Topic: Lucas

III Domingo de Pascua

III Domingo de Pascua

By administrador on 18 abril, 2021

Lucas 24, 35-48

Los discípulos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes».

Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: «¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo».

Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: «¿Tienen aquí algo para comer?». Ellos le presentaron un trozo de pescado asado; él lo tomó y lo comió delante de todos.

Después les dijo: «Cuando todavía estaba con ustedes, yo les decía: “Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos”».

Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras, y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto».

Palabra del Señor

Comentario

Tercer domingo del tiempo pascual, tiempo en el que seguimos reflexionando y aceptando con gozo la realidad más trascendente de la historia de la humanidad, que Jesús resucitó y que con su resurrección nos da la vida y nos da una Vida eterna. No solo nos acompaña en el caminar diario, sino que ya nos asegura la Vida eterna si caminos junto con él, si aceptamos su misericordia y su amor.

Un domingo más en el que también aceptamos escuchar la Palabra de Dios, para que esta Palabra finalmente penetre en nuestras almas, nos llene de gozo y nos anime a seguir caminando. ¡No nos cansemos! O, mejor dicho, sí nos podemos cansar, pero la clave está en seguir caminando, seguir abriendo los brazos para encontrar su presencia en la eucaristía, en la oración, en nuestro trabajo diario, en nuestras familias, en los más necesitados, en aquellos donde también de algún modo se hace presente, más patente, la necesidad de amor que tenemos para dar.

Por eso, ánimo, a levantarse, a darnos cuenta que este domingo no puede ser un domingo más. Tiene que ser un domingo donde nos llenemos de gozo, porque tenemos fe, porque somos felices de creer sin ver, y a eso tenemos que apuntar y por ese lado tenemos que seguir caminando. Sí, parece a veces que vamos a tientas, que no vemos todo, pero basta con ver el paso siguiente, basta con saber que el paso siguiente será en un lugar firme: en el amor y en el corazón de Jesús.

Creo que hay algo que queda patente en Algo de Evangelio de hoy, valga la redundancia, y es claramente la dificultad que tuvieron los discípulos en creer que ese que se les había aparecido era realmente Jesús. Jesús parece hacer todo lo posible para que crean, y a ellos les cuesta muchísimo. Jesús les dice: «Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo». Así y todo, diríamos, los discípulos, dice la Palabra que se «resistían a creer». ¿Pero por qué? Porque «era tal la alegría y la admiración de los discípulos» que no podían creerlo. A nosotros por ahí nos parece obvio, pero, en realidad, tenemos que reconocer que no es tan obvia a nuestra pobre humanidad la resurrección de Jesús. No es tan obvio creer en esto. Nosotros lo tenemos asimilado porque la fe nos da ese don. A nosotros nos parece fácil porque, en el fondo, ya «lo sabemos», porque ya sabemos lo que pasó, porque Jesús nos tocó el corazón en algún momento. Pero no era tan fácil y tan obvio para los que habían estado junto con él, para los que lo habían visto muerto en la cruz, que de algún modo es lo que nos pasa a nosotros. Cuando tenemos una experiencia de dolor fuerte, una tristeza grande, nos parece imposible que venga algo nuevo, nos parece imposible la resurrección.

Esto puede deberse a que digamos que hay una tendencia en nuestra vida a que las malas noticias casi que las creemos sin cuestionarlas ni averiguar mucho y las buenas noticias nos cuestan un poco más. Es algo a lo que tendemos naturalmente todos. No quiero generalizar, pero podríamos pensar algo así. Lo malo parece obvio, está a la vista de todo el mundo y lo bueno cuesta verlo. Pensá si no te pasa eso alguna vez. Además, no hay que ser adivino para darnos cuenta que vivimos en una cultura de las «malas noticias», continuamente escuchamos malas noticias. Los noticieros en su mayoría dan malas noticas y, además, se jactan de tener «la primicia» de esa mala noticia. Les encanta decir que tienen la primicia, algo urgente, como si fuera una virtud el llegar rápido a informar todo lo malo. ¿Y lo bueno? Y lo bueno a veces parece que brilla por su ausencia. Y bueno… queda ahí, a un costado, parece que relegado.

Y así, lentamente, la onda de las malas noticias va socavando nuestro corazón y se nos hace casi imposible aceptar que puede haber cosas buenas en este mundo.

¿No será que esto también les pasó a los discípulos, de alguna manera? ¿No será que en ese tiempo también los malos augurios estaban de moda y que todo lo malo parece relucir y lo bueno se oculta? A ellos les parecía increíble semejante noticia, tanto que no lo creían. La noticia era tan buena, tan impresionante, tan maravillosa que no podían creerlo. Lo tenían frente a ellos y no podían creerlo. Nosotros también lo experimentamos a veces cuando nos pasa algo lindo, incluso llegamos a decir: «Pellizcame para ver si es verdad». ¿No? Porque parece que no lo podemos creer, queremos despertarnos del sueño.

¿No será que a nosotros también hoy nos pasa lo mismo? No es lo mismo nuestra vida si creemos o no firmemente que Jesús está vivo entre nosotros. Nada es igual frente al que cree en la resurrección, en la presencia viva de Jesús. Es increíble, digamos así, pero es creíble, y es lo que le da sentido a nuestra fe. Es creíble porque la vida de los discípulos cambió, comenzó la Iglesia, la fe se empezó a esparcir por todo el mundo y esos hombres temerosos se transformaron en hombres de Dios, que no se cansaron de predicar hasta la muerte la presencia de Jesús.

Si nos preguntan por ahí: «¿Qué es ser cristiano?», deberíamos responder: «Creer que Cristo está resucitado, creer que está vivo, que ese hombre que caminó por Galilea, por Jerusalén de hace unos 2.000 años está vivo, a pesar de que lo mataron». Parece increíble, pero es verdad. Cree, creamos que hay cosas lindas que son creíbles, aunque parezca difícil. Creamos que lo que les pasó a los discípulos es verdad y fue lo que cambió para siempre el curso de la historia, de la tuya y de la mía. Pellizcate y decile a Jesús: «Creo, creo aunque a veces mi corazón se resista a creer. Creo aunque a veces el mal parezca triunfar en la vida». Nosotros tenemos que ser «testigos de todo esto», tenemos que contarle a todo el mundo que Jesús está vivo y, aunque parece increíble, es verdad.

Jueves de la Octava de Pascua

Jueves de la Octava de Pascua

By administrador on 8 abril, 2021

Lucas 24, 35-48

Los discípulos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.

Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes.»

Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: « ¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo.»

Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: « ¿Tienen aquí algo para comer?» Ellos le presentaron un trozo de pescado asado; él lo tomó y lo comió delante de todos.

Después les dijo: «Cuando todavía estaba con ustedes, yo les decía: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos.»

Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras, y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto.»

