Topic: Marcos

Sábado de la octava de Pascua

Sábado de la octava de Pascua

By administrador on 10 abril, 2021

Marcos 16, 9-15

Jesús, que había resucitado a la mañana del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, aquella de quien había echado siete demonios. Ella fue a contarlo a los que siempre lo habían acompañado, que estaban afligidos y lloraban. Cuando la oyeron decir que Jesús estaba vivo y que lo había visto, no le creyeron.

Después, se mostró con otro aspecto a dos de ellos, que iban caminando hacia un poblado. Y ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero tampoco les creyeron.

En seguida, se apareció a los Once, mientras estaban comiendo, y les reprochó su incredulidad y su obstinación porque no habían creído a quienes lo habían visto resucitado. Entonces les dijo: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación.»

Palabra del Señor

Comentario

Por qué no intentar en este sábado de la octava de Pascua; con la cual terminamos esta gran celebración de este gran día que es el de la Pascua, la Resurrección del Señor, el  “paso” de Nuestro Señor por la muerte para darnos vida; por qué no intentar lo que no hacemos hace tiempo que es hacer una síntesis de los evangelios de esta semana, que son tan ricos y nos pueden ayudar muchísimo  finalmente a vivir la experiencia real y concreta de que Jesús está vivo, en nuestra vida. Porque, en definitiva, de eso se trata ser cristiano: en descubrir la presencia de Dios real y concreta en nuestra vida como una persona a la cual queremos seguir porque nos enamoramos, porque descubrimos su amor. Eso es ser cristiano.” No se empieza a ser cristiano por una idea o por una doctrina; sino se empieza a ser cristiano verdaderamente cuando nos encontramos con una Persona, y cuando esa Persona cambia el rumbo de nuestra vida”; así lo decía en su momento el Papa Benedicto XVI, nos cambia el sentido de nuestra vida.

Como decía san Juan Pablo II: “Cristo nos da todo, no quita nada; no tengan miedo a Cristo, ábranle las puertas de par en par”.

Bueno; en esta semana de Pascua de la Octava, hemos contemplado estos evangelios donde se nos muestra a Jesús que se aparece a sus amigos; a sus discípulos, a las mujeres, y por qué no pensar también en la aparición de Jesús a su madre la Virgen Santísima, que, aunque no está relatada también podemos imaginarla, tal como lo plantea san Ignacio de Loyola.
Es una oportunidad para poder reflejarnos y vernos también cómo en nuestra vida, Jesús de alguna manera se nos apareció, se nos manifestó, aunque siempre de alguna manera “velado”, oculto; por eso tenemos que hacer un esfuerzo, por eso tenemos que abrir las puertas de nuestro corazón.

Y para repasar y ver algunas frases, algunas situaciones de los evangelios de esta semana nos pueden ayudar. Por supuesto que cada uno de nosotros puede tomar el evangelio que más nos gusta, incluso el de hoy; porque algo del evangelio de hoy es como una especie de “resumen” de los evangelios de la semana.

Marcos sintetiza tres apariciones y las hace bien concretas y sencillas; en cambio los otros evangelistas se explayan un poco más.

Entonces utilicemos esta especie de “síntesis” del evangelio de Marcos de hoy, para ver la síntesis de esta semana y quedarnos con una frase, con una situación, con algo que nos ayude a rezar, a emocionarnos, a volver a nuestra Galilea y descubrir aquel momento en el cual nos encontramos con él y ahora por ahí está todo “apagado”; o no, o nos encontramos en esta Pascua con Jesús más plenamente y esto nos impulsa a seguirlocon alegría; o no y estamos en la apatía total…

Pidamos la gracia, pidámosle al Señor poder encontrarlo, pidámosle al Señor como decía el evangelio del lunes: alegrarnos. «Alégrense» —dice Jesús. Pidamos alegrarnos verdaderamente con la presencia de Jesús Resucitado. Y Jesús nos plantea –como el lunes– ir a Galilea; ir a ese lugar original donde lo conocimos alguna vez, donde escuchamos hablar de Él y por ahí nos olvidamos… Pensá en eso, y cómo las mujeres se postraron, se tiraron a sus pies de la emoción.

El martes veíamos cómo Jesús consolaba también a María diciéndole: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» Y podríamos dejar que Jesús nos pregunte qué es lo que nos pasa, por qué lloramos, por qué a veces seguimos en la tristeza, por qué nos desanimamos tan fácil. Jesús nos viene a traer alegría y paz. Y aunque a veces conviva con la tristeza; la paz que viene a traer Jesús es una paz que nos da la certeza de su Presencia.

O también como el miércoles, pensar en la presencia de Jesús con los discípulos de Emaús, que los acompaña, aunque ellos no se dan cuenta. Él siempre está a nuestro lado, aunque no lo vemos, siempre dispuesto a explicarnos las Escrituras para que “arda” nuestro corazón y que finalmente se nos manifiesta en la Eucaristía para poder experimentarlo verdaderamente. Y así el jueves veíamos cómo Jesús nos trae la paz: «La paz esté con ustedes»; y al mostrarles sus manos y sus pies, los discípulos se llenaban de alegría y admiración; pero también por otro lado se “resistían” a creer. A veces nos cuesta creer. Pidamos la gracia de creer. Él está, está presente.

Y ayer ese gran evangelio de la pesca milagrosa donde Juan pega el grito: “¡Es el Señor!”, y Pedro desaforadamente pero lleno de amor, se tira al mar y recorre cien metros para encontrar a su Señor; toda una prueba de su inmenso amor.

Ojalá tuviéramos ese deseo profundo de que cuando nos dicen “allá está el Señor”, pudiéramos tiranos de cabeza –por decirlo así–, jugarnos la vida, cambiar el rumbo de nuestra vida para transmitir la alegría de Jesús Resucitado.

Ojalá que esta semana de Pascua nos encienda de vuelta en lo profundo de nuestro corazón para decir: “Vale la pena ser cristiano, vale la pena creer en Jesús, vale la pena hablarle a los demás sin miedo de que Jesús está vivo”.

Cómo nos cuesta a veces ¿no?, cómo nos cuesta hablar en nuestros ambientes de Nuestro Señor como alguien concreto, como una Persona a la cual amamos.

Ser cristiano, es seguir a Jesús, ser cristiano es enamorarse de Él y no tener vergüenza de ser testigos de su Resurrección.

Vigilia Pascual

Vigilia Pascual

By administrador on 3 abril, 2021

Marcos 16, 1-8

Pasado el sábado, María Magdalena, María, la madre de Santiago, y Salomé compraron perfumes para ungir el cuerpo de Jesús. A la madrugada del primer día de la semana, cuando salía el sol, fueron al sepulcro.

Y decían entre ellas: «¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?». Pero al mirar, vieron que la piedra había sido corrida; era una piedra muy grande.

Al entrar al sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca. Ellas quedaron sorprendidas, pero él les dijo: «No teman. Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí. Miren el lugar donde lo habían puesto. Vayan ahora a decir a sus discípulos y a Pedro que él irá antes que ustedes a Galilea; allí lo verán, como él se lo había dicho».

Ellas salieron corriendo del sepulcro, porque estaban temblando y fuera de sí. Y no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo.

