Topic: Lucas

XXIV Sábado durante el año

XXIV Sábado durante el año

By administrador on 19 septiembre, 2020

Lucas 8, 4-15

Como se reunía una gran multitud y acudía a Jesús gente de todas las ciudades, él les dijo, valiéndose de una parábola: «El sembrador salió a sembrar su semilla. Al sembrar, una parte de la semilla cayó al borde del camino, donde fue pisoteada y se la comieron los pájaros del cielo. Otra parte cayó sobre las piedras y, al brotar, se secó por falta de humedad. Otra cayó entre las espinas, y estas, brotando al mismo tiempo, la ahogaron.

Otra parte cayó en tierra fértil, brotó y produjo fruto al ciento por uno.»

Y una vez que dijo esto, exclamó: «¡El que tenga oídos para oír, que oiga!»

Sus discípulos le preguntaron qué significaba esta parábola, y Jesús les dijo: «A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de Dios; a los demás, en cambio, se les habla en parábolas, para que miren sin ver y oigan sin comprender.

La parábola quiere decir esto: La semilla es la Palabra de Dios. Los que están al borde del camino son los que escuchan, pero luego viene el demonio y arrebata la Palabra de sus corazones, para que no crean y se salven.

Los que están sobre las piedras son los que reciben la Palabra con alegría, apenas la oyen; pero no tienen raíces: creen por un tiempo, y en el momento de la tentación se vuelven atrás.

Lo que cayó entre espinas son los que escuchan, pero con las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, se van dejando ahogar poco a poco, y no llegan a madurar. Lo que cayó en tierra fértil son los que escuchan la Palabra con un corazón bien dispuesto, la retienen, y dan fruto gracias a su constancia.

Palabra del Señor

Comentario

«Como se reunía una gran multitud y acudía a Jesús gente de todas las ciudades, él les dijo valiéndose de una parábola». Hay que ponerse en ese contexto, en ese lugar, en ese momento, en esa situación de la historia, en la que Jesús aprovecha las multitudes para enseñarles. Las multitudes seguramente buscaban otra cosa; buscaban saciar su deseo de ser sanados, curados, su deseo de alimento, por los milagros que él hacía. Pero, sin embargo, Jesús les enseña. ¡Cuánto nos enseña este evangelio de hoy! ¡Cuánto nos enseña a los miembros de la Iglesia, a los que evangelizamos, cuando pensamos que hay que darle a las personas, a los corazones, lo que ellos buscan! No siempre, no siempre es así. Tenemos que aprender a discernir, como lo hizo Jesús en ese tiempo. Hoy las multitudes también están hambrientas de Jesús; hoy más que nunca. Hoy, cuando en la Iglesia también vivimos de algún modo el encierro, porque no aprendemos del evangelio, no nos damos cuenta de que Jesús salió a buscar a los que lo necesitaban. Hoy también vivimos esto. Y también nos equivocamos, porque no escuchamos a Jesús. No nos damos cuenta de que las personas necesitan la Palabra de Dios. Necesitan escuchar qué es lo que Dios dice y enseña, qué es lo que Dios quiere. Porque solo desde ahí, solo desde adentro del corazón, siguiendo las enseñanzas de nuestro Padre del cielo, vendrá la verdadera sanación de los corazones. Todo lo demás -sí- puede venir (las curaciones del cuerpo, la expulsión de demonios, los milagros de la multiplicación de los panes), pero lo que la Palabra da no lo puede dar otra cosa que la boca y el corazón de Jesús.

Hablándonos en parábolas, Jesús, en Algo del evangelio de hoy, también nos enseña, de algún modo, cosas sin decirlo, con su modo de enseñar. Nos enseña que la realidad que nos circunda, las cosas que pasan, no se definen con una frase, con una idea, ni con una sola parábola, por ejemplo. Sino que con muchas frases y muchas parábolas uno puede acercarse un poco más a la verdad del Reino de Dios, pero que jamás podremos atrapar del todo. Al hablarnos del Reino de Dios en parábolas, él nos enseña a ser humildes de algún modo, a ir entendiendo de a poco y, al mismo tiempo, saber que jamás entenderemos todo. Por eso “Algo” del evangelio, ¿entendés? Cuando queremos atrapar la verdad, hacerla nuestra; cuando creemos que sabemos todo de Dios, de nuestra fe, de nuestra vida espiritual, de lo que nos pasa -por saber algunas «frases» que son verdad-, es cuando en realidad sabemos muy poco.

Por eso, la escena de hoy nos regala una de las parábolas aparentemente más sencillas, pero al mismo tiempo más profundas.

Tu vida, y la mía, la verdad que es un poco de todo. Es compleja. Todo está mezclado en nuestro corazón. Tenemos, por decirlo así, todos los terrenos en el corazón. No somos lo uno o lo otro. No somos blanco y negro, también hay grises. Hay terrero pedregoso también. Tenemos malezas, partes de camino duras y, también, tierra fértil. Algunas palabras de Dios prenden, crecen -por decirlo así-, «germinan», fácil en nuestro corazón y otras, lamentablemente, las desperdiciamos. Con algunos temas de la Palabra de Dios nos entusiasmamos más y otros ni los escuchamos. En nuestro corazón además tenemos que reconocer que también hay cizaña sembrada por el «enemigo», hay maleza, o por personas que se disfrazan de «enemigos» y actúan en nuestra vida como sembradores de cizaña. Y además nosotros mismos también nos transformamos en tierra fértil para la cizaña, cuando no rechazamos el mal en nuestro corazón y somos, de algún modo, nuestros propios «enemigos». ¿Cuántas veces somos nosotros mismos los que boicoteamos la acción de Dios en nuestro corazón y no dejamos que prevalezca la buena semilla y el amor?

¿Qué podemos hacer? ¿Rasgarnos las vestiduras?, ¿golpearnos el pecho? No. Podemos ser tierra fértil cada día un poco más, hoy, en este día, en este sábado. Tenemos que ser tierra de la buena, de la que recibe la Palabra, la que le da un buen espacio de crecimiento, le da aire, la riega, le remueve alrededor para que penetren los nutrientes, le quita las espinas, la abona y sabe esperar para ver el fruto. Porque para ver el fruto hay que esperar. La dinámica de la Palabra de Dios en nuestra vida es como la semilla y la tierra. Es una relación constante que no termina nunca. Una necesita de la otra. Es un trabajo de todos los días. La semilla de la Palabra de Dios necesita de nuestro corazón y necesita también un buen ambiente para crecer. La semilla tiene todo su potencial y nosotros también. En la semilla está todo lo disponible para que se produzca un árbol lleno de frutos. La semilla está todos los días disponible. La estás escuchando ahora, en este audio. Todos los días podés escucharla. Tu respuesta es hoy, no mañana. No hay que posponer. Nuestra respuesta no es a futuro, es ahora. Podemos dar mucho fruto. Podemos dar mucho más de lo que damos. Podemos hacer algo más para amar, para perdonar, para crecer, para ayudar, para hacer crecer a otros. Podemos mucho más. No seamos mezquinos, no midamos tanto. Dejemos que el amor de Dios que es inmensamente generoso -como este sembrador de la parábola que siembra sabiendo que mucho se perderá-; que esta verdad, nos transforme en serio. No nos conformemos con la mediocridad de este mundo y, muchas veces, de nuestra amada Iglesia, que no termina de despertarse para llevar el mensaje de Dios a los demás. «¡El que tenga oídos para oír, que oiga!»

XXIV Viernes durante el año

XXIV Viernes durante el año

By administrador on 18 septiembre, 2020

Lucas 8, 1-3

Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres que habían sido curadas de malos espíritus y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes.

Palabra del Señor

Comentario

Muchas veces se dice que de perdones: «borrón y cuenta nueva», que es olvidar completamente las ofensas recibidas. Podríamos pensarlo así desde el lado de Dios; que Dios, de algún modo, se olvida de aquello que le debemos, como pasó con ese servidor de la parábola del domingo, que no solo no le estiró el plazo de pago, sino que le perdonó la deuda. A ese servidor no le alcanzaba la vida para pagar todo lo que debía. Tenía que vender a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, o sea, tenía que ser de algún modo esclavo de ese rey al cual le debía. Sin embargo, Dios le perdonó la deuda. Pero si lo miramos desde el lado humano, en el plano humano, en las relaciones entre nosotros, como después escuchamos en la parábola -cuando a ese servidor perdonado se le acerca un compañero, un hermano, a pedirle perdón o a pedirle, diríamos en lenguaje de la parábola, que le dé un plazo para pagar su deuda-, tendríamos que decir que el perdón no es olvido. Humanamente, deberíamos decir que es imposible olvidar completamente algo. Siempre nuestra memoria residual guarda en nuestro corazón las cosas lindas, los gozos, pero también guarda las tristezas. Nuestra memoria es como una caja donde todo se va guardando y algunas quedan escondidas -es verdad-, y de algún modo puedo decir que se olvida. Pero el perdón, en realidad, te diría que es un mirar a aquello que nos dolió, un mirar a esa persona que nos ofendió, de un modo distinto; un mirar como Dios mira, un mirar con misericordia, un pasar por alto ese dolor, un mirar la herida, pero al mismo tiempo aceptarla.

