Topic: Lucas

II Lunes de Cuaresma

II Lunes de Cuaresma

By administrador on 1 marzo, 2021

Lucas 6, 36-38

Jesús dijo a sus discípulos:

«Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados.

Den, y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante. Porque la medida con que ustedes midan también se usará para ustedes».

Palabra del Señor

Comentario

La Palabra de Dios, especialmente un lunes a la mañana, me animo a decir, de alguna manera graciosa, que es «resucitadora», que nos ayuda a levantarnos, a decir: «Hoy me levanto sí o sí», «hoy pongo otra cara», «hoy quiero algo distinto», «hoy puedo, hoy se puede hacer algo mejor, aportar algo para este mundo que tanto lo necesita». Ayer, de las lecturas, me quedó una frase resonando en el corazón, de la segunda, que no la pude comentar y me parece que nos puede ayudar esta semana, junto con la imagen de la transfiguración, a que no nos olvidemos, ¿no?; no nos olvidemos de que, si en esta Cuaresma queremos seguir firmes, necesitamos la Palabra de Dios. Así dice el gran apóstol san Pablo: «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» ¡Qué lindo! ¡No tengamos miedo! ¡No tengas miedo! ¡Levántate si estás un poco caído, caída! ¿Cuánta gente anda tirada por ahí, en el mundo, sin querer levantarse? ¿Cuánta gente, por ahí vos también, anda necesitando otros Cristos que se animen a levantarlos, animarlos, a decirles que no deben tener miedo, que pase lo que pase Dios está con nosotros? ¿Cuántos de nosotros nos olvidamos de que la vida no es solamente prueba y prueba, sino también consuelos, y consuelos que hay que aprender a descubrirlos y a verlos en cada detalle?

¡No dejemos que la mala onda de este mundo nos robe el corazón y las ganas de vivir! ¡No dejemos que las luchas de esta vida nos quiten el ánimo de levantarnos! ¡No permitamos que un mal trago nos arruine el día! ¡No dejemos que el orgullo nos opaque las ganas de amar! ¡No dejemos que el querer ser servidos nos impida pedir perdón primero, sin importarnos nada! ¡No permitamos que la violencia de otros nos ponga violentos; estamos para otra cosa, estamos para andar animando a otros, para ayudar a que otros se sientan amados por Jesús, para decirles que Jesús está entre nosotros! ¡No dejemos que la calumnia ajena nos quite la paz! ¡No perdamos la calma ante los que nos critican! ¡No dejemos que la falta de misericordia de otros nos endurezca el corazón! ¡No permitamos que la condena social y de los que tenemos cerca nos lleven a condenar a otros! ¡No permitamos que la falta de perdón nos atrofie el corazón y lo deje seco y duro, como una piedra!

Levantémonos, no tengamos miedo. Jesús está, está siempre y el Padre quiere que podamos escucharlo cada día, con paciencia y perseverancia. Tomate un tiempo hoy para escuchar. Hacé el esfuerzo. Intentá hoy escuchar la Palabra dejando de hacer lo que estás haciendo ahora. ¿No te das cuenta que no se puede escuchar bien haciendo todo al mismo tiempo? ¿No te das cuenta que por «aprovechar» el tiempo, en realidad, a veces, lo perdemos? Si mientras escuchás esto te das cuenta y tomas conciencia de que estás haciendo o pensando en otra cosa, frená el audio y volvé a empezar; o si no, déjalo para otro momento. ¿Qué te cuesta? Es mejor. «Nadie hace más cosas que el que hace una por vez», me dijo una vez un sacerdote muy sabio. Me acuerdo cuando alguien también me dijo: «¡Padre, me da mucha pereza cuando decís eso de que pongamos el audio otra vez!» Me lo dijo en broma, pero es verdad que nos da pereza, hay que reconocerlo. Pero si queremos escuchar a Jesús en serio, ¿crees que lo podés hacer mientras hacés otra cosa? Probá.

Vamos a Algo del Evangelio de hoy, que es cortito pero sustancioso, me parece que nos anima a levantarnos. Nos anima a no tener miedo y a poner el corazón donde vale la pena. Porque mientras el mundo avanza, tus proyectos también, los de tu parroquia, tu grupo, tu trabajo, tu comunidad; mientras todo avanza, no debemos olvidar que lo que más tiene que avanzar es nuestra misericordia, nuestro perdón, nuestro evitar juzgar y condenar.

¿De qué sirve que avance tantas cosas en la vida si no avanzamos en esto, que es lo que alivia y da paz al corazón? ¿De qué sirve tener todo y pedirle a Jesús todo si no tenemos misericordia ni perdón con los demás? ¿No es de algún modo una hipocresía? ¿De qué sirve que tus hijos tengan todo si no aprendieron de tu boca y tu corazón a no juzgar y condenar a los otros? ¿No nos damos cuenta que este es el corazón del evangelio, muchas veces olvidado? ¿No nos damos cuenta de por qué la Cuaresma nos quiere llevar a lo esencial? ¿No nos damos cuenta cuántas veces hemos destruido personas por nuestra falta de misericordia y de perdón? ¿No nos damos cuenta que a veces despreciamos y ofendimos, que no perdonamos y juzgamos, a esa persona que en el fondo era tan débil y con tantos problemas como vos?

Jesús es misericordioso, pero no es tonto, no se hará el tonto cuando nos juzgue con verdad y con misericordia, pero con verdad. Nos juzgará con misericordia, como solo él puede, pero en la medida que nosotros vayamos aprendiendo a hacer lo mismo. ¿Cómo nos dará la cara para pedir perdón y misericordia si nosotros hoy somos incapaces de darla? ¡Cuánta necesidad de conversión tenemos todavía en la Iglesia! ¡Qué lindo será hoy pedirla, no tener miedo y levantarnos! ¿Sabés por qué a veces andamos tirados en el piso y muchas veces sin ganas? Porque somos incapaces de perdonar, de tener misericordia, de callar y no condenar. La falta de perdón y la soberbia nos aplasta.

Cuando Jesús dice que «demos y se nos dará», no nos está proponiendo el «negocio de la fe, del amor», o sea, el dar para que nos den. Me parece que es al revés, nos está advirtiendo que no podemos pretender que nos den si también no damos nosotros. No podemos pedir misericordia si ahora no la tenemos. No podemos pedir misericordia, ni ahora, ni en el juicio final tampoco, si no aprendimos a darla. No podemos pretender no ser condenados si nosotros nos cansamos de condenar. Se nos debería caer la cara de vergüenza al reclamar que no nos juzguen si nosotros juzgamos.

