Topic: Lucas

XXXIV Sábado durante el año

XXXIV Sábado durante el año

By administrador on 28 noviembre, 2020

Lucas 21, 34-36

Jesús dijo a sus discípulos:

«Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, para que ese día no caiga de improviso sobre ustedes como una trampa, porque sobrevendrá a todos los hombres en toda la tierra.

Estén prevenidos y oren incesantemente, para quedar a salvo de todo lo que ha de ocurrir. Así podrán comparecer seguros ante el Hijo del hombre.»

Palabra del Señor

Comentario

Mientras, como cada fin de año, una especie de «fiebre consumista» – o «epidemia de deseos» de comprar y comprar– quiere invadirnos por un lado y por el otro, a medida que se acerca la fiesta más tierna de nuestra fe, la Navidad. Mientras millones de personas en este mundo, incluso vos y yo, nos deshilachamos en cansancio para ver cómo compramos cosas más baratas y ofertas creyendo que necesitamos todo lo que compramos. Mientras salen fotos en los diarios de gente que se pelea por llevarse algo más barato y mejor que lo que tenía; no sabiendo bien qué va a hacer con lo anterior, que en realidad ya no es tan viejo. Mientras al mismo tiempo hay mucho sufrimiento en el mundo, pero se olvida, y los medios de comunicación nos bombardean con ofertas y descuentos de todo tipo y color para endulzarnos el oído consumista y convencernos de que teniendo esto o lo otro estaremos mejor. Este sábado en Algo del evangelio, casi como una ironía de la providencia divina que quiere «salvarnos» pero en serio de tanta anestesia mundana, aparecen estas palabras de Jesús como un anillo al dedo, «al corazón» de los creyentes; pero que finalmente se lo pondrá quien quiere ponérselo, quien sabe escuchar.

Te animo y me animo, como siempre, a que nos examinemos, a que de algún modo nos «midamos» la fiebre del consumismo y que nos animemos a ponernos el «termómetro» de la fe para ver hasta dónde nos llega la temperatura consumista y si nos estamos adecuando a esta realidad que nos invade. Muchas veces movidos por una enfermedad oculta que nos engaña y nos hace creer que necesitamos siempre algo distinto para poder subsistir y para poder estar mejor. Sé que lo que estoy diciendo no es políticamente correcto, pero al mismo tiempo sé que Jesús no siempre fue políticamente correcto. Y si quiero transmitir la Palabra de Dios, a veces me toca la parte más fea, la parte que menos amigos produce.

Porque así es la Palabra de Dios: espada de doble filo (corta para ambos lados). Y aunque a veces nos obstinemos en ocultar algunas cosas que nos dice, ella nos sigue hablando y nos sigue diciendo siempre lo mismo. Ella sigue insistiendo en «no dejar pasar» las cosas que no deben pasar de moda jamás. ¿Te acordás lo de ayer: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán»?

En general, si nos cerramos, siempre encontraremos excusas para que Dios no nos diga lo que no queremos que nos diga, o bien para decir que Dios en realidad no dice lo que en realidad sí dice. Somos así de débiles, todos. Así somos de escurridizos los hijos de Dios. Y por eso podemos andar por la vida diciendo que escuchamos a Dios, que lo amamos, que tenemos fe, pero no haciendo nunca lo que él nos recomienda. «Jesús dijo a sus discípulos: “Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, para que ese día no caiga de improviso sobre ustedes”». Él nos dice a nosotros, a los que nos consideramos sus seguidores, a los que lo amamos y deseamos su amor: «Tengan cuidado». Siempre, para todos es un peligro. Imaginate si hace dos mil años Jesús tuvo que advertir sobre los excesos, sobre la embriaguez y las preocupaciones de la vida –que las había. Pero hoy qué podríamos decir sobre lo que vivimos, porque hoy sobreabundan estas cosas. ¿Qué nos queda para hoy? ¿No crees que estas palabras son más actuales que nunca? ¿No habría que escucharlas con más corazón que nunca?

Los excesos nos aturden, no nos dejan oír y escuchar la dulce voz de Jesús que nos dice: «Tengan cuidado».

La embriaguez de todo tipo, las del alcohol y drogas, pero también de todo aquello que nos hace perder la capacidad de razonar, de pensar bien, de ser sensatos y mirar un poco más allá; de encontrar tanta bondad dando vueltas y de ocuparnos de cosas que nos harían mucho mejor de lo que a veces elegimos; las preocupaciones por esto y por aquello, por tener más y más, por darle algo material a nuestros hijos, olvidándonos de lo que más necesitan, que es nuestro amor; por no haber solucionado esto o aquello; preocupaciones legítimas incluso, pero que en definitiva cuando nos sacan más energía de la necesaria o de la que corresponde, nos impiden estar con el «corazón preparado» y darnos cuenta que lo esencial pasa por otro lado.

«Tengan cuidado». Tengamos cuidado. Que no tenga que pasarnos algo duro para que nos demos cuenta que la vida va por otro lado y no el tener esto o lo otro.

Dios quiera que no lleguemos un día a tener que decir: «Uy, qué manera de perder tiempo en mi vida. Si me hubiera dado cuenta antes». Gracias a Dios Padre. Como sacerdote, Jesús siempre se encarga a veces en la semana de enfrentarnos con el dolor y la muerte. De una manera u otra nos despierta de esta «fiebre consumista» que también nos quiere atacar a nosotros y porqué no decir que ya nos invadió el corazón. Es un regalo poder estar siempre cerca del dolor, aunque duela. Una vez –me acuerdo– estando en un momento así, en un responso de una niña muy pequeña, mientras rezaba por ella y especialmente por sus padres, le pedí también a Dios que me dé la gracia de conmoverme, de que el dolor no me pase por encima sin hacerme nada, para saber estar al lado del que sufre y dejar de pensar un poco en mis cosas y en lo que tengo que hacer. La madre y el padre de esa niña me conmovieron solo por verlos. Aun sufriendo de una manera indescriptible, la madre tuvo corazón para decirles a todos los que estaban acompañando en ese momento: «¡Gracias por venir!»

Mientras este «mundo» se regocija de tener su pequeño mundo de ofertas, millones de personas se esfuerzan día a día por tener por lo menos un lindo día, un día con menos sufrimientos. Nosotros los discípulos de Jesús… ¿qué nos mueve el corazón?, ¿qué nos conmueve?

XXXIV Viernes durante el año

XXXIV Viernes durante el año

By administrador on 27 noviembre, 2020

Lucas 21, 29-33

Jesús hizo a sus discípulos esta comparación:

«Miren lo que sucede con la higuera o con cualquier otro árbol. Cuando comienza a echar brotes, ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano. Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas, sepan que el Reino de Dios está cerca.

Les aseguro que no pasará esta generación hasta que se cumpla todo esto. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.»

Palabra del Señor

Comentario

Muchas veces nos podemos preguntar o te habrás preguntado: ¿Cuál es la voluntad de Dios para nuestra vida? ¿Qué es lo que quiere que hagamos? Cuántas veces nos preguntamos eso en la vida. ¿Qué tengo que hacer concretamente para vivir sirviendo, para hacer lo que Dios quiere? Y así muchas veces podemos pasarnos la vida intentando descifrar la voluntad de Dios. Como si fuese una especie de fórmula matemática, un teorema complicado de comprender, rompiéndonos la cabeza y el corazón para saber casi «matemáticamente» en dónde nos quiere Dios, en dónde quiere que podamos servirlo. Como si fuese que su voluntad es una especie de camino ya trazado que tenemos que descubrir. Casi como una predestinación. ¡Cuidado!, hay mucho de eso en la Iglesia también. ¿No te pasó alguna vez?