Si pretendemos que el perdón es un olvido total, casi inmaculado; si pretendemos que nunca más me va a doler la ofensa que me cometieron, jamás vamos a perdonar. Tenemos que dar pasos para perdonar. No solo es una gracia, sino también tenemos que poner nuestra decisión, nuestra voluntad, para decir: «Esto lo tengo que perdonar. No puedo vivir así. No puedo vivir mirando la paja en el ojo ajeno. No puedo vivir juzgando al que me hirió. No puedo, no puedo. Me hace mal. Aunque no comprenda, aunque no entienda, aunque mi razón se nuble y se empeñe en decir que es imperdonable, mi corazón y mi decisión pueden perdonar». Dios quiera que todos los que escuchamos la palabra de Dios cada día nos dispongamos a perdonar siempre y a estar dispuestos a perdonar siempre, aun cuando nos hayan herido en lo más profundo de nuestro corazón. No podremos entrar al cielo si de algún modo no sanamos y no perdonamos de corazón a nuestros hermanos.

Me asombra ver en Algo del Evangelio de hoy a un Jesús, diría así, «movedizo», un Jesús que no se queda quieto, un Jesús que va de acá para allá, recorre pueblos y ciudades. No estaba acuartelado, encerrado. Sí, Jesús estuvo treinta años oculto; no encerrado, oculto -pensemos en eso-. Treinta años en silencio, trabajando. Aparentemente, para el mundo de hoy, no haciendo nada. Pero, en realidad, se estaba preparando para algo grande, para algo que era necesario, y que en tres años él solo podía hacer. ¿A vos qué te asombra del evangelio de hoy?

Hay algo muy claro en las palabras de esta escena –y en todo el evangelio– y es que cuando Jesús empezó a evangelizar, cuando se decidió a salir, se lo tomó muy en serio. No paró, no se detuvo, no se quedó quieto. Fue en busca de las personas. Las fue a buscar en sus dolores, en sus necesidades, en sus enfermedades. Fue a donde estaban las personas. No solo esperó a que vengan, aunque muchas se acercaron. Él iba a buscarlas. No se quedó detrás de un escritorio esperando que la gente llegue. No se quedó esperando que Herodes le dé el sí para poder caminar, sino que Jesús fue en busca de la gente. No fue un vago a la espera de los demás, hasta que a la gente se le ocurría acercarse a él. ¡Cuánto nos enseña esto hoy a todos!, ¿no? Especialmente en este tiempo. Desde los obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados, todo el pueblo de Dios, ¿qué hacemos? ¿Estamos saliendo o estamos esperando?

Y lo segundo es que Jesús nunca anda solo. Podría haberlo hecho solo, pero no quiso hacerlo así. ¡Qué extraño!,¿no? ¡Qué misterio! Sí, Jesús, siendo Dios, no eligió andar solo por este mundo, como un ermitaño o -como diríamos hoy- un francotirador –mandando tiros al aire solo, para dar en el blanco-, sino que anduvo con los doce que él había elegido y también -como dice el evangelio de hoy- con muchas mujeres que lo ayudaron, muchas mujeres sanadas por él.

Jesús rompió todos los esquemas y pensamientos de la época en muchos aspectos al tener, por ejemplo, hoy discípulas mujeres. No era propio de la época que un maestro tenga mujeres como discípulas, era escandaloso. Seguramente lo criticaron, como nos critican en la Iglesia siempre a los sacerdotes y a cada uno que se decide evangelizar. Era raro que las mujeres lo sigan, pero por eso Jesús también rompió con la cultura y el pensamiento de esa época.

Y sabemos que Jesús eligió a los doce que serán después los primeros sacerdotes, los elegidos para prolongar el amor de Dios a través del tiempo, para celebrar los sacramentos, para predicar la Palabra, para guiar a las futuras comunidades.

Pero ¿y las mujeres?, nos podríamos preguntar. Son mayoría, como pasa hoy en día. Como decía el Papa Francisco: «Los laicos son la inmensa mayoría del pueblo de Dios y las mujeres la inmensa mayoría de nuestras comunidades». Mujeres que están escuchando este audio: ustedes tienen una gran tarea en la Iglesia. Ustedes están y estuvieron cerca de Jesús, como esas discípulas que lo seguían y que lo amaban y que lo ayudaban. Ustedes tienen una tarea en la Iglesia como la tuvieron en ese momento en la vida de Jesús. El rol de ustedes en la Iglesia es indispensable, porque ustedes aportan el corazón a la familia de Dios, a la Iglesia, a la sociedad, que no podemos dar nosotros los varones, los sacerdotes.

Imagino a las mujeres, amigas de Jesús, aportando infinidad de detalles a la evangelización -además de sus bienes, como dice la Palabra- y cosas que, aunque no están en el evangelio, seguro que fueron así. Sin embargo, cuando lo que más aporta se corrompe, las consecuencias -como siempre- son nefastas. Tenemos que cuidarnos de las habladurías dentro de la Iglesia; cuidarnos de las calumnias, porque cuando el demonio entra, divide. Mujeres, también cuiden a los sacerdotes de esos miembros de las comunidades que quieren destruirlos por el simple hecho de no pensar igual, de ser distintos, por celos y tantas cosas más. No imagino a las que fueron discípulas de Jesús chusmeando detrás de él. Sin embargo, en nuestras comunidades pasan estas cosas. Es muy triste.

Finalmente, de este evangelio podemos contemplar el comienzo de lo que será y debe ser la Iglesia: una gran familia formada por hombres y mujeres débiles, con diferentes funciones, pero iguales en dignidad, siguiendo a Jesús y buscando la santidad; sino ¿qué estamos haciendo?

Y como seguimos a Jesús no podemos estar quietos. Si nos quedamos quietos, si esperamos a la gente, nos vamos a cansar de vernos las caras, nos vamos a aburrir entre nosotros. Si en nuestra parroquia, en nuestro grupo –sé que muchos grupos de oración y comunidades escuchan estos audios–; si en tu movimiento se quedan encerrados, no corren, no salen a buscar a las personas que están destrozadas por la vida, ¿de qué tipo de Iglesia estamos hablando?

No puede haber una comunidad cristiana que no salga de sí misma, que se quede quieta. Jesús nunca se quedó quieto, no perdió el tiempo en críticas y habladurías, sino que siempre siguió adelante.

XXIV Jueves durante el año

XXIV Jueves durante el año

By administrador on 17 septiembre, 2020

Lucas 7, 36-50

Un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús entró en la casa y se sentó a la mesa. Entonces una mujer pecadora que vivía en la ciudad, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de perfume. Y colocándose detrás de él, se puso a llorar a sus pies y comenzó a bañarlos con sus lágrimas; los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y los ungía con perfume.

Al ver esto, el fariseo que lo había invitado pensó: «Si este hombre fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo toca y lo que ella es: ¡una pecadora!»

Pero Jesús le dijo: «Simón, tengo algo que decirte.» «¡Di, Maestro!», respondió él.

«Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios, el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, perdonó a ambos la deuda. ¿Cuál de los dos amará más?»

Simón contestó: «Pienso que aquel a quien perdonó más.»

Jesús le dijo: «Has juzgado bien.» Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entré, no cesó de besar mis pies. Tú no ungiste mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies. Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor. Pero aquel a quien se le perdona poco, demuestra poco amor.»

Después dijo a la mujer: «Tus pecados te son perdonados.»

Los invitados pensaron: «¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar los pecados?» Pero Jesús dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz.»

Palabra del Señor

Comentario

Hoy la palabra de Dios nos vuelve a deslumbrar en una escena maravillosa, cargada de gestos, de palabras, de signos, tanto que podríamos pasar horas contemplándola y meditándola. Pero hoy elijo quedarme con tres imágenes: la de Jesús, que es el centro de todo y el dueño de todo lo que pasa. Porque él sabe lo que le pasa en el corazón del fariseo, en el de la mujer y, también, en el nuestro.

Por otro lado, está el fariseo, el que lo invitó, el anfitrión, el que se cree dueño de todo, dueño de la situación; pero, en realidad, todo le pasa por encima y termina quedando expuesto ante todos como el peor anfitrión: sin amor, sin corazón, sin entrañas, sin paz en su interior.

