Topic: Marcos

I Sábado durante el año

I Sábado durante el año

By administrador on 16 enero, 2021

Marcos 2,13-17

Jesús salió nuevamente a la orilla del mar; toda la gente acudía allí, y él les enseñaba. Al pasar vio a Leví, hijo de Alfeo, sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: «Sígueme.» El se levantó y lo siguió.

Mientras Jesús estaba comiendo en su casa, muchos publicanos y pecadores se sentaron a comer con él y sus discípulos; porque eran muchos los que lo seguían. Los escribas del grupo de los fariseos, al ver que comía con pecadores y publicanos, decían a los discípulos: «¿Por qué come con publicanos y pecadores?»

Jesús, que había oído, les dijo: «No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.»

Palabra del Señor

Comentario

«No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores». Buen sábado. Espero que empieces un lindo sábado, un sábado en el que también vos y yo podemos volver a escuchar la Palabra de Dios. Podemos volver a escuchar el mensaje de salvación que Jesús nos quiere dar a cada uno de nosotros, a esta humanidad herida, a esta humanidad enferma, de la que vos y yo también participamos. Por eso, qué lindo es empezar este sábado escuchando una vez más esta frase, que nos tiene que calar en el corazón, nos tiene que llenar de gozo y de esperanza: «No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos». ¿Vos y yo cuándo vamos al médico? ¿Cuándo acudimos a aquel que creemos que nos puede sanar? Cuando estamos enfermos claramente. Y de hecho, muchas veces por ahí nos arrepentimos de no haber ido antes al médico cuando nos sentíamos bien, para hacernos un chequeo, para ver si estábamos sanos, y a veces la enfermedad avanzó. Pero finalmente lo claro es esto, que vamos al médico, tarde o temprano, cuando estamos enfermos.

Bueno, qué bueno es volver a escuchar que Jesús vino para sanar las enfermedades de nuestras almas, de nuestros corazones, que están heridas por el pecado, que están heridas porque hemos nacido fallados de fábrica. Somos productos que hemos venido con alguna falla en el corazón. Nos cuesta amar, nos cuesta inclinarnos hacía el bien cada momento, cada día, en cada instante. Y por eso es una lucha interior constante, para liberarnos definitivamente de aquello que nos ata, de aquello que no nos deja ser lo que Dios soñó para nosotros. Por eso, Algo del evangelio de hoy, una vez más, siempre es una buena noticia.

Algo del Evangelio de hoy nos muestra que Jesús salió nuevamente a la orilla del mar. Todo una imagen de lo que hace su presencia en este mundo, en este mundo que es como el mar: una gran inmensidad, una gran masa de agua, llena de dificultades, llena de misterios, de situaciones que a veces no nos dejan estar en paz. Bueno, Jesús se acercó a la orilla del mar, de tu vida y de la mía. Jesús se acercó a la orilla del mar de la humanidad. Por eso toda la gente acudía allí y él les enseñaba. Así es Jesús. Vino fundamentalmente a que podamos escucharlo, que podamos aprender de lo que él nos quiere decir, que podamos aprender a amar, que veamos realmente cómo se es Hijo de Dios, cómo se vive para ser Hijo de Dios.

Nosotros, vos y yo, no siempre nos equivocamos porque somos malos; no siempre tomamos caminos errados porque queremos tener mala intención o queremos hacer el mal a los demás, sino que muchas veces erramos el camino por necios, por no saber escuchar, por creernos que nuestro camino era el mejor, por confiar excesivamente en nuestra inteligencia, en nuestro modo de pensar. Y por eso, qué bueno es volver a escuchar que Jesús nos enseña ahora, a vos y a mí, mientras estamos escuchando su Palabra, y cada día nos enseña. Cuántas son las personas que escriben Algo del evangelio para decir: «Padre, ahora veo las cosas de otra manera. La Palabra de Dios me abrió el corazón y me abrió la mente. Ahora pienso de otra manera». Bueno, a eso tenemos que tender, tenemos que seguir aprendiendo, cada día más. No bajes los brazos, no pienses que ya está, no te creas que ya sabes todo. Una vez más tenemos que volver a decirle al Señor: «Enseñá, seguí hablándome al corazón. Lo necesito porque mi corazón se desvía fácilmente».

Otra cosa linda del evangelio de hoy es que Jesús en medio de esa multitud llamó a Leví, vio pasar a Leví. Nos ve pasar, a vos y a mí, en medio de la multitud pero nos llama personalmente, nos llama al corazón, nos grita al corazón y nos dice: «Seguíme, dejá eso que estás haciendo. Dejá de meterte tanto en las cosas de este mundo que te aturden y no te dejan vivir en paz. Seguíme, no me importa lo que hayas hecho, no me importa tu pasado.

Yo te quiero hacer santo, yo quiero que me sigas para que realmente puedas hacer algo importante en esta vida; y no importante para este mundo, sino importante para mí». Vos y yo también somos Leví. Vos y yo también a veces estamos en la mesa de recaudación de impuestos buscando nuestra propia voluntad, nuestro propio interés, buscando ser alguien para los demás, buscando llenarnos de cosas. Por eso, dejemos todo hoy y sigámoslo, como hizo Leví, que se levantó y lo siguió. Y junto con él, arrastró a otros enfermos, porque Leví, vos y yo también estamos enfermos, enfermos de nuestras propias búsquedas, de nuestros proyectos que nos atan, de nuestros pensamientos, de nuestros pecados, de nuestras debilidades. Y por eso, cuando los demás ven que nosotros podemos cambiar, bueno, finalmente los demás también se animan a cambiar. Y por eso lo criticaban a Jesús y por eso lo seguirán criticando, porque él sigue haciendo lo mismo, sigue llamándonos, sigue sanando a los enfermos –que somos vos y yo–, sigue siendo el médico de nuestra vida. ¡Qué buena noticia! ¡Qué gracia tan grande hemos recibido!

No desaprovechemos esta llamada, y una vez más dejemos lo que estamos haciendo y sigamos a Jesús, que es lo mejor que nos puede pasar en esta vida.

I Jueves durante el año

I Jueves durante el año

By administrador on 14 enero, 2021

Marcos 1, 40-45

Se acercó a Jesús un leproso para pedirle ayuda y, cayendo de rodillas, le dijo: «Si quieres, puedes purificarme». Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Lo quiero, queda purificado.» En seguida la lepra desapareció y quedó purificado.

Jesús lo despidió, advirtiéndole severamente: «No le digas nada a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio».

Sin embargo, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo, divulgando lo sucedido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que debía quedarse afuera, en lugares desiertos. Y acudían a Él de todas partes.