Muchas personas, y también lo hice muchas veces yo, vienen al sacerdote y le preguntan: ¿Cuál es la voluntad de Dios? ¿Padre, qué tengo que hacer? ¿Cómo puedo saber lo que Dios quiere de mí? Como si fuera que nosotros tenemos la «bola mágica» de las películas en donde podemos ver el futuro y saber lo que Dios pensó para cada uno.

Es un tema muy complejo, no podemos agotarlo en este audio. Pero creo que el evangelio del domingo, en realidad todos los evangelios, nos ayudan mucho a descifrar, por decirlo así, ese supuesto «enigma» que todos pretendemos conocer , y que en realidad ya está mil veces dicho –y es más simple de lo que imaginamos–. Es simple: «…porque tuve hambre, y me diste de comer; tuve sed, y me diste de beber».

¿Qué es lo que Dios quiere de vos y de mí? Que no seamos indiferentes al sufrimiento de los demás y que al amar a los que más sufren – que puede ser incluso nuestra propia familia – tenemos la posibilidad de amarlo a él. ¿Qué más estamos buscando? Por eso, no importa tanto el qué hacemos, sino el cómo lo hacemos. También no importa mucho dónde lo hacemos, sino cómo lo hacemos. Amar a los otros por amor a Jesús y con el amor de Jesús: esa es la voluntad de él. Por eso, en el fondo no es tan complicado saber cuál es la voluntad de Dios, sino el cumplirla; el despertarnos y darnos cuenta que ya la tenemos ahí frente a nuestros ojos y nuestro corazón.

Todo lo que tenemos a nuestro alrededor, todo va a pasar, todo va cambiando. Todo tiene su principio y su final; nuestra propia vida también, aunque sabemos que nuestra alma es inmortal. Y como todo lo que tenemos a nuestro alrededor pasará, tenemos que saber ponerlo en su lugar, en donde corresponde. Y tenemos que amar donde estemos: a veces será en un lugar, a veces será en otro; a veces será en una situación o en otra. Tenemos que amar estemos donde estemos y estemos como estemos.

Con Algo del Evangelio de hoy te propongo que traslademos este anuncio de Jesús, de que «hay que estar atentos a su venida», de que «hay que aprender a distinguir», así como distinguimos en la naturaleza a través de los signos y manifestaciones que hay algo que vendrá después. Asimismo, te propongo y me propongo que hoy pensemos esto llevado a nuestra vida espiritual, pero concretamente a nuestro día a día. No tanto que pensemos en el futuro, en su «segunda venida», sino en las venidas continuas de él a nuestra vida; a la presencia del Reino de Dios en nuestra vida cotidiana, en cada cosa que hacemos.

Jesús nos invita a saber interpretar, porque ahí es en donde fallamos muchas veces. Nos cuesta muchísimo interpretar el detrás de lo que vemos y hacemos, de lo que nos pasa, de lo que se nos manifiesta, de las personas, de las situaciones; de todo, tanto de lo bueno como de lo malo. Detrás de todo eso siempre o en todo eso siempre está Dios.

Siempre hay algo bueno para aprender. Así como a través de la Cruz de Jesús nosotros aprendemos a ver el amor que él nos tuvo, también tenemos que aprender a ver incluso en las situaciones difíciles de nuestra vida la presencia de nuestro Padre. Porque tenemos una gran capacidad de ver lo malo.

Tenemos una gran capacidad para juzgar las cosas malas, incluso para etiquetar situaciones y personas; juzgar, prejuzgar y sacar conclusiones de cosas que vemos, de situaciones que nos han pasado. Y muchas veces somos muy implacables en mostrar las cosas malas de los demás. ¿Por qué no aprendemos a ver lo bueno? ¿Por qué no aprendemos a ver –por ejemplo– que detrás del enojo de una persona hacia nosotros podemos darnos cuenta que puede ser una corrección para nuestra manera de ser? ¿Por qué no aprendemos a ver que detrás del enojo de tu marido, de tu mujer, de tus hijos, en el fondo lo que te están manifestando es amor? Sí, de alguna manera un poco rara, pero finalmente amor. Pero se puede decir que están pidiendo, reclamando amor de algún modo. Aprendamos a ver la bondad de las cosas que hay detrás de lo que nos pasa.

Si nos pones a pensar en este día que empezamos –en nuestro trabajo, mientras estamos viajando, mientras estamos haciendo las cosas de la casa–, podríamos empezar por levantar la mirada y darnos cuenta que hay un montón de situaciones que, si aprendemos a leerlas mirando más allá de lo que vendrá, siempre podemos sacar algo bueno; siempre, incluso del pecado. El pecado inaugura en nuestra vida el tiempo de la misericordia, el tiempo del perdón, el tiempo de una nueva oportunidad, de la resurrección, del acercamiento a Jesús. Por eso, «hay más alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan perdón».

Y esto no es para caer en un optimismo ingenuo, sino para realmente ver la presencia de Dios en nuestra vida, como él quiere. Porque si no, reducimos la presencia de Dios y la experiencia de Dios a las cosas buenas que nosotros vemos y a las cosas que nosotros consideramos que son buenas. Dios está siempre. Él está en todas partes, está en nuestro corazón, solo hace falta aprender a descubrirlo.

XXXIV Jueves durante el año

XXXIV Jueves durante el año

By administrador on 26 noviembre, 2020

Lucas 21, 20-28

Jesús dijo a sus discípulos:

«Cuando vean a Jerusalén sitiada por los ejércitos, sepan que su ruina está próxima. Los que estén en Judea, que se refugien en las montañas; los que estén dentro de la ciudad, que se alejen; y los que estén en los campos, que no vuelvan a ella. Porque serán días de escarmiento, en que todo lo que está escrito deberá cumplirse.

¡Ay de las que estén embarazadas o tengan niños de pecho en aquellos días! Será grande la desgracia de este país y la ira de Dios pesará sobre este pueblo. Caerán al filo de la espada, serán llevados cautivos a todas las naciones, y Jerusalén será pisoteada por los paganos, hasta que el tiempo de los paganos llegue a su cumplimiento.

Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, los pueblos serán presa de la angustia ante el rugido del mar y la violencia de las olas. Los hombres desfallecerán de miedo por lo que sobrevendrá al mundo, porque los astros se conmoverán.

Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria. Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación.»

Palabra del Señor

Comentario

¡Si cada día comprendiéramos el valor que tiene cada detalle de amor! ¡Si cada día entendiéramos que lo que vale realmente la pena es hacer algo por amor, por los otros! ¡Si cada día nos acordáramos que a Jesús lo que más le interesa es que nos carguemos mutuamente nuestras cargas! ¡Si cada día nos diéramos cuenta que cuando nos juzguen, cuando llegue el fin de los tiempos, nos juzgarán por el amor!, y no por los pecados, aunque hay que evitarlos –por supuesto–. Pero el gran pecado, en definitiva, es no amar.

El mundo en general nos juzga por los pecados cometidos. La ley nos juzga por las faltas que realizamos. En los colegios nos juzgan con las amonestaciones. El mundo en general premia lo que le interesa, y lo que le interesa es el éxito, es la cantidad, es lo vistoso. Pero lo lindo en realidad es que Jesús no se acordará, en definitiva, de nuestros pecados cuando estemos frente a él, sino que nos recordará lo bueno que hicimos o lo que no hicimos, lo bueno que dejamos de hacer. ¿No te da un poco de alivio eso? Jesús no se acordará de lo malo que hayamos hecho. ¡Qué alivio! Pero sí se acordará de lo que no hicimos, que en definitiva es algo malo.