Y, finalmente, esta gran mujer -que no sabemos el nombre-, un ejemplo de mujer. Llena de amor, de detalles, porque es un derroche de amor todo lo que hace para con Jesús. ¡Qué importan al final sus pecados si fue la que más amó! ¡Qué importan al final sus pecados si fue a la que se le perdonó! Ella se fue en paz, aun habiéndose expuesto a ser burlada, criticada, despreciada. Con todo eso, sin embargo, se fue en paz. Sin embargo, el fariseo… ¡Qué ejemplo de mujer! ¡Qué ejemplo de actitud para imitar! Hay mujeres en el evangelio que nos conmueven, y esta es una de ellas. No sabemos su nombre, como dijimos. Sabemos que decían los demás que era una pecadora y Jesús también lo sabía, pero en realidad lo que nosotros podemos saber es que fue la que más amó y eso es lo más lindo. Tiene que ver con Algo del evangelio del domingo también, por eso vamos a continuar con este tema del perdón que tanto bien nos hace.

Pienso y rezo dos cosas para dejarte hoy meditando, para poder seguir meditando yo también, además de todo lo que podés pensar de este evangelio: por un lado, la actitud del fariseo y, por otro lado, la actitud de esta mujer, la que más amó. Creo que son como dos modos de pararse frente a la vida, frente a Jesús, en nuestra relación con Dios.

Me animo a decir que nuestra vida es como un ir de a poco, lentamente, dándonos cuenta de que fuimos perdonados, muy perdonados. Tenemos mucho para dar y mucho para amar, pero somos deudores. Tenemos una deuda, como la parábola del domingo y la de hoy. Y lo que pasa es que, a veces, fuimos banalizando el pecado a lo largo del tiempo y la palabra «pecado» está devaluada. Y por eso nos fuimos quedando con que, al final, los pecaditos que cometemos diariamente y confesamos son siempre los mismos, mirándonos a nosotros como unos tremendos narcisistas; o bien, lo minimizamos tanto, nos cansó tanto escuchar esta palabra en un tiempo, que ya parece que nada es pecado. Y como nada es pecado, finalmente, no hay perdón; y como no hay perdón, no hay salvación; y como no hay salvación, no hay amor verdadero a Dios. No podemos sentirnos amados si de algo no fuimos perdonados.

Sin perdón, no hay demostración de amor verdadera a Dios. Jesús nos ayuda hoy a salir de estos caminos sin salida. Nos quiere llevar a algo mucho más profundo. Todos fuimos perdonados, pecando mucho o poco hacia afuera -no importa-. Todos fuimos perdonados. Tarde o temprano tenemos que caer en la cuenta de eso, que somos deudores. Esto nos puede llevar toda una vida, pero tarde o temprano caeremos a los pies de Jesús, como esta mujer, para demostrarle tanto amor por todo lo que nos dio, especialmente su amor y su perdón.

Nuestra vida cristiana debe ser un descubrir, un ir dejándonos encontrar por él, un tomar consciencia con el corazón de esta verdad tan profunda. Por eso hoy, antes de hacer muchas cosas, pensemos en esto. Si no comprendemos esto, estaremos como el fariseo: mirando a todos, juzgando a todos desde arriba, como si fuésemos inmaculados, incluso a Jesús, que es capaz de perdonarlo todo -como hizo este fariseo-.

Si crees que se te perdonó poco, seguro que andás por la vida con aires de suficiencia y grandeza pensando en los grandes pecadores que andan sueltos por ahí. ¿Creés que eso te da la paz que viene de Jesús? ¿Creés que la vida cristiana es andar inmaculado por ahí, recolectando méritos para ser mejores que los otros?, ¿o no crees que a vos también se te perdonó incluso antes de nacer o se te salvó de que cometas pecados?

No podemos ser mejores, en realidad más buenos y más santos, si no nos damos cuenta de que antes fuimos perdonados, mucho antes de que nos diéramos cuenta. Y por eso hoy –como esa gran mujer– tenemos que tirarnos, arrojarnos a los pies de Jesús, llenos de amor, en algún Sagrario, en la intimidad de nuestro corazón, de nuestra habitación, ante alguien que lo necesita para demostrarle todo el amor que podamos.

XXIV Miércoles durante el año

XXIV Miércoles durante el año

By administrador on 16 septiembre, 2020

Lucas 7, 31-35

Dijo el Señor:

¿Con quién puedo comparar a los hombres de esta generación? ¿A quién se parecen? Se parecen a esos muchachos que están sentados en la plaza y se dicen entre ellos:

¡Les tocamos la flauta y ustedes no bailaron!

¡Entonamos cantos fúnebres y no lloraron!

Porque llegó Juan el Bautista, que no come pan ni bebe vino, y ustedes dicen: “¡Ha perdido la cabeza!”

Llegó el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “¡Es un glotón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores!” Pero la Sabiduría ha sido reconocida como justa por todos sus hijos.

Palabra del Señor

Comentario

Como ya dijimos en algún momento, con respecto al evangelio del domingo, la falta de perdón o la incapacidad de perdonar se debe fundamentalmente a una raíz profunda que muchas veces no podemos ver y que no tiene que ver necesariamente con la maldad de nuestro corazón sino todo lo contrario, con la necesidad de amor y de bondad que tenemos que, al no sentirse satisfecha, saciada -podríamos decir-, queda herida profundamente. Y por eso reacciona de esa manera, no queriendo perdonar, pensando que esa será la solución a su problema; pensando que ese será el remedio: el no perdón. Sin embargo, el único remedio, la única solución, la única terapia para las heridas del corazón que nos produce el pecado de los demás, el propio también, es el perdón. No hay otro remedio, no hay otra salida. Y algún día lo entenderemos si estamos todavía duros de corazón, pero es ese el camino. Pero ¿por qué entonces no terminamos de perdonar si lo entendemos con la cabeza, si nos damos cuenta qué es lo que Dios nos pide? Tiene que ver también con lo que dijimos que es el olvido, el olvido de un perdón más grande que hemos recibido de Dios sin hacer nada de nuestra parte, incluso antes de que naciéramos. Él nos perdonó enviando a su Hijo al mundo para saldar la deuda que tenemos, en el fondo, con nuestro Padre. Y por eso, cuando olvidamos esto, no encontramos a veces motivo para perdonar a un hermano, porque nos olvidamos de algo más grande. Siempre nuestra mirada tiene que estar puesta en el cielo, en nuestro Padre que nos enseña un modo de vivir distinto, pero con el ejemplo, con su obrar, perdonándonos a nosotros primero.

Con respecto a Algo del Evangelio de hoy, simplemente te quiero dejar algunas preguntas, me dejo también algo para mí, para meditar, para que podamos reflexionar por nuestra cuenta, cada uno. Acordate: siempre hay que hacer ese camino.

Jesús habla, hoy, de una generación. «¿Con quién puedo comparar a esta generación?», dice Jesús. Él se refiere- y es bueno aclararlo- a una clase- diríamos-, un estilo de persona, una forma de pensar y de vivir. No se está refiriendo a una generación en el sentido cronológico, a un grupo de personas que nacieron en un tiempo determinado, sino que se refiere a las personas de ese momento, a las que estaba mirando y hablándoles, e incluso a nosotros. Se refiere entonces, más bien, a un tipo particular de personas. ¿A quiénes se parecen? ¿A quiénes nos parecemos a veces? Podríamos llevar la pregunta al hoy. Diríamos que a los que siempre están inconformes, a esos insatisfechos por deporte; esos hombres que no se conforman con nada. No se conformaban con Juan el Bautista, que era un hombre austero, que no comía ni bebía, que se había entregado a la pobreza verdadera para prepararse a su misión. Ni se conformaban con Jesús, que también era pobre, pero, sin embargo, se daba el lujo de comer y beber con los publicanos. Nada les venía bien. ¿No te resulta un poco conocida esa actitud?

Esa es la actitud del que, al fin de cuentas, desea que las cosas sean solamente como él piensa, según sus criterios, según su modo de razonar. Esos hombres que esperaban un Mesías a su modo, pero, al final, cuando llega, no se dan cuenta. No lo quieren reconocer, porque quieren que sea «a su manera». En definitiva, sus pensamientos no eran los de Dios. Nuestros pensamientos, a veces, no son los de Dios.

En el fondo, es esa actitud del hombre que no se conforma por cómo es Dios, por cómo Dios se quiere manifestar al mundo. Y lo lindo, en realidad, es que Dios no es como nosotros. Esa es la maravilla. No es como nosotros queremos que sea. Dios es Dios; el Dios que se hizo hombre en Jesús y de un modo muy particular. Y eso es lo que nos tiene que terminar de convencer y conformar. Lo más lindo es que Dios sea Dios, más allá de nuestros modos de pensar, más allá de nuestros dioses hechos a nuestra medida.

