Topic: Juan

VI Jueves de Pascua

VI Jueves de Pascua

By administrador on 26 mayo, 2022

Juan 16, 16-20

Jesús dijo a sus discípulos:

«Dentro de poco, ya no me verán, y poco después, me volverán a ver.» Entonces algunos de sus discípulos comentaban entre sí: «¿Qué significa esto que nos dice: “Dentro de poco ya no me verán, y poco después, me volverán a ver”? ¿Y qué significa: “Yo me voy al Padre”?» Decían: «¿Qué es este poco de tiempo? No entendemos lo que quiere decir.»

Jesús se dio cuenta de que deseaban interrogarlo y les dijo: «Ustedes se preguntan entre sí qué significan mis palabras: “Dentro de poco, ya no me verán, y poco después, me volverán a ver”.

Les aseguro que ustedes van a llorar y se van a lamentar; el mundo, en cambio, se alegrará. Ustedes estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo.»

Palabra del Señor

Comentario

Dentro de poco celebraremos la fiesta de la Ascensión de Jesús a los cielos, el momento histórico en el que los discípulos vieron a Jesús volver al Padre. Habían dejado de verlo con su muerte, volvieron a verlo después de resucitado y dejaron de verlo después de su ascensión. Un ir y venir de presencias y ausencias de Jesús, algo que nosotros no vivimos en carne propia, no vivimos con nuestros propios ojos, por decirlo de alguna manera; pero que, de un modo u otro, místicamente, lo experimentamos o lo experimentaremos algún día, así es la vida. Jesús no se deja ver por nuestros ojos, pero sí se nos manifiesta de muchas maneras, y podríamos decir que también «lo dejamos de ver» y después «lo volvemos a ver», momento a momento, día a día. La vida de fe, nuestra vida espiritual muchas veces es un vaivén de distintos momentos en los que, por momentos, valga la redundancia, vemos a Jesús claramente y eso nos llena de gozo, y muchas otras un «dejar de verlo» que nos puede conducir a la tristeza o desesperanza. Es así la dinámica de la fe, no hay porqué asustarse. Si pretendemos «ver» siempre a Jesús, experimentarlo en todo momento y lugar, a la larga nuestra fe tendrá que pasar por el tamiz de la crisis del «no ver», del dejarlo de experimentar, como les pasó a los discípulos. Es así, no le busquemos otra vuelta, no busquemos el «pelo al huevo». Hay ausencias de Jesús que son necesarias para dejar lugar a algo mejor, a un gozo más grande que vendrá después. «Ustedes estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo».

Lo lindo de Algo del Evangelio de hoy es que Jesús les asegura a los discípulos y a nosotros de que la «tristeza se convertirá en gozo». La tristeza para el cristiano debe ser siempre pasajera, jamás puede llegar para instalarse en el alma, para echar raíz en el corazón. Puede golpear la puerta de nuestra casa, puede entrar por un momento, pero no puede apoltronarse en el «living» de nuestro corazón. No pienses que esa tristeza que tenés va a durar siempre, sabé mirar más allá, sabé esperar, sabé confiar en que Jesús te convertirá ese sentimiento en un gozo imborrable cuando menos lo esperes, incluso cuando menos lo busques. Seguro que alguna vez ya te pasó, seguro que lo viviste; por eso no te olvides que la tristeza es pasajera y que salir de esa tristeza también depende de nuestros deseos de salir de ese aislamiento que puede convertirse en soledad instalada y hace tanto mal, a nosotros y a la Iglesia. Es triste ver cristianos tristes, no estamos hechos para la tristeza.

Por otro lado, lo lindo del gozo es que jamás puede ser pleno si no es compartido y eso ayuda a otros a salir de sus encierros. Todos vivimos esa experiencia de alguna manera, todos hemos alegrado a otros y todos hemos sido alegrados por otros. Todos necesitamos compartir la alegría, es esencial a la alegría, que se derrame, que se comparta. Una vez unos novios, me acuerdo, ya con fecha de casamiento, me contaron que algunas dificultades de distancia en sus familias, evitaban que puedan avisar a todos juntos la fecha de su casamiento; y eso hacía que no pudieran disfrutar de la noticia que tenían en el corazón. La alegría del matrimonio no era solo para ellos. Es así, las alegrías son para compartirlas, los gozos son para darlos, las alegrías espantan las tristezas y los gozos quitan las soledades.

Si andás alegre, contalo, compartilo, hace bien. Si andás triste, pensá de donde viene esa tristeza, qué fue lo que la originó, para poder compartirla, pero mientras tanto andá y quedate un momento con Jesús, mientras tanto andá y buscá la compañía de alguien que esté alegre, que eso te va ayudar.

VI Miércoles de Pascua

VI Miércoles de Pascua

By administrador on 25 mayo, 2022

Juan 16, 12-15

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo.

El me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes.

Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: “Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes”.»

Palabra del Señor

Comentario

Saber que todo Dios puede habitar en nuestro interior, debería ser motivo suficiente para alegrarnos y serenarnos el corazón. De hecho, Jesús les dijo a sus discípulos y a nosotros: “¡No se inquieten ni teman!” No hay nada que temer, ni por qué inquietarse para aquel que se siente amado y habitado por el mismísimo Dios, uno y trino. El inconveniente es que lo “sabemos” con la cabeza, pero no siempre con el corazón. Se da eso de que, los treinta centímetros que separan la cabeza del corazón, son la mayor distancia del mundo, aunque en la realidad es ínfima.

¡Cómo cuesta abrazar con el corazón lo que se comprende o acepta con la cabeza! No alcanza con saber las cosas para vivirlas y asimilarlas, al contrario, muchas veces el “saber” muchas cosas atentas contra la sencillez y espontaneidad de la fe. ¿Cuántas personas hay que “saben” muchas cosas, pero que tienen el corazón duro e inamovible? ¿A cuántos de nosotros nos pasa que incluso nos da impotencia el saber cosas con la cabeza, como decimos, pero no podemos vivirlas con el corazón? Bueno, por eso deberíamos pedirle a nuestro Señor que nos conceda la gracia de aceptar esta verdad de fe y que se haga carne en nuestra vida, disfrutando de que Dios nos hable al corazón en cada instante de nuestro día, descansando en la certeza de que jamás estaremos solos si sabemos escuchar el amor que nos anima desde adentro; de que es imposible estar en un lugar en donde Dios no esté, porque en realidad Él está con nosotros.

