Topic: Mateo

IV Domingo durante el año

IV Domingo durante el año

By administrador on 29 enero, 2023

Mateo 4, 25 — 5, 12

Seguían a Jesús grandes multitudes que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.

Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a Él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:

«Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron».

Palabra del Señor

Comentario

Es el domingo de la felicidad. De la invitación a la felicidad, no a la felicidad fabricada desde afuera y que nos quieren vender por unos pesos o dólares. Es el domingo de la felicidad, pero de la verdadera, la que perdura y viene de Dios si vivimos como Él quiere, siguiendo su voluntad. Es el domingo de las bienaventuranzas, el domingo donde Jesús nos abre su corazón para siempre.

Son felices los que se dan cuenta que la felicidad no solo se construye día a día con las propias decisiones, sino que se encuentra también cuando se aprende a renunciar a ser los propios artífices de nuestras vidas. Son felices lo que descubren que la humildad y la pobreza de corazón es condición necesaria para encontrar la paz que perdura para siempre. Son felices los que aún en medio de un mundo que promueve el tener por el tener, aprenden a tener lo necesario y comparten con los que no tienen tanto. Son felices los que se alegran por poseer lo que nadie nos puede quitar, el amor de Dios en nuestros corazones. Son felices los que descubren que ser feliz es también una promesa de Jesús para los que viven como Él, para los que aprenden de su mansedumbre y humildad.

Serán felices los que sufren pero se dejan consolar porque se reconocen necesitados. Serán felices los que al afligirse aprenden a abrir su corazón a los demás sin temor a la humillación por su debilidad. Serán felices los que sufren pero se dejan consolar por Jesús, que no solo consuela en el silencio, sino a través de otro hermano sufriente. Serán felices los que aceptan que el sufrimiento es parte de nuestra existencia y, sin buscarlo, logran darle un sentido más profundo.

Son mucho más felices los que saben esperar e intentan llevar el ritmo de Dios, no el propio. Son mucho más felices los que no pierden la paciencia por estar esperando que las cosas sean como ellos pretenden. Son mucho más felices los que por ser pacientes descubren que la vida y los demás tienen muchas cosas lindas para darles. Son muchos más felices aquellos que esperan sabiendo que el tiempo sabe curar las heridas. Son muchos más felices los que aprenden con paciencia a convivir con la debilidad propia y ajena, y no esperan un mundo perfecto que acá no existe. Son mucho más felices los hijos de Dios que a pesar del sufrimiento y dolor de esta vida, saben que el Padre algún día nos hará participar de la vida eterna, de la eterna felicidad.

Es feliz el que busca y busca, con la certeza de que solo el que “busca, encuentra”. Es feliz el que no baja los brazos y lucha día a día por la santidad, por hacer la voluntad del Padre, aún en medio de sus pecados. Es feliz el que sabe que la santidad viene de Dios y no es un trofeo a alcanzar, solo Él puede hacernos santos.

La felicidad se encuentra en el perdón y la misericordia. La felicidad es vivir la experiencia de sentirse perdonado siempre y de jamás retener el perdón a otro que nos ha ofendido a nosotros o a la humanidad. La felicidad es la alegría de no guardar rencor en el corazón por tener la certeza de que Dios no lo guarda con nosotros. La felicidad que proviene de la misericordia no puede compararse con ninguna, porque quita el peso del alma que solo Dios puede quitar.

Siempre será feliz el que mira con el corazón, con un corazón puro que jamás distorsiona la imagen de los demás. Siempre será feliz, aún en medio de un mundo sucio, aquel que no se deja ensuciar el alma con impurezas que no nos dejan en paz. Siempre será feliz el que no juzga, no critica, no mira a los demás con los anteojos del orgullo personal.

Los felices de este mundo son los que trabajan por la paz del corazón y la de su entorno. Los felices de este mundo son los que buscan la paz luchando interiormente por amar y salir de sí mismos. Los felices de este mundo son los que viven como hijos de Dios, sin pretender grandezas mundanas.

Se puede ser feliz aún en medio de la prueba y la persecución, no porque sea linda, sino porque se sufre con amor y por amor. Se puede ser feliz siendo perseguido y calumniado como lo fue el mismo Jesús. Se puede ser feliz aunque nos dejen solos, porque nunca está solo quien se siente amado y ama a su Padre del cielo. Se puede ser feliz si esa persecución y crítica se convierte en oración y perdón para los que nos persiguen.

¿Todavía vas a creer en las felicidades de papel, en las felicidades que dan felicidad por cuotas? Jesús nos invita a una felicidad mucho más grande y duradera.

III Domingo durante el año

III Domingo durante el año

By administrador on 22 enero, 2023

Mateo 4, 12-23

Cuando Jesús se enteró de que Juan Bautista había sido arrestado, se retiró a Galilea. Y, dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaúm, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: «¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, país de la Transjordania, Galilea de las naciones! El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en las oscuras regiones de la muerte, se levantó una luz».

A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: «Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca».

Mientras caminaba a orillas del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar porque eran pescadores. Entonces les dijo: «Síganme, y yo los haré pescadores de hombres».

Inmediatamente, ellos dejaron las redes y lo siguieron.

Continuando su camino, vio a otros dos hermanos: a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca con Zebedeo, su padre, arreglando las redes; y Jesús los llamó.