Me acuerdo una vez que nos encontramos con nuestros compañeros de colegio, excompañeros, después de muchos años, y nos divertíamos muchísimo recordando las cosas que hacíamos; pero en general eran todas cosas de adolescencia, ciertas «maldades», cosas graciosas. Era gracioso, y eso no quita el cariño pero es así. En realidad, muchas veces entre nosotros tendemos a recordar lo malo o lo que otros hicieron de mal. Nos cuesta muchísimo recordar las cosas buenas de los demás. Bueno, la linda noticia del evangelio del domingo también es que Jesús no es así. Esa es una enseñanza que nos tiene que quedar en el corazón.

Y Algo del Evangelio de hoy claramente tiene dos partes. La primera se refiere al anuncio que hace Jesús sobre la destrucción de Jerusalén, que finalmente se dio en el año 70, y la segunda parte tiene que ver con la necesidad de prepararse para la segunda venida de Jesús, que no tiene fecha o, mejor dicho, no la sabemos ni la sabremos nunca. Por eso Jesús hace como un paralelismo.

¿Cuándo será?, te habrás preguntado alguna vez. ¿Cuándo será?, se han preguntado muchos. ¿Cómo será ese día? Creo que ya hablamos de esto en algún audio y me parece que lo importante en realidad pasa por otro lado. El centro, Jesús, lo pone en otro lado; el acento está en otra cosa. Justamente él quiere corregirnos de ese deseo, a veces incontenible, de saber lo que vendrá y cómo vendrá. Lo que Jesús nos enseña es la actitud que debemos tener cuando esto pase, si es que nos toca vivirlo; pero también podemos compararlo con nuestra muerte.

Habla de tres cosas muy concretas: ánimo, levantar la cabeza, porque nos vendrá la liberación. Alcanza el tiempo para que meditemos en la primera, con las otras podrías rezar y pensar vos.

Podríamos pensar que a veces Jesús es muy pretensioso, o sea, desea mucho de nosotros con cosas que a primera vista nos pueden resultar muy difíciles. Después de decir todo lo malo que puede llegar a venir nos termina hablando del ánimo. Parece como una ironía: se viene todo abajo y hay que tener ánimo, ¿es posible?

Tener ánimo ante lo que parece desastroso – ya sea el fin del mundo o el fin de nuestra vida–, o las situaciones que nos tocan vivir, la vida de un ser querido, es la actitud del que tiene las cosas claras («ese la tiene clara» decimos) y tiene el corazón anclado en la Vida eterna, en la vida que vendrá. Es la actitud del que tiene un pie en la tierra y el otro subiendo el escalón al cielo. Es la actitud del que tiene los pies en la tierra, pero los ojos puestos en el cielo. Es el ánimo del que cree, del que tiene fe. Pero no me refiero al que solo cree que Dios existe, sino al que le cree a ese Dios que existe, le cree a Jesús que se hizo como nosotros. Y como le cree a Jesús, sabe y tiene la certeza de que sus palabras son verdad y nunca mienten. ¿Entendemos la diferencia entre decir que creemos y creerle a Dios?

El ánimo ante estas situaciones es un modo de mostrar nuestra fe, es un indicador de nuestra fe. ¿Decimos que creemos pero perdemos la esperanza ante la muerte o ante lo que pueda pasar el día de mañana? Entonces nuestra fe es chiquita, está con alfileres. Nuestra fe se la puede llevar cualquier sufrimiento, la puede voltear cualquier ventarrón. Si ante la posibilidad del fin perdemos la esperanza, es porque nuestras certezas «están atadas con alambre»; están ancladas en las cosas de la tierra. Muchos de nosotros tenemos la fe atada con alambre, no pasa nada. Nadie la tiene «tan clara» como para creerse inmune en estas cosas y por eso tenemos que pedir más fe. Tenemos que pedir con fe más fe, aunque parezca redundante. No hay que dar por sentado que tenemos la fe suficiente.

A veces somos un poco soberbios y decimos muy sueltos y convencidos: «Yo tengo mucha fe». Sí, es verdad, muchas veces tenemos fe, pero hasta que llega la prueba. Allí es donde se comprueba verdaderamente la confianza que tenemos en Dios.

Pidamos siempre la fe, porque es un don y una respuesta que debemos dar cada día. Hoy tengamos ánimo, el alma alegre para estar dispuestos y preparados a lo que venga, sabiendo que nada se escapa de las manos de nuestro Padre del cielo; «ni siquiera un cabello se nos caerá de la cabeza». ¡Qué lindo que es escuchar algo así!

XXXIV Miércoles durante el año

XXXIV Miércoles durante el año

By administrador on 24 noviembre, 2020

Lucas 21, 12-19

Jesús dijo a sus discípulos:

«Los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí.

Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa, porque yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir.

Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas.»

Palabra del Señor

Comentario

El rey del universo se hace tan chiquito que, por decirlo así, se «mete dentro de nosotros». El todopoderoso está de alguna manera en todos, tanto como para sentir que la fuerza para amar viene de él como para encontrarlo también en los otros y poder amarlo en lo de cada día. «Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo», dijo Jesús. Lo hacemos con él. ¡Qué maravilla! Cuando amamos a cualquier ser humano, especialmente que sufre; a cualquiera que tenga sed, hambre; que esté desnudo, alguien que necesite un hogar; que esté enfermo o preso, alguien que no es fácil amar. Cuando nos hacemos cargo del sufrimiento ajeno, o por lo menos intentamos acompañar, estamos amando a Jesús y se lo estamos haciendo a él. Dios nos da la oportunidad de amarlo en los otros; lo estamos haciendo por él. Nada más ni nada menos. En definitiva, esto es lo que definirá todo al final de nuestra vida, valga la redundancia.

Cuando estemos cara a cara con Jesús, no nos preguntará cuántos rosarios rezamos; cuántas novenas hicimos; cuántas comuniones recibimos; cuántos discursos lindos sobre el evangelio dimos, o sobre el amor; cuántas prédicas, cuántas palabras; cuántas veces hablamos sobre él, o incluso cuántos pecados cometimos… sino que nos recordará las veces o no que le dimos de beber, de comer, que lo vestimos, que lo visitamos, que lo alojamos o que fuimos a verlo en la cárcel. Por favor no entiendas mal ni te escandalices. No estoy diciendo que no tenemos que rezar o comulgar, sino lo que quiero decir es que no nos evaluarán por eso.

Hubo alguien que una vez se me presentó y me dijo: «Hola padre, ¿qué tal? Yo soy de comunión diaria». O hay mucha gente que se va a confesar y termina contando sin querer –no es por maldad– todo lo buena que es, y te dice: «Padre, yo rezo el Rosario todos los días», o sea, cuenta las cosas buenas. Está bien. ¡Qué lindo! Ojalá que todos podamos rezar mucho y hacer de comunión diaria. Pero, si falta lo que Jesús nos dice o nos dijo en el evangelio del domingo; si falta lo que Jesús nos pidió que hagamos, ¿de qué servirán todos los rezos y comuniones de nuestra vida? Al fin de cuentas, la oración y la Eucaristía son los pilares necesarios para poder amar como ama Jesús, para poder amar a los que más ama Jesús, o sea, a los que más sufren. Hay que pensarlo. No se oponen, pero si falta lo más importante, falta todo.

En Algo del Evangelio de hoy estas palabras de Jesús sobre la persecución –esto de que nos van a detener, encarcelar, a entregar– nos parecen un poco lejanas, por ahí por nuestro contexto, y es porque nosotros vivimos la fe en situaciones donde en general no hay violencia. Vivimos bajo una camuflada tolerancia, una supuesta libertad de expresión y eso hace que pensemos que lo que dijo Jesús es de otros tiempos. Es verdad que, antes que nada, Jesús les hablaba a sus discípulos, a los más cercanos, a los que finalmente –después de la resurrección y de su ascensión– salieron encendidos por el Espíritu Santo a anunciarle a todo el mundo que Jesús estaba vivo y que había muerto por todos. Eso generó la primera gran persecución de la Iglesia naciente y todos los apóstoles, menos Juan –según la tradición, terminaron dando la vida; muriendo mártires por el que amaban con toda su alma, así como él la había dado por ellos.