Dios, el eterno que trasciende todo, es el que está más allá de todo, pero se hizo hombre. Y se hizo hombre pobre y austero para enseñarnos a vivir de una manera distinta, no como nosotros quisiéramos.

Bueno, este inconformismo también se manifiesta en nuestra vida, en miles de situaciones. Pero lo mejor es pensarlo en nuestra vida de fe, en nuestra vida espiritual. Obviamente, si somos quejosos e inconformistas con lo de cada día, seguramente lo seremos con las cosas espirituales. Por eso hoy preguntémonos: ¿Soy de las personas que no se conforman con nada, que no aceptan la realidad, que no aceptan a las personas que tienen alrededor, que no aceptan su trabajo, que no aceptan su estudio, que no aceptan el ambiente que les toca vivir? ¿Soy de los que siempre se están quejando de algo y si no hay nada de qué quejarse, se inventan una queja? ¿Soy de las personas que se quejan porque las cosas “no son como quiero” y, después, cuando son distintas, también se quejan? ¿En el fondo, qué es lo que nos mantiene inconformes? Eso nos pasa con las cosas de Dios, con las cosas de la Iglesia y con las cosas del mundo: no aceptar la realidad tal como es. El gran sacrificio de cada día, la gran entrega que tenemos que hacer, muchas veces, es aceptar la realidad, como primer paso, antes de querer cambiarla opinando.

La primera gran actitud que debemos tener todos, para cambiar el corazón, es aceptar con alegría lo que Dios nos presenta cada día y lo que nos toca vivir- más allá de nuestras elecciones-, aceptar los pensamientos de Dios. ¿Nos gusta que Dios sea así? ¿Nos gusta que se haya manifestado tan «normalmente», como un hombre tan sencillo, y que se manifieste hoy de una manera tan sencilla?

XXIV Martes durante el año

XXIV Martes durante el año

By administrador on 15 septiembre, 2020

Lucas 7, 11-17 – Memoria de la Virgen de los Dolores

Jesús se dirigió a una ciudad llamada Naím, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud. Justamente cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, llevaban a enterrar al hijo único de una mujer viuda, y mucha gente del lugar la acompañaba. Al verla, el Señor se conmovió y le dijo: «No llores.» Después se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron y Jesús dijo: «Joven, yo te lo ordeno, levántate.»

El muerto se incorporó y empezó a hablar. Y Jesús se lo entregó a su madre.

Todos quedaron sobrecogidos de temor y alababan a Dios, diciendo: «Un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros y Dios ha visitado a su Pueblo.»

El rumor de lo que Jesús acababa de hacer se difundió por toda la Judea y en toda la región vecina.

Palabra del Señor

Comentario

Tenemos que reconocerlo. Ponete una mano en el corazón. No es fácil perdonar. Es verdad que a ciertas personas las perdonamos con facilidad. Pero lo que hay que reconocer es que, cuando la ofensa proviene de una persona que amamos mucho, es mucho más grande el dolor y, por lo tanto, mucho más difícil el proceso de sanación y la decisión que necesitamos tomar para que el perdón sea real y profundo de corazón, como nos decía Jesús en el evangelio del domingo.

Si no partimos de esta realidad, difícilmente la gracia de Dios pueda calar hondo en nuestra alma y concedernos aquello que muchas veces anhelamos, pero no podemos alcanzar por nuestras propias fuerzas. El perdón cuesta y, sin embargo, Jesús le dijo a Pedro: «Hay que perdonar hasta setenta veces siete». O sea, hay que perdonar siempre, porque tú Padre del Cielo perdona siempre. Este es uno de los núcleos más centrales de nuestra fe que no podemos pasar por alto. Si somos cristianos, si nos decimos seguidores de Jesús y buscamos cada día enamorarnos más de su amor -valga la redundancia-, si buscamos cada día conocerlo y meternos en su intimidad, en la intimidad de su corazón, en un corazón tan grande y tan amoroso que vino a este mundo a perdonarnos y no a condenarnos.

Sí o sí tenemos que afirmar que si no perdonamos de corazón, no podremos ver cara a cara a Dios. Él no nos perdonará. Pero no hay que asustarse. No hay que asustarse. El perdón es algo que debemos siempre pedirlo con todo el corazón y buscarlo con toda nuestra decisión, con nuestra voluntad. A veces tenemos que decirnos a nosotros mismos: «Puedo perdonar, puedo perdonar a esa persona que me hirió tanto. Puedo perdonar incluso a aquel que me hizo un mal que humanamente parece imperdonable. Puedo perdonar porque, en realidad, lo necesito para vivir en paz».

Me parece que hoy, con respecto a Algo del Evangelio, es imposible no asombrarse con semejante milagro. Escuchamos una de las páginas más maravillosas en donde el que no se asombra creo que no tiene corazón, especialmente las madres. ¿Cómo no asombrarse ante esta escena en la que Jesús «intercepta» simbólicamente- podríamos decir -una procesión de muerte, de dolor, de tristeza, de angustia, de desesperación, y la transforma en una procesión de vida, llena de alegría, de asombro y maravilla, por lo que hizo? Jesús se mete, podríamos decir, en las «procesiones» de muerte que pasan por este mundo, que nos pasan por al lado o que nos pasan por el corazón, y se mete para detenerlas, para tocarlas, para hacerlas revivir.

¿No te asombra esto? ¿No creemos que Jesús puede detener el «féretro» en el que llevamos el muerto que nos quitó la alegría que tanto nos llenaba de vida hasta hace un tiempo? Es una linda imagen, creo, esto de las procesiones de vida y muerte. Lo escuché y lo leí -no me acuerdo- pero por algún lado. Jesús y los que venían con él caminaban llenos de vida. Venían de la alegría de hacer sanaciones, curaciones. La gente lo seguía y, de golpe, se enfrentan con una procesión en donde había un muerto y una madre queriendo morir, pero de dolor; una procesión de muerte, como tantas alrededor nuestro.

Pero nuestro Salvador no la esquiva, como hacemos a veces nosotros cuando el dolor llega y toca la puerta de nuestra vida o lo cruzamos por la calle, sino todo lo contrario. Se mete ahí para dar vida, para tocar, para consolar, para resucitar.

¿A vos qué te sorprende de la Palabra de hoy? Preguntate esto para poder sacarle algún fruto por tu cuenta. A mí me sorprende que Jesús le diga con tanta frescura y hasta incluso con ironía -pareciera ser- a una mujer viuda que estaba llevando a enterrar a su único hijo, como le dice, «No llores». Me asombra que Jesús pueda decir algo así en semejante situación. ¿Hay algo más humano y necesario en un momento así como lo es el llanto? ¿Qué madre con corazón no lloraría de dolor en un momento así? Me pregunto: ¿Jesús no tiene corazón y quiere sanar un corazón? Evidentemente no podemos pensar que no tenía corazón, pero hace bien preguntárselo con sinceridad: ¿Por qué Jesús dijo eso? ¿Por qué dijiste eso Jesús? me sale preguntarte. Decinos porqué, enseñanos. Parece una ironía.

Estoy convencido de que el «no llores» de Jesús no es el «no llores» que a veces nosotros decimos en esos momentos de dolor, como queriendo consolar. ¿Cuántas veces lo dijimos: «No llores»? Nosotros a veces no lloramos, simplemente por orgullo, por «parecer» fuertes, por «sostener» a otros, pensando que mostrarnos aparentemente fuertes va a hacer fuertes a los demás. Lo hacemos para mostrar que no somos débiles, que no nos vean débiles. Y es por eso que incluso nos enseñaron eso y transmitimos eso a nuestros hijos como un valor, como si fuera bueno no llorar en sí mismo. Sin embargo, Jesús, tenemos que decir que no pensó así, incluso lloró y no se tapó la cara para que no lo vean por vergüenza, como hacemos nosotros. El «no llores» de Jesús estoy convencido que es otro «no llores». Es el «no llores» de la esperanza. Es el «no llores» que yo te consolaré. Es el «no llores» de los que confian en la Vida eterna. Es el «felices los que lloran, porque serán consolados».