Palabra del Señor

Comentario

Ser humildes es reconocer, como lo hizo Juan el Bautista, que hay alguien “más poderoso” que nosotros, es reconocer que el verdadero poder, pasa por otro lado, y no por alimentar el ego que quiere dominarnos a cada instante, en cada decisión. Así lo experimentó Juan, el más humilde de los hombres nacidos de mujer, el hombre ubicado, el hombre que la “tenía bien clara”. El orgullo y la soberbia de la vida y de nuestro corazón nos hacen creer que cuanto más nos imponemos ante los demás, cuanto más aparentemente nos escuchan, cuanto más nos felicitan, cuanto más nos siguen, cuanto más nos “dan la razón” más plenos y felices nos sentiremos. Sin embargo, todo eso son “espejitos de colores” como se dice, es puro engaño, es tentación de la creatura más mentirosa y orgullosa que existe, del demonio. El verdadero poder está en poder cambiar uno mismo con humildad.

¿Experimentaste alguna vez la linda sensación de lograr cambiar algo importante en tu vida, de proponerte dejar de lado algo y lograrlo, de ponerte una meta sencilla y alcanzarla, de abandonar una actitud, un pensamiento, un sentimiento y reemplazarlo por otro? No es imposible, hay que querer y pedir, se puede cambiar y creer, se puede creer que es posible cambiar. Si todos creyéramos que es posible dejar de lado el egoísmo, la avaricia, la pereza, la soberbia y todo lo que nos aísla de los demás, este mundo tan lindo, sería mucho más lindo todavía.

Pero hay un primer paso que debemos dar antes de proponernos cambiar. Cambiamos en la medida en que nos damos cuenta de que tenemos algo para cambiar. Mientras tanto andamos en la ignorancia. Mientras tanto no nos damos cuenta. Por eso el primer paso del que quiere cambiar algo de su vida, es darse cuenta de que tiene algo para cambiar, de que le falta algo, de que tiene alguna debilidad, de que tiene algo para mejorar, en el fondo es ser humildes.

¿Vos y yo crees que tenemos algo para cambiar? ¿Vos y yo tenemos algo en lo que podemos volver a confiar para poder cambiar? Por mi parte muchas cosas, muchísimas. Todos deberíamos hacer el camino de reconocimiento de que alguna lepra llevamos impregnada en nuestros corazones, lepras que incluso fuimos alimentando nosotros con nuestras propias decisiones que nos hicieron alejarno de los demás.

Te propongo que hoy nos quedemos, con algo lindo del evangelio. La desobediencia del leproso. Este hombre es un grande, para mí es un grande. Además, si uno se pone a pensar, la petición de Jesús, aunque tenía un sentido profundo y de eso algo hablamos ayer, en realidad es casi una ironía, por decirlo de alguna manera, es un imposible. ¿Cómo Jesús va a pretender que ese hombre después de ser curado de semejante enfermedad se quede callado como si nada hubiese pasado? Imposible. Casi imposible. Por eso para mí es unas de esas desobediencias que uno se animaría a llamarle “desobediencia piadosa”. La desobediencia “piadosa” del leproso es casi una consecuencia lógica de alguien que se siente amado, de alguien que recibe un don tan grande. ¿Cómo es posible callar después de recibir semejante alegría? Las alegrías son para contarlas, las alegrías no son completas si no se comparten, si no se cuentan. Además, ese hombre curado, aunque hubiese obedecido, jamás hubiese podido ocultar su curación, se la hubiera notado sin que lo diga.

Es lo que nos pasa cuando Jesús pasa por nuestra vida y nos cura, nos sana, nos libera de algo, no purifica. Es imposible que los demás no se den cuenta, es más, no hace falta ni decirlo, porque nos cambia la cara, ya nadie nos ve igual.

Por eso animémonos a decirle a Jesús: “«Si quieres, puedes purificarme» Si querés Jesús sacame eso que tanto me molesta, liberame de eso que tanto me oprime. No te busco solo por eso, pero lo necesito para estar mejor, para amarte mejor, para amar mejor a los demás. Si querés, te lo pido casi con temor, con humildad. Si querés, si es tu voluntad, si considerás que es mejor para mi vida, lo recibo con alegría” Que hoy se nos conceda la gracia que necesitamos, que podamos escuchar de labios de Jesús: «Lo quiero, quedas purificado.» Lo quiero, quiero purificarte y quitarte esa lepra que deforma tu corazón y no te deja vivir en paz. Si él nos lo concede, no nos quedará otro camino que el de la “desobediencia piadosa”, imitar la desobediencia del leproso curado, y salir a contarle a todo el mundo, a todos los que nos conocen, de que Jesús nos devolvió la alegría y que las alegrías son para divulgarlas.

I Miércoles durante el año

I Miércoles durante el año

By administrador on 13 enero, 2021

Marcos 1, 29-39

Jesús fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron de inmediato. Él se acercó, la tomó de la mano y la hizo levantar.

Entonces ella no tuvo más fiebre y se puso a servirlos.

Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados, y la ciudad entera se reunió delante de la puerta. Jesús sanó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios; pero a estos no los dejaba hablar, porque sabían quién era Él.

Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando. Simón salió a buscarlo con sus compañeros, y cuando lo encontraron, le dijeron: «Todos te andan buscando».

Él les respondió: «Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido». Y fue predicando en las sinagogas de toda la Galilea y expulsando demonios.

Palabra del Señor

Comentario

No se cambia de un día para el otro, por más que queramos, por más “poderosos” que nos creamos. Los grandes hombres de la historia, los santos, fueron “poderosos” pero porque en realidad se dejaron transformar y cambiar por el poder de Jesús. Ese es el verdadero poder. Todo lo demás, todo lo que nos propone este mundo como seducción, es poder barnizado, poder que termina destruyendo y dejándonos vacíos.

No se cambia automáticamente, no se cambia por decreto, ni se cambia únicamente por una decisión personal. Cambiar es también una gracia que debemos pedir todos los días. Ni voluntarismo poderoso, ni gracia pura sin nuestra libertad, sino que es gracia unida a nuestra decisión, gracia que impulsa nuestras decisiones y las acompaña. Por eso Jesús es más poderoso que nosotros, porque Él logra lo que nosotros no podemos lograr con nuestras fuerzas y lo logra con la fuerza que le viene del amor. El verdadero poder de Jesús, que se puso de manifiesto en su bautismo, es su humildad, y su humildad está arraigada en su sentirse amado por su Padre, predilecto. El verdadero poder, que va a contramano de todos los poderes de este mundo, es la humildad. Solo el humilde es poderoso, solo el humilde puede cambiar desde lo profundo del corazón.

La Palabra de Dios es una de las herramientas que nos dejó Jesús para ir transformando nuestro corazón, para ir aprendiendo a ser humildes. Todas las palabras de Jesús que necesitamos para vivir según sus enseñanzas, todas las palabras y gestos que necesitamos para conocerlo, quedaron para siempre en los evangelios. No tenemos que buscar nada más, no necesitamos más que eso. Obviamente que no está mal dejarse ayudar por otros libros, por otros autores, por diferentes espiritualidades, pero si falta la Palabra de Dios, falta lo más grande.