Palabra del Señor

Comentario

Por ahí te va a sorprender un poco lo que te voy a decir, lo que me digo siempre a mí mismo. ¡No es sencillo creer! Cuando uno crece en la vida de fe, o por lo menos intenta crecer y no me refiero con esto a “saber” muchas cosas, a ser grandes teólogos, sino a pensar de un modo más profundo lo que implica creer, lo que significa creer en la resurrección de Jesús, deberíamos reconocer con humildad que no es sencillo creer, no hay que dar por sentado que el creer es algo fácil. Hay gente que a veces lo dice como si fuera así no más, como por obra y gracia sí, del arte de magia y no del Espíritu Santo.

Si esto fuera cierto, todos deberíamos haber creído en la resurrección de Jesús, todos deberían creer en que Jesús está vivo, sin embargo, no es así, las evidencias nos llueven por todos lados; las evidencias de que no es evidente, valga la redundancia, creer que Dios se haya hecho hombre, de que haya muerto y resucitado por nosotros. Incluso podríamos decir que cuanto más “evidencias” buscamos, en el sentido científico de la palabra, más obstáculos podríamos encontrar. Si y vos y yo creemos, se lo debemos a la gracia que recibimos para acoger la fe y responderle a Jesús, y muy poquito a nosotros mismos, todo es gracia.

Por eso, que buena oportunidad para pedirle a Jesús que nos abra la inteligencia, para que podamos comprender las Escrituras. Es buen día para hacer esto, porque justamente en algo del evangelio de hoy, Lucas lo dice claramente: “les abrió la inteligencia para que pudieran comprender…” Esto es algo que tenemos que pedir siempre y que a veces nos olvidamos, yo me lo olvido también. Si todos los días hiciéramos este ejercicio, si todos los días nos acordáramos de pedirle a Jesús, ¡Qué distinto sería todo! Sin la gracia que viene de lo alto, sin la gracia que viene de Jesús no podemos comprender en su totalidad todo lo que está escrito para nuestra enseñanza, para nuestra santidad.

¡Señor, que hoy podamos comprender un poco más; Señor te pedimos que hoy nos abras un poco más la inteligencia de la mente y del corazón, para poder encontrarte en la Escrituras, para poder reconocer al Resucitado a nuestro alrededor, en cada palabra, en cada gesto, en cada Misa, en cada Eucaristía; Señor acompañanos como a los discípulos de Emaús, explicanos las cosas porque nuestra mente es lenta y pequeña; Señor, te pedimos que te nos manifiestes, así somos testigos de todo esto ante el mundo que no cree y vive como si no existieras! Te pedimos esto y todo lo que nuestro corazón no se anima a pedir.

Imaginando la escena de hoy ¿Quién de nosotros, poniéndose en el lugar de los discípulos, no hubiera actuado de la misma manera? ¡Temor, alegría, admiración y resistencia a creer! Pasaron por todos los estados de ánimo posibles en un instante. Primero miedo, después alegría, admiración y al final, una especie de resistencia a tanta alegría ¿Es posible todo esto? ¿Es posible semejante alegría? Creo que cualquiera de nosotros haría lo mismo. No es fácil creer semejante acontecimiento, no es fácil creer cuando la alegría es demasiado grande. Evidentemente no habían comprendido ni las Escrituras, ni lo que Jesús les había dicho de tantas maneras y tantas veces.

En la vida necesitamos creer en la Palabra de Dios, pero también, necesitamos la confirmación de esa Palabra, necesitamos experimentar en carne propia la realidad de lo que leemos. Es por eso, que muchas veces en la vida no las terminamos de creer hasta que no nos pasan. Cuando nos pasan, nos decimos: ¡¡¡Ah!!! Ahora entiendo, ahora descubro eso que antes leía y no comprendía. Los discípulos necesitaron vivir esta experiencia para confirmar lo que Jesús les había dicho de palabra. Nosotros también hoy necesitamos experimentar la presencia real de Jesús en nuestras vidas para ser testigos verdaderos de Él en el mundo. Sino ¿de qué somos testigos? Cristiano es el que cree en Jesús, cree en la Palabra de Dios, pero no solo cree, sino que lo experimenta, lo vive y como lo experimenta y lo vive, es testigo de lo que cree y vive, refleja con su vida lo que lee, cree y experimenta. Estos días de Pascua son días para volver a experimentar, para volver a creer que Jesús está vivo, y nos pide que, con nuestro testimonio, mostremos que esto es verdad. Si hubiera más testigos reales de que Jesús vive, ¡Qué distinto sería todo! ¿No?

Miércoles de la Octava de Pascua

Miércoles de la Octava de Pascua

By administrador on 7 abril, 2021

Lucas 24, 13-35

Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.

Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?». Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!». «¿Qué cosa?», les preguntó.

Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron».

Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?». Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.

Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba».

Él entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.

Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?».

En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!».

Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor

Comentario

«¡Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba!». Aunque los discípulos de Emaús no sabían que le estaban pidiendo al mismo Señor que se quede con ellos, porque todavía no sabían quién era, nosotros sí podemos hacer nuestra esa petición, agregándole su nombre (Señor), porque ya lo sabemos: «¡Quédate con nosotros, Señor, porque ya es tarde y el día se acaba! ¡Quédate con nosotros que te necesitamos más que nunca!» El día se acaba, aunque esté empezando, porque al mundo le gustan las tinieblas, le gusta esconder tu amor, ocultarlo, le gusta esconder tu verdad, aunque ella quiera resplandecer. «¡Quédate con nosotros, por favor, porque sin Vos no podemos!» En realidad, deberíamos saber que él está siempre con nosotros y que nosotros somos los que no siempre nos quedamos con él; por eso quedémonos con él, siempre, especialmente en este día.

¡Qué lindo que es imaginar que esta escena, que esta aparición de Jesús, de Algo del Evangelio de hoy es más común de lo que imaginamos! ¡Qué lindo que es sentir que esta Palabra de Dios de hoy es tan real como imperceptible a nuestros ojos! Hoy quiero que esto sea real en mi vida y en la tuya. Hoy quiero dejar que Jesús me explique algo más de las Escrituras para darme cuenta que él está siempre, aun cuando me pierdo y quiero volver a lo mío, aun cuando me pierdo por el pecado y el egoísmo, aun cuando mi cabeza se ponga dura y pretenda que todo sea como yo pretendo.

