónde vivís, dónde podemos encontrarte». Y aceptar su invitación para ir y ver. ¡Qué buen momento, qué lindo momento!

Todo lo demás es adorno de la vida. Todo lo demás puede cambiar. Pero eso jamás, eso es irremplazable e intransferible. No importa en donde me encuentro con Jesús y quién me lo señale. Lo importante es que andemos con él, nos quedemos con él. Cuando comprendemos realmente esto, todo lo demás pasa a segundo plano. Me puede gustar más o menos un lugar o el otro. Me puedo sentir mejor en una comunidad cristiana o en la otra. Me puede gustar más escuchar a un sacerdote o el otro. Me puede gustar un grupo de oración, una forma de rezar distinta. Me puede gustar una congregación o la otra. Pero, en definitiva, lo que me tiene que gustar es estar con Jesús.

Esto sirve tanto para los que tenemos la tarea de ayudar a otros a que se encuentren con Jesús como para los que están en cierto lugar para encontrarse con él.

Cualquier clase de fanatismo o absolutización de personas o lugares, medios para llegar a él, no hace más que opacar su figura, al verdadero Jesús, al del evangelio, que siempre dio libertad y jamás presionó a nadie. Él no se ata a nadie ni a nada, «existía antes que nosotros». Juan el Bautista sigue siendo modelo para nosotros de verdadero evangelizador, humilde y no pendiente de lo que pensaban de él, ubicado y corrigiendo también a los desubicados. Que tengamos un buen día. Y pidamos la gracia, esta que necesitamos todos, de ser ubicados, de ser humildes, de tener las cosas bien claras y saber cuál es el centro y esencia de nuestra fe.

Feria de Navidad

Feria de Navidad

By administrador on 3 enero, 2023

Juan 1, 29-34

Juan Bautista vio acercarse a Jesús y dijo: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A él me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel». Y Juan dio este testimonio: «He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo”. Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios».

Palabra del Señor

Comentario

Continuamos en días de Navidad, sí, seguimos en el tiempo de Navidad, tiempo para crecer en esa actitud receptiva de la que hablamos tanto, ¿te acordás? Despertarse, convertirse, sorprenderse y recibir. Fu el camino del adviento, pero en realidad es un camino de vida, una propuesta para toda la vida. Solo que el adviento y el tiempo de navidad son una especie de sacudón, un zarandearnos un poco para que no lo olvidemos.

Muchos de nosotros, los que escuchamos los audios, la Palabra de cada día, seguramente estamos de vacaciones, disfrutando de unos días de descanso, otros andamos misionando, viviendo una experiencia distinta, siendo conscientes que no podemos que “no podemos callar lo que hemos visto y oído”, otros seguimos trabajando por ahí a otro ritmo. Sea lo que sea, tenemos que seguir, Dios nos descansa, ama siempre, Dios nos anda buscando en todo momento y nos quiere encontrar en cualquier momento, no hay que ponerle límites.

Algo del Evangelio de hoy, nos vuelve a mostrar un Juan Bautista, muy ubicado, y al mismo tiempo con capacidad de ubicar a los demás. Hoy damos un paso más. ¡Qué grande es Juan el Bautista, es el mayor hombre nacido de mujer, según el halago de Jesús! Realmente la tenía bien clara. Ubicado. No se desubica ante el desubique de los demás y además se dedica a ubicar a los desubicados. Un hombre de Dios como se dice. Un hombre con una profunda humildad, que ocupa el lugar que tiene que ocupar, es protagonista cuando debe serlo – sin perder la humildad – y por otro lado ayuda a la humildad de los desubicados, de los soberbios.

En definitiva, ser humilde es estar donde tenemos que estar. Ser lo que tenemos que ser. Reconocernos como lo que somos, ni de menos, ni de más. Decía Santa Teresa de Jesús que la “humildad es andar en la verdad”, que es muy distinto que “andar diciendo la verdad” como si fuera que el humilde tiene que andar continuamente diciendo quién es, y quienes son los otros. Eso es una mala interpretación. “Andar en la verdad” es andar como Juan el Bautista, estando ubicados en el lugar donde Dios nos ha propuesto y saber mostrar donde está Jesús, en qué lugar los otros lo pueden encontrar, sin que nos miren tanto a nosotros. «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».