Es el «no llores» de la fe. Es el «no llores» porque esto, en realidad, no es el final. No te preocupes. Me animaría a decir que es el «no llores» del permitite llorar, sabiendo que ese llanto no tendrá la última palabra en nuestra vida. Es el «no llores» de la confianza total, del saber que de lo peor siempre podrá salir algo nuevo. Solo el que sabe esto y piensa como Jesús puede llorar como lloró él, sabiendo que el llanto es solo un tránsito a algo distinto. Es la purificación de nuestros dolores. Lloremos, hoy lloremos. Llorá si estás triste. Llorá si tenés un dolor que parece que no se puede sacar con nada. Llorá, pero lloremos como lloró Jesús. Lloremos, pero dejemos que Jesús se meta en esa procesión de «muerte» que hay en nuestra vida, para que recobremos la alegría perdida ante tanto dolor. Lloremos como esa madre, pero levantando la cabeza para dejar que Jesús nos devuelva el hijo muerto en nuestros brazos y poder empezar de nuevo.

XXIII Sábado durante del año

XXIII Sábado durante del año

By administrador on 12 septiembre, 2020

Lucas 6, 43-49

Jesús decía a sus discípulos:

«No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos: cada árbol se reconoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos ni se cosechan uvas de las zarzas.

El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón. El malo saca el mal de su maldad, porque de la abundancia del corazón habla la boca.

¿Por qué ustedes me llaman: “Señor, Señor”, y no hacen lo que les digo? Yo les diré a quién se parece todo aquel que viene a mí, escucha mis palabras y las practica. Se parece a un hombre que, queriendo construir una casa, cavó profundamente y puso los cimientos sobre la roca. Cuando vino la creciente, las aguas se precipitaron con fuerza contra esa casa, pero no pudieron derribarla, porque estaba bien construida.

En cambio, el que escucha la Palabra y no la pone en práctica, se parece a un hombre que construyó su casa sobre tierra, sin cimientos. Cuando las aguas se precipitaron contra ella, en seguida se derrumbó, y el desastre que sobrevino a esa casa fue grande.»

Palabra del Señor

Comentario

La semana termina, va llegando a su fin y nuestras actividades también. Y por eso es bueno a veces mirar para atrás, no para escarbar en lo malo, sino para aprender de lo que pasó y hacer siempre como un repaso espiritual de la semana. No, no vamos a elegir este sábado hacer un repaso de cada evangelio, porque creo que Algo del evangelio de hoy es, de por sí, de alguna manera, un «examen espiritual», de cómo estamos viviendo nuestra relación con la Palabra, que en definitiva es nuestra relación con Jesús, porque él se manifiesta en la Palabra. Cómo estamos escuchando: si la escucha es real y profunda, si realmente produce un cambio en nuestra vida, si nos estamos enamorando o no de su amor, si nos estamos dejando atraer por él al escuchar la Palabra. Porque, en definitiva –y nunca nos olvidemos de esto–, lo importante es enamorarnos de Cristo, de su Persona; enamorarnos de todo lo que es él, de todo lo que hace e hizo por nosotros: no de una idea, de una doctrina, sino de Jesús.

Por eso parafraseando la Palabra de hoy, mirando las imágenes que utiliza el mismo Jesús en este relato: «No hay árbol bueno – digamos que no hay persona que escuche la Palabra día a día y que haga el esfuerzo de interpretarla, por asimilarla, por amarla– que dé frutos malos»; es imposible. Sí, se puede equivocar, puede caer, pero frutos malos no podría ser. Aquel que escucha a Dios Padre seriamente da frutos. Aquel que escucha la palabra de Dios seriamente no da frutos malos, ¡no puede dar frutos malos! Porque la palabra de Dios se transforma en nuestra vida como en un riego continuo al corazón, mediante el cual va haciendo brotar lo mejor que tenemos y que ya está sembrado en nosotros, que es la bondad de Dios y la capacidad de amar.

Por eso el hombre bueno, el oyente de la Palabra, es aquel que se dedica con seriedad y constancia a escuchar lo que Dios quiere. Es el que, de golpe o golpe a golpe, descubre un tesoro de bondad que tiene en su corazón.

En realidad, diríamos que la Palabra es eso, es como que va cayendo en el corazón. Va sacando aquellas «costras» que no nos dejan ver o conocer lo que realmente tenemos y por eso nos hace relucir lo mejor que Dios sembró en nosotros.

Tenemos que confiar en que Dios Padre nos dio un corazón bueno, más allá de que sí tenemos pecados, nos equivocamos; más allá de que a veces podemos cometer algún mal. Sino tenemos que siempre pensar que él nos quiere ayudar a descubrir que tenemos, por decirlo así, un núcleo de bondad profundo y que a veces está tan oculto, por las heridas de la vida, que no nos damos cuenta de que lo que tenemos que hacer únicamente es quitar los obstáculos para que brote lo más lindo de nosotros.

Pero, al mismo tiempo, está siempre el peligro de ser, de alguna manera, «hipócritas de la Palabra», aunque suene duro. Aquel que escucha, aquel que dice: «Señor, Señor», que se llena los labios, pero finalmente no hace nada de lo que dice nuestro buen Dios. ¡Cuántas veces caemos en eso! Por eso, hoy Jesús directamente nos pregunta: «¿Por qué ustedes me llaman: “¿Señor, Señor” y no hacen lo que les digo?»

¿Por qué me llamás «Señor, Señor» y no terminás haciendo lo que te digo, que es lo que te va a hacer bien? Hacer lo que Jesús nos dice, en definitiva, es la prueba más elocuente, más evidente, más clara, que lo amamos. No se puede amar a alguien si uno no le pone el corazón y el oído y no termina obedeciendo, o sea, ligándose con el corazón a aquello que nos plantea.

Y, finalmente, Jesús utiliza la imagen de la «casa». En realidad, el oyente bueno de la Palabra es aquel que sabe construir toda su vida sobre el verdadero cimiento de la roca, que es Cristo. En cambio, aquel que escucha, pero no hace nunca lo que Jesús dice, en definitiva, siempre está propenso a que todo se venga abajo de un día para el otro; no por culpa de Dios, sino justamente por no haber construido sobre él. Todo se nos viene abajo en realidad porque no estamos poniendo nuestro corazón, nuestros anhelos, nuestras ansias, nuestros deseos y sueños, cimentados en la roca, que es Cristo.

Si ponemos todo en Jesús, no hay nada que nos derribe. No hay ventarrón, ni terremoto, ni tsunami, que voltee ese «arbolito» que somos vos y yo y que va creciendo día a día regado por la palabra de Dios. Nadie volteará nuestra casa, aunque sufra. Dejemos hoy que la palabra de Dios nos siga enriqueciendo el corazón. Preguntémonos sinceramente si estamos haciendo el esfuerzo por cumplir lo que Jesús nos dice y miremos hacia atrás y veamos también todo lo que él logró en nosotros día a día a través de su Palabra, especialmente en esta semana.

Tenemos un gran tesoro de bondad en nuestro corazón. Confiemos en eso y empecemos este fin de semana con mucha alegría, sabiendo que tenemos mucho para dar si sabemos escuchar y confiar en lo que Jesús nos regaló.

XXIII Viernes durante el año

XXIII Viernes durante el año

By administrador on 11 septiembre, 2020

Lucas 6, 39-42

Jesús hizo a sus discípulos esta comparación: «¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un pozo?

El discípulo no es superior al maestro; cuando el discípulo llegue a ser perfecto, será como su maestro.

¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: “Hermano, deja que te saque la paja de tu ojo”, tú, que no ves la viga que tienes en el tuyo? ¡Hipócrita!, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano.»

Palabra del Señor

Comentario

Ya llegamos al final de esta semana tan linda que Jesús nos regaló para seguir escuchando su Palabra, para seguir meditando y reflexionando sobre aquellas enseñanzas que brotaron de su corazón y que llegan hasta nosotros hoy, para que podamos también revivir y vivir y hacer lo que él nos dice. La corrección fraterna -esa enseñanza tan difícil que se nos planteaba el domingo- tiene que ser otra vez puesta sobre la mesa de nuestras comunidades de fe. ¿Cuántas veces nos olvidamos de esta enseñanza fundamental, que necesita ser vivida por cada uno de nosotros, sin importar el lugar que nos toque en la Iglesia, sin importar la investidura -como se dice-, porque, en definitiva, somos todos hermanos? Como decía san Agustín: «Con ustedes soy cristiano. Para ustedes soy Obispo».

Pero somos todos hijos de un mismo Padre. Todos tenemos la misma dignidad y todos somos hermanos. Por eso para la corrección fraterna no hay que mirar lo exterior, no hay que mirar lo de afuera, sino que hay que mirar el corazón de hijos y de hermanos que Dios Padre nos regaló para que juntos podamos caminar hacia el cielo. Y si nos equivocamos, tenemos que aprender a mirarnos con amor, a corregirnos para volver a levantarnos y rectificar el camino. Que Jesús nos siga ayudando a poder llevar adelante a nuestras comunidades de fe esta enseñanza tan profunda y tan necesaria para ser hermanos en serio.