En Algo del Evangelio de hoy escuchamos una síntesis de un día de la vida de Jesús. Bastante movidito, con un poco de todo. Pero me quería detener hoy en una frase muy significativa de Simón cuando lo encuentra a Jesús que se había ido a orar bien temprano: «Todos te andan buscando». Sin ponerte a pensar la respuesta real que dio Jesús, ¿Qué hubieses esperado que responda? Por ahí algo lógico, que podríamos imaginar es que Jesús haya dicho: “Bueno, ahí voy, que me esperen” Como queriendo complacer la necesidad de todos. Algo que nos encantaría. Sin embargo, Jesús no toma ese reclamo, sino que contesta otra cosa totalmente distinta: «Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido». Nada que ver, diríamos nosotros. Lo buscan por una cosa y Él se termina yendo para otro lado.

Ahora, una linda pregunta que podríamos hacernos es… ¿Para qué lo buscaban en realidad? ¿Qué querían de Él? Evidentemente si su “fama se había extendido por toda la región” por los exorcismos que hacía, las curaciones, seguramente la gente necesitaba y buscaba ser sanada, curada, liberada. Pero lo curioso es que a Jesús no parece interesarle mucho esto, o por lo menos está en segundo plano. No quiere que los demonios digan quien es y no atiende los reclamos de todos los que lo buscan para ser curados. Jesús en realidad quiere que lo escuchen, quiere predicar. “Vayamos a otra parte, a predicar…” Enseñaba y enseña de una manera nueva, de corazón y viviendo lo que enseñaba.

El evangelio hoy se hace carne también de esta manera, con sus luces y sombras. ¿Para qué buscamos a Jesús? ¿Para escucharlo o para pedirle cosas que tiene que ver con nuestras necesidades básicas, trabajo, salud, progreso? Muchos andan buscando a Jesús, pero no muchos son los que lo buscan por amor y para amarlo. Vos y yo… ¿Para qué lo buscamos? ¿Qué pretendemos de él? Mucha gente que no está cerca de la Iglesia me sorprende con actitudes muy del evangelio, con más profundidad de la que tenemos los que estamos cerca. Muchas veces la gente que más lejana parece estar de la Iglesia y que en realidad más dolorida anda por la vida, pueden ser las personas que más nos ayuden a descubrir las verdaderas motivaciones por las cuáles nos acercamos a Él. Los que se acercan poco cuando se acercan se pueden acercar mejor con nosotros, con intenciones más puras. ¿Qué necesitamos de Jesús? ¿No será que el también necesita de nuestro amor, que en el fondo se juega por la escucha, por nuestra capacidad de escucharlo? Para rezar y pensar, eso te propongo que hagamos juntos hoy.

I Martes durante el año

I Martes durante el año

By administrador on 12 enero, 2021

Marcos 1, 21-28

Jesús entró a Cafarnaún, y cuando llegó el sábado, Jesús fue a la sinagoga y comenzó a enseñar. Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.

Y había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios».

Pero Jesús lo increpó, diciendo: «Cállate y sal de este hombre». El espíritu impuro lo sacudió violentamente y, dando un gran alarido, salió de ese hombre.

Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: « ¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los espíritus impuros, y estos le obedecen!» Y su fama se extendió rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea.

Palabra del Señor

Comentario

¡Qué mal usamos a veces la palabra poder! O también podríamos decir que mal usamos el poder que todos tenemos. Está tan embarrada esa palabra que pareciera que tener poder no es tan bueno, y, sin embargo, en el verdadero sentido de la palabra, todos tenemos “algo de poder” y no tenemos que tener miedo a decirlo. Ser hombres es tener libertad y tener libertad es tener un gran poder en nuestras manos. Vuelvo a decir, ¡Qué mal usamos a veces la palabra poder! Incluso la usamos mal para hablar del mismo Dios, de Jesús. Sin embargo, el evangelio del domingo decía: “Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo…” Juan Bautista también tenía poder, como vos y yo. Todos tenemos poder, pero Jesús es más poderoso que nosotros… esa es la cuestión. Ahora… ¿Qué es tener poder? ¿Qué es el poder? ¿Qué significa tener poder? ¿Qué hizo Juan Bautista con su poder? ¿Qué hizo Jesús con su poder? ¿No será que el poder tiene más que ver con el poder cambiar uno mismo? Intentaremos seguir reflexionando sobre esto en estos días.

¡Cómo cuesta cambiar ciertas cosas en nuestra vida! ¡Cómo cuesta cambiar cuando nos damos cuenta que es necesario cambiar, que es necesario hacer un esfuerzo para ser distintos, para amar! Acordate que amar es cambiar sin dejar de ser lo que somos, pero no se ama sin hacer un esfuerzo y todo esfuerzo implica un cambio, de lugar, de pensamiento, de actitud, de sentir! Amar es también ir descubriendo quienes somos, es ir conociéndonos más, conociendo nuestra vocación, nuestra misión, el sentido de nuestra vida. Ayer escuchábamos que Jesús llamaba a unos pescadores, para transformarlos en pescadores de hombres, para ayudarlos a que se den cuenta que estaban hechos para cosas más grandes. Pero eso lo fueron descubriendo poco a poco, en la medida que se dejaron amar por Jesús, en la medida en que fueron aprendiendo de Él, a medida que se fueron conociendo, con sus limitaciones y capacidades.

Es bueno que cada uno vaya pensando y rezando, de la mano de Algo del Evangelio, qué cambios podemos hacer en nuestra vida. Qué cambios están al alcance de nuestras manos. A veces no son grandes cosas, te diría que es todo lo contrario, muchas veces los grandes cambios empiezan con cosas muy sencillas y silenciosas, pero cuestan mucho porque a veces no las vemos. A veces es “desacelerar”, otras veces será “bajar un cambio”, muchas veces orientar el rumbo desviado, por ahí será volver a encontrar el rumbo perdido, otras será dejar de hacer ciertas cosas, de pensarlas, de taparlas, quien sabe, mil maneras, mil formas de cambiar para creer. ¿Cambiar por cambiar? No, cambiar y creer, cambiar para encontrar el Reino de Dios que está entre nosotros y no lo vemos. Creer que Jesús vino a inaugurar una etapa nueva de la historia, de nuestra vida, como aparece claramente en el evangelio de hoy.