Ir caminando a Emaús, como estos discípulos, es volver a lo de siempre, volver a lo conocido por haber dejado de confiar, por no animarse a creer. Es olvidarse de la noticia más linda que podíamos haber recibido: la Resurrección. Volver a Emaús es haber perdido la esperanza en la resurrección, en la nuestra, en la de cada día y, además, en la de Jesús; es no confiar que él está siempre y que camina con nosotros, aunque a veces no podamos reconocerlo. ¿Cuántas veces volvemos a nuestros emauses, a esos lugares nuestros por haber dejado de creer? Nuestros emauses son esos lugares seguros, pero en donde Jesús no nos pidió estar. ¿Cuántas veces escuchamos que Jesús resucitó, pero no lo vemos, no lo experimentamos, no terminamos de saborear ese misterio tan lindo? Son más los cristianos que viven como estos dos discípulos, cabizbajos, que los que viven sabiendo y sintiendo que Jesús camina siempre a nuestro lado mientras nos explica las Escrituras, con el corazón a punto de explotar y corriendo a contárselo a otros.

Todos tenemos momentos, a todos nos toca pasar ciertas cosas difíciles, dolorosas y a veces angustiantes. Pero lo importante es no olvidar esta imagen de Algo del Evangelio de hoy. ¿Cuál? Que mientras caminamos por la vida queriendo dejar que el pesimismo nos gane y nos llene el corazón, mientras caminamos con el corazón encerrado en nuestros pensamientos, mientras hablamos entre nosotros como retroalimentando la mala onda de un mundo que siempre parece superarse a sí mismo en maldad y en locura; mientras pasa todo eso, Jesús se pone de nuestro lado siempre, camina a nuestro lado. Le encanta caminar con nosotros para llevarnos de a poquito a un lugar en donde podamos reconocerlo. No es lo mismo llegar a Emaús sin Jesús que con Jesús. No es lo mismo que Jesús sea el que nos abra el corazón y el entendimiento. ¡Qué lindo que es cuando él nos hace ver lo que nunca vimos, nos hace dar cuenta de tantas cosas que dejábamos pasar de lado por ignorancia y tozudez! ¿Nos arde el corazón hoy al escuchar estas palabras de Jesús?

Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre Misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

Domingo de Pascua

Domingo de Pascua

By administrador on 4 abril, 2021

Lucas 24, 13-35

Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.

Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?».

Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!».

«¿Qué cosa?», les preguntó.

Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron».

Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?». Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.

Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba».

Él entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.

Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?».

En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!».

Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor

Comentario

¡Feliz Pascua de Resurrección! ¡Feliz Pascua para todos, para todos los que día a día escuchan estos audios del Evangelio, donde intentamos juntos meditar y contemplar la Palabra de Dios, vivirla, leerla, aceptarla! ¡Qué linda que es esta fiesta! Es la fiesta central de nuestra fe, la fiesta que nos debería llenar de gozo el corazón y ayudarnos a dar cuenta y a gritarle a todo el mundo que vale la pena ser cristiano, que vale la pena ser católico y creer, y decirle a Jesús: «Sí, verdaderamente creo que estás entre nosotros, verdaderamente creo en tu promesa, que estás con nosotros hasta el fin de los tiempos».

La Pascua es volver a aceptar esta gran verdad y que, a pesar de las cosas que nos pasan, a pesar de que a veces andamos como los discípulos de Emaús del texto que acabamos de escuchar de Algo del Evangelio, con el semblante triste, conversando y discutiendo por el camino de la vida, mientras Jesús está al lado nuestro, sin darnos cuenta; a pesar de eso, de que nos puede pasar lo mismo, hoy queremos decirte Jesús que creemos, que ya no dudamos de tu existencia, de que ya no dudamos de tu obrar, de tu trabajo silencioso en tantos corazones que aceptan tu verdad.

Hoy, en este día, se permite leer también este evangelio. Habrás escuchado seguramente el de Juan, capítulo 20, pero también se permite leer el conocido pasaje de «los discípulos de Emaús», que también lo escucharemos un par de veces más a lo largo de este tiempo pascual, que hoy comenzamos. Quería hoy compartirte este texto que es tan decidor, como se dice, tan ilustrativo de lo que es nuestra vida. Podríamos pensar que esta escena en la que estos discípulos van caminando cabizbajos, tristes, porque no comprendían lo que pasaba, porque no habían creído todavía, y que finalmente terminan sorprendiéndose y reconociendo a Jesús al partir el pan, es de algún modo una catequesis de lo que es nuestra vida, o incluso lo que nos puede pasar en un mismo día.

La vida es esto, es un caminar hacia la Eternidad, dándonos cuenta en algún momento, o buscando darnos cuenta, que Jesús camina siempre a nuestro lado y que no es que no lo vemos porque él no está, sino que no lo vemos porque no creemos. Eso le pasó a estos dos discípulos, que al mirarse a sí mismos, al mirarse su propio ombligo, al no terminar de creer, discutían, iban con el semblante triste. ¿Vos estás con el semblante triste? Yo estoy con el semblante triste. ¿Qué nos pasa? No será porque no nos damos cuenta que Jesús nos está hablando por el camino pero nosotros seguimos mirando el pasado, seguimos enredados en un pasado que ya pasó y que simplemente tenemos que superar y aprender a mirar para adelante y a apostar hacia cosas nuevas, propuestas, que Dios siempre nos tiene en el camino.

Bueno, así andamos a veces y por eso hoy tenemos que levantar la cabeza y dejar que Jesús nos hable al corazón. Cuando él nos habla al corazón, cuando dejamos que la Palabra de Dios penetre en nuestras almas, se nos va encendiendo, se nos va llenando de fuego el corazón y nos damos cuenta que estamos hechos para cosas más grandes, no para andar tristes. Y es así que los discípulos y vos y yo, aunque somos duros de entendimiento, algún día tendremos que caer en la cuenta de que Jesús está entre nosotros; y solo lo podemos reconocer si escuchamos su Palabra y si nos sentamos a la mesa con él, que finalmente es el amor que nos rodea, las personas que podemos amar, los que nos necesitan. Por eso ellos terminan reconociéndolo al partir el pan, terminan reconociéndolo al compartir, al amar. «¿No ardía acaso nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino, nos explicaba las Escrituras?». ¿No arde acaso ahora tu corazón? Bueno, si tu corazón arde, salí corriendo a compartir tu vida con otros y te vas a dar cuenta que Jesús está siempre al lado tuyo, mucho más cerca de lo que creías. ¡Feliz y Santa Resurrección! ¡Feliz y Santa Pascua!

Que tengamos un buen domingo y que la bendición de Dios, que es Padre Misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

Solemnidad de la Anunciación del Señor

Solemnidad de la Anunciación del Señor

By administrador on 25 marzo, 2021

Lucas 1, 26-38

El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.

El ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo». Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. Pero el Ángel  le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin».

María dijo al Ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?» El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios».

María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho». Y el Ángel se alejó.

