Topic: Juan

Solemnidad de Pentecostés

Solemnidad de Pentecostés

By administrador on 23 mayo, 2021

Juan 20, 19-23

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»

Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes.» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.»

Palabra del Señor

Comentario

“Ven Espíritu Santo y envía desde el cielo un rayo de tu luz. Ven, Padre de los pobres, ven a darnos tus dones, ven a darnos tu luz. Dulce huésped del alma, suave alivio a los hombres. Tú eres descanso en el trabajo, templanza de las pasiones, alegría en nuestro llanto. Ven, penetra con tu santa luz en lo más íntimo del corazón de tus fieles. Lava nuestras manchas Espíritu Santo, riega nuestra aridez, cura nuestras heridas, suaviza nuestra dureza, elimina con tu calor nuestra frialdad, corrige nuestros desvíos, premia nuestra virtud, salva nuestras almas, danos la eterna alegría”.

Terminamos hoy el tiempo Pascual con la gran Fiesta de Pentecostés, es una linda Solemnidad. Así es como terminamos este tiempo de cincuenta días dedicados, de alguna manera, a experimentar en nosotros la vivencia, la experiencia de Jesús resucitado, un Jesús vivo en nuestra vida y, mientras tanto, también esperamos -por decirlo así, simbólicamente-  recibir al Espíritu Santo. Es un recibir “simbólico”, porque nosotros, que vivimos en el tiempo del Espíritu, ya no podemos decir que tenemos que esperar cincuenta días para recibirlo. Ya lo recibimos por la fe, ya lo recibimos por el Bautismo. Lo recibimos en la Confirmación.

Recibimos a Jesús cada vez que nos acercamos al sacramento de la Eucaristía o con la comunión espiritual. Lo recibimos también cuando vivimos el mandamiento del amor. Sin embargo, a veces está ahí, en el fondo, como en chocolate en la leche, que se va al fondo y hay que volver a mezclarlo.

Pero, por supuesto, que esta fiesta nos ayuda a “refrescar” en nosotros esta realidad, esta certeza de la fe: somos templos del Espíritu Santo, somos parte del Cuerpo de Cristo y por eso, en nosotros, vive también el Espíritu.

Y por eso en esta fiesta, simplemente, me limitaré a que revivamos un poco este deseo que ese Espíritu que ya está en nosotros nos haga “revivir” –por decirlo de alguna manera–, nos haga “renacer”, nos dé su paz y así podamos vivir esta realidad en la Iglesia.

“El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” – dice San Pablo. Dios quiere que nos pase lo que pasó en Algo del evangelio de hoy que acabamos de escuchar.  Dios quiere que nos pase lo que pasa continuamente en la Iglesia, en tantos corazones que creen. Su presencia puede ser como una ráfaga de viento o como un soplido de Jesús a nuestro corazón; que, aunque no sabemos ni de dónde viene ni a dónde va, nos alegra con la certeza de su acción en nosotros. Esa certeza es la que debemos tener: que el Espíritu Santo actúa en nosotros, aunque no nos demos cuenta. Que, aunque no veamos fuego, sintamos todo lo que el fuego puede hacer: iluminar, dar calor y purificar.

“Ven hoy a nuestras almas, Espíritu Santo, y envía desde el cielo un rayo de tu luz”.
La fiesta del Espíritu Santo hace y seguirá haciendo lo que solo Dios puede hacer: dar paz. Pero no como la da el mundo, no como a veces nosotros la pretendemos, sino la paz que proviene únicamente de él, porque solamente podemos recibir este don, de lo alto, del cielo.

No es la paz del “está todo bien”, del “pare de sufrir”, del “arte de vivir”, ¡no! es la paz que conlleva muchas veces la lucha y la purificación del corazón. Esa paz que nos ayuda a que salgamos de nuestro encierro, a que dejemos el pecado, que dejemos el egoísmo, nuestras avaricias, nuestras perezas, nuestras envidias y todo lo que nos aleja de los demás. El Espíritu Santo, el Espíritu de amor que nos dio Jesús, nos ayuda a salir de nosotros mismos y eso también nos puede llegar a doler o molestar.

Es la paz de Jesús la que nos conduce al perdón, al perdón recibido y al perdón dado. El perdón cuesta, pero ya no cuesta tanto si nos damos cuenta de que viene de él, que viene de lo alto. Es una paz “regalada”, donada, pero que también debemos buscar amando. Es la paz que proviene de la felicidad de amar, como la desea cualquier persona. Una vez, me acuerdo, con los niños de Catequesis hicimos algo así como un ejercicio espiritual, en adoración. Y ellos tenían que escribir lo que querían pedirle a Jesús. Una niña escribió en un papel “Le pido a Jesús ser feliz”. Pedir ser feliz, es pedir tener paz, tener paz nos hace felices. Pedir ser feliz es pedir también hacer la voluntad de Dios.

El Espíritu, además de darnos la paz, también nos une. Es el alma de la Iglesia. Une lo diverso, lo distinto, para crear algo nuevo, algo más lindo. Da vida a todas las cosas muertas de nuestra vida, de nuestro corazón. Solo él puede sostener a la Iglesia en medio de las turbulencias de este mundo, aun con sus propios pecados. Solo él nos levanta cuando nos caemos, nos da la mano para seguir amando, nos consuela si estamos tristes. Solo él puede lograr que, siendo tan distintos, tengamos los mismos deseos y luchemos por los mismos objetivos. El Espíritu Santo también unifica nuestro corazón, mi corazón disperso, rectifica nuestras intenciones torcidas y da sentido nuevo a nuestras acciones.

Terminemos invocando juntos al Espíritu Santo: “Ven Espíritu Santo, ven Espíritu Santo y envía desde el cielo un rayo de tu luz”.

VII Sábado de Pascua

VII Sábado de Pascua

By administrador on 22 mayo, 2021

Juan 21, 20-25

Pedro, volviéndose, vio que lo seguía el discípulo al que Jesús amaba, el mismo que durante la Cena se había reclinado sobre Jesús y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?»

Cuando Pedro lo vio, preguntó a Jesús: «Señor, ¿y qué será de este?»

Jesús le respondió: «Si yo quiero que él quede hasta mi venida, ¿qué importa? Tú sígueme.»

Entonces se divulgó entre los hermanos el rumor de que aquel discípulo no moriría, pero Jesús no había dicho a Pedro: «El no morirá», sino: «Si yo quiero que él quede hasta mi venida, ¿qué te importa?»

Este mismo discípulo es el que da testimonio de estas cosas y el que las ha escrito, y sabemos que su testimonio es verdadero.

Jesús hizo también muchas otras cosas. Si se las relata detalladamente, pienso que no bastaría todo el mundo para contener los libros que se escribirían.