La primera acción concreta de Jesús es la de expulsar un demonio. Es verdad que dice que Jesús enseñaba, enseñaba de una forma distinta, con autoridad, o sea, haciendo lo que decía, no como nosotros que a veces enseñamos lo que no hacemos. Pero detengámonos en la autoridad de Jesús para vencer al malo, al maligno. No hay que olvidarse de esto, no podemos pasar de largo en el evangelio esto. Jesús vino a vencer al maligno, y lo hizo claramente: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros?» Sí, Jesús vino a acabar con el malo en este mundo y lo que nos hace mal. El demonio es un mentiroso, pero a Jesús no le puede mentir. El demonio habla en plural, pero Jesús le habla en singular: «Cállate y sal de este hombre». Jesús lo descubre. Lo vence con la verdad, el demonio nos quiere vencer con la mentira. ¡Qué linda noticia! Jesús vino a “acabar” con el padre de la mentira. No hay porqué temer, no tenemos que temer. No hay que negar su existencia y su insistencia en alejarnos de Jesús, pero no hay que darle más entidad de la que tiene, Jesús vino a acabar con el demonio, vino a vencerlo para que nosotros aprendamos a vencerlo con la verdad.

Un cambio que está al alcance de nuestras manos, de nuestra decisión, es salir de la mentira dejando que Jesús la eche con su Palabra. No dejarnos engañar por el demonio que siempre prefiere mentirnos y mantenernos en la mentira. La verdad espanta al demonio, la verdad lo aleja. No porque estemos poseídos, eso es raro, sino porque muchas veces no enfrentamos nuestra propia verdad, la verdad de nuestra vida, la tapamos, la ocultamos, la pateamos y por eso andamos así, como se dice, a los ponchazos.

I Lunes durante el año

I Lunes durante el año

By administrador on 11 enero, 2021

Marcos 1, 14-20

Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: «El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia».

Mientras iba por la orilla del mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que echaban las redes en el agua, porque eran pescadores. Jesús les dijo: «Síganme, y Yo los haré pescadores de hombres». Inmediatamente, ellos dejaron sus redes y lo siguieron.

Y avanzando un poco, vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban también en su barca arreglando las redes. En seguida los llamó, y ellos, dejando en la barca a su padre Zebedeo con los jornaleros, lo siguieron.

Palabra del Señor

Comentario

Buen día, espero que empieces una linda semana escuchando más a Jesús, todos juntos escuchando más a Jesús; cada uno desde su lugar, cada uno desde su situación, desde su vocación. Eso no importa tanto, lo importante es que todos escuchemos cada día la Palabra de Dios y escuchándolo a Él podamos conocerlo y amarlo más; y amándolo más colaboremos un poco, cada uno desde su lugar a hacer un mundo algo mejor, con más caridad, con más paz.

Como decíamos ayer, empezamos un tiempo distinto, también un tiempo distinto en el que nos acompañará otro evangelio durante la semana y también los domingos (salvo en algunas excepciones). Empezamos hoy a leer y escuchar el evangelio de Marcos.

Y las primeras palabras de Jesús son éstas: «El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia». Conviértanse en realidad viene de la palabra griega “metanoia” que significa “cambio de mentalidad”; Jesús nos invita al cambio, al cambio profundo y no al cambio por afuera, a hacernos una “chapa y pintura”. Hay que cambiar de mentalidad para reconocer el Reino de Dios que está cerca; hay que cambiar el corazón y la mente para reconocer la humildad de un niño nacido en un pesebre bien pobre; hay que cambiar la manera de pensar sobre cómo es Dios y cómo lo esperamos ver, a veces para darnos cuenta de que Dios es omnipotente pero mucho más sencillo de lo que pensamos; no es solo una cambio moral, de nuestros comportamientos (cosa que es necesaria) es también muy necesario cambiar nuestra mentalidad sobre cómo miramos la realidad, la nuestra y la que nos rodea. Entonces podemos preguntarnos ¿Qué es primero, cambiar las actitudes o la mentalidad? Es difícil decirlo, casi como decir qué es primero, el huevo o la gallina. Pero lo que sí podemos decir es que “convertirse” para la Palabra de Dios, primero no significa ser bueno, portarse bien, ser perfecto y no equivocarse; como muchas veces nos enseñaron o aprendimos.

Convertirse significa animarse a cambiar nuestras estructuras mentales que se transforman en barreras, para que después pueda penetrar el evangelio, para poder después aceptar los modos de ser de Dios, su manera de amar y de enseñarnos a amar. Porque Dios muchas veces termina siendo muy ilógico según nuestro modo de ver las cosas; o dicho de otra manera, la lógica de Jesús termina chocando con nuestra pobre lógica que muchas veces pretende ser la verdadera sin aceptar la de Dios. Cambiar quiere decir aceptar antes que nada que la lógica de Dios, su amor, muchas veces es ilógico para nosotros y eso nos cuesta aceptarlo.

Cambiar es lo más difícil de nuestra fe. Cambiar implica una gran violencia interior. Quiere decir que tenemos que doblegar muchas cosas que sin darnos cuenta nos dominan. Por ejemplo: Podemos pasarnos la vida diciendo que creemos, que amamos a Jesús, que esto y que lo otro; pero cuando viene el dolor en nuestra vida, cuando nos toca la puerta el sufrimiento propio o ajeno, somos capaces de tirar todo por el balcón porque no comprendemos que pueden pasar algunas cosas, porque pretendíamos algo distinto de Dios. A todos nos puede pasar. Por eso aprovechemos hoy para pedir la fe verdadera, no la que yo me fabriqué sin querer. Nadie está exento de enojarse o de no comprender a Dios, es muy humano y a veces necesario para reconocer en serio qué significa creer. Pero mientras tanto no esperemos que nos pase. Convertirse es cambiar, cambiar es difícil, cambiar es salir de la comodidad para creer en un Dios que también cambió por nosotros.

Jesús nos llama, como a Pedro, Andrés, Santiago y Juan. Ellos se dejaron atrapar por lo distinto, por un Jesús que seguramente los cautivó, si no, no hubiesen dejado todo así nomás. Se dejaron convertir el corazón y creyeron. Después junto a Él fueron aprendiendo y conociéndolo verdaderamente. No lo conocieron solo ese día, sino durante toda su vida. Nosotros podemos andar en la misma. Pidamos saber cambiar para creer y creer para poder cambiar.

Pidamos sentirnos llamados por Jesús que pasa por la orilla de nuestras vidas, nos ve trabajando, nos ve “estando en la nuestra” y nos vuelve a decir: “Seguime”. Animate a creer en un Dios que es distinto a lo que vos crees, animate a creer en un Dios que te invita a veces a lo inesperado, a lo sorpresivo, a lo que nos conduce a lo desconocido; pero que finalmente nos dará la verdadera alegría, la verdadera luz que necesitamos en nuestras vidas.

Fiesta del Bautismo del Señor

Fiesta del Bautismo del Señor

By administrador on 10 enero, 2021

Marcos 1, 7-11

Juan predicaba, diciendo:

«Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo.»

En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma; y una voz desde el cielo dijo: «Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección.»