Por eso cada persona, cada cristiano debe vivir la humildad según el lugar que Dios quiso que ocupe. Se puede ser humilde siendo Papa, presidente, o siendo barrendero, carpintero. No importa lo que hago, sino lo que soy. No hay “recetas únicas” para ser humildes, sino que la fórmula es descubrir nuestra propia verdad, eso es “andar en la verdad”, eso es tenerla clara sobre uno mismo y desde ahí, todo se acomoda. El que no es humilde en el fondo no sabe bien quién es y que hace en esta bendita creación. Como no sabe quién es, no hace lo que tiene que hacer, o lo hace mal, hace lo que no tiene que hacer o lo hace fuera de lugar, no en el momento correcto.

Lo más lindo del evangelio de hoy es lo que hace Juan y lo que dice: Señala a Jesús diciendo que lo “precede, que existía antes que yo”. Por las dudas si nos la creemos un poco, por las dudas si pensamos que los demás son buenos gracias a nosotros, por las dudas si creemos que desde que estamos nosotros en tal o cuál lugar todo es mejor, por las dudas si nos desubicamos, volvamos a escuchar esas palabras. “Existía antes que yo”. Jesús está antes que nosotros, siempre llega antes que nosotros, imperceptiblemente, y si alguien conoce a Jesús gracias a que nosotros se lo señalamos, no creamos que es pura y exclusivamente por nosotros, sino que es por su gracia y su Espíritu que siempre nos precede.

Dejemos que la humildad de Juan el Bautista nos acomode si andamos desacomodados. La humildad conduce naturalmente a la paz porque nos hace estar en donde tenemos que estar, nos hace andar al ritmo que Dios quiere que andemos. Cuando no hay paz en el corazón, es signo de que todavía nos queda mucho por recorrer en el camino de la humildad, nos queda mucho por conocer de nuestro corazón, nos queda mucho por reconocer sobre nuestra propia verdad. Dice un Salmo: “Busca la paz y corre tras ella”. Podemos decir nosotros, busca la humildad y corre tras ella porque la humildad te dará la paz.

Feria de Navidad

Feria de Navidad

By administrador on 2 enero, 2023

Juan 1, 19-28

Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle: «¿Quién eres tú?» El confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: «Yo no soy el Mesías». «¿Quién eres, entonces?», le preguntaron: «¿Eres Elías?»

Juan dijo: «No». «¿Eres el Profeta?» «Tampoco», respondió. Ellos insistieron: «¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?»

Y él les dijo: «Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías». Algunos de los enviados eran fariseos, y volvieron a preguntarle: «¿Por qué bautizas, entonces, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»

Juan respondió: «Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen: Él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia».

Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba.

Palabra del Señor

Comentario

Siempre es bueno volver a recordar QUIÉNES SOMOS. No tener claro lo que somos y para qué estamos, no sólo hace que nosotros perdamos el tiempo, sino que también de algún modo hacemos que los demás lo pierdan. Juan Bautista, como decimos por acá, «la tenía bien clara», sabía para qué estaba y cuál era su misión. No perdió el tiempo ni hizo perder el tiempo a los demás.

Algo del Evangelio de hoy es una gran ayuda para ver cómo Juan tenía bien claro quién era y además que ni siquiera se confundió cuando se confundieron sobre él. En estas dos cosas quería detenerme hoy especialmente a reflexionar: saber ubicarnos y no desubicarnos, aunque los otros se confundan sobre lo que somos. Vamos a profundizar esto.

Saber ubicarnos tiene que ver con saber quiénes somos y cuál es nuestra tarea como cristianos, nuestra misión, y esto obviamente nos sirve para cualquier aspecto de nuestra vida. ¡Qué importante es saber ubicarnos!, o sea, saber que no somos todo, sino una parte del todo; que no sabemos todo, sino algo del todo; saber que no somos la Palabra, sino la voz que la transmite; saber que no somos el que toca el instrumento, sino el instrumento; saber que somos el lápiz y no el que escribe, por utilizar algunas imágenes. El que no sabe bien quién es, vive desubicado en la vida. Juan Bautista, como dijimos, sabía que era la voz que anunciaba algo más grande y mejor, y por eso nunca quiso ser el centro ni dejó que lo hagan el centro los otros, porque esto también puede pasar. El cristiano que sin querer, y a veces queriendo, se hace el centro, la referencia de todo, también en el fondo está desubicado, aunque esté haciendo muy bien las cosas. ¡Es un desubicado!, decimos a veces. Qué insoportable es cuando hay personas que no saben ubicarse. Es muy molesto que las personas se crean más líderes que Jesús o impostan un liderazgo que lo único que hace es arrastrar personas hacia él y no al que viene detrás de él.