Palabra del Señor

Comentario

Ya a las puertas de la fiesta de Pentecostés, con la cual terminaremos este tiempo pascual, este gran tiempo de 50 días, en el cual hemos intentado –por medio de la Palabra de Dios, de los relatos de las apariciones de Jesús Resucitado y de la mano del Evangelio de san Juan–  experimentar en nosotros y en nuestra vida concreta de fe la presencia de Jesús que está vivo, que está resucitado, para poder decirnos sin miedo: «SÍ, es verdad, es verdad lo que leemos. Es verdad, es verdad lo que creemos». Jesús sigue haciéndose presente en nuestras vidas, en la vida de miles de personas que creen en él a lo largo y a lo ancho de todo este bendito mundo. Es verdad, aunque todo parezca que está «patas para arriba», aunque el mundo se empeñe por negar lo más evidente, aunque en el mundo se mate y se intente legalizar matar a inocentes, aunque siga habiendo guerras, injusticias, maldades, aunque incluso dentro de la misma Iglesia haya voces disonantes; sea lo que sea, Jesús está y estará siempre con nosotros.

Por eso, hoy te propongo que demos gracias por estas semanas de Pascua, en donde recibimos tantos frutos. Demos gracias al Señor porque nos eligió, demos gracias porque nos da la fe, demos gracias porque nos dio la vida y porque dio la vida por nosotros y pidámosle que siga completando la obra que él mismo comenzó y que podamos recibir en el día de Pentecostés una nueva gracia de nacer de lo alto recibiendo el don del Espíritu Santo –que ya lo tenemos, pero hay que reavivarlo–; que podamos decir con verdad: «Jesús está vivo y presente en mi vida, y eso me llena de alegría».

No desaprovechemos este día, esta oportunidad de agradecer, porque conocer a Jesús da todo y no quita nada, seguirlo da todo y no quita nada. Aunque muchas veces nos cueste «sudor y lágrimas», como se dice, siempre es mejor seguir al Señor que andar perdido en este mundo y caminar a la deriva pensando que somos nosotros los artífices de nuestra propia felicidad. No se puede seguir igual cuando se experimentó realmente la presencia del Señor en nuestras vidas, es imposible. Y si no hubo cambio y si no lo hay, es porque, en realidad, todavía no hay un encuentro real.

Es lindo en este día, además de agradecer este tiempo de Pascua, que nos preguntemos si nosotros nos encontramos realmente con Jesús alguna vez en nuestra vida. No solo si nos decimos cristianos, si estamos o no bautizados, o tenemos una idea de él, sino si realmente experimentamos un cambio en nosotros, si deseamos estar con él todos los días de nuestra vida, si le damos el tiempo que se merece alegrándonos con el bien que nos hace. Lo importante es eso; en definitiva, ahí se centra el núcleo de nuestra fe. Para eso se escribieron los evangelios, para que vos y yo creamos, para que nos enamoremos de esa Persona que es Jesús, para que podamos seguirlo y tengamos ganas de que otros lo conozcan, sin importarnos cómo van caminando los otros, sino lo importante es cómo estamos caminando vos y yo.

Algo del Evangelio de hoy creo que nos orienta en este sentido. «¿Qué te importa?», le dijo Jesús a Pedro ante su pregunta «Señor, ¿y qué será de este?», refiriéndose al discípulo amado. Creo yo que, como diciendo: «Preocúpate por tu camino, de lo demás me ocupo yo». Jesús le había anticipado cómo moriría y Pedro se empezó a «meter» en la vida de los otros, seguro que con muy buena intención, por amor. Sin embargo, Jesús es claro: «¿Qué te importa?». Muchas veces en la fe perdemos el tiempo por meternos en lo que no nos tenemos que meter. Demasiado trabajo tenemos con nosotros mismos como para andar indagando sobre la vida de los demás. Imagínate si invirtiéramos todo el esfuerzo –que muchas veces invertimos en cuestionar, averiguar, preguntar, chusmear, curiosear y tantas cosas más– en preocuparnos por amar y seguir más a Jesús. ¡Nos haría tanto bien! Es tan difícil a veces ocuparse por lo justo y necesario, pero tenemos que aprender.

El Evangelio de Juan termina enseñándonos esto: que muchas veces no hace falta más ni pretender más, sino saborear bien lo que hay. Dice –también la Palabra– que hubo muchísimas cosas más que hizo Jesús, que no alcanzarían los libros del mundo para contenerlas. Sin embargo, escribió esas, las suficientes, las necesarias para creer y seguirlo. ¿Para qué más? ¿Qué nos importa lo otro? Es lindo aprender de la sencillez de Jesús y de los evangelios. Pedro también tuvo que aprender a ser sencillo, a conformarse con lo suyo y no saber tanto de la vida de los otros. ¿Será que a nosotros también nos hace falta eso?

Terminemos esta semana alegrándonos con tantos dones recibidos y no pretendiendo más de lo que nuestro corazón hoy puede necesitar, solo él sabe lo que realmente necesitamos.

VII Viernes de Pascua

VII Viernes de Pascua

By administrador on 21 mayo, 2021

Juan 21, 15-19

Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer, dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?»

El le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»

Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos.»

Le volvió a decir por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»

El le respondió: «Sí, Señor, sabes que te quiero.»

Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas.»

Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?»

Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero.»

Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras.» De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: «Sígueme.»

Palabra del Señor

Comentario

Jesús ascendió a los cielos para ser glorificado por el Padre y, desde ahí, seguir pastoreando su rebaño, pero no ya con su presencia física, sino desde su gloria, desde «el lugar» donde había venido y desde ese lugar donde «vendrá a juzgar a vivos y muertos» como dice el credo, la enseñanza de nuestra fe. Jesús nos dejó pastores según su corazón; sin embargo, el verdadero pastor de las almas es él, desde el cielo, desde la eternidad, desde todo lugar. La gloria de Jesús fue haber cumplido la voluntad de su Padre y hoy es ayudarnos a cumplirla a nosotros dándonos su amor y su fortaleza.

La escena de Algo del Evangelio de hoy es parte de un relato más extenso: Jesús a la orilla del lago esperando a los discípulos con el fuego prendido, la pesca milagrosa, los discípulos maravillados por semejante milagro y después este diálogo maravilloso con Simón.

Es emocionante poder imaginar lo que Jesús ya resucitado logra finalmente en el corazón de Pedro. Es lindo poder imaginar lo que Jesús quiere lograr en tu corazón y en el mío ahora, mientras escuchamos su palabra.

Nosotros, como Pedro, alguna vez negamos al Señor. ¿Cuántas veces? Mucho más de tres, no sé, eso lo sabe mejor cada uno, lo sabe bien Jesús, aunque no creo que las ande contando como hacemos nosotros con los demás. Con nuestros silencios y cobardías –mientras otros dan la vida–, con nuestras omisiones –mientras otros dan todo lo que pueden–, con nuestras promesas incumplidas –mientras otros se desviven por cumplirlas–, con nuestra soberbia hacia los demás –mientras otros disfrutan de ser humildes–, con nuestros pecados ocultos –mientras algunos nos consideran bastante buenos–, con nuestras incoherencias –mientras otros sufren y se exponen por ser coherentes–, con nuestra deshonestidad social –mientras otros son fieles aunque nadie los vea–, y con tantas cosas más, seguro que negamos al Señor. Pero esa no es la última palabra, la negación no es lo mejor que tenemos para darle a Dios; al contrario, nuestro sí puede ir derrotando lentamente a la infidelidad.