Palabra del Señor

Comentario

Estamos a la espera, con ansias de que llegue la noche, para que esta vigilia nos lleve inexorablemente a reconocer a Jesús resucitado en nuestras vidas, y eso nos transforme. Lo que queremos conocer nos tiene que transformar, sino todavía no es conocido. ¿Quién de nosotros no lo necesita? Pero mientras tanto, mientras andamos por la vida, ¿quién de nosotros no enfrentó una situación como la de las mujeres yendo al sepulcro, en Algo del Evangelio de hoy? La duda, la increencia, la desesperanza, la desazón, la tristeza, el miedo. «¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?», ¿quién nos va a ayudar a quitar la muerte de esta vida?, ¿quién nos va a ayudar a superar todas las situaciones de muerte que nos rodean? De alguna manera es esta pregunta: ¿quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro? Mujeres que iban en búsqueda de un cadáver se preguntan por algo lógico y necesario. No se imaginan que Dios romperá con toda la lógica humana, con todo lo imaginable. La resurrección es posible, ¿sabías? La resurrección fue real, no hay otro camino. Por eso estamos escuchando la Palabra de Dios y por eso a vos, cuando escuchas la Palabra de Dios, algo te pasa; eso no pasa con cualquier cosa. Por eso, según el relato y lo que nos muestra es que no será necesario finalmente correr la piedra del sepulcro, el mismo Jesús con la fuerza de su amor lo hará.

La Vigilia pascual es una celebración para llenarse de gozo y dar gracias. Gracias por la creación, gracias por el don de la vida, gracias porque Dios hizo grandes obras en la historia del Pueblo de Israel, en la historia de nuestro pueblo, pero gracias fundamentalmente porque Jesús ha resucitado. Gracias porque creemos en esto y podemos disfrutarlo. La Resurrección es la obra más grande y maravillosa del Padre en toda la historia de la humanidad, es la mayor manifestación de su amor, del amor que transformó para siempre las vidas de miles y miles y millones de personas.

Rescatando a su Hijo de la muerte nos rescata a todos de la muerte eterna y de todo lo que en nuestra vida cotidiana huele a muerte. Por eso podemos resucitar cada día, por eso esta Pascua es una nueva oportunidad para resucitar, para renovar nuestras promesas bautismales. Aquellas que hicieron nuestros padres o aquellas que hicimos nosotros por voluntad propia, pero que tenemos que ser conscientes una vez más, renunciar, renunciar a todo lo que nos aleja del amor de Dios y decir una vez más: «Creo. Creo, Señor, creo que sos Padre, que sos Hijo y que sos Espíritu. Creo que sos Padre misericordioso, amoroso y tierno, y que enviaste a tu Hijo al mundo para enseñarnos a vivir. Creo que tu Hijo, Jesús, murió por mí y resucitó, creo que está conmigo y con toda la humanidad hasta el fin de los tiempos. Creo en el Espíritu Santo, que fue enviado para habitar en nuestras almas y darnos vida a cada instante. Creo Señor que con tu amor infinito reestableciste los vínculos que rompemos nosotros por el pecado y por el mal de este mundo».

Quien cree en la Resurrección de Jesús sabe que las piedras que tapan nuestros corazones hechos sepulcros pueden ser corridas. ¿Lo crees? ¿Crees qué Jesús puede sacar esa piedra que te atora, que te traba, que no te deja amar, que no te deja ser feliz, cuando incluso tenés todo para hacerlo? Quien cree en la Resurrección de Jesús ve por todos lados vida, vida que vivifica, valga la redundancia, y da un nuevo sentido a cada cosa. Quien cree que Jesús está vivo y que quitó las piedras del sepulcro vive también como resucitado, dando gracias porque todo puede ser vencido, dando gracias porque hay una alegría profunda que nadie puede quitarnos, cree que las enemistades, los odios, las debilidades, la muerte y el dolor no tienen la última palabra. Todo puede ser vencido, no porque desaparezca, sino porque se enfrenta y se asume sabiendo que en lo profundo de nuestra alma hay un vínculo que jamás podrá romperse, el de ser hijos de Dios y el de ser hechos para la resurrección, para la Vida eterna.

¿Crees que vas a vivir eternamente? ¿Crees que hay una vida después de la muerte? ¿Crees que la resurrección abrió las puertas de la eternidad y que ya nadie podrá vencerlas, ni quitarnos esa gracia y ese regalo tan grande?

Que esta nueva Vigilia pascual nos quite los miedos, el miedo a todo lo que no nos deja amar y ser servidores de los demás. Que esta Vigilia pascual, esta nueva resurrección nos dé la fuerza para no bajarnos de la cruz, para seguir amando hasta el final. Que nos quite el miedo a todo lo que huele a sepulcro y muerte en nuestros corazones. Si Jesús verdaderamente resucitó, ¿a qué le tenés miedo?, ¿a qué le tenemos miedo? Verdaderamente ha resucitado el Señor y nos ha dado nueva vida.

Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre Misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

Domingo de Ramos – Pasión de nuestro Señor Jesucristo

Domingo de Ramos – Pasión de nuestro Señor Jesucristo

By administrador on 28 marzo, 2021

Marcos 15, 1-39

En cuanto amaneció, los sumos sacerdotes se reunieron en Consejo con los ancianos, los escribas y todo el Sanedrín. Y después de atar a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato. Este lo interrogó: «¿Tú eres el rey de los judíos?» Jesús le respondió: «Tú lo dices.» Los sumos sacerdotes multiplicaban las acusaciones contra él. Pilato lo interrogó nuevamente: «¿No respondes nada? ¡Mira de todo lo que te acusan!» Pero Jesús ya no respondió a nada más, y esto dejó muy admirado a Pilato. En cada Fiesta, Pilato ponía en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había en la cárcel uno llamado Barrabás, arrestado con otros revoltosos que habían cometido un homicidio durante la sedición. La multitud subió y comenzó a pedir el indulto acostumbrado. Pilato les dijo: «¿Quieren que les ponga en libertad al rey de los judíos?» Él sabía, en efecto, que los sumos sacerdotes lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes incitaron a la multitud a pedir la libertad de Barrabás. Pilato continuó diciendo: «¿Qué debo hacer, entonces, con el que ustedes llaman rey de los judíos?» Ellos gritaron de nuevo: «¡Crucifícalo!» Pilato les dijo: «¿Qué mal ha hecho?» Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: «¡Crucifícalo!» Pilato, para contentar a la multitud, les puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.

Los soldados lo llevaron dentro del palacio, al pretorio, y convocaron a toda la guardia. Lo vistieron con un manto de púrpura, hicieron una corona de espinas y se la colocaron. Y comenzaron a saludarlo: «¡Salud, rey de los judíos!» Y le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían y, doblando la rodilla, le rendían homenaje. Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto de púrpura y le pusieron de nuevo sus vestiduras. Luego lo hicieron salir para crucificarlo.

Como pasaba por allí Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que regresaba del campo, lo obligaron a llevar la cruz de Jesús. Y condujeron a Jesús a un lugar llamado Gólgota, que significa: «lugar del Cráneo». Le ofrecieron vino mezclado con mirra, pero él no lo tomó. Después lo crucificaron. Los soldados se repartieron sus vestiduras, sorteándolas para ver qué le tocaba a cada uno. Ya mediaba la mañana cuando lo crucificaron. La inscripción que indicaba la causa de su condena decía: «El rey de los judíos». Con él crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.

Los que pasaban lo insultaban, movían la cabeza y decían: ¡«¡Eh, tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, sálvate a ti mismo y baja de la cruz!» De la misma manera, los sumos sacerdotes y los escribas se burlaban y decían entre sí: «¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es el Mesías, el rey de Israel, ¡que baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos!» También lo insultaban los que habían sido crucificados con Él.

Al mediodía, se oscureció toda la tierra hasta las tres de la tarde; y a esa hora, Jesús exclamó en alta voz: «Eloi, Eloi, lamá sabactani.» Que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: «Está llamando a Elías». Uno corrió a mojar una esponja en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le dio de beber, diciendo: «Vamos a ver si Elías viene a bajarlo». Entonces Jesús, dando un gran grito, expiró. El velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo. Al verlo expirar así, el centurión que estaba frente a él, exclamó: «¡Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios!»