Inmediatamente, ellos dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron.

Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y sanando todas las enfermedades y dolencias de la gente.

Palabra del Señor

Comentario

Como vengo anticipándote desde hace dos domingos, hasta el tiempo de Cuaresma, nos acompañará cada domingo el Evangelio según San Mateo. Recordá que cada año la Iglesia nos da la oportunidad de escuchar un Evangelio distinto los domingos, este año nos toca Mateo, el año pasado tocó Lucas, el año que viene tocará Marcos, se llaman ciclos A, B y C. Y el Evangelio de Juan se lee todos los años alternadamente y en tiempos especiales como Pascua y algunas fiestas. Con lo cual, si vamos a misa todos los domingos, o bien leemos las lecturas de los domingos durante tres años, podemos tener un panorama casi total y general de lo que dice cada evangelista sobre Jesús. Pero bueno, no vamos a entrar hoy en estos detalles, solamente es a modo de información, que creo que nos ayuda.

El domingo pasado Juan el Bautista «señalaba» a Jesús como el Cordero de Dios que quitaba el pecado del mundo. Hoy es el mismo Jesús que empieza a recorrer, a enseñar, a proclamar, sanar y llamar a algunos hombres para que lo ayuden. Muchas cosas para un solo día. Por eso simplemente te dejaré algunas cosas para ayudarte en tu oración personal este domingo.

¿Qué proclama Jesús? ¿Qué vino a decirnos fundamentalmente a todos, a todos los hombres de todos los tiempos? Que el Reino de Dios está entre nosotros y es por eso que sabiendo y creyendo que está debemos disponernos a cambiar, a convertirnos, ¿te acordás? Lo hablamos mucho hace un par de semanas. El Reino de Dios no es un lugar concreto, no es un templo –aunque está, por supuesto, en la iglesia –, no es la Iglesia en sí misma –aunque la iglesia es aquella que lo trasmite, lo quiere instaurar–, sino que quiere decir que él reina, es él mismo entre nosotros reinando, Dios mismo reinando; es su presencia en este mundo. No es al revés, no es que hay que convertirse para que Dios Reine, sino todo lo contrario. No es que hay que ser bueno para encontrar a Dios, sino que Dios está a pesar de que a veces no somos buenos, que a veces nos rodea la maldad y la injusticia o a veces somos nosotros mismos los que la cometemos. Dios reina y quiere que nos demos cuenta, para dejarlo entrar en nuestras vidas. Esto que parece un detalle lingüístico, una forma de decir algo un poco mejor, no lo es. No es que Dios nos pone condiciones para estar con nosotros, Dios está con nosotros y eso nos condiciona. Es algo mucho más lindo y es lindo que sea así. Por eso Jesús llama a quien quiere, como aparece en Algo del Evangelio de hoy. Jesús llama a estos pescadores mientras pescan.

Nada de lo que hacemos para Jesús es indigno, en todos los lugares de nuestra vidas él se puede «meter» para llamarnos, para mostrarnos que el que reina en este mundo en definitiva es él, aunque muchos todavía no se den cuenta. Jesús también elige para que aquellos que él elije también elijan a otros, muestren a otros el verdadero camino. No existe un Reino, y mucho menos de Dios, si no hay, de algún modo, dos partes, dos dimensiones: uno que Reina y otro que acepta ser «gobernado» por amor, ser amado. Es como el amor, no hay amor si no hay dos corazones que se amen, y siempre donde hay dos corazones que se aman, tarde o temprano termina habiendo tres, cuatro, cinco, miles, incontables, porque el amor verdadero siempre desborda y atrae a otros. Eso significa que el Reino de Dios está cerca, que Jesús vino a amar, a enseñar, a sanar y muchos aceptaron ese amor, ese llamado, y es por eso que existe la Iglesia, para eso existe la Iglesia, no tiene otro sentido si no es para manifestar ese amor y para amarnos mutuamente y mostrar con nuestro amor que Dios está presente en el mundo. Para eso Jesús llamó a los discípulos, para eso nos llama a vos y a mí, no para que nos miremos el «ombligo» y nos creamos los «especiales» de este mundo, para eso no es la Iglesia, sino para que podamos hacer lo mismo que él, salir a «pescar» corazones afligidos, corazones deprimidos, corazones descreídos, corazones enojados, corazones que odian, corazones que no entienden que Dios está, corazones rencorosos, corazones ambiciosos, corazones perezosos, avaros, soberbios y egoístas, como muchas veces son el tuyo y el mío y que tenemos que seguir aprendiendo a cambiar. Tenemos que salir a pescar, pero amando, no imponiendo nada. ¡Qué lindo volver a escuchar hoy estas palabras de Jesús: «Síganme, y yo los haré pescadores de hombres»!

Que tengamos un buen domingo y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

Fiesta del Bautismo del Señor

Fiesta del Bautismo del Señor

By administrador on 8 enero, 2023

Mateo 3, 13-17

Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado por él. Juan se resistía, diciéndole: «Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!». Pero Jesús le respondió: «Ahora déjame hacer esto, porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo». Y Juan se lo permitió.

Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él. Y se oyó una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección».