Palabra del Señor

Comentario

Con la fiesta de hoy, la del bautismo de Jesús, dejamos atrás el tiempo de navidad para comenzar un nuevo tiempo de la Iglesia, un tiempo litúrgico distinto, el más largo del año, llamado tiempo común o tiempo ordinario. Ya pasaron los días en los que intentamos profundizar el misterio de un Dios que se hizo ternura, se hizo niño, para que nos “encariñáramos” con Él. Ya pasaron los días del nacimiento, de la familia de Nazaret, de su manifestación a los sabios de oriente, de la epifanía. Con la fiesta de hoy empieza la llamada “vida pública” de Jesús, empieza su ministerio, su servicio hacia toda la humanidad, empieza a gestarse lentamente el porqué de su venida al mundo, el para qué de su vida entre nosotros.

Nada de lo que eligió vivir Jesús fue en vano, fue sin sentido, fue simplemente una anécdota más para contar. Nada de lo que está relatado en los evangelios es superficial, está demás, no vale la pena. Al contrario, todo está perfectamente, por decir así, pensado por Dios para nuestra alegría y salvación. Jesús no hizo las cosas para que “parezca” que era necesario, que era importante, sino porqué fue necesario e importante. Así debemos leer y escuchar el evangelio, así debemos recibir las palabras que nos fueron transmitidas, no como palabras de hombres, sino como lo que son, palabras de Dios. Cuando sentimos y vivimos las cosas así, cada detalle, cada palabra se vuelve alimento, de transforma en vida, nos puede llenar el corazón que parece insaciable. De la misma manera que para los enamorados todo se vuelve “excusa” para amarse, para encontrarse, para sentirse cercanos.

Dicho esto, Algo del Evangelio de hoy parece llevarnos por el rumbo de preguntarnos sobre la necesidad del porqué del bautismo de Jesús. ¿Para qué? ¿Qué sentido tuvo y porqué lo hizo? Si no tenía pecado y nunca lo tendría… ¿Era necesario?

Jesús se hizo bautizar haciendo “la fila” como cualquier otro. Algo extraño. Se acercó a Juan el Bautista para ser bautizado como si fuera un pecador más. Todavía nadie lo conocía, sin embargo, Él se hizo conocer en medio de su pueblo, compartiendo la debilidad de todos. ¿Cómo iba a ser posible que nos encariñáramos con alguien lejano, con alguien distinto, con alguien que no se identificara realmente con nosotros?

Tenemos un Dios un poco “loco”, dicho con amor, en realidad loco por amor, loco de amor, un Dios que hace lo que “no le corresponde” por amor a nosotros. Porque en definitiva el verdadero amor “hace” eso, hace lo que está más allá de lo necesario, lo que aparentemente no corresponde, para acercarse al que puede sentirse menos y teme el ser amado. Por eso el bautismo de Jesús, aunque en cierto sentido no era necesario, por el lado del amor si era necesario, y como Dios es amor, era realmente necesario. ¿Cuántas veces en tu vida hiciste cosas por los demás, por tus hijos, por tus más queridos, cosas que no eran necesarias aparentemente, pero el amor que brotó de tu corazón, las transformó en necesarias, el amor te hizo hacerlas y nunca te arrepentiste? ¿Cuántas veces hiciste cosas para que otro no se sienta menos, para que los otros se sientan amados, aunque en principio no te correspondían? Bueno, algo similar podemos pensarlo de Jesús, con la inmensa diferencia que Él siendo Dios se hizo hombre, y siendo hombre, fue uno de “tantos”.

Jesús se solidarizó con cada uno de nosotros por amor. Se sumergió en las aguas del río Jordán, se dejó “mojar” por las aguas impuras por el pecado de los hombres. Cargó sobre sí los pecados de todo el mundo y ese día empezó su camino hacia la cruz, su camino de obediencia al Padre.
Decimos que Jesús es la Palabra del Padre a los hombres, bueno… la primera palabra de la Palabra, no es una palabra, es un gesto, un gesto de humildad. El poder de Dios se manifiesta, como siempre, en la humildad, en el despojo, en la destrucción de la soberbia, del egoísmo, del poder mundano. La humildad de Dios quiere ablandarnos el corazón para mostrarnos el camino que tarde o temprano debemos hacer todos, por más arriba que nos creamos.

El que nos salvó fue humilde. El que nos perdona es humilde. El que se entrega cada día en la Eucaristía por nosotros, es humilde. La humildad es su virtud, es su fuerza, es su poder.

Aprendamos de Jesús que “hizo la fila” como cualquier otro hombre. Aprendamos a ser y comportarnos como hijos amados de Dios, pero hijos humildes de Dios-Padre, que sienten y viven, no con autosuficiencia, sino, sabiendo que todo se recibe de Él, que el camino es la humildad.

Para vivir como hijos, hay que saberse y sentirse hijo. Qué lindo que cada uno pueda hoy escuchar en su corazón las mismas palabras que dijo el Padre al abrirse el cielo cuando Jesús fue bautizado: “Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección.” ¿Te sentís amado por el Padre, elegido, predilecto? Entonces… vivamos como hijos, vivamos como el Hijo, siendo humildes.

Feria de Navidad

Feria de Navidad

By administrador on 9 enero, 2021

Marcos 6, 45-52

Después que los cinco mil hombres se saciaron, en seguida, Jesús obligó a sus discípulos a que subieran a la barca y lo precedieran en la otra orilla, hacia Betsaida, mientras él despedía a la multitud. Una vez que los despidió, se retiró a la montaña para orar.

Al caer la tarde, la barca estaba en medio del mar y él permanecía solo en tierra. Al ver que remaban muy penosamente, porque tenían viento en contra, cerca de la madrugada fue hacia ellos caminando sobre el mar, e hizo como si pasara de largo.

Ellos, al verlo caminar sobre el mar, pensaron que era un fantasma y se pusieron a gritar, porque todos lo habían visto y estaban sobresaltados. Pero él les habló enseguida y les dijo: «Tranquilícense, soy yo; no teman.» Luego subió a la barca con ellos y el viento se calmó.

Así llegaron al colmo de su estupor, porque no habían comprendido el milagro de los panes y su mente estaba enceguecida.

Palabra del Señor

Comentario

Ya estamos llegando al final del tiempo de Navidad, este tiempo tan lindo en el que intentamos descubrir y admirarnos del Dios con nosotros, de ese niño que nació para darnos todo, por amor. En breve empezaremos el tiempo llamado ordinario, el tiempo común de la Iglesia; donde empezaremos a meditar la vida pública de Jesús.

La Iglesia nos regala hoy un evangelio para meditar qué es lo que el Señor nos quiere enseñar, contemplar un poco el modo de actuar del Señor para poder llevarlo a nuestra vida. Si uno se pone a pensar, en la palabra de Dios, no hay relatados muchos episodios en donde se muestra a Jesús navegando con sus discípulos en el mar -por decir así- descansando, contemplando la naturaleza; donde diga que los discípulos estaban remando y que Jesús estaba con ellos disfrutando. Y uno puede pensar “¿Será que no pasó nunca? ¿O pasó y no está contado?”. Yo creo que es lindo pensar que sí pasó, en tres años de vida pública junto con sus discípulos habrá habido un montón de momentos en los que seguramente disfrutaron de estar en el Mar de Galilea navegando; aunque siempre lo hicieron mientras Jesús iba de acá para allá trabajando, pero ¿y entonces por qué no está contado?

Porque en el Evangelio están contados los episodios de la vida de Jesús que nos quieren ayudar a experimentar y asimilar la salvación de Dios, a experimentar la salvación de Jesús que viene a traernos; por eso están contados estos momentos en los cuales el Señor aparece como para tranquilizar, aparece en momentos de tormenta. Él aparece en momentos en los que los discípulos están remando. Entonces por un lado hay que pensar eso, que la vida no es siempre esto, la vida no es siempre penosa, o remar y remar y no sentir a Jesús; pero, por otro lado, tenemos que pensar que está contado justamente para tranquilizarnos y ayudarnos en los momentos en los que sí nos pasa eso, porque parte de nuestra vida es así.

Y bueno, pensemos tres cosas de Algo del Evangelio de hoy:

Primero ver como Jesús obliga a los discípulos a mandarse solos, Jesús los obliga a que se adelanten, Él a veces “nos obliga a andar solos” aunque siempre estamos acompañados con otros hermanos, con otros discípulos, nos manda solos al mar de este mundo para que aprendamos también a manejarnos, para que aprendamos también a remar, a remar contra el viento en contra que tenemos, pero sabiendo que nunca deja de estar a nuestro lado, aunque parezca, aunque no lo sintamos.

Y esto es lo segundo, este mundo muchas veces se nos vuelve en contra, tantas cosas que se nos vuelven en contra, nuestras propias debilidades, nuestros propios pecados que arrastramos y parece que remamos y remamos y no avanzamos, las mismas cosas del mundo que se nos presentan como atrayentes y nos hacen pensar que es lo más fácil, nuestra propia familia, nuestros propios dolores, los propios problemas, la falta de salud, de trabajo… Tantas cosas que se nos vuelven en contra. Bueno, muchas veces tenemos que remar en contra, y se nos vuelve muy difícil y penoso; y eso nos pasa a todos, no estamos solos, aunque pensamos que estamos solos en la barca, siempre estamos con alguien. Jesús mandó a los discípulos en grupo, siempre tenés a alguien para ayudarte a remar, siempre tenés a alguien en tu familia, siempre tenés algún amigo, siempre tenés un sacerdote conocido, siempre tenés alguien que podés mirar y que está remando con vos, no pienses que estás solo.

Jesús “nos obliga” a andar solos, a remar solos para que aprendamos, para que maduremos, pero en realidad siempre hay alguien con nosotros, fundamentalmente Él.

Y lo último; lo tercero, Jesús aparece solo, y sólo para calmarnos, sólo para tranquilizarnos, para hacernos perder el temor; Él se aleja, pero para que nos demos cuenta de que siempre está, de alguna manera se esconde, se hace como un fantasma, pero en el fondo Él siempre está.

“Tranquilícense soy yo, no temas.” Él está siempre. Mirá a tu alrededor, parece que cuando remás estás solo, pero levantá la cabeza que tenés a alguien que te quiere ayudar y por supuesto, que tenés a Jesús que se sube a la barca de nuestra vida, a la barca de la Iglesia, a la barca de lo que te está pasando para tranquilizarte. Si estás así, mirá a tu alrededor que vas a ver que siempre hay una posibilidad para pedir ayuda. Que el Señor hoy nos consuele, que nos ayude a seguir remando y nos ayude a seguir caminando en las dificultades de esta vida.

Feria de Navidad

Feria de Navidad

By administrador on 8 enero, 2021

Marcos 6, 34-44

Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato.

Como se había hecho tarde, sus discípulos se acercaron y le dijeron: «Este es un lugar desierto, y ya es muy tarde. Despide a la gente, para que vaya a las poblaciones cercanas a comprar algo para comer.»

El respondió: «Denles de comer ustedes mismos.»

Ellos le dijeron: «Habría que comprar pan por valor de doscientos denarios para dar de comer a todos.»

Jesús preguntó: «¿Cuántos panes tienen ustedes? Vayan a ver.»

Después de averiguarlo, dijeron: «Cinco panes y dos pescados.»

Él les ordenó que hicieran sentar a todos en grupos, sobre la hierba verde, y la gente se sentó en grupos de cien y de cincuenta.

Entonces él tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los fue entregando a sus discípulos para que los distribuyeran.

También repartió los dos pescados entre la gente.

Todos comieron hasta saciarse, y se recogieron doce canastas llenas de sobras de pan y de restos de pescado. Los que comieron eran cinco mil hombres.

Palabra del Señor

Comentario

Volver a mirar al cielo cada tanto, cuando empezamos a meditar la Palabra de Dios; volver a concentrarnos en lo que escuchamos, volver a tener un signo que nos ayude a rezar mejor, como una cruz, como una vela, como una imagen; muchas veces son como “condimentos” que nos hacen muy bien para poder rezar realmente con la Palabra de Dios. Eso es lo que buscamos: rezar, escuchar, poder dialogar, poder decirle algo a partir de esa Palabra que quedó para siempre en nuestras manos y en los corazones de cada creyente.

Por eso te propongo que, hoy escuchando el milagro de Jesús de la multiplicación de los panes, puedas hacer este ejercicio; volver a mirar al cielo, volver a mirar una imagen, volver a mirar de alguna manera algo que te ayude a transportarte a ese lugar.

En Algo del Evangelio de hoy hay un detalle importante que aparece también en otros milagros, y es que Jesús les pide a los discípulos de alguna manera que se hagan cargo: “Traigan ustedes los panes y denles de comer” “Denles de comer ustedes mismos”, que ellos mismos –los discípulos, nosotros– les demos de comer. En verdad Él sabía que no podían, sabía que para ellos era imposible, que ellos no van a multiplicar los panes, ni siquiera saben compartir lo que tienen; sin embargo, Jesús los anima a que ellos se hagan cargo de la situación.

Él se compadece de nosotros, de toda la humanidad y por eso vino a hacerse hombre, para saciarnos, para darnos el alimento que necesitamos para vivir y que es, justamente, Él mismo. Sin embargo, por otro lado, quiere que también nos hagamos cargo de la historia, quiere que nos hagamos cargo de la compasión que necesita el mundo y que muchas veces no hay quien pueda darla. Por eso les pide que pongan algo, nos pide que pongamos algo de nosotros, les pide que pongan los cinco panes y los dos pescados; es el milagro –de alguna manera– compartido y para compartir, es el milagro de la sobreabundancia de Jesús que al mismo tiempo necesita de la ayuda de los discípulos, necesita de vos y de mí para poder llegar a todos. Necesita de nosotros para alcanzar ese pan que saciará a miles y que sació a miles a lo largo de toda la historia.

Es el milagro del amor, es el milagro de cada Misa: un poco de pan y de vino; que se transforman en el Cuerpo y la Sangre de Jesús para todos. “Tomen y coman”; Jesús sigue alimentando en cada Misa a miles y miles en todas partes del mundo, en todo lugar. La Misa es de algún modo, la actualización de este milagro de la multiplicación de los panes; pero no solamente es el milagro de que se convierte en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, sino también es el milagro de Palabra que sale de la boca de Dios, en cada predicación, en cada testimonio y que después se transforma en miles corazones alcanzados.

Es el milagro que quiere hacer Jesús todos los días con nuestros cinco panes y dos pescados, con ese “poquito” que tenemos para poder hacer algo más grande. Por eso tu pizca de amor, tu poquito de voluntad para ayudar a otros a descubrir que sólo el amor verdadero, el amor de Jesús sacia el corazón del hombre; es lo que necesitamos poner para que Él haga lo demás. Y esto no es simplemente una poesía, es realidad. Jesús misteriosamente nos eligió a nosotros para multiplicar su cuerpo, para multiplicar su alimento, para multiplicarse Él mismo, pero a través de nosotros. Entonces preguntémonos hoy si nosotros vamos a poner nuestros cinco panes y dos pescados; o si nosotros hoy vamos a poner algo para poder hacer que esto llegue a otros, con nuestra propia vida, con nuestro aporte a la evangelización. La Palabra de Dios se multiplica y sacia a miles y miles de personas: a los que están cerca, a los que no están tan cerca; a los que están más o menos, a los que están alejados.

Dios quiera, y quiere, que hoy pongamos nuestros cinco panes y dos pescados para poder saciar el hambre de otros y que también nosotros seamos saciados, al alimentar a los demás.

II Domingo de adviento

II Domingo de adviento

By administrador on 6 diciembre, 2020

Marcos 1, 1-8

Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios.

Como está escrito en el libro del profeta Isaías: «Mira, yo envío a mi mensajero delante de ti para prepararte el camino. Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos,» así se presentó Juan el Bautista en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él, y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.

Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo: «Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo.»

Palabra del Señor

Comentario

A veces resulta difícil seguir el hilo de lo que, domingo a domingo, se nos va proponiendo para meditar. Parece casi imposible seguir el ritmo de lo que la palabra de Dios nos propone. Pero no hay que perder el ánimo. Esto no es un examen escolar, la idea no es intentar escuchar todo para “hacer” toda la tarea como quien tiene que cumplir. Sino que lo ideal es, escuchar y discernir, o sea distinguir qué es para mí y qué no. Qué es para mí en este momento y qué no, y no tanto un escuchar por escuchar. La Iglesia, especialmente los domingos y en los tiempos como adviento, nos ayuda a organizarnos, nos arma un esquema en el que pedagógicamente nos quiere llevar de la mano a un mismo fin, pero eso no quiere decir que todos lleguemos ahora y de la misma manera. Cada uno de nosotros está en momentos y situaciones especiales, cada uno de nosotros llega a este tiempo de modos y con vivencias distintas. No somos iguales y no tenemos porqué serlo. La propuesta es la misma para todos, pero la respuesta es tan diversa como tipos de oyentes la reciban.

La propuesta del adviento la presentamos la semana pasada. Un primer domingo para despertar, para estar en VELA, VIGILANTES, y hoy, en este segundo domingo, se nos propone el tema de la CONVERSIÓN. Por eso aparece la figura de Juan el Bautista, que no puede faltar en este tiempo. Él siempre aparece cuando hay que desaparecer, cuando hay que abrir puertas, pero para dejarlas abiertas y que nadie se quede ahí. ¿A quién se le ocurre quedarse en la puerta después de abrirla? ¿A quién se le ocurre abrir una puerta y quedarse ahí para taparla, para no dejar pasar a nadie?

Eso es Juan el Bautista para nosotros, para la historia de la salvación, para este adviento que empezamos. Es el que abrió la puerta para dar paso a Cristo y jamás se le ocurrió quedarse ahí para molestar, sino todo lo contrario, abrió para apartarse y que todos podamos pasar y estar con Jesús. «Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias» La conversión que se nos propone, es la conversión de la humildad, tanto para recibir la salvación como para ser canal de ella. Sin humildad no es posible recibir profundamente a Cristo en el corazón, y sin humildad es infecundo nuestro trabajo para llevar a Cristo a los demás.

Juan Bautista vivió las dos dimensiones de la humildad, la que recibe sin nada a cambio, la que recibe sabiendo que todo debe recibirlo, la que recibe sabiendo que lo grande viene de lo alto, y por otro lado, la humildad que da sabiendo que es necesario desaparecer, la que da reconociendo que viene algo mejor, la que da no creyéndose dueño de lo dado.

Para recibir a Jesús niño en esta navidad y todos los días, es indispensable seguir el camino de la humildad, convertirse día a día, cambiar de mentalidad a cada instante, cambiar nuestra manera de encarar las cosas, de planearlas, de soñarlas. Las grandezas de este mundo, las grandezas con las que se “agranda” nuestro corazón no se condicen con la grandeza de algo del evangelio de hoy y la que se nos propone en este adviento.

La segunda lectura de hoy dice algo muy fuerte y directo que nos ayuda reflexionar en esta línea: “El Señor no tarda en cumplir lo que ha prometido, como algunos se imaginan, sino que tiene paciencia con ustedes porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan.” Él nos quiere humildes, nos necesita humildes, por la sencilla razón de que es la mejor manera que se cumpla su voluntad acá en la tierra. No es un “aderezo” más al plan de salvación, sino que es la condición para que se dé la salvación. El que no se reconoce humilde y necesitado jamás deseará recibir algo distinto a lo que tiene. El que no se reconoce deseoso de conversión, de cambio, es el que no considera que la propuesta de Jesús es mucho más feliz y superadora que la nuestra.

Y, por otro lado, el que no es humilde para transmitir, no puede ser puente para que otros descubran a Jesús. El que no desaparece para dejar que aparezca el verdadero salvador, es el que sin querer se considera salvador de los otros. Vivimos esa paradoja. La maravilla de ser salvados y ser de alguna manera “salvadores” de otros, pero no por nosotros mismos, sino por el misterio del amor de Jesús que actúa en nosotros.

Que este segundo domingo de adviento nos ayude a darnos cuentas que sin Él no seríamos nada, que Él nos pide una vez más que cambiemos algo de nosotros para dejar que sea Él el salvador en tantos corazones que lo necesitan, sin olvidar que los primeros necesitados somos vos y yo.

I Domingo de Adviento

I Domingo de Adviento

By administrador on 29 noviembre, 2020

Marcos 13, 33-37

En aquél tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«Tengan cuidado y estén prevenidos, porque no saben cuándo llegará el momento. Será como un hombre que se va de viaje, deja su casa al cuidado de sus servidores, asigna a cada uno su tarea, y recomienda al portero que permanezca en vela.

Estén prevenidos, entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana. No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos.

Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: ¡Estén prevenidos!».

Palabra del Señor

Comentario

Empezamos a partir de hoy lo que se llama un nuevo año litúrgico, un nuevo año de la Iglesia. Quiero aclarar algunas cuestiones que creo que nos pueden ayudar a caminar, como se dice, «de la mano» de la Iglesia, o sea, de manera especial, dejándose guiar en estas semanas. El año de la Iglesia empieza con el tiempo de Adviento, uno de los tiempos llamados «fuertes», en los que especialmente nos concentramos, por decirlo así, en «temas» fundamentales de nuestra fe. Cada año nuestra madre la Iglesia busca que cada creyente pueda celebrar, revivir y llevar a su vida la misma vida de nuestro buen Jesús. El año litúrgico no es una especie de «repaso histórico» de la vida de Cristo, sino más bien es un introducirnos en su vida: conociendo, asimilando y amando todo lo que hizo y siendo conscientes de su obrar constante en el mundo, en nuestros corazones. No es un simple recuerdo, sino un pasado que afirma la fe, un presente que alegra y anima y un futuro que da esperanza.

Teniendo en cuenta esto, los signos nos hacen muy bien. Son como especie de mojones en nuestra vida espiritual. Por eso, no te olvides lo bien que hace que en tu casa puedas tener la tradicional Corona de Adviento que simboliza esta preparación espiritual, que simboliza cómo la luz de Cristo –que está presente en nuestras vidas– quiere ir encendiéndose lentamente en nuestros corazones para nacer otra vez en la Navidad, que se acerca. Por eso las cuatro velas: tres de color morado y una de color blanco.

También en estos días se puede ir desempolvando el pesebre, que tenemos guardado en nuestros hogares, para armarlo con nuestros hijos, con aquellos que podamos el ocho de diciembre, día de la Inmaculada Concepción.

Junto con Algo del Evangelio intentaremos seguir paso a paso lo que la Palabra de Dios nos va a ir proponiendo. Durante los domingos de este año corresponde que nos dejemos acompañar por el evangelio de san Marcos –salvo algunas excepciones–, se llama Ciclo B. Algo importante para empezar el Adviento no es únicamente, como se dice a veces, preparación para la Navidad, para celebrar y revivir la primera venida del Señor a la tierra, sino también es preparación para la definitiva y última venida de Jesús al final de los tiempos y un tomar consciencia de su presencia constante entre nosotros.

Por eso, es necesario respetar con paciencia las lecturas de estos domingos. A modo de resumen y para que las puedas comprender o puedas ir anticipándote a lo que vendrá, te muestro lo central de cada domingo hasta Navidad, con una palabra que resume el mensaje esencial y central. En este domingo el mensaje podríamos decir que es: «Estén prevenidos», o sea, es el llamado a la vigilancia, al estar vigilantes. En el segundo domingo la frase sería: «Preparen el camino del Señor». Se nos muestra la necesidad de convertirnos, convertir nuestro corazón. En el tercer domingo leeremos, escucharemos el evangelio de Juan: «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?». Y la invitación es de algún modo al testimonio, o sea, a mostrar con nuestra vida la presencia de Cristo. Y, finalmente, leyendo a Lucas en el cuarto domingo todo se concentra en el nacimiento: «Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús». Y la palabra clave podríamos decir que es anuncio, el anuncio de la venida del Salvador. Entonces sería algo así: VIGILANCIA, CONVERTIRSE, TESTIMONIO y ANUNCIO.

Quería que hoy nos centremos en esta imagen tan humana, tan nuestra y tan del Adviento: velar, vigilar. Venimos de alguna manera en estos últimos días hablando de esto, al final del año litúrgico: estar atentos, prevenidos. La Palabra, como siempre lo digo, no quiere darnos miedo, pero sí quiere despertarnos; que no seamos vigilantes dormidos ¿no?, como aquellos que están custodiando pero se duermen. ¿Despertarnos de qué?, nos podríamos preguntar.

¿Estamos dormidos o somnolientos? ¿Te acordás de Johnny, ese amigo tan querido que siempre me hacía lindos comentarios? Me dijo, me acuerdo, que él estaba despierto y era verdad, porque respondió todas preguntas. «Sí, estoy despierto Padre», me decía. El adviento es tiempo de «salir» del sueño en el que a veces andamos. Esa actitud tan humana de andar metidos en lo cotidiano, en el tener poco tiempo para el Señor, incluso poco tiempo para nosotros, para nuestra familia, para lo importante. Tenemos tiempo pero ocupado en miles de cosas que nos terminan «absorbiendo» y sumergiendo solo en el «hacer», y nuestros buenos deseos se van haciendo mediocres. ¿No te pasa eso alguna vez? ¿No es verdad que casi no tenemos tiempo para reflexionar? ¿No es verdad que tenemos muchas veces tiempo para divertirnos y no hacer «nada», pero no tenemos tiempo real para frenar y pensar o rezar y ver qué nos pasa en el corazón?

Para empezar este tiempo la Palabra de Dios nos da un fuerte grito: «Tengan cuidado y estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor». Despiértense, dense cuenta que Jesús está y que además algún día va a venir definitivamente, por decirlo así, y en serio. Ya está, pero todavía tiene que venir, aunque parezca contradictorio.

Estamos en un tiempo para que también descubramos que cada acontecimiento de la vida es como un gesto o una caricia que Dios nos da para llamarnos la atención y que no nos olvidemos de él, para hacernos acordar que llegará un día en el que nos dará un abrazo para siempre. ¡Qué lindo tiempo para frenar un poco, despertarse e ir escribiendo día a día en qué podemos percibir el amor de Dios! ¿Te animás a hacer este caminito?

Vamos a despertarnos, te lo propongo. Hagamos el esfuerzo. Despertémonos juntos escuchando siempre la Palabra, esa palabra que nos saca de nuestras comodidades y ocupaciones innecesarias. Vamos a despertarnos y pedir salir de una vez por todas de esos pecados o vicios que nos atan. Vamos a despertarnos en este Adviento y darnos cuenta que no vale la pena correr tanto a fin de año, porque no tiene sentido. Vamos a pedirle a Jesús que nos ayude a estar prevenidos, a no estar como tantos, únicamente comiendo y bebiendo, aunque es necesario para vivir.