Palabra del Señor

Comentario

Hoy es Domingo de Ramos y de Pasión. Dos caras de la misma moneda, dos realidades que vivió la misma persona, nuestro buen Jesús, que vivimos también vos y yo. Él entró a Jerusalén aclamado por muchos, subido en un burrito, para de a poco también subirse a la cruz, a su verdadero altar. Ese será su trono definitivo, su triunfo definitivo. ¿Su triunfo?, podemos preguntarnos. ¿Se puede triunfar cuando se está en una cruz muriendo burlado por todos, después de haber soportado tanta injusticia? ¿Después de haber amado tanto? En definitiva, la pregunta de fondo que nos podríamos hacer hoy todos es: ¿Qué es triunfar? ¿Quién gana al final en esta vida?

Hoy celebramos dos misterios que no se pueden separar, están unidos íntimamente: la entrada mesiánica, triunfal –y por eso la rememoramos en la bendición de ramos–, y la culminación en el Calvario –por eso leemos la Pasión–. Jesús es el Mesías, sí, pero un Mesías distinto, el Mesías que no encaja, que no cuaja con la lógica humana del poder a costa de todo y la fama buscada para la propia gloria. «Al contrario, dice la Palabra, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres», como dice san Pablo. El Mesías que triunfa en donde nadie quiere triunfar.

Empezamos la semana más santa, la semana destinada a revivir lo mismo que vivió nuestro buen Jesús. No entramos a la Semana Santa para ver una película, queremos entrar para revivir lo que pasó, para que nos pase por el corazón. Revivirlo junto a Él, porque Él lo hizo por vos y por mí. Él quiere que podamos hacerlo con Él y por Él. Nosotros también tenemos que «aprender a soportar» las injusticias de este mundo hasta el final, sin reaccionar con violencia. Nosotros también tenemos que asumir que la cruz, el sufrimiento «por amor», es y será parte de nuestra vida y que solo con la humildad y el amor se pueden vencer. Ese es el camino del cristiano que vive una vida nueva. Acordate, no te olvides: «Si el grano de trigo que cae en tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto».

¡Gracias, Jesús, por entrar en la Pasión! Jesús en la Pasión finalmente terminó solo, soportando todo el peso, pero su soledad no fue en vano. El colmo del pecado y el abandono que Jesús sintió por nosotros se resume en estas palabras: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Así cantamos en el Salmo hoy. Eso experimentó y por eso gritó. Realmente ante la muerte se sintió solo. Pero hoy Jesús, ya glorificado, ya a la derecha del Padre, podríamos pensar que grita desde todas partes, grita a cada corazón: «¡Amigo mío, amiga mía!, ¿por qué, me has abandonado?» ¿Por qué nos cuesta tanto amar a quien tanto nos amó? ¡Somos tan débiles, Señor! Somos tan ingratos, como lo fue toda esa multitud que te aclamó y después desapareció. Jesús, subime a tu humilde burrito y llévame junto a tu Corazón al Calvario de mi vida, para poder resucitar junto a Vos para siempre, aprendiendo a soportar mis sufrimientos, obedeciendo la voluntad del Padre, que finalmente será lo que me ayude a amar.

III Viernes de Cuaresma

III Viernes de Cuaresma

By administrador on 12 marzo, 2021

Marcos 12, 28b-34

Un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Cuál es el primero de los mandamientos?».

Jesús respondió: «El primero es: Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a tí mismo. No hay otro mandamiento más grande que éstos».

El escriba le dijo: «Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios».

Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: «Tú no estás lejos del Reino de Dios».

Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Palabra del Señor

Comentario

¿Sabés por qué no nos conviene hacer de nuestra relación con Dios un comercio? Por la sencilla razón de que no es necesario y, además, no nos conviene; siempre saldremos perdiendo. Dios nos dio y no da todo su amor sin pedirnos, en principio, nada a cambio. Pensar que Dios nos puede dar algo solo y únicamente porque nosotros le damos algo, es olvidarnos de quién es Dios verdaderamente o, en el fondo, es no conocerlo todavía. Si Jesús hubiese necesitado algo de nosotros para darnos lo que él quería, no habría muerto por nosotros antes de que naciéramos; habría esperado que demos nuestro corazón, que nosotros entreguemos la vida también. Por eso, la lógica divina es al revés. Debemos descubrir todo lo que Dios hizo por nosotros, incluso sin ni siquiera merecerlo.

Dice un Salmo: «¿Con qué pagaré al Señor todo el bien que me hizo?». ¿Lo escuchaste alguna vez? Quiere decir que, en realidad, nuestra deuda de amor con Dios es infinita, es imposible de pagar con nuestros propios medios, con nuestro pobre amor. Su amor es impagable, diríamos. No podemos «negociar» con él por la sencilla razón de que no es necesario, ya tenemos todo lo que buscamos. Y, además, si habría que pagar el amor, dejaría de ser amor.

Y, por otro lado, es infantil, es de niños, es estar con pequeñeces cuando él pretende grandezas, corazones inmensos. Por eso, toda espiritualidad que se basa en un «hacer cosas» para que Dios me dé lo que pretendo, en realidad no es cristiana plenamente, tiene algún vicio. Nuestro templo-corazón debe despojarse de todo lo que le impide correr hacia Dios libremente, sin obstáculos, sin tantas condiciones, sin tantas reglas que nosotros mismos nos imponemos, sin tantas «cadenas», sin tantas devociones, sino con una «línea directa», estando siempre online, sabiendo que él está siempre con nosotros, amándonos, sosteniéndonos, esperándonos. Espero que me entiendas, no digo que tener devociones está mal. Lo que digo es que cuando nos impiden llegar a Dios, es porque algo estamos haciendo mal. La devoción es buena, somos nosotros los que no sabemos conducirla.

¿Por qué dar tantas vueltas cuando tenemos a Jesús a la vuelta del corazón? Dejemos que él siga expulsando a todos los vendedores de nuestro interior que no nos dejan amar como él quiere. Mientras tanto, ¿qué tenemos que hacer nosotros? Escuchar.

Algo del Evangelio de hoy nos enseña que lo más importante y lo primero es escuchar. No ama el que no escucha y no escucha el que no ama. «¿Cuál es el primero de los mandamientos?», le preguntaron a Jesús. «Escuchar para amar», «amarás si escuchás». Es lindo saber que el mandamiento también es de algún modo una promesa que Dios nos hace. Amarás, amarás… Vamos a terminar amando pero si empezamos por escuchar. Escuchar es lo primero que quiere él de nosotros. Sin escucha no hay posibilidad de entregarnos, no hay amor que prospere. A veces creo que los cristianos queremos empezar por el final y nos olvidamos del principio. Siempre es bueno empezar por el principio. Decía una canción muy linda: «Crece desde el pie, musiquita; crece desde el pie». Todo crece desde el pie.

¿Cómo pretender que Dios sea todo si no le damos lo primero y principal que es el oído del corazón, que hace que las palabras lleguen y nos transformen? ¿Quién se puede enamorar de alguien al que jamás escucha? Por eso es bueno volver a escuchar que el primer mandamiento en realidad es escuchar, valga la redundancia. No se puede amar a quien no se escucha. Mirá a tus hijos, a tu marido, a tu mujer, a tus hermanos, a tus amigos. Míralos y pregúntate con sinceridad si es posible amarlos de verdad si no los escuchás, si no te tomás el tiempo para saber qué piensan, qué sienten, qué necesitan, sentándote un rato con ellos. Cuando empecemos a escuchar a los que tenemos al lado, nos llevaremos muchas sorpresas, para bien y, a veces, para mal, o por lo menos para descubrir cosas que no nos gustan. Nos sorprendemos para bien cuando de golpe descubrimos una riqueza inimaginable en personas que antes no teníamos en cuenta.

Nos sorprendemos para mal cuando de golpe nos distanciamos de personas que en realidad no conocíamos bien, porque en el fondo no nos escuchábamos.