Palabra del Señor

Comentario

Celebramos hoy en toda la Iglesia la Solemnidad de la Anunciación del Señor, el día en el que todo cambió para siempre, el instante más silencioso, pero más trascendental de la historia de la humanidad. Los historiadores podrán decir muchas cosas sobre tantos acontecimientos importantes desde que el mundo es mundo, podrán buscar siempre lo más llamativo y espectacular, pero la realidad es que para nosotros ese momento, ese encuentro del Ángel Gabriel con María, ese encuentro del Espíritu Santo con la Virgen, es el verdadero acontecimiento que dio «vuelta» el mundo, tu vida y la mía, la de millones y millones de personas. Las cosas grandes de la historia de la humanidad, en realidad, pasaron desapercibidas para los poderosos de este mundo que les gusta mucho más el «show» que otra cosa. Dios eligió «hacerse el distraído» y entrar en este mundo por la puerta de «atrás», como para no figurar, como para no ser visto, como para ser uno más, sin dejar de ser lo que era y meterse en nuestros corazones.

Demasiada alegría junta, la alegría de una adolescente sencilla y desconocida, que recibió la noticia de que iba a ser la Madre de Dios. Una gran locura. La venida de Dios al mundo, el anuncio de la concepción de Jesús en el vientre de María, como decimos siempre, por obra y gracia del Espíritu Santo, es para alegrarse siempre. Jesús también fue un niño en el vientre de su madre. También creció silenciosamente hasta nacer como cualquiera de nosotros. Por eso hoy también rezamos por todos los niños por nacer, por todos los niños que están «custodiados» por sus madres en sus vientres. Pero especialmente recemos por todos los niños por nacer que sufren el «terror» del aborto que amenaza sus vidas, para que sus madres tomen conciencia del don que llevan en sus vientres y jamás recurran a una aparente solución que puede arruinar una vida para siempre, incluso la de ellas mismas. Para el caso, María también vivió un embarazo «no deseado», podríamos decirlo en lenguaje actual. Ella no tenía pensado quedar embarazada, y mucho menos de ese modo. Sin embargo, supo abrirse al misterio de la vida, supo aceptar lo que en principio no entendía ni quería. Supo querer y aceptar la invitación como voluntad de Dios y amar la vida desde el momento de su misteriosa concepción hasta la muerte en la cruz. Por eso es lindo hoy que recemos por todas las madres que también, por diferentes circunstancias, viven un embarazo «no deseado», no buscado, para que abran sus corazones al don que llevan, al niño que milagrosamente llevan en sus vientres y que necesitan de ellas.

Algo del Evangelio de hoy nos muestra que, de punta a punta, desde el anuncio del Ángel a María hasta el anuncio de la Resurrección, Dios viene a darnos una alegría, Dios está con nosotros para alegrarse, no para preocuparnos y asustarnos. Una vida que nos vino a dar una alegría. Una vida que nos vino a dar vida. Un niño siempre puede transformarse en una alegría. Ser cristiano es alegrarse con esta alegría, alegrarse de que Dios se haya «metido» en nuestras vidas, de que nos haya sorprendido de esta manera. Ser cristiano es alegrarse porque María fue capaz de decir que sí, y gracias a Ella, el Hijo de Dios se metió en nuestra historia, para vivir como nosotros, para morir por nosotros y resucitar para nosotros. María es la mujer más inteligente y llena de amor de la historia, la más feliz de todas porque supo confiar y creer sin ver, aunque haya preguntado para saber cómo Dios se las iba a ingeniar para hacer semejante milagro. Nunca desconfió de las promesas de Dios y de sus planes. Para el que cree, siempre lo que Dios quiere es lo mejor. Creer hace bien, creer es de inteligentes, creer nos abre caminos nuevos y más seguros, creer nos llena el alma de felicidad, aunque nos dé un poco de miedo y vértigo. Seremos felices si aprendemos a creer y confiar sin ver, sin muchas pretensiones.

Que hoy María nos ayude a decirle con confianza a Dios Padre, pero por ahí con miedo, pero con confianza: «Sí, soy tu servidor.

Quiero ser tu servidora, que se cumpla todo lo que tenés pensado para mí». Que María despierte el corazón de tantas madres que, por equivocarse, hoy no quieren recibir una vida, que se sientan abrazadas y acompañadas por la misericordia de Jesús que siempre nos da una oportunidad.

¿Quién dijo que creer es de débiles e ingenuos? ¿Quién dijo alguna vez que tener fe es algo infantil o de poco inteligentes? ¿Lo escuchaste alguna vez? Son puras palabras y tentaciones. Creer como María, confiando sin entender tanto, es el verdadero camino de la felicidad. Y vos, ¿qué preferís?

Solemnidad de San José

Solemnidad de San José

By administrador on 19 marzo, 2021

Lucas 2, 41-51a

Sus padres iban todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua.

Cuando el niño cumplió doce años, subieron como de costumbre, y acabada la fiesta, María y José regresaron, pero Jesús permaneció en Jerusalén sin que ellos se dieran cuenta. Creyendo que estaba en la caravana, caminaron todo un día y después comenzaron a buscarlo entre los parientes y conocidos. Como no lo encontraron, volvieron a Jerusalén en busca de él.

Al tercer día, lo hallaron en el Templo en medio de los doctores de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Y todos los que lo oían estaban asombrados de su inteligencia y sus respuestas.

Al verlo, sus padres quedaron maravillados y su madre le dijo: «Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Piensa que tu padre y yo te buscábamos angustiados».

Jesús les respondió: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?» Ellos no entendieron lo que les decía.

El regresó con sus padres a Nazaret y vivía sujeto a ellos.

Palabra del Señor

Comentario

Hoy es la solemnidad de san José, el esposo de la Virgen María. San José tuvo el inmenso privilegio de ser elegido para ser padre de Jesús, tener al niño en sus brazos, de hablarle cara a cara, de corazón a corazón al Hijo de Dios. No lo dice explícitamente la Palabra de Dios, ¿pero tenés alguna duda de que fue así, de que fue un padre con todas las letras? Hay muchísimas cosas que la Palabra de Dios no dice, pero que no quiere decir que no hayan pasado. No es necesario a veces decir o contar las obviedades.

¡Qué maravilla debe haber sido la relación entre ellos: Jesús y José, José y Jesús, María y José, José y María! San José siempre aparece, en la Palabra de Dios, siendo fiel a la Palabra de Dios, a lo que Dios le pedía. San José nunca quiso brillar, nunca quiso sobresalir; todo lo contrario, le gustó siempre el silencio y el anonimato. Tanto que no hay palabras suyas en los evangelios, solo acciones, solo gestos, su propia vida. En realidad, habló, habló mucho, pero habló con sus acciones, con su vida.