Hoy, en este audio, voy a dejar, más que nada, muchas preguntas, para que por lo menos podamos respondernos alguna. Y no es una especie de examen, sino al contrario. Es una forma de ahondar, de profundizar, para que no se quede solamente en un mero comentario mío, sino que también te animes a preguntarte. Seguro que son demasiadas y no podremos con todas. Quedémonos con la que más nos guste o la que más necesitemos o la que más nos ha tocado el corazón, y no nos atragantemos con tantas. La Iglesia todos los días nos alimenta con el pan de la palabra, pero no todos los días podemos comer todo lo que se nos propone. A veces porque no tenemos hambre -y eso debería preocuparnos-, y es porque estamos llenos de otras cosas; otras, porque preferimos comer otra cosa y nos distraemos de lo esencial; otras veces porque no nos gusta y entonces pasamos de largo, y puede ser que en otras ocasiones sea demasiado junto y al final no podemos con todo y corremos el peligro de quedarnos sin nada. Por eso, al escuchar la palabra de Dios siempre es bueno seguir el consejo y el principio espiritual tan sabio de san Ignacio de Loyola, y de tantos padres de la Iglesia y maestros de la espiritualidad, que dice así: «No el mucho saber harta y satisface el alma, sino el sentir y gustar de las cosas internamente».

Quiere decir que es mejor que nos quedemos con algo, pero en serio, profundo, y no andar «picoteando» por ahí. Como decía san Francisco de Sales: «La abeja va de flor en flor, pero cuando encuentra el buen polen, se queda ahí y no se va hasta sacarle el último granito de polen». ¿Cuántas veces nos pasa esto, terminamos de escuchar y no nos quedamos con nada porque ya queremos saltar a otra flor? «¡Por favor, no seamos “oyentes olvidadizos”!», como dice la Carta de Santiago. ¡Por favor, estemos donde estemos, saquémosle el jugo y el fruto a la palabra de Dios!

Muchos nos necesitan, muchos corazones hambrientos de Dios quieren sentir y gustar de él. Hagamos el intento hoy de enviarle a alguien más la palabra de Dios, a esa persona que pensamos que por ahí no le gusta o no le gustará, que pensamos que no lo necesita. Pero si te animás, hacé el intento, incluso decile -como me han contado algunos- que se te escapó, que era para otro, y seguro que el Espíritu Santo te sorprenderá tocándole el corazón. Imaginemos si los miles que disfrutamos de la palabra de Dios cada día, hiciéramos hoy el esfuerzo de mandarle la palabra de Dios a otra persona más. ¿Te imaginás a cuanto más llegaríamos?

Volvamos a sentir y gustar. Es necesario experimentar y saborear las cosas de Dios. Hace que no las olvidemos. De la misma manera nos pasa con la comida. Cuando masticamos mucho, le sentimos más el gusto, la digerimos mejor y nos alimenta en serio. Ahora, cuando masticamos poco, estamos ansiosos, tragamos rápido, no digerimos bien y, ese alimento, no nos nutre de la mejor manera posible.

Pero, bueno, vamos a Algo del evangelio de hoy y las preguntas para que las pensemos y meditemos:

¿Por qué a veces somos capaces de tomar el lugar que le corresponde a Dios y nos creemos con el derecho de juzgar a los demás? ¿Por qué juzgamos cuando en realidad el verdadero Maestro todavía no juzgó? No nos olvidemos que Jesús nos dice que seamos misericordiosos como nuestro Padre, que hace llover sobre buenos y malos. Y nos olvidamos que él no vino al mundo para juzgarlo, sino para salvarlo, y lo dice él mismo con sus propias palabras: «Que el que se condena, se condena a sí mismo»; y que Jesús no quiere condenar a nadie, solo quiere salvar. Se condena en realidad el que se quiere condenar, el que no acepta la misericordia de Dios. ¿Es posible que a veces seamos capaces de estar mirando el defecto y el pecado ajeno y no nos demos cuenta de todos nuestros pecados y defectos?

¿No será que nos queda mucho por conocernos todavía? ¿Todavía pensamos que nos conocemos completamente? ¿No será que estamos a veces un poco ciegos, y queremos guiar a los demás estando nosotros también ciegos? ¿No será que todavía no tomamos conciencia de todo lo que Jesús nos perdonó y toda la paciencia que nos tiene día a día? ¿No será que somos olvidadizos? ¿No será que nuestra ceguera espiritual no nos deja ver y, por ver mal, juzgamos mal? ¿No será más eficaz y edificante dedicarnos a sacar tantas vigas de nuestros ojos, que no nos dejan ver el verdadero problema de las cosas? ¿Cómo pretender corregir si todavía no podemos con nosotros mismos?

Bueno, Dios quiera que alguna de estas palabras de Jesús, que alguna de estas preguntas, nos ayuden a saber y a gustar internamente de las cosas de Dios; que nos quedemos meditando en este día, mientras hacemos lo que tenemos que hacer o tomándonos un tiempo especial para empezar este día como el Señor quiere.

XXIII Jueves durante el año

XXIII Jueves durante el año

By administrador on 10 septiembre, 2020

Lucas 6, 27-36

Jesús dijo a sus discípulos:

«Yo les digo a ustedes que me escuchan: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian. Bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los difaman. Al que te pegue en una mejilla, preséntale también la otra; al que te quite el manto, no le niegues la túnica. Dale a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo no se lo reclames.

Hagan por los demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes. Si aman a aquellos que los aman, ¿qué mérito tienen? Porque hasta los pecadores aman a aquellos que los aman.

Si hacen el bien a aquellos que se lo hacen a ustedes, ¿qué mérito tienen? Eso lo hacen también los pecadores. Y si prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan a los pecadores, para recibir de ellos lo mismo.

Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada en cambio. Entonces la recompensa de ustedes será grande y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno con los desagradecidos y los malos.

Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso».

Palabra del Señor

Comentario

No se puede corregir fraternalmente a alguien -como nos enseñaba el evangelio del domingo-, si no nos damos cuenta antes que nada que todos somos capaces de equivocarnos. Sin embargo, hay algo muy importante en la corrección fraterna y que lo dice el evangelio, y es que Jesús dice: «Si tu hermano peca contra ti». Con lo cual, en realidad, tenemos que evitar pensar que la corrección fraterna es un andar diciéndole a los otros todo lo que no me gusta de su vida: sus actitudes, su manera de pensar, de ser, incluso hasta su propia cara. No va por ese lado. Jesús nos enseña que lo que realmente hiere la amistad con Dios y entre nosotros es el pecado que podemos sufrir personalmente. Por supuesto que también a veces si vemos a alguien que queremos mucho que se equivocó con otra persona y no se dio cuenta, podemos ayudarlo a que se dé cuenta.

Pero fundamentalmente Jesús dice: «Si tu hermano peca contra ti». Con lo cual, si estamos heridos, si estamos con el corazón dolido porque alguien pecó contra nosotros, o sea, quebró un mandamiento de la ley de Dios contra nosotros, no amándonos como nosotros nos merecemos, como todos se merecen; bueno, es ahí donde tenemos que hablar primero con esa persona, donde tenemos que actuar desde la oración, desde la humildad, para poder ayudar al otro a que se dé cuenta que me hizo mal. Y lo mismo al revés, por supuesto. Si nosotros pecamos contra alguien, si uno de nosotros comete un error para con un hermano, es justo y necesario que nos corrijan. Es en realidad una gracia tener un hermano que es capaz de decirme: «Te equivocaste», «actuaste mal», «dijiste esto de más», «fíjate, tratá de cambiar esta actitud». Si viéramos la corrección fraterna como una oportunidad para crecer y para amar, qué distinto sería, cuánto nos ayudaría. Veríamos las cosas de otra manera y seríamos muy naturales en cuanto a esta práctica del evangelio que, a veces, olvidamos muy seguido.

Algo del Evangelio de hoy, como siempre, es para sentarse, frenar y desmenuzarlo palabra por palabra, como para deleitarse. Y también, de alguna manera, asustarnos un poco, porque parece demasiado difícil y duro. Por eso, te recomiendo que vuelvas a escucharlo o a leerlo atentamente. Como siempre te digo: «Tomá tu biblia que ayuda a leer la propia biblia, conocerla». Vamos a la pregunta que nos podemos hacer hoy: ¿Amar a los enemigos es algo posible o es algo de unos pocos, de unos elegidos, de unos locos por ahí? ¿O Jesús estaba un poco loco al pedirnos semejante acto de amor, tan heroico?