¿No será que con Dios nos pasa lo mismo? ¿No será que nos alejamos de él porque nos perdemos de escucharlo? ¿No será que nos enamoramos perdidamente de su corazón porque en el fondo nunca nos decidimos a escucharlo en serio?

El amor de Dios brota y crece, casi naturalmente, cuando se escucha. La escucha es como la lluvia que riega las plantas, porque al escuchar cosas lindas, cosas de Dios, eso nos va purificando el corazón para poder verlo nítidamente y, una vez que lo vemos, empezamos a amarlo con todo el corazón, con toda el alma, el espíritu y las fuerzas. En cambio, cuando las cosas pretenden ser al revés, o sea, obligarse a amar a un Dios que no se escucha y no se sabe bien quién es, es tan imposible como estar ciego o sordo y querer enamorarse a distancia de alguien que ni siquiera se ve ni se escucha.

Empecemos por el principio y el camino será más lindo y posible. Probemos hoy escuchar y que el escuchar nos abra el corazón para amar, a Dios y a los demás, como Jesús lo pretende, porque en realidad escuchar es ya empezar a amar, y cuanto más amemos, más escucharemos.

II Domingo de Cuaresma

II Domingo de Cuaresma

By administrador on 28 febrero, 2021

Marcos 9, 2-10

Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.

Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor.

Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: «Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo».

De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos.

Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos cumplieron esta orden, pero se preguntaban qué significaría «resucitar de entre los muertos».

Palabra del Señor

Comentario

¡Qué lindo es saber que no todo es un desierto en la vida!, sino que, además, gracias a Dios, tenemos momentos y experiencias de «transfiguraciones», como las de Algo del Evangelio de hoy, en este domingo, segundo de Cuaresma. En medio de los desiertos también hay oasis, hay descansos, hay montañas como el Tabor en donde Jesús se transfiguró y se dejó ver como Dios, por lo menos por un instante, de un modo deslumbrante. Durante la Cuaresma también la Iglesia nos regala un «Tabor», o sea, un domingo en donde no hablamos tanto del camino, de la lucha, de las pruebas, de las tentaciones, de la Cruz que se vendrá, sino de las experiencias de Jesús que nos tocan hasta el cuerpo y nos ayudan a mantenernos firmes en el camino, a pesar de todo, pase lo que pase. Quien tuvo una experiencia real de Jesús, difícilmente se deje vencer, se deje caer en la peor tentación, en los momentos difíciles, de crisis, que nunca nos faltarán. De hecho, tan fuerte fue para estos apóstoles ese día que no lo olvidaron jamás y, además, representados por Pedro, quisieron quedarse a vivir en ese lugar, sin importarles nada. En ellos está representada la Iglesia, vos y yo.

Jesús no les propuso a sus amigos, no nos propone a nosotros, un camino de Cruz con una sola cara, así nomás, a secas, sino que nos propone un camino de felicidad pero de entrega, un camino que siempre terminará bien, pero que terminará con él en la gloria del cielo si somos fieles a su amor hasta el fin. «Por la constancia salvarán sus vidas», dice Jesús también. Ese día quiso darles a sus apóstoles, por lo menos a estos tres, la gracia de poder verlo «cara a cara» y de escuchar la voz del Padre, para que cuando la Cruz aparezca en el camino, que finalmente apareció, no se olviden de lo que habían visto, no se olviden del final del túnel, como se dice.

¿Te pasó alguna vez? Decime que sí, por favor. Decime que alguna vez tuviste esa sensación y experiencia de perder la noción del tiempo y de decir interiormente: «¡Qué bien que estoy acá! ¡Qué lindo sería que esto dure para siempre! ¡Si esto me pasó en la tierra, lo que debe ser el cielo!» Sin embargo, tenemos que reconocer que esto no es magia. Jesús no nos propone magia, nos propone fidelidad, nos propone bajar del monte para volver a la vida de todos los días y entregarnos, dar la vida, como les pasó a Pedro, Santiago y Juan. Él nos pide entrega total; nos prueba de algún modo, permite la prueba, mejor dicho, para que nos animemos a entregarlo todo, hasta la sangre, como lo hizo él. ¿Quién de nosotros, si le piden todo, da todo, pero realmente todo? Ojalá pudiéramos.

En la primera lectura, también de hoy, dice la Palabra que «Dios puso a prueba a Abraham». «¡Abraham!», le dijo. Él respondió: «Aquí estoy». Abraham es el ejemplo más acabado del que da todo, del que no se guardó nada. No hay que pensar, en ese relato tan conocido, en un Dios que es macabro al pedir el sacrificio de Isaac, su hijo, sino en un Dios que, de alguna manera, permite la prueba, nos «pone a prueba” para llevarnos hasta el fondo de la fe. Así lo llevó a Abraham a la confianza total, absoluta, y así bendecirlo, haciéndolo padre de miles y miles. Abraham es padre de la fe y modelo de la fe. ¿Por qué? Porque escuchó, creyó y obedeció absolutamente. Para creer es necesario escuchar, para confirmar la fe es necesario obedecer. La fe es confianza y no confía el que antes no escucha y no confía el que no es capaz de obedecer. Por eso, la fe no es algo abstracto, un mero sentimiento o aceptación de verdades intelectuales que no tocan la vida. La fe es camino de escucha y de obediencia. La fe-confianza es el eslabón que une la escucha con la obediencia a lo que Dios nos va proponiendo a lo largo de la vida. Abraham supo hacer todo bien porque confío en que lo que escuchaba era verdad, y como era verdad, debía hacerlo para su bien y el de su familia. Confío en Dios, confió al escuchar y obedeció con confianza.

Uno escucha muchas veces que con total seguridad muchos de nosotros decimos: «Padre, yo tengo fe».

Sin embargo, cuando uno pregunta, cuando uno indaga un poco más por el compromiso real con la fe, en general lo que se descubre es que «esa fe» a veces es un poco supuesta, no está acompañada ni de escucha, ni de obras, ni de amor. Como si la fe fuera una mera afirmación: «tengo fe». Pareciera que con decir que «tenemos fe» alcanza. No es así. La fe es camino de abandono total, de ir capacitándonos para darle todo a Dios, y dándole todo, recibir todo de él. O dicho al revés, ¡cuidado!, recibiendo todo de él somos capaces de darlo todo.

En el Evangelio de hoy Dios Padre nos da la misma clave de la primera lectura para que nuestra fe no sea frases sueltas: «Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo». Escuchar. Por más que Pedro quería quedarse ahí porque estaba lindo el lugar, Dios les dice: «Escuchen». Escuchá, escuchemos. Leamos y meditemos la Palabra de Dios, lo que Dios quiere. Confiemos en lo que nos pide. Creamos de verdad, creamos que todo es verdad y caminemos con él en medio de las pruebas de este mundo, de tentaciones, sufrimientos, para poder llegar como él transfigurados a la gloria de la Resurrección.

Qué lindo es terminar con estas palabras de san Pablo: «¿Qué diremos después de todo esto? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?»

I Domingo de Cuaresma

I Domingo de Cuaresma

By administrador on 20 febrero, 2021

Marcos 1, 12-15

El Espíritu llevó a Jesús al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían.

Después que Juan Bautista fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: «El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia».

Palabra del Señor

Comentario

Buenas, buen domingo. Bienvenido al Tiempo de Cuaresma, al primer domingo de Cuaresma. Comenzamos el camino cuaresmal, el Miércoles de Ceniza, que lleva su ritmo propio, por decirlo así, especialmente en las lecturas de los domingos, que nos van orientando hacia la Pascua, para que, en el fondo, despertemos nuestros deseos profundos, a veces dormidos, de renovar nuestras promesas bautismales –aquellas que hicieron nuestros padres, seguramente, por nosotros en el caso que nos hayamos bautizado de niños–.