Un sacerdote desubicado en el fondo es un sacerdote que no entendió el mensaje ni su misión. Aunque haga mil cosas buenas, aunque salga en televisión, aunque sea aplaudido por todos y tenga millones de seguidores, y no está ubicado, en el fondo lo único que hará es arrastrar personas hacia él. Un consagrado que no sabe ubicarse y arrastra gente hacia él mismo y no a Jesús (aunque obviamente Jesús después se encargará de corregir las cosas), se desubica y se adjudica de algún modo el regalo que recibió. Un laico que no entiende su lugar dentro de la Iglesia y se cree digno para que los demás le desaten sus sandalias en vez de desatarlas él a los demás, no entendió lo lindo que es ser cristiano. Cuando alguien, sacerdote o quien sea, recolecta «demasiados fans» pero al estilo mundano, contándolos; cuando alguien parece tan bueno que hasta los errores se le alaban, es señal de que está un poco desubicado en la vida y se olvidó de mirarlo a Juan el Bautista y a Jesús.

Ahora… falta una segunda parte de la verdad, y parte de la verdad. A veces puede haber alguien que esté muy ubicado, muy en su lugar, muy como Juan Bautista, y sin embargo los que se desubican son los demás. Esto le pasó a Juan también. A pesar de que él sabía bien quién era, lo que tenía que hacer y lo que no, los que se desubican en este caso, los que no saben bien quién es realmente, son los demás que van a preguntarle si es el Mesías. Por eso, a veces, aunque sepamos bien quiénes somos, aunque estemos en donde tenemos que estar, los que nos ven se pueden confundir y esto es lo que nos puede hacer confundir también a nosotros.

La clave, el desafío, tengamos la tarea que tengamos, es que mirando a Jesús sepamos quiénes somos y para qué estamos, sea el lugar que nos toque estar, sea el lugar donde el Señor nos ha pedido trabajar.

Y finalmente, es bueno que no nos desubiquemos también con los demás.

No alabemos antes de tiempo, no veamos Mesías donde no los hay porque solo Jesús es nuestro Salvador; y todos los demás, desde el Papa hasta el más pequeño de los bautizados, solo somos simples servidores, ni siquiera dignos de desatarle la correa de las sandalias a nuestro buen Jesús.

Día VII de la octava de Navidad

Día VII de la octava de Navidad

By administrador on 31 diciembre, 2022

Juan 1, 1-18

Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.

Al principio estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron.

La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.

Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios.

Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.

Palabra del Señor

Comentario

Buen día… llegamos al fin de un año más, un año más de la mano del Señor. Y llegamos como llegamos, a veces muy cansados. Más de dos mil años desde que nació el Salvador del mundo, desde que nació ese niño que cambió la historia para siempre, la tuya y la mía. El niño que nació, no para pasar desapercibido, sino para santificar todo lo que tocó, todo lo que vivió, todo lo que amó.

Solo Dios puede cambiar la historia para siempre, hacer que todo tome un rumbo distinto. Para Él todo es posible. Nada fue igual desde ese día, nada es igual desde esa noche buena que celebramos en estos días, desde esa noche de paz. Nada es igual para los que creen en Él, para los que creen que ese pequeño niño era el Dios con nosotros. Nada es igual para los que ponen su esperanza en su corazón lleno de misericordia y de paciencia para con todos los hombres. Nada es igual para los que no creen, no importa, Él cambió la historia y la seguirá cambiando silenciosa y amorosamente.

La Palabra de Dios de hoy, justamente habla de la Palabra. Juan llama Palabra, a la segunda Persona de la Santísima Trinidad, al Hijo que no fue creado, al Hijo del Padre que existió desde siempre, que no tuvo ni tenía tiempo. Juan lo llama en realidad Logos, que puede ser traducido como Razón, Verbo o Palabra. Quiere decir que el Hijo, es la razón de ser de todas las cosas, es lo que le da sentido a todo lo que existe, así como las palabras hacen cobrar sentido a nuestros pensamientos y sentimientos que solo pueden ser totalmente comprendidos por los otros, si los expresamos. Las palabras que salen de nuestros labios se hacen carne, hacen material lo que nos pasa por el corazón y la cabeza. El Hijo es Palabra porque por medio de Él fueron creadas todas las cosas, lo invisible y lo visible. Dios crea cuando habla porque sus Palabras hacen lo que dicen, son efectivas, son creadoras, de la misma manera que fueron efectivas y creadoras en nuestros corazones durante este año que está terminando. A simple vista parece, Algo del Evangelio de hoy demasiado difícil, no “bajable a la tierra” es verdad, cuesta interpretarlo, pero se puede si hacemos el esfuerzo.