Pero también es verdad que a lo largo de la historia de la Iglesia ha habido, hay y habrá persecuciones contra los cristianos de todo tipo y color. Los mártires en la historia de la Iglesia son incontables y siempre fueron y serán semillas de nuevos cristianos. Hoy, aunque no sepamos, diariamente hay cristianos que son perseguidos y mueren por dar testimonio de Jesús. ¡Son muchísimos! El Papa Francisco decía que hay más mártires ahora que en los primeros siglos de la Iglesia. También lo dijo san Juan Pablo II y Benedicto XVI, hablando mucho sobre el silencio de la actual persecución a la Iglesia de Cristo.

¿Y nosotros? Los que no nos persiguen, ¿qué hacemos? ¿Y nosotros damos testimonio con nuestra vida de que Jesús es todo para nosotros? Mientras algunos dan su sangre por amor a Jesús, vos y yo, ¿qué damos? Como en el evangelio del lunes, ¿damos lo que nos sobra como los ricos o damos todo lo que tenemos como la viuda?

Los mártires de hoy dan, como los de siempre, todo lo que tienen para vivir, su propia vida, sabiendo que la vida no se pierde, la vida se gana para siempre; sabiendo que «nada podrá separarlos del amor de Cristo». Nada podrá separarlos de aquel que dio su vida por ellos, por nosotros.

Mientras algunos cristianos no pueden celebrar su fe con libertad, no pueden asistir a los sacramentos, nosotros por ahí nos damos el lujo de no aprovecharlos o participar sin el corazón, sin amor. Mientras algunas familias están separadas y viven sufriendo por ser cristianos, nosotros en nuestros ambientes a veces nos da miedo –muchas veces– de decir que somos católicos, por miedo a que se nos burlen, por miedo a no saber qué decir, por vergüenza. ¡Qué triste!¡Qué falta de amor tenemos a veces!

Mientras algún cristiano ahora, en este momento, está dando la vida, sabiendo que su vida no se pierde, nosotros por ahí estamos perdiendo la vida en superficialidades o estamos viviendo con incoherencia nuestra fe, mientras decimos que somos católicos. Por ahí estamos borrando con el codo lo que escribimos con la mano, lo que decimos con los labios, y alejamos a los demás de nuestro Dios Padre. Que Jesús nos libre de la mediocridad y del cansancio de la fe que no da testimonio de su amor.

XXXIV Martes durante el año

XXXIV Martes durante el año

By administrador on 24 noviembre, 2020

Lucas 21, 5-11 – Memoria de San Andrés Dung-Lac presbítero y compañeros, mártires

Como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: «De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.»

Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder?»

Jesús respondió: «Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: “Soy yo”, y también: “El tiempo está cerca.” No los sigan. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin.»

Después les dijo: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en cielo.»

Palabra del Señor

Comentario

¿Sabías que hay un universo mucho más chico que el universo que conocemos en donde Jesús es verdaderamente rey? ¿Sabías que ese universo es nuestro corazón? ¿Pero también sabías que en ese universo tan chiquito, como nuestro corazón, pero que quiere ser grande, hay alguien que pretende ser mucho más grande de lo que puede? O sea, toda una paradoja. ¿Sabés quién es ese rey del corazón que pretende ser más que Jesús? Nuestro propio ego. Nuestro ego lucha por ser el rey de nuestro interior y pretende ser rey en todos los ámbitos en donde está. Por eso, te proponía ayer que mires el cielo, para que por lo menos por un instante nos demos cuenta de lo que realmente somos en comparación con este gran universo, que Dios nos dio. Mirar el cielo también de noche hace mucho bien y no solo por lo lindo de ver las estrellas, sino porque –comparándonos con una de esas estrellas– nos damos cuenta de lo que somos, un puntito ínfimo en comparación con la grandiosidad del universo. Sin embargo, en nuestro propio universo-corazón, muchas veces nos creemos y nos consideramos nuestros propios reyes. Y nuestra vida muchas veces es un poco así: una gran lucha interior para dejar que reine en nuestro corazón el verdadero rey del universo; o si no, el rey chiquito –pero agrandado– de nuestro propio ego.

El ego, nuestro yo, reina mucho más de lo imaginamos, imperceptiblemente. Reina en muchísimos corazones y situaciones, incluso en corazones que se dicen ser religiosos o dicen tener fe; en corazones que justamente no se dan cuenta que se están dejando gobernar por alguien que no vale la pena, por el ego. Por eso el ego, a la larga, nos deja como en el fondo no deseamos… solos. El ego se sirve así mismo y pretende que todos lo sirvan. El rey ego, ese rey oculto, incluso puede dar de beber, de comer; puede vestir, visitar a los enfermos, y muchas cosas lindas por ahí que Jesús nos pide. Pero puede hacerlo con una escondida egolatría, no permitiendo que sea Jesús el que ame; no permitiendo que podamos descubrirlo en los que más necesitan.

De Algo del Evangelio de hoy podemos aprender creo que tres actitudes: no poner nuestra confianza en lo que pasa, en lo pasajero; no curiosear sobre lo que vendrá y, por último, no confiar en los que se presenten en el Nombre de Jesús y nos pueden engañar. Dicho en positivo, sería algo así: poner la confianza absoluta en el Señor, tener puesta nuestra esperanza solo en él y saber distinguir a los adivinos del fin o de catástrofes, que hay dando vueltas por ahí –incluso dentro la Iglesia–, porque nos pueden engañar.

Ante la admiración por la majestuosidad del Templo de Jerusalén, Jesús advierte que todo pasará; todo, lo mejor de este mundo, incluso la mejor obra hecha por el hombre. Y por eso no vale la pena hacer de las cosas que vemos especies de «mini dioses», creados por nosotros y admirados por nosotros también, por nuestro ego. Jesús relativiza el valor de las cosas materiales, incluso del mismísimo Templo de Jerusalén, lugar sagrado para los judíos. Los judíos finalmente se quedaron sin templo y se quedaron sin culto a Dios. Por eso siguen teniendo su muro, el muro de los lamentos donde van a pedir y a lamentarse por no poder rendir un culto agradable a Dios.

Nosotros los cristianos tenemos templos para manifestar la presencia de Dios en medio del mundo. Son faros de luz en medio de las tinieblas. Pero el verdadero templo de Dios es Jesús mismo con su cuerpo, que somos nosotros. Y por eso, aunque hoy haya una catástrofe terrible y todos nuestros templos se vengan abajo, jamás nos quedaremos sin vínculo con nuestro Padre Dios; porque nosotros mismos somos las piedras vivas del nuevo templo de la Iglesia, que es Jesús. Qué distinto es saber que podemos encontrarnos con Dios en primer lugar en lo más íntimo de nuestra propia intimidad, de nosotros mismos. Porque ahí habita él siempre, ahí está nuestro rey, y más que nunca cuando lo dejamos entrar, cuando estamos solos, cuando lo dejamos reinar.

Lo segundo se entiende mejor sabiendo lo primero obviamente. ¿Para qué curiosear? ¿Para qué andar queriendo saber cuándo será el fin y cómo será? No perdamos tiempo, no vale la pena. Basta de profecías inútiles, basta de profetas de calamidades. No vale la pena. Si estamos convencidos de que todo es pasajero y de que pase lo que pase él está y él es el dueño y rey de la historia, ¿qué sentido tiene saber y esperar el final, incluso con temor? Los que andan queriendo saber el futuro son los que en realidad no están viviendo bien el presente y no confían en la presencia continua y el poder de este Dios, que es amo y rey del universo. Todos los predicadores y adivinos que andan por ahí, los que tiran las cartas, los que supuestamente saben lo que nos pasará, son engañadores y manipuladores de la necesidad que tenemos muchas veces de saber lo que pasará. Confiar en él y en sus palabras es lo difícil, pero al mismo tiempo es lo que consuela y da paz.