El Papa Benedicto XVI decía algo que nos puede ayudar a empezar este tiempo. Decía así: «Para emprender seriamente el camino hacia la Pascua y prepararnos a celebrar la Resurrección del Señor —la fiesta más gozosa y solemne de todo el Año litúrgico—, ¿qué puede haber de más adecuado que dejarnos guiar por la Palabra de Dios?» Y otras del Papa Francisco, en un mensaje de Cuaresma, decía así: «La raíz de los males está en no prestar oído a la Palabra de Dios; esto es lo que nos lleva a no amar a Dios y por lo tanto a despreciar al prójimo. La Palabra de Dios es una fuerza viva, capaz de suscitar la conversión del corazón de los hombres y orientar nuevamente a Dios. La Cuaresma es el tiempo propicio para renovarse en el encuentro con Cristo vivo en su Palabra». ¡Qué lindas palabras de los Papas!, que nos ayudan a comenzar estos días, que nos ayudan a modo de introducción para tomar conciencia de lo que nos perdemos cuando nos perdemos la Palabra, de lo que nos perdemos cuando no reconocemos los tiempos propios de la Iglesia que se nos regalan como tiempo de gracia; esos que nos van educando y formando el corazón, de la misma manera que Jesús se dejó modelar el corazón por su Padre, por la obediencia e incluso por las pruebas y tentaciones que le tocó vivir.

Algo del Evangelio de hoy claramente podríamos decir que tiene dos partes. Por un lado, la prueba que vive Jesús en el desierto y, por otro, el comienzo de su predicación, de su ministerio. Pero quería que nos centremos más en la primera parte hoy.

Jesús se dejó tentar, podríamos decir, para enseñarnos. Nos enseña que, en el fondo, es necesario ser tentado, aunque te suene raro lo que estoy diciendo. Pero la ecuación o el razonamiento es sencillo. Si Jesús quiso vivir y pasar por la tentación, quiere decir que nosotros también de algún modo debemos pasarla. Todo lo que le pasó a Jesús es camino que nosotros también deberemos transitar, de un modo o de otro. Por eso, ante la prueba, la tentación, podríamos preguntarnos: ¿por qué no a nosotros? ¿Qué nos queda a nosotros si él mismo la vivió? La vivió para hacerse pobre con nosotros y la vivió para vencerlas por nosotros. Por eso es lindo pensar y consolarnos con esto, con el ejemplo de Jesús y, especialmente, con su victoria, no quedarnos solo en la prueba. Saber que el mismo Jesús quiso someterse a la prueba de ser tentado, que quiso pasar por el «desierto» de esta vida para ayudarnos a pasarlo a nosotros, nos ayuda mucho a no pensar en la idea de un Dios lejano y ajeno a nosotros y, además, no sentirnos solos en la tentación. Por eso, no le tengamos miedo a la tentación, a la prueba. Tenemos que saber que es parte de la vida y que, además, es necesaria en la fe para crecer. La tentación claramente, tenemos que decirlo, no es pecado, es solo tentación, o sea, es prueba.

San Agustín decía algo maravilloso: «Nuestra vida, no puede verse libre de tentaciones; porque nuestro progreso se realiza por medio de la tentación y nadie puede conocerse a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni puede vencer si no ha luchado, ni puede luchar si carece de enemigo y de tentaciones». ¡Qué lindo es considerar y vivir las pruebas de la vida así! ¡Qué fuerza da el ver a Jesús venciendo al maligno, ese que siempre nos quiere apartar de la confianza que tenemos que tener para ser hijos de Dios! ¡Somos hijos del mismo Padre! ¡Esa es la linda noticia, esa es la buena noticia, ese es el llamado de Jesús! No nos olvidemos, confiemos en que él es nuestro Padre.

Eso intenta hacer el maligno. ¡Quiere que perdamos la confianza en Dios Padre! Eso es lo que logró con nuestros primeros padres (Adán y Eva), lo que logra con nosotros tantas veces, pero no lo puede lograr hoy en Algo del evangelio con Jesús, su hijo. ¡Qué alivio!

Las grandes pruebas de la vida no tienen que ver con esos «pecaditos» que cometemos a veces todos los días, que por supuesto tenemos que combatir y luchar para erradicarlos, sino que tienen que ver con cuestiones a veces mucho más profundas. En los pecaditos –como le digo– de cada día te diría que no necesitamos de Satanás para caer. Caemos nosotros solos, por nuestra debilidad y por la poca resistencia que le ofrecemos al mal de nuestro corazón y al de afuera. Satanás lo que busca y buscará siempre es apartarnos de la confianza, de la certeza, de ser hijos amados por el Padre, pase lo que pase.

En realidad, la mayor tentación, podríamos decir, esa que en el padrenuestro pedimos evitar, es la de dudar del amor de Dios; no de su existencia, sino de su amor incondicional. Jesús vino a romper con esa duda que siempre quiere anidar en nuestros corazones, cuando en el desierto de la vida todo se pone difícil, cuando aparecen las pruebas, el dolor, la indiferencia, el olvido, las injusticias, la muerte, la hipocresía y todo lo que podamos imaginar.

Hacia esa certeza caminamos en esta Cuaresma. Esta es la verdad que vino a revelarnos el Hijo de Dios, Jesús. El Hijo amado que jamás dudó del amor de su Padre, aun en los peores momentos en donde todos nosotros dudaríamos. No sé por dónde andarás, no sé por qué momento espiritual, no sé por dónde andaremos todos, pero seguro que vos y yo alguna vez dudamos, alguna vez sufrimos pruebas; es parte de la vida, es parte de nuestra fe.

Pidamos a Jesús que nos ayude a transitar este desierto que a veces se pone duro y parece que no termina más. Pidamos que nos sostenga en la duda cuando venga, en la prueba cuando nos aceche, para siempre volver a confiar y volver a empezar.

VI Martes durante el año

VI Martes durante el año

By administrador on 16 febrero, 2021

Marcos 8, 14-21

Jesús volvió a embarcarse hacia la orilla del lago.

Los discípulos se habían olvidado de llevar pan y no tenían más que un pan en la barca. Jesús les hacía esta recomendación: «Estén atentos, cuídense de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes». Ellos discutían entre sí, porque no habían traído pan.

Jesús se dio cuenta y les dijo: «¿A qué viene esa discusión porque no tienen pan? ¿Todavía no comprenden ni entienden? Ustedes tienen la mente enceguecida. Tienen ojos y no ven, oídos y no oyen. ¿No recuerdan cuántas canastas llenas de sobras recogieron, cuando repartí cinco panes entre cinco mil personas?»

Ellos le respondieron: «Doce».

«Y cuando repartí siete panes entre cuatro mil personas, ¿cuántas canastas llenas de trozos recogieron?»

Ellos le respondieron: «Siete».

Entonces Jesús les dijo: «¿Todavía no comprenden?»

Palabra del Señor

Comentario

Jesús, como siempre, rompe todos los esquemas. Rompe con lo tradicional de esos tiempos y los de estos tiempos también. Nadie en ese tiempo se le hubiese ocurrido tocar a un leproso, no solo por evitar el contagio físico, sino porque el que tocaba también a alguien «impuro» quedaba impuro. La impureza de la piel, para ellos, tenía que ver con una impureza más profunda, con la del alma, con el pecado y el aislamiento; era para evitar un mal mayor. Sin embargo, a Jesús no le importa mucho todo esto. Al contrario, dice el evangelio que «Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Lo quiero, queda purificado”». Tan cercano se hizo a nosotros que corrió «el riesgo» de ser tenido por impuro, solo por amor, por compasión. ¡Qué distinto lo que estamos viviendo hoy!, ¿no?, que pensamos que aislándonos vamos a hacernos bien entre nosotros.