Se nos medirá, en definitiva, con la misma vara que nosotros medimos. Si usamos vara cortita, por «tener –como decimos acá– cortitos» a los demás, la misma vara usarán con nosotros. En cambio, si usamos vara ancha y larga, él hará lo mismo con nosotros. Seamos misericordiosos como el Padre del Cielo es misericordioso con nosotros. Probemos, nos hará muy bien.

I Miércoles de cuaresma

I Miércoles de cuaresma

By administrador on 24 febrero, 2021

Lucas 11, 29-32

Al ver Jesús que la multitud se apretujaba, comenzó a decir: «Esta es una generación malvada. Pide un signo y no le será dado otro que el de Jonás. Así como Jonás fue un signo para los ninivitas, también el Hijo del hombre lo será para esta generación.

El día del Juicio, la Reina del Sur se levantará contra los hombres de esta generación y los condenará, porque ella vino de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón y aquí hay alguien que es más que Salomón.

El día del Juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás y aquí hay alguien que es más que Jonás».

Palabra del Señor

Comentario

Los frutos que pueden venir después de pasar por el desierto, difícilmente se perciben durante la estadía en el desierto. –cuando estamos en el desierto, todo es difícil, todo lo vemos feo, complicado–, sino que generalmente, como digo, se perciben después, cuando miramos para atrás. Seguro que te pasó. Después de haber vivido o pasado una prueba grande –esa que al principio te generó rechazo, incertidumbre, enojo, sufrimiento–, pudiste decir al final: «Eso me ayudó a crecer», «gracias a esto pude comprender esto otro», «este dolor nos ayudó a unirnos más como familia», «la muerte de mi ser más amado me ayudó a ver la vida de otra manera» y así tantas frases más que pueden sintetizar esto que estoy tratando de decir. Dije «los frutos que pueden venir» porque no siempre vienen.

Al pasar el desierto, una prueba, podemos tener básicamente dos grandes reacciones. Para simplificar: una es la de la de la aceptación, sabiendo que, si no depende de mí, debo tener paciencia, esperar y aprender a afrontarlo de la mejor manera que pueda, para algún día poder encontrarle un sentido a lo que me pasó. Digamos que hay que agacharse y esperar, que pase la tormenta. El otro camino es el de rebelarme, enojarme con esa realidad que no depende de mí y además me da bronca, me entristece, y hasta me hace que le sume un sufrimiento al dolor que de por sí me tocó transitar. No es cuestión de sufrir por sufrir, por supuesto. ¿De qué sirve entonces enojarme contra lo que no puedo cambiar, contra lo que no elegí? El camino del enojo ante lo que me duele es en el fondo irracional y solo hace que le sumemos más dolor al dolor o del dolor, en realidad, que venga el sufrimiento.

Se dice por ahí, los que saben, que una cosa, como decía, es el dolor y otra el sufrimiento. El sufrimiento va más allá del dolor, porque incluso puede persistir una vez que el dolor físico o emocional pasó. Para decirlo en sencillo, podríamos decir que el sufrimiento sobreviene o es más intenso cuando no podemos aceptar ese dolor que nos encontró por el camino, sin buscarlo incluso. Esto sería un tema muy largo y lindo, pero, en definitiva, lo que nos enseña la fe es que el dolor es parte inevitable de la vida y que debemos aprender de él para sufrir lo menos posible y sacar frutos buenos de lo que más nos molesta.

Algo del Evangelio de hoy nos clarifica un poco lo que nos pasa también a nosotros, lo que les pasó a aquellos que estuvieron con Jesús cara a cara y no supieron ver más allá o buscaron algo que no concordaba con lo que veían. Muchos pedían signos, o sea, pedían poder ver con sus ojos lo que pedían sus pensamientos, y no al revés, ver con el corazón lo que veían sus ojos. Pensá en la diferencia. Pedían signos y no interpretaban los que ya tenían en sus narices. ¿Te parece algo extraño lo que estoy diciendo? Los que piden signos y no se interiorizan en lo que ven son los que, de alguna manera, disocian la vida, separan y no unen. Son los que creen que lo espiritual va por un lado y lo material por otro; los que no pueden entender que, por medio de lo material y terrenal, experimentamos lo espiritual. Los que no pueden entender que incluso en el dolor, en la tentación, en la prueba, puede manifestarse Dios y que su Palabra nos llega por medio de cosas tangibles (sonidos, personas, situaciones), cosas concretas que experimentamos día a día por nuestros sentidos.

Hace unos días apareció un chico en mi parroquia totalmente triste, angustiado, desahuciado y cuando me senté a charlar con él, porque nunca lo había visto, le pregunté: «¿qué fue lo que te trajo acá?» ¿Sabés lo que me dijo? «Padre, fue el sonido de la campana. Escuché la campana. Yo estaba triste en mi cuarto y me animé a venir». Ves que Dios puede incluso llamarme con un sonido. Podríamos decir que «creemos en lo que no vemos, pero creemos porque algo vemos». La fe no es solo una cuestión espiritual ni solo una cuestión material, tangible. La fe incluye las dos cuestiones, las dos realidades.

Esta es la aparente paradoja de nuestra fe, algo que pocas veces nos ponemos a pensar y nos trae mucho dolores de cabeza cuando no lo profundizamos y esperamos lo que no hay que esperar, o pretendemos lo que no vale la pena pretender.

¿Andamos pidiéndole signos a Jesús para que nos demuestre que está? Será porque no estamos aprendiendo a interpretar lo que vivimos y lo que nos pasa. Será porque ya nos olvidamos que alguna vez se nos manifestó. ¿Creemos sin pensar seriamente en lo que nos pasa, sin interpretarlo? Puede ser entonces que nos esté dando miedo asumir que a Jesús lo conocemos siempre por medio de otros y con otros y a través de situaciones. Los dos extremos nos hacen mal: ni lo material sin lo espiritual, ni lo espiritual sin lo material. Vivimos de lo tangible, pero junto con lo espiritual, con lo que no vemos. Van las dos cosas de la mano. Van juntas y son inseparables, son como hermanos siameses. «El hombre no es ni ángel ni bestia –decía Pascal– y quien quiere hacerse el ángel termina siendo bestia». La fe es para sencillos de corazón, que no quiere decir ignorantes. Es para aquellos que se animan a ir más allá, sin esperar ver el más allá, sin esperar manifestaciones extraordinarias que ordinariamente no se dan.