Palabra del Señor

Comentario

Dios quiso cambiar. Dios quiso dejar de ser un Dios lejano que no tenía nada que ver con nosotros; y por eso se hizo hombre por nosotros, se abajó. Es así como podemos llamarle «el Dios con nosotros». Eso es lo que hemos estado celebrando durante este tiempo de Navidad; Dios se hace hombre por nosotros, cambia por amor, se hace niño en el vientre de una Virgen humilde y sencilla, vive en una familia, se deja visitar por la gente sencilla de esos tiempos –por los pastores– y se deja descubrir también por los paganos, por aquellos que también de algún modo desean y buscan al creador de todo.

Eso celebrábamos en la fiesta de los llamados Reyes, de la Epifanía del Señor. Eso celebramos en estos días. Y hoy empezamos lo que se llama el tiempo ordinario, el tiempo común de la Iglesia, el tiempo durante el año. Con esta linda fiesta del Bautismo del Señor empieza la vida pública de Jesús. Él deja de estar escondido como estuvo durante treinta años, viviendo sencilla y pobremente, trabajando con su familia, para empezar a ser escuchado, para empezar a ser visto por todos, para ayudar a cambiar a los demás, a vos y a mí. Jesús no solo cambió él mismo al dejar de ser aquel Dios inaccesible, para hacerse amor por nosotros, sino que también con su ejemplo, con su modo de vida, nos quiere ayudar a nosotros a vivir, a cambiar. Esa es la misión de Jesús en la tierra: llevarnos al Padre por amor. Y por eso se deja bautizar, por eso se mete en el río Jordán y se deja bautizar por su predecesor Juan el Bautista. Se introduce en las aguas de este mundo, se dejó bautizar por aquel que no se sentía digno de desatarle la correa de sus sandalias, por aquel que reconoce que primero tiene que ser bautizado él. Él no puede darle el bautismo a aquel que no tiene pecado; sin embargo, Jesús otra vez cambia por amor a nosotros.

¿Y por qué?, podemos preguntarnos ¿Por qué se deja bautizar Jesús? Bueno, muchísimas lindas razones, pero entre ellas, o algunas de ellas, podríamos mencionar que se bautizó para ahogar en y con su amor todos los pecados de la humanidad. Carga en su corazón –aunque esto no le correspondía– todos los pecados del mundo; todas las malas acciones de aquellos que nos reconocemos pecadores; todos los pecados de aquellos que incluso no se reconocen pecadores; todos los pecados de aquellos que queremos amar pero, sin embargo, día a día nos cuesta; todos los pecados de aquellos que hacen el mal conscientemente; los pecados de toda la humanidad, de toda la historia. ¡Qué maravilloso!

Jesús al sumergirse en el río Jordán empieza su camino hacia la cruz, empieza su camino de humildad, de sencillez, empieza el camino de cambiar para poder amar. Siendo Dios también cambia y nos enseña a cambiar, porque para amar hay que estar dispuestos a cambiar. Al bautizarse en el río Jordán quiso ahogar todo el orgullo y la soberbia de este mundo –de tu corazón y el mío- que no reconoce, a veces, ser hijos de Dios y queremos vivir al margen de Dios, independientemente de él.

Jesús también al bautizarse quiere que nosotros aprendamos a ahogar, a hacer desaparecer de nuestro corazón el orgullo y la soberbia que nos impiden cambiar. Es el orgullo y la soberbia, el ego de nuestro corazón lo que nos inmoviliza y obstaculiza para que podamos cambiar por amor. Por eso nosotros, al recibir el Bautismo, comenzamos también una vida nueva. También nos sumergimos y queremos sumergirnos en un cambio, queremos cambiar por amor a otros. No podemos ser verdaderos hijos de Dios si no aprendemos a seguir el camino de Jesús, si no aprendemos a ahogar nuestros caprichos, nuestra soberbia, nuestro orgullo. ¿Cómo es posible que Dios haya cambiado tanto por nosotros? ¿Cómo es posible que Dios no solo se haya hecho hombre, sino se haya hecho pasar por «uno de tantos», aunque no tenía pecado? Solo es posible por amor. Porque el amor es cambiar, el amor es estar continuamente atento a lo que necesitan los demás, al bien de los otros; y Dios es el primero que da el paso en ese sentido, y es el primero que quiere que también nosotros hagamos lo mismo. Por eso ser bautizados, ser hijos de Dios, ser miembro de la Iglesia es vivir cada día esta verdad; es dejar que nuestros pecados se sumerjan en el amor de Jesús que nos perdona siempre pero que, al mismo tiempo, quiere que nosotros dejemos ahogar –por su amor– tanto orgullo, tanta soberbia, tanta pereza, tanta avaricia, tanta lujuria, tanta búsqueda de nosotros mismos y olvido de lo que necesitan los demás.

Sigamos en este camino, sigamos en el camino de dejarnos abrazar y empapar por el amor de Jesús en esta fiesta de su Bautismo, que es una muestra más de su amor por nosotros. Y así, con ese amor, comienza su vida pública y terminará también en la cruz, dejando que le claven los pecados de todo el mundo por amor a nosotros.

Que tengamos un buen domingo y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

Feria de Navidad

Feria de Navidad

By administrador on 7 enero, 2023

Mateo 4, 12-17. 23-25

Cuando Jesús se enteró de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea. Y, dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaúm, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: “¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, país de la Transjordania, Galilea de las naciones! El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en las oscuras regiones de la muerte, se levantó una luz”. A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: «Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca».

Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias de la gente. Su fama se extendió por toda la Siria, y le llevaban a todos los enfermos, afligidos por diversas enfermedades y sufrimientos: endemoniados, epilépticos y paralíticos, y él los curaba. Lo seguían grandes multitudes que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.

Palabra del Señor

Comentario

El niño Jesús nació para manifestarse, para santificar todo lo que tocó con su vida, para santificar tu vida y la mía, para hacerla sagrada. Por eso se mostró a todos, por eso se dejó encontrar por los sabios de Oriente, para enseñarnos que su amor no es exclusividad de algunos. Pero al mismo tiempo, se nos manifestó para ayudarnos a cambiar, a transformar nuestros corazones, para poder pasar de la muerte a la vida, del pecado a la gracia, de la mediocridad a la entrega, y así podríamos seguir.

Podemos reflexionar desde Algo del Evangelio de hoy sobre la palabra cambiar, convertirse. Todo cambia a nuestro alrededor y en nuestro interior. Todo pasa, todo se muda, todo se transforma. ¿Quién puede negar eso? Por supuesto que hay muchas cosas que permanecen, que se mantienen en su esencia y nunca cambiarán, y está bien que así sea. Que todo cambie no quiere decir que todo da lo mismo, como muchas veces se quiere enseñar hoy para justificar cualquier cosa. Que todo cambie no significa «relativismo» –o sea que no hay verdad–, «cualquierismo» dicho en criollo, aunque a algunos les guste vivir así. Que todo cambie no implica que continuamente debemos estar a tiro de la moda. Sin embargo, no podemos negar esta realidad, que muchas veces nos pasa por encima, por decirlo de algún modo. De hecho, nosotros mismos vamos cambiando, vamos creciendo, desarrollándonos. Si miramos para atrás en nuestras vidas, podemos decir que somos los mismos, pero que al mismo tiempo no somos iguales. Fuimos cambiado, a veces para bien, en algunos aspectos, otras veces no tanto. Pero cambiamos, en nuestro modo de ser, en nuestros pensamientos y fundamentalmente también en nuestro cuerpo.

Y si en una época por ahí se vio, o incluso se puede seguir viendo hoy para algunos, como un valor el «no cambiar», el permanecer siempre igual, el hacer siempre lo mismo y de la misma manera, el ser estrictos y metódicos, el ser ordenados y estructurados, el no mostrarse débil; en definitiva, el «no cambiar», hoy podemos decir lo contrario. Se ve de modo más positivo, a veces exacerbadamente, es verdad. Parece ser que solo el que cambia y se adapta, puede subsistir en este mundo en el que todo cambia. Las personas que cambian parecen ser las más exitosas, las más reconocidas, se dice por ahí. Ahora… ¿Y nosotros los cristianos? ¿Qué tenemos que hacer? ¿Nos mantenemos o cambiamos? ¿Hacia dónde vamos? En la Iglesia siempre también hay tensiones, es lógico y sano que así sea. Sería de necios negarlo. Hubo siempre y habrá confusiones en estos temas. Desde el principio las hubo y las seguirá habiendo.

Algunos pregonan los cambios por el solo hecho de cambiar y otros se amarran al pasado por miedo a cambiar pensando que todo «se vendrá abajo». ¿Qué hacemos entonces? La respuesta a todos estos temas, aunque a simple vista no parezca, está, como siempre, en mirarlo a Jesús. Siempre debemos mirar y escuchar a Jesús, porque cuando dejamos de hacerlo es cuando resolvemos mal estas tensiones, tiramos más de un lado que para el otro. Hay que ver y meditar lo que él hizo o dejó de hacer. Para eso cada día escuchamos y rezamos con la Palabra de Dios, para aprender de él el mejor camino, porque él es el Camino, la Verdad y la Vida.

¿Qué tiene que ver todo esto con la Palabra de Dios de hoy? Lo digo porque Jesús invitó al cambio, nos animó a cambiar diciendo «conviértanse», que significa también cambien de mentalidad. ¿Jesús qué hizo? Nunca dejó de ser lo que era, pero sin embargo cambió por nosotros y ayudó a cambiar a otros. Se hizo hombre sin dejar de ser Dios, y fue Dios sin dejar de ser hombre. Todo un cambio para él y para nosotros.

¿Cómo se resuelven las tensiones de esta vida, las tensiones de la fe, de la espiritualidad? Aprendiendo de Jesús, que cambió por amor y no por eso dejó de ser lo que era, como magistralmente lo decía san Pablo: «Él, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente.

Al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que, al nombre de Jesús, toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: “Jesucristo es el Señor”».

Pidámosle a Jesús que con sus cambios, que cambió a otros, nos ayude a cambiar a nosotros, descubriendo lo que realmente somos, pero animándonos a dar pasos de santidad, pasos de amor, de entrega. Dios es así, Jesús lo vivió así, aunque parezca contradictorio. Y nosotros… ¿qué queremos hacer? ¿Nos animamos a cambiar por amor?