Siempre con la ayuda del Espíritu Santo y nuestra entrega podemos encontrar algo concreto para cada uno de nosotros. Podríamos decir, que justamente Juan está mostrándonos como Dios se hizo “accesible a nosotros”, nos quiere mostrar cómo siendo inaccesible y eterno, se hizo cercano metiéndose en el tiempo, para que lo recibiéramos, para estar con nosotros hasta el fin de los tiempos. Por eso termina diciendo: “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”. Así como las palabras iluminan las acciones, Dios al hacerse hombre entre nosotros, vino a iluminar la ceguera de este mundo, a dar sentido a las cosas, concretamente a dar sentido a tu vida y a la mía, por eso Jesús es Palabra, por eso escuchamos la Palabra cada día, porque la Palabra es guía, es luz, es camino, es fuerza para todo el que la escucha con amor. ¿Te pasó algo de esto este año?

Por eso para terminar el año, te propongo que veas como la Palabra, como Jesús estuvo presente en tu vida, todo el año. Haciendo como un paralelismo con la palabra de hoy, podemos decir que Jesús este año estuvo siempre, desde siempre, porque Él es Dios. Él estuvo, en los mejores momentos, pero fundamentalmente en los peores, sino no estaríamos escuchando su Palabra. Qué lindo mirar hoy para atrás y decirle con confianza y verdad: Gracias por ser Dios y estar siempre, gracias por permanecer, aunque todo cambie, gracias por darme la vida y sostenerme día a día, gracias por la vida de mis padres y de mis hijos, gracias por la vida de mis hermanos, de mi mujer y mi marido, gracias por la vida de los que no están en este fin de año.

Gracias por darle sentido a cada cosa que hago, gracias por darle sentido al comienzo de este día, gracias por ser la razón de ser de mi trabajo diario, de mi amor a los míos y a los más pobres, gracias por ayudarme a terminar el día en paz sin enojos ni rencores, gracia por ayudarme a perdonar, gracias por poner en mis labios la palabra gracias, palabra que dio sentido e iluminó todo este año. Por todo te damos gracias Señor. Te propongo que hagas tu acción de gracias. Podemos terminar el año dando gracias.

Aprovechemos hoy para dar un gran abrazo a los más cercanos y decirle gracias, gracias por todo. Que Dios te bendiga y buen fin de año, un año más en la compañía de Jesús, que es Palabra que ilumina y da vida. Gracias a todos los que ayudan a que la Palabra de Dios siga difundiéndose, gracias a todos los que escuchan y evangelizan intentando que otros escuchen la Palabra de cada día. Gracias.

Fiesta de San Juan Evangelista

Fiesta de San Juan Evangelista

By administrador on 27 diciembre, 2022

Juan 20, 2-8

El primer día de la semana, María Magdalena corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.»

Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte.

Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó.

Palabra del Señor

Comentario

En el marco de la octava de navidad, celebramos hoy la fiesta de San Juan, el evangelista. Aquel a quién se le atribuye el cuarto evangelio, tres cartas cortitas pero muy profundas y el apocalipsis. Sin embargo, los estudios más profundos de estos tiempos fueron reflejando que difícilmente es el discípulo que aparece en los evangelios, ni tampoco el discípulo amado que aparece tanto en su evangelio. Todos se inclinan a pensar que fue alguien de su comunidad, alguien que recibió esa tradición, pero no el mismo que estuvo con Jesús. No te asustes. No quiero confundirte, pero si enseñarte algo que por ahí no escuchaste y puede parecerte extraño. Para nuestra fe, para nuestra santidad, en definitiva, no importa tanto quien lo escribió, sino lo que escribió. Cuando algo es verdad no importa tanto quien lo dice, sino lo que dice. Lo importante es que a lo largo de los siglos la Iglesia, la comunidad de creyentes reconoció estos escritos como palabra de Dios, como revelación de Dios, y eso es lo que importa, eso es lo que nos hace bien, más allá de los datos históricos concretos. Importa que celebramos la obra de Dios en este hombre que hoy nos facilita conocer cada día más lo que Dios es y quiere de nosotros, eso es lo esencial.