No pidamos signos, ya los recibimos y tenemos que aprender a recibirlos y a percibirlos. El signo que pedían esos hombres fue finalmente la Muerte y Resurrección de Jesús. Ese es el signo de Jonás, que pasó tres días y tres noches en el vientre de un pez, como Jesús tres días en el vientre de la tierra y tres noches. Esa es la prueba de que Jesús es Dios y Hombre. Esa es la gran verdad que celebramos en cada misa, cada domingo, en cada Pascua y es por eso que en esta Cuaresma vamos caminando hacia esa certeza una vez más, hacia la celebración que confirma lo que nuestro corazón busca sin descansar: el amor de Dios manifestado en su Hijo Jesús.

Sábado después de ceniza

Sábado después de ceniza

By administrador on 20 febrero, 2021

Lucas 5, 27-32

Jesús salió y vio a un publicano llamado Leví, que estaba sentado junto a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió.

Leví ofreció a Jesús un gran banquete en su casa. Había numerosos publicanos y otras personas que estaban a la mesa con ellos. Los fariseos y los escribas murmuraban y decían a los discípulos de Jesús: «¿Por qué ustedes comen y beben con publicanos y pecadores?»

Pero Jesús tomó la palabra y les dijo: «No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan».

Palabra del Señor

Comentario

Un llamado, una crítica y una respuesta eterna de Jesús: creo que con estos tres momentos, de alguna manera, podemos resumir Algo del evangelio de hoy y nos puede ayudar a rezar a todos los que escuchamos diariamente la Palabra de Dios.

Primero, Jesús llama a un recaudador de impuestos, a un reconocido «traicionero» del pueblo judío, aquel que se servía de los que necesitaban para recaudar para el imperio. Y justamente a él lo llama no por ser bueno, sino porque seguro vio en él algo que nadie podía ver. Vio, podríamos decir, el núcleo de bondad de su corazón. Nunca hay que descartar a nadie. Siempre cuando Jesús llama, nos enseña eso. «Nosotros miramos las apariencias, él mira el corazón». Todo hombre, por más malo que parezca o por más de que haya hecho muchísimas cosas malas en su vida, tiene en su interior algo que nadie ve, incluso él mismo. El único que puede ver eso y apostar a lo que nadie ve es Jesús, también pasó con vos y conmigo. Eso se ve en el evangelio de hoy. Solo Dios se juega por nosotros cuando a veces parece que nadie lo hace. Esto es algo que no tenemos que olvidar nunca, para pensarlo en nosotros y para pensarlo en los demás, cuando a veces sin querer juzgamos por desconocimiento. No descartar jamás a nadie, por más perdido que parezca.

Después de esto, Jesús termina comiendo y festejando con Leví y sus amigos pecadores. Obviamente, ¿qué clase de amigos tenía Leví? Parecido al refrán que dice: «Dios los cría y el viento los amontona» o «dime con quién andas, y te diré quién eres». Bueno, a Jesús no le molesta encontrar pecadores amontonados; al contrario, se mete ahí donde nadie quiere meterse. Se mete con sus discípulos. Nosotros también a veces tenemos esos prejuicios y pensamos: «Mirá con quién anda ese, mirá con quién se junta». Bueno, puede ser, pero depende. Es verdad que si no voy como médico a un hospital y no tengo cuidado, puedo terminar enfermándome también yo. Ahora, también es verdad que puedo ir al hospital como médico, como lo hizo Jesús, para ayudar a que los enfermos se curen.

Los fariseos no entendían esto y por eso critican, pero al criticarlo, sin darse cuenta, lo elogian. Siempre la crítica proviene de una cierta ignorancia y de una carencia propia. Critican porque no saben, creyendo que saben, como vos y yo cuando también criticamos. Criticamos convencidos que es justa y necesaria la crítica, pero en el fondo ignoramos algo básico y profundo, no sabemos lo que hay en el interior de cada hombre. No lo sabemos, y si no lo sabemos, no podemos ni tenemos el derecho a hablar como si supiéramos. Sin embargo, lo triste es que a veces hablamos como si supiéramos.

Estos fariseos no conocían el corazón de Jesús, ni tampoco el de Leví, el de los pecadores. El mundo no conoce el corazón de Dios y, por eso, se toma el atrevimiento de criticarlo. Nosotros no conocemos el corazón de los demás como para opinar tan libremente y creyendo que lo sabemos todo. Por eso, la respuesta de Jesús pinta cómo es el corazón de un Dios que generalmente es criticado, justamente por ser bueno.

Para este mundo ser bueno se convierte en motivo de crítica, en un problema. Nos dicen a veces: «No seas tan bueno». «No seas ingenuo», nos dicen algunos y algunos padres incluso enseñan esto a sus hijos. Es verdad que hay que cuidarse, es verdad que no hay que ser tonto. Pero Dios vino a mostrar que es bueno, que puede sentarse a la mesa con todos y que por eso no deja de ser Dios, que viene como médico de nosotros que estamos enfermos, y a veces andamos como si no lo estuviéramos.

Tanto Leví como sus amigos, como los fariseos, en el fondo están todos enfermos; algunos se dan cuenta y otros no. Unos con enfermedades visibles y otros con enfermedades ocultas.

Todos sufrimos enfermedades espirituales y del corazón, y por eso en vez de ver las enfermedades de los demás olvidándonos de las nuestras, en vez de enojarnos porque Jesús cura a los que parece que no lo merecen, en vez de creernos que no necesitamos médico, aprovechemos que Jesús se sienta a la mesa con cualquiera, con todos, para estar con él; y para que estando con él, podamos cambiar. Es verdad, él quiere que cambiemos. Él quiere que en esta Cuaresma nosotros nos propongamos verdaderamente un cambio profundo del corazón. Es tiempo de gracia, es tiempo de dejar que Jesús se siente a la mesa con nosotros y nos enternezca con su amor y nos muestre que es posible ser hombres y mujeres nuevos, cambiar verdaderamente.

Esta es la conversión que todos necesitamos, cercanos y alejados. Porque, en definitiva, algún día todos terminaremos comiendo en la misma mesa, en la mesa del Reino, si de verdad aprendimos a dejarnos curar por Dios, que es Padre y envía a su Hijo para sanarnos. Mientras tanto, no señalemos a nadie, por las dudas. No vaya ser que Dios lo llame y yo me quede mirando de lejos cómo disfrutan algo que me estoy perdiendo. Mientras tanto, vivamos esta Cuaresma convencidos de que necesitamos del mejor médico del mundo que anda recorriendo el hospital de nuestra vida buscando a quién curar.