Veníamos reflexionando en estos días sobre la soledad, esa que a veces sentimos y en el hecho de que Jesús viene a sanarla. Querer sanar y quitar soledades a los demás nos ayuda a comprender el sentido de nuestras soledades. Esos sentimientos de soledad que nos puede invadir a veces, se pueden transformar en oportunidad para darnos cuenta de que no vale la pena quejarse porque alguien nos dejó solos, por esto o por lo otro, sino que lo mejor que podemos hacer es dedicarnos a consolar las soledades y tristezas de los que no se dan cuenta que están solos porque en realidad se aislaron. Cuando nos aislamos no vemos ni percibimos las compañías lindas de la vida, la de nuestro buen Jesús que está siempre y la de nuestros seres queridos que también en general, están siempre cuando los necesitamos. Podríamos decir que estas son las soledades mal elegidas, o las soledades muy sufridas que no sabemos manejar y nos hacen equivocarnos, nos hacen tomar malas decisiones, nos hacen víctimas y quejosos, nos hacen no ver lo lindo da la vida. Cuando no sabemos manejar esas sensaciones de soledad, es cuando tomamos caminos incorrectos.

Por eso un buen remedio para la soledad es, por un lado, aprender a convivir con nosotros mismos cuando la sentimos, a pesar de sentirla, aceptándola y sabiendo que siempre debemos luchar contra ella y, por otro lado, el salir de nosotros mismos para darnos cuenta que no estamos solos y que hay muchos que necesitan de mi compañía.

Algo del Evangelio de hoy nos vuelve a enseñar que “se aprende de a poco”. Las cosas de la vida y las cosas del espíritu, no hay otro camino. En el camino de la fe no sirve la ansiedad, no hay lugar para el estrés. El mismo Jesús les dijo a sus discípulos que tenía muchas cosas por decirles, pero que no podían comprenderlas, y que sería el Espíritu el que los introduciría en la verdad. Paciencia. No se puede todo de golpe, Jesús no les dijo todo “de golpe” a sus amigos, sino que les dijo lo que podían comprender en ese momento y le dejó lo demás al Espíritu Santo para que siga trabajando en su ausencia. Nosotros a veces somos “golosos” de la vida y de las cosas, incluso de la verdad. Pretendemos todo y de golpe. Queremos saber todo y rápido. Sin embargo, es lindo dejarle el lugar a Dios en nuestro propio camino. Dejar que sea el mismo Espíritu quien nos vaya enseñando e introduciendo en la verdad de nuestra vida. Él sabe más que nosotros, muchísimo más que nosotros, ¿sabías? ¿Por qué a veces pretendemos andar más rápido que Dios o a otro ritmo? Si supiéramos la verdad de nuestra vida en un instante no nos daría el corazón, por eso Él nos va introduciendo, a su modo, a su manera, a su tiempo.

Por eso es necesario encontrar el espacio y el tiempo para escuchar en silencio, para descubrir ese “maestro” interior que es el Espíritu Santo, ese maestro que nos dejó Jesús y nos va enseñando lentamente lo que nos hace bien, lo que debemos dejar, lo que debemos decidir, lo que debemos abrazar. Por eso es necesario que nos hagamos tiempo y nos quedemos solos, porque sin soledad fecunda ese “maestro” interior habla, pero no es escuchado, habla, pero no sirve para nada, ya no sabe qué hacer con nosotros.

¿Te imaginás si nos tomáramos el tiempo necesario cada día para escuchar la verdad de nosotros mismos que Jesús nos quiere enseñar por medio de su Espíritu? ¿Te imaginás? Empezamos a probarlo. Un día con tiempo de silencio y soledad fecunda, es un día distinto.

VI Martes de Pascua

VI Martes de Pascua

By administrador on 24 mayo, 2022

Juan 16, 5-11

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«Ahora me voy al que me envió, y ninguno de ustedes me pregunta: “¿A dónde vas?” Pero al decirles esto, ustedes se han entristecido. Sin embargo, les digo la verdad: les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a ustedes. Pero si me voy, se lo enviaré.

Y cuando él venga, probará al mundo dónde está el pecado, dónde está la justicia y cuál es el juicio.

El pecado está en no haber creído en mí. La justicia, en que yo me voy al Padre y ustedes ya no me verán. Y el juicio, en que el Príncipe de este mundo ya ha sido condenado.»

Palabra del Señor

Comentario

Retomando lo del evangelio del domingo, esa verdad de fe que muchas veces olvidamos y nunca deberíamos olvidar, es lindo pensar que en la medida que tenemos capacidad de mirarnos interiormente y en ese mirar reconocemos la voz de nuestra conciencia que siempre nos habla al corazón, podemos decir con tranquilidad, que jamás podemos estar solos. “El que me ama será fiel a mi palabra y mi Padre lo amará”, “iremos a Él y habitaremos en Él”. En el mundo del ruido y del consumismo, esto parece una misión imposible, pero es posible. Cada vez son más las personas sedientas de amor, sedientas de Dios en un mundo que alardea solucionarnos todos los problemas, pero que en el fondo los crea y multiplica. ¿Por qué será que, en la época de mayor posibilidad de comunicación, es al mismo tiempo la época de mayor cantidad de personas depresivas, que se sienten solas e incluso que se quitan la vida? ¿Por qué será? ¿No será porque perdimos la capacidad de reconocernos a nosotros mismos, perdimos incluso nuestra propia sensibilidad que nos ayuda a comunicarnos con nosotros mismos y los demás?