Por último, tener cuidado, como dice Jesús, de los falsos profetas y saber distinguirlos; hay muchísimos. Son miles lo que ya predijeron lo que va a pasar y cuándo será el fin de los tiempos. Muchas veces algunos católicos pierden el tiempo en eso y pierden energías –y se preguntan estas cosas– y andan alarmados y tristes. Y no es por maldad; es por ignorancia, es por no haber escuchado la Palabra. No haber escuchado a Jesús que lo dice claramente: «No los sigan». No sigamos a nadie que no sea Jesús. Todo lo demás es pasajero y hay que saber distinguir.

XXXIV Lunes durante el año

XXXIV Lunes durante el año

By administrador on 23 noviembre, 2020

Lucas 21, 1-4

Levantando los ojos, Jesús vio a unos ricos que ponían sus ofrendas en el tesoro del Templo. Vio también a una viuda de condición muy humilde, que ponía dos pequeñas monedas de cobre, y dijo: «Les aseguro que esta pobre viuda ha dado más que nadie. Porque todos los demás dieron como ofrenda algo de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir.»

Palabra del Señor

Comentario

¿Y si hoy frenamos un poco? ¿Y si hoy intentamos mirar al cielo como quien quiere detener el tiempo? Estés donde estés, intentá acompañarme con este gesto. A todos nos hará bien. Hagamos el esfuerzo de «sacar» la cabeza por la ventana si estamos en casa o viajando, y mirar. Ojalá que en tu tierra no esté nublado, que puedas ver lo que hay detrás de las nubes. Si estás en el campo, disfrutalo. Es más fácil. Si tenés jardín también. Si estás en la ciudad, buscá entre los edificios eso que solo pudo haber hecho Dios. Si estás en una oficina, andá a una ventana, a un pasillo. Si ya estás corriendo como loco por ahí, frená un poco. No tiene sentido correr tanto. Lo que parece que no se puede solucionar, se va a solucionar o encontrará una salida distinta. Lo que parece urgente, no es para tanto. No es tan importante como a veces creemos. Al final de nuestra vida, al final de la historia de la humanidad, la verdad de las cosas va a pasar por otro lado, no tanto por lo que pensamos.

¡Qué maravilla imaginar que llegará un momento en el que Jesús estará frente a todos! ¡Frente a toda la humanidad, toda la historia de la humanidad; cada ser humano! ¡Frente a miles de millones de personas de todas las épocas, de toda raza, lengua, pueblo y nación, para poner cada ovejita, cada cabrito en su lugar! Así decía el evangelio de ayer: «Pondrá unos a su derecha y otros a su izquierda». En realidad, el juicio de Jesús no será un juicio como los nuestros, sino que será un «distinguir» una cosa de la otra. Si fuimos ovejas, iremos con las ovejas; si fuimos cabritos, con los cabritos. Hoy está todo mezclado, al final todo será separado. El final de nuestra historia será una consecuencia de nuestra vida. Eso enseñaba el evangelio de ayer. Jamás dice que Jesús acusará con el dedo marcando todo lo malo que hicimos, sino más bien nos recordará que cuando nos hicimos cargo del sufrimiento ajeno, estábamos amándolo a él, y cuando le esquivamos al sufrimiento de los demás, de los otros, en realidad estuvimos esquivándolo a él. Así nomás, así de fácil, y así de difícil y duro.

A veces los que más sufren son los que más saben amar. ¿Sabías? Es emocionante para mí encontrar personas «golpeadas» por la vida, por tantos dolores, por tantos sufrimientos que uno ni siquiera podría soportar; pero en el fondo están llenas de vida y con una gran capacidad de amar. Porque el sufrimiento les enseñó qué es lo esencial de la vida. Les enseñó que todo lo que les pasó fue por falta de amor en definitiva y que, si ellos ahora no aman, sufrirán mucho más. Y, todo lo contrario, a veces el que no sufrió nunca, el que vivió –como se dice– en una «cunita de oro», el que nunca sintió el dolor propio y ajeno, el que nunca parece tener problemas, difícilmente pueda comprender el dolor de los otros. Es por eso que Jesús sufrió por nosotros, y así reinó. Eligió el camino de la entrega, para poder compadecerse de todos, para que ninguno sienta que Dios la «vino a pasar bien» a la tierra y no se hizo cargo de nuestros sufrimientos.

La viuda pobre de Algo del evangelio de hoy dio más que nadie. ¡Qué increíble! Increíble la manera de «contar» de Jesús, de hacer matemáticas. Esta mujer dio siendo necesitada. Prefirió no acordarse de su hambre, de su sed, de su desnudez, de su enfermedad, de sus esclavitudes. Quiso ser ovejita y no cabrito. No se miró a sí misma y cuidó lo poco que tenía, sino que confió en que, dando con el corazón, nunca sería abandona por Dios. Esa es la lógica del generoso, esa es la lógica de Dios. Así piensa el que es generoso en serio. Piensa primero en el otro, y no tanto en lo que necesita él mismo. El generoso da sabiendo que nunca será abandonado. Da sabiendo que todo lo que se da se multiplica y que, así como pudo ser generoso él, siempre habrá alguien generoso con él mismo. Esa es la dinámica del amor. Eso hizo nuestro rey por nosotros. Eso es lo que quiere de nosotros.

La más pobre dio más que todos los ricos. Evidentemente Jesús, como dije, no sabe mucho de matemática.

¿Cómo es posible que alguien que dio menos en cantidad sea en realidad la que dio más? Él no sabe mucho, ni le interesa la matemática de este mundo, y por ahí lo que él mide y calcula pasa por otro lado, pasa por el corazón claramente. Me inclino a pensar que Jesús mira lo que a nosotros nos cuesta ver.

Para nuestro buen Jesús dar mucho no es directamente proporcional a dar con el corazón, a dar todo, y dar poco en cantidad puede ser compatible con dar todo. Una cosa extraña para nuestra mentalidad mundana y de este tiempo, que todo lo calcula, todo lo mide y lo cuenta, pensando que la vida pasa por ahí, que la vida del corazón es pura matemática, donde siempre 1+1 es 2. Pero no es así. Menos mal que las cosas de Dios no son así, sino estaríamos todos bastantes complicados. La vida del corazón no es ciencia exacta, es ciencia pero del corazón. Va por otros carriles. Y mientras nosotros queremos encasillar y encajonar todo en cálculos humanos y números, incluso la salvación, Jesús se encarga de «patear el tablero» y enseñarnos un modo nuevo de ver las cosas, de entender la realidad.

Sé que si tenés familia, no podés dar todo lo que tenés. Es entendible, pero no pasa por ahí. Pero sí te animo a que alguna vez vacíes tu billetera cuando alguien te pide; así espontáneamente, sin pensarlo tanto. Porque cuanto más lo pienses, menos lo harás. Probá sacar todo lo que tenés para dar en una limosna. Probá quedarte con la billetera seca, vacía; jamás vas a quedarte sin nada. Te lo aseguro. No me digas que no podés. No me digas que no tenés más. En el banco muchas veces a muchos de nosotros nos queda siempre algo. Hasta seguro que tenemos ahorros. Hasta que no vivamos esa experiencia, no sabremos lo que es dar todo, como Jesús, como la viuda pobre y como tantos pobres de hoy. En realidad… me pregunto quién es más pobre: ¿el que no tiene nada y da todo lo que tiene o el que tiene mucho y da de lo que le sobra?