Hoy te animo a levantar la mano para poder decirle: «Señor, yo tengo necesidad de médico, tengo necesidad de vos. Tengo necesidad de ser curado, porque mi soberbia también me enceguece y me hace ponerme por encima de los demás; porque mi soberbia también me hace olvidar que alguna vez entraste a mi vida y me enseñaste lo que era la misericordiosa».

Jueves después de ceniza

Jueves después de ceniza

By administrador on 18 febrero, 2021

Lucas 9, 22-25

Jesús dijo a sus discípulos:

«El Hijo del hombre, les dijo, debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.»

Después dijo a todos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda su vida por mí, la salvará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde y arruina su vida?»

Palabra del Señor

Comentario

Durante esta Cuaresma, que comenzamos ayer, también podemos imaginar que vamos de la mano de María. María acompañó a Jesús hasta la cruz, lo llevó en su vientre, lo amamantó, lo educó, lo acompañó en su infancia, también en su tiempo de estadía en su casa mientras trabajó, también cuando comenzó a predicar y, finalmente, lo acompañó hasta la cruz. Por eso, en este camino hacia la Pascua, podemos imaginar que María siempre está con nosotros, ayudándonos a hacer este caminito espiritual que necesitamos hacer todos una vez más este año para poder llegar a la Pascua con un corazón renovado, con deseos de resucitar nuevamente, de reencontrarnos una vez más, cara a cara, con nuestro buen Jesús que dio la vida y nos amó hasta el fin.

Es verdad que en la vida no es bueno ser drástico, o sea, pensar que todo es blanco o negro, de esta vereda o de la otra. Eso a veces lleva a enfrentarnos, a mirarnos de reojo, a enemistarnos, incluso entre nosotros, y por eso podemos caer en esa actitud de pensar que todo lo que no es como nosotros creemos que debe ser, finalmente es como un enemigo. Pero también es verdad que en la vida es bueno ser sinceros, ser transparentes, con la vida, pero fundamentalmente con nosotros mismos. No se puede andar en serio por esta vida sin una profunda sinceridad y la Cuaresma, te diría y vamos a ir viendo, es de alguna manera un lindo camino de sinceridad interior que redundará en nuestra relación con Dios y con los demás y, por supuesto, con nosotros mismos.

¿Por qué digo esto? Porque hoy Jesús en Algo del evangelio parece un poco drástico a simple vista. En realidad, muchas veces lo es. También, por supuesto, depende qué entendamos por drástico. Pero es drástico, contundente, fuerte, para una mirada superficial y para corazones que no quieren meterse adentro. Pero imagino que si estás escuchando este audio, querés ser sincero con él y con vos mismo.

¿Cuáles son las definiciones contundentes de hoy? «El que quiera ir detrás de él, tiene que cargar con su cruz. El que quiera salvar su vida, la perderá; el que la pierda por él, la salvará». No parece haber mucho término medio en estas frases. Por eso, en esto tenemos que ser sinceros con nosotros y con él. Si no, podemos hacer de nuestra fe hacia él, nuestra confianza, una especie de pastiche con mezcla de todas las cosas distintas que se nos vienen por la cabeza y no terminamos de saber bien qué es seguir a Jesús.

Seguirlo cargando nuestra cruz es seguirlo, seguirlo sin cargar ninguna cruz es mirarlo de lejos. Es como un poner «me gusta» en las redes, a una página y enterarse cada tanto cuáles son las novedades, pero finalmente no terminamos de hacer un involucramiento verdadero y personal. Es como hacerse miembro de un club y recibir las novedades por correo. Seguirlo y buscar nuestro propio provecho, queriendo salvarnos a nosotros mismos, no es seguirlo, sino que es hacernos la idea de que lo seguimos. Seguirlo es empezar un camino de aceptación de que la salvación justamente viene de él y que solo perdiendo la vida de a poco, o sea, entregándola, entregándonos de a poco, vamos encontrando la plenitud de la vida.

¿Ves? En ese sentido, Jesús no fue a medias tintas. No dijo una frase, digamos así, marquetinera para que lo sigan, sin decirnos la letra chica del contrato; al contrario, fue más sincero que cualquiera. Ahora, por otro lado, es verdad que una vez que comenzamos a seguirlo vamos en un camino, estamos en camino. Y en el camino, por supuesto, hay de todo; hay varios carriles, rápidos y lentos; hay caídas, cansancios, ayudas, reproches; hay un pedido de perdón, un volver a empezar; hay, podríamos decir, algunos grises, pero eso es otro tema –pero por supuesto que hay que tenerlo en cuenta–. Vamos siguiendo a Jesús y aprendiendo a seguirlo, mientras cargamos con nuestra cruz, mientras aprendemos a entregarnos, a amar, a dar la vida.

Hoy te propongo que hagamos un «shock de sinceridad», que puede transformarse en un sincericidio pero que nos haga bien.

¿Queremos seguir a Jesús así, con cruz y dando la vida, sirviendo, entregándonos? ¿O queremos un cristianismo del vale todo y todo está bien siempre y finalmente hago mi propio camino? ¿Somos libres de seguir a Jesús, es una decisión nuestra o lo seguimos casi por inercia como quien no quiere la cosa? ¿Lo seguimos dando la vida o pretendiendo que todos la den por mí? ¿Lo seguimos de lejos, casi virtualmente, sin compromiso, como quien da un «me gusta» en Facebook para quedar bien con el otro, o lo seguimos siendo responsables con cada obra del día, sabiendo que sin diálogo con él profundo, sin amor concreto al prójimo (dando algo de nosotros mismos) y sin privaciones voluntarias de nosotros mismos, no podemos amar en serio?

Que el Señor hoy nos conceda a todos un poco más de sinceridad, para poder seguir a Jesús como él quiere que lo sigamos.

Fiesta de la Presentación del Señor en el Templo

Fiesta de la Presentación del Señor en el Templo

By administrador on 2 febrero, 2021

Lucas 2, 22-32

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor. También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:

«Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel.»

Palabra del Señor

Comentario

Se me ocurrió que hoy todos podríamos hacer un ejercicio de hacernos una pregunta que puede desprenderse del evangelio de hoy. Estés donde estés, hagas lo que hagas, lleves la vida que lleves, tengas el ánimo que tengas… te pido este favor, hacé el esfuerzo. Durante la escucha del audio va a ser medio complicado, no da el tiempo para pensar. La idea es que siempre después del audio nos tomemos unos minutos para digerir este alimento tan rico de la palabra de Dios. En realidad, podrían ser dos preguntas que se relacionan entre sí: ¿Podrías decir hoy, en este momento, con tranquilidad de corazón y conciencia… “Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz”? y la otra podría ser: ¿Cuáles son esas cosas que te podrían llevar a decir “hoy ya puedo morir en paz” no tengo nada más que pedir? Esto es muy personal, demasiado, pero creo que nos puede ayudar mucho para saber por dónde anda nuestro corazón, nuestros pensamientos. No hay que dar por sentado que todos estamos preparados para partir de este mundo, de hecho, seguro que no lo estamos. Son muy pocas las personas que dirían muy seguras, la misma frase que dijo este anciano Simeón de algo del evangelio de hoy.