Las alegrías en la vida no son completas hasta que se las comparten. No hay verdadera alegría si no es alegría compartida, cuando otros no la conocen junto a nosotros. Recuerdo que cuando me anunciaron que me ordenarían sacerdote, me pidieron que no lo diga hasta una cierta fecha, porque había que cumplir algunos pasos necesarios hasta poder decirlo, fue durísimo para mí. Había recibido la mayor alegría de mi vida y no podía contársela a mis más queridos, a mi familia, a los que me interesaba que compartan mi alegría. Esa vez experimenté en carne propia, que una alegría no es completa hasta que se comparte. Me imagino que te debe haber pasado alguna vez, por ahí no porque te lo prohibieron, sino porque no siempre se puede contar una buena noticia cuando se la recibe, sin embargo, lo normal, lo lógico, lo lindo es correr a contársela a quién amamos, o a quién queremos que comparta nuestra felicidad.

Así es la alegría del evangelio, algo así nos enseña la palabra de Dios, especialmente los relatos de las apariciones de Jesús resucitado, aunque al principio hubo dudas, como muestra Algo del Evangelio de hoy. Algo de esto quiere expresar también la primera carta de Juan que se lee hoy como primera lectura: “Les escribimos esto para que nuestra alegría sea completa” Algo así decía el Papa Francisco en una de sus cartas: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús” (EG 1) ¿Para qué anunciamos el evangelio? ¿Para qué anunciamos que conocemos a Jesús? ¿Para qué anunciamos que de alguna manera lo hemos visto, lo hemos oído, lo hemos tocado con nuestras manos? No solo para dar alegría a otros, sino porque si la alegría no llega a todos los cercanos, no es completa, nos falta algo a nosotros mismos.

Por ahí te pasó en esta navidad, vos la quisiste vivir de otra manera, vos intentaste bajar un cambio, vos intentaste no caer en la frivolidad, vos intentaste hablar de Jesús, vos intentaste darle otro sentido y tu familia estaba en otra, y los otros no se daban cuenta. Tu alegría era alegría, pero no era completa. Le faltaba algo, le faltaba que los otros te acompañen, le faltaba que los otros la descubran. A los primeros cristianos les pasaba lo mismo, a todos nos pasa lo mismo. A todos los que descubren a Jesús les pasa esto. A los que nos vamos enamorando lentamente y día a día de Jesús, pero en serio, como una persona, a quien contemplamos, como alguien a quien “vemos”, “oímos” y “tocamos” con nuestros propios sentidos. Si nos pasa es un buen signo, no es para amargarse, es para darnos cuenta que estamos enamorados y queremos que otros se enamoren, queremos que otros vivan lo que nosotros vivimos, queremos compartir esa alegría y vivir en comunión con los otros. Es un gran misterio, es un misterio lindo que solo puede “tocar” un poco, aquel que recibió esa gracia y esa alegría.

Este es el motor interior del que predica el evangelio, de la Iglesia, del que anuncia que Jesús nació y murió por nosotros. Ese es el misterio de la gran familia de la Iglesia fundada por y, en Jesús, ese es el misterio de algo que vivimos ininterrumpidamente hace más de dos mil años miles y miles de corazones que recibieron esta alegría.

¿Cómo puede ser mentira todo esto como algunos les gusta decir? ¿Cómo es posible que nos hayan engañado a todos? ¿Cómo puede una mentira durar tanto tiempo y engañar a tantos? ¿Cómo es posible que como se decía por ahí la “religión es el opio de los pueblos”? ¿Cómo es posible que la Iglesia sea un invento para dominarnos, tan malvados fueron los primeros cristianos y tan tontos somos nosotros? ¿Cómo es posible que la alegría de saber que ese niño que nació para cada uno de nosotros, sea una alegría mundana y pasajera?

¿Vivís esta alegría y sabés compartirla? ¿Cómo la vivís? Es normal sufrir interiormente cuando ves que los demás no la entienden. No te angusties, es parte del anuncio. Creer es una gracia que se recibe y un don que se acepta. Pero no se fuerza, es por alegre atracción. Solo podrá creer aquel que ve a alguien que cree y vive feliz por creer, sin presionar, sin juzgar, sin molestar. Nunca te olvides de esto. Mientras tanto anunciá, pero a un Jesús real, no virtual, a un Jesús que pudiste contemplar, ver, oír y tocar con tus propias manos, gracias a que alguien también te lo anunció, porque así es nuestra fe.

Solemnidad de Navidad

Solemnidad de Navidad

By administrador on 25 diciembre, 2022

Juan 1, 1-5. 9-14

Al principio existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
Al principio estaba junto a Dios.
Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.
En ella estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas,
y las tinieblas no la percibieron.