¿Podés creer que una persona sobre la cual no conocemos palabra salida de su boca sea el santo más grande de todos los santos? ¡Qué increíble, qué gran enseñanza para vos y para mí! Y nosotros que a veces nos desvivimos por hablar, por hablar, por decir, por escribir, por esto y por lo otro, y sin embargo, lo que más nos ayudará, lo que más transformará, lo que más convencerá será nuestra propia vida; lo que hicimos, en definitiva. De ahí esa frase tan conocida que dice: «El único evangelio que escucharán predicar algunos es tu propia vida». En un mundo que se desvive por figurar, por publicar, por «postear», por intentar que otros se enteren de lo que hace, por pedir seguidores, por poner «me gusta» para que todos se den cuenta de lo que estamos haciendo; en una Iglesia en la que a veces también, sin querer, se cae en ese deseo desmedido, desordenado, de ser «tenidos en cuenta», incluso evangelizando, san José nos enseña el camino del silencio y del anonimato.

¿Qué es lo que recordás de las personas que te marcaron en tu vida: palabras o gestos y acciones? Seguro que recordás alguna frase por ahí, seguro algo lindo, pero lo que más te quedó, ¿qué es? ¿Qué crees que va a recordar de vos tu hijo, tu hija, tu alumno, tus amigos? Pensalo. ¿Qué crees que recordarán? Nuestros hijos nos «observan mucho más de lo que nos escuchan». Jesús seguro que observó a José mucho más que escucharlo o lo escuchó y también lo observó. Pero, en realidad, podríamos decir que el observar también es una forma de escuchar y cuando lo que se observa condice con lo que se escucha, queda grabado a fuego en el corazón.

José debe haber hablado muy poco y seguramente nunca dijo algo que después no confirmó con su vida. A nosotros a veces nos pasa lo contrario, podemos machacar con palabras lo que después no podemos sostener con nuestra propia vida y entonces lo que decimos jamás queda en el corazón de los otros. Conviene entonces siempre empezar al revés, vivir y después, si es necesario, hablar. «Predica con tu vida y, si es necesario, con palabras», decía san Francisco de Asís a sus hermanos.

¡Qué maravilla es imaginar a Jesús disfrutando de la presencia de su padre en la tierra! ¡Qué maravilla debe haber sido ver a Jesús aprendiendo no tanto de los grandes «discursos» de José, sino de su obediencia cotidiana a la Palabra de Dios! Eso es lo que tenemos que aprender cada día más, en nuestras familias, en nuestros grupos, en nuestras comunidades, en la Iglesia. Dejar de hablar tanto y vivir más el evangelio, interpretarlo, rumiarlo, sí saborearlo y llevarlo a la práctica mucho más. Dejar de decir lo que «todo el mundo tiene que hacer» y nosotros no hacer nada por ser santos. Dejar de solucionar todos los problemas del mundo o pretender hacerlo con nuestras palabras, mientras no somos capaces de dar la vida cuando es necesario hacerlo.

Aprendamos del silencio y de la obediencia de san José.

Aprendamos que de nosotros quedará más lo que hicimos que lo que hablamos, que «el amor está más en las obras que en las palabras», como decía san Ignacio. Dios tiene sed de que tengamos sed de él, y amándolo, amemos a los demás. No tiene sed de que le hablemos mucho, debe estar cansado de tanta palabrería. Tiene sed de que lo amemos con nuestra propia vida.

Algo del Evangelio de hoy, sin decirlo, es una muestra más de que María y José aprendieron día a día a ser obedientes a la Palabra de Dios, a las palabras de Jesús, aun sin comprender completamente lo que pasaba. Eso nos pasa en momentos límites, pero deberíamos aprender a vivirlo cada día, en cada situación. Me acuerdo esa mujer, que me vino a ver, que estaba viviendo sus últimos momentos en la tierra, que ya se estaba dando cuenta que la vida se le apagaba poco a poco. Me decía algo así cuando le preguntaba qué sentía en esos momentos… Me decía: «Estoy dispuesta a lo que Dios disponga. A Dios no se le discute, él sabe cuál es el momento oportuno». ¡Qué gratificante! ¡Qué lindo escuchar algo así! Seguro que José pensó lo mismo. ¡Qué lindo que es cuando todo lo que predicamos en la Iglesia, lo que predicamos cada día los sacerdotes, vos y yo, de golpe se pone en evidencia en una vida concreta, en una persona que lo dice y lo hace!

A san José me lo imagino así, me lo imagino un hombre de paz, de corazón sencillo, un hombre firme, fuerte, pero humilde y sincero, con un corazón gigante como para amar a María y a Jesús, pero abierto siempre al misterio, a la incomprensión, al silencio, a la confianza total. Que en este día tan especial su intercesión nos alcance lo que Dios quiera regalarnos y su santidad nos impulse a desear a hacer siempre la voluntad de nuestro Padre.

III Sábado de Cuaresma

III Sábado de Cuaresma

By administrador on 13 marzo, 2021

Lucas 18, 9-14

Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola:

«Dos hombres subieron al Templo para orar; uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba así: “Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas”.

En cambio, el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!”

Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado».

Palabra del Señor

Comentario

Podemos pasarnos la vida intentando «comerciar» con Dios, queriendo recibir algo y, al mismo tiempo, estar perdiéndonos todo lo que tiene para darnos gratuitamente, más allá de nuestras entregas. Hay cristianos que se enojan con Dios cuando no reciben lo que querían o pensaban que tenían que recibir. Hay cristianos que se pasan la vida pensando que deben «rendirle cuentas» a Dios, porque en definitiva no confían en su amor, no nos damos cuenta que nuestro Padre nos ama más allá de lo que hayamos hecho, sea bueno o sea malo. Después deberemos cambiar, pero primero hay que darnos cuenta. No podemos pensar que Dios es como un banquero que está en el cielo «negociando» con sus hijos para ver quién produce más, para ver a quién ama más según lo que hace o deja de hacer. Menos mal que Dios no es como a veces nosotros pensamos.

Dios es Padre, pero de una manera que no podemos imaginar, de un modo que ningún padre de la tierra podría igualar. Nuestras ideas sobre lo que es la paternidad se acercan un poco a lo que realmente es, pero siempre es menos, muchísimo menos de lo que realmente es. Si Dios no es comerciante, ¿por qué nosotros a veces nos empecinamos en intentar hacer «tratos con él»? Se ve que lo llevamos como adherido al corazón, se ve que nos manejamos así en el mundo y eso sin querer lo trasladamos a nuestra relación con él. Pidamos en este fin de semana, en este sábado, que Jesús expulse definitivamente de nuestro templo-corazón todas las actitudes y pensamientos comerciales que llevamos dentro y que no nos dejan descubrir a un Dios Padre providente siempre, pase lo que pase, hagamos lo que hagamos, y que eso, más que ayudarnos a relajarnos, nos impulsa a amarlo más.

Justamente hoy el Señor en Algo del Evangelio nos quiere mostrar que nuestra relación con él no se trata de hacer cosas simplemente, porque claramente el fariseo que había hecho mucho no salió justificado según la Palabra; en cambio, el que parecía más lejano y lleno de miseria, el publicano, salió justificado, o sea, salió santificado.