Hace unas semanas mientras viajaba por la montaña me frené a la orilla de un río a tomar unos buenos mates y mientras perdía el tiempo descansando con la naturaleza, un hombre en una moto recorría el lugar vendiendo helados, hacía mucho calor, así que, aproveché para comprar, pero fundamentalmente me dio ganas de ayudarlo, se lo veía muy sufrido. Durante la transacción se dio esas pequeñas charlas que a veces a uno lo dejan pensando mucho. La clásica pregunta: ¿Cómo anda?… Ahí andamos me dijo. ¿Luchando? Le contesté… como todos ¿no? Si, luchando me contestó, pero demasiado, lucho demasiado, no llego a fin de mes, sufro mucho padre, mi vida fue un continuo sufrimiento, mi vida es un gran sufrimiento”

La verdad es que no supe mucho que contestarle. A veces nos olvidamos que hay gente que realmente la pasa mal durante toda su vida y la sigue pasando mal. Mucha gente quiere irse de este mundo, pero no porque ya hizo o dio todo lo que podía dar, sino porque quiere dejar de sufrir, eso es real, lo escuché muchas veces. Hay millones de personas que preferirían otra vida y que no pueden salir de su situación, y los que no la pasamos tan mal muchas veces nos olvidamos de esto.

No es tan fácil que nos salga del corazón así nomás: “Ya está, puedo morir en paz” y si nos sale, muchas veces no es por motivos muy sobrenaturales que digamos, sino que son motivos puramente humanos. Por eso te proponía las preguntas del principio, para que cada uno evalúe en sí mismo qué es lo que lo llevaría a entregar la vida sin ningún problema.

Algo del Evangelio de hoy nos enseña cual es el verdadero motivo por el cuál podríamos decir estas palabras del anciano Simeón y no solamente por motivos puramente humanos olvidándonos nuestro fin y misión en la tierra.

Este anciano esperó ver a Jesús para morir, esperó muchísimo hasta que llegó su momento y entregó su vida. Murió viendo lo que quería ver, no teniendo otro motivo para vivir. Simeón no dijo: “Ya hice lo que tenía que hacer, ya muchos se salvaron gracias a mí, ya hice un montón de cosas por los demás, Dios ya me puede llevar, puedo morir en paz, tengo todo lo que quería tener, conseguí todo lo que me había propuesto” No, todo eso es muy lindo, pero no es el verdadero motivo por el cuál deberíamos vivir y desear entregar la vida.

Ya puedo morir en paz porque mis ojos han visto la salvación. ¡Qué distinto! Qué distinto pensar así. Que distinto pensar que solo podemos morir en paz cuando de alguna manera experimentemos que Jesús vino a salvar a todos, a vos y a mí. Qué distinto esperar morir en paz después de ver a Jesús, mucho más que cualquier cosa de este mundo pasajero, sean quien fuera, el más santo del mundo o incluso tu ser más querido.

¿Qué cosas son las que te podrían llevar a decir desde el fondo del alma, “Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz”? ¿Soy yo mismo con mis logros, con todo lo que pensé hacer y pude hacer o en realidad todo lo que Dios me dio como gracia a lo largo de mis días? ¿Soy yo con mis sueños de este mundo pasajero o con mis sueños de salvación para todos? ¿Soy yo el satisfecho porque gracias a mis buenas acciones muchos se salvarán o es por experimentar que sin Jesús nadie se puede salvar, nadie puede ser verdaderamente feliz?

Que Jesús nos conceda esperar lo único que nos puede hacer morir en paz, lo único que nos da la verdadera felicidad. A Él mismo.

Solemnidad de Santa María Madre de Dios

Solemnidad de Santa María Madre de Dios

By administrador on 1 enero, 2021

Lucas 2, 16-21

Los pastores fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados de lo que decían los pastores.

Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón. Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido.

Ocho días después, llegó el tiempo de circuncidar al niño y se le puso el nombre de Jesús, nombre que le había sido dado por el Ángel antes de su concepción.

Palabra del Señor

Comentario

Empezamos un nuevo año; un nuevo año de la mano de Jesús, más de dos mil años desde que Jesús llegó al mundo para quedarse siempre entre nosotros. La historia de la humanidad no está ajena a lo que pasó hace más de dos mil años, aunque muchos no lo quieran reconocer, aunque a muchos no les importe o se olviden, Jesús está entre nosotros. estuvo junto a nosotros en el año que pasó y estará con nosotros en este año que empezamos juntos. Esa es la certeza de la fe, aunque no sepamos qué pasará, todo será distinto si estamos con Él, si nos dejamos amar por Él, si nos jugamos por Él.

En este año que comienza pedimos al Señor que nos bendiga y que nos proteja tomando lo de la primera lectura de hoy del libro de los Números; “Que el Señor te bendiga y te proteja, que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te muestre su gracia, que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz”. Todos tenemos que pedir esto para nosotros, para nuestra familia, para la Iglesia, para el mundo entero; “Que el Señor nos muestre su rostro y nos conceda la paz”.

Esta es la oración de bendición que todos debemos desear para los otros, para los que no tienen paz, para los que la perdieron, para los que se les escapó de la mano la felicidad, por buscarse a sí mismos. Nosotros podemos pedirla para nosotros, para todos los que escuchan día a día la palabra de Dios, es lo mejor que podemos pedir.
Mientras tanto, pasan muchas cosas en nuestra vida y en la vida de la Iglesia, en la vida del mundo; mientras tanto el mundo sigue su curso como yendo hacia “quien sabe dónde”. Lo mismo le pasó a María en algo del evangelio de hoy: mientras ella había dado a luz a su hijo; los pastores iban a verla, los pastores contaban lo que escuchaban, igualmente fueron los magos de oriente. Y María mientras tanto qué hacía; dice la Palabra: “Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón” Mientras tanto, mientras vivía el misterio más grande que podamos imaginar, conservar su virginidad y ser Madre de Dios, ella conservaba y meditaba, guardaba y reflexionaba todo en su corazón. Hay cosas que nos tocan vivir que no tenemos tiempo de “digerirlas” y por eso hay que guardarlas, hay que conservarlas para poder meditarlas después más tranquilos, para poder rumiarlas mientras el tiempo no puede detenerse, mientras nosotros no podemos detenernos, por una cosa o por la otra.