La Palabra era la luz verdadera
que, al venir a este mundo,
ilumina a todo hombre.
Ella estaba en el mundo,
y el mundo fue hecho por medio de ella,
y el mundo no la conoció.
Vino a los suyos,
y los suyos no la recibieron.
Pero a todos los que la recibieron,
a los que creen en su Nombre,
les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
Ellos no nacieron de la sangre,
ni por obra de la carne,
ni de la voluntad del hombre,
sino que fueron engendrados por Dios.

Y la Palabra se hizo carne
y habitó entre nosotros.
Y nosotros hemos visto su gloria,
la gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad.

Palabra del Señor

Comentario

Estamos en Navidad y estaremos en Navidad por unos cuantos días. Las cosas lindas hay que festejarlas mucho tiempo y lo lindo de la vida necesita tiempo para que decante, para poder llegar a lo profundo del corazón del que cree, del que cree en Jesús, en el Dios hecho hombre, en el «Dios con nosotros». Algo tan increíble y maravilloso como la Navidad necesita ocho días de contemplación. Por eso, hoy empezamos el tiempo de Navidad y este gran día durará ocho días, y se llama Octava de Navidad. Así que empezamos a transitar estos días tan lindos de la mano de la Iglesia, que nos enseña siempre.

Vuelvo a decir: estamos en la Navidad y llegamos, como decíamos ayer, como llegamos. No sé cómo habrás vivido la Nochebuena, la Noche santa, pero si tuviste ojos de fe, si te pusiste los anteojos de Jesús, seguramente te diste cuenta de muchas cosas que no parecen tener mucho que ver con lo que en realidad celebramos los cristianos, pero no importa. No es para enojarse ni para ver lo negativo, sino que es para aprender y seguir creciendo. El mundo sigue su curso y nosotros estamos en este mundo. Como dice Jesús: «Estamos en el mundo, pero no somos de este mundo». «Él vino al mundo y el mundo no lo conoció –dice la Palabra de hoy–. Vino a los suyos y los suyos no la recibieron».

Nuestra lógica, la lógica humana, espera otra cosa cuando se le habla de Dios. Nuestro corazón espera cosas grandes cuando escucha la palabra todopoderoso, omnipotente, Mesías, por ejemplo. Nuestro corazón a veces se resiste a pensar que lo grande puede estar todo metido en lo pequeño, lo divino puede estar en lo humano. Sin embargo, si queremos empezar a entender que es la Navidad, la natividad del Señor, y que es el misterio de la Encarnación, es bueno que nos vayamos acostumbrando a eso, a las locuras de Dios. Creemos en un Dios que va bastante a contramano de este mundo. Por eso el mundo no lo recibió –como dice la Palabra de Algo del Evangelio de hoy–, por eso el mundo hoy no lo recibe mucho a Jesús, por eso vos y yo a veces nos cuesta tanto recibirlo verdaderamente en el corazón.

Lo lindo de estos días es aprender a recibir a nuestro Salvador. Hay que entrenarse para recibirlo, en saber abrirle las puertas, para no ser como los del mundo que no lo recibieron, para no ser como la mayoría del mundo que no lo recibe, que lo deja pasar. Jesús hoy también sigue naciendo en pesebres escondidos, pobres y silenciosos de tantos altares y corazones en el mundo; sigue naciendo mientras el mundo sigue en la suya; sigue muriendo buscándose solo así mismo y no encontrando más que vacío. «La Palabra se hizo carne», dice Algo del Evangelio de hoy. La Palabra se hizo hombre y nació entre nosotros, vivió entre nosotros, murió entre nosotros y ahora está entre nosotros. Que la Palabra se haya hecho carne, se haya hecho hombre, quiere decir que todo lo que Dios quería decirnos nos lo quiso decir de una vez para siempre, y no por medio de sonidos de palabras que van por el aire –como son las que usamos nosotros–, sino por medio de una Persona, del Hijo, de Jesús. Que habló también con palabras, pero que habló mucho más con su presencia, con sus gestos, con sus silencios, con sus acciones y también, por supuesto, con sus palabras.

No pienses hoy en todo lo que hizo y habló Jesús, sino en todo lo que no hizo y calló desde que estuvo en un pesebre. No pienses tanto en todo lo que tenés que hacer por él, sino tratemos mejor de imaginarnos estando en el pesebre y teniendo a un niño en nuestros brazos, recibiendo a Jesús. Jesús, Dios y hombre en los brazos de cada hombre, dejándose abrazar y cuidar. Ese niño que te estás imaginando, el que nació en los brazos de María y fue cuidado por ella y José, es luz y vida. Es amor que ilumina y da vida. Es vida que ilumina para amar. Es luz que da vida y amor.