Solemnidad de la Epifanía del Señor

Solemnidad de la Epifanía del Señor

By administrador on 6 enero, 2023

Mateo 2, 1-12

Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de oriente se presentaron en Jerusalén y preguntaron: « ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo». Al enterarse, el rey Herodes quedó desconcertado y con él toda Jerusalén. Entonces reunió a todos los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo, para preguntarles en qué lugar debía nacer el Mesías. «En Belén de Judea, le respondieron, porque así está escrito por el Profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menos entre las principales ciudades de Judá, porque de ti surgirá un jefe que será el Pastor de mi pueblo, Israel». Herodes mandó llamar secretamente a los magos y después de averiguar con precisión la fecha en que había aparecido la estrella, los envió a Belén, diciéndoles: «Vayan e infórmense cuidadosamente acerca del niño, y cuando lo hayan encontrado, avísenme para que yo también vaya a rendirle homenaje».

Después de oír al rey, ellos partieron. La estrella que habían visto en Oriente los precedía, hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el niño. Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría, y al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose le rindieron homenaje. Luego, abriendo sus cofres le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra. Y como recibieron en sueños la advertencia de no regresar al palacio de Herodes, volvieron a su tierra por otro camino.

Palabra del Señor

Comentario

Cuando nace Jesús, nace para todos, no para algunos. Nace para todos. Como cristianos, debemos siempre recordar esta gran verdad de nuestra fe. El niño que nació oculto en un pesebre, en el pueblo más sencillo, pobre y humilde de ese tiempo. Bueno, aun naciendo en ese lugar, nació finalmente para ser conocido por todos los hombres y adorado. Hoy, el día que tradicionalmente llamamos de los Reyes, por la visita de estos Magos de Oriente al Niño Jesús, es el día en el que de alguna manera celebramos y afirmamos esta verdad: el niño es para todos, no es para algunos. Jesús es para todos, no es exclusividad de un pueblo o de una elite, sino es de todos.

La primera visita de los pastores al pesebre muestra claramente que los más sencillos son los primeros en llegar a Jesús, que la sencillez de corazón es condición necesaria para encontrarnos verdaderamente con él. Y, por otro lado, la visita de los magos de Oriente, que escuchamos hoy, representa a todos los «buscadores» de Dios, a todos esos que buscan de algún modo la verdad, sean del pueblo y el origen que sea. No imaginemos que estos hombres eran reyes al estilo medieval, no imaginemos que eran «magos» al estilo moderno, sino más bien tenemos que imaginar lo que nosotros hoy llamaríamos «sabios»: hombres que buscaban al verdadero Dios, hombres que buscaban la verdad, filósofos –podríamos también decirlo–. Sin embargo, sabios es el nombre que mejor les queda. Si no, no se explica que hayan sido capaces de recorrer tantos kilómetros siguiendo una estrella para ver a un niño en brazos de una simple mujer.

Tal vez algunas tradiciones populares, las cosas que nos van enseñando a lo largo de los años –especialmente en los años de inocencia–, sin querer, digo, ocultan un poco el verdadero sentido de las fiestas que celebramos. Puede pasar, es normal. Las cosas se desvirtúan. El día de Reyes en la mayoría de los países cristianos del mundo, es el día en el que se recibe algún tipo de regalo. Son los reyes, que, así como le llevaron regalos a Jesús, también nos traen regalos a nosotros. Está bien, es lindo vivirlo así. Pero son pocos los que saben que esta fiesta en realidad se llama la Epifanía, quiere decir esto: manifestación; o sea, día en el que Jesús se manifiesta al mundo, se muestra, se deja ver al mundo que «no lo espera», pero en realidad en el fondo del corazón lo espera.

Jesús no solo nació para los israelitas, sino para todos los pueblos. Todo lo demás son desviaciones de la verdadera fe. Nuestra fe es católica, es para todos, universal, no para unos pocos. Jesús no es solo nuestro, es de todos. Desde el principio, desde la visita de estos magos al Niño Jesús, es de todos. Él se dejó adorar, María y José lo permitieron. Lo mismo debe hacer la Iglesia. ¿Cómo se puede pensar que Dios quiere que lo conozcan unos, pero otros no? «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad», dice la Palabra, y la Verdad es él y salvarse es conocerlo a él.

Muchas son las estrellas que nos guiaron alguna vez hacía el Niño Jesús, al niño en el pesebre, a todos, a vos y a mí. Muchas son las estrellas que hoy también quieren ser signos para que otros hombres día a día se animen a buscar y encontrar lo que su corazón desea desde siempre, aunque no se den cuenta. Él está siempre esperando, nunca se cansará.

No te olvides de la estrella que alguna vez te guió y te señaló el lugar del encuentro con el niño. El olvido hace mal, la amnesia espiritual es lo peor que nos puede pasar. No te olvides de que en cada sagrario, en cada adoración, cada Misa, cada encuentro corazón a corazón con otra persona por amor, cada momento de oración, es una nueva Epifanía, una nueva manifestación de Jesús para que podamos adorarlo y postrarnos ante él –como lo hicieron esos magos–, reconocerlo como nuestro pequeño pero gran rey.

Llenémonos de alegría como ellos en este día, por poder encontrarnos con Jesús día a día y dejemos nuestras ofrendas a sus pies, todas nuestras obras, nuestras alegrías y tristezas, nuestros triunfos y fracasos, todo lo que llevamos dentro del corazón.