Esto le pasó también a María. Un embarazo milagroso, una familia sagrada, un hijo de su vientre que también era Dios. Pero además María vivió cosas muy difíciles. La incomprensión de lo que Dios le pedía, el intento de abandono de José, el tener que dar a luz en un lugar indigno, el tener que huir a Egipto al poco tiempo de haber nacido Jesús por miedo a que Herodes lo mate, el tener que volver a su tierra natal por caminos y situaciones difíciles, el vivir en un pueblo sencillo y pobre durante toda su vida, el haber sido víctima de los comentarios ajenos y tantas cosas más. Lo bueno y lo malo viene junto, así es la vida de María, de José y Jesús, así es nuestra vida.

Día VI de la octava de Navidad

Día VI de la octava de Navidad

By administrador on 30 diciembre, 2020

Lucas 2. 22. 36-40

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor.

Estaba también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.

Palabra del Señor

Comentario

Seguramente muchos de los que escuchan estos audios ya empezaron sus vacaciones o están por empezarlas, por lo menos en Argentina, o bien están con sus trabajos, pero con un ritmo mucho más tranquilo. Es bueno que pensemos que las vacaciones, el descanso que nos merecemos todos, aunque no todos lo pueden lograr y eso es lo más triste, es una oportunidad muy linda para escuchar más, para escuchar de otra manera, para escuchar desde otro lugar, con otra actitud. No todos en este mundo tienen la posibilidad de cambiar de lugar, de conocer otros lugares, de tener vacaciones. Si tenés esa gracia agradécelo desde el fondo del alma, porque es un regalo de Dios. A veces basta con cambiar de ambiente para cambiar de actitud, a veces basta con ver un paisaje distinto para escuchar algo que nunca escuchaste, a veces basta con bajar la actividad para desacelerar la ansiedad y ver algo que no veías. Aprovechá esta oportunidad, sea que tengas o no tengas vacaciones, acordate que no hay vacaciones de escuchar, no hay vacaciones de desear estar con Aquel que nos ama. No hay vacaciones de Amor a Dios para un cristiano en serio. Es un gran error y no nos hace bien esas vacaciones donde parece que sufrimos una metamorfosis y somos otros, distintos a lo que somos generalmente. Ojalá que vivas unas vacaciones desde Dios y con Dios, pudiendo rezar mejor, pudiendo leer más, pudiendo disfrutar bien de tu familia. Y al mismo tiempo, recemos por los millones de personas que no tienen esa posibilidad, por las injusticias de este mundo que no sabe compartir. Seamos generosos en las vacaciones, no despilfarremos los bienes, ayudemos a alguien que lo necesita, no dejemos la caridad en otro lado.

En estos días, gracias a Dios que va obrando silenciosa y lentamente en muchos corazones, me han llegado muchos testimonios de personas, que no conozco, contándome lo que produjo en sus vidas el escuchar día a día lo que Dios nos va diciendo. Si vos querés hacerlo ayuda mucho a todos. Podés escribirnos en nuestra página www.algodelevangelio.org. No dejo de maravillarme de la fuerza que tiene la Palabra de Dios para animar, consolar, corregir, levantar, guiar, iluminar, instruir y tantas cosas más. A veces me dan ganas de que todo el mundo escuche la Palabra de Dios, de decirle a todos que no hay nada más enriquecedor, nada más gratificante, nada más cristiano que escuchar y meditar todos los días lo que Dios nos dice.

Por eso te propongo que, en estos días, te preguntes qué fue obrando Dios en tu vida desde que te propusiste escucharlo en serio. Alguien me contaba que se puso a escribir mes a mes, todo lo que fue viviendo en el año. Por ahí no te sale algo así, es difícil, pero sí algo parecido. Si todavía no hiciste este ejercicio de animarte a evaluar la acción de Dios en tu vida concreta, te propongo que en estos días puedas hacerlo, o bien en los primeros días de tus vacaciones, hacé una especie de examen espiritual de tu año, no un examen de conciencia para ver los pecados, sino algo más amplio. Algo así como una evaluación sobre cómo te fue en el año en tu relación con Dios, que, por supuesto no es algo abstracto, sino que tiene que ver con todo lo que hacés.

Esto no puede hacerse sin paciencia, algo de esto decíamos ayer. Esto no se puede hacer sin un corazón dispuesto a agradecer todo, incluso lo que pasó en el año que no pareció tan lindo, incluso eso que te gustaría guardar en el cajón y no sacarlo nunca más. Acordémonos que María supo “guardar todas las cosas en su corazón”, mientras el niño iba creciendo. En algo del evangelio de hoy, Ana, ya anciana supo esperar hasta el fin de su vida para ver a Jesús, para ver al niño. Ana lo pudo ver, seguramente después de pasar por mil situaciones difíciles y no tan lindas, su viudez y pobreza. Pero hay un detalle importante en el evangelio de hoy, dice que Ana: “Daba gracias a Dios y hablaba del niño” Que lindo sería que terminemos este año así, dando gracias y hablando del niño, haya pasado lo que haya pasado, hayamos sufrido lo que hayamos sufrido, habiéndonos salido lo que haya salido, habiéndonos equivocado o no, habiendo fracasado una o mil veces. Lo importante es saber que por la paciencia veremos al niño, en algún momento de nuestra vida, del día de hoy – no sabemos – veremos la ternura de Dios y tendremos que dar gracias y hablar de Él.

Si no damos gracias y no hablamos del niño que nació, quiere decir que la navidad no pasó por casa, quiere decir que la navidad fue un barniz, un poco de luces, fuegos artificiales, un poco de pan dulce, de turrones, de regalos, pero nada del niño, nada de amor, nada de acción de gracias. Que el Dios hecho niño te conceda poder verlo hoy y dar gracias con todo el corazón.

V día de la octava de Navidad

V día de la octava de Navidad

By administrador on 29 diciembre, 2020

Lucas 2, 22-35

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor. También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:

«Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel.»

Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: «Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos.»