XXXIII Sábado durante el año

XXXIII Sábado durante el año

By administrador on 21 noviembre, 2020

Lucas 20, 27-40 – Memoria de la presentación de la Virgen María

Se acercaron a Jesús algunos saduceos, que niegan la resurrección, y le dijeron: «Maestro, Moisés nos ha ordenado: Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?»

Jesús les respondió: «En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección.

Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Porque él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él.»

Tomando la palabra, algunos escribas le dijeron: «Maestro, has hablado bien.» Y ya no se atrevían a preguntarle nada.

Palabra del Señor

Comentario

«La Palabra de Dios es viva y eficaz». Nunca me cansaré de repetir lo que, en realidad, la Palabra no se cansa de repetir: «La Palabra de Dios es más cortante que espada de doble filo». Nunca me cansaré de repetirte que la Palabra de Dios puede hacer eso en nuestras vidas: «penetrar hasta la médula», hasta el corazón. Y por eso puede hacer doler, porque las cosas que nos dice no nos dice el mundo. Las cosas que nos enseña no siempre el mundo las quiere escuchar. Las cosas que nos quiere transmitir no siempre son las que los que más nos quieren nos transmiten. Por eso, una vez más, no te canses de escuchar. No nos cansemos de escuchar. Aunque estés desanimado, aunque estés triste, aunque estés deprimida, aunque no te quieras levantar de la cama, aunque estés eufórico y feliz y creas que no lo necesitás, siempre escuchá a Jesús; que, a través de la Palabra escrita, nos habla al hoy, al corazón tuyo y al mío, al de tantos que lo necesitan.

No te canses de enviar estos mensajes a aquellos que están tristes y abandonados por esta sociedad que descarta lo que cree que no necesita. No te canses de presionar con tu dedo y enviarle la Palabra de Dios a otra persona, que te va a sorprender, incluso a veces al que menos pienses, al que menos confianza le tengas, será el que más lo necesita. Paradójicamente pasa eso. Muchos que están dentro de la Iglesia nos acostumbramos a escuchar tanto, tanto, tanto a Dios que se nos hace tan rutinario y tan familiar que perdemos la reverencia, la distancia con lo sagrado que siempre se debe mantener.

En cambio, aquellos que no tienen cierta familiaridad con las cosas de Dios, uno le envía algo, uno le enseña algo y tiene como el deseo tan grande, tan abierto, que lo recibe con un corazón lleno, lleno de ganas de aprender y de escuchar a Dios. Este sábado te quiero recordar eso. Animate a evangelizar, animate a ser también transmisor de la Palabra.

De Algo del Evangelio de hoy vemos cómo en esta especie de conversación o intercambio de ideas entre los saduceos, que era un grupo de judíos dentro del pueblo judío, un grupo que tenía un pensamiento distinto al de los fariseos sobre las cuestiones de la Vida eterna –y de hecho lo dice claramente–, «negaban la resurrección», representan como un caso hipotético, un caso absurdo digamos, ¿no? Esa situación de que una mujer se casa con siete maridos distintos y, finalmente, se preguntan: «Bueno, ¿de quién va a ser esposa en el cielo?» Como diciendo, en el fondo, que no creían en eso, ¿no? Que no creían que en el cielo iba a haber otra vida o que había una resurrección, o sea que recuperaremos de algún modo nuestro cuerpo para vivir eternamente en una completa felicidad.

Y por eso Jesús les enseña lo que ellos no pueden comprender porque tenían el corazón cerrado. Pero les enseña algo que nosotros no debemos dejar de predicar y de anunciar, que somos hijos de la resurrección. En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro, o sea, aquellos que vivamos según las enseñanzas del Señor, aquellos que pongamos al servicio de los demás el amor, la fe y la esperanza, los talentos que Dios nos dio. Esos en el cielo no se casarán. Porque en el cielo viviremos la plenitud del amor en una hermandad eterna, siendo hijos de un mismo padre y hermanos de Jesús, donde no habrá enemistad, no habrá preferencias, no habrá miradas de reojo para ver quién es mejor o quién es peor, no habrá envidias, no habrá avaricia, no habrá búsqueda de nosotros mismos.

Estaremos volcados completamente al amor entre nosotros y eso es lo que nos dará la plena felicidad. No necesitaremos familias, seremos una gran familia. Esta verdad de nuestra fe, que muchas veces es olvidada por nosotros los que creemos, debe ser predicada una vez más a los gritos, a los cuatro vientos. «Porque él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él».

Si volviéramos a escuchar esto con fe, si cayéramos en la cuenta de que estamos hechos para la vida y para la Vida eterna, que nuestros seres queridos aunque hayan muerte –si han vivido en el amor–, están viviendo; están en un modo de vida distinto y resucitarán junto a nosotros algún día. Si viviéramos así, ¡cuánta paz tendríamos en el corazón! ¡Con cuánta tranquilidad enfrentaríamos el momento que nos toque partir a todos!, porque eso va a pasar y tenemos que aprender a aceptar esta realidad, pero con la certeza de la resurrección.

Señor, danos la gracia de aceptar con alegría esta verdad, que nos enseñas y que querés que transmitamos a los demás. «Somos hijos de la resurrección». Nuestra vida en esta tierra no se termina con la muerte, sino que es simplemente un paso para la Vida eterna.

XXXIII Viernes durante el año

XXXIII Viernes durante el año

By administrador on 20 noviembre, 2020

Lucas 19, 45-48

Jesús al entrar al Templo, se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: «Está escrito: Mi casa será una casa de oración, pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones.»

Y diariamente enseñaba en el Templo. Los sumos sacerdotes, los escribas y los más importantes del pueblo, buscaban la forma de matarlo. Pero no sabían cómo hacerlo, porque todo el pueblo lo escuchaba y estaba pendiente de sus palabras.

Palabra del Señor

Comentario

Hay frases de la Palabra de Dios que a simple vista parecen un poco enigmáticas o incomprensibles; diríamos nosotros, en términos alimenticios, «duras de masticar» y «difíciles de digerir». Son palabras que se tienen que entender en el contexto de todo el relato, incluso en el contexto de toda la Palabra de Dios, para evitar confusiones. Lo mismo nos pasa entre nosotros. No todo lo que decimos y hacemos se entiende bien si no se tiene en cuenta el contexto y las circunstancias en las que fue dicho o hecho. Teniendo en cuenta esto, te recuerdo la frase del evangelio del domingo: «Porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene». Parece incluso una frase un poco injusta o, de alguna manera, dura. ¿Cómo es eso que se le dará al que tiene más y se le quitará al que no tiene? Bueno, esto se entiende bien si entendemos la parábola en su conjunto. Si comprendimos que Dios Padre nos da de sus dones para que podamos hacerlo fructificar. Si entendimos que los talentos que nos da Dios son de él y son como «semillas» de algún modo y que si se las siembra, dan frutos; y si no se las siembra, solo sirven para alimentarse uno mismo o a unos pocos.

Esta frase se entiende pensando en el futuro, en el encuentro definitivo con Dios, en el momento de nuestra partida. No se entiende solamente si se la piensa en el hoy, creyendo que Dios nos quita lo que nos dio. Aunque es verdad que si tenemos un don y no lo ponemos en práctica, podríamos decir que se va oxidando. Pero se refiere específicamente a cuando veamos cara a cara a Dios Padre, en donde él querrá que le mostremos todo lo que con su gracia hemos podido cosechar, hacer crecer y multiplicar. O sea, el que se presente frente a Dios solo con lo que Dios le dio en vida, se le quitará aun lo que se le dio. En cambio, el que se presente frente a su Padre con más de lo que le dio, se le dará mucho más. Quien tiene de más, quien fue generoso, Dios será más generoso todavía. Quien fue mezquino, ya no tendrá tiempo de ser generoso. Hoy es el tiempo de la generosidad, no mañana. Aprovechemos hoy para ser generosos, en este momento, para poner al servicio de los demás los talentos que Dios nos dio.