Un niño que es Dios, un Dios que se hace niño para que dejemos de tenerle miedo a nuestro buen Dios, como si él fuera algo raro y molesto en nuestras vidas. Tenemos a Dios en las manos, se nos vino a entregar.

Lo tenemos en el corazón para que lo abracemos, para recibirlo de la mejor manera posible. Todavía estamos a tiempo de vivir bien esta Navidad, de recibir a nuestro Salvador y no dejarlo solo como lo dejaron los de su tiempo. No dejemos solo hoy a nadie, a nadie que se nos cruce por el camino y tengamos la oportunidad de recibir. A Jesús lo recibimos en la Eucaristía, pero también en los otros. Pensemos hoy de qué manera podemos recibir esa palabra que contiene todo lo que Dios nos quiso decir de una vez para siempre.

III Viernes de Adviento

III Viernes de Adviento

By administrador on 16 diciembre, 2022

Juan 5, 33-36

Jesús dijo a los judíos:

«Ustedes mismos mandaron preguntar a Juan, y él ha dado testimonio de la verdad.

No es que yo dependa del testimonio de un hombre; si digo esto es para la salvación de ustedes.

Juan era la lámpara que arde y resplandece, y ustedes han querido gozar un instante de su luz. Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: son las obras que el Padre me encargó llevar a cabo. Estas obras que yo realizo atestiguan que mi Padre me ha enviado.»

Palabra del Señor

Comentario

Algo del Evangelio de hoy nos orienta, nos da una pista de cómo actúa Dios, como va encadenando sus sorpresas para que nosotros demos un paso. Juan el Bautista fue una linda sorpresa, nadie lo esperaba, pero no se terminó ahí, después vino Jesús, la gran sorpresa y como dijo Él mismo: “El testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan” Juan no vino para sí mismo, Jesús tampoco, aunque te sorprenda escucharlo.

Ni siquiera Jesús quiso que nos quedemos en Él, sino que vino para mostrarnos el verdadero corazón del Padre: “son las obras que el Padre” Él nos enseña que la vida de fe “es una cadena de sorpresas” que hay que aprender a ir uniendo, para terminar, llegando al Padre, a encontrarnos con un Dios que nos va a sorprender por su bondad, por su amor, por su misericordia, más allá de lo que pensemos, o los demás critiquen, Dios es amor.

Todos nosotros nos comportarnos como eslabones de esta gran cadena, como lo hizo Juan y Jesús para llegar al Padre, o podemos comportarnos como “señaladores” de nosotros mismos. Juan señaló Jesús, al que venía quitar y salvarnos del pecado de este mundo. Jesús señaló a su Padre, como Aquel a quien debemos hablarle, conocerlo y amarlo. Algunos se quedaron mirando “el dedo” y se olvidaron de mirar al cielo, otros miraron al cielo para encontrar lo que todos deseamos. Diríamos que algunos se dejaron sorprender y creyeron, otros todavía siguen buscando respuestas porque no confían en el que nos señaló el cielo.

Lo mismo nos pasa a nosotros. Alguien nos señaló alguna vez a Jesús, o a María. Alguien nos llevó a la Iglesia para que conozcamos a Jesús. ¿Dónde quedó nuestra mirada? ¿En el dedo o en el Padre? ¿Qué andamos buscando o a quién? ¿Al señalador o a lo señalado? Cuidado con nosotros, los que señalamos, los que intentamos día a día buscar que otros se enamoren de Jesús. ¿Buscamos eso? Cuidado con que nos guste demasiado que nos señalen a nosotros y no tanto al cielo. La vanidad es yuyo malo que envenena toda huerta, decía un poeta. La vanidad puede opacar hasta la mejor obra de evangelización. Juan desapareció para que aparezca Jesús… María desapareció para que aparezca Jesús… Jesús desapareció para que nos sorprenda el amor del Padre… Nosotros ¿sabemos desaparecer para que los demás se encuentren con lo que vale la pena?

Fiesta dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán

Fiesta dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán

By administrador on 9 noviembre, 2022

Juan 2, 13-22

Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: «Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio».

Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura:

“El celo por tu Casa me consumirá”.

Entonces los judíos le preguntaron: «¿Qué signo nos das para obrar así?»

Jesús les respondió: «Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar».

Los judíos le dijeron: «Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»

Pero Él se refería al templo de su cuerpo.

Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.

Palabra del Señor

Comentario

Puede parecer que esta fiesta de hoy no nos dice nada… ¿Qué tiene que ver para nosotros esto de la «dedicación de la basílica San Juan de Letrán»?.  Antes que nada, para que sepas, esta basílica es la Catedral de Roma y por eso es la sede del Obispo de Roma, del Papa. Surgió en el siglo III, y cuando se dice «dedicación» lo que se celebra, es el día en el que un templo se consagra al culto, se dedica para Dios por medio de un rito muy especial. Esta fiesta de hoy quiere llevarnos a que meditemos la realidad compleja y profunda de la Iglesia, de nuestra Madre Iglesia. La dedicación del primer gran templo para el culto cristiano, la Basílica de San Juan de Letrán en el año 324, es oportunidad para que contemplemos a la Iglesia como Misterio, divino y humano.

Pero primero miremos y escuchemos a Jesús. «Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio». Saquen todo lo que impide que el templo sirva para lo que es, para dar culto al Padre. Darle a Dios lo que le corresponde, no lo que nosotros pensamos que hay que darle. En realidad, si nos pusiéramos a pensar unos segundos en lo que debemos darle a Dios, no hay otra respuesta que TODO. La vida. Los judíos ofrecían animales, algo que no podía jamás satisfacer a Dios, por eso Jesús se enoja. Pero cuidado, nosotros también podemos ofrecer un culto vacío, vacío desde el corazón, desde su raíz, aun cuando tengamos los templos más lindos del mundo.

Jesús en realidad al expulsar a los vendedores y cambistas del templo está realizando un acto profético, o sea está anticipando algo que pasará. Está diciendo que Él es el Hijo de Dios y está anunciando su Muerte y Resurrección: «Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar» y así comienza una etapa nueva de la historia… «cesa el viejo rito, se establece el nuevo». Ya no hace falta ofrecer animales a Dios Padre, es el Hijo el que se ofrece como Cordero de una vez y para siempre y dándose Él, nos incorpora a su Cuerpo Místico que es la Iglesia, como dice algo del evangelio de hoy… «Él se refería al templo de su cuerpo».

La Iglesia es el nuevo templo de Dios. Dios ya no vive únicamente en edificios construidos por el hombre… «¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?  dice San Pablo. Vos y yo somos la Iglesia. En nosotros habita el Espíritu Santo y por eso la Iglesia es Santa, por eso vos y yo tenemos algo de santos, en lo profundo somos santos, santificados por su amor. La Iglesia es Cuerpo de Jesús. Jesús tiene un solo cuerpo y por eso es una. La Iglesia es para todos y por eso es católica. La Iglesia fue cimentada en los apóstoles y está destinada a ser enviada por el mundo, por eso apostólica.

No solo la formamos vos y yo, sino miles y miles, una «nube de testigos» a lo largo de toda la historia. La Iglesia es nuestra familia y así debemos amarla, hacerla crecer, enriquecerla con nuestro amor, defenderla si es necesario con nuestra vida. El mundo no nos entiende, como los judíos no entendieron a Jesús, por eso no pretendas que nos entiendan.

San Pablo también dice: «Que cada cual se fije bien de qué manera construye» ¿Construís la Iglesia con tu caridad, dándole al Padre lo que le corresponde? ¿Hablás de la Iglesia como si fueras parte de ella? ¿La amás como si fuera tu familia?

Esta fiesta también nos puede ayudar a comprender y vivir mejor esto que acabamos de decir y tomar conciencia de que somos cristianos en todos lados, porque nosotros somos templos de Dios y llevamos a Dios en nosotros.

Cuántas veces olvidamos esto y vivimos una especie de doble vida ¿no?; una especie de «esquizofrenia» cristiana: cristianos «part-time», cristianos «medio pelo», cristianos sólo en algunos lados y situaciones.

También no podemos olvidar que los templos materiales son nuestros lugares sagrados, dedicados para eso. No son un lugar cualquiera, no da lo mismo. Tomemos conciencia de esto: nuestros templos son lugares sagrados donde Jesús habita especialmente en la Eucaristía y en donde rendimos culto a Dios; donde hacemos silencio y nos alimentamos para tener fuerzas para que, a cada instante y en cada obra, por más insignificante que sea, demos culto a Dios en espíritu y en verdad, estemos donde estemos… estemos como estemos; enfermos, caminando o trabajando. Si vivimos así estaremos dándole culto a Dios, dándole a Dios lo que le corresponde; o sea, nuestra propia vida, o sea TODO.

Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.