A nosotros también, como a Pedro, se nos puede sentar Jesús al lado una mañana, esta mañana, preparándonos un fueguito para calentarnos el corazón, preparándonos un mate para estar tranquilos, preparándonos el desayuno, lo que más nos guste y nos puede decir lo mismo: «¿Me amás, me amás? A pesar de todo lo que hiciste, ¿me amás? A pesar de haberme negado tantas veces y haber creído que podías solo, ¿me amás? Aunque ahora te morís de vergüenza de mirarme a la cara, a pesar de no sentirte digno, ¿me amás? Aunque incluso te desprecies a vos mismo por ser tan incoherente, ¿me amás?».

Es una maravilla escuchar que Jesús no reclama el amor como lo hacemos nosotros. Jesús reclama amando y enseñando a amar, no remarcando el error para herir a Pedro, para mostrarle todo lo malo que fue. Nosotros a veces reclamamos «refregando», o sea, mostrando lo que el otro no hizo y lo que nosotros hubiésemos hecho. Sin embargo, Jesús reclama amor, amando. Las palabras de Jesús hacia Pedro son, en realidad, una delicadeza de su corazón para quien será el primer pastor de toda la Iglesia, lo que hoy nosotros llamamos «el papa». Jesús no le reclama su falta de amor anterior, sino que lo conduce a sincerarse consigo mismo y que se dé cuenta que su amor era muy chiquito para confiar demasiado en sí mismo. Él lleva a Pedro a confesar lo mejor que podía confesar: «Tú lo sabes todo, sabes que te quiero».

Lo único que quiere Jesús de nosotros es que seamos sinceros y reconozcamos nuestra debilidad, que podamos amarlo; lo demás, lo que nos falte, lo hará él mismo. A Pedro no le pidió nada más para hacerlo pastor, ¿qué pensás que nos puede pedir a nosotros? No nos pide reconocimientos, títulos, mucho estudio, que nos aplaudan, que nos sigan, que nos quieran, que nos salga todo perfecto, que nunca nos equivoquemos. Nada de eso. Él nos pide que lo amemos, pero reconociendo que solo podemos amarlo como él quiere, si justamente él nos da ese amor que nosotros mismos no podemos alcanzar.

Volvamos a escuchar lo que Jesús le dijo a Pedro: «¿Me amás, me amás? ¿Me querés? A pesar de todo lo que hiciste, ¿me amás? A pesar de haberme negado tantas veces y haberte creído que podías solo, ¿me amás?». ¿Y si le respondemos todos juntos? «Señor, tú lo sabes todo, sabes que te quiero». Hacelo conmigo, despacio, una vez más, saboreando cada palabra, lo que estás diciendo ahora: «Señor, tú lo sabes todo, sabes que te quiero».

VII Jueves de Pascua

VII Jueves de Pascua

By administrador on 20 mayo, 2021

Juan 17, 20-26

Jesús levantó los ojos al cielo y oró diciendo:

«Padre santo, no ruego solamente por ellos, sino también por los que, gracias a su palabra, creerán en mí. Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.

Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno -yo en ellos y tú en mí- para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que tú me has enviado, y que yo los amé cómo tú me amaste.

Padre, quiero que los que tú me diste estén conmigo donde yo esté, para que contemplen la gloria que me has dado, porque ya me amabas antes de la creación del mundo.

Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te conocí, y ellos reconocieron que tú me enviaste. Les di a conocer tu Nombre, y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me amaste esté en ellos, y yo también esté en ellos.»

Palabra del Señor

Comentario

En las misas de esta semana, después de la Ascensión de Jesús a los cielos, se puede rezar esta oración: «Tú que nos haces ascender al cielo contigo: Señor, ten piedad». Se puede decir en el momento del perdón, en el acto penitencial, al comienzo, como súplica, pero al mismo tiempo como acto de fe. Jesús nos ascendió al cielo con él, podríamos decir. ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué significa esta verdad si, en realidad, nosotros seguimos acá, con los pies bien sobre la tierra? ¿Cómo es eso de que «nos hace ascender al cielo con él»? Bueno, claramente es una expresión que afirma una verdad que solo podemos aceptar por la fe y que, por otro lado, es figurada.

No estamos en el cielo como en un lugar, sino que nuestras vidas, nuestras almas están en Cristo, místicamente, como se dice, de manera misteriosa, por el amor que él nos tiene, porque él «nos compró con su sangre», como dice la Palabra de Dios. El bautismo nos «injertó» en Cristo, como parte de él. Él permanece en nosotros, y por ser parte de su cuerpo, si él está en el cielo a la derecha del Padre, nosotros también de alguna manera estamos ahí. Estamos siendo amados, protegidos, cuidados, salvados continuamente por él, preservados del Maligno, que quiere arrebatarnos siempre hacia él o hacia el mundo que se olvida de Dios.

Algo del Evangelio de hoy tiene que ver, de alguna manera, con esta verdad de fe. ¿Pensaste en eso alguna vez? ¿Pensaste alguna vez que Jesús quiere que seamos uno como él es uno con el Padre? Saber que no estamos solos y que Jesús piensa en nosotros y pide por nosotros, nos hace muy bien, nos hace confiar más en lo que no vemos que en lo que vemos. Saber que somos uno con él, con el Padre y que eso desea Jesús, que seamos uno con él, da ánimo para confiar en que la obra de la unidad es de él y no nuestra. Saber que el amor con que se aman el Padre y el Hijo puede ser el mismo amor con el que nos amemos nosotros y entre nosotros, es una gran noticia.

Es un regalo del Dios que es Padre, del Padre del cielo para todos, que nos sintamos uno aun en medio de las diferencias, que busquemos unirnos a pesar de tantas divisiones y enfrentamientos. Es necesario volver a sentir que somos «uno» y que, cada día más, tenemos que ser «uno» con Jesús y entre nosotros. Es lindo revivir en carne propia esta escena del Evangelio de hoy, en la que Jesús rezó por nosotros, por los que creemos gracias al testimonio de los apóstoles. ¿Te imaginás a Jesús rezando por nosotros para que seamos «uno», para que dejemos tanta división, para que nos amemos como él nos amó, para que gracias al mensaje de unidad ayudemos a que otros crean también en él? ¿Te imaginás ahora a miles de cristianos que necesitan de nuestra oración pero que, al mismo tiempo, seguramente rezan también por vos y por mí? ¿Te das cuenta que la oración une y nos hace sentir uno, con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo?