La actitud del publicano que está lejos, es la actitud del que se siente débil, pecador, del que se siente necesitado de salvación; y la actitud del fariseo que está de pie, es todo lo contrario, porque se siente justo, se siente mejor que los demás y da gracias porque «no es como los demás». Y por eso no es una cuestión de qué lugar ocupamos en el templo. Puedo estar en el primer asiento sintiéndome un gran pecador y por lo tanto necesitado de mi buen Dios, que es lo que me hace ir hasta ahí, o puedo ser sacerdote y estar muy cerca del altar pero en el fondo estar lejos de Dios; mi corazón puede estar lejos del Padre, porque soy soberbio y pienso que soy más que los demás. En definitiva, no importa el lugar, importa la actitud.

Vamos entonces a lo esencial de la escena de hoy: Jesús se refiere a aquellos que se tenían por justos y despreciaban a los demás. Y de eso es de lo que tenemos que tener siempre cuidado, reflexionar si nosotros en alguna forma de pensar, de sentir, de actuar o de mirar a los demás, no nos creemos un poco más justos y despreciamos a los otros. En el fondo, es esa actitud la que nos aleja de Dios. Cuando nos sentimos capaces de juzgar y pensar que somos diferentes y eso nos ponga en un lugar distinto –incluso agradecer que soy distinto a los demás y llegar a decir: «Gracias, Señor, porque me libraste de esto o de lo otro»–, y por eso miro a los demás de reojo, desde arriba; cuando caemos en esa actitud de soberbia, es cuanto más lejos estamos de Dios y no nos iremos «justificados» en nuestra oración por más que nosotros creamos que sí.

La oración que brota del fondo de nuestro corazón no es creernos diferentes a los demás, sino más bien pedirle al Señor que nos ayude a reconocernos como lo que realmente somos y no tener que mostrarnos ante él con caretas, escondiéndonos o fingiendo.

¿A veces no nos pasa que nos creemos como una élite dentro de la Iglesia? Como la élite de los que estamos más cerca y «menos mal que somos nosotros, menos mal que Dios nos eligió a nosotros». Hay que tener mucho cuidado de no caer en esta soberbia tan sutil que se puede meter en el corazón de los supuestamente «más creyentes», incluso de los que aparentemente estamos más cerca, estamos al pie y «de pie» al lado de Dios.

Mejor es salir justificado de la oración, porque el que se humilla será ensalzado. El que se reconoce cómo es, a eso se refiere Jesús, ese será ensalzado. Humillarse es reconocerse con la verdad. «La humildad es la verdad», decía santa Teresa de Jesús, y por eso aquel que se pone frente a Dios sin miedo a mostrarse tal como es y por esa pequeñez que reconoce en él, pide perdón y se arrodilla también como en una actitud interior. Ese es el que realmente saldrá de la presencia de Dios, como él quiere que salgamos y no como nosotros creemos que tenemos que salir.

Pidamos esta gracia en este sábado. Aprovechemos para pedirle a la Palabra que produzca este fruto en nosotros: frutos de humildad, que es lo que realmente nos ayuda a vivir como el Señor quiere.

III Jueves de Cuaresma

III Jueves de Cuaresma

By administrador on 11 marzo, 2021

Lucas 11, 14-23

Jesús estaba expulsando a un demonio que era mudo. Apenas salió el demonio, el mudo empezó a hablar. La muchedumbre quedó admirada, pero algunos de ellos decían: «Este expulsa a los demonios por el poder de Belzebul, el Príncipe de los demonios». Otros, para ponerlo a prueba, exigían de él un signo que viniera del cielo.

Jesús, que conocía sus pensamientos, les dijo: «Un reino donde hay luchas internas va a la ruina y sus casas caen una sobre otra. Si Satanás lucha contra sí mismo, ¿cómo podrá subsistir su reino? Porque -como ustedes dicen- yo expulso a los demonios con el poder de Belzebul. Si yo expulso a los demonios con el poder de Belzebul, ¿con qué poder los expulsan los discípulos de ustedes? Por eso, ustedes los tendrán a ellos como jueces. Pero si yo expulso a los demonios con la fuerza del dedo de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes.

Cuando un hombre fuerte y bien armado hace guardia en su palacio, todas sus posesiones están seguras, pero si viene otro más fuerte que él y lo domina, le quita el arma en la que confiaba y reparte sus bienes.

El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama».

Palabra del Señor

Comentario

Podríamos decir que nuestro templo-corazón tiene muchas veces un estilo un poco comerciante, que también se manifiesta en nuestro modo de vivir y de ser; no solo individualmente, sino comunitariamente, incluso eclesialmente. Ese estilo mundano es con el cual debemos luchar hasta el fin de nuestro paso por la tierra. Jesús en un momento dijo esto: «Ustedes son del mundo, pero no son de este mundo». Eso quiere decir que vivimos en este mundo pero no debemos tener la mentalidad de este mundo, por lo menos debemos evitar esa forma de pensar y actuar que se contradice con el Evangelio, con la Palabra de Dios. El papa Francisco la llamaba «la mundanidad espiritual». Sería ese estilo mundano que se nos pega en el interior del corazón, como lo hace la humedad en las paredes. ¡Es triste, muy triste! Por lo menos me pasa a mí, cuando dentro de la Iglesia hacemos de la evangelización un comercio.

Y con esto no me refiero a lo monetario únicamente, a lo económico, sino al modo de hacerlo o el modo como intentamos a veces generar recursos para la misma evangelización. Es triste cuando incluso debemos «pagar» para entrar a nuestros templos. ¿Dónde está la Iglesia pobre para los pobres que el mismo Jesús desea? Es triste cuando generamos actividades, retiros o lo que sea al que solo pueden ingresar o asistir aquellos que pueden pagar. Una cosa es aportar lo que uno siente en su corazón y otra cosa es aportar lo que me exigen sin ningún tipo de concesión. Es triste cuando uno entra a una secretaría parroquial y hay «tarifas» de aportes voluntarios para recibir un sacramento. Todavía sigue pasando eso en nuestra Iglesia. Y uno piensa: si es voluntario y libre, ¿por qué se pone una tarifa?

Uno a veces piensa si es verdad que confiamos en la providencia divina. Uno se pregunta si es verdad que confiamos en que nunca nos faltará nada para vivir y mucho menos para evangelizar. ¡Cuánto nos falta a todos para comprender y vivir esta enseñanza de Jesús, de que no podemos «convertir la casa de su Padre en una casa de comercio»!

Algo del Evangelio de hoy tiene que ver con lo que nos pasa, muchas veces a vos y a mí, y termina por agobiarnos, haciéndonos caer en un pesimismo, a veces insoportable. ¿Qué cosa? Por ejemplo, el vivir pensando en lo que nos falta; vivir viendo la parte del vaso vacío, lo que debería ser y no es, lo que me pasó, me afectó y no puedo cambiar; vivir sin considerar lo que tenemos y esperando solamente lo que vendrá. Vivir así es ver parte de la verdad de la vida, pero no es toda la verdad.