Jesús nunca estuvo solo, aunque haya buscado momentos de soledad. Es lindo pensar en esto, en que Jesús es el modelo perfecto del que nunca estuvo solo, pero supo buscar momentos de soledad. Es increíble pensar que, de la vida de Jesús, en realidad no sabemos tanto como quisiéramos. Los evangelios cuentan poco y nada sobre su infancia y sobre su vida cotidiana en Nazaret, hasta los 30 años, hasta su aparición pública. ¿Qué habrá hecho Jesús en esos años? ¿Cuántas veces se habrá apartado tranquilo a caminar, a descansar, a mirar al cielo, a disfrutar de la naturaleza, a descubrir tanta maravilla? Por otro lado, muchas veces en los evangelios se relatan momentos en los que Jesús se aparta de las multitudes y de sus amigos, para estar en la montaña, para rezar, para estar solo. A esto quería llegar, la soledad buscada, hace bien. La soledad que piensa y se siente, es necesaria en la vida. Vos y yo tenemos que aprender a estar solos, no toda soledad es mala. ¿Sabés estar solo? ¿Sabés quedarte con vos mismo? Si uno parte de la certeza de que en realidad estar solo es una oportunidad para encontrarse con el que no nos dejó solos, no deberíamos tenerle miedo, es difícil, sí, pero miedo no.

La partida de Jesús, el anuncio de su partida, les trajo a los discípulos una gran tristeza. Algo del Evangelio de hoy dice eso… “ustedes se han entristecido” Obviamente… ¿Quién no se pondría triste? Ellos no terminaban de entender que era “necesario” que él se vaya, de que “les convenía que él se vaya”. Esa es la cierta paradoja de nuestra fe, las ausencias que nos traen presencias distintas, amores distintos. Soledades que nos pueden traer mayores frutos, mayor madurez, mayor convicción de que en realidad no estamos solos.

¿Viste esas personas que no pueden estar solas, que no pueden estar quietas, que siempre tienen que estar haciendo algo, que parece ser que no pueden disfrutar de la gratuidad de “no estar haciendo nada”? Fijate si a vos no te pasa lo mismo a veces. A todos nos puede pasar. Como decíamos, el mundo de hoy colabora muchísimo a esto. Todo es rápido, todo tiene que hacerse ya, siempre tengo que estar comunicándome con alguien, casi que nunca podemos y sabemos estar solos. Sin embargo, es tan necesario. Es necesario que Jesús se haya ido para que todos lo hayamos podido encontrar. Así lo dijo Él mismo: “Pero si me voy, se lo enviaré.” Es bueno que nos tomemos un tiempo para estar solos, es bueno que también dejemos solos a los que tenemos a nuestro cargo, es bueno que dejemos que los demás sepan estar solos. Pensá en los tuyos. Es bueno que los demás tengan sus tiempos, que dejemos “respirar” a los otros, porque a veces incluso no podemos estar solos y no dejamos que los otros estén solos. Cuando Jesús se apartaba para estar solo, los discípulos lo dejaban tranquilo. Cuando los discípulos volvían de misionar, Jesús mismo los apartaba un poco para que descansen, para que estén solos.

Preguntate si sabés apartarte como Jesús para escuchar tu corazón y al escuchar tú corazón escucharlo a Dios que es tu Padre, escuchar al Espíritu que está dentro tuyo. Podríamos preguntarnos si somos capaces de escuchar la voz interior que nunca nos abandona, que siempre nos hace sentir acompañados. Pensemos si no estamos tapando lo mejor de nosotros con la “adicción del activismo”, esa manía de pensar y creer que solo haciendo cosas nos salvaremos y salvaremos a los demás. Si Jesús hubiese querido salvar al mundo por el hacer, se hubiese puesto a predicar desde la adolescencia, se hubiese puesto a “hacer cosas” y milagros desde mucho antes, sin embargo, empezó a los 30 años. Es para pensar, ¿no? Aprendamos hoy a sentarnos por un tiempo, a postrarnos por un momento, para “no hacer nada” a los ojos de los demás, para estar simplemente solos, por pura gratuidad, no esperando mayor recompensa, que estar con Jesús.

VI Lunes de Pascua

VI Lunes de Pascua

By administrador on 23 mayo, 2022

 

Juan 15, 26 — 16, 4

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«Cuando venga el Paráclito que yo les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad que proviene del Padre, él dará testimonio de mí. Y ustedes también dan testimonio, porque están conmigo desde el principio.

Les he dicho esto para que no se escandalicen.

Serán echados de las sinagogas, más aún, llegará la hora en que los mismos que les den muerte pensarán que tributan culto a Dios.

Y los tratarán así porque no han conocido ni al Padre ni a mí.

Les he advertido esto para que cuando llegue esa hora, recuerden que ya lo había dicho. No les dije estas cosas desde el principio, porque yo estaba con ustedes.»

Palabra del Señor

Comentario

Empezar la semana rezando, escuchando y hablando, es fundamental, es necesario para todos. No me canso de escuchar testimonios de personas que escuchan día a día la palabra de Dios y me dicen llenos de alegría, que escuchar el evangelio cada día les cambió, literalmente la vida. Muchos me dicen que no me canse, que lo siga haciendo, y siempre les digo que hasta que Jesús no me demuestre lo contrario, no le dejaré. Pero en realidad, quiero decirte a vos que no te canses, que no bajes los brazos, que escuches y vuelvas a escuchar si es necesario, porque sí es necesario, realmente. Y si todavía no experimentaste cambios, es porque tenés que seguir escuchando, luchando y teniendo paciencia, no se cambia de un día para el otro.

¿No te pasa que los días parece que “se pasan volando” como decimos a veces? No será que se pasan “volando” porque andamos “volando” por la vida; por decir así. Son comunes estas frases entre nosotros que expresan esto que nos pasa; decimos a veces: “no puedo creer que ya estemos casi a la mitad del año” “este año se pasó volando”. Es así; un poco la vida es así, el tiempo pasa volando, el tiempo no lo podemos parar, es lo único que no podemos parar; lo que sí podemos parar o podemos modificar es el modo de vivirlo, lo que sí podemos modificar son nuestras decisiones que nos ayuden a vivir cada día de una manera diferente, asimilando mejor lo que nos pasa y lo que pasa. Cada uno en lo suyo, cada uno con lo suyo; pero empezar el día o la semana escuchando la Palabra de Dios nos ayuda a vivir las cosas diferentes. Terminar el día escuchando o simplemente agradeciendo lo vivido también nos ayuda a darle al tiempo un valor diferente. “El tiempo es superior al espacio” —decía el Papa Francisco. Ojalá podamos empezar todos así este lunes; ojalá que escuchemos la voz del Señor que a todos nos quiere decir algo.