Me contaron que, en algún lugar del mundo, un grupo de católicos que sale todas las semanas a acompañar y alimentar a las personas en situación de calle, les propusieron que se pongan guantes de goma para evitar cualquier tipo de contagio. El propio Estado organiza esa actividad y obliga a que se haga así, incluso como condición para recibir fondos y financiar la actividad. Este grupo de católicos, con mucho sentido evangélico y coraje, prefirió hacerlo al «modo de Jesús»: sin guantes, con corazón. ¿Te imaginás a Jesús haciendo milagros con guantes? Sería imposible. ¿Te imaginás a Jesús en cuarentena, encerrado hasta el fin de los tiempos? El amor de Jesús corre el riesgo, los santos corrieron riesgos, porque amar es riesgoso. El santo Cura Brochero, el santo argentino, se contagió de lepra por tomar mate con un leproso de su parroquia, a quien nadie quería visitar. Nosotros tenemos que animarnos a correr riesgos por estar con los que nadie quiere estar, por los que nadie recibe, por los que no son atendidos por nadie. Solo así podremos incorporarlos, de alguna manera, a esta sociedad en donde todo es reciclable y descartable.

Algo del Evangelio de hoy nos puede ayudar a entender qué es lo que nos pasa muchas veces o qué es lo que les pasa a tantos cristianos, hombres y mujeres, que no terminan de vivir su fe con verdadera alegría. Dice el evangelio así: «¿Todavía no comprenden ni entienden? Ustedes tienen la mente enceguecida. Tienen ojos y no ven, oídos y no oyen. ¿No recuerdan cuántas canastas llenas de sobras recogieron, cuando repartí cinco panes entre cinco mil personas?» Las palabras de Jesús suenan duras, pero fueron así de reales. ¿No recordamos? ¿No será que nos pasan estas cosas porque no recordamos, porque no terminamos de comprender y entender?

Los discípulos habían estado en la multiplicación de los panes más grande de la historia y después se estaban preocupando por si les iba a alcanzar o no con un pan para todos. Parece mentira, parece gracioso, incluso una ironía de la Palabra de Dios, pero no lo es. Realmente les pasó eso, realmente nos pasa eso, a vos y a mí. Nos olvidamos de lo vivido, nos olvidamos del don, nos olvidamos de los milagros, que somos hijos y terminamos «peleándonos por quién podrá comer y quién no» entre hermanos. Nos olvidamos que somos hermanos y entonces nos ponemos a discutir cuando vemos que no alcanza, porque no confiamos en que el otro es hermano y que podemos compartir. En el fondo, nos olvidamos de nuestra condición de hijos y hermanos. Si nunca olvidáramos que nuestro Padre del Cielo jamás nos dejará sin lo necesario para vivir; si jamás olvidáramos que así como Dios cuida de los animales y de las aves del cielo es imposible que él nos deje de cuidar, no nos detendríamos en peleas que no tienen sentido, no nos pondríamos a discutir por un poquito de pan. ¡Qué poca memoria tenemos! ¡Qué rápido nos olvidamos de que si sabemos compartir, si ponemos de nuestra parte, si nosotros hacemos lo que otros no pueden, jamás nos faltará nada! Al contrario, siempre va a sobrar, porque también otros harán lo que nosotros no podemos hacer.

¿Ya te olvidaste de todo lo que Dios Padre te dio a lo largo de la vida? ¿Ya te olvidaste de que hace un ratito nomás Jesús multiplicó los panes frente a tus narices? ¿Tan rápido nos olvidamos de todo? ¿Ya te olvidaste de aquella vez que te animaste a poner de tu parte y de golpe todo fue mejor, todo se disfrutó, todo salió más lindo? ¿Ya te olvidaste de que la multiplicación de los panes es el milagro continuo de Jesús cuando sabemos poner amor a cada cosa? ¿Ya te olvidaste? ¿Nos olvidamos de que la Eucaristía es el pan del cielo que se multiplica cada día para los que tenemos hambre de Dios? ¿Ya te olvidaste de que la Iglesia, aun con sus pecados y debilidades, es una muestra cierta de que lo que se comparte se multiplica? ¿Te pusiste a contar alguna vez la cantidad de amistades, conocidos y hermanos que llegaron a tu vida gracias a que Jesús siempre multiplica todo? ¿Todavía no comprendemos ni entendemos?

No nos perdamos tanto amor del Padre por andar peleando y discutiendo por pequeñeces. No nos perdamos tanto amor de hermanos por andar mirando si nuestra panza o bolsillos estarán un poco más llenos. Ser hijos y hermanos es mucho más que una simple comida, es compartir nuestras propias vidas, nuestros corazones, nuestro amor.

VI Lunes durante el año

VI Lunes durante el año

By administrador on 15 febrero, 2021

Marcos 8, 11-13

Llegaron los fariseos, que comenzaron a discutir con él; y, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo. Jesús, suspirando profundamente, dijo: « ¿Por qué esta generación pide un signo? Les aseguro que no se le dará ningún signo».

Y dejándolos, volvió a embarcarse hacia la otra orilla.

Palabra del Señor

Comentario

A veces, los lunes es necesario respirar hondo, tomar aire y juntar fuerzas para poder arrancar una vez más. Después de descansar un poco, de habernos despejado el fin de semana, hay que reconocer que cuesta, cuesta mucho más. Pero la Palabra de Dios siempre nos alienta, siempre nos impulsa a empezar una vez más, siempre nos vuelve a conducir por el camino correcto, siempre nos levanta si andamos caídos. Por eso, querer escuchar el evangelio todos los días es lo mejor que podemos desear, es la actitud del que quiere ser purificado, como el leproso del evangelio de ayer: «Si quieres, puedes purificarme».

Hoy podemos caer todos de rodillas una vez más, para suplicarle a Jesús que nos conceda lo mejor que podemos pedir: la pureza de corazón que nos permita ver con nitidez y no tan llenos de cosas que nos impiden ver. La enfermedad que más nos enferma, valga la redundancia, es la impureza del corazón, la lepra del alma que nos hace aislarnos y que los demás se aíslen de nosotros, se nos escapen. Aunque no parezca, este mundo es un gran «leprosario», lleno de hombres y mujeres que también están impuros, aunque creen que están sanos.

Vivimos muchas veces desvinculados de Dios, de nosotros mismos y de los demás. Por más sanitos que estemos del cuerpo, la impureza del corazón la llevamos siempre a cuestas y siempre está latente. Sin darnos cuenta miramos la impureza ajena o la impureza del mundo que nos rodea y olvidamos que somos parte de eso y que todo lo que nos impide ver a Dios con claridad y con el corazón es de alguna manera una impureza. El pecado es un problema en nuestra vida, pero la cuestión está en reconocer qué es lo que lo produce, qué es lo que nos lleva a tomar decisiones equivocadas.

El cristiano en serio es el que empieza a vivir una relación de amor real y concreta con un Dios que es Padre, con un Dios que es Hijo y hermano mayor de cada uno de nosotros y con un Dios que también es Espíritu, que habita en el alma, que anima y consuela siempre. El cristiano que recibe esta gracia, la gracia de la pureza, y que no fuerza su relación con su Padre, sino que la disfruta, que vive feliz de ser pobre de espíritu, que vive feliz por ser paciente, por ser misericordioso, por estar en paz, por tener el corazón puro, por dejarse consolar en el sufrimiento; es el cristiano que no necesita «signos» especiales, vive las bienaventuranzas, no necesita andar «desafiando» a Dios. ¿Qué hijo que se siente hijo y que ama a su Padre lo desafía y discute con Él? Una cosa es enojarse cada tanto por no comprender, una cosa es no entender sus caminos y otra cosa es desafiarlo y discutir.

Algo del Evangelio de hoy nos enseña lo que no debemos hacer con nuestro buen Jesús, con su Padre, si queremos ser felices, si queremos vivir esta pureza. Ni discutir, ni desafiar. Algo que les encantaba a los fariseos. Algo que a nuestro corazón a veces también le gusta. ¿Sos de discutir y desafiar a los demás? ¿Sos de discutir y desafiar a Dios? Vuelvo a decir, una cosa es preguntarle a tu Papá el porqué de esto y el porqué de lo otro –algo normal y parte de nuestra vida- y otra cosa es plantarnos firmemente frente a Dios como si fuéramos más grandes que él; no como hijos, sino como «pares». La cosa no es así.

Discutir no tiene sentido, dialogar sí. No discutas con nadie, no pierdas el tiempo. Dialogar siempre. No te canses de dialogar, es lo mejor que podemos hacer. Dejemos de discutir porque es lo peor que podemos hacer. Fijémonos qué dice el evangelio de hoy, dice que «llegaron los fariseos, que comenzaron a discutir con él». No dice que Jesús discutía con ellos. No me imagino a Jesús discutiendo, sí me lo imagino queriendo dialogar. Pero cuando alguien no quiere dialogar, el problema no es nuestro, es del otro, es el otro el que no quiere. El que discute generalmente cae en el desafiar, en el intentar poner a prueba al otro, porque en el fondo no le interesa lo que el otro piensa y siente, sino que solo en lo que él piensa y siente.

El que discute no escucha, no está dispuesto a escuchar, por eso discute; es medio sordo del corazón. El que discute no está abierto a incorporar algo nuevo, sino que busca que el otro se adecue a su manera de ser. Por eso los fariseos discuten, desafían y piden un signo, mientras tenían el signo frente a sus narices. Mucho para aprender de la Palabra de Dios de hoy. No solo en nuestra relación con los demás, sino con nuestro Padre. ¿Dialogamos con nuestro Papá del cielo o discutimos? ¿Le preguntamos o lo desafiamos?

Finalmente, creo que es lindo imaginar ese momento en el que «Jesús, suspirando profundamente, dijo: “¿Por qué esta generación pide un signo?”» ¿Qué pensará Jesús de nosotros cuando le pedimos signos todavía? ¿Suspirará de la misma manera? Podemos ser parte de esa generación que no se comporta como hijos y anda siempre desafiando a Dios, pidiéndole signos. Podemos, cuidado. ¿Por qué será que no terminamos de convencernos del signo más grande y maravilloso que podamos imaginar, de Jesús mismo? ¿Por qué será que nos pasamos bastante tiempo de nuestra vida discutiendo, desafiando a otros y al mismísimo Dios y no nos damos cuenta que el mayor desafío está en reconocer el amor de Dios que se hizo carne en Jesús y se hace carne todos los días con su Palabra en la Eucaristía, en los más pobres, en nuestra familia? ¿Qué Dios pretendemos? ¿No seremos demasiados pretensiosos?

VI Domingo durante el año

VI Domingo durante el año

By administrador on 14 febrero, 2021

Marcos 1, 40-45

En aquel tiempo: Se le acercó un leproso para pedirle ayuda y, cayendo de rodillas, le dijo: «Si quieres, puedes purificarme». Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Lo quiero, queda purificado». En seguida la lepra desapareció y quedó purificado.

Jesús lo despidió, advirtiéndole severamente: «No le digas nada a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio».

Sin embargo, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo, divulgando lo sucedido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que debía quedarse afuera, en lugares desiertos. Y acudían a Él de todas partes.

Palabra del Señor

Comentario

¡Qué maravilla es cuando empezamos a experimentar que la celebración de la Misa del domingo ya deja de ser parte de un «análisis» semanal para ver si voy o no! Es lindo para nosotros, los sacerdotes, ir viendo como ciertas personas experimentan ese gozo, la alegría de acercarse a Jesús superando toda obligación externa, todo precepto de la Iglesia; que es necesario, pero que es mucho más necesario internalizarlo, amarlo. No estoy en contra del precepto ni mucho menos. Soy un agradecido a mis padres que siempre, desde niño, me hicieron sentir y reconocer que el domingo no solo era un día especial para descansar un poco más, un día para comer en familia, para ver un buen partido de fútbol o lo que sea, sino que era un día especial en donde era necesario renunciar un poco a mí mismo para darle a Dios algo de mi corazón o todo; pero se lo va dando de a poco, es verdad, aunque no siempre lo hacía.

Sin embargo, me pregunto: ¿Cuántos cristianos irían a Misa un domingo si a la Iglesia se le ocurriera un día decir que no es precepto –incluso como está pasando en muchos lugares–, que no tenemos la obligación, que deja de ser un «pecado»? ¿Qué pasaría? Por las dudas, no lo pensemos mucho, no vaya a ser que nos encontremos con la triste realidad, con la difícil realidad de que hay poco amor a Jesús o porque todavía no lo descubrimos (no por maldad).

El precepto es necesario, porque es una guía, un faro que nos marca el camino. Pero cuando tenemos que «obligar», el amor, tarde o temprano, deja de ser amor para convertirse en un «no sé qué». Es por eso que miles de cristianos, después de miles de idas y vueltas, recién en etapas muy adultas de la vida descubren lo que realmente es la Misa y es ahí cuando no la dejan más. Como siempre, intento decirte no importa en qué etapa estás, no importa en qué momento estás de tu situación, de la vida espiritual, lo importante es que seamos sinceros con Dios y con nosotros mismos. Sea lo que sea siempre es bueno pedir la gracia, pedir fe para reconocer que la Misa y sus frutos en nosotros son algo que nos viene de lo «alto», es un don que se va descubriendo y que cuando se lo descubre, es muy difícil de dejar; pero, al mismo tiempo, hay que buscarlo. Ni la fe es pura obligación, ni la fe tampoco es «hago lo que siento» cuando lo siento, sino que la fe también es reconocimiento de un don que nos pide una respuesta con libertad y amor. Y esto es un proceso inevitable, largo y a veces muy arduo. Eso necesita y quiere Dios. Eso desea Jesús de nosotros.

Algo del Evangelio de hoy nos ayuda a rumbear un poco para ese lado y no quedarnos en la superficialidad. Una vez más, Jesús hace un milagro que es mucho más que una simple curación de un cuerpo enfermo, sino que es un milagro que enseña que lo impuro puede volver a ser puro, solo gracias a su poder, que es el amor. De hecho, es el mismo Jesús quien dice: «Lo quiero, queda purificado». ¿Y a qué impurezas se refiere? ¿Cuál es la pureza que viene a devolvernos la presencia de Jesús en nuestras vidas? La impureza que representa la lepra de la escena de hoy, esta enfermedad que alejaba a las personas del contacto con su comunidad y con el culto de esos tiempos, es justamente eso, un obstáculo que nos impide el verdadero contacto con Dios, con un Dios que es y quiere ser Padre abrazador y no tanto como a veces lo imaginamos nosotros, justamente a causa de la impureza que llevamos a cuestas. Es la impureza que nos aísla del amor de los demás, creyéndonos indignos de poder recibirlo y darlo. ¡Es muy triste el sentirnos impuros e indignos del amor de Dios y de los demás! Esa es la lepra más leprosa, valga la redundancia. Es triste, pero es así. Es tristeza del alma. Es la tristeza de la imposibilidad de aceptar que Dios nos ama así, incluso impuros, pecadores, y que nos ama incondicionalmente, siempre y para siempre, aunque estemos tirados y zaparrastrosos por el camino de la vida, llenos de inmundicia.

Él quiere devolvernos la pureza, que no significa no equivocarnos nunca, sino que nos demos cuenta que aun pecando y pecando podemos buscarlo y amarlo, aun habiéndonos alejado de todos podemos volver a amar y ser amados.