Palabra del Señor

Comentario

Vuelvo a recordarte y recordarme que para que la Palabra de Dios de frutos verdaderos, en la vida de cada uno de nosotros, no basta solamente con escucharla, sorprenderse o admirarse, sino que es necesario recibirla, aceptarla y asimilarla para que como una semilla lentamente vaya creciendo y algún día produzca lo que Dios quiere que produzca. ¡Por eso una de las condiciones necesarias para que esto se dé o se vaya dando en nuestra vida es la paciencia, paciencia en todas sus dimensiones!! Paciencia para escuchar y no abandonar, paciencia para recibirla siempre con un corazón abierto, sabiendo que algo de bien dejará en mí; paciencia para aceptarla aún cuando haya días que no me guste mucho lo que dice; paciencia para saber esperar los frutos que puede ir dando en mi vida. Nada es mágico ni automático en la vida y en las cosas de Dios, todo requiere tiempo y dedicación, y lo que muchas veces escucho y no comprendo, puede ser que lo termine comprendiendo con los años por algo que me pasó.

Algo del Evangelio de hoy nos enseña esto, aunque no de manera directa. Podríamos pensar que esto les pasó a María y a José. No comprendieron todo en cada instante de su vida, al contrario, les tocó muchas veces ir sorprendiéndose paso a paso y tener que abandonarse a lo que iban viviendo. Eso es algo que todos tenemos que aprender. A veces queremos saber todo antes de tiempo, a veces pretendemos tener todo resuelto para dar ciertos pasos en la vida, a veces nos enojamos porque las cosas no salen como quisiéramos y no nos damos cuenta que detrás de nuestras pretensiones hay Alguien que “la tiene más clara que nosotros”, hay Alguien que sabe mucho mejor que nosotros, hay Alguien que conoce todo y que nada se le escapa en su plan de salvación para cada uno. ¿Cuántas veces en tu vida pensaste que las cosas no irían bien y al final fue lo mejor? ¿Cuántas veces en tu vida rechazaste algo que te pasó, pero finalmente te diste cuenta que fue lo mejor que te podía haber pasado? La vida es así, hay que aprender a leer las cosas que nos van pasando y aprender a no rechazar las cosas que aparentemente parecen malas. En el evangelio, escuchábamos como José y María apenas recién nacido Jesús tuvieron que huir para evitar que lo maten. Trasladarse, mudarse, vivir un tiempo escondidos. Hoy a María, Simeón le anticipa que el niño será signo de contradicción. Sí, aunque no parezca muy lindo, la ternura y la maravilla de haber recibido a un niño por obra y gracia del Espíritu Santo, convive con la dificultad, con la persecución, con la maldad, en definitiva con la cruz. Así será la vida de Jesús, así también es nuestra vida y así tenemos que aprender a vivirla. La Navidad no excluye la cruz. El amor no excluye la dificultad. Lo lindo de la vida no excluye el dolor. La ternura del niño no excluye el esfuerzo por cuidarlo y hacerlo crecer.

Pensalo también en tu vida, en la de tu familia. Todo va junto, aunque no todo nos de lo mismo y nos guste. Pero hay acontecimientos que tenemos que empezar a agradecer aunque de primeras no parezcan muy agradables.

Ya se acerca el fin de un año y sería bueno que pensemos y agradezcamos todo. Incluso lo que no nos pareció voluntad de Dios. Si sabés agradecer vas a ver que algo bueno vas a encontrar.

Fiesta de la Sagrada Familia, Jesús, María y José

Fiesta de la Sagrada Familia, Jesús, María y José

By administrador on 27 diciembre, 2020

Lucas 2,22-40

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor. También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:

«Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel.»

Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: «Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos.»

Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.

Palabra del Señor

Comentario

Dios Padre «no da puntada sin hilo», como se dice. Sabe tejer la historia y lo hace junto a la historia del hombre, para así poder crear el mejor telar. La historia de la humanidad es como un gran telar, tejido por nuestro buen Dios y visto desde abajo por los hombres. Desde abajo a veces la cosa no se ve tan linda. ¿Viste alguna vez un telar en su revés, del otro lado? No se llega a distinguir la hermosura real que tiene, porque solo el que teje ve lo que está logrando. Es por eso que a veces no terminamos de comprender las cosas que van pasando, que vamos viviendo. Es por eso que no nos parece lindo a veces lo que Dios hace o lo que Dios permite que pase, porque no somos los «tejedores», sino que somos observadores, y a veces no observamos bien. Es verdad que también participamos: nosotros somos los trazos, nosotros somos como sus hilos. Pero la gran verdad es que solo al final de la historia veremos y comprenderemos todo tal cual es. Es así, como se dice: «No da puntada sin hilo». Desde Abraham hasta la familia de Nazaret, desde la familia de Nazaret hasta nuestros días, él desea que el hombre sea familia, formando familias.

Eligió a Abraham y lo hizo, a pesar de su vejez, padre de una multitud, el primero de la gran familia del pueblo de Israel: «Mira hacia el cielo y si puedes, cuenta las estrellas. Y añadió: Así será tu descendencia». En medio de ese pueblo se formará la Sagrada Familia y en el corazón de esa pequeña y humilde familia nacerá, crecerá y vivirá Jesús, el «Dios con nosotros». Dios es familia, se hizo hombre en una familia y desea que vivamos en familia.

Jesús, como cualquiera de nosotros, creció, aprendió, se educó y obedeció, viviendo, como se dice, normalmente el día a día con sus padres durante 30 años. ¡Qué misterio, 30 años en silencio! A su vez, dejó su casa y sus padres para formar la gran familia de Dios que es la Iglesia. Ese es el deseo profundo de nuestro Padre, que toda la humanidad sea una gran familia. Hacia ese fin nos dirigimos, y mientras tanto tenemos que aprender a amarnos como lo que somos, hermanos. Hermanos unidos por un lazo más profundo que el de nuestra sangre, la Sangre del mismo Jesús, que murió y resucitó por nosotros para reunirnos en una misma casa-familia.

En la familia de Nazaret siempre se respiró el mismo aire, el aire puro de buscar hacer en todo momento la voluntad de Dios: «Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea». María y José no quisieron otra cosa para su hijo que no fuera la voluntad del Padre. Jesús no quiso otra cosa para su vida que no sea vivir unido a sus padres, honrándolos, pero para un día salir a cumplir su misión, hacer la voluntad de su Padre. «¿No sabían acaso que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?», les dijo en una oportunidad.

Si en la familia no está Jesús, si lo dejamos «olvidado en la caravana» de este mundo que cree vivir feliz sin Dios, si lo fuimos desplazando de nuestras conversaciones, si la Palabra de Dios fue reemplazada por las palabrerías de la televisión, de la radio, de la tecnología, si dejamos de bendecir la mesa, de enseñarle a nuestros hijos a rezar y tantas cosas más. Si pasa todo esto, ¿cómo podemos pretender que haya paz? Nuestras familias, tu familia necesita de Jesús. ¿Quién lo va a buscar y encontrarlo para llevarlo a donde corresponde? Me parece que nos toca a nosotros, a mí y a vos.