Si se puede hablar, de alguna manera, de que a Dios le «duele» algo, de que Jesús «sufre» por algo, incluso ahora, podríamos decir que es por la falta de unidad, es por no comprender su corazón y empeñarnos muchas veces en diferenciarnos olvidando lo esencial. No vamos hablar acá de las divisiones históricas entre los cristianos que aun hoy nos mantienen separados y que parecen ser irreconciliables, aunque la Iglesia hizo y hace mucho por la unidad –como también hizo a veces mucho por la desunión–, sino que se me ocurre que podemos pensarlo incluso dentro de la Iglesia, donde muchas veces seguimos pareciendo de «bandos» distintos, algo que no podemos aceptar. Lo que más hiere a la familia son las divisiones internas, no los ataques desde afuera. Lo que más hiere a la Iglesia hoy, a tu parroquia, a tu comunidad, a tu grupo de oración, son las divisiones internas e innecesarias. Para que el mundo crea que Jesús es el enviado del Padre, nosotros debemos amarnos como él nos ama, con el amor que viene de él, con el amor incondicional que está siempre.

Intentemos hoy «meternos» en esta maravillosa escena del Evangelio. Imaginemos a Jesús rezando por cada uno de nosotros, para que seamos uno. Imaginemos que ahora hay miles de hermanos que necesitan de nuestra fuerza, de nuestra oración, de que nos sintamos uno, para que el mundo crea y, al mismo tiempo, hagamos un esfuerzo para evitar cualquier tipo de división, ya sea de palabra, de pensamiento, de obra u omisión. No vale la pena, porque así nadie podrá darse cuenta de que Jesús nos ama.

VII Miércoles de Pascua

VII Miércoles de Pascua

By administrador on 19 mayo, 2021

Juan 17, 11b-19

Jesús levantó los ojos al cielo, y oró diciendo:

«Padre santo, cuida en tu Nombre a aquellos que me diste, para que sean uno, como nosotros. Mientras estaba con ellos, cuidaba en tu Nombre a los que me diste; yo los protegía y no se perdió ninguno de ellos, excepto el que debía perderse, para que se cumpliera la Escritura.

Pero ahora voy a ti, y digo esto estando en el mundo, para que mi gozo sea el de ellos y su gozo sea perfecto.

Yo les comuniqué tu palabra, y el mundo los odió porque ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.

Conságralos en la verdad: tu palabra es verdad. Así como tú me enviaste al mundo, yo también los envío al mundo. Por ellos me consagro, para que también ellos sean consagrados en la verdad.»

Palabra del Señor

Comentario

«Jesús está sentado a la derecha del Padre», rezamos en el credo, lo rezamos y lo creemos cada domingo. ¿Lo creemos? El credo es para rezarlo y amarlo, para comprenderlo y vivirlo, no solo para repetirlo. Decimos que está sentado a la derecha del Padre, simbólicamente, para interceder por nosotros. Pero podríamos decir que lo que menos está haciendo es «estar sentado»; está trabajando. No puede estar sentado alguien que ama y que es nuestro intercesor, alguien que vela siempre por nosotros. No puede estar sentado aquel que nos espera y nos busca siempre. No te asustes, no estoy contradiciendo la verdad de fe, al contrario, estoy intentando explicártela de modo sencillo y que te diga algo al hoy de tu vida. «Que esté sentado a la derecha del Padre» quiere decir que Jesús fue «glorificado», fue premiado por su Padre por haber hecho su voluntad hasta al final; y de esa manera, nos devolvió la dignidad de ser hijos de Dios, nos hizo hijos adoptivos y hermanos suyos. Hizo lo que el hombre no podría haber hecho jamás, hizo lo que nosotros no podríamos hacer jamás si no fuese por su gracia, por su amor, por su intercesión. Por eso, el símbolo de estar sentado no quiere mostrar quietud, espera pasiva, sino todo lo contrario; quiere decir verdadero poder, poder que triunfa amando, poder que atrae por amor. Quiere decir que solo él se merece nuestro amor y todo lo que él ama debe ser amado por nosotros, por el solo hecho de que él lo ama.

Jesús ahora, en este instante, nos está atrayendo con su palabra, con las que acabas de escuchar, con las que escucharás durante el día, con el amor de tus más cercanos, con el amor a los más necesitados, con alguna adoración que te llame al silencio, con tu oración silenciosa cada día. Él está «sentado», pero está trabajando más que nadie en la tierra, está amando a todos, con el amor del Padre, como ama el Padre, a todos, sin condición, a buenos y malos.

Algo del Evangelio de hoy también es oración de Jesús que nos puede llenar de gozo el alma y animarnos a rezar de esa manera. Qué lindo es pensar que Jesús se animó a orar en voz alta, que se animó a rezar frente a sus discípulos y que, de esta manera, abrió su corazón, se dio a conocer, «para que mi gozo sea el de ellos y su gozo sea perfecto». Podríamos decir que en estos evangelios, en estas oraciones tan lindas de Jesús, él se animó a descubrir sus sentimientos, no tuvo vergüenza de decir lo que pensaba y sentía. Eso nos ayuda muchísimo a vos y a mí. Por un lado, porque de ese modo conocemos lo que piensa el mismísimo Dios de nosotros y que piensa él de él mismo, aunque siempre podremos saberlo de manera limitada, pero de esa manera tenemos, por decirlo así, la llave del corazón de Jesús, del Padre, del Espíritu, y podremos conocerlo cada día más. Por otro lado, nos ayuda a nosotros a animarnos a abrir nuestro corazón, también a los demás, cuando es necesario, cuando necesitamos descubrir nosotros mismos qué es lo que sentimos mediante nuestras propias palabras.

Esa noche Jesús pidió por sus amigos, pidió por nosotros, por vos y por mí, para que el Padre nos cuide del Maligno, de aquel que quiere apartarnos siempre del camino, de la verdad y del amor. Por eso Jesús rogó para que «nos consagre en la verdad», no para que nos saque de este mundo, sino para que nos libre de la mentalidad de este mundo apartado de Dios. Podemos hablar del «mundo» en dos sentidos, o por lo menos Juan habla en dos sentidos; por un lado, el mundo como creación de Dios, consecuencia y objeto de su amor; por otro lado, mundo en el sentido negativo, como todo aquello que está en el mundo, pero no quiere pertenecer al Creador, a Dios, como aquello que reniega de su Padre. Por eso dice Jesús que «nosotros somos del mundo, pero no somos del mundo, y el mundo los odió». Estamos en el mundo, nacimos en este mundo, pero nuestra mentalidad y corazón no deben ser para este mundo.

Fuimos creados y salvados para librarnos de las ataduras de este mundo que no quiere amar a Dios, sino que quiere hacer de este mundo «su propio mundo», valga la redundancia, olvidándose de su Padre Dios.

Son muchas las cosas que podemos meditar a partir de esta oración tan linda, pero prefiero que oremos como Jesús oró, que pidamos para nosotros lo que pidió él para nosotros, que deseemos lo mismo que él deseo para nosotros, que nuestros deseos sean los de él, que nuestros anhelos sean los de Dios, que nuestras búsquedas sean las de él, que nuestra misión sea la de él. «Así como tú me enviaste al mundo, yo también los envío al mundo».

No te olvides que naciste en este mundo, pero no tenés que mimetizarte con este mundo, «no somos del mundo». Consagrémonos a la verdad, al amor. Dejémonos llenar con las palabras de Jesús, que son amor y verdad.

VII Martes de Pascua

VII Martes de Pascua

By administrador on 18 mayo, 2021

Juan 17, 1-11a

Jesús levantó los ojos al cielo, diciendo:

«Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti, ya que le diste autoridad sobre todos los hombres, para que él diera Vida eterna a todos los que tú les has dado. Esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo.

Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste. Ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía contigo antes que el mundo existiera.

Manifesté tu Nombre a los que separaste del mundo para confiármelos. Eran tuyos y me los diste, y ellos fueron fieles a tu palabra. Ahora saben que todo lo que me has dado viene de ti, porque les comuniqué las palabras que tú me diste: ellos han reconocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me enviaste.

Yo ruego por ellos: no ruego por el mundo, sino por los que me diste, porque son tuyos. Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío, y en ellos he sido glorificado. Ya no estoy más en el mundo, pero ellos están en él; y yo vuelvo a ti».

Palabra del Señor

Comentario

Parecería que, para nosotros, actualmente la ascensión de Jesús a los cielos no nos dice mucho. De hecho, es una fiesta que en la Iglesia muchas veces no le damos tanta importancia, es como si hubiese quedado un poco opacada entre la Pascua y Pentecostés. Sin embargo, es una linda verdad de nuestra fe que la mencionamos en el credo cada domingo que lo rezamos y nos enseña muchas cosas. Para los discípulos que lo vieron partir «entre las nubes», sí debe haber sido significativo y misterioso. Muchas veces muchas preguntas se les habrán cruzado por el corazón. ¿Qué pasaría ahora con ellos? ¿Cuándo volvería Jesús? ¿Qué podrían hacer ellos solos, sin él? ¿Qué significaba eso de «ir por el mundo a anunciar la Buena Noticia»? ¡Qué difícil debe haber sido para los discípulos! Para nosotros, podría parecernos obvio, pero no fue lo mismo para ellos. Sin embargo, la prueba de que Jesús seguía estando con ellos, fueron los frutos que comenzaron a experimentar todos los apóstoles en la Iglesia naciente. No podrían darse tantos frutos en toda la tierra cada día, a cada instante, en miles de corazones creyentes –incluso en este mismo momento, mientras escuchamos la Palabra–, si Jesús no estuviese a la derecha del Padre asistiéndonos con su amor, con su fuerza, con su gracia.

De Algo del Evangelio de hoy escuchamos una oración de Jesús que quedó en el Evangelio, y Evangelio que se puede transformar en oración para nosotros. ¡Qué fecundo puede ser para todos imaginar esta escena!, en la que Jesús mirando al cielo, mira a su Padre, lo busca con la mirada y el corazón para hablarle, para decirle todo lo que sentía. Jesús, en la última cena, se despidió de sus discípulos y se los encomendó a su Padre, pero, al mismo tiempo, les dejó a sus amigos el mejor legado que podía dejarles, sus palabras que se harían eternas, porque no fueron solamente palabras, sino que fueron, al mismo tiempo, palabras que se hicieron gestos de amor, reales y concretos. ¡Qué bien hace imaginar a Jesús mirando al cielo diciendo esto! Te propongo que hagas algo similar, que hagas lo mismo, que eleves tus ojos al cielo, a una imagen o a un lugar que te ayude a transportarte, por decirlo así, a ese momento.

Las palabras de Dios pueden hacerse vida y carne si buscamos que las escenas del Evangelio de alguna manera se hagan presentes, y para eso podemos usar todos nuestros sentidos. Toda la sana espiritualidad cristiana, la de todos los tiempos, nos enseña esto: somos una unidad, cuerpo y alma, somos corazón y pensamiento también. Somos todo junto. Antes de pensar en lo que podrías decirle vos al mismo Dios Padre, a Jesús, pensá en lo que dijo Jesús en algunas de las palabras que escuchaste recién, y si es necesario, volvé a escucharlas. A mí me ayudan las que te voy a repetir ahora, las que repito en cada consagración de la misa, las que rezo al elevar la hostia en el altar de las misas diarias, que son estas: «Esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo». Pero fijate si a vos te sirven otras, las que más te ayuden a rezar.

Te decía al principio que la oración de Jesús quedó escrita en el Evangelio, sus palabras se hicieron evangelio, y que por eso, y porque no, el Evangelio para nosotros se debería transformar en oración, en elevación del alma hacia Dios. Eso es rezar, elevar nuestra alma a Dios para que no solo se arrastre por el suelo, por las cosas de cada día, sino que se anime a elevarse un poco. Nuestra alma, nuestro espíritu está hecho para cosas más grandes todavía, mucho más de lo que imaginamos. Eso es la Vida eterna en la tierra, buscar conocer día a día al único Dios verdadero, al Padre de todos, y a su Enviado, Jesucristo, en el Espíritu. Vivir en serio es conocer a Dios, a Dios Padre y a su Hijo, y también podemos decirlo al revés. Conociendo a Cristo se conoce al Padre. Toda nuestra fe cristiana podría sintetizarse en esto: conocer y amar a Cristo para poder conocer el amor del Padre. Pensemos si en nuestra vida estamos buscando esto.

Pensemos si estamos intentando esto día a día. Todo lo demás es pasajero y secundario.

¿Qué estás haciendo? ¿Qué estamos haciendo? ¿Qué estás haciendo en tu vida, en la Iglesia? ¿Para qué crees que es la Iglesia? ¿Qué estás haciendo en tu familia? ¿Estás buscando la Vida eterna, mientras vivís esta vida terrena y pasajera? La Vida en serio, la eterna, la que da ganas de vivir, la que nos ayuda a seguir cada día es esta: conocer a Jesucristo, conocer al Dios verdadero, conocer al Padre en el Espíritu. No a cualquier dios hecho a nuestra medida, no a cualquier ídolo humano, ni siquiera a un santo, mucho menos a un político, a un prócer, sino a Jesús, que es Camino, Verdad y Vida. Te aseguro que esto te va a dar paz, la paz verdadera. Te aseguro que esto va a reorientar tu vida u a orientarla definitivamente. Escuchemos a Jesús todos los días y vamos a empezar a entender lo que es la Vida eterna.

VI Sábado de Pascua

VI Sábado de Pascua

By administrador on 15 mayo, 2021

Juan 16, 23b-28

Jesús dijo a sus discípulos:

«Les aseguro que todo lo que pidan al Padre, él se lo concederá en mi Nombre. Hasta ahora, no han pedido nada en mi Nombre. Pidan y recibirán, y tendrán una alegría que será perfecta. Les he dicho todo esto por medio de parábolas. Llega la hora en que ya no les hablaré por medio de parábolas, sino que les hablaré claramente del Padre.

Aquel día ustedes pedirán en mi Nombre; y no será necesario que yo ruegue al Padre por ustedes, ya que él mismo los ama, porque ustedes me aman y han creído que yo vengo de Dios.

Salí del Padre y vine al mundo. Ahora dejo el mundo y voy al Padre.»

Palabra del Señor

Comentario

Ya a las puertas de la gran solemnidad que celebramos mañana: la Ascensión del Señor a los cielos, con la cual celebraremos el triunfo definitivo de Jesús, el triunfo que también nos incluye a nosotros, porque también, de alguna manera, nos ha llevado al cielo junto con él; escuchamos este lindo Evangelio para terminar la semana: «Les aseguro que todo lo que pidan al Padre, él se los concederá en mi Nombre».

Jesús es nuestro abogado ante el Padre. Jesús habiendo venido al mundo para estar con nosotros, habiéndonos amado hasta el extremo, habiéndonos abierto su corazón para que conozcamos la intimidad de Dios, la comunión profunda de amor infinito y eterno entre Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; no solo nos compartió ese amor y nos lo derramó en nuestros corazones, sino también que nos concede que todo aquello que pidamos en su Nombre, él nos lo dará.

¿Y qué es lo mejor que podemos pedir al Señor en consonancia con lo que venimos meditando en los evangelios de esta semana? Algo del Evangelio de hoy nos da la pista: «Pidan y recibirán, y tendrán una alegría que será perfecta». Lo mejor que podemos pedirle al Señor es la alegría de saber que él está presente en nuestras vidas; porque la peor tristeza –esa tristeza de la cual nos hablaba Jesús en esta semana, de la cual Jesús les hablaba a sus discípulos anticipándoles que con su ausencia iban a estar tristes– es la tristeza de no tener a Dios en el corazón, no aceptar su amor. La peor tristeza en nuestra vida, la peor tristeza de los que conoces y ves que andan por la vida como muertos vivos, porque no comprenden para qué viven; o la tristeza de aquellos que parecen tenerlo todo, pero no pueden terminar de encontrar la verdadera felicidad, es la tristeza finalmente de no aceptar el amor de Dios, de no encontrarlo, de buscarlo de mil maneras equivocadas sin poderlo hallar.

Es la tristeza del hombre que vive para sí mismo, es la tristeza del hombre que vive volcado hacia afuera, hacia su trabajo, hacia sus proyectos, hacia sus ambiciones –incluso hacia sus egoísmos, sus caprichos–, pero no hacia Dios que se hizo hombre por nosotros, para mostrarnos el camino. Esa es la peor de las tristezas en nuestras vidas. Y esa es la tristeza que a veces vos y yo tenemos y no nos damos cuenta, es como que se aloja en el fondo del corazón, y es porque estamos buscando mal; no estamos teniendo a Jesús como Camino, Verdad y Vida, como eje central de nuestra vida, con un deseo profundo de seguir buscándolo en cada cosa que hacemos.

Por eso, lo mejor que podemos pedir en este sábado es que esa tristeza se convierta en alegría; lo mejor que podemos pedir es que la tristeza se convierta en la certeza de que él está con nosotros, que él nos sostiene y que a pesar de todo él siempre está a nuestro lado. En definitiva: en tener la seguridad de que nuestra fe consiste en creer en un Dios vivo y resucitado, que sigue actuando en la vida de cada uno de nosotros.

«Pedí, pedí y vas a recibir». Pedí lo mejor que puede pedir un cristiano. Pedí no cosas sino el amor de Jesús, poder experimentar su amor, y que ese amor puedas derramarlo también hacia otras personas. Pedí el amor de Jesús para aquellos que viven tristes, para tus hijos, para tus familiares, para los que más querés. Pedí lo mejor que se puede pedir.

Dios quiera que este fin de semana podamos experimentar esa verdadera alegría que proviene de sentir la presencia de un Jesús vivo, que sigue actuando, que nos ama, que nos llena de sus dones, que nos llena de bendiciones, que –como pudimos ver también en esta semana– nos da su amor para que podamos amar, como él ama. Solo dejándonos amar por él, podremos amar como él quiere.

 

Fiesta de San Matías

Fiesta de San Matías

By administrador on 14 mayo, 2021

Juan 15, 9-17

Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto.

Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.

No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá.

Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros.

Palabra del Señor

Comentario

Estando ya cerca de la fiesta de Pentecostés con la cual terminaremos este tiempo Pascual, celebramos la fiesta del apóstol Matías. En este gran tiempo de 50 días en el cual intentamos a través de la Palabra de Dios, de los relatos de las apariciones de Jesús Resucitado, experimentar en nosotros y en nuestra vida concreta de fe, la presencia de Jesús Resucitado, para poder decir sí, es verdad, es verdad lo que leemos, es verdad lo que nos dijeron, es verdad lo que nosotros alguna vez vimos, es verdad que Jesús sigue haciéndose presente en nuestra vida y en la vida de miles de personas que creen en Él a lo largo y ancho de este mundo. Es lindo ir terminando este tiempo tan fecundo dándonos cuenta todo lo que Él hizo por nosotros, todo lo que pudimos experimentar escuchando las palabras de Jesús día a día. Muchas veces te digo que no te canses de escuchar. Hace algunas semanas, una persona que escucha cada día los audios con mucha atención me dijo algo así: “Padre, vos no te canses, no te canses de predicar la palabra de Dios, y cuando te canses, acordate de mi cara para que veas que vale la pena”. Qué lindo, que bien me hizo eso y me cuánto me hace, cuando me canso realmente, como te debe pasar a vos también. Cuando nos cansamos lo mejor es pensar en lo que no debemos olvidar nunca y lo hacemos, que la “obra es de Dios”. Cuando nos cansamos, creo, es porque nos olvidamos de esto, de que Él nos eligió, Él permanece en nosotros, y Él es el que nos ayuda a dar frutos.

San Matías, fue el último de los apóstoles, el elegido para reemplazar a Judas el traidor que después de muerto, dejó su lugar vacío y se tuvo que completar el número de los doce; y creo que siempre la fiesta de un apóstol nos ayuda para refrescar en nosotros esta verdad fundamental que no podemos olvidar y es con lo único que quiero que nos quedemos de algo del evangelio de hoy: no somos nosotros los que elegimos el Señor sino que Él nos eligió a nosotros, así lo dice hoy, le dice a todos sus discípulos en la última cena y a todos nosotros hoy: “No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los eligí a ustedes”. No podemos olvidar jamás esto, porque cuando olvidamos esto somos nosotros los que nos ponemos por delante de Él, cuando nos olvidamos de esto en vez de seguir nosotros al Señor, nosotros nos seguimos a nosotros mismos o pretendemos que los demás nos sigan o incluso peor, pretendemos que Dios nos siga el ritmo a nosotros. Y en esto caemos cuando caemos en el activismo en nuestras cosas de cada día, cuando caemos en el hacer cosas incluso por el Señor, pero nos olvidamos de escucharlo y entonces, olvidamos esta verdad, es Él quien nos eligió a nosotros y por eso, por habernos elegido, Él nos da la capacidad de dar frutos y que esos frutos sean duraderos.

Cuando nos desprendemos de esta verdad, cuando caemos en el personalismo, en el yoísmo, en pensar que somos nosotros los autores de nuestra salvación y de la salvación de los demás, es cuando cometemos este error y no damos frutos o nuestros frutos no son duraderos; todos nuestros cansancios a veces en el servicio tanto de la Iglesia como de las cosas que elegimos para dar a los demás, tienen que ver con esto de olvidarnos, nos desgajamos de esta gran verdad.

Si frenamos hoy para terminar este tiempo Pascual, nos serenamos y volvemos a escuchar de Jesús que nos dice: “No son ustedes los que me eligieron a mí sino yo el que los elegí a ustedes”, eso seguramente nos dará serenidad y paz, nos va a poner en el lugar donde nos tenemos que poner y nos va a hacer recordar que el que nos eligió a nosotros, ese mismo, dio la vida por cada uno de nosotros y al mismo tiempo, por eso nos pide que nos amemos los unos a los otros, como Él nos amó.

Matías fue elegido así por puro amor, por pura gratuidad. Nosotros también en nuestro bautismo fuimos elegidos gratuitamente sin que nos pregunten, recibimos la fe como don, recibimos el conocer a Jesús gracias a nuestra, familia a tantas situaciones que se nos fueron presentando en la vida. No desaprovechemos esta oportunidad, porque conocer a Jesús da todo y no quita nada, seguirlo da todo y no quita nada, aunque muchas veces cueste, aunque cueste sudor y lágrimas, siempre es mejor seguir a Jesús que andar perdido en este mundo o caminar a la deriva pensando que somos nosotros los artífices de nuestra felicidad.

Demos gracias al Señor porque nos eligió, demos gracias porque nos dio la fe, demos gracias porque nos dio la vida y porque la dio por nosotros, y pidámosle que complete en nosotros la obra que Él mismo comenzó.

VI Jueves de Pascua

VI Jueves de Pascua

By administrador on 13 mayo, 2021

Juan 16, 16-20 – Memoria de Nuestra Señora de Fátima

Jesús dijo a sus discípulos:

«Dentro de poco, ya no me verán, y poco después, me volverán a ver.» Entonces algunos de sus discípulos comentaban entre sí: «¿Qué significa esto que nos dice: “Dentro de poco ya no me verán, y poco después, me volverán a ver”? ¿Y qué significa: “Yo me voy al Padre”?» Decían: «¿Qué es este poco de tiempo? No entendemos lo que quiere decir.»

Jesús se dio cuenta de que deseaban interrogarlo y les dijo: «Ustedes se preguntan entre sí qué significan mis palabras: “Dentro de poco, ya no me verán, y poco después, me volverán a ver”.

Les aseguro que ustedes van a llorar y se van a lamentar; el mundo, en cambio, se alegrará. Ustedes estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo.»

Palabra del Señor

Comentario

Si empezamos el día intentando no pensar tanto en lo que tenemos que hacer, sino en lo que podemos contemplar, frenando un poco para hacer silencio, te aseguro que todo va a ser mucho mejor, vas a tener otra mirada de lo que ves, de lo que vivís. Pero si empezamos el día escuchando las malas noticias, que nos rodean continuamente, escuchando los problemas de tránsito, los problemas del mundo y del país, escuchando otras voces que no son la de Jesús, por ahí no es malo, no digo que sea malo, pero nos perdemos de algo, de algo mucho mejor. Nos perdemos de la serenidad de la mañana. Por algo los monjes empiezan su día diciendo: «Señor, abre mis labios, y mi boca proclamará tu alabanza». Empiezan sus días pidiendo a Dios que les abra los labios solo para alabar. Vos dirás: «Bueno, pero son monjes». Sí, es verdad, pero podemos tomar lo esencial. Nosotros empezamos el día levantando a veces a nuestros hijos, haciéndoles el desayuno, empezando a manejar y a lidiar con el tránsito, llevando los hijos al colegio, a la escuela, amontonándonos en un medio de transporte. Sí, es verdad, todo esto es complicado; pero se puede intentar dejar que el primer silencio de la mañana no se rompa por lo menos por culpa nuestra. Intentá escuchar solo la Palabra de Dios al principio, intentá no encender ninguna radio, ninguna televisión.

Dentro de poco celebraremos la fiesta de la Ascensión de Jesús a los cielos, el momento histórico en el que los discípulos vieron a Jesús volver al Padre. Habían dejado de verlo con su muerte, volvieron a verlo después de resucitado y dejaron de verlo después de su ascensión. Un ir y venir de presencias y ausencias de Jesús, algo que nosotros no vivimos en carne propia, no vivimos con nuestros propios ojos, por decirlo de alguna manera; pero que, de un modo u otro, místicamente, lo experimentamos o lo experimentaremos algún dia, así es la vida. Jesús no se deja ver por nuestros ojos, pero sí se nos manifiesta de muchas maneras, y podríamos decir que también «lo dejamos de ver» y después «lo volvemos a ver», momento a momento, día a día. La vida de fe, nuestra vida espiritual muchas veces es un vaivén de distintos momentos en los que por momentos, valga la redundancia, vemos a Jesús claramente y eso nos llena de gozo, y muchas otras un «dejar de verlo» que nos puede conducir a la tristeza o desesperanza. Es así la dinámica de la fe, no hay porqué asustarse. Si pretendemos «ver» siempre a Jesús, experimentarlo en todo momento y lugar, a la larga nuestra fe tendrá que pasar por el tamiz de la crisis del «no ver», del dejarlo de experimentar, como les pasó a los discípulos. Es así, no le busquemos otra vuelta, no busquemos el «pelo al huevo». Hay ausencias de Jesús que son necesarias para dejar lugar a algo mejor, a un gozo más grande que vendrá después. «Ustedes estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo».

Lo lindo de Algo del Evangelio de hoy es que Jesús les asegura a los discípulos y a nosotros de que la «tristeza se convertirá en gozo». La tristeza para el cristiano debe ser siempre pasajera, jamás puede llegar para instalarse en el alma, para echar raíz en el corazón. Puede golpear la puerta de nuestra casa, puede entrar por un momento, pero no puede apoltronarse en el «living» de nuestro corazón. No pienses que esa tristeza que tenés va a durar siempre, sabé mirar más allá, sabé esperar, sabé confiar en que Jesús te convertirá ese sentimiento en un gozo imborrable cuando menos lo esperes, incluso cuando menos lo busques. Seguro que alguna vez ya te pasó, seguro que lo viviste; por eso no te olvides que la tristeza es pasajera y que salir de esa tristeza también depende de nuestros deseos de salir de ese aislamiento que puede convertirse en soledad instalada y hace tanto mal, a nosotros y a la Iglesia. Es triste ver cristianos tristes, no estamos hechos para la tristeza.

Por otro lado, lo lindo del gozo es que jamás puede ser pleno si no es compartido y eso ayuda a otros a salir de sus encierros.

Todos vivimos esa experiencia de alguna manera, todos hemos alegrado a otros y todos hemos sido alegrados por otros. Todos necesitamos compartir la alegría, es esencial a la alegría, que se derrame, que se comparta. Una vez unos novios, me acuerdo, ya con fecha de casamiento, me contaron que algunas dificultades de distancia en sus familias, evitaban que puedan avisar a todos juntos la fecha de su casamiento; y eso hacía que no pudieran disfrutar de la noticia que tenían en el corazón. La alegría del matrimonio no era solo para ellos. Es así, las alegrías son para compartirlas, los gozos son para darlos, las alegrías espantan las tristezas y los gozos quitan las soledades.

Si andás alegre, contalo, compartilo, hace bien. Si andás triste, pensá de donde viene esa tristeza, qué fue lo que la originó, para poder compartirla, pero mientras tanto andá y quedate un momento con Jesús, mientras tanto andá y buscá la compañía de alguien que esté alegre, que eso te va ayudar.

VI Miércoles de Pascua

VI Miércoles de Pascua

By administrador on 12 mayo, 2021

Juan 16, 12-15

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo.

Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes.

Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: “Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes”».

Palabra del Señor

Comentario

Hoy más que nunca la palabra «mandato» genera bastante rechazo, tanto en el mundo religioso como fuera de él. Parece que hablar de mandatos es hablar de una libertad esclavizada, por decirlo de alguna manera; que no estamos para que nos manden nada, al contrario, no queremos que nos manden cosas. Dios es demasiado bueno como para andar mandando, dicen algunos, además, finalmente, son cosas que parece que no podemos cumplir. Este parece ser el pensamiento de fondo de algunos fuera de la iglesia, pero también dentro de la iglesia, de cristianos que jamás piensan en un Dios que exige, sino en un Dios que simplemente ama sin pedir nada a cambio. Incluso el mundo se burla de nosotros, se burla de los «mandatos» de Dios, de la Iglesia. No los acepta, los rechaza y no pretende nada de nosotros. Sin embargo, y lo más gracioso es que el mundo se crea sus propios mandamientos que tarde o temprano terminan esclavizando realmente, y lo que los mandamientos de Dios desean de nosotros es justamente lo contrario, liberarnos. Espero que comprendas lo que quiero decir. Cuando el hombre rechaza los mandamientos de Dios, en el fondo rechaza a Dios, y rechazando a Dios se rechaza a sí mismo, ya que lo que Dios manda es que nos amemos los unos a los otros, así de sencillo, así de duro, así de lindo al mismo tiempo. Jesús lo decía el domingo: «Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos». El mandato de Jesús es dulce, es amoroso, no es autoritario, no es esclavizante. Jesús resume toda la ley de Dios en un gran mandamiento que nos llena el corazón de vida y de deseos de amar para ser verdaderamente libres. Dios quiera que podamos comprenderlo así y enseñarlo así siempre, a tus hijos, a los que más amás, a los que te toca tener a tu cargo.

¡No hay que tenerle miedo a la palabra mandamiento, solo hay que entenderla y usarla bien! Puede ser que esté un poco desgastada, mal usada, pero el mal uso no debe quitar el uso, como se dice. Jesús manda el amor, no pide otra cosa, pero porque él nos amó primero y nos ama siempre, incondicionalmente. ¿No te da deseos de amar pensarlo así? ¿No te da fuerzas para amar el saberte siempre amado y sostenido? Él nos pide que seamos fieles a nuestra esencia más profunda, solo eso.

Algo del Evangelio de hoy nos vuelve a enseñar que «se aprende de a poco». En las cosas de la vida y en las cosas del espíritu, las de afuera y las de adentro, no hay otro camino, el paso a paso. En el camino del amor debemos aprender día a día, debemos dejarnos conducir minuto a minuto, no mirando tanto atrás, no mirando por el «espejo retrovisor», sino mirando para adelante, por el «parabrisas» del vehículo, como tomando una imagen.

En el camino de la fe no sirve la ansiedad, no puede haber lugar para el estrés asfixiante que no nos deja respirar. El mismo Jesús les dijo a sus discípulos que tenía muchas cosas por decirles, pero que no podían comprenderlas en ese momento, y que sería el Espíritu el que los introduciría en la verdad con el tiempo. ¡Paciencia! Vos y yo debemos ser hijos de la paciencia de Dios que todo lo alcanza. ¿Crees que los santos se hicieron santos de un día para el otro? No se puede todo «de golpe», como se dice, ¡no! Jesús no les dijo todo «de golpe» a sus amigos, sino que les dijo lo que podían comprender en ese momento y le dejó lo demás al Espíritu para que siga trabajando en su ausencia. Con nosotros hace lo mismo, nos va llevando de a poquito, de la mano, mostrándonos lo necesario para que podamos dar el paso de cada día, lo que está a nuestro alcance. A veces somos un poco golosos de la vida y de las cosas, incluso de la misma verdad. Pretendemos todo y de golpe, casi para atragantarnos. Queremos saber todo y rápido. Sin embargo, es lindo dejarle el lugar a Dios en nuestro propio camino. Dejar que sea el mismo Espíritu quien nos vaya enseñando e introduciendo en la verdad de nuestra vida.

Él sabe más que nosotros, muchísimo más que nosotros, ¿sabías? ¿Por qué a veces pretendemos andar más rápido que Dios o a otro ritmo? Si supiéramos la verdad de nuestra vida en un instante, no nos daría el corazón, por eso él nos va introduciendo, a su modo, a su manera, a su tiempo.

Por eso es necesario encontrar el espacio y el tiempo para escuchar en silencio, para descubrir ese «maestro» interior que es el Espíritu Santo, ese «maestro» que nos dejó Jesús y nos va enseñando lentamente lo que nos hace bien, lo que debemos dejar, lo que debemos decidir, lo que debemos abrazar. Por eso es necesario que nos hagamos tiempo y nos quedemos solos, porque sin soledad fecunda ese «maestro» interior habla pero no es escuchado, habla pero no sirve para nada, ya no sabe qué hacer con nosotros. Eso te propongo y me propongo día a día.

¿Te imaginás si nos tomáramos el tiempo necesario cada día para escuchar la verdad de nosotros mismos que Jesús nos quiere enseñar cada día por medio de su Espíritu? ¿Te imaginás? Empecemos a probarlo, continúa haciéndolo si lo hacés. Un día con tiempo de silencio y soledad fecunda, es un día distinto, no lo dudes.