Por otro lado, aunque no se ve a simple vista, parece ser que Jesús no queda muy conforme con el milagro de hoy, porque el leproso desobedece lo que Él le pide y, a partir de ahí, ya ni siquiera podía entrar a las ciudades a predicar, sino que iban a buscarlo para ser curados de sus dolencias. ¿De qué sirve dejarse curar por Dios si después no lo escuchamos? Jesús lo purifica. No solo lo cura, no solo le quita las manchas de su cuerpo, sino que vuelve a ponerlo en contacto con Él y con su comunidad, con sus hermanos, con los sacerdotes de su pueblo. Lo purifica para que él descubra que los demás también tenían que buscar eso.

No podemos olvidar lo del domingo pasado: «Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido». Él también quería predicar, Él quería y quiere ser escuchado y cuando no lo escuchamos, cuando buscamos de Él solo cuestiones físicas o terrenales, que no están mal, pero nos quedamos a mitad de camino y nos perdemos la mejor parte, Él se da cuenta que nos falta algo.

El leproso cometió un solo error: no escuchó a Jesús. Recibió lo que quería, pero se perdió lo mejor, obedecer la palabra de Jesús: «No le digas nada a nadie». Jesús vino a purificarnos, no solo a curarnos, no te olvides. Quiere que podamos escucharlo y lo que más le duele es que no lo escuchemos. Ese es el gran peligro. Que nuestro afán por «estar bien» del cuerpo no nos haga olvidar que lo mejor que nos puede pasar es estar bien del alma, confiar en Él, creerle a Él, más allá de nuestras enfermedades o problemas.

¿Vos querés ser purificado? Yo sí. Levantemos la mano en el corazón y pidámoselo a Jesús con toda nuestra fe.

V Sábado durante el año

V Sábado durante el año

By administrador on 13 febrero, 2021

Marcos 8, 1-10

En esos días, volvió a reunirse una gran multitud, y como no tenían qué comer, Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Me da pena esta multitud, porque hace tres días que están conmigo y no tienen qué comer. Si los mando en ayunas a sus casas, van a desfallecer en el camino, y algunos han venido de lejos».

Los discípulos le preguntaron: «¿Cómo se podría conseguir pan en este lugar desierto para darles de comer?»

Él les dijo: «¿Cuántos panes tienen ustedes?»

Ellos respondieron: «Siete».

Entonces él ordenó a la multitud que se sentara en el suelo, después tomó los siete panes, dio gracias, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que los distribuyeran. Ellos los repartieron entre la multitud. Tenían, además, unos cuantos pescados pequeños, y después de pronunciar la bendición sobre ellos, mandó que también los repartieran.

Comieron hasta saciarse y todavía se recogieron siete canastas con lo que había sobrado.

Eran unas cuatro mil personas. Luego Jesús los despidió. En seguida subió a la barca con sus discípulos y fue a la región de Dalmanuta.

Palabra del Señor

Comentario

Un día más, un sábado más que se nos regala la posibilidad de frenar un poco, descansar, poner este audio con la Palabra de Dios y animarse a escuchar lo que Jesús nos quiere decir. A veces te resultará repetitivo que lo diga una y otra vez, pero la verdad que a fuerza de repetir las cosas nos van quedando en el corazón. Si pensamos en la historia de la Iglesia, en la Iglesia como un cuerpo cuya cabeza es Cristo, podríamos decir que hace dos mil años la Iglesia como cuerpo viene escuchando la Palabra de Dios una y otra vez, y podríamos pensar que es repetitivo. Sin embargo, lo sigue haciendo porque necesita volver a escuchar. Vos y yo necesitamos volver a escuchar. Vos y yo necesitamos volver a experimentar que solo esforzándonos, solo permaneciendo y solo dejando que la gota de agua, de rocío del amor de Dios que desciende por su Palabra en nuestro corazón, solo recibiéndola y permaneciendo mucho tiempo, nos mojará el corazón y hará que brote en nosotros lo mejor, lo que él quiere. Por eso, una vez más, este sábado anímate a tomártelo con más calma.

Siempre sobra podríamos decir, siempre sobra cuando se trata de las cosas de Dios. Cuando Jesús está en medio de nosotros, en nosotros, jamás puede faltar lo esencial para vivir. Cuando falta, en realidad es porque Jesús no está ahí, no porque él no quiere, sino porque alguien no le dio lugar, alguien no lo deja entrar, alguien le cerró la puerta. Dice así el libro del Apocalipsis: «Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos». Solo es cuestión de dejarlo pasar. Él está tocando la puerta, la de tu corazón y la del mío. Cuando Jesús está en un corazón, jamás faltará lo necesario para vivir en paz, o sea, el amor que se necesita.

La Madre Teresa, santa Teresa de Calcuta, no refiriéndose directamente a este evangelio, pero sí creo que cae como anillo al dedo, decía algo así: «Yo hago lo que usted no puede, y usted hace lo que yo no puedo. Juntos podemos hacer cosas grandes». Cada uno podríamos decir entonces que hace lo que puede –eso quiso decir la Madre Teresa– y los otros hacen lo que uno no puede hacer, porque no todos podemos hacer todo, pero con esos «podemos» chiquitos se pueden hacer cosas grandes que a veces ni calculamos, que ni pensamos. ¡Qué emoción cuando uno se pone a pensar en esto con fe y profundidad! ¡Esto es la Iglesia! ¡Qué maravilla cuando nos damos cuenta que la multiplicación de los panes es el milagro continuo del amor de Jesús que se comparte y se derrama abundantemente a lugares impensados, a corazones que nunca imaginamos! ¿Cuántas obras en la Iglesia comenzaron así? Seguramente tu comunidad, un movimiento, una parroquia. Tantas obras de caridad que surgieron por un «podemos» de alguien y el «podemos» del otro y, de golpe, todo empezó a crecer.

El milagro de la multiplicación de los panes pasó verdaderamente, no como algunos tratan de negar diciendo que es un escrito simbólico. Es una pérdida de tiempo detenerse en estos análisis, lo importante es que Jesús lo hizo y lo sigue haciendo. Jesús lo hace a cada minuto, en cada rincón del mundo, cuando creemos en su amor, cuando confiamos en su palabra, cuando nos abandonamos a su obra –que es más grande que la nuestra–, cuando no nos adueñamos de su amor, cuando simplemente somos instrumentos, canales, cuando nos animamos a escuchar esto cada día. Pero al mismo tiempo levantamos el corazón para ver que hay miles de «hambrientos», como nosotros, que necesitan del «pan de Jesús», del pan material, del pan de una vida más llevadera, más digna, pero también del pan del amor, del pan de la Palabra.

¿Pensás que tenés que tener mucho para convertirte en pan para los demás? ¿Pensás que tenés que saber mucho para poder hablar de Jesús a los otros? Eso no es así. Somos luz y sal. Somos sal y somos luz. Llevamos en nuestro interior el tesoro y la capacidad de amar, no hay que dar muchas más vueltas.

Cuando damos muchas vueltas, es porque no nos damos cuenta de que lo que buscamos ya lo tenemos al alcance de nuestras manos, de nuestro corazón. No hay que ir a buscar pan para todos a todos lados, hay que dar lo que se tiene y eso se multiplica. Así de sencillo. ¿Nos parece raro? ¿Será porque todavía no experimentamos que el amor de Jesús siempre es desbordante? Si ya lo hacés, afírmate en esta maravilla multiplicadora. Si todavía no lo hiciste, pensá en alguien que pueda hacer «lo que vos no podés» y ponete a hacer «lo que otros no pueden». Y así es como se van uniendo los eslabones de la cadena y se llega a donde jamás se hubiese pensado.

Siempre sobra cuando se ama, siempre sobra cuando se trata de las cosas de Dios, cuando Jesús está en medio de nosotros, cuando le abrimos la puerta para cenar con él todos los días.