Topic: Juan

VI Domingo de Pascua

By administrador on 9 mayo, 2021

Juan 15, 9-17

Jesús dijo a sus discípulos:

«Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto.

Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.

No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá.

Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros».

Palabra del Señor

Comentario

¿Es posible amar como Dios ama?, nos podríamos preguntar: «¿Es posible amar como nos ama Jesús? ¿Es posible amar así?». Estas fueron algunas de las preguntas que me animé a hacer una vez en un sermón. Era poca la gente que había, me acuerdo. Era un día lluvioso, y además habíamos peregrinado, me acuerdo, a la Basílica de Luján, Patrona de la Argentina, por lo cual muchos no habían podido ir. Sin embargo, estaba mi amigo Johnny, ¿te acordas?, él estaba atento, como siempre. Nadie respondía, todos me miraban y nadie se animaba a hablar, no sé bien por qué, puede ser que todos esperaban la respuesta de Johnny, no lo sé; pero se hizo un silencio y nuestro amigo levantó la cabeza y dijo: «¡Sí!», lo dijo con mucha convicción, sin gritar, pero firme; y siguió diciendo algo así: «Claro que se puede, si yo a mi vecino –que no lo conozco– lo saludo diciéndole “papu”, como le digo a ellos», y mientras hablaba, hizo un gesto con su cabeza señalando a sus compañeros de catequesis. Con este gesto, Johnny estaba queriendo decir que a su vecino lo trataba igual que a sus amigos. ¿Hace falta explicar algo más?

Un niño puede amar como Jesús ama, un niño que no tiene maldad en su corazón, que está lleno de inocencia, puede tratar a los demás como los trataría Jesús. ¿Pero nosotros, los más grandes, los adultos, qué nos pasa? ¿Nosotros podemos? Vos y yo, que ya no somos tan inocentes, que ya vivimos tantas cosas, que ya cometimos tantos errores, que a nuestro corazón le gusta a veces endurecerse, poner barreras, que a veces nos embroncamos, porque nos hicieron tanto mal gratuitamente; ¿nosotros podemos amar así?

Una primera respuesta superficial puede llevarnos a responder que no, que nos costaría muchísimo, que nosotros ya no podemos porque alguna vez lo hicimos y nos traicionaron, por lo que somos, por nuestras debilidades, porque ya arruinamos todo, que Jesús pide imposibles o que eso es para algunos santos por ahí muy heroicos, que nosotros, vos y yo, ya no podemos ser santos. Pero te invito a pensar todo esto desde otro lado, con una anécdota de la vida de santa Teresa de Calcuta. Cuentan que una vez un periodista norteamericano, maravillado al contemplar como la Madre Teresa abrazaba y besaba cuerpos llagados y labios putrefactos, le dijo a la pequeña monja: «¡Yo no haría esto ni por un millón de dólares!». La Madre Teresa musitó en vos baja, humilde pero audible: «Yo tampoco, yo tampoco». Es entendible, la Madre Teresa lo hacía por caridad. Es entendible lo del periodista, nadie puede hacer eso por iniciativa personal, nadie ama por dinero, y si lo hiciera, en realidad, no sería amor, sería un negocio. El amor no se compra ni se vende, se da y se recibe como regalo. Se recibe de lo alto, viene de Dios Padre, porque «Dios es amor». Eso es caridad.

Esta es la mejor noticia de Algo del Evangelio de hoy y de las lecturas de este domingo. ¿Cuál? Que Dios no hace acepción de personas, que este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios primero, sino que él nos amó primero, que «no son ustedes los que me eligieron a mí –como dice Jesús–, sino yo el que los elegí a ustedes». Dios nos manifestó su amor, su caridad en Jesús, y Jesús nos amó de la misma manera que el Padre lo ama a él. «Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes», dice la Palabra.

Te propongo imaginar las palabras que siguen como un diálogo entre Jesús y nosotros, entre Jesús y vos. Empecemos nosotros: «No puedo, Jesús, en serio que no puedo amar así. Siento que pedís demasiado, parece como que no te das cuenta de que soy de carne y hueso, que soy débil, frágil, pecador. ¿Cómo es posible que pueda amar como vos? ¿Cómo es posible amar al modo de Dios?». Y Jesús nos podría responder algo así: «No podés amar así porque seguís sin entender; no podés amar así porque pensás que vas a poder hacerlo por tus propias fuerzas, seguís pensando que esto es cosa tuya». ¿Y si te lo digo de otra manera? «Amá porque yo te amo, no porque te lo pido solamente.

Si querés amar sólo porque te lo pido, seguirás intentando amar como cosa tuya, y esto no es cosa tuya, es mía; es caridad, es amor que procede del Padre, que llega a mi corazón y llega al tuyo».

El amor de Jesús no es cosa nuestra, es cosa de él; en realidad, no es otra cosa que él mismo que se nos da. «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado». En cada sacramento, especialmente en cada Eucaristía, Jesús se nos da por amor y para que podamos amar. Nos da el amor que después nos pide que demos, para que los demás vean que es posible amar de una manera distinta, y en ese amor ver a Dios. ¿No es distinto pensarlo así? Esto quiere decir que en verdad Jesús nos pide algo que, en realidad, nos lo está dando antes. Él pide que amemos porque su amor está en nosotros. Solo podemos amar como él, porque él nos amó, nos ama y nos amará siempre. «Señor, dame lo que me pides y pídeme lo que quieras», decía San Agustín. Los santos pudieron, eran de carne y hueso, ¿por qué vos y yo no?

 

Solemnidad de Ntra. Sra. de Luján

Solemnidad de Ntra. Sra. de Luján

By administrador on 8 mayo, 2021

Juan 19, 25-27

Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo.» Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre.»

Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.

Palabra del Señor

Comentario

Hay algo que creo que todos experimentamos en la vida, y cada vez lo compruebo más, y es que… las grandes novedades, las grandes alegrías, los grandes regalos, consuelos de Dios y de los demás, los percibimos muchas veces “caminando”. Quiero decir avanzando, moviéndonos, no estando quietos, sino buscando, sabiendo que en la medida que salimos de nosotros mismos, todo se pone más lindo. Caminar como imagen de la vida, salir de nuestros lugares de tranquilidad y encierro, para encontrarnos con otros, para “meternos” en el corazón otros, que nuestro amor se meta en el corazón de otros, y el de ellos en nosotros, para dejarnos encontrar por otros, es lo que finalmente nos hace vivir mejor. Si alguna vez hiciste una peregrinación, especialmente a pie, te darás cuenta de lo que te digo. Por eso te propongo llevar esta imagen de la peregrinación levarla al corazón.

Hoy es la fiesta de la patrona de la Argentina, de la virgencita de Luján, la fiesta de esa virgencita que estaba “peregrinando” hacia el norte, pero quiso quedarse en Luján, a unos 70 km. de la capital de nuestro país, para que hacia allí vayan miles y miles de corazones saliendo de sí mismos y se encuentren con María, Jesús y los demás. Esa es la dinámica del ser cristiano, el encontrarse con Dios para encontrase con los demás. Para eso se quedó la Virgen, para eso fue caminando hasta la Cruz, hasta el final, para encontrarse con su Hijo y nosotros nos encontremos con Él. Para enseñarnos a salir, a caminar, a caminar con el corazón, aunque a veces no podamos caminar con nuestras piernas.