Por último, y otra vez, nunca te olvides de que Jesús es para todos y algún día todos deberemos, como dice san Pablo, «doblar nuestra rodilla» para adorarlo, porque, lo busquemos o no, él es y será siempre nuestro Salvador.

Fiesta de la Sagrada Familia, Jesús, María y José

Fiesta de la Sagrada Familia, Jesús, María y José

By administrador on 30 diciembre, 2022

Mateo 2, 13-15. 19-23

Después de la partida de los magos, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.»

José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto.

Allí permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por medio del Profeta: Desde Egipto llamé a mi hijo.

Cuando murió Herodes, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José, que estaba en Egipto, y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre, y regresa a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño.»

José se levantó, tomó al niño y a su madre, y entró en la tierra de Israel. Pero al saber que Arquelao reinaba en Judea, en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí y, advertido en sueños, se retiró a la región de Galilea, donde se estableció en una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo que había sido anunciado por los profetas: «Será llamado Nazareno».

Palabra del Señor

Comentario

Dentro de los festejos de la Navidad, durante la octava, celebramos esta fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José. No podría ser en otro momento. La Iglesia quiere remarcar y celebrar que Jesús no solo nació en un pesebre sino en una familia. Hoy pensemos también en nuestras familias. ¿Por qué no? Aunque no lo creas del todo es también sagrada, es un regalo de Dios. Tu familia y la mía van tomando colores distintos a lo largo de la vida, por decirlo de alguna manera. Tu familia es un regalo que muchas veces no terminamos de reconocer. Si sos joven, tú familia es ese lugar en donde tienes que estar, en donde Dios te puso para que aportes algo y donde dejás que los demás aporten algo a tu vida. Si sos joven y ya no vivís con los tuyos, tu familia es tú familia no te olvides. No te creas que ya tienes todo resuelto y no los necesitas. Son los tuyos y vos sos de ellos también. Lo peor que te puede pasar es que se te suban esos aires de independencia egoísta, de pensar que no dependes de nadie. Nada más alejado del amor que eso.

Si ya sos padre o madre estarás en diferentes etapas. Por ahí disfrutando de hijos chicos, donde todo es cansancio, pero también donde todo es gratitud y alegría. Tus hijos son lo mejor que te pasó en la vida, pero hay algo importante. No te olvides de que sos esposa, esposo al mismo tiempo que madre o padre. Si sos padre o madre entrado en años y con hijos grandes, experimentarás de todo un poco. Gratitudes e ingratitudes. Hijos que responden e hijos que se rebelan. Hijos que son fáciles e hijos que hacen la suya. Todos son tus hijos, todos. No hagas diferencias porque a veces el más rebelde, el más alejado, es en realidad el que más necesita de tu ayuda, de tu oración, aunque no lo parezca. El qué más está sufriendo. Si ya sos abuela o abuelo tenés que disfrutar de lo que Dios y la vida te fueron regalando. Y hoy dejarte cuidar casi como si fueras un niño. Ser abuelo es una bendición, pero si te haces niño y no te crees autosuficiente.

Sea lo que sea, estés en la etapa que estés, nuestras familias, la que nos dio la vida o la que formaste, es el lugar sagrado en donde tenemos que aprender a callar, ayudar, amar, perdonar, abrazar, luchar y seguir. Enojarse y desenojarse. Caerte y levantarte. Consolar y dejarte consolar. Llorar y secar lágrimas ajenas. Romper y reparar, rezar y suplicar.

La familia después de Jesús es todo. Tu familia es sagrada. Aprende a disfrutarla y a valorarla. Jesús nos enseñó eso hoy y siempre. Algo del Evangelio de hoy y esta fiesta, nos muestran a un Dios familiar. Quiso nacer en un pesebre, pero principalmente quiso nacer en una familia concreta, con padre y madre. Quiso ser educado y fue educado. Quiso vivir todo lo que vivimos nosotros, lo de cada día durante treinta años, hasta que empezó a predicar. ¿Te parece poco? Incluso su familia, María y José cumplieron lo que todos debían cumplir, aun cuando podrían haber hecho otra cosa. El evangelio de hoy es un claro ejemplo de que José y María hicieron siempre lo que Dios les fue mostrando desde el principio. No se puede ser una verdadera familia sí excluimos a Dios de su lugar principal, si dejamos que no sea el protagonista principal.

Pensá un poco. Me animo a decir que todos los problemas de nuestra familia se deben a que Jesús no es el centro, que no amamos como Él nos enseña. Con Jesús en el centro existe todo lo que nos hace falta como el perdón y la misericordia, el diálogo, la paciencia, la fortaleza. En definitiva, el amor, que es la roca de la familia, porque Jesús es la roca.

La vida de la Sagrada Familia no fue tan fácil como por ahí imaginamos. Desde el comienzo tuvieron que huir, tuvieron que emigrar, tuvieron que escapar de la persecución. Jesús vino a vivir una familia, pero a cumplir la voluntad del Padre, aun cuando obedeció a sus padres. Vivimos en familia para aprender a escuchar a Dios y a obedecerle a Él, a vivir según su palabra. Dios se nos manifiesta también en nuestras familias.

Fiesta de los Santos Inocentes

Fiesta de los Santos Inocentes

By administrador on 28 diciembre, 2022

Mateo 2, 13-18

Después de la partida de los magos, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.»

José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto.

Allí permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por medio del Profeta: Desde Egipto llamé a mi hijo.

Al verse engañado por los magos, Herodes se enfureció y mandó matar, en Belén y sus alrededores, a todos los niños menores de dos años, de acuerdo con la fecha que los magos le habían indicado. Así se cumplió lo que había sido anunciado por el profeta Jeremías: En Ramá se oyó una voz, hubo lágrimas y gemidos: es Raquel, que llora a sus hijos y no quiere que la consuelen, porque ya no existen.

Palabra del Señor

Comentario

Como tantas otras fiestas o costumbres y tradiciones de nuestra fe, esta fiesta, de los Santos Inocentes, creo yo que sin querer ha ido perdiendo su sentido original para terminar, por lo menos por estas tierras, en Argentina, en una especie de oportunidad para probar la inocencia de los más cercanos con algún chiste, alguna broma, incluso a veces de mal gusto. Pero en realidad nada tiene que ver con lo que celebramos. De hecho, si preguntás por ahí, o también vos mismo que estás escuchando: ¿por qué se hacen chistes para probar la inocencia el 28 de diciembre?, seguramente pocos saben que es el Día de los Santos Inocentes; o sea, el día en el que celebramos los primeros mártires, que, aunque no conocieron a Cristo, fueron asesinados a causa de él, por miedo al verdadero rey, por temor a lo que vendría. El rey de ese momento no soportaba que otro rey pueda venir a ocupar su lugar, pero no sabía de qué rey se trataba por supuesto.

El 26 celebramos al primero que dio su vida conscientemente por Cristo, San Esteban; hoy a los primeros que murieron por la verdad antes de conocerla y siendo totalmente inocentes. Un santo lo describe de una manera admirable, te lo voy a leer directamente. Dice así: «Aquellos niños, sin saberlo, mueren por Cristo, y sus padres lloran la muerte de aquellos mártires; Cristo, cuando eran todavía incapaces de hablar, los convierte en idóneos testigos suyos. Así es el reinado de aquel que ha venido para ser rey. Así libera aquel que ha venido a ser libertador, así salva aquel que ha venido a ser salvador. Pero tú, Herodes, ignorando todo esto, te alteras y te llenas de furor; y, al llenarte de furor contra aquel niño, le prestas ya tu homenaje sin saberlo. (…) ¿Qué merecimientos tenían aquellos niños para obtener la victoria? Aún no hablan y ya confiesan a Cristo. Sus cuerpos no tienen aún la fuerza suficiente para la lucha y han conseguido ya la palma de la victoria». ¡Una delicia!

Te propongo hoy poder meditar desde Algo del Evangelio dos cosas, o las que a vos te parezcan. Siempre es bueno elegir para poder realmente profundizar. Acordate que la Palabra de Dios, el alimentarse de ella cada día, puede compararse al modo en cómo alimentamos también nuestro cuerpo. Si te ponen muchos platos para elegir, uno puede comer todo, se puede probar de todo con el afán de no dejar de lado nada, o se puede simplemente elegir lo que uno realmente tiene ganas de comer ese día y disfrutar. A veces por comer todo terminamos por no disfrutar nada, por no saborear en serio la comida. Con la Palabra de Dios puede pasarnos lo mismo. Escucharla es a veces como un gran banquete, con muchas opciones, pero no se puede comer todo junto y mucho menos de golpe, podemos atragantarnos; lo mejor es elegir algo y saborearlo mucho. Elegí algo y saboréalo.

Primero, lo que quiero decirte es que esta matanza de niños inocentes, por un aparente enojo de Herodes, en realidad es fruto de su miedo a perder el poder, de perder su reinado. Él quería matar a aquel que se anunciaba que sería rey, sin saber que el reinado de Jesús no sería como los reinados de este mundo. Y aunque parece demasiado cruel para nuestro tiempo, no está muy alejado de las miles de situaciones y víctimas inocentes que el mundo se sigue cobrando por miedo a perder el poder. Por ejemplo, el negocio de las guerras, el negocio del aborto tan terrible (en donde son víctimas no solo los niños, sino miles de madres), todo tipo de explotación sexual, narcotráfico, políticas de control de la población y miles de cosas más, por miedo a perder el poder. El mundo quiere poder y hace todo lo posible por mantenerlo. El poder es el gran mal de este mundo, cuando es mal usado por supuesto. Es más común de lo que pensamos. Pensemos en nuestros trabajos, pensá en tu grupo, parroquia, incluso a veces en las familias. El poder se puede transformar como en un dios, al cual muchos veneran. Es el dios de este mundo, no el Dios de los cristianos por supuesto.

Cuidado cuando nosotros «matamos» a inocentes por miedo a perder lo que tenemos; en el fondo es pura inseguridad, es pura soberbia, y el soberbio en el fondo se quiere muy poco, tiene mucho miedo.

Lo segundo es que pensemos en nuestra vida personal, porque mientras tanto el mundo está lleno de inocentes que día a día sufren o mueren por causa de otros. Hay miles de mártires silenciosos que aún sin conocer y confesar a Cristo les toca lo peor. A vos por ahí te pasa, te pasó o te pasará. A todos nos puede tocar sufrir injusticias por la maldad de otros, nadie está exento. Pensemos que al mismo Jesús le pasó. Él es el más inocente que murió por la maldad de muchos, para sanar la maldad de muchos. Muchas veces a los cristianos nos toca sufrir injustamente, siendo inocentes, para también ayudarlo a Jesús de algún modo en la salvación de un mundo que lo único que busca es tener poder de todo tipo, de dinero, de status, de cosas materiales, de prestigio a toda costa. Pensemos también si a veces nosotros, incluso siendo cristianos, no nos comportamos como pequeños Herodes, que ante la primera posibilidad de perder nuestro «puestito de poder», somos capaces de «matar», en sentido figurado, todo lo que puede amenazar nuestros deseos de ser alguien en esta vida, ser alguien según la mentalidad del mundo por supuesto.

¿A qué tenemos miedo cuando obramos así? ¿Por qué le tenemos miedo a los que obran así?

Fiesta de San Esteban

Fiesta de San Esteban

By administrador on 26 diciembre, 2022

Mateo 10, 17-22

Jesús dijo a sus apóstoles:

Cuídense de los hombres, porque los entregarán a los tribunales y los azotarán en las sinagogas. A causa de mí, serán llevados ante gobernadores y reyes, para dar testimonio delante de ellos y de los paganos.

Cuando los entreguen, no se preocupen de cómo van a hablar o qué van a decir: lo que deban decir se les dará a conocer en ese momento, porque no serán ustedes los que hablarán, sino que el Espíritu de su Padre hablará en ustedes.

El hermano entregará a su hermano para que sea condenado a muerte, y el padre a su hijo; los hijos se rebelarán contra sus padres y los harán morir. Ustedes serán odiados por todos a causa de mi Nombre, pero aquel que persevere hasta el fin se salvará.

Palabra del Señor

Comentario

¡No nos olvidemos que nosotros también fuimos niños! ¡No nos olvidemos que lo que más queremos también fueron niños alguna vez! ¡No nos olvidemos de esas personas que nos cuesta querer un poco, y bueno ellos también fueron niños!

Seguramente estarás todavía decantando los festejos de estos días. Pasó el 25, y con la Navidad pasaron muchas cosas. Pasó la familia, pasaron los regalos. Pasó la comida de todo tipo y color, pasaron algunas emociones y también algunas tristezas. Pasaron cosas importantes, lindas, pero también tenemos que reconocer que a veces pasa mucha frivolidad y superficialidad. Pasa de todo. Y ahora, ¿cómo seguimos? Tenemos que seguir como estamos, pero acordándonos que «todavía estamos a tiempo», todavía estamos en Navidad. Todavía podemos acercarnos a un pesebre si no lo hicimos. Podemos tomarnos un tiempo de adoración si no tuvimos ese momento. Todavía tenemos algo para dar al que no la pasó tan bien. Todavía nos tenemos a nosotros mismos. Todavía estamos a tiempo de enseñarles a nuestros hijos que, en medio de todo lo que pasó, el protagonista principal de estos días es Jesús. Podemos todavía acercarlo a un pesebre y enseñarle quién es quién en esa representación tan linda, que seguramente tenemos en nuestras casas. Todavía podemos seguir profundizando la Navidad porque durante ocho días la seguiremos celebrando, se llama la «Octava de Navidad». Tratemos de no poner primera otra vez y empezar a correr, porque si no, será más de lo mismo.

Hoy es la fiesta de san Esteban, el primer mártir de nuestra familia de la Iglesia; el primero que, por amor a Jesús, el Dios que se hizo niño, dio su vida. No se la quitaron así nomás, sino que la entregó. Los mártires son los que dieron la vida, como dijo el mismo Jesús: «Nadie me quita la vida, sino que yo la doy por mí mismo». Los mártires no solo son los que dan la vida por medio de su sangre, sino los que también van dando su vida lentamente, gota por gota todos los días. Son lo que después de la Navidad se enamoran de un Dios tan niño, tan frágil, que se deciden a «recibirlo en sus brazos» y empiezan a cargar con el lindo peso de no callar el amor de Dios frente a un mundo que no se da cuenta de tanto amor.

Una vez alguien me contaba, alguien que de hace unos años vivió una vuelta a Dios en su vida –que siempre fue católico, pero que recién en estos tiempos se dio cuenta el tiempo que había perdido–, me decía algo así: «¿Sabés qué es lo que me pasa ahora? Ya no tengo miedo a hablar de Jesús, antes ni se me ocurría, antes me daba vergüenza. Ahora no me importa nada». Y entre los dos pensábamos en eso, porque a mí también en una época de mi vida me pasó lo mismo, tenía vergüenza de hablar de él. En el fondo era un síntoma de que todavía no estaba tan enamorado de Jesús como me creía. Me habían enseñado de él, pero todavía no lo conocía. ¡Ser cristiano es eso: es enamorarse de una Persona que nació y vivió entre nosotros, y sigue viviendo! Es descubrir que Dios se hizo hombre, se hizo niño para que vos y yo podamos conocer el amor de Dios Padre en una Persona concreta, en su hijo. Mientras tanto, si no vivimos así nuestra fe, la fe será solo una moral, una ética, un cumplir algunas reglas, una imposición, una cuestión social, una cuestión de familia, un sentimiento pasajero que deslumbra y se apaga, como los fuegos artificