Topic: Marcos

XXIX Domingo durante el año

XXIX Domingo durante el año

By administrador on 17 octubre, 2021

Marcos 10, 35-45

Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: «Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir».

Él les respondió: «¿Qué quieren que haga por ustedes?»

Ellos le dijeron: «Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria».

Jesús le dijo: «No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que Yo beberé y recibir el bautismo que Yo recibiré?»

«Podemos», le respondieron.

Entonces Jesús agregó: «Ustedes beberán el cáliz que Yo beberé y recibirán el mismo bautismo que Yo. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes han sido destinados».

Los otros diez, que habían oído a Santiago y a Juan, se indignaron contra ellos. Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que aquéllos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud».

Palabra del Señor

Comentario

Hoy domingo, el día del Señor como siempre es lindo pensar que tenemos que aprovechar para estar más con Él, con nuestra familia; para dedicar más tiempo a las cosas que nos alimentan el alma y nos hacen bien, y así, dejar de lado tantas cosas que a veces no nos dejan escuchar a Dios y escuchar a los demás.

Por eso con Algo del Evangelio de hoy, podemos intentar escuchar a Jesús más atentamente y fijarnos también en la actitud de los discípulos que nos enseña muchísimo.

Otra vez los discípulos están “desubicados”, como estamos viendo de hace ya varios domingos, están ubicados en otro lugar, no se dan cuenta dónde están. En realidad, no entienden mucho; no entienden casi nada. Jesús les venía hablando de su Pasión, les venía hablando hacía tiempo de entrega, de amor; y algunos –Juan y Santiago– están “cuchicheando” por atrás, buscando el modo de robarle un “puesto” a Jesús olvidándose de sus hermanos. Una actitud bastante egoísta, parecida a tantas realidades de nuestro mundo.

«No saben lo que piden», –les dijo Jesús – no tenían ni idea lo que estaban pidiendo. Pero bueno, por sus deseos de grandeza, mezclado con una pisca de ambición, son capaces de decir que sí a cualquier cosa, incluso a un sufrimiento futuro que no conocen; como tantas veces nos pasa a nosotros. Los deseos de grandezas humanas se mezclan con nuestro amor, y podemos cometer muchos errores.

Pero Jesús con mucha inteligencia no se los reprocha; pero evita decirles que sí antes de saber qué quieren. Él siempre tuvo la gran capacidad de sacar lo mejor a veces de cosas no tan puras. Les arranca un SÍ a ellos, antes de que ellos sepan a lo que se comprometen.

“Sí podemos” –dijeron ellos–, pensando que sabían; pero no sabían lo que significaba el “Bautismo” que Jesús iba a recibir, ni el “cáliz” que iba a beber; no sabían que Jesús se refería a su Pasión, no sabían que se estaban comprometiendo a sufrir por amor a Él.

Juan y Santiago dicen: “¡Podemos!”, con mucho entusiasmo; pero pensando en el “puesto” que deseaban y Jesús en realidad –y eso es lo más lindo– les tiene preparado el mejor puesto y el primer puesto, que será el dar la vida; ser los primeros en dar la vida.

Lo divertido, es que los otros diez también muestran la “hilacha”, como se dice, muestran su debilidad y se indignan. No soportan que dos se queden con todo y que sean los primeros. Son tan ambiciosos en realidad como ellos; son incapaces de comprender el corazón de Jesús que les hablaba de otra cosa más profunda.

Y acá está lo te propongo contemplar hoy: el corazón de Jesús; porque termina diciendo: «háganse servidores para tener autoridad».

¿Cuándo caeremos en la cuenta en la Iglesia, en nuestras comunidades, en nuestras familias también; de esta enseñanza del Evangelio? ¿Será posible que tantas veces lo pasemos por alto? ¿Será posible que no entendamos que la verdadera autoridad es la que se funda en el amor y en el servicio? ¿Que la verdadera autoridad no significa ser primeros en todo; sino ser primeros en amar? Jesús no está en contra de que seamos primeros, en que deseemos cosas grandes o nos destaquemos en lo que hacemos; sino que lo que no quiere es que usemos eso para creernos superiores y someter a los demás.

Si sos bueno en algo, usalo para servir, si te querés destacar en algo, no te destaques para que te digan que sos el primero; destacate para servir a los demás, para amar, en silencio.

Esto no hay que llevarlo al extremo para descubrirlo, se manifiesta en cada cosa que hacemos día a día, empezando por la familia.

Hoy intentemos servir y no sentarnos primeros a la mesa para que nos sirvan los demás; busquemos levantarnos primeros de la mesa, no para ir a ver una serie, sino para servir a los demás. La comida familiar puede ser una gran imagen de lo que le pasa a cada uno en el corazón: ¿Quién se sienta primero? ¿Quién se levanta primero? ¿Quién se sirve primero? ¿Quién empieza a comer primero? ¿Quién es el que está ahí esperando que le alcancen todo y quién es el que realmente quiere servir, quien no se quiere sentar en el medio para no pasar las cosas a todos…

Bueno, ojalá que en este día en el que estaremos seguramente con la familia, y con el Señor; nos demos cuenta de lo que hoy nos invita Jesús: a no desubicarnos. Si Jesús nos vino a servir; ¿Cómo nosotros pretendemos ser servidos y ser primeros en comodidad, buscando que nos sirvan a nosotros? Bueno, nuestro corazón es débil, pero al mismo tiempo Jesús nos llena de su gracia y de su amor para que podamos vivir esta enseñanza.

XXVIII Domingo durante el año

XXVIII Domingo durante el año

By administrador on 10 octubre, 2021

 

Marcos 10, 17-30

Jesús se puso en camino. Un hombre corrió hacia Él y, arrodillándose, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?»

Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno. Tú conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no perjudicarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre».

El hombre le respondió: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud».

Jesús lo miró con amor y le dijo: «Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme».

Él, al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes.

Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!»

Los discípulos se sorprendieron por estas palabras, pero Jesús continuó diciendo: «Hijos míos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios».

Los discípulos se asombraron aún más y se preguntaban unos a otros: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?»

Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: «Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para Él todo es posible».

Pedro le dijo: «Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido».

Jesús respondió: «Les aseguro que el que haya dejado casa, hermanos y hermanas, madre y padre, hijos o campos por mí y por la Buena Noticia, desde ahora, en este mundo, recibirá el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y campos, en medio de las persecuciones; y en el mundo futuro recibirá la Vida eterna».

Palabra del Señor

Comentario

Buen día, buen domingo. Creo que no hay mejor manera de empezar este día que este gran Evangelio, escuchando esta escena en la que se nos pueden plantear tantas cosas, tantas sensaciones y reacciones diferentes. La Palabra de Dios nunca deja de maravillarnos, nunca debería dejar de maravillarnos, porque cada escena del Evangelio es una fuente inagotable, un alimento perpetuo para todos nosotros y por eso, más allá de lo que dice la Palabra en sí, podemos encontrar miles y miles de recepciones, según el corazón de cada uno de nosotros. La Palabra es una, los corazones millares y las respuestas muy variadas. Vos intentá hoy dar tu propia respuesta, según lo que escuchas y meditas.

En Algo del Evangelio de hoy, un hombre, no sabemos quién, no sabemos su nombre, podemos ser vos y yo, fue corriendo hacia Jesús, se arrodilló frente a Él y le hizo una gran pregunta. Hasta ese momento algo bastante lindo, algo conmovedor, como tantas veces a lo largo del Evangelio, personas arrodilladas frente a Jesús, para implorarle que los toque, que los sane, que los cure, que los perdone. Hasta ahí todo muy lindo, sin embargo, este hombre le hace una pregunta bastante común diríamos, aunque no deja de ser importante. ¿Qué debo hacer? En definitiva, le preguntó: ¿Qué tengo que hacer para llegar al cielo, para ganarme la Vida eterna? ¿Qué cosas tengo que hacer para «ganarme» la Vida eterna, una vida futura después de la muerte, mejor y más plena? Su necesidad pasó por él mismo, y no por algo que necesitó de Jesús, ese es el primer gran detalle. Parece ser un hombre en que no se percibe un interés por la persona de Jesús. Aparentemente muy bueno, incluso cumplía –vemos después– desde su juventud con todos los mandamientos, por lo cual se supone que amaba a Dios y al prójimo; un hombre con buenas intenciones, como tantos de nosotros, pero que al final del relato termina yéndose triste, no pudo, no fue capaz, no se animó a más. Tuvo la posibilidad de todo y se volvió con lo mismo que había llegado, con él mismo, sus ideas y sentimientos. ¡Qué triste!, ¿no? Pocas veces en el Evangelio se ve un encuentro de un hombre con Jesús y que termina en tristeza, ¡qué extraño!

Así anduvo Jesús en este mundo, así anda también ahora. Invitando a los hombres a que se animen a dejar de pensar en lo que tienen que hacer, a que se animen a salir de sus propias ideas y esquemas, para vivir una relación de amor, real y profunda, verdadera, con su corazón, con la persona misma de Jesús, que es Dios hecho hombre. Así anda Jesús, deseando que más que buscar lo que tenemos que hacer, anhelemos lo que podemos recibir de Él, para poder entrar en el Reino desde ahora, para sentirnos amados y capaces de amar sin andar negociando con nuestro Padre del cielo. El Reino de Dios es un don que se recibe de lo alto, no un premio para los bondadosos, cumplidores y perfectitos vistos desde afuera. Pero hay un gran detalle más… solo puede recibirlo aquel que se da cuenta que justamente eso es un don, no algo que se gana por mérito propio, y que solo siguiéndolo a Jesús uno puede encontrarlo. Todo lo demás, todo lo que podamos pensar o nos enseñaron sin mala intención, es un «negocio de la fe», es mercantilismo del amor, porque finalmente hago algo para recibir, cumplo para quedar bien, cumplo para alcanzar otra cosa, para calmar mi conciencia. En la vida de la gracia, no hay meritocracia. Eso es para otro tema.

Hoy ese hombre somos nosotros y no queremos volvernos tristes a nuestras casas con lo que trajimos, sino queremos volvernos con más, con un Jesús que es el verdadero tesoro. Si hoy vas a misa, no solo pregúntale a Jesús qué debes hacer, qué tenemos que hacer, sino pregúntale cómo podés recibir algo más de Él, cómo podés abrirte a la novedad.

Mejor dejemos que Él nos mire con amor para darnos cuenta que el amor no tiene límite, que es posible dejar todo por Él. Esa es la verdadera actitud de un cristiano, dejarse mirar por Jesús. Todo lo demás «vendrá por añadidura», lo que tengamos que hacer lo iremos descubriendo paso a paso, en la medida que lo sigamos con todo el corazón.

Cuando realmente experimentamos la mirada de Jesús, una mirada de amor y no de reclamo, no nos quedará otra linda salida que devolverle la mirada para empezar a seguirlo por este camino de la vida, como Él lo hizo, «poniéndose en camino», obedeciendo a su Padre.

¡Que distinto ser cristiano así! Sí, es verdad… es muy difícil, pero hay que pedirlo como gracia, como don, salir del esquema clásico de cumplimiento. «Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para Él todo es posible».

Domingo XXVI durante el año

Domingo XXVI durante el año

By administrador on 26 septiembre, 2021

Marcos 9, 38-43. 45. 47-48

Juan dijo a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre, y tratamos de impedírselo porque no es de los nuestros».

Pero Jesús les dijo: «No se lo impidan, porque nadie puede hacer un milagro en mi Nombre y luego hablar mal de mí. Y el que no está contra nosotros, está con nosotros.

Les aseguro que no quedará sin recompensa el que les dé de beber un vaso de agua por el hecho de que ustedes pertenecen a Cristo.

Si alguien llegara a escandalizar a uno de estos pequeños que tienen fe, sería preferible para él que le ataran al cuello una piedra de moler y lo arrojaran al mar.

Si tu mano es para ti ocasión de pecado, córtala, porque más te vale entrar en la Vida manco, que ir con tus dos manos al infierno, al fuego inextinguible. Y si tu pie es para ti ocasión de pecado, córtalo, porque más te vale entrar lisiado en la Vida, que ser arrojado con tus dos pies al infierno.

Y si tu ojo es para ti ocasión de pecado, arráncalo, porque más te vale entrar con un solo ojo en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos al infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga».

Palabra del Señor

Comentario

El domingo pasado a los discípulos -y a nosotros también- les costaba mucho comprender que para ser el primero hay que hacerse servidor de todos, hay que hacerse pequeño –por eso Jesús tomaba un niño y nos enseñaba esto–; hoy el discípulo Juan nos representa también a todos los que pensamos que a Jesús podemos “guardarlo”, guardarlo con exclusividad como si fuera únicamente para nosotros. Juan nos representa a todos, porque a todos nos cuesta comprender esto que hoy nos enseña Jesús; todos podemos caer en esto. Dice Juan: “Tratamos de impedírselo porque no es de los nuestros”.
Ese gran peligro de convertir nuestra fe, nuestra relación con Jesús –podríamos decir también la religión, la Iglesia–, en un “club de fútbol”, en un grupito cerrado, una especie de empresa en donde los que estamos “dentro” tenemos como un lugar de privilegio, estamos felices de que estamos cerca; y para que entren otros tienen que cumplir una serie de requisitos o tienen que pasar por el filtro de nuestros caprichos. ¿Cuántas veces damos esa impresión desde la Iglesia?

Es cansador de escuchar y ver, muchas actitudes que tenemos dentro de la Iglesia cuando se acerca alguien que aparentemente no estaba tan cerca, y a veces lo primero que le preguntamos es ¿Pero usted está casada por la Iglesia, usted tiene esto, tiene lo otro? O tiene que traer tal papel, tal requisito, y ponemos una serie de requisitos que no tienen que ser lo primero. No podemos poner primero requisitos a alguien que se acerca a la Iglesia para conocer a Jesús. Jesús no puso ningún “requisito”.

Y creo que esto nos puede pasar a dos niveles: uno hacia adentro de la Iglesia y otro hacia afuera.

Dentro de la Iglesia, caemos en esta actitud celosa y exclusivista cuando con una gran soberbia –encubierta por supuesto– consideramos que el bien solo existe en nuestro grupo, en tu grupo de oración, en tu grupo de la parroquia, en los movimientos, o en la parroquia misma; cuando pensamos que sólo es bueno donde estamos nosotros; parece que afuera de nosotros nadie hace algo bueno, y si algún sacerdote, grupo o movimiento está haciendo algo bueno o vistoso es como para sospechar. ¡Qué raro! ¡Qué raro que estén haciendo cosas buenas!

Nos ponemos celosos del bien ajeno, incapaces de alegrarnos con la bondad de los otros, eso es lo que somos a veces: celosos y exclusivistas.

Y eso se manifiesta con las críticas a las iniciativas ajenas que no son las que nosotros queremos; o bien, con el silencio e incapacidad de reconocer o felicitar por algo bueno que sea distinto a lo nuestro, a lo que hacemos nosotros. ¡Qué difícil es felicitar a otros! ¿Cuánto hay de esto en nuestras parroquias? Cuánta incapacidad para trabajar en unidad reconociendo que cada uno puede hacer el bien a su manera si trabaja en el nombre de Jesús, y “el que no está contra nosotros está con nosotros”; no impidamos el bien ajeno, alegrémonos con lo que hacen los demás para transmitir la fe.
El camino es uno: JESÚS, pero los modos para llegar a Él son diversos, son múltiples, y eso es bueno, eso hace linda a la Iglesia.

Y esta manera de pensar y sentir –eso que le pasó a Juan– también nos puede pasar hacia afuera de la Iglesia tanto individualmente, como a nivel de una comunidad. Esto nos pasa cuando caemos en el gran error de pensar que sólo en la Iglesia puede obrar el Espíritu Santo; y nos olvidamos que Dios actúa más allá de las cuatro paredes de la Iglesia y más allá de los miembros de la Iglesia. Gracias a Dios el Espíritu es Espíritu, el obrar de Dios y el modo como llega a las personas es inconmensurable y misterioso.

No podemos caer en la cerrazón de pensar que solo en la Iglesia estamos capacitados para hacer el bien y recibir inspiraciones de Dios.

Podemos pensar en esta distinción que hacía el gran san Agustín sobre los que pertenecen al cuerpo de Dios, pero no al alma; y los que pertenecen al alma sin pertenecer al cuerpo. Hay muchas personas que, aunque no pertenecen a la Iglesia pueden tener y estar movidos por el alma de la Iglesia que es el Espíritu.

Y, al contrario, muchos que están en el cuerpo o son de la Iglesia, no viven con el alma de la Iglesia. Por eso no vemos al Espíritu Santo en nuestros criterios, en nuestra pobre mirada de la realidad. Jesús hoy es muy claro: «No se lo impidan porque nadie puede hacer un milagro en mi nombre y luego hablar mal de mí».

No impidamos que otros hagan el bien en su Nombre, incluso aprendamos de tanta gente que hace el bien en el Nombre de Dios y puede hacerlo incluso mejor que nosotros.

XXV Domingo durante el año

XXV Domingo durante el año

By administrador on 19 septiembre, 2021

Marcos 9, 30-37

Jesús atravesaba la Galilea junto con sus discípulos y no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba y les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y tres días después de su muerte, resucitará». Pero los discípulos no comprendían esto y temían hacerle preguntas.

Llegaron a Cafarnaún y, una vez que estuvieron en la casa, les preguntó: «¿De qué hablaban en el camino?» Ellos callaban, porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande.

Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: «El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos».

Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: «El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado».

Palabra del Señor

Comentario

¿De qué hablamos en el camino de nuestra vida nosotros que también somos discípulos de Jesús? ¿Qué vamos hablando mientras caminamos detrás de él, mientras decimos que tenemos fe? ¿Vamos discutiendo, como los discípulos del relato de hoy?

En esta escena que acabamos de escuchar, Jesús se da cuenta que sus discípulos están discutiendo, sabe perfectamente que mientras él iba anunciando lo que le iba a pasar con toda claridad –su entrega en la cruz y su resurrección–; los discípulos –sus amigos– y nosotros también en la Iglesia no terminamos de comprender y discutimos por cosas que no tienen sentido. Y, además, lo peor de todo es que no queremos preguntar –por las dudas–, a veces es mejor no preguntar para no salir de la ignorancia, a veces preferimos no saber las cosas para «seguir en la nuestra», seguir en nuestras cosas. «Por las dudas, no preguntes», decimos; el saber nos compromete, el saber nos pone frente a la realidad, nos obliga a entregarnos. Entonces nos puede pasar que preferimos no preguntar mucho, por eso es una actitud que nos demuestra que seguir en la nuestra es el camino más fácil.

Y hoy aparece, en Algo del Evangelio, este gran contraste entre los discípulos de Jesús que están en la suya –peleando y discutiendo por quién es el más grande– mientras caminan; y, por otro lado, el Maestro hablando de lo que iba a padecer y de su resurrección; en realidad, les estaba contando todo, no solo lo peor.

¿No será que nosotros a veces estamos en la misma? ¿En la Iglesia, en nuestras familias, en nuestras comunidades? Nuestras vidas pueden terminar siendo a veces una eterna discusión: discutimos en nuestras casas, podemos discutir en nuestras familias, con tu marido, con tu mujer, con tus hijos, con nuestros hermanos, con nuestros padres, con nuestros compañeros, amigos, en la calle, en el trabajo… El mundo anda discutiendo. Discutimos muchas veces y por ahí preferimos a veces no discutir, nos callamos; pero en el fondo discutimos por dentro, en silencio, no hace falta enojarse y gritar para ser un gran discutidor. Hay personas que no discuten directamente con los demás, pero igualmente se quedan con la suya, discuten en su interior, discuten incluso hasta con su Padre Dios.

En el fondo, todos nosotros discutimos porque queremos obtener algo de poder, poder lograr algo y eso nos da cierta «seguridad», queremos tener una influencia sobre los otros, consciente o inconscientemente, sobre las cosas; queremos poder lograr algo en el corazón ajeno; queremos poder convencer a los demás y que así opinen muchas veces como nosotros; queremos poder cambiar lo que vemos, si está mal; queremos poder lograr nuestros objetivos; queremos poder descargar la bronca y la impotencia de ver tantas cosas que no funcionan en nuestro entorno, en nuestro trabajo, en la familia, en nuestro bendito país; queremos bajarle el poder y el copete –como se dice– a los que se creen más que nosotros y que, en definitiva, se adueñaron de tantas cosas. Vivimos, finalmente, queriendo poder hacer algo y lograr cosas, y eso en sí mismo no es algo malo. No te asustes con lo que estoy diciendo.

Ahora, la pregunta que nos puede surgir es: ¿Jesús está en contra de nuestros deseos de poder hacer cosas grandes, de poder lograr nuestros proyectos? ¡No! Jesús no rechaza en sus discípulos el deseo de ser grandes; por eso les dice: «El que quiera ser el primero …», eso quiere decir que es legítimo querer ser de algún modo «primero», querer destacarnos por el bien; lo que pasa es que muchas veces erramos el camino. Por eso queremos que hoy resuenen estas palabras de Jesús en nuestros corazones, en muchos de nosotros, especialmente en los cristianos que nos decimos seguidores de Jesús, en los sacerdotes, en los obispos, pero también en tantos laicos, padres de familia, profesores, en los jefes de empresas, en los líderes de grupo y –¿por qué no?– en tantos políticos que guían nuestras naciones y les encanta el poder; o sea que todos los que tienen un lugar importante en la sociedad escuchen estas palabras. ¿Cuáles son las palabras de Jesús que deseamos que resuenen, que te propongo que resuenen? «Para ser el primero hay que hacerse el último de todos y el servidor de todos».

Lo que nos da poder no es someter, no es manipular, no es que se nos tiren a los pies por lo bueno que somos, que nos obedezcan sin pensar, sin discernir, que nos palmeen la espalda por lo grande que hicimos, que nos aplaudan al terminar, que nos agradezcan antes de irnos a dormir, que nos consulten todo, que nos consideren los mejores; ¡no!, lo que nos da poder sobre los demás, o sea, lo que atrae a los demás –porque en definitiva eso es el poder, atraer con amor, es lograr una atracción sobre el corazón ajeno–, es servir, es el amor que damos, es la entrega, es que el otro se sienta querido, que el otro reconozca un amor más grande. Ese es el camino que eligió nuestro buen Dios: hacerse hombre para servir. Dios no es orgulloso, a Dios no le molestó «parecer menos» ante los ojos de los hombre, al contrario, renunció a su posibilidad de someter al hombre con un poder al estilo mundano y eligió el poder Divino; ese que vos y yo no podemos comprender todavía porque a veces vivimos discutiendo por pequeños espacios de poder, por reconocimientos pasajeros; el poder divino que brota de un amor incondicional y eterno es el que, finalmente, no se acabará jamás.

Y así fue que Dios Padre atrajo y atrae a miles de hombres que responden a esta manera de amar. Eso es ser cristiano: dejarse atraer primero por el poder que Dios nos manifiesta a través de su amor, que nos enseña que vino a servir y no a ser servido. Qué lindo poder, ese es un poder duradero, un poder que da libertad, que no esclaviza, que no somete, y que deja hacer a los demás lo que los demás tienen que ser.

Que hoy podamos, en este domingo, todos comprender un poco más estas palabras de Jesús y que vivamos un día en el que podamos servir verdaderamente, no queriendo someter a nadie.

Aprovechemos este día para no sentarnos a la mesa y esperar a que nos sirvan, aprovechemos hoy para mirar a los otros y descubrir lo que necesitan, para hablar con el que no hablás hace tiempo, aprovechemos para pensar en los demás, aprovechemos para no esperar que se nos tiren a los pies para servirnos; sino para atraer a los demás con el verdadero poder que viene de Dios, que es el amor y el servicio.

XXIV Domingo durante el año

XXIV Domingo durante el año

By administrador on 12 septiembre, 2021

Marcos 8, 27-35

Jesús salió con sus discípulos hacia los poblados de Cesarea de Filipo, y en el camino les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy Yo?»

Ellos le respondieron: «Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas».

«Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?»

Pedro respondió: «Tú eres el Mesías» Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran nada acerca de Él. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días; y les hablaba de esto con toda claridad.

Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo. Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».

Entonces Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará».

Palabra del Señor

Comentario

Podemos imaginar este momento, esta escena de Algo del Evangelio de hoy que acabamos de escuchar: Jesús con sus discípulos en el camino, en medio de la sierra, de las montañas, mientras caminaban y después de haber hecho muchos milagros, muchas curaciones; Jesús se da vuelta y les pregunta: «¿Quién dice la gente que soy Yo?» ¿Qué dice la gente de mí? Conclusión: nadie sabe bien quién es Jesús. «¿Y ustedes –le dice a sus discípulos– quién dicen que soy?» Pedro responde perfectamente –digamos que aprueba el examen– “Sos el Mesías”.

Pero después, Jesús extrañamente no quiere que sepan quién era o que digan que es el Mesías. Increíblemente les explica que va a tener que sufrir, ser condenado a muerte y finalmente resucitar.

Y después de esto aparece Pedro otra vez, pero esta vez desaprobando el examen o tirando por la borda todo lo bueno que había dicho, y dice la palabra que lo llevó aparte para “reprenderlo”; sí escuchaste bien, Pedro lo llevó aparte para reprender a Jesús.

¿Qué contraste tan grande no? Pedro sabe que Jesús es el Mesías, pero le quiere dar lecciones de cómo tiene que ser Mesías.

Podríamos imaginar algo ¿qué le habrá dicho? ¿Qué le habrá dicho Pedro a Jesús?: “Vos no vas a sufrir, vos no podés sufrir y morir, un Mesías como el que yo quiero no puede vivir eso; un Mesías, un Salvador, tiene que librar y evitar todos los sufrimientos, ese es el Mesías que quiere la gente”.

Pedro, como siempre, somos todos, somos vos y yo; sus pensamientos –dice Jesús– no son los de Dios; son los de los hombres.

Podríamos decir nosotros: los pensamientos de Pedro no son solo de él, sino también son nuestros pensamientos; nadie absolutamente nadie quiere sufrir, todos queremos escaparle al sufrimiento. En el fondo, quiere librarse del sufrimiento él mismo; porque si Jesús pasaba por eso, él también tendría que pasar por eso.

Queremos un Jesús sin cruz; porque nosotros –nadie, ningún ser humano– quiere la cruz. No siempre queremos renunciar a nosotros mismos, ni cargar la cruz. Es imposible no pensar en esto, el sufrimiento está, queramos o no, sufrimos, nos duele el cuerpo o el corazón por miles de cosas que sería infinito nombrarlas.

¿Y qué hacemos generalmente con el sufrimiento? En general creo que tomamos dos caminos: por un lado; a veces lo escondemos, no queremos mostrarnos sufriendo, no queda bien sufrir, tapamos el sufrimiento, mejor que nadie sepa, queremos evitar que otros sufran con nuestro sufrimiento –y eso a veces lo hacemos por un bien– pero por ahí nos parece de “poco hombre” andar mostrando que sufrimos, escondemos lo que es obvio, escondemos el sufrimiento.

Y por otro lado nos pasa lo de Pedro: nos enojamos y reprendemos a Dios, a la vida, a los demás, ¿cómo es posible que suframos así? ¿Cómo un Dios bueno va a querer un mundo así? ¿Cómo Dios permitió esto en mi vida, en la de mi familia, en la de mi amigo? ¿Cómo permitió este sufrimiento?

Pobre Dios, Él intentando aliviarnos el sufrimiento que Él no creó; y nosotros enojándonos con Él y a veces con los demás.

Nosotros queremos enseñarle a Dios cómo tiene que salvarnos ¡Qué locura! Pero qué humano que es este pensamiento, qué natural, a todos nos pasa.

Hoy te propongo que te quites tus pensamientos, olvídate de esos pensamientos; pensá como Dios, que te va a ir mucho mejor, nos va mucho mejor cuando pensamos como Dios nos propone.Las dos posiciones que tomamos ante el sufrimiento son ilógicas, son como callejones sin salida, son irracionales. Si escondés el sufrimiento y no compartís el sufrimiento, tapás algo que es inevitable; pasa como con una herida, si la tapás, tarda mucho más en curar y duele más, entonces cuando tapamos el sufrimiento sufrimos más.

Y, por otro lado, si te enojás con Dios o con la vida, sufrís el doble porque sufrís por lo que te toca sufrir y además sufrís por el enojo de sufrir; no te conviene.

¿Qué nos conviene? Escuchar a Jesús; seguirlo, renunciar a uno mismo y cargar con la cruz, con las innumerables molestias de esta vida, pero no para sufrir por sufrir, sino para amar, amar y vivir salvados.

Hoy tenemos que probar eso: no esquives ni te quejes de la cruz, no te enojes con Dios ni con los demás; elegí cargar la cruz, abrazala, elegí cargar ese pequeño sufrimiento que te saca de la comodidad para que te preocupes por tu mujer, por tu marido, para servir a tus hijos, para vos como hijo ayudar a tus padres en algo de la casa, para visitar a ese enfermo que anda solo, para llamar a ese amigo del que te olvidaste; si abrazás esas cruces vivís como hombre libre y salvado, vas a ganar la vida; si las esquivás, perdés la vida, te quedás solo y lo que es peor, llevás una cruz más grande y pesada que es la de tu soledad y la de tu egoísmo.

XXIII Domingo durante el año

By administrador on 5 septiembre, 2021

Marcos 7, 31-37

Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis.

Entonces le presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos. Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: «Efatá», que significa: «Ábrete». Y en seguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente.

Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban y, en el colmo de la admiración, decían: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

Palabra del Señor

Comentario

¿Escuchamos bien el Evangelio? ¿Escuchamos lo que pasó, que la gente le presentó un sordomudo para que le impusiera las manos? ¿Nos dimos cuenta de que Jesús lo separó de la multitud, lo llevó aparte, y hace una curación tocándole las orejas y su lengua? ¿Nos dimos cuenta de que Jesús para hacer el milagro miró al cielo, suspiró y dijo una palabra: «Ábrete», mirando a su Padre, seguramente? ¿Y nos dimos cuenta de que la gente estaba admirada y decía: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos»? ¿Escuchamos bien? Si no lo escuchaste bien, te propongo que vuelvas a poner el audio y escuchar, por lo menos, el texto del Evangelio. Si lo escuchaste bien, quiere decir que estás atento, pero a veces no escuchamos bien o a veces no empezamos prestando atención a las cosas, y esto es lo primero que creo que nos enseña Algo del Evangelio de hoy.

Este sordomudo representa a toda la humanidad que, de alguna manera, está «sorda del corazón», y por eso no sabe hablar, no sabe comunicarse, oye pero no escucha. Este sordomudo nos representa también a vos y a mí que nos cuesta escuchar verdaderamente con el corazón a nuestro Padre del cielo y a los demás. Y esto se nos manifiesta de muchísimas maneras, sería larguísimo describirlas, pero pensemos, por ejemplo, cuando escuchamos, cuando oímos en realidad; pero pensemos, por ejemplo, cuando oímos a alguien, pero en realidad estamos pensando interiormente en lo que le vamos a contestar, o cuando oímos, pero estamos esperando que haya un silencio en la conversación para emitir nuestra opinión sin prestar atención verdaderamente a lo que nos dicen. Pensemos en esas personas o por ahí somos una de esas personas, que no paran de hablar, que hablan y hablan y nunca hacen una pausa; nunca preguntan verdaderamente por el otro, cómo está; nunca se preocupan en realidad por los demás, solamente quieren dar su opinión. Pensemos si somos de esas personas que siempre tienen algo para decir, siempre tienen una respuesta a todo, como si lo supieran todo. Pensemos si no somos de esas personas que también somos callados pero, en el fondo, tampoco escuchan de corazón, que están siempre metidas en sí mismas y que –como decimos– están en su mundo.

La verdad es que escuchar es muy difícil y a todos nos cuesta, y se nos manifiesta de muchísimas maneras. Pensemos si verdaderamente escuchamos a alguien cuando, en el fondo, nos dimos vuelta y dimos un portazo, cuando nos vamos, cuando dejamos hablando solo a los demás, a tu marido, a tu mujer, a tus amigos, a tu novia, a tu novio, cuando en el fondo ya no querés hablar más, cuando preferís estar solo, pero en el fondo no es que no queremos hablar, sino no queremos escuchar. Pensemos si realmente escuchamos esa vez cuando le cerramos, simbólicamente, la cortina a una persona y no la queremos ver más, no la soportamos más.

Bueno, vuelvo a decir, hoy Algo del Evangelio nos pone de algún modo al desnudo en esta actitud tan humana. Somos muy incapaces, tenemos mucha dificultad para escuchar de corazón. Y sumémosle a esto todo lo que nos fue pasando en la vida, o en realidad podríamos decir que esto es consecuencia de la herida del pecado y de las heridas de la vida, los dolores que vivimos y que nos fueron cerrando el corazón, las dificultades que tuvimos, la poca escucha que recibimos de los que nos deberían haber escuchado; entonces verdaderamente no aprendimos a escuchar, solamente oímos y sumémosle la cultura en la que vivimos, llena de ruidos, que no escucha nada, llena de cosas. Comemos, cenamos con el televisor, comemos con la radio, estamos con música, no podemos sentarnos a veces ni a hablar, estamos corriendo todo el día, y el celular que nos aísla tantas veces –es tan bueno, pero finalmente también nos puede aislar–; tantas cosas que no nos dejan escuchar.

Bueno, hoy es el día, en este domingo, para que suspiremos también, que miremos al cielo y le digamos a Jesús: «Abrime, abrime los oídos del corazón para que pueda empezar verdaderamente a escuchar».

Empecemos a escuchar a los que tenemos al lado, escuchá a tu marido, a tu mujer, a tus hijos que necesitan que les preguntes también cómo están, pero que necesitan que los escuches, a tus hermanos, también los hijos a sus padres, a todos los que tenemos al lado. ¿Cuántos problemas tenemos en nuestras familias porque en el fondo no nos comunicamos bien, porque no oímos verdaderamente y eso no nos lleva a escuchar, porque no escuchamos, no sabemos hablar? ¿Cuántas incomprensiones? ¿Cuántas cosas nos hubiésemos ahorrado en nuestra vida si hubiéramos escuchado?

Y Dios Padre en ese sentido es el modelo perfecto del que nos escucha siempre. Por eso si no nos sentimos escuchados por los demás, acordémonos de que Jesús siempre nos escucha en el Sagrario, en su soledad; acordémonos de que Jesús nos escucha en la adoración, en nuestro corazón, mientras andamos por la vida, mientras caminamos, en nuestra consciencia también. Siempre nos escucha. Porque escuchar significa amar, en definitiva. Escucha el que ama y ama el que escucha.

El primer gran obstáculo que tenemos que vencer para amar a las personas que tenemos a nuestro alrededor es escucharlos en serio, es renunciar a nuestro propio tiempo, a nuestro ego, es «perder» el tiempo; pero, en realidad, es ganarlo estando con aquellos que necesitan ser escuchados. Y nosotros necesitamos también ser escuchados, por eso hablémosle a nuestro Padre, manifestémosle lo que nos pasa, hablemos a las personas que tenemos a nuestro alrededor. Cuando no nos escuchamos, no nos sabemos comunicar, y cuando no nos sabemos comunicar, no hablamos o hablamos mal, nos ladramos, nos gritamos, nos enfrentamos, nos criticamos, nos silenciamos para no decir nada, para ser indiferentes. Bueno, todo esto nos viene por nuestra incapacidad de escuchar, por la herida que dejó el ego en nuestro corazón.

Y hoy Jesús nos dice a todos: «Ábrete». Quiere abrirnos, quiere tocarnos los oídos, tocarnos la lengua para que empecemos a escuchar verdaderamente y para que podamos hablar y decir cosas lindas, cosas que hagan bien; que podamos hablar las palabras justas, que podamos decir lo que tengamos que decir a los demás en el momento oportuno. Todo esto es lo que de alguna manera creo que la escena de hoy nos quiere enseñar.

Tenemos que estar dispuestos a la escucha profunda, pero para eso tenemos que dejar que Jesús nos abra una vez más los oídos del corazón y, a la vez, ayudar a otros a que también se les abran, para que así nos escuchen también.

XXII Domingo durante el año

XXII Domingo durante el año

By administrador on 29 agosto, 2021

Marcos 7, 1-8. 14-15. 21-23

Los fariseos con algunos escribas llegados de Jerusalén se acercaron a Jesús, y vieron que algunos de sus discípulos comían con las manos impuras, es decir, sin lavar.

Los fariseos, en efecto, y los judíos en general, no comen sin lavarse antes cuidadosamente las manos, siguiendo la tradición de sus antepasados; y al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones. Además, hay muchas otras prácticas, a las que están aferrados por tradición, como el lavado de los vasos, de las jarras y de la vajilla de bronce y de las camas.

Entonces los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: «¿Por qué tus discípulos no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados, sino que comen con las manos impuras?»

Él les respondió: «¡Hipócritas! Bien profetizó de ustedes Isaías, en el pasaje de la Escritura que dice:

“Este pueblo me honra con los labios,
pero su corazón está lejos de mí.
En vano me rinde culto:
las doctrinas que enseñan
no son sino preceptos humanos”.

Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres».

Y Jesús, llamando otra vez a la gente, les dijo: «Escúchenme todos y entiéndanlo bien. Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre. Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino.

Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre».

Palabra del Señor

Comentario

Parece como que resuenan hoy fuerte estas palabras de Jesús: «Escúchenme todos y entiéndanlo bien», ojalá que esto también hoy nos quede en el corazón a nosotros, que escuchemos y entendamos.

Entendamos bien lo que Jesús nos quiere decir; qué difícil es en nuestra vida el equilibrio en las cosas, en todos los aspectos de nuestra vida, nos cuesta muchísimo encontrar el punto medio, el equilibrio en las cosas que hacemos, en nuestra manera de pensar, en nuestra manera de actuar, en lo que sentimos, en lo que emprendemos y es más común irnos a los extremos; caemos en ideologías, y absolutizamos las cosas.

En la fe nos puede pasar lo mismo y nos pasa muchas veces lo mismo, y esto es lo que Jesús hoy viene decirnos en Algo del Evangelio, a enseñarnos a través de este reproche tan fuerte –como siempre– a los fariseos que erraban el camino; pero acordate nosotros también tenemos algo de fariseos en nuestro corazón. Por algo estas palabras quedaron y se siguen escuchando y resuenan hoy en la Iglesia: «Escúchenme todos y entiéndanme bien».

Jesús nos quiere llevar a una religiosidad pura y sin mancha delante de Dios –eso dice Santiago en la segunda lectura de hoy–, una religiosidad que sea verdadera y que no nos olvidemos del mandamiento de Dios que es atender a los huérfanos y a las viudas que están necesitados; o sea el amor al prójimo, y rechazar todo aquello que nos contamina del mundo: todas las ideologías y todos los extremos en los que podemos caer.

Y Jesús hoy nos da dos grandes enseñanzas muy claras que nos pueden ayudar y que van encaminadas a corregir dos grandes desviaciones de nuestra religiosidad.

La primera que nos quiere enseñar el Señor es aprender a distinguir lo “esencial” de lo “accidental”; cuando dice: «Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios por seguir la tradición de los hombres», no quiere decir que no hay que tener tradiciones, más bien se refiere a que lo principal, lo “esencial” es el mandamiento de Dios y que muchas veces por aferrarnos a cosas humanas, tradiciones que hemos recibido, que aceptamos sin discernirlas, olvidamos lo más importante que nos enseña Dios. Esta es la gran advertencia y la gran enseñanza, porque caemos en los dos extremos: en pensar en una fe sin tradición –o sea desgajada completamente de lo que nos vienen transmitiendo nuestros padres y desde los apóstoles ininterrumpidamente hasta hoy–; o caer en el otro extremo de aferrarnos a la tradición y caer en un tradicionalismo mal entendido.

Esto hay que entenderlo bien; la Iglesia es “tradicional” en el buen sentido de la palabra, lleva una tradición; significa que nos transmite ininterrumpidamente hace dos mil años por escrito y oralmente, lo que Jesús nos ha enseñado; no podemos renegar de nuestro pasado. Ahora, no podemos absolutizar el pasado porque es pasado nada más, porque parece que si es viejo es mejor. 

Entonces en este extremo podemos caer en un “tradicionalismo” mal entendido; o en un “progresismo” mal entendido; ser tradicional es las dos cosas al mismo tiempo: tradicional como lo entiende la Iglesia, es amar nuestro pasado, pero estar siempre abiertos al cambio de lo que es accidental.

Esto nos enseña Jesús, lo esencial es el mandamiento de Dios; las tradiciones humanas pueden cambiar.

Entonces ni una cosa ni la otra; sino el equilibrio. ¿Qué difícil es el equilibrio no? Y en la Iglesia lamentablemente a veces caemos en “etiquetarnos”, nos etiquetamos entre: derecha, izquierda, conservador, progresista; ¿de qué sirve eso?, ¿de qué sirve eso sí olvidamos lo principal?, si olvidamos el amor al prójimo, ese amor que nos debemos entre nosotros.

Y la segunda gran enseñanza de Jesús es que todas las cosas malas proceden del interior y son las que “manchan” al hombre. Jesús nos quiere enseñar que la prioridad está en el corazón, está en nuestro interior, que no podemos echarles la culpa a las cosas de afuera; que no somos impuros y malos por problemas externos, somos impuros y malos porque nos sale de adentro de nuestro corazón que es débil.

Entonces Jesús nos quiere ayudar a priorizar el corazón, sin despreciar lo externo, poner la prioridad en el corazón. Preocupate primero por sanar tus intenciones, sanamos nuestras intenciones, la avaricia, la maldad, t la u engaño, la mentira, el egoísmo; eso tenemos que sanar todos y no echarle la “culpa” a nada que viene de afuera.

Y por otro lado también evitar caer en los extremos: el pensar que porque Jesús prioriza el corazón no importa nada de lo externo; entonces no importa nada de lo que hacemos, cómo lo hacemos, si es lindo o feo ya que solo importa el corazón; ¡no!, importa también lo de afuera por algo tenemos los sacramentos, por algo embellecemos las Iglesias, por algo tenemos gestos, importan las cosas de afuera. Así como importan en el amor entre nosotros, los gestos que nos expresan ese amor, importan también para Jesús.

Sin irnos al otro extremo de que honremos a Dios con los labios, pero no con el corazón, que nos llenemos de cosas externas, de bellezas externas, llenando nuestras celebraciones de cantos, de flores, de ropa, de cosas; pero que, si no hay corazón, si el corazón está lejos de Dios, de nada sirve.

Ojalá que las palabras de Jesús hoy nos ayuden a encontrar el equilibrio, el bendito equilibrio que nos cuesta encontrar en nuestra vida. En la fe está lo esencial para no dividirnos entre nosotros, para no rechazarnos, para no “etiquetarnos”, la religiosidad pura y sincera delante de Dios es: “atender a los huérfanos y a las viudas” o sea amar, al prójimo y no contaminarnos con las cosas de este mundo que nos hacen mal.

Fiesta de la Transfiguración del Señor

Fiesta de la Transfiguración del Señor

By administrador on 6 agosto, 2021

Marcos 9, 2-10

Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevo a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.

Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor.

Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: «Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo.»

De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos.

Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos cumplieron esta orden, pero se preguntaban qué significaría «resucitar de entre los muertos.»

Palabra del Señor

Comentario

Hoy, en esta fiesta de la Transfiguración del Señor, podríamos preguntarnos qué significa que Jesús se haya transfigurado y porqué. Significa que Jesús reveló su gloria, reveló su dignidad frente a sus discípulos; algo que debe haber sido tan maravilloso, que Pedro después se expresa en una de sus cartas diciendo que “él vio la gloria llena de majestad”, él pudo ver la gloria de Dios y en ese momento de gozo, de no entender qué pasaba; surge en Pedro este gran acto de generosidad y el deseo de quedarse para siempre en ese lugar: “hagamos tres carpas”, tres carpas para los demás, pero ninguna para él. Tal era el deseo de que eso durara para siempre que se olvidó de su propia comodidad.

Parecido a esos momentos de nuestra vida en el que se nos manifiesta Dios de alguna manera, no como a Pedro, pero aun así se nos muestra y queremos que dure para siempre.

Sabemos también que Jesús se reveló así para apartar del corazón de los discípulos lo que después será el escándalo de la cruz; se muestra como Dios para que después –cuando Jesús esté en la cruz– crean y no se olviden de eso. Sin embargo, el evangelio muestra que esto no funcionará del todo, por decirlo de algún modo, porque el único que estará al pie de la cruz será el discípulo amado, María y algunas mujeres.

Y, por otro lado, Jesús también se transfigura para manifestar lo que se cumplirá un día en todo el cuerpo de Él, o sea en todos los bautizados; algún día nos transfiguraremos como Él. Así como la cabeza que es Él, se transfiguró y dejó ver su divinidad; algún día nosotros nos transfiguraremos, resucitaremos con nuestro cuerpo para vivir eternamente en la gloria del cielo.

Pero hay una frase de Dios Padre que dice en Algo del Evangelio de hoy que expresa cuál es su voluntad, cuál es su deseo para con nosotros: «Este es mi hijo muy querido, escúchenlo»; por eso quería que hoy nos concentremos ahí. Dios Padre nos pide que escuchemos a su Hijo, Él envía a su Hijo para que lo escuchemos. Y esto, parece tan simple, pero es la clave de nuestra vida y lo que se nos hace tan difícil: escuchar, escuchar. Escuchar a nuestro buen Dios, escucharnos a nosotros mismos, y escuchar a los demás.

Hay dos grandes vías, o espacios para escuchar a Dios, una es la oración personal en la cual hablamos y escuchamos; especialmente cuando leemos e intentamos entender su palabra, pero también en el silencio. Cuesta mucho, porque muchas veces hablamos y hablamos y no sabemos escuchar; bueno, la oración es ese momento personal de escuchar a Dios.

Sin embargo, también hay otra vía, otro espacio para escuchar a Dios, que es en el prójimo; como dice San Juan que Dios es amor, si amamos, si estamos atentos al bien de los demás, Dios habita en nosotros, y si amamos a los demás y vemos en los demás también a Dios, entonces quiere decir que de alguna manera Dios nos habla a través de los otros. Por eso dice también San Juan, que no podemos amar a quien no vemos si no amamos a aquellos que vemos. Y esto también lo podemos aplicar a la escucha: no podemos escuchar a aquél que no vemos, si no escuchamos a aquellos que vemos.

Por eso te propongo hoy analizar esas dificultades que tenemos para escuchar, en realidad muchas veces oímos sin escuchar, el que oye, pero no escucha, es el que muchas veces está mirando de reojo, no escucha a las personas, no está mirando cuando le hablan, está pensando en lo que tiene que hacer y no en lo que tiene delante. Cuántas veces no nos pasa eso; oímos sin escuchar, porque miramos de reojo, no miramos a la cara.

Después está el que mira, pero tampoco escucha; oye, pero en realidad tiene el pensamiento en otra cosa, piensa en lo que contestará, ya está pensando en lo que le va a contestar, piensa en sus cosas y no presta atención, piensa en lo que vendrá, piensa en lo que esa persona es, o está pensando en otra cosa, piensa, piensa, piensa, pero no escucha. Y el que oye también sin escuchar porque su corazón está en otra, no le interesa lo que el otro le dice, porque está inclinado interiormente a otra cosa y cuando el corazón está en otra cosa, por más que mire, por más que abra los oídos; las palabras vuelan y no penetran en el corazón.

¿Qué hacer ante todo esto en este día? Tratá de escuchar mirando al otro, tratá de escuchar pensando en lo que el otro está diciendo, tratá de escuchar poniendo el corazón en la persona que tenés adelante. Hoy hacé el esfuerzo de escuchar, pero para escuchar acordate; tenés que oír, tenés que mirar, tenés que poner el pensamiento en lo que te están diciendo y tenés que poner el corazón; si no escuchás a los demás difícilmente puedas escuchar a Jesús, como quiere el Padre y vivir su voluntad.

Escuchá hoy a tus padres, a tus hijos, escuchá a tu jefe, al que te cruces por la calle; escuchá, escuchá porque eso es lo que desea el Padre: «Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo» Escuchemos a Jesús también en su palabra de cada día, escuchémoslo en la oración, en el silencio, escuchémoslo en todas partes.

XVI Domingo durante el año

XVI Domingo durante el año

By administrador on 18 julio, 2021

Marcos 6, 30-34

Al regresar de su misión, los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.

Él les dijo: «Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco». Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer. Entonces se fueron solos en la barca a un lugar desierto. Al verlos partir, muchos los reconocieron, y de todas las ciudades acudieron por tierra a aquel lugar y llegaron antes que ellos.

Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato.

Palabra del Señor

Comentario

Qué lindo domingo para empezar escuchando la Palabra de Dios, para empezar a escuchar cómo es que hoy Dios Padre nos quiere hacer empapar, o empapar el corazón, mejor dicho, con su amor, con sus palabras, con sus enseñanzas, con el amor de su Hijo, que se derrama sobre nosotros por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado. Por eso, dispongámonos para que hoy, que seguramente vas a estar en familia, Dios lo quiera así. Espero que puedas también participar de la misa, para escuchar y recibir al Señor en su Cuerpo y en su Sangre, y por eso sería bueno que nos preparemos pensando en que la misa de algún modo es como este pasaje del Evangelio que acabamos de escuchar, de Algo del Evangelio de hoy, en las que hay varios momentos.

El primero es que cuando los apóstoles vuelven de la misión que Jesús les había encomendado –¿te acordás el domingo pasado?– y vuelven con ganas de contarle todo lo que habían hecho y enseñado, no dice el Evangelio que vuelven para contar el éxito que tuvieron, toda la gente que se convirtió gracias a ellos, todos los que los escucharon. No. Dice que querían decir «todo lo que habían hecho y enseñado», no hablan tanto de los frutos hacia afuera, sino de lo que ellos pudieron hacer, o sea, los apóstoles ya empiezan a darse cuenta que la misión que Jesús les había dado era la de enseñar y hacer lo que les habían pedido, y no tanto el éxito que con ello pudieran conseguir, el éxito visible podríamos decir.

Vamos a la misa, venimos el domingo a misa, para poder estar con Jesús, para volver a estar con él y contarle todo lo que pudimos hacer en esta semana, todo lo que pudimos enseñar con su Palabra, porque nosotros también tenemos que enseñar de algún modo, nosotros también tenemos que estar dispuestos a llevarlo a Jesús, como nos pedía el domingo pasado: «Vayan de dos en dos», vayan de ciudad en ciudad y prediquen el Evangelio. Imagínate si pensáramos que la misa es algo de lo de hoy.

El segundo momento también podríamos compararlo con algo de la misa, porque es cuando Jesús recibe a sus discípulos y les dice: «Vengan ustedes solos a un lugar desierto para descansar un poco». Los apóstoles necesitan descansar seguramente porque habían andado muchísimo, habían recorrido ciudades, pueblos, habían escuchado lindas cosas y también seguro habían escuchado cosas difíciles, dolores, tristezas; y eso también nos pasa a nosotros en la semana, volvemos felices de algunas cosas y no tanto de otras, a veces con sufrimientos. Seguramente por ahí alguno de nosotros está viviendo algo difícil, una pérdida, un dolor, una tristeza profunda o algún sufrimiento espiritual, el arrastrar un pecado que no podemos dejar y que nos atormenta. Bueno, volvamos a la misa para «descansar», para estar con Jesús, pero para descansar bien, como él quiere, con él, descansando de tantos agobios. Descansamos cuando estamos con él, descansamos cuando nos confiamos en él, en Dios Padre y en el Espíritu. Descansamos cuando aprendemos a dejarle todo a sus pies y a contarle lo que vivimos; eso es lo que necesita nuestro corazón, el de todo ser humano. «Mi corazón estará inquieto hasta que no descanse en tí», decía el gran san Agustín. Cuánta gente que se acerca a la Iglesia y uno la recibe en el confesionario o en una simple charla, y cuando uno ve que descarga sus problemas en Jesús, automáticamente le cambia la cara. Cuando descansamos en Dios Padre, nos cambia la cara. Podemos estar muy cansados del cuerpo, pero descansamos el corazón, no tanto por lo que uno le dice, sino porque finalmente vienen a estar con Jesús. Estamos todos un poco cansados de tanto correr, de tantas cosas que tenemos que hacer y no sabemos ni para qué, y aun sabiendo el para qué, igual nos cansamos.

Aprendamos a descansar en nuestro buen Dios, dejemos de buscar el descanso en otras cosas, en cosas que no nos terminan de saciar y vamos, como se dice, picoteando –como los pajaritos en diferentes comidas–, pero al final nunca nos sentimos saciados. El único y verdadero alimento que nos sacia es el estar con Jesús. Bueno, ojalá que de alguna manera hoy podamos vivir nuestra santa misa así. Vayamos a «descansar» a la santa misa, no porque sea un spa espiritual (como algunos pueden pensar), pero que de alguna manera en la misa «descansamos», porque alabamos y le damos gracias al Señor por todo lo que nos da a pesar de las cosas difíciles que nos tocan vivir.

Y lo tercero es que Jesús se compadeció y enseñó. Él se compadeció porque vio que andaban como ovejas sin pastor. Él se compadece porque se le conmueven las entrañas de amor, porque ve al hombre que necesita una guía, necesita acceder a un conocimiento para acercarse a Dios Padre, y esa es la tarea de Jesús. Vino a enseñar eso y se pasó largo rato enseñándoles. Y así quiere pasarse largo rato: enseñándonos a vos y a mí en todos los lugares del mundo donde se celebre la misa. Jesús enseñará a través de los sacerdotes, de las palabras, de los gestos, de las lecturas del día, y así es como enseñará cuál es la verdad del amor de su Padre. Y el amor de Dios es esto: verdad que quiere calar profundo en nuestra vida y que nos quiere transformar para que amemos y nos compadezcamos de los demás como Jesús lo hizo. El Señor quiere que nosotros también seamos como guías y pastores de las personas que nos tocan cruzarnos cada día; y, para poder ser un buen pastor, hay que aprender a dejarse guiar, hay que compadecerse como él se compadeció de nosotros. Y lo que nos tiene que mover a enseñar es el amor, el amor a las personas con las que vivimos día a día y que a veces andan como ovejas sin pastor.

Bueno, que hoy podamos alegrarnos con esta actitud de Jesús, que podamos ir a «descansar» con él y que podamos ir a contarle lo que nos pasa, para que él con su amor y con la verdad de sus enseñanzas nos ayude a vivir este domingo en paz y poder volver a vivir con alegría el día a día de nuestra semana.