En Algo del Evangelio de hoy vemos que Jesús siente indignación al ver convertida la casa de su Padre en una casa de comercio. Ayer Jesús lloraba, hoy se indigna. ¿Ves que Jesús siente la vida, tiene sentimientos y no los esquiva? Esto no es sentimentalismo, es realidad, es la Palabra de Dios. Jesús sintió como hombre, vivió como hombre, sin escaparle a nada, excepto al pecado. Pasaron por su corazón sentimientos que lo hicieron reaccionar ante diferentes situaciones, a veces llorando, otras indignado y seguro de sí mismo; imagino que muchas veces riendo (aunque el evangelio no lo dice explícitamente). Pero su corazón siempre estuvo ordenado. Sintió, pero no fue esclavo de sus sentimientos, sino que sus sentimientos eran auténticos, mostraban perfectamente lo que su corazón vivía y pensaba y supo siempre conducirlos a un bien.

No tenía el corazón dividido como nos pasa a veces a nosotros, que ni sabemos porqué sentimos lo que sentimos, ni entendemos porqué muchas veces pensamos lo que pensamos. Al expulsar a los vendedores del templo, se enojó cuando se tenía que enojar y en la medida justa en la que lo tenía que hacer, pero siempre manteniendo dominio de sí mismo. A nosotros nos cuesta muchísimo, a veces nos enojamos cuando no nos tenemos que enojar o nos enojamos demasiado para lo que realmente pasó o bien no nos enojamos cuando nos deberíamos enojar. El sentimiento de enojo no es malo ni bueno en sí mismo. No hay que tenerle miedo al enojo, hay que aprender a escuchar el corazón y a equilibrarlo.

Un sacerdote amigo siempre me dice: «No mates un mosquito con un cañón», como diciendo «no gastes demasiadas energías, ira, cólera en cosas que en realidad no son para eso. Son un mosquito, no son tan grandes». ¿Cuánta energía y tiempo perdido en enojos sin sentido, que en el fondo provienen de nuestro orgullo herido, nuestra soberbia y nuestro dolor por no ser tan queridos como quisiéramos? Y al contrario, ¿cuánta pasividad y pusilanimidad ante las cosas que nos deberían mover un poco el corazón, que nos deberían hacer enojar en serio?

Esto lo dejo para que lo pensemos. En el fondo, realmente en el fondo, nos enoja lo que nos interesa y nos resbala lo que no nos interesa. Esto es obvio. Ahora, nos podríamos preguntar ¿no será que lo que más nos interesa muchas veces somos nosotros mismos y por eso nos enojamos demasiado cuando en realidad deberíamos relativizar un poco las cosas? ¿No será que a veces nos importa poco el dolor de los demás o la defensa de la verdad, de nuestra fe, y por eso dejamos que las cosas se destruyan a nuestro alrededor? Dios nos habla por medio de los sentimientos también. Nos muestra cuán iracundos o apáticos solemos estar. Nos muestra en realidad por dónde está nuestro corazón. Tenemos que aprender a leer que hay detrás de cada sentimiento que nos sobreviene a cada momento. Podemos aprovechar la noche para cerrar el día pensando qué sentimos y qué hicimos con esos sentimientos.

Sentir, sentiremos siempre. Lo importante es saber interpretarlos, tanto para moderarlos como para despertarlos. Podríamos decir tomando algo de la Palabra de hoy: «Dime qué te enoja y te diré qué le importa a tu corazón». ¿Dónde está tu corazón? ¿Dónde está nuestro corazón? ¿Qué es lo que nos indigna?

XXXIII Jueves durante el año

XXXIII Jueves durante el año

By administrador on 19 noviembre, 2020

Lucas 19, 41-44 – Memoria de Santa Isabel de Hungría

Cuando estuvo cerca y vio la ciudad, se puso a llorar por ella, diciendo: «¡Si tú también hubieras comprendido en este día el mensaje de paz! Pero ahora está oculto a tus ojos.

Vendrán días desastrosos para ti, en que tus enemigos te cercarán con empalizadas, te sitiarán y te atacarán por todas partes. Te arrasarán junto con tus hijos, que están dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has sabido reconocer el tiempo en que fuiste visitada por Dios.»

Palabra del Señor

Comentario

Es una maravilla descubrir y experimentar que cuando damos de lo que hemos recibido por amor, todo se multiplica y ese crecimiento no tiene límites, o por lo menos los límites se hacen bastantes ilimitados. El único que ama sin límites es nuestro Padre del cielo, el único que da a cada uno según “su capacidad” es Él. Así decía la parábola de los talentos del domingo. Por eso… ¿sabés cuál es el gran don que está como de fondo de los talentos? La libertad. Dice el texto… “y después partió.” Dios da y se aparta. O sea, Dios nos dio todo y nos dejó libres. Por eso nadie le puede achacar a Dios que es un padre vigilador, controlador, señalador y tantas cosas más que a veces pensamos de Él y no son así. ¿Qué es lo que hace la diferencia entre los que devuelven el doble de lo que recibieron y el que enterró sus talentos?

El buen uso de su libertad. Unos deciden una cosa y otros deciden otra. Unos “en seguida” van a negociar lo recibido, se mueven, se toman en serio el don, y el otro gastó sus fuerzas en hacer un pozo y enterrar lo recibido. Unos usan su fuerza e ingenio para amar y entregarse, y otros gastan sus fuerzas e inteligencia en guardar lo recibido, sin darse cuenta que eso no sirve de nada. “El que no vive para servir, no sirve para vivir” dice alguien por ahí. ¿Vos de qué lado estás? ¿En qué estamos gastando la vida, en enterrar los dones o en hacerlos dar fruto? Unos gastan la vida en sí mismos, y otros gastan la vida en darla y eso es una maravilla, eso es lo que da la verdadera alegría.

Cuando descubrimos los talentos recibidos y empezamos a darlos, cuando no los enterramos por mezquinos y perezosos… todo se multiplica, los corazones se ensanchan, tu vida abarca más personas, ya no te importa tanto su condición social ni nada y se empieza a experimentar el verdadero sentido de nuestra fe, que solo crece cuando se la da, como decía San Juan Pablo II.

Algo del Evangelio de hoy expresa de alguna manera el dolor del corazón de Dios por la ceguera y mezquindad de los hombres de ese tiempo y los de todos los tiempos. Jesús lloró. ¿Sabías? Jesús iba caminando hacia Jerusalén sabiendo que allí iba a entregar su vida, y cuando llegó a un monte cercano a la ciudad desde donde se ve todo desde arriba… lloró viendo la ciudad. Este llanto de Jesús es un sentimiento al que muchas veces no le damos tanta importancia, o que muchas veces pasamos de largo porque por ahí solo recordamos el llanto de Jesús al morir su amigo Lázaro o sus lágrimas durante su pasión. Esto nos pasa mucho con el evangelio. Nuestra memoria es selectiva.

Como nos pasa o nos pasaba con la comida cuando éramos niños. Cuando era niño separaba en el plato lo que no me gustaba. Separaba las lentejas, las arvejas y así muchas cosas más. Pero mi papá me enseñaba que tenía que comer todo, que no tenía que elegir porque había personas que ese mismo día no tenían nada para comer en sus mesas. Bueno, con la palabra de Dios muchas veces nos pasa lo mismo. El plato de la palabra está servido todos los días, pero algunas veces elegimos lo que más nos gusta, olvidándonos de muchas cosas más y separamos lo que no podemos “tragar”, por su aspecto, o porque alguna vez nos cayó mal, o por caprichosos nomás.