Que nuestras familias sean un pequeño reflejo de la familia de Nazaret, la Sagrada Familia, en donde los padres dejen que los hijos sean hijos, hijos de Dios, hijos de un mismo Padre, y que los ayuden a crecer en libertad y en amor; en donde los hijos honren a sus padres, pero siempre con la mirada puesta en el cielo; en donde entre hermanos se amen como nos ama Jesús y así aprendan a amar a todos los hombres como hermanos. ¡María y José, cuiden y protejan a nuestras familias! Jesús, enséñanos a vivir como viviste vos en tu familia. Enséñanos a vivir como viviste con María y José, como una verdadera familia.

Feria de Adviento – 23 de diciembre

Feria de Adviento – 23 de diciembre

By administrador on 23 diciembre, 2020

Lucas 1, 57-66

Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre, dio a luz un hijo. Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella. A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre dijo: «No, debe llamarse Juan.»

Ellos le decían: «No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre.»

Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran. Este pidió una pizarra y escribió: «Su nombre es Juan.»

Todos quedaron admirados. Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios.

Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y se lo comentaba en toda la región montañosa de Judea. Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: «¿Qué llegará a ser este niño?» Porque la mano del Señor estaba con él.

Palabra del Señor

Comentario

Recuerdo que cuando era niño (supongo que entre los ocho y los diez años), mi madre y mi padre me enseñaban que el que me traería los regalos en la Nochebuena sería el niñito Jesús. Por supuesto que yo estaba tan convencido de que realmente era él, que me acuerdo que iba a esperarlo a la puerta con un vidrio que permitía ver para afuera, que había en mi casa, con ganas de encontrármelo, pensando que vendría como volando. Mientras tanto, no sé quién iba de mi familia y ponía los regalos en el árbol de Navidad para terminar de completar la ilusión. Pensándolo bien, pensándolo hoy como adulto, ¿era realmente un engaño?, ¿era una ilusión? ¿Me engañaban al decirme que era Jesús el que nos regalaba algo esa noche? Por supuesto que en parte sí, pero yendo a lo más profundo: ¿no es más realidad esto que el hecho de estar esperando a un hombre que no sé quién es o que han inventado, vestido de rojo, venido de no sé dónde y sobre unos renos que vuelan? ¿No será que nuestra fe es mucho más real que las tradiciones comerciales que nos han ido imponiendo?

Es verdad de fe que Jesús está en todos lados. Es mucho más verdad que él prometió quedarse con nosotros hasta el fin de los tiempos y es totalmente verdad que continuamente nos trae regalos para darnos una felicidad distinta y duradera. En realidad, en estos días no debemos esperar cosas, sino que lo esperamos a él. Él es el regalo, y la irrealidad o fantasía de que hay otro que nos trae regalos no hace más que opacar la verdadera realidad. Por eso, disculpá que insista, sé que soy medio pesado con este tema. Sé que esto no tiene mucho «rating» para mis audios, porque incluso en nuestra propia Iglesia uno se puede llegar a encontrar con pesebres vivientes y Papá Noel al mismo tiempo, con sacerdotes, padres, catequistas que les enseñan a los niños que el 24 a la noche viene Papá Noel. Lo sé, pero bueno, no importa. Yo prefiero enseñar lo que es realmente la Navidad.

¿Qué nos pasó a los católicos que sin darnos cuenta abandonamos lo más nuestro? ¿No será que perdimos algo de nuestra fe, nuestras raíces más profundas? La fe debería envolver toda nuestra vida, toda nuestra cultura, nuestro modo de pensar, de sentir, de enseñar, de celebrar, de descansar, de disfrutar. Fe y vida son una misma cosa para el que cree. La fe nos ayuda a vivir de un modo diferente y la vida cambia cuando se cree en Jesús. Fe y vida es la síntesis a la que debemos aspirar para ser cristianos en serio y no cristianos privados, cristianos «de salón» –como decía el Papa Francisco–, cristianos que nos privamos de lo más nuestro, cristianos que escondemos la fe, que nos avergonzamos de decir que la Navidad es de Jesús (solo de él); pero que también es para todos, si entendemos lo que estamos haciendo, lo que estamos celebrando. Sería bueno que nos encarguemos de no callar esto en estos días.

En Algo del Evangelio de hoy Zacarías recupera el habla que había perdido por haber dudado del anuncio del Ángel, de que sería el padre de Juan el Bautista. Cuando no creemos, cuando no confiamos en las promesas que nos hace Dios, cuando no confiamos en que Jesús es el dueño y centro de la historia, de nuestras vidas, somos apresados por el silencio; pero no porque dejamos de hablar, literalmente, sino porque en realidad no hablamos o hablamos mal de Dios. Hablamos de otras cosas, perdemos la capacidad de hablar bien de nuestro buen Dios, que es Padre. Dios pasa a ser una idea. Jesús no es alguien a quien amamos, sino que es una doctrina, un buen hombre que nos habla de amor, incluso puede ser una gran moral, una cosa abstracta a la que decimos que seguimos. ¿En qué andamos nosotros hoy concretamente, antes de llegar la Nochebuena? ¿De qué vamos a hablar hoy a los demás? ¿Y en la Nochebuena? ¿Andamos como Zacarías, mudos por dudar, y nos transformamos en cristianos que no pueden alabar a Dios, o sea que no pueden reconocer que Dios es Dios y nosotros solo unas pequeñas creaturas amadas por él?

Zacarías recuperó el habla no para decir sonseras, para cantar sonseras, para pedir cosas para él o para enojarse por no haber podido hablar tanto tiempo. «Recuperó el habla y comenzó a alabar», así dice el evangelio. Empezó a darle a Dios lo que le correspondía, o sea, todo su amor, su alabanza.

Solo podremos alabar a Dios de corazón en estos días si reconocemos lo que él hizo en nosotros y por nosotros. Se hizo niño, se hizo bebé, para que aprendamos a abrazarlo sin condiciones, sin peros, aceptando su amor silencioso pero eficaz, aunque todos anden gritando y corriendo. Si no reconocemos eso, en esta Navidad andaremos mudos de lo importante y llenos de palabras vacías.

Que Jesús nos conceda lo que más necesitamos para poder alabar en serio, para poder gritar sin miedo y vergüenza lo que Dios hizo por nosotros. Vayamos al pesebre, guiados por la luz de Jesús. Acerquémonos en estos días a un pesebre a disfrutar del silencio de un Dios que se hizo niño por vos y por mí, por todos.