Empecemos este día rezando con el Salmo 104: “Envíanos Señor tu espíritu y renueva la faz de la tierra”. Nos acercamos a la Fiesta de la Ascensión del Señor, nos acercamos también a la Fiesta de Pentecostés y por eso, en todos estos días muchísimas veces aparecerá la persona del Espíritu Santo en boca de Jesús, en muchas lecturas. Serán lindas semanas para invocarlo, para buscarlo, para reconocerlo, para reavivarlo en nuestra vida, para redescubrirlo; para no olvidarnos que Jesús no nos dejó solos, todo lo contrario, se quedó con nosotros dándonos su propio Espíritu. “Envíanos Señor tu espíritu y renueva la faz de la tierra”.

Algo que sólo comprende aquel que cree y lo vive, aquel que cree en esta promesa de Jesús de Algo del Evangelio de hoy; promesa que ya se hizo realidad en la historia, en la historia de los apóstoles, en la historia de tantos a lo largo de estos milenios: «Cuando venga el Paráclito que yo les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad que proviene del Padre, Él dará testimonio de mí…».

Todos los bautizados –vos y yo– recibimos el Espíritu de la verdad que proviene del Padre, y Él es el que en nuestro interior nos conduce a Jesús y al Padre. Pero no todos los bautizados nos damos cuenta de ésta verdad, de ésta realidad; no todos los bautizados dialogamos en nuestro interior con el Espíritu de amor que nos habita y nos anima cada día, pero todos lo recibimos. Nada bueno podemos hacer sin Él, y por eso, aunque la mayoría no se dé cuenta, solo Él es la causa de nuestras buenas acciones. Dentro de la Iglesia muchas veces se dan ciertas confusiones u oposiciones haciendo afirmar cosas que son parte de la verdad; como, por ejemplo: cuando se habla del Espíritu Santo pareciera ser que es exclusividad de ciertos movimientos, o que sopla en lugares especiales. Algunos creen que es patrimonio de un grupo, o que solo generando ambientes propicios el Espíritu se manifiesta. Esto es parte de la verdad, porque todos debemos tomar conciencia de que recibimos el Espíritu, que el Espíritu no es patrimonio de un grupo, sino que es el que nos hace a todos “uno”, es Él que hace a la Iglesia “una” y es Él que sostiene a la Iglesia, silenciosa y misteriosamente.

Por eso hoy te propongo que recuerdes esto: ya no somos hijos del mundo; somos hijos de Dios, porque todos recibimos el Espíritu de Dios y Dios quiere habitar en nosotros por su amor, por sus inspiraciones que nos motivan a seguir a Jesús. Intentemos en este día, en estos días; afinar el oído del corazón para percibir la voz del Espíritu de Dios que habita en nuestra alma y que nos conduce a la paz, a la alegría, a la serenidad, a la entrega, al servicio; en definitiva: al amor.

Miremos a nuestro alrededor, en nuestro interior, siempre se puede ver todo de otra manera, siempre se puede ver todo con los ojos de Dios. “Envíanos Señor tu espíritu y renueva la faz de la tierra”.

VI Domingo de Pascua

VI Domingo de Pascua

By administrador on 22 mayo, 2022

Juan 14, 23-29

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió.

Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho.

Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman! Me han oído decir: “Me voy y volveré a ustedes”. Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo.

Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean.»

Palabra del Señor

Comentario

Qué lindo es poder escuchar en este domingo, día del Señor, estas palabras tan consoladoras de Jesús. Tantas palabras lindas: “no se inquieten más”; “les dejo mi paz”; “les doy la paz, pero no como la da el mundo”; “el que me ama será fiel a mi palabra y mi Padre lo amará”, “iremos a Él y habitaremos en Él”.

Día del Señor. Día para estar un poco más con Él o tratar de estar todo el día con Él, que no quiere decir estar todo el día en un templo, estar todo el día rezando; pero sí rezar de otra manera, descansar, leer un poco más, estar con nuestra familia, descubrir la presencia de Jesús resucitado en este tiempo pascual, en aquellos que nos visitan, en aquellos que visitamos, en nuestras familias, en nuestros hermanos… en tantas cosas cotidianas que a veces no nos damos cuenta.

Es lindo poder escuchar, ya acercándonos a la fiesta de la Ascensión del Señor, que el Señor nos dice “el que me ama será fiel a mi Palabra, y mi Padre lo amará. Iremos a él y habitaremos en él”. Dios habitando en nosotros. Esa es una de las verdades más grandes de nuestra fe. El que no me ama no es fiel a mis palabras. Las palabras del Señor son las que nos ayudan a permanecer fieles.

Y la cuestión, o varias de las cuestiones en nuestra vida, muchas veces pasan porque parece que estamos solos, nos sentimos solos, o nos podemos sentir solos, y no hay nada peor que eso. Podemos estar a veces muy acompañados, pero tremendamente solos.  Pero no porque realmente estemos solos, sino porque “nos sentimos solos o porque parece que lo estamos”.

Hoy Jesús, de alguna manera, podríamos imaginar que nos grita, despacito al oído, nos dice despacio al oído del corazón: “Aquel que se siente solo, nunca está solo. Jamás estuviste ni lo estarás, aunque te sientas solo” «Si alguien me ama – dice Jesús – guardará mis palabras, y mi Padre lo amará. Entonces vendremos y habitaremos en él». El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, la Santísima Trinidad. Ese Dios en el cual nosotros creemos, que es uno y trino, se ha tomado el trabajo de vivir en cada corazón que escucha, que conoce y ama a Dios. ¡Pedazo de trabajo éste! Podríamos decir: Dios viviendo en mí, mientras yo lo busco en cualquier lado. Mientras yo pienso que estoy solo, mientras me quejo de lo que vivo, mientras lloro por mi pasado o mientras tiemblo por mi futuro o mientras no encuentro paz en mi presente, Dios nos dice: “No estás solo, yo puedo vivir en Ustedes”. «Que no haya en ustedes angustia ni miedo» nos dice Jesús. A la Trinidad – que nunca está sola, porque es un Dios “familia” (que Padre, Hijo y Espíritu Santo) – no le alcanzó con enviar al Hijo para vivir entre nosotros, sino que además quiso enviar al Espíritu para vivir en nosotros, dentro de nosotros.

¡¡Si creyéramos, si creyéramos por un instante este misterio de nuestra fe!! Sólo pido eso Señor, sólo podemos pedirle eso al Señor, creer en su palabra, amar su palabra, ser fiel a su palabra. ¡Quiero eso Jesús! – podemos decirle hoy todos. Jamás estoy sólo si amo, aunque sólo ame yo, y todo el mundo se me venga abajo. Jamás estoy solo. Nunca se está mejor acompañado que cuando sólo se está… amando. Ese es el anuncio lindo y gozoso de algo del evangelio de hoy. Esa es la paz que nos viene a traer Jesús. La paz que proviene del amor, el gozo que proviene del amor, del amor que también debe lucharse. Del amor que debe “guerrearse”, por decir así, en nuestro corazón, para alcanzar la paz. No nos inquietemos ni temamos, el anuncio más lindo de nuestra fe, es saber que Jesús está. Está entre nosotros, está en la Eucaristía, está en la misa que podemos vivir en este domingo, está en aquellos que queremos, está cuando amamos.

Sólo cuando hay amor, Dios se hace presente… aunque Él esté siempre presente, se hace presente “verdaderamente” en nuestra vida. Ojalá que hoy podamos vivir un domingo así… sabiendo que nuestro Padre nos ama y que Él quiere que seamos fieles a las palabras de Jesús. Sólo siendo fieles a sus palabras, podemos experimentar este gozo de saber que Él habita en nosotros y que Él nos da la fuerza para vivir cada día.

V Sábado de Pascua

V Sábado de Pascua

By administrador on 21 mayo, 2022

Juan 15, 18-21

Jesús dijo a sus discípulos:

«Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí. Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, el mundo los odia.

Acuérdense de lo que les dije: el servidor no es más grande que su señor. Si me persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes; si fueron fieles a mi palabra, también serán fieles a la de ustedes. Pero los tratarán así a causa de mi Nombre, porque no conocen al que me envió.»

Palabra del Señor

V Viernes de Pascua

V Viernes de Pascua

By administrador on 20 mayo, 2022

Juan 15, 12-17

Jesús dijo a sus discípulos:

«Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.

No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá.

Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros.»

Palabra del Señor

Comentario

La palabra de Dios de hoy te resonará a la del domingo, por ahí estarás pensando: “Es el mismo evangelio”, pero no, parece, pero no. Como dijimos ayer, la palabra es un organismo vivo y por estar vivo también se desarrolla, tanto si lo pensamos cuando lo escribieron, en el sentido que los evangelistas fueron elaborando los textos, dándole su forma, su contenido y su sentido, por lo tanto, fueron creciendo y desarrollándose, como en su interpretación, ya que la Iglesia, y cada uno de nosotros, los que escuchamos, vamos comprendiendo y aceptando lentamente sus enseñanzas, por lo tanto la vida de la palabra de Dios en nuestros corazones va creciendo y desarrollándose. No quiero aburrirte con esto, pero creo que es importante para seguir profundizando, para no ser superficiales al escuchar, para no pensar que ya lo sabemos todo, para no desfallecer en el intento de crecer en nuestra fe. Nunca debemos olvidar, que la comprensión y los efectos de esa comprensión de la palabra de Dios, crecen en nuestro corazón como lo hace un niño en el vientre de su madre, como lo hicimos nosotros, y que, por supuesto sigue creciendo y desarrollándose a lo largo de toda la vida, en sus diferentes etapas.

Hoy podríamos decir: “Otra vez el mandamiento del amor, otra vez la palabra amor, otra vez en la que Jesús nos pide y nos manda amar como Él ama”. Parece mucho, parece imposible, parece una utopía. Siempre recuerdo hace muchos años, cuando recién se despertó en mí el llamado a ser sacerdote, cuando todavía me escapaba un poco de ese llamado, un día de semana fui misa y escuché este texto. Como nos pasa muchas veces al ir a misa después de escuchar el evangelio, o por lo menos me pasaba a mí, me acuerdo que me preparé entusiasmado a esperar con ansias que iba a decir el sacerdote en el sermón. Eso me pasaba en esa época, hoy que estoy del otro lado ya no me pasa tanto, al contrario, pienso que muchos esperan algo grande de nosotros y justamente uno no llega a colmar siempre las expectativas de los que escuchan. Pero bueno, ese es otro tema. Uno prepara, uno reza, uno siembra y dice lo que puede y lo que sale, después Dios hace su obra. En realidad, los sacerdotes no deberíamos predicar; ni para agradar, ni para ser felicitados, ni para que nos admiren.

Predicamos la Palabra de Dios, anunciamos lo que Jesús nos pidió, porque Él nos eligió a nosotros y no nosotros a Él. Pero bueno, creo que me fui de tema. Quería decir que apenas el sacerdote empezó a predicar dijo lo siguiente: “Esto es una utopía, esto es imposible” Me acuerdo que me chocó tanto, me acuerdo que no pude seguir escuchando. Recuerdo que me desilusioné tanto que me pareció que no tenía sentido escuchar. Dije: “Si esto es imposible… ¿Cómo es posible que Jesús lo haya dicho? ¿Si esto es una utopía que hacemos en la Iglesia?” El tiempo, el seminario y el sacerdocio, me ayudaron a no juzgar tanto y a saber esperar. Además, me enseñaron a no ser tan lapidario con los sacerdotes, obviamente porque hoy estoy del otro lado, y porque en realidad me di cuenta que muchas veces, el problema es que no sabemos escuchar. Escuché una parte y seguramente no terminé de escuchar todo el sermón. Muchas veces nos pasa eso.

Escuchamos lo que queremos escuchar y no escuchamos lo que sigue, o sea eso que nos ayudaría a entender lo que escuchamos al principio, y esto tiene que ver con lo que dijimos al principio con respecto a que la palabra es un organismo vivo. El corazón es sensible y provoca que los oídos se cierren inmediatamente o, al contrario, se abran increíblemente. A mí es día se me cerraron. ¿Te pasó alguna vez eso? Hay que escuchar todo. Te aconsejo esto. Hay que escuchar todo y aprender a sacar lo mejor.

¿Qué creo que quiso decir ese sacerdote ese día? Creo que quiso decir lo que Jesús nos dice, pero de otra manera. “Ámense porque yo los amo como amigos, aunque ustedes a veces no se comporten como amigos. Ámense porque yo los amé primero. Ámense porque yo les di una dignidad que nadie les puede dar. Ámense, sí es verdad, se los mando, pero se los mando habiendo amado, habiendo dado la vida”. Esto es imposible y es una utopía, si nos lo hubiera mandado alguien que no nos haya amado antes. Esto sería una locura si pensáramos que amar así, puede salir espontáneamente de nuestro corazón. Solo puede amar así quien descubre que hay alguien que siempre lo llamará “amigo”, pase lo que pase. Para Jesús, todos son sus amigos, hasta los enemigos. Por todos dio la vida, incluso hasta por aquellos que lo despreciaron y desprecian. ¿Entendemos la diferencia? Para Jesús somos sus amigos, aunque no nos comportemos como amigos. Para Jesús no hay mayor amor que dar la vida por los amigos, o sea por todos. Nosotros daríamos la vida solo por los que nos consideran amigos, por los que queremos como amigos. Amar con el amor de Jesús es “por empezar”, no tratar a nadie como enemigo, aunque los que sean enemigos nos traten como tales, porque Jesús no trató como enemigos a los que lo trataron como enemigo, sino que los trató como amigos y los “amigos de mi amigo son mis amigos”.

Solo podemos dar frutos en serio en esta vida, frutos que perduren, si reconocemos que para Jesús siempre seremos sus amigos, pase lo que pase, y si al mismo tiempo empezamos a levantar la mirada y dejamos de ver y crear enemigos, aunque los haya, aunque existan. Esto es posible, te lo aseguro. No es una utopía. Es cristianismo puro, cristianismo en serio.

V Jueves de Pascua

V Jueves de Pascua

By administrador on 19 mayo, 2022

Juan 15, 9-11

Jesús dijo a sus discípulos:

«Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto.»

Palabra del Señor

Comentario

Tiene mucho que ver la palabra de Dios de hoy con la del domingo, de hecho, podríamos decir que la complementa y ayuda a comprenderla mejor. Siempre es bueno recordar que los textos de la palabra de Dios son como un organismo vivo que se necesitan el uno al otro, que se comprenden el uno con el otro, y eso lo hace más desafiante al interpretar, y al mismo tiempo con más vida, con una riqueza inagotable. Hoy se comprende mejor que el amor que Jesús nos pide que tengamos, proviene del Padre, Él mismo lo recibe de su Padre y nos lo dio a nosotros derramando en nuestros corazones el Espíritu Santo. Pero… hoy quería continuar con algunas preguntas.

¿Qué es lo que te mueve a levantarte cada día? Es bueno preguntarse esto cada tanto. Hace bien. ¿Qué es lo que te mueve a levantarte para cuidar a tu hijo, a prepararle el desayuno, a ayudarlo a empezar el día? ¿Qué es lo que causa que, aunque estés cansado, todos los días hagas el esfuerzo para ir al trabajo y llevar el pan de cada día a la mesa de tu familia? ¿Qué causa que seas capaz de perdonar una ofensa de alguien a quien amas? ¿Qué es lo que te causa deseos de hacer el bien a tu familia, a tus amigos? ¿Cuál es el motor de tus acciones de cada momento? Seguramente no somos siempre conscientes de cada acción, seguramente no pensamos detenidamente cada cosa que hacemos, pero seguramente podemos coincidir que lo que nos mueve a hacer todo eso que hacemos en nuestra vida, con más o menos matices, es el amor. Es esa fuerza invisible que vive en nuestro interior y nos hace volcarnos hacia afuera, nos hace hacer lo que muchas veces no querríamos hacer, nos hace levantarnos, nos hace tener detalles, nos hace sacrificarnos, nos hace desvelarnos, nos hace cansarnos, nos hace darle un poco más de gusto a la vida.

Amar es bueno y hace bien, eso no es ninguna novedad. Amamos porque amar nos da vida y amando ayudamos a vivir a otros. Al mismo tiempo, es verdad que, la palabra está desgastada. Está banalizada. Está mal usada. Tan mal usada que a veces a algunos cristianos les da vergüenza hablar del amor, porque parece que decir amor es demasiado meloso, es demasiado sentimental, como si fuera que los sentimientos no son tan buenos. Por otro lado, la usan tanto algunos o la usan mal, que abusan del uso y terminan vaciándola de contenido. Si digo muchas veces amor y no sé lo que es amar o no amo de verdad, la palabra ya no tiene sentido. Creo que no debemos caer en extremos. Acordémonos que los extremos siempre se tocan. Ser equilibrado en la vida cuesta, porque siempre hay que andar haciendo un esfuerzo para no caerse, ni para un lado, ni para el otro. Andar por una cornisa haciendo equilibrio implica estar siempre atentos, implica mirar donde pisamos, implica no dejarse vencer por el vértigo.

Sin embargo, Algo del Evangelio de hoy habla del amor. Jesús habla del amor, del amor del Padre, de su amor y de cómo tenemos que amarnos entre nosotros. ¿Por qué entonces nos puede causar pudor hablar del amor? ¿No será que todavía no sabemos plenamente lo que es amar? ¿Por qué entonces algunos abusan de la palabra siendo algo tan delicado y serio? ¿No será que en realidad creen que aman, pero todavía les falta muchísimo? Amar es cosa seria, para amar en serio no basta con decir que amamos, no basta con amar a los que nos sale naturalmente amar. Para amar en serio, en realidad tenemos que reconocer, revivir, experimentar esa corriente de amor verdadero y eterno que proviene de Dios Padre, que pasó por su Hijo y que está sembrado en nosotros para ayudarnos a amar. Jesús no nos habla de un simple amor humano, espontáneo, sino que nos habla de amor del cielo, amor de Dios que se derrama en corazones humanos imposibilitados para amar como Dios ama.

Hay que ser sinceros, no tenemos la fuerza para tanto. Pero podemos si nos damos cuenta que el amor no es un mandamiento que obliga desde afuera, sino que es vida que brota desde adentro y que descubre lo más verdadero que tenemos. Jesús nos ayuda a descubrir que podemos amar porque en realidad somos amados por Él y por el Padre. Esa es la clave. Podemos amar porque somos amados, podemos amar si “permanecemos” en esto, si reconocemos esto. No se puede amar bien si no se acepta semejante misterio y regalo. No se puede vivir este mandamiento que brota desde adentro si no se reconoce también, que amar y ser amados, entregarse y dejar que los otros nos amen, no es una obligación, sino que es una necesidad del alma, del corazón. Necesitamos amar, necesitamos un motivo para vivir, necesitamos experimentar amor de Dios por medio de gestos humanos. Necesitamos darnos cuenta que el amor es cosa seria, que Dios se tomó en serio el amor y por eso nos amó hasta el extremo, para que ese amor nos despertara nuestros deseos de amar.

Si hoy no estás bien, o cuando no estemos pasando buenos momentos en la vida, porque parece que el amor está muy lejos, porque la vida parece un “valle de lágrimas”, no te olvides que tenemos otras opciones… buscar ese amor por nosotros mismos. No esperar a que el amor nos venga a buscar, que nos encuentre. El amor en realidad, está siempre, al alcance de nuestras decisiones, a un paso que a veces parece muy largo, pero posible. El amor aparece muchas veces cuando nos decidimos a darlo a los demás con nuestra presencia, con nuestros gestos, con nuestra escucha.

V Miércoles de Pascua

V Miércoles de Pascua

By administrador on 18 mayo, 2022

Juan 15, 1-8

Jesús dijo a sus discípulos:

«Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. El corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía. Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié. Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí.

Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde.

Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán.

La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.»

Palabra del Señor

Comentario

La palabra de Dios sigue “haciendo de las suyas” en miles de corazones esparcidos por el mundo, gracias a la gracia de Dios, valga la redundancia. Vos y yo deberíamos evangelizar siempre, cansándonos, pero sin esperar resultados, sin ser resultadistas, aunque de tanto en tanto nos haga bien el saber que lo que hacemos hace bien, porque una cosa no quita la otra. Si las obras que realizamos no son nuestras únicamente, sino que también de Dios, o las empezamos por pedido de Él, no hay poder humano que pueda derribarlas, al contrario, crecen más allá de nuestros esfuerzos y deseos, y nunca mueren, aunque por momentos vayan tomando tonalidades o colores distintos sin perder su esencia, según las etapas de nuestra vida y de la historia. Y, por el contrario, si las obras son puramente humanas, sin ningún discernimiento previo, tarde o temprano se irán apagando con el paso del tiempo.

No nos olvidemos que fuimos creados para el cielo, porque por nuestras venas corre la sabia de la vid que es Jesús, circula en nuestras venas la sangre de Jesús, que dio su vida por nosotros. “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer.” Así dice Algo del Evangelio de hoy. El Padre es el buen viñador, el que está siempre deseando que demos frutos, que nuestra vida aporte algo a la vida del mundo que está falto de amor. Es el padre que sabe esperar, pero que al mismo tiempo quiere que demos frutos, exige, pero con amor, porque conoce todo lo que podemos dar y a veces no damos por egoístas y cómodos. Para Él no somos inservibles, no sos inservible, sino que servimos para algo. Somos sarmientos. Somos las ramas de la planta, y desde nosotros es donde brotan las hojas, los zarcillos y los racimos.

Por eso no podemos dar frutos separados se la planta, es imposible. Cuando estamos separados no servimos para nada, porque en realidad sin Jesús no podemos hacer nada que dé frutos de santidad. Podemos hacer muchas cosas en este mundo, incluso ser muy exitosos, podemos colaborar mucho en la Iglesia, ser reconocidos, ser aplaudidos, ser queridos por muchos, podemos decir que trabajamos para Él, pero si sus palabras no permanecen en nosotros, si no amamos como Él ama, de nada sirve. ¡Cuánta falta de fecundidad en nuestras comunidades por no hacer las cosas al modo de Jesús, por no trabajar con Él y desde Él, en la comunión de su Iglesia! ¡Cuánto nos desgastamos haciendo “cosas” por los otros, pero no haciendo lo que Él nos pide! A veces pienso si en la Iglesia somos conscientes de la energía y el tiempo que perdemos trabajando por Él, pero secos de corazón, secos de la sabia de Cristo. Creo, con el riesgo de equivocarme, que, en ciertas tareas de la Iglesia, estamos muy mundanizados y realizamos nuestras obras de evangelización sin discernir si es o no la voluntad de Dios. Y lo que no debemos olvidar es que, si lo que hacemos no lo hacemos con la certeza de que es lo que Jesús desea, de nada sirve hacerlo, por más supuesto éxito que aparentemos lograr.

¿Cuántos proyectos, cuantas acciones pastorales, cuantas cosas hicimos alguna vez, o hizo la Iglesia alguna vez, que hoy están muertas por no haber realizado la voluntad de Dios? ¿Cuántas estructuras pastorales, grupos, movimientos, comunidades, congregaciones hoy están en vías de extinción por no estar trabajando unidos a la vid?

En el fondo es lo de san Pablo: “…aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada. Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada” Lo que nos une vitalmente a Jesús es el amor que Él nos entregó desde la Cruz, el amor que Él nos da y nos permite amar como Él. La clave no es… hacer muchas cosas buenas, sino hacerlas como Él las haría, con el amor de Él, solo así daremos frutos de santidad. Todo lo demás, todo lo demás, aunque todos lo reconozcan, queda en la nada, no me sirve para edificar el Cuerpo y el Reino de Cristo. Cuando nos toque partir de este mundo, nos guste o no, tengamos ganas o no, Jesús no nos preguntará cuántas cosas hicimos; cuántos nos aplaudieron; cuánto dinero juntamos, cuántos templos construimos; cuantos títulos acumulamos; cuánto nos quisieron, cuánto nos amaron, sino, cuánto amamos, cómo amamos… Si amamos, si buscamos el bien de los otros, y no primero el nuestro. Solo el que está unido a Jesús, el que permanece con Él puede dar esos frutos tan duraderos. ¿Queremos ir al cielo? Seguro que sí. ¿Queremos empezar a vivir el cielo en la tierra? Amemos como Jesús nos ama. Ese es el camino. ¿Sabemos que será el cielo? Amor eterno, amor verdadero, entrega total y desinteresada, alegría eterna. ¿No te dan ganas de empezar a vivirlo en la tierra?

V Martes de Pascua

V Martes de Pascua

By administrador on 17 mayo, 2022

Juan 14, 27-31a

Jesús dijo a sus discípulos:

«Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman! Me han oído decir: “Me voy y volveré a ustedes.” Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo.

Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean.

Ya no hablaré mucho más con ustedes, porque está por llegar el Príncipe de este mundo: él nada puede hacer contra mí, pero es necesario que el mundo sepa que yo amo al Padre y obro como él me ha ordenado.»

Palabra del Señor

Comentario

Escuchamos en el Evangelio del domingo que inmediatamente después de que Judas salió para hacer lo que tenía que hacer, para hacer lo que quería hacer, que era traicionar a Jesús, Jesús comenzó a hablar de su gloria, que en definitiva no era otra cosa que la entrega. Y empezó de algún modo a despedirse de sus amigos, de sus discípulos para dejarnos el testamento de su amor, que finalmente sellaría con su sangre, dándonos el mandamiento nuevo. Jesús no nos dejó un testamento de palabra únicamente, sino que lo selló con su sangre, lo selló con las obras. Por eso, diría un gran santo, san Ignacio de Loyola, que «el amor se da más en las obras que en las palabras». Finalmente Jesús con sus obras, con su gran obra de la entrega en la cruz nos manifestó su amor. En la última cena, simplemente anticipó con palabras lo que iba a hacer con toda su vida. El mandamiento del amor, que parece imposible, no es otra cosa que lo que él mismo hizo por nosotros. Tanto nos amó que entregó su vida, pero seguiremos con esto en estos días.

En algún momento, cuando empecé con esta iniciativa de los audios grabados con el Evangelio de cada día –por ahí empezaste hace poquito, no te acordarás, y si sos de los primeros, seguramente tampoco– empezaba la meditación tomando algún versículo de algún Salmo que nos hablaba sobre la Palabra de Dios, de su importancia, de su acción en nuestra vida. Creo que ayudaba a entrar de otra manera, para poder hacer una especie de preparación, que la escucha sea más fecunda. Algo así como a lo que en la jerga del campo se lo llama «barbecho», el «barbecho» es justamente esa preparación previa que se le hace o se le hacía a la tierra para que al caer la semilla tenga más posibilidades de germinar. Bueno, vamos a seguir intentando que al comentario de cada día lo preceda un «barbecho» de otras palabras. Palabras de otros libros de la Biblia, palabras del día anterior, palabras del Evangelio del domingo, palabras de testimonios de otros que viven la fe de manera distinta a la tuya y a la mía. Todo ayuda si estamos dispuestos a escuchar. Solo hay que aprender a escuchar y sacar provecho y sacar lo bueno de todo. Prestá atención: «Muchas veces no entendemos porque no atendemos», dice también un gran cuentista argentino. «No entendemos porque no atendemos».

El Salmo 34 dice así: «Apártate del mal y practica el bien, busca la paz y sigue tras ella». Algunas traducciones dice: «Y corre tras ella». Creo que no hay mejor día para escuchar estas palabras del Antiguo Testamento junto con las de Jesús mientras se despedía de sus discípulos, de sus amigos. ¿Quién de nosotros no desea la paz del corazón? Cualquier hombre desea vivir esa sensación del alma, estar en paz, con uno mismo, con los demás, con Dios. En realidad, todas las personas buscan la paz y corren tras ella, lo que pasa es que no todo corren hacia el sentido correcto y no todos saben dónde está la paz. Podríamos decir que la paz es hermana de la felicidad, que el hombre que está feliz también siempre está en paz y que encuentra la paz aquel que encuentra la felicidad. Por eso, en el fondo, aquel que busca la felicidad lo que está buscando es la paz del corazón, porque es casi lo mismo.

Entre el Salmo y las palabras de Jesús de Algo del Evangelio de hoy podemos encontrar la clave de lo que todos deseamos y queremos, pero que muchas veces erramos. Antes de buscar la paz, el Salmo dice claramente: «Apártate del mal y practica el bien». Eso quiere decir claramente que la paz no se encuentra en el mal, que del pecado lo único que sobreviene es la turbación y la tristeza o también podríamos decir una paz «ficticia y momentánea». La paz no puede venir como fruto de la mala intención, de la mentira, del robo, de la deshonestidad, de la extorsión, del egoísmo, de la pereza, de la avaricia, de la superficialidad pasajera, del enojo, de la ira, de la venganza, de la idolatría, de la sensualidad y de tantas cosas más. La paz proviene de la práctica asidua del bien, la paz es fruto del amor, la paz es don de Jesús también. Ahí se unen las dos puntas: el deseo de estar en paz y aquel que nos da la paz.

Nuestro Maestro es la paz del mundo, que con su amor y su entrega quiere destruir toda enemistad que destruye la paz. Volvamos a escucharlo: «Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo». ¡No se inquieten ni teman! Él nos da su paz. La paz entonces no es nuestra conquista personal. «La paz no es algo que se compra», como dijo alguna vez el papa Francisco: la felicidad no es una aplicación que se baja de internet. La paz es don de Jesús, don del Espíritu cuando buscamos siempre el bien, el amor, la entrega, el olvido de nosotros mismos por algo más grande. No hay paz sin amor y no hay amor sin lucha. Por eso la paz no es ausencia de problemas. Por eso Jesús dice que él nos da la paz, «pero no como la da el mundo». La paz de nuestro corazón puede convivir muchas veces con dificultades, con problemas, con asperezas, con dolores, con sufrimientos, con luchas, con dudas en la fe, con ausencias, carencias profundas, con soledades. Es una paradoja, pero es así. No tenemos que inquietarnos. No busquemos la falsa paz del mundo, la que nos quiere liberar de la carga y del amor. Acordémonos siempre de esto: No hay paz si no hay amor, no hay amor sin lucha y guerra interior. Busquemos la paz y corramos tras ella. Busquemos amar como Jesús nos amó y todo lo demás vendrá por añadidura.