Este llanto de Jesús es un poco incómodo. Llora por la ceguera de tanta gente que no les permite reconocer el tiempo de Dios, el paso, la visita de Dios por sus vidas. Los discípulos vieron llorar a Jesús. ¿Te imaginás ese momento? Jesús mirando la ciudad y las personas que debían recibirlo, mientras caían lágrimas de sus ojos que seguro mojaron el puño de su túnica. Lágrimas por amor, lágrimas de tristeza, lágrimas de desilusión, lágrimas de impotencia, lágrimas de reproche, lágrimas de Dios. Sí, Dios lloró, aunque cueste creerlo. Jesús lloró, y lloró en serio, no fue un teatro. Lloró estando con nosotros y por qué no pensar que llora también ahora desde el cielo, por decirlo así, llora por lo mismo, llora por amor.

Jesús llora cuando nosotros también tenemos los ojos tapados o nublados por tantas cosas y no podemos ver que Él está visitándonos continuamente. ¿Qué más esperamos de Él? ¿Qué otras señales de su visita necesitamos para darnos cuenta de tanto amor? ¿No seremos demasiados “ambiciosos” con Dios, exigiéndole más de la cuenta? ¿No será que tenemos un Dios tan sencillo que a veces nos incomoda un poco y nos descoloca? Jesús lloró por nosotros cada vez que elegimos “enterrar” nuestro talento y hacer la nuestra. Jesús llora por nosotros cada vez que usamos mal nuestra libertad y le damos la espalda. Jesús lloró y llora cada vez que rechazamos su amor y caemos en el pecado.

Llora porque nos ama, como cuando un padre y una madre se les estruja el corazón al ver que un hijo o una hija toma caminos equivocados o desperdician sus vidas en cosas que no tienen sentido. ¿No tiene derecho Jesús a llorar por nosotros? ¿No es lindo que a Jesús le preocupe nuestra vida y llore por nosotros? Aunque parezca raro y duela un poco, prefiero que Jesús llore por nosotros, a que no se interese por lo que hacemos.

Señor, danos la gracia de darnos cuenta las veces que visitás nuestros corazones y nosotros por distraídos, no nos damos cuenta.

XXXIII Miércoles durante el año

XXXIII Miércoles durante el año

By administrador on 18 noviembre, 2020

Lucas 19, 11-28

Jesús dijo una parábola, porque estaba cerca de Jerusalén y la gente pensaba que el Reino de Dios iba a aparecer de un momento a otro.

El les dijo: «Un hombre de familia noble fue a un país lejano para recibir la investidura real y regresar en seguida. Llamó a diez de sus servidores y les entregó cien monedas de plata a cada uno, diciéndoles: “Háganlas producir hasta que yo vuelva.” Pero sus conciudadanos lo odiaban y enviaron detrás de él una embajada encargada de decir “No queremos que este sea nuestro rey.”

Al regresar, investido de la dignidad real, hizo llamar a los servidores a quienes había dado el dinero, para saber lo que había ganado cada uno. El primero se presentó y le dijo: “Señor, tus cien monedas de plata han producido diez veces más.” “Está bien, buen servidor, le respondió, ya que has sido fiel en tan poca cosa, recibe el gobierno de diez ciudades.”

Llegó el segundo y le dijo: “Señor, tus cien monedas de plata han producido cinco veces más.” A él también le dijo: “Tú estarás al frente de cinco ciudades.”

Llegó el otro y le dijo: “Señor, aquí tienes tus cien monedas de plata, que guardé envueltas en un pañuelo. Porque tuve miedo de ti, que eres un hombre exigente, que quieres percibir lo que no has depositado y cosechar lo que no has sembrado.” Él le respondió: “Yo te juzgo por tus propias palabras, mal servidor. Si sabías que soy un hombre exigente, que quiero percibir lo que no deposité y cosechar lo que no sembré, ¿por qué no entregaste mi dinero en préstamo? A mi regreso yo lo hubiera recuperado con intereses.”

Y dijo a los que estaban allí: “Quítenle las cien monedas y dénselas al que tiene diez veces más.” “¡Pero, señor, le respondieron, ya tiene mil!”

Les aseguro que al que tiene, se le dará; pero al que no tiene, se le quitará aún lo que tiene. En cuanto a mis enemigos, que no me han querido por rey, tráiganlos aquí y mátenlos en mi presencia.» Después de haber dicho esto, Jesús siguió adelante, subiendo a Jerusalén.

Palabra del Señor

Comentario

Eso de “enterrar” el talento, a simple vista puede parecer una salida bastante “prudente”, conservadora, inteligente, una buena estrategia. Como quien se dice así mismo: “Mejor guardo esto así se conserva mejor, por las dudas, servirá para después”. Con los regalos de esta vida, con lo material, podríamos pensar así, pero con las cosas de Dios, con los dones que Dios nos da, la ecuación no es así, no existe el “guardar”. Lo que se conserva se pudre. Lo que se guarda, se pierde. O se avanza o se retrocede, no sirve la “actitud conservadora”, o se ataca o te meten un gol. Es como navegar en un río, o se rema o te lleva la corriente.

Son muchísimas las razones o las excusas por las cuáles podemos enterrar el talento, o metiéndonos ya en la parábola de hoy, guardar las monedas en un pañuelo, pero la fundamental, la central, el mensaje de fondo de esta actitud negativa, es el miedo. Pero no cualquier miedo, sino el miedo al dueño de los bienes… que para nosotros sería Dios.

No es lo más destacado de la parábola de hoy, pero sí está como de fondo en dos momentos, en dos frases: “No queremos que este sea nuestro rey” de los conciudadanos y la otra de uno de los servidores “Porque tuve miedo de ti, que eres un hombre exigente, que quieres percibir lo que no has depositado y cosechar lo que no has sembrado.” El hombre que no “siente” y no “quiere” que Dios sea su rey, que Jesús sea el dueño de su vida y los servidores que recibieron dones de Dios pero que, en definitiva, por tenerle miedo, por tener una falsa imagen de Dios se pierden de dar frutos. ¿Ves que sin querer el hombre tiene miedo de Dios, sospecha de Dios y por eso se pierde lo mejor? El Dios exigente que cosecha donde no siembra, el Dios que es dueño de todo y por eso no nos da libertad, nos dejó en este mundo únicamente “para hacernos sufrir” y venir a sacarnos lo que en realidad es nuestro. Todas son ideas raras de Dios pero que muchas veces los cristianos sin querer nos encargamos de difundir, con nuestras actitudes equivocadas, con nuestras enseñanzas deformadas, con nuestras doctrinas mal transmitidas. Ese no es el Dios de Jesús, ese no es Jesús, no es el rostro del Dios Padre que Jesús vino a mostrarnos. Jesús no habló así de su Padre.

No sospeches de Dios, no le tengas miedo, no “inventes” que Dios es malo y exige más de la cuenta. Dios es Bueno, pero se toma en serio nuestra vida y por eso nos da para que podamos dar frutos, no para esconder lo regalado y andar murmurando por ahí, perdiendo el tiempo. ¿Vos nos harías lo mismo con tus hijos? ¿Vos no hacés lo mismo con tus hijos? ¿Vos no pretendés que tus hijos den todo lo que puedan dar, según lo que le fuiste dando a lo largo de sus vidas? Eso sí, Dios no exige más de lo que podemos dar, nosotros no exijamos más a los demás, a nuestros hijos, de lo que ellos pueden dar.

Que la Palabra de Dios, que la parábola de hoy nos ayude a encontrarnos con el verdadero Dios, creador y dueño de todo, pero Padre, paciente, misericordioso, tierno y compasivo. ¿Y si pensamos que Dios muchas veces es como en realidad no pensamos o lo contrario a lo que pensamos? Eso es una buena noticia de algo del evangelio de hoy. Pidamos la gracia de no esconder lo que nos dio, en el “pañuelo” de nuestro egoísmo y el temor, porque todos tenemos muchísimo para dar.