Hoy estamos cansados de escuchar parte de la verdad, verdades a medias, verdades que no son verdades porque son «ideologías» y, cuando una ideología quiere ser la única verdad, termina por matar a la Verdad. Somos capaces de matar por nuestra supuesta verdad, incluso en nombre de la Verdad. Estamos cansados porque cada uno tiene su verdad o, mejor dicho, cada uno cree que la suya es la única verdad y pocos se animan a abrazar una verdad un poco más amplia y trascendente.

¿Sabés qué es lo que pasa o, por lo menos, qué es lo que me parece que pasa en el mundo y, por qué no, dentro de la Iglesia? Pasa que Jesús es relegado, olvidado y muchas veces por los que deberían recordarlo más, mucho más. Jesús no entra en esas discusiones interminables, en donde todos quieren tener la razón, en donde el dinero manda, en donde la lógica del poder termina triunfando por sobre los intereses comunes. Todos hablan de sus verdades, pero se olvidan de una Verdad mucho más verdadera, valga la redundancia, de Jesús, que es Camino, Verdad y Vida. Alguno me dirá: «Pero… ¿Qué tiene que ver el mundo con Jesús, con las discusiones del mundo?» Tiene mucho que ver, por lo menos para nosotros los cristianos, que sin querer a veces «separamos» demasiado las cosas del mundo con nuestra fe y nos olvidamos que nuestra fe es sal y luz en este mundo dividido por las discordias, por las medias verdades que se hacen ideologías.

En Algo del Evangelio de hoy se ponen de manifiesto los «pesimistas de siempre», los «mala onda» –como se dice–, que buscan siempre «el pelo en la leche», la «quinta pata al gato», porque las ideas les nublan el corazón. La ideología no permite a veces ver la realidad. Estos hombres, en vez de reconocer el bien que Jesús hacía, son capaces de decir semejante barbaridad, que Jesús hacía el bien con el poder del demonio. Algo absurdo, como lo que nos toca ver cada día. No solo no veían la parte llena del vaso, sino que imaginaban algo malo, veían siempre lo malo. Seamos cristianos, dejemos de dividir y de buscar lo malo en lo bueno, o de ver solo lo malo cuando hay mucho de bueno. Seamos verdaderos discípulos de Jesús. Saltemos «las grietas» para descubrir que del otro lado hay hermanos, no enemigos. Del otro lado hay gente buena también, solo que se dejan ganar a veces por sus ideas, como de este lado también.

III Lunes de Cuaresma

III Lunes de Cuaresma

By administrador on 8 marzo, 2021

Lucas 4, 24-30

Cuando Jesús llegó a Nazaret, dijo a la multitud en la sinagoga:

«Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó a todo el país. Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón.

También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio».

Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo. Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.

Palabra del Señor

Comentario

«Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio». Buen lunes, buen comienzo de semana. ¡A levantarse! A tener cada día más deseos de escuchar las infinitas enseñanzas que tiene la Palabra de Dios, para transformar nuestro corazón, que si no lo transforma, es porque no estamos escuchando bien. Por eso quise retomar el Evangelio de ayer: «Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio». Saquemos las cosas de nuestro corazón que nos impiden tener con Dios una relación de hijos en libertad o, mejor dicho, dejemos que en esta semana Jesús expulse de nuestra vida –como lo hizo en el templo en aquel tiempo– todas las cosas que hacen de nuestra relación con él un comercio.

Me gustaría que profundicemos juntos, en estos días, el gesto y las palabras de Jesús al expulsar a los vendedores del templo en el Evangelio de ayer. No es una escena más, no es un simple enojo de Jesús, no es una catequesis para «aprender a enojarse bien» o para justificar –como hacen algunos– nuestros enojos, como a algunos les gusta interpretarla.

Hoy podríamos decir que la casa del Padre de Jesús somos nosotros mismos, la Iglesia, porque el templo de Dios ya no es únicamente el templo que construye una comunidad cristiana y que necesitamos tanto como referencia de su presencia, sino que, viéndolo más profundamente, el templo que se convierte en un comercio puede ser nuestro propio corazón.

Una vez alguien me escribía algo así: «¿Por qué, si la Palabra del Señor es bien clara, se hacen ventas dentro de las Iglesias?» El gesto de Jesús no se refiere al hecho de poder vender o no cosas dentro del templo o cerca de él, aunque obviamente debemos reconocer que hay muchos abusos –y no es lindo cuando pasa eso–, ya que en muchos lugares de nuestro mundo católico hay templos que, más que templos, parecen negocios de «merchandising» religioso. Pero ese es otro tema. Jesús expulsa a los vendedores que lucraban con la necesidad espiritual de la gente, especialmente la de los pobres, y, entre otras cosas, para enseñarnos a nosotros mismos a que evitemos relacionarnos con nuestro Padre con actitud de comerciantes. Desde que vino Jesús al mundo, a nuestras vidas, eso ya no es necesario. Vamos a continuar con este tema.

Desde Algo del Evangelio de hoy nos pueden surgir algunas preguntas que muchas veces no nos ponemos a analizar en profundidad y tienen que ver con lo que le pasó al mismísimo Jesús, en carne propia, al rechazo de sus más cercanos y conocidos: ¿Por qué ningún profeta es bien recibido en su tierra?, ¿por qué Jesús fue rechazado en su tierra, en su lugar?, ¿por qué a nosotros nos pasa a veces lo mismo en nuestras familias –donde nos conocen–, con nuestros amigos? ¿Por qué esta gente se enfureció tanto con Jesús al escuchar sus palabras? ¿Qué se esconde detrás de esta actitud de rechazo ante lo conocido que, aparentemente, no me puede decir nada de Dios? ¿Por qué no alcanzan ni siquiera los milagros cuando se está entre los nuestros? ¿Por qué no alcanza con el cambio que produjo en tu vida Jesús, y es real, para que los más cercanos a vos y a mí se convenzan de que Dios se manifiesta en lo cotidiano, en lo sencillo de nuestras vidas?

Es un tema muy inquietante, que muchas veces nos puede carcomer el corazón. Vos por ahí sos uno de esos que recibió la alegría de ser salvado por Jesús y que ahora esparce su fragancia por todos lados, pero sin embargo con tu propia familia no podés; tu misma familia parece ser un murallón inquebrantable. ¿Te pasó alguna vez? «Ningún profeta es bien recibido en su propia tierra», y vos y yo somos profetas por el bautismo. Si estamos unidos a Jesús, hablamos en su Nombre. Eso es ser profetas. Incluso nos pasa al revés, nosotros también alguna vez rechazamos la voz de Dios que se nos manifestó por medio de alguien cercano. Seguramente debemos reconocer que nos pasó, no es fácil.

¿Qué es lo que pasa entonces? Justamente pasa que no comprendemos esto, nos pasa que no comprendemos que Dios habita en nuestros corazones y puede hablarnos a través de cualquiera, por más que no sea de mi agrado. Nos pasa por no entender que Dios, que es grande, habla por medio de lo humano, de lo pequeño; por no entender que a Dios no lo podemos entender, valga la redundancia, sino que lo tenemos que aceptar como es y que el único que nos enseña cómo es, justamente, es él mismo.

Hoy Jesús no se dejó matar, siguió su camino, aunque no lo entendieron y aunque lo quisieron matar. Así vamos nosotros por la vida, intentando seguir nuestro camino, el de Jesús, aunque nos quieran matar y hacer callar nuestra voz, simplemente porque no nos entienden o porque algunos no quieren escuchar lo evidente, simplemente porque no comprenden que Dios pueda hablar en cada templo-corazón y que, por hacer de su relación con nosotros un comercio, nos perdemos la gratuidad de su amor, que se nos «aparece» por todos lados, incluso por medio de aquellos que nos cuesta querer.

No te enojes si te rechazan dentro de tu ámbito más querido; a Jesús también le pasó, es parte de la lógica del Evangelio. No seas como los que rechazaron a Jesús por ser conocido, por ser tan «normal». Intentá siempre escuchar la voz de Dios que se manifiesta a través de todos, especialmente de los más cercanos.

II Sábado de Cuaresma

II Sábado de Cuaresma

By administrador on 6 marzo, 2021

Lucas 15, 1-3, 11b-32

Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos».

Jesús les dijo entonces esta parábola: «Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte de herencia que me corresponde.” Y el padre les repartió sus bienes.

Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa.

Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones. Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos. Él hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Entonces recapacitó y dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre! “Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: “Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros”.

Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó.

El joven le dijo: “Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus servidores: “Traigan enseguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado.” Y comenzó la fiesta.

El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza. Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó qué significaba eso.

Él le respondió: “Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo”.

Él se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara, pero él le respondió: “Hace tantos años que te sirvo, sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!”

Pero el padre le dijo: “Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado”».

Palabra del Señor

Comentario

Para terminar esta semana, en este sábado, recordemos…recordemos el Evangelio del domingo pasado, las transfiguraciones, las manifestaciones de Jesús en nuestra vida, de su amor, de su misericordia, de su perdón, de su abrazo, de su consuelo. ¡No perdamos la memoria!, porque si perdemos la memoria, el corazón se hace más chiquitito todavía de lo que es. ¡Y qué manera de terminar esta segunda semana de Cuaresma!, tratando de recordar con esta gran parábola la gran misericordia de nuestro Padre, la incomprensible misericordia a veces de nuestro Padre. Si miramos para atrás, dan ganas de repasar todos los Evangelios de la semana, porque en realidad fue uno mejor que el otro –pero aunque no es bueno decir eso porque todos son buenos–, pero Algo del Evangelio de hoy es muy especial.

Es poco el tiempo que nos queda para comentar esta gran parábola. ¡Es una pena! No se puede decir tanto en tan poco tiempo. Lo que sí se puede, lo que sí podemos es volver a escucharla una y mil veces y pedirle a Jesús que nos ayude a reconocer en este relato –que es «el corazón del Evangelio»– justamente el corazón de un Padre que nos sorprende tanto, que destruye toda la lógica humana de lo que nosotros consideramos justo. Ya estarás, me imagino, sacando tus propias conclusiones; ya habrás estado pensando algo mientras escuchabas este relato de Jesús.

Te pregunto, y me pregunto también, para hacer una especie de propuesta para hoy: ¿Cuál es tu primera sensación al escuchar esta parábola? ¿Cuál es tu primera sensación al escuchar esto que ya escuchaste seguramente tantas veces? Antes de pensar y reflexionar, ¿cómo es posible algo así?, ¿qué sentimiento te aflora en el corazón? Es verdad que es bueno pensar, pero también es verdad que es bueno sentir o dejar que las cosas nos pasen por el corazón y reconocer eso que sentimos para poder leer entre líneas. Hay que aprender a leer lo que sentimos en nuestros sentimientos. ¡No hay que despreciarlos!

Por ejemplo, hago algunas preguntas para ayudarnos: ¿Te enoja que este Padre sea tan bueno que hasta parece que no es muy inteligente? ¿Te enojás, como se enojó el hijo mayor? ¿Te sorprendés, como el hijo menor ante tanto amor? ¿Te quedás sin palabras, como se quedó él al confesar su culpa? ¿Entrarías a la fiesta del hijo menor, del perdonado o te quedarías mirando desde afuera con bronca, sin querer entrar (que no sabemos realmente qué pasó)? ¿Entrarías a la fiesta como el hijo menor a disfrutar del perdón como lo disfruta ese Padre? ¿Qué haríamos nosotros si nos pasara lo mismo, en nuestra propia familia? Pensá en tus hijos. ¿Qué harías si fueses padre o si sos madre y tus hijos viven esta situación, si te pasara lo mismo con uno de tus hijos o hijas? ¿Qué harías si hubieses despilfarrado los bienes de tu padre? ¿Volverías? ¿Con qué cara volverías a hablar con tu padre? ¿Volverías o te quedarías entre los chanchos y el barro eternamente? ¿Te pasó eso alguna vez? ¿Cuál sería tu reacción al ver que un hermano tuyo vuelve a casa a reconocer su pecado: bronca, alegría, envidia, enojo? ¿Te alegrarías al ver que tu padre o tu madre lo reciben casi como un rey?

¿Qué dirías si te digo que el Padre del Cielo, el Padre de Jesús, tu Padre y mi Padre, el Padre de todos, de buenos y malos, vive para darnos su perdón y nosotros a veces no nos damos cuenta, ya sea porque nos llevamos lo que no es nuestro y lo gastamos – desperdiciando su amor -, ya sea porque teniendo todo lo que él nos ha dado nunca pudimos disfrutarlo? ¿No será que vivimos en nuestra propia galaxia de egoísmo y hasta le queremos enseñar a Dios cómo se es buen Dios? ¿No será bueno pedir en esta Cuaresma poder llegar a la Pascua para disfrutar de la fiesta que el Padre nos tiene preparada a todos, esa que nos quiere hacer a nosotros, que a veces nos empeñamos en arruinar?

Sé que llené de preguntas el audio.

Bueno, por ahí alguna te ayude a reconocer que en esa primera sensación o sentimiento, que reconociste al principio, podés encontrar la voz de Dios que algo te quiere decir, algo te quiere mostrar, algo te quiere enseñar, algo nos quiere perdonar, de algo nos quiere sanar.