Porque solo caminando encontramos la Vida en abundancia de la que hablaba el e ayer… ¿Te acordás? Nos decía Jesús: “Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento (…) Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia.» El es puerta y el Pastor. Entramos al corral para estar con Él y con otros, pero podemos y tenemos que entrar y salir, para encontrar los buenos alimentos de la vida tanto adentro como afuera, que son: nuestros afectos, los más olvidados, tu comunidad, los abandonados, los despreciados, los abuelitos, los enfermos.

Nuestra Madre, la virgencita, es maestra en esto, es modelo, nos enseña que ese es el camino, caminar. Desde que le anunciaron que sería la mamá de Jesús salió a caminar, salió de sí misma para encontrarse con su prima. Caminó hasta que pudo, hasta el final. Lo acompañó a Jesús hasta el final, y aunque al pie de la cruz estaba quieta, su corazón estaba en movimiento, roto de dolor, pero en movimiento junto al de Jesús.

Ayer pude experimentar una vez más eso de que “caminando” es cuando recibimos las mejores alegrías. Durante la procesión por las calles del barrio, mientras todos caminábamos rezando, o rezábamos caminando, pasaron muchas cosas lindas que serían imposibles de contar, pero me quedo con una, porque fue la mejor descripción, en versión criolla, de lo que creo que significa unos de nuestros mandamientos más lindos: “Santificar las fiestas” En realidad, fue así. Alguien me estaba contando lo bien que le estaba haciendo ser fiel a la voz de Jesús en su corazón, desde que se había convertido, o había vuelto a la Iglesia, ser fiel a esto de no quedarse, sino de pensar más en los demás. Me contó algo familiar muy lindo.

Algo así: “Me levanté un domingo a la mañana, temprano, y puse música para arrancar, puse unos lindos chamamés. Cuando mi hija se levantó, la más grande, la agarré y nos pusimos a bailar, aunque ella al principio un poco dormida no quería. A partir de ahí todo cambió, me cambió el día. La familia entera se puso a picar verdura, de todo un poco, y nos preparamos dos ollas de locro, empezamos a mandar mensajes a todo el mundo para que vengan a comer, y sin tomar bebidas de más, pasamos un día espectacular. Al otro día a pesar del cansancio me levanté a trabajar lleno de fuerzas.” Un poco resumido, pero algo así. Después de esto, sin necesidad de relacionarlo, la misma persona me preguntó qué significaba nuestro tercer mandamiento: “Santificar las fiestas” Me pareció tan gráfico y lindo el relato, que no me quedó otra que decirle: “Lo que me acabás de contar, junto con la Misa, es santificar las fiestas”. Santificar las fiestas no es solo ir a misa el domingo, sino hacer del domingo una fiesta, hacer sagrado lo que parece cotidiano y sin valor. De nada sirve celebrar hoy por ejemplo el día de la Virgen, si después no hacemos sagradas nuestras relaciones.

Este hombre, sin darse cuenta, me describió una misa sin sacerdote, una misa familiar. Escuchó… escuchó música. Se encontró con sus afectos, prepararon la comida juntos, abrieron las puertas a los demás para hacer más hermanos y comieron juntos. ¿Te das cuenta de que eso es la Misa? ¿Te das cuenta de que Jesús quiso quedarse por medio de una comida para que también aprendamos hacer sagrado lo cotidiano? ¿Te das cuenta de que santificar las fiestas no es eso de “cumplir” con un rito o con un precepto?

¿Qué papel juega María en todo esto? Y bueno, muy difícil no es, ¿no? Imaginá una comida familiar sin mamá. Imaginemos una vida sin madres, sin su presencia. No es posible imaginar una Iglesia sin María. No es posible imaginar una fe sin la mamá. Es imposible que María no haya estado con Jesús hasta el final. No es posible un país sin María. No es posible tu vida sin María. Aprendamos de ella y encontremos lindas sorpresas de Jesús, mientras caminamos, pero hagamos como el discípulo amado, recibámosla en nuestro corazón y en nuestra casa.

V Viernes de Pascua

V Viernes de Pascua

By administrador on 7 mayo, 2021

Juan 15, 12-17

Jesús dijo a sus discípulos:

«Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.

No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá.

Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros».

Palabra del Señor

Comentario

Atormentados a veces por una cultura de la rapidez, de la inmediatez, que pretende todo en el momento, el permanecer puede resultarnos un poco difícil. Todo en este tiempo parece que no permanece, todo parece pasajero, descartable: los matrimonios, las vocaciones consagradas. Ya no nos sorprende nada, no nos sorprende cuando algo deja de permanecer, si finalmente parece que todo es intercambiable. Sin embargo, la Palabra de Dios y tu corazón y el mío necesitan la permanencia. Ninguno de nosotros desea ser amado por un tiempo. A nadie le gustaría que le digan: «Mira, te voy a amar por un año, por dos, por tres, o te voy a dejar de amar cuando ya no lo sienta». Una afirmación así lo único que generaría en nuestro corazón es angustia. Imaginémonos si Dios nos dijera eso, si nos hubiese dicho: «Bueno, yo voy a estar con ustedes por un tiempo, pero después háganse cargo ustedes, no los voy a amar más». Imagínate que un padre, una madre le diga a su hijo: «Bueno, hasta los dieciocho te voy a amar, después fíjate que podés hacer vos con tu vida», o que un matrimonio se comprometa a amarse por diez años. Sé que lo que estoy diciendo es una ridiculez, pero, en el fondo, es lo que estamos viviendo. Sin embargo, el amor necesita eternidad, el amor necesita permanencia, sino caemos en una angustia constante, en un sin sentido. Por eso tenemos que permanecer en el amor. Por eso tenemos que darnos cuenta que el amor no es simplemente un sentimiento pasajero, sino que el amor es una decisión que tenemos que volver a abrazar cada día.

Jesús permanece en nosotros, él es la «vid verdadera», la que fue fiel a la alianza del Padre y la que nos invita con su gracia a ser fieles, nosotros, a ser sarmientos que den frutos. No podemos dar frutos si no permanecemos. Permanece en tu matrimonio, permanece en tu consagración, permanece en la Iglesia, permanece en la fe. Permanece escuchando la Palabra, permanece distribuyéndola, permanece siendo apóstol.

Bueno, hoy podríamos decir desde Algo del Evangelio: «Otra vez el mandamiento del amor, otra vez la palabra amor, otra vez en la que Jesús nos pide y nos manda amar como él ama». Parece mucho, parece imposible, parece –como se dice– una utopía.

Siempre recuerdo que hace muchos años, cuando recién se despertó en mí el llamado a ser sacerdote, cuando todavía me escapaba un poco de este llamado a permanecer, un día en la semana fui a misa y escuché este texto. Como nos pasa muchas veces al ir a misa después de escuchar el Evangelio, o por lo menos me pasaba a mí, me acuerdo que me preparé entusiasmado a esperar con ansias lo que iba a decir el sacerdote en el sermón. Eso me pasaba en esa época, hoy estoy del otro lado y ya no me pasa tanto; al contrario, pienso que muchos esperan algo grande de nosotros y justamente uno no llega siempre a colmar las expectativas de los que escuchan. Pero bueno, ese es otro tema. Uno prepara, uno reza, uno siembra y dice lo que puede y lo que sale, después Dios hace su obra. En realidad, los sacerdotes no deberíamos predicar, ni para agradar, ni para que nos feliciten, ni para que nos admiren. Predicamos la Palabra de Dios, anunciamos lo que Jesús nos pidió, porque él nos eligió a nosotros y no nosotros a él, aunque hemos decidido seguirlo. Pero bueno, creo que me fui un poco de tema.

Quería decir que apenas el sacerdote empezó a predicar, dijo lo siguiente: «Esto es una utopía, esto es imposible». Me acuerdo que me chocó tanto, me acuerdo que no pude seguir escuchando. Recuerdo que me desilusione tanto que me pareció que no tenía sentido seguir escuchando. Dije: «Si esto es imposible, ¿cómo es posible que Jesús lo haya dicho? Si esto es una utopía, ¿qué hacemos en la Iglesia?». El tiempo, el seminario y el sacerdocio me ayudaron a no juzgar tanto y a saber esperar. Además, me enseñaron a no ser tan lapidario con los sacerdotes, obviamente porque hoy estoy del otro lado y porque, en realidad, me di cuenta que, muchas veces, el problema es que no sabemos escuchar.

Escuché una parte y seguramente no terminé de escuchar todo el sermón. Muchas veces nos pasa eso. Escuchamos lo que queremos escuchar y no escuchamos lo que sigue, o sea, eso que nos ayudaría a entender lo que escuchamos al principio, y esto tiene que ver con lo que dijimos alguna vez con respecto a que la Palabra es como un organismo vivo. El corazón es sensible y provoca que los oídos se cierren inmediatamente o, al contrario, se abran increíblemente. A mí ese día se me cerraron los oídos del corazón. ¿Te pasó alguna vez? Hay que escuchar todo. Te aconsejo esto: hay que escuchar todo y aprender a sacar lo mejor sea de donde vengan las palabras.

¿Qué creo que quiso decir ese sacerdote aquel día? Creo que quiso decir lo que Jesús nos dice, pero de otra manera: «Ámense porque yo los amo como amigos, aunque ustedes a veces no se comporten como amigos. Ámense porque yo los amé primero. Ámense porque yo les di una dignidad que nadie les puede dar. Ámense. Sí, es verdad, se los mando, pero se los mando habiendo amado primero, habiendo dado la vida». Esto es imposible y es una utopía si nos lo hubiera mandado alguien que no nos haya amado antes. Esto sería una locura si pensáramos que amar así puede salir espontáneamente de nuestro corazón sin que alguien nos dé la fuerza antes. Solo puede amar así quien descubre que hay alguien que siempre lo llamará «amigo», pase lo que pase, que siempre hay alguien que permanece primero y que nos ayuda a permanecer. Para Jesús, todos son sus amigos, incluso hasta los enemigos. Por todos dio la vida, incluso hasta por aquellos que lo despreciaron y lo desprecian.

¿Entendemos la diferencia? Para Jesús, somos sus amigos aunque no nos comportemos como amigos. Para Jesús, no hay mayor amor que dar la vida por los amigos, o sea, por todos. A Judas le dijo amigo, incluso cuando Judas lo estaba entregando. Nosotros daríamos la vida solo por los que nos consideran amigos, por los que queremos como amigos. Amar con el amor de Jesús es, por empezar, no tratar a nadie como enemigo, aunque los que sean enemigos de verdad nos traten como tales, porque Jesús no trató como enemigos a los que lo trataron como enemigo, sino que los trató como amigos y los «amigos de mi amigo son mis amigos» –como se dice–.

Solo podemos dar frutos en serio en esta vida, frutos que perduren, si reconocemos que para Jesús siempre seremos sus amigos, pase lo que pase, y si, al mismo tiempo, empezamos a levantar la mirada y dejamos de ver y crear enemigos, aunque los haya, aunque existan. Esto es posible, te lo aseguro. No es una utopía. Es cristianismo puro, cristianismo en serio.

V Jueves de Pascua

V Jueves de Pascua

By administrador on 6 mayo, 2021

Juan 15, 9-11

Jesús dijo a sus discípulos:

«Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto».

Palabra del Señor

Comentario

Permanecer a pesar de todo no es fácil. Es verdad, tenemos que reconocerlo. Permanecer implica también coraje, esfuerzo, trabajo, entregarse día a día. Por eso, siempre nuestro modelo de lo que significa permanecer es: Jesús. Es aquel que vino a entregar su vida por nosotros, aquel que también sigue permaneciendo, porque él nos prometió que «estará con nosotros hasta el fin del mundo». Te diría que una de las tareas más difíciles en la fe es permanecer, y por algo Jesús nos dijo, nos decía en el Evangelio del domingo: «Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes». También podríamos traducirlo así: permanezcan en mí, porque yo permanezco en ustedes. Por eso, la primera actitud, la primer gracia que tenemos que pedir para permanecer en la fe, a pesar de todo, de las tristezas, de los dolores, de las tribulaciones, de las dudas, de las invitaciones a dejar todo de lado; la primera actitud es saber que él permanece en nosotros. Cuando tenemos esa certeza, te diría que la fe permanece firme como en una roca y que los oleajes, los ventarrones, no nos voltean jamás, porque sabemos que él permanece en nosotros y que él es el que nos da la fuerza para seguir adelante, él es el que nos sostiene en la fe, él es el que nos da la savia que necesitamos para vivir.

Por eso, no te desanimes si a veces pensás que no estás permaneciendo, no estás siendo tan fiel como deseas. Bueno, lo primero es saber que él es fiel a nosotros, y que esa fidelidad es la que nos tiene que animar cada día a ser fieles. Es una respuesta: yo permanezco, Señor, porque vos estás permaneciendo en mí; yo no quiero dejar, porque vos no me dejas; yo no quiero claudicar, porque vos no lo hiciste; yo no quiero dejar de amar, porque vos me estás amando. Pidámosle hoy esa gracia a Jesús, nos hace muy bien y lo necesitamos.

Y Algo del Evangelio de hoy nos anima también a permanecer en el amor y nos invita a participar del mismo gozo de Dios. Jesús habla del amor, del amor del Padre, de su amor y de cómo tenemos que amarnos entre nosotros. ¿No será que todavía no experimentamos algo del cielo en la tierra porque no sabemos lo que es amar verdaderamente? ¿No será que a veces pretendemos un cielo en la tierra, pero armado en el fondo a nuestra medida, y no en base al amor de Jesús? Amar es cosa seria, pero amar en serio es una lucha de cada día. Para amar en serio, no basta con decir que amamos, no basta con amar a los que nos sale amar, así nomás. Para amar en serio y no de palabra, sino con verdad, no de la boca para afuera, en realidad tenemos que reconocer, revivir y experimentar esa corriente, por decirlo de alguna manera, de amor verdadero y eterno que proviene del Padre, que pasó por su Hijo y que se sembró en nosotros para ayudarnos a amar por medio del Espíritu Santo. Jesús no nos habla de un simple amor humano, espontáneo con los que nos sale amar únicamente, sino que nos habla de amor del cielo, amor de Dios que se derrama en corazones humanos incapaces de amar como Dios ama por las debilidades que nos atormentan.

Hay que ser sinceros, no tenemos la fuerza para amar tanto a veces; los que pudieron mucho, es porque se dieron cuenta de este misterio que estoy contando. Pero podemos si nos damos cuenta de que el amor no es un mandamiento que obliga desde afuera, sino que es vida que brota desde adentro y que descubre lo más verdadero que tenemos, nuestro barro y nuestra meta. Jesús nos ayuda a descubrir que podemos amar porque, en realidad, somos amados por él y por el Padre. Esa es la clave. Podemos amar porque somos amados primero, podemos amar si «permanecemos» en esto, si reconocemos esta verdad. No se puede amar bien si no se acepta semejante misterio y regalo que hemos recibido. No se puede vivir este mandamiento que brota desde adentro si no se reconoce también desde adentro que amar y ser amados, entregarse y dejar que los otros nos amen, no es una obligación, sino que es una necesidad del alma, del corazón.

Necesitamos amar, necesitamos un motivo para vivir, necesitamos experimentar amor de Dios por medio de gestos humanos. Necesitamos darnos cuenta de que el amor es cosa seria, que Dios se tomó en serio el amor y por eso nos mandó a amar hasta el extremo, como él nos amó, para que ese amor nos despierte también nuestras ganas y nuestros deseos de amar.

Cuando no estés pasando buenos momentos en tu vida porque parece que «el cielo» está muy lejos, porque la vida parece un «valle de lágrimas» –como dice la oración–, tenemos otras opciones. Tenemos que buscarlas nosotros mismos a esas opciones. No esperemos que el cielo nos venga a buscar, que nos encuentre. El cielo, en realidad, está siempre al alcance de nuestras decisiones, a un paso que a veces parece muy largo pero que es posible. El cielo aparece muchas veces cuando nos decidimos traer y llevarle un poco de cielo a los demás con nuestra presencia, con nuestros gestos, con nuestro amor. Imagino que si vamos comprendiendo lo que es el cielo, tendremos más ganas de amar y de ir al cielo.

V Miércoles de Pascua

V Miércoles de Pascua

By administrador on 5 mayo, 2021

Juan 15, 1-8

Jesús dijo a sus discípulos:

«Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. El corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía. Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié. Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí.

Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde.

Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán.

La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.»

Palabra del Señor

Comentario

La palabra de hoy coincide con la del domingo, no sé si te habrás dado cuenta. Si te diste cuenta, quiere decir que estás escuchando con atención, y si no te diste cuenta, te ayudará a escuchar lo que por ahí se te pasó de largo por distraído, por distraída o porque a veces perdemos la memoria. No te preocupes, nos viene bien a todos, nos ayuda a seguir profundizando; de hecho, es lo que intentamos hacer muchas veces, ¿te acordás?: continuar desmenuzando el Evangelio del domingo a lo largo de la semana para que penetre más en nuestros corazones. A nosotros los sacerdotes nos ayuda a no repetir lo mismo que ya dijimos alguna vez, sino a rezar más para descubrir las enseñanzas que el Espíritu quiere dejarnos. A veces pasa esto en la liturgia, los cambios de ciclos, se llaman de años, hacen que se entrecrucen los Evangelios y pueda haber repetidos bastante cercanos.

Pero aprovechemos para continuar con la idea de «permanecer», esa que nos viene ayudando en estos días tan lindos. El permanecer tiene que ver con el estar unidos. La imagen de la vid y los sarmientos junto con la idea de «permanecer» me parece que quiere ayudarnos a comprender que la unión con Jesús, la unidad es algo vital, algo que tiene vida, valga la redundancia; algo que permanece vivo, dinámico y por eso va cambiando, se va desarrollando lentamente a lo largo de nuestra vida. Lo que pasó ya no importa tanto, lo que pasará no lo sabremos. Ahora… lo que sí necesitamos es permanecer unidos a él, pase lo que pase, siempre, porque «sin él nada podremos hacer». ¿A qué se refería Jesús con eso de que «nada podremos hacer», si de hecho hacemos muchas cosas sin él y muchos hacen de todo sin él? ¿Qué cosas son las que no podemos hacer sin él? ¿Por qué necesitamos estar unidos, permanecer en él para dar frutos? Justamente porque Jesús se refiere a eso, a dar frutos, pero frutos que provienen de él, frutos de santidad, no cualquier fruto, no cualquier cosa.

El permanecer entonces nos asegura la fecundidad, de la verdadera; esa fecundidad que perdura y que transforma vidas. No es la fecundidad que desaparece rápidamente o se esfuma ante cualquier problema. No es el éxito mundano. Los frutos de los que habla Jesús son los frutos que crecen gracias a la gracia de Dios, y no los que surgen simplemente de nuestras lindas ideas o de nuestras voluntades, por más buenas que sean. Y la gracia de Dios fluye por nuestras vidas, por nuestras inteligencias y corazones, en la medida que estamos unidos, en la medida que permanecemos en él. Las grandes obras que cambian de verdad nuestras vidas y la de los demás no surgen de grandes elucubraciones, de grandes conferencias, de congresos multitudinarios, por más buenos que sean, sino de la fidelidad a las palabras de Jesús, de nuestro amor sincero a él y sus enseñanzas. Las grandes decisiones que nos cambian de verdad no surgen de enojos, de gritos, de ruido de este mundo, sino que aparecen en el corazón cuando estamos con Jesús vivo en el silencio, cuando nos decidimos a estar con él, cara a cara, tanto en la oración como en el amor concreto hacia los demás.

Podemos pasarnos la vida haciendo muchas cosas buenas, pero no las obras de Dios. Podemos pasarnos el día haciendo «de todo un poco», pero no estar haciendo lo que Jesús quiere y no dar frutos. Podemos estar sirviendo en la Iglesia a tiempo completo, consagrar incluso nuestra propia vida, pero no estar unidos vitalmente a Jesús, no permanecer en él, sino incluso estar como «desgajados», quebrados de la vid, sin permitir que su amor pase por nuestro corazón.

¿Cómo permanecer unidos a Jesús?, te estarás preguntando. Desde Algo del Evangelio de hoy es lindo escuchar mucho esto, pero es lógico que nos preguntemos qué significa entonces permanecer en él, estar unidos a él. Antes que nada, es no olvidar que podemos permanecer con él, porque él antes permanece en nosotros. Él es la vid, nosotros solo sarmientos, ramitas. Él es anterior a nosotros, todo se mantiene en él, todo pertenece a él. Esa permanencia de Jesús en nuestro corazón es lo que nos mueve a querer estar con él, a desear amarlo.

Permanecer con Jesús es buscarlo cada día, es escucharlo cada día, es amarlo cada día, como podamos, como estemos, pero buscándolo. Estar unidos a Jesús significa no olvidarnos ni siquiera un día de él, no dejar pasar un día sin hablarle, sin oírlo, sin escucharlo. Pensá en la persona que más querés en esta vida y fijate si serías capaz de pasar un día alejada o alejado de él. El amor nos mantiene unidos, el amor es el que nos asegura la permanencia, el estar siempre hasta el final. El estar unidos a Jesús toma diferentes colores según la vida que llevemos, según el lugar donde vivamos, según la etapa de la vida en la que estemos. No te ates a rigideces, no pienses que hacer siempre lo mismo te asegura la permanencia. Escuchá siempre la voz de Dios para darte cuenta qué es lo que te pide cada día, qué es lo que desea de vos. Lo importante es no olvidarse nunca de él, lo fundamental es no olvidarse jamás de que él permanece en nosotros siempre, pase lo que pase, hagamos lo que hagamos.

V Martes de Pascua

V Martes de Pascua

By administrador on 4 mayo, 2021

Juan 14, 27-31a

Jesús dijo a sus discípulos:

«Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman! Me han oído decir: “Me voy y volveré a ustedes.” Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo.

Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean.

Ya no hablaré mucho más con ustedes, porque está por llegar el Príncipe de este mundo: él nada puede hacer contra mí, pero es necesario que el mundo sepa que yo amo al Padre y obro como él me ha ordenado.»

Palabra del Señor

Comentario

Permanecer es lo más lindo, permanecer en Jesús hace bien, llena de alegría y felicidad; porque estar con él va transformando la vida lentamente, aunque a veces no nos demos cuenta o nos demos unos buenos golpes y parezca que nada cambia. Permanecer no es estar quietos, no es rigidez, sino que permanecer también es cambiar siempre, pero al ritmo de la gracia de Dios, que fue derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha sido dado, y siempre nos muestra caminos nuevos. Permanece en Jesús aquel que vive atento a su voz, a la voz del verdadero Pastor, del único que nos conoce de verdad y nos guía por caminos de certezas. ¿Estás permaneciendo en él o permaneces en tus caprichos y ambigüedades? ¿Vivís cada día buscando estar con él, sabiendo que él está siempre con vos? Jesús es la verdadera vid, eso quiere decir que hay otras vides que no son verdaderas o, por lo menos, no nos dan la sabia que necesitamos.

Los que saben permanecer en este mundo de hoy, repleto de incertidumbres e inconsistencias, son faros que nos iluminan y nos animan a seguir. Pensá en esas personas que supieron permanecer y que incluso hoy permanecen en aquello para lo cual se comprometieron dar la vida. ¿No te conmueve cuando encontrás esos matrimonios que parecen eternos, pero están siempre frescos y se siguen amando como el primer día, o mejor? ¿No te hace bien cuando conoces a un abuelito, una ancianita que sigue siendo fiel, que sigue amando a los suyos, que sigue sirviendo a la Iglesia por más que llueva, truene y caiga granizo? A mí sí. ¿Conoces algún sacerdote anciano que pasó por todas, e incluso hoy sigue celebrando la misa, confesando con amor cada día, que está permaneciendo?

¡Qué bien que hace en estos días encontrar personas que habiendo descubierto que Jesús habita en sus almas, no se despegaron nunca más de él, incluso en medio de las tormentas de la vida, incluso en medio del pecado! Pidamos esa gracia, todos, vos y yo. Sea lo que sea, sea lo que seamos: obreros, empleados, estudiantes, empresario, padre, madre, sacerdote, consagrada, político; no importa, seas lo que seas pedí saber permanecer fiel a Jesús en el silencio, incluso en el olvido, en el anonimato, en medio de un mundo que solo muestra lo pasajero y exalta la felicidad superficial que pasa como un chaparrón. Daremos frutos, seremos felices si sabemos permanecer, si dejamos que Jesús permanezca siempre en nosotros.

No nos inquietemos por las cosas que cambian y parecen que no vuelven atrás; no nos inquietemos por las cosas que no cambian y parece que no cambiarán jamás. Nuestro corazón debe estar en otro lado, aunque esté en nuestro cuerpo; nuestro corazón es un pequeño cielo si amamos y dejamos que Jesús ame en nosotros. Todas las inquietudes provienen de nuestro olvido de esta verdad.

Por otro lado, Algo del Evangelio de hoy nos da una linda certeza: «Me voy y volveré a ustedes. Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo». Jesús resucitó, está, pero en realidad –como nos decía en otro Evangelio– se fue para prepararnos un lugar, se fue para volver algún día a buscarnos; esa es también una verdad de nuestra fe, una verdad muy grande. El cielo será algo tan maravilloso que no podemos imaginar. Así lo dice san Pablo: «…lo que nadie vio ni oyó y ni siquiera pudo pensar, aquello que Dios preparó para los que lo aman». Por eso hay que confiar, porque es mucho más grande y maravilloso de lo que nuestra pobre cabecita y corazón pueden entender; por eso no hay porqué inquietarse, por eso no es raro tener ganas de ir al cielo cuando experimentamos lo lindo que es dejar que él invada nuestra vida, sin dejar de despreciar lo que tenemos en la tierra y sin dejar de luchar por hacer de este mundo algo mejor. Una cosa no quita la otra, las dos pueden ir de la mano.

Amar lo que viene, amar el cielo, es amar la vida, también es amar todo lo creado, pero amar esta vida es también reconocer que acá no está lo definitivo; es darse cuenta que acá se juega nuestra vida, pero lo que vendrá será algo inimaginable, será una paz eterna. Mientras tanto, Jesús nos dejó su paz, nos da su paz, nos quiere en paz; pero no como esa paz que nos promete este mundo, que muchas veces vive en «su mundo», en la suya, esperando soluciones mágicas a los problemas o soluciones solo materiales; sino la paz buscada, la paz luchada, la paz conquistada por el amor. Es la paz armada, como dicen por ahí, pero con las armas del amor, de la entrega, que nos pone siempre en el campo de batalla de este mundo, para hacerlo mejor, para crecer, para cuidarlo, para amarlo, sabiendo siempre que al final solo podrá ser mejor si todos reconocemos que el mundo no es nuestro, que no somos «dioses», que el mundo es regalo, que somos criaturas, creadas para Dios Padre, hijos del mismo Padre, creados para la eterna felicidad. Sabiendo esto: ¿No te dan ganas de permanecer en el amor de Jesús? ¿No te dan ganas de dejar que él viva siempre en vos? ¿No te dan ganas de ir al cielo mientras intentamos encontrarlo en la tierra?

Fiesta de San Felipe y Santiago

Fiesta de San Felipe y Santiago

By administrador on 3 mayo, 2021

Juan 14, 6-14

Jesús dijo a Tomás:

«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto».

Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta».

Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?

Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras.

Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras.

Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre. Y yo haré todo lo que ustedes pidan en mi Nombre, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si ustedes me piden algo en mi Nombre, yo lo haré».

Palabra del Señor

Comentario

Es lindo pensar y sentir que nuestra fe no está asentada en fábulas o en cuentitos que nos contaron, sino en una realidad, en algo bien concreto, en la historia de hombres y mujeres que realmente conocieron a alguien llamado Jesús, que lo amaron y se dedicaron a transmitir sus enseñanzas después de verlo resucitado, después de que ascendió a los cielos y recibieron el Espíritu. Es por eso que festejamos y nos hace bien la fiesta de los apóstoles, porque ellos fueron testigos directos de lo que nosotros hoy nos enorgullece contar. ¿Cómo podríamos seguir y hablar de alguien del cual no sabemos con certeza que existió? ¿Cómo sería posible que la vida de un hombre como Jesús haya transformado y siga transformando la vida de tantas personas, si no fuese una verdad, si no nos hubiese marcado un camino, si no nos diera una vida distinta? Sería imposible, una gran locura colectiva a lo largo de la historia. Vos y yo somos la prueba concreta y más cierta de que nuestra fe no es una fábula, de que la fe es algo vivo, de que tener fe hace bien y vale la pena.

Podríamos decir que los hombres, vos y yo, en general, siempre queremos más, siempre buscamos más. Y eso está bueno, menos mal que es así, porque si no, nos moriríamos de mediocridad, de rutina en rutina, incluso a veces de depresión, no encontraríamos un sentido, viviríamos de un sin sentido. Creo que esto nos pasa porque, en el fondo, estamos «hechos para más», estamos hechos para amar. Fuimos creados para Dios, por Dios, y la criatura tarde o temprano busca a su Creador, a su hacedor, ¿no?; es lógico, o debería serlo. Como la mascota busca a su dueño, como el amado a su amada.

Por otro lado, ese querer más también se nos vuelve, por decir así, en contra y hace que sin darnos cuenta nunca nos terminemos de conformar plenamente. Es raro, pero nos pasa con lo de cada día y nos pasa con las cosas más profundas, eso que no terminamos de explorar y conocer, esas cosas de la vida que las «tocamos» en situaciones límites, como grandes consolaciones y alegrías, así también como los grandes dolores y desolaciones. Si hace calor, a veces nos quejamos porque hace calor; si hace frío, porque hace frío; si tenemos esto, porque lo tenemos; si no lo tenemos, porque no lo tenemos, y en definitiva, podemos andar en la vida o por la vida quejándonos y no agradeciendo tantos dones, tantos regalos.

Con la fe nos puede pasar lo mismo. A los discípulos les pasó lo mismo sin darse cuenta. Tenían a Jesús en frente, pero pedían más. Algo del Evangelio de hoy, en la fiesta de dos apóstoles, Felipe y Santiago, nos muestra esto: «Felipe le dijo: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”». Jesús les acababa de decir que él era el Camino, la Verdad y la Vida, todo lo que un hombre podría desear, y ellos pretendían algo más. ¿Se puede pedir algo más? No, pero en el fondo pasa, en el fondo sí. Es lo que no terminamos de comprender muchos cristianos. ¿Necesitamos algo más que a Jesús? No. Sin embargo, queremos y pedimos más, y muchas veces… cuanta cosa «maravillosa» aparece por ahí o nos cuentan, cuanta aparición o manifestación anda rondando por ahí, cuanta novena y cadena milagrosa que nos mandan, sin darnos cuenta, podemos llegar a considerarla como un fin y no como un medio para llegar a él. Cuidado, no estoy criticando eso, lo que digo es que, si andamos tras de eso como si fuese un fin, nos olvidamos del verdadero fin.

Por eso, qué lindo es hacer nuestra, propia, esta respuesta de Jesús a Felipe: «Hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?». En el ADN de nuestro ser espiritual está el deseo de comunicarnos con nuestro Padre Creador. Somos hijos, no mascotitas que se apegan al que le da un poco de cariño. Somos hijos libres que tienen que descubrir que es necesario reconocerse amado y reenviados a amar.

¿Crees esto? ¿Crees que Jesús es el Camino para llegar al Padre que te creó, la Verdad que marca el sentido de tus pasos para llegar a él, y la Vida que te da fuerza y te permite respirar hasta que te abraces eternamente con él? ¿Crees que si hablás con Jesús, en realidad hablás también con tu Padre? ¿Crees que al amar a Jesús no necesitás ninguna cosa «maravillosa» que anda por ahí? ¿Crees que en la Eucaristía está ese Jesús que nos dice: «Si ustedes me piden algo en mi Nombre, yo lo haré»? ¿Te das cuenta como entonces la obra de Dios es que creamos esto? ¿Te das cuenta entonces que el verdadero milagro es tener fe, es creer y aceptar con confianza, con libertad este misterio, que nos impulsa a amar y a vivir la vida con los pies en esta tierra, pero con el corazón puesto en las cosas del cielo?

Es bueno siempre aspirar a más, es verdad, eso nos ayuda a vivir mejor y a superarnos, pero, al mismo tiempo, hace bien aprender a conformarse con lo que ya se nos dio y no terminamos a veces de valorar. El cristiano en serio es el que sabe que ya tiene todo, porque Jesús es TODO, pero, al mismo tiempo, siempre busca más, busca amar más, busca que los demás descubran cuál es el verdadero Camino, cuál es la verdadera Vida y cuál es la gran Verdad.

V Domingo de Pascua

V Domingo de Pascua

By administrador on 2 mayo, 2021

Juan 15, 1-8

Jesús dijo a sus discípulos:

«Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. El corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía. Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié. Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí.

Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde.

Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán.

La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.»

Palabra del Señor

Comentario

¡Cómo quisiera permanecer! ¡Cómo quisiera que todos los que escuchamos día a día a Jesús en su Palabra, quieran permanecer, permanezcan en su amor! Es lo más lindo, lo más necesario en la vida y lo más difícil. ¿Cuántos cristianos decidieron no permanecer en el amor; deciden dejar de permanecer en la vid, en Jesús, porque no se dan cuenta el amor que se pierden? ¿Cuántos hombres y mujeres, esparcidos por este mundo, no pudieron llegar a comprender las maravillas de un Dios que permanece en nosotros y prefirieron permanecer en otros lugares, no por maldad sino por ignorancia? ¡No lo sé, no lo sabemos, solo Dios lo sabe! Sin embargo, no nos corresponde a nosotros juzgar, así «estaremos tranquilos delante de Dios, aunque nuestra conciencia nos reproche algo, porque Dios es más grande que nuestra conciencia y conoce todas las cosas». Así lo expresa la segunda lectura de este domingo.

Otro domingo más que se nos regala para aprender a permanecer en Jesús, en su amor, pero especialmente para darnos cuenta de que él permanece siempre en nosotros, pase lo que pase. ¿Alguna vez tuviste la sensación de estar lejos de Jesús, de su amor? ¿Alguna vez te juzgaste a vos mismo como alguien que se alejó y eso te hizo pensar que Jesús no estaba con vos? No hay sensación más extraña y más difícil que sentirse lejos de Dios o sentir que Dios no está con nosotros, nos quitó su mano. Parece ser como nuestra mayor debilidad, eso de autoexcluirnos del amor de Dios, como si no fuéramos dignos. Por eso la conversión más linda y necesaria de nuestro pobre corazón es la de saber con una certeza inconmovible, inamovible, imperturbable de que Jesús permanece en nosotros; de que él es la vid, es la planta y nosotros las ramas, que no existen si no están unidas a él.

La palabra clave de Algo del Evangelio de hoy es «permanecer», te habrás dado cuenta. «Permanecer» se repite una y otra vez. Jesús permanece en nosotros y desea que nosotros vayamos aprendiendo a permanecer en él, que no nos desprendamos. Solo permaneciendo en él, como él permanece en sus discípulos, podemos dar verdaderos frutos para la viña que es la Iglesia. Todo lo demás en la vida, finalmente, es accesorio. El Padre es el viñador, mientras tanto se dedica a podar lo que no sirve y molesta, y podar también para que todo dé más fruto. Por eso a veces de «algún modo» Dios poda cosas en nuestras vidas, para que los brotes salgan con más fuerza, porque «la gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante». ¿Te sentiste podado por Dios alguna vez?

Creo que lo más lindo de todo esto es saber que Jesús permanece en nosotros, más allá de las podas, en vos y en mí. A mí me da consuelo, no sé si a vos te pasa lo mismo. Cuando el acento de nuestra vida espiritual lo ponemos en nosotros mismos, en juzgarnos si estamos más o menos cerca de Dios por lo que hacemos, por lo exterior o dicen los demás qué hacemos, ¡vivimos perdiéndonos algo más grande y profundo, vivimos mirándonos con una lupa, vivimos mirando con una lupa la vida de los demás, decretando en donde está y donde no estará Jesús! Pero la noticia más grande que alegra el corazón hoy no es el juzgar nuestras obras, como quien mira desde afuera, no es juzgar cuan cerca o lejos estamos de él. ¡Todo lo contrario! Jesús vino al mundo a permanecer y no a desaparecer, a permanecer en nosotros, y es gracias a eso que podemos hacer juntos grandes obras. Eso estamos celebrando en este tiempo de Pascua.

Él es un Dios que vino para quedarse y por eso permanece. Permanece en su Iglesia porque su Iglesia es su Cuerpo, es la planta de la vid, somos parte de él. Permanece en su Iglesia y en cada uno de sus miembros cuando nos reunimos en su Nombre, cuando rezamos, cuando celebramos los sacramentos, cuando nos amamos mutuamente, cuando ni nos damos cuenta. Él permanece siempre y para siempre. De esto no dudes jamás, dudar de esto es la peor de las crisis.

Ahora, es verdad que, al mismo tiempo y con la misma intensidad, él desea que permanezcamos en él. Él permanece en nosotros siempre, pero lo experimentamos más en la medida que nosotros permanecemos en él. El permanecer es lo difícil, el estar siempre y con constancia, el perseverar aun cuando todo es más complicado de lo que era al principio. El permanecer va tomando colores diferentes en nuestra vida, según los momentos que nos tocan vivir, pero en su esencia el permanecer es un mantener la fe que nos da la capacidad de amar y poder dar frutos que tienen que ver con el amor de él, que viene de él. A veces el Padre nos poda un poco, es verdad, nos hace pasar por purificaciones, o las permite, por decirlo así, para que aprendamos a permanecer. ¡No rechacemos las podas del Padre que nos ayudan a recibir y a percibir que el que da la vida es él! Lo importante es aprender a permanecer. Pedile eso al Señor hoy, en este día, saber permanecer hasta el final por amor y con amor, mantener la fe con amor y por amor hasta el final.

IV Sábado de Pascua

IV Sábado de Pascua

By administrador on 1 mayo, 2021

Juan 14, 7-14 – Memoria de San José Obrero

Jesús dijo a sus discípulos:

«Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto».

Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta».

Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras.

Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras.

Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre. Y yo haré todo lo que ustedes pidan en mi Nombre, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si ustedes me piden algo en mi Nombre, yo lo haré».

Palabra del Señor

Comentario

«Yo conozco a las ovejas, y ellas me conocen a mí», decía Jesús en el Evangelio del domingo pasado, que venimos –como siempre te propongo– desmenuzando, desgranando lentamente para profundizarlo. Nunca se termina. No te olvides de esa gran verdad de la escucha de la Palabra de Dios: nunca se termina de profundizar lo necesario. En realidad, la maravilla es que siempre podemos más y, al mismo tiempo, ese poder más nos invita a seguir, porque imagínate si comprendiéramos todo, imagínate si agotáramos toda la riqueza de la Palabra de Dios en una lectura, en una escucha. Bueno, no tendríamos más ganas de leer ni de escuchar. Es como ir a una fuente a buscar agua y acabarla de una vez. No. La fuente siempre sigue dejando salir el agua fresca que hace que podamos embebernos de la Palabra de Dios.

Por eso siempre los sábados te animo a recapitular un poco y que nos preguntemos, tomando esta imagen del Evangelio del domingo pasado –el buen Pastor–, si realmente estamos queriendo conocer a Jesús. Jesús dice que nos conoce, pero Jesús no nos conoce como nosotros conocemos; Jesús nos conoce amándonos y nos ama conociéndonos, con lo cual no hay distancia para él entre el conocer y el amar. Podríamos decir que nos conoce porque nos ama y que, al mismo tiempo, nos ama porque nos conoce. ¡Qué lindo es saber que Jesús piensa así de nosotros y que no nos rechaza por conocernos!; al contrario, nos ama más, y que, justamente porque nos ama, nos conoce más profundamente. ¡Qué distinto que actuamos nosotros a veces! A nosotros nos pasa lo contrario, por conocer a veces dejamos de amar a las personas, porque profundizamos y a veces no nos gusta las cosas de los demás. Sin embargo, Jesús no pone esa distancia, y él pretende que hagamos lo mismo. Y por eso, para conocer verdaderamente a las personas, tenemos que amarlas. Por eso, para seguir conociendo a Jesús, tenemos que amarlo, tenemos que desear estar con él, más allá de lo que nos pase, de lo que esté pasando a nuestro alrededor. Conocer a Jesús, pero para conocerlo hay que amarlo. Pidámosle también que nos dé esa gracia, de amar a los que queremos conocer y no poner «peros» antes de avanzar en el amor hacia los demás.

Algo del Evangelio de hoy es una buena oportunidad para animarse a pedir y pedir. Dice así: «Si ustedes me piden algo en mi Nombre, yo lo haré». Pidamos creer, pidamos enamorarnos de Jesús con todas las letras. Pidamos confiar y tener fe, creer en él, creerle a él. Es posible vivir distinto, es posible creer que conocer a Jesús es conocer a Dios Padre. No necesitamos que nos muestren nada más. No necesitamos, como Felipe, que nos muestren más que a Jesús: «¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras». Nuestro Padre del Cielo, aquel que todos anhelamos en nuestro interior, aquel que todos anhelan, aunque no se den cuenta, es el que se manifestó a Jesús, en todo lo que hizo y dijo. Por eso escuchar a Jesús es escuchar a nuestro Papá del Cielo y no deberíamos esperar nada más. La fe sencilla y simple es la que no necesita ni espera nada más que las palabras del Hijo, de Jesús, porque tiene una certeza profunda que nadie podrá quitarle.

Es entendible, como le pasó a Felipe y a los discípulos, que a veces esperemos más de lo que vemos, que necesitemos más manifestaciones visibles, por decirlo de algún modo. Sin embargo, en la medida que creemos y crecemos en la fe, en realidad, nos vamos «conformando», por decirlo de alguna manera, con menos, que en el fondo es más. El que pretende más de lo que Jesús da, es el eterno insatisfecho, el niño caprichoso que no se conforma con lo que tiene y, por lo tanto, al pedir más se pierde de lo que tiene, de lo que tiene frente a sus narices y su corazón.

En cambio, el que sabe que Jesús es todo, que su palabra lo es todo, que la Eucaristía es todo, que el perdón es todo, tiene todo porque no pretende lo que no puede alcanzar y acepta lo que Jesús quiere darle y aunque pueda, por momentos, aspirar a más –cosa lógica y que ayuda–, se alegra con el ritmo de Dios, con su pedagogía y su paciencia.

Que María nos ayude a enamorarnos más, cada día más, de lo que vale realmente la pena, de Jesús y de su obra, de sus palabras, de su corazón y, por medio de él, del Padre. «¡Enamórate! ¡Permanece en el amor! Todo será de otra manera», decía un sacerdote. Eso es lo que desea María, hoy y siempre. Por eso, por María a Jesús, por Jesús al Padre. El gozo de María es que, gracias a ella, descubramos más y más el amor de su Hijo. El gozo de Jesús es que, gracias a su amor, descubramos el del Padre. Pidamos eso en su Nombre que él nos lo concederá.

IV Viernes de Pascua

By administrador on 30 abril, 2021

Juan 14, 1-6

Jesús dijo a sus discípulos:

«No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy».

Tomás le dijo: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?».

Jesús le respondió: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí».

Palabra del Señor

Comentario

¡Qué bien nos hace ir terminando esta semana intentando distinguir la voz del buen Pastor! Con este tema de la voz, hay mucho para hablar, pero pensaba hoy, que creo que nos puede ayudar, que el tema de la voz no es simplemente una cuestión de distinguir sonidos, que finalmente se transforman en palabras y le dan sentido a lo que nos quieren decir, sino que además, siempre cuando escuchamos algo, tenemos que aprender a interpretar lo que está detrás de las palabras. Y ahí está la cuestión, porque si no somos capaces de escuchar verdaderamente lo que oímos, finalmente lo único que hacemos es oír. Por eso Jesús habla de escuchar. Y en eso cada día tenemos que aprender a escuchar verdaderamente la Palabra de Dios, la Palabra de nuestro buen Pastor.

La Palabra de Dios es como una gran sinfonía, donde se escuchan diferentes tonalidades, sonidos distintos, instrumentos que forman un todo. Por eso es lindo comparar la voz de nuestro buen Pastor como una gran sinfonía, y aquel que sabe de música estará pensando que solamente sabe escuchar una buena sinfonía aquel que sabe algo de música, que sabe qué hay detrás –¿no?– de esa gran orquesta. Por eso, sigamos aprendiendo a escuchar la Palabra de Dios. Ojalá algún día podamos profundizar más sobre cómo estuvo escrita la Palabra de Dios, sobre en qué contexto se escribió y así tantas cosas que nos ayudarán alguna vez a interpretar la voz de nuestro buen Pastor. Pero vamos a Algo del Evangelio de hoy.

Un poquito metiéndonos más en este lindo texto. Sin saber de qué les estaba hablando, Tomás hizo la pregunta que muchos quisieran poder hacer y que muchos hubiésemos querido, alguna vez, encontrar la respuesta. La misma que te preguntás vos, que me pregunté yo alguna vez, que se pregunta tanta gente: «¿Cuál es el camino?». El camino de la vida, ¿cuál es? ¿Cómo conocerlo? «¿Hacia dónde vamos?», podríamos decir también. «¿Dónde va a terminar todo esto?», dirán otros. «¿Dónde iremos a parar?», dice también una linda zamba acá, en Argentina. ¿Dónde iremos a parar? Y, finalmente, ¿cómo saber cuál es el camino para cada uno? ¿Cuál es el camino, cómo conocerlo y cómo saber cuál es el camino para mí concretamente? Tantas preguntas que hice que imagino que alguna vez te habrás hecho.

Bueno, Jesús responde mostrando no solo cuál es el camino, sino cuál es la verdad y qué es la vida. Completito digamos. Completita la respuesta de Jesús. Todo lo que el hombre quiere saber en una sola respuesta, en una sola frase. Todo lo que el hombre necesita –vos y yo, aquellos que no lo conocen incluso, aquellos que andan sin sentido–, todo está condensado, por decirlo así, en una Persona; no en una idea, no en una ideología, no en una ilusión, no en un sistema económico, no en un proyecto, sino en una Persona.

El Camino, mirá… sabes qué, el camino no es un lugar concreto, la Verdad no es una idea, una ideología, un concepto abstracto y la Vida no es la tuya o la mía. Es la Vida con mayúscula. El Camino, podríamos decir, empieza y no termina, la Verdad nunca terminará de comprenderse –porque no es nuestra– y la Vida nunca terminará de vivirse. ¡Qué maravilla! ¡Qué alegría! Eso es lo más lindo, ¿no te parece?, ¿lo pensaste alguna vez?

Por eso Jesús nos anima a no inquietarnos, a tener fe en el Padre y en él. Como lo venimos viviendo en estos días: creer en Jesús nos inserta, nos mete, nos introduce en un Camino nuevo, nos muestra una Verdad que no deja de ser también un misterio. Algo que no termina de comprenderse, algo que se percibe, que se vislumbra, pero que no se «agarra», no se toma, no se posee, no se aferra. Y, además, nos da una Vida nueva, distinta, mejor, apasionante. Le agrega –como se dice– un plus, le agrega una inyección de amor a nuestra propia vida, que es apasionante.

Fijate si creer en Jesús no te ayudó a que tu vida cambie de rumbo, a que tu vida encuentre una luz, una verdad diferente, a que descubras verdades que antes no veías, a que tengas más vida que antes, más ganas de vivir, de levantarte, más ganar de amar y de agrandar tu corazón, de hacerlo gigante o de, por lo menos, no tenerle miedo a la muerte. Como me pasó de hace unos días, que fui a ver a un hombre que está cercano a morir y tenía una paz inmensa, preparado para el gran paso. ¿A vos te pasa lo mismo?

Fijate si desde que crees en Jesús, o desde que estás escuchando un poco más la Palabra de Dios, desde que lo seguís y escuchás en serio, no empezaste a caminar como quien no quiere detenerse nunca, como aquel que camina sin parar. Descansa un poquito, pero sigue, como quien sabe que pase lo que pase nada lo va a frenar, como quien sabe que a pesar de las caídas siempre puede levantarse una y otra vez, como quien sabe que ese camino siempre va a terminar bien. El final siempre va a ser el mejor. Ya sabemos el «final» de la película de la vida. Pensá qué sería de tu vida si no fuera porque tenés fe, algo de fe; no importa cuánto, sino, por lo menos, un poco de fe. Pensá qué sería de tu familia sin el sostén de Jesús, que te sostuvo en ese momento de dolor. El saber que tenemos un Camino, una Verdad y una Vida que no terminan jamás. Pensá hoy y rezá con esto. Rezá, por favor.

Tenemos un Camino seguro y firme, tenemos una Verdad que no engaña nunca y tenemos una Vida que da vida todo lo que toca y rodea. Todo en una Persona, todo lo que necesitamos en una Persona que vino a señalarnos el rumbo de la vida, que vino a lanzarnos –como decía san Alberto Hurtado– como un «disparo a la eternidad»; la vida de tus seres queridos también, la de los que partieron o están por partir, la de todos.

¿Qué más podemos pedir? Lo tenemos todo. Estando con Jesús vamos caminando en el mejor camino, porque él es el Camino. Entonces… ¿por qué nos inquietamos tanto por las cosas de esta vida que no podemos resolver? ¿Por qué hacemos un mundo «de lo que no es»? ¿Por qué hacemos de las tristezas algo eterno, cuando no estamos hechos para las tristezas? ¿Por qué dejamos que el sufrimiento de la vida nuble el verdadero fin de nuestro corazón? ¿Por qué dejamos que la partida de un ser querido nos angustie tanto? No se inquieten, no nos inquietemos, no nos dejemos inquietar por las cosas que pasan y nos pasan. Acudamos a él, pidamos más fe, pidamos más amor, pidamos más esperanza.