Es fundamental –y esto es lo que quiero dejarte hoy– que comprendamos, es fundamental que comprendamos a qué se refiere con «amar» o a qué tipo de amor se refiere Jesús con respecto a nuestros enemigos, que en el fondo son aquellos que no nos aman como nosotros desearíamos.

Podemos equivocarnos y que al escuchar la palabra «amar» pensemos que tenemos que amar a un enemigo de la misma manera que amamos a un amigo, a un padre, a una madre, a una amiga, a un hijo, a una hija, a un hermano. ¡No! No, no… eso sería una locura. No sería posible. No quiere decir que tenemos que ir hoy a abrazar al que nos hizo mal –aunque si nos sale, no estaría mal–, al que nos difamó -por ejemplo-, al que nos criticó, al que nos echó del trabajo, al que nos humilló, al que nos trató mal. No quiere decir que tenemos que irnos de vacaciones y disfrutar con ese o con aquella, o que tenemos que ser amigos. Jesús nos pide un amor distinto. Hay que aprender a distinguir los amores.

«Distinto» no quiere decir menor. Y que, aunque no tenga esa espontaneidad que a veces desearíamos -aunque no nos salga naturalmente-, podemos tenerlo. No quiere decir que es hipocresía, como algunos dicen o piensan. Ese amor, ese tipo de amor, que tenemos que decidirlo con nuestra voluntad y con nuestra cabeza, aunque nos salga naturalmente; ese amor es caridad. Viene de Dios porque no sale de nosotros y, porque viene de Dios, nos permite hacer lo que nosotros no haríamos. Y como nos transformamos en un puente de algo más grande, que es el amor de Dios -y eso es la caridad-, nos da una felicidad que tampoco viene de nosotros. No viene, digamos así, de nuestro corazón. Y nos da, finalmente, lo que Jesús nos promete: la bienaventuranza.

Aquel que puede amar por amor de Dios, o sea, porque Dios le provoca ese amor en el corazón, lo mueve a hacer algo que parece imposible; ese que experimenta esa realidad tan grande, es el que vive la bienaventuranza. Es el que empieza a ser feliz acá en la Tierra, porque puede hacer algo que su propia voluntad o su propia naturalidad, digamos así, no lo puede lograr.

¿Qué podemos hacer con el que no es amable, o sea, con aquel que no nos sale amar naturalmente, o aquel que se portó mal con nosotros, el que de alguna manera es nuestro enemigo, incluso que puede ser alguien de nuestra propia familia? muchas cosas, muchas cosas para implementar esto de Jesús. Si podemos probemos hoy, tratando de hacer algo por esas personas. Por supuesto, rezar, siempre rezar con mucho fervor, para que Dios les toque el corazón, para que algún día se den cuenta. Pero también podemos saludarlo normalmente, sin que se dé cuenta que nos cuesta. Podemos bendecirlo. Podemos hablar bien de él, de aquellas cosas que tiene de bueno. No devolver mal por mal, en principio. No negarle algo que nos pida. Eso nos pide Jesús.

Eso es ser misericordioso como el Padre es misericordioso. Esa es la manera de ser bienaventurados, de ser felices, como el evangelio nos proponía ayer. Es un modo de hacer lo mismo que Dios hace con nosotros, que no distingue, que no diferencia, que no dice «este se lo merece y este no», sino que ama.

Si alguien nos pregunta hoy qué es ser cristiano, no lo mandemos a leer el evangelio, sino demostrémoselo con la vida, haciendo lo que Jesús nos pide, llevando a la práctica lo que él nos enseña.

Si nadie nos pregunta, no importa. Pensemos que hoy con nuestras actitudes podemos ayudar a que otros descubran que hay un amor más grande, que no viene de los hombres- sino que viene de Dios-, y que permite hacer lo que en principio parece imposible.

XXIII Miércoles durante el año

XXIII Miércoles durante el año

By administrador on 9 septiembre, 2020

Lucas 6, 20-26

Jesús, fijando la mirada en sus discípulos, dijo: «¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece!

¡Felices ustedes, los que ahora tienen hambre, porque serán saciados!

¡Felices ustedes, los que ahora lloran, porque reirán!

¡Felices ustedes, cuando los hombres los odien, los excluyan, los insulten y los proscriban, considerándolos infames a causa del Hijo del hombre!

¡Alégrense y llénense de gozo en ese día, porque la recompensa de ustedes será grande en el cielo. De la misma manera los padres de ellos trataban a los profetas!

Pero ¡ay de ustedes los ricos, porque ya tienen su consuelo!

¡Ay de ustedes, los que ahora están satisfechos, porque tendrán hambre! ¡Ay de ustedes, los que ahora ríen, porque conocerán la aflicción y las lágrimas!

¡Ay de ustedes cuando todos los elogien! ¡De la misma manera los padres de ellos trataban a los falsos profetas!»

Palabra del Señor

Comentario

Corregir por amor y dejarse corregir nos sitúa en el lugar correcto, en el lugar que debemos estar, en el lugar que nuestro Padre del cielo quiere y desea para cada uno de nosotros. En la hermandad, en la gran hermandad de los hijos de Dios, que por ser hermanos y ser hijos de un mismo Padre, nos debemos considerar como iguales, como capaces de hacer muchas cosas buenas; pero también capaces de equivocarnos. Y por eso podemos rectificar siempre el camino si un hermano se acerca con humildad a corregirme. La gran condición de la corrección fraterna, tanto para ser recibida como para darla, es la humildad; el reconocimiento de nuestra pobreza, tanto a veces material como espiritual, de nuestra necesidad de recibir el amor, de no creernos autosuficientes. Solo el que es humilde puede corregir y solo el que es humilde puede dejarse corregir.

Las palabras de Algo del Evangelio de hoy, en la montaña, en el famoso sermón de la montaña, se vuelven, por un lado, palabras de alegría, de invitación a una felicidad verdadera; esa felicidad que viene de lo alto, no la que nos promete este mundo, sino la que él nos regala. Jesús al expresar las bienaventuranzas nos hace una descripción de su rostro y, describiéndonos su rostro, nos describe su corazón. Nos abre el corazón, como si nos dijera: «Miren. Este es mi corazón, así soy yo, aquí estoy yo».

Las bienaventuranzas no son nuevos mandamientos, son promesas de Dios Padre. No son para cumplirlas, sino para vivirlas, encarnarlas. Porque Dios nos promete una felicidad siguiendo el camino que él nos señala, siguiéndolo a él, viviendo como él. No imaginemos que son más mandamientos, más peso, cosas imposibles de hacer, sino que son un don que se nos da desde el corazón desbordante de amor de Jesús, que nos invita a vivir esto; dándonos, al mismo tiempo, la fuerza para hacerlo. Por eso somos felices cuando creemos en las promesas de nuestro buen hermano Jesús. Eso ya nos pone en el camino de una felicidad distinta.

Vamos a ser más felices si le creemos más a él que a las promesas que nos hacen de todos lados haciéndonos «creer» que por tener mucho y ser reconocidos seremos felices.

Seremos felices, bienaventurados, si creemos más en Jesús que en nuestros deseos humanos de felicidad –aunque sean legítimos–. Seremos felices si confiamos en que todo esto es verdad. ¿Qué es verdad? Que la pobreza espiritual nos hace vivir ya en la tierra algo de la felicidad que tendremos algún día en el cielo y que no tendrá fin. Porque vive el Reino de Dios aquel que se siente y vive como hijo, como el hijo. «No pretendiendo grandezas que superan su capacidad, sino el que acalla y modera sus deseos como un niño en brazos de su madre» como dice el Salmo. El pobre de espíritu es el que acalla y modera sus deseos, a veces muy pretenciosos; el que no pretende abarcarlo todo; el que vive el día a día como si fuera un regalo, porque lo es, y por eso cuida la vida, su propia vida y la vida de los demás amando; el que no está angustiado por el futuro, por cómo va a hacer para resolver esto o lo otro, porque está tranquilo en Dios. Por eso, hoy seremos más felices si no nos angustiamos de más, por lo que viene mañana, sino que entregamos todo a nuestro Padre sabiendo que vendrá algo mejor.

Hoy vamos a tener un poquito más de felicidad si creemos que, aunque tengamos un poco de hambre de amor, de afecto, de cosas que realmente necesitamos, confiamos en que vamos a ser saciados y que solo nuestro Padre nos saciará.

Hoy vamos a ser un poco más felices si, aunque estemos llorando por alguna situación, por alguna angustia, por una muerte, por una ausencia, por una falta de trabajo, por falta de salud, por peleas en nuestras familias, por frustraciones diarias; seremos felices si confiamos en que el consuelo verdadero nos vendrá de él, si nos acercamos a él, si nos arrodillamos ante él, si le dedicamos más tiempo a nuestro buen Dios, si nos entregamos a los demás haciendo algo por ellos.

Hoy vamos a ser un poco más felices si, aunque nos burlen en nuestra casa, en el trabajo, en la universidad, nos damos cuenta de que no hay nada más lindo que sufrir algo por amor de Dios, por ser discípulo de Jesús, uniendo nuestro sufrimiento al de él. Porque esa unión da una felicidad que solo puede explicar aquel que tiene fe, aquel que sabe sufrir a causa del Reino de los Cielos.

Y ¡ay de nosotros! si hoy vivimos como si no necesitáramos nada; llenos de todo, pero en realidad llenos de nada. ¡Ay de nosotros! si pensamos que comprar algunas cosas va a saciar nuestra hambre de felicidad. Y ¡ay de nosotros! los que creemos en Jesús y vivimos de la risa y no nos damos cuenta del llanto y del sufrimiento de los que más nos necesitan, de los que tenemos alrededor. Podemos reír, sí, está bien, pero no podemos olvidarnos de los que sufren y de los que lloran.

¡Ay de nosotros! los que creemos en Jesús, en un Dios crucificado y resucitado por amor y nos dejamos llevar por los elogios y aplausos de un mundo que busca el éxito a toda costa, el placer por encima de todo y la riqueza como medida de la grandeza.

Que hoy Jesús nos libre de todo esto, pero, fundamentalmente, nos abra las puertas a la felicidad, a su promesa de felicidad eterna, que empieza acá en la tierra, y que depende de nosotros, depende de vos y de mí. Que hoy podamos vivirla, en este día.

Que las palabras del corazón de Jesús, de estas bienaventuranzas, nos ayuden a vivir un día en paz y que podamos encontrar la felicidad que él nos promete.

XXIII Lunes durante el año

XXIII Lunes durante el año

By administrador on 7 septiembre, 2020

Lucas 6, 6-11

Un sábado, entró en la sinagoga y comenzó a enseñar. Había allí un hombre que tenía la mano derecha paralizada. Los escribas y los fariseos observaban atentamente a Jesús para ver si curaba en sábado, porque querían encontrar algo de qué acusarlo. Pero Jesús, conociendo sus intenciones, dijo al hombre que tenía la mano paralizada: «Levántate y quédate de pie delante de todos.» El se levantó y permaneció de pie.

Luego les dijo: «Yo les pregunto: ¿Está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla?» Y dirigiendo una mirada a todos, dijo al hombre: «Extiende tu mano.» El la extendió y su mano quedó curada.

Pero ellos se enfurecieron, y deliberaban entre sí para ver qué podían hacer contra Jesús.

Palabra del Señor

Comentario

No es fácil corregirnos entre nosotros. No es fácil porque en realidad sin darnos cuenta, en el fondo, nos creemos distintos, o a veces inferiores o superiores, a los demás. Con lo cual esa primera condición de la corrección fraterna que nos planteaba Jesús en el evangelio de ayer, domingo, se complica bastante. Porque lo primero que debemos sentir en el corazón y aceptar también de los otros y para con nosotros es que somos hermanos. Por eso que Jesús dice: «Si tu hermano peca…si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo en privado». Vamos a intentar esta semana seguir profundizando este tema de la corrección fraterna que, cada vez, se utiliza menos en las comunidades de fe, pero es una de las condiciones necesarias- diría yo- para vivir una vida de fe comprometida al estilo de Jesús, como él la quiere, sintiéndonos hermanos y haciéndonos cargo, de algún modo, de los que Dios pone en nuestro camino.

Te propongo hoy, en este lunes, fijar la mirada en Jesús. Fijemos hoy nuestra mirada en él. Contemplemos al Jesús de Algo del Evangelio de hoy. Él hace el bien sin importarle la opinión ni la oposición ajena y los demás se mueren de bronca al verlo hacer el bien. Toda una locura. Algo que parece extraño, pero es lo que pasó. Es lo que pasa también y sigue pasando y seguirá pasando.

El bien muchas veces en nuestra vida encuentra oposición, incluso ante personas que dicen querer hacer el bien –personas religiosas en este caso, como las de la escena que escuchamos recién–, que dicen amar a Dios. «Jesús se la pasó haciendo el bien», dice el libro de Hechos de los Apóstoles. No se detuvo ante los que le ponían «piedras en el camino».

Él hace el bien queriendo enseñar porqué lo hace y no lo entienden. Pero finalmente lo hace igual, no le importa. Eso es algo lindo de esta escena tan fuerte y tan decidora de la palabra de Dios. «El que quiera entender que entienda», como lo dice Jesús.

Él tiene en su corazón el coraje para hacer el bien. Ese coraje, esa audacia que necesitamos todos para animarnos en lugares donde incluso el bien parece que no alcanza. Para animarnos a hacer lo que debemos hacer. En esos lugares donde parece que incluso hacer el bien no satisface a los demás, no conforma nunca. O esas personas que nunca se conforman con nada, aunque entregues toda tu vida. Y podrías pensar ¿cómo puede pasar esto?, ¿es posible que pase esto? ¿Cómo es posible que a veces ni siquiera hacer el bien alcance a satisfacer a algunos corazones ambiciosos de ya no sé qué? ¿Cómo es posible que el hombre pueda cerrarse tanto a la bondad de un hombre que amó tanto? Bueno, si eso le pasó a Jesús, cómo no nos pasará a nosotros. Pensá en tu vida cuántas veces te entregaste completamente y eso no alcanzó.

¡Qué tristeza la de Jesús! Qué tristeza debe haber sentido y sigue sintiendo cuando se choca de algún modo contra un ser humano que, muchas veces, no se conforma ni siquiera con el bien, ¡no se conforma con nada!

Entonces creo que hoy podemos aprender esto de nuestro Maestro: la decisión, la audacia, el coraje para hacer el bien. Cuando tenemos claro que lo tenemos que hacer, utilizando medios buenos- por supuesto-. No dudemos en nuestro trabajo, no dudemos en nuestra casa, en la calle, en el viaje, en hacer el bien y hacerlo bien. Cuando tengamos la posibilidad de hacerlo, tenemos que hacerlo, aunque a alrededor se nos mueran de risa, de bronca, de celos, de enojos. Aunque incluso los que dicen ser buenos nos critican –como los fariseos, se enfurezcan-. Dejalos que se enfurezcan. Nosotros sigamos haciendo el bien y alegrándonos con eso. «Si ladran, Sancho, es señal que cabalgamos», decía el Don Quijote.

Y lo segundo que te propongo y me propongo es para pensar. Es la actitud increíble de estos hombres, de los fariseos. Parece mentira, pero es verdad. ¿Es posible tanta cerrazón incluso cuando alguien ve un milagro con sus propios ojos? Sí, es posible, es posible que haya personas que en vez de disfrutar el bien ajeno, estén preocupados por algo que no ven y deducen sin saber. La verdad que hay personas así. Incluso personas que se dicen muy religiosas (consagrados, sacerdotes, laicos, miembros de la Iglesia), que cuando ven algo bueno o cuando ven que alguien hace algo bueno, en vez de disfrutarlo, buscan algo que criticar, buscan algo para acusar. Buscan- como se dice- la quinta pata al gato. No pueden disfrutar de las cosas buenas de los demás. Están siempre encontrando todo lo malo en el mundo, en la Iglesia, desde el Papa para abajo; en la Parroquia, con su sacerdote, con su comunidad. Nadie se salva.

¿Por qué a veces no disfrutamos de las cosas buenas ajenas? ¿Por qué a veces nos da bronca lo bueno de los otros? Preguntémonos si a veces no nos pasa lo mismo. Hay gente que es amarga a veces- parece que por naturaleza-, que no disfruta del bien, porque en el fondo tiene envidia. La envidia no nos deja disfrutar de la bondad que nos rodea, incluso fuera de la Iglesia. ¿Por qué a veces nos creemos que somos los únicos que podemos hacer el bien y lo hacemos mejor que los otros?

Hay mucho fariseísmo en este mundo, mucha hipocresía. También hay que reconocerlo, con dolor, dentro de nuestra amada Iglesia y en todos los corazones de los que creen que tienen la medida de las cosas y cómo se deben hacer.

Jesús con su audacia, superando toda dificultad, y con su libertad nos ayude en esta actitud que debemos apropiarnos. ¿Cómo hacerlo? Hagamos hoy y durante la semana el ejercicio de felicitar-¿por qué no?- o rezar o alegrarnos con el bien que podamos descubrir a nuestro alrededor, con las cosas buenas que hacen e hicieron los demás. Acordémonos que hay muchas cosas buenas fuera de nuestro corazón, de nuestro grupo, de nuestra parroquia, de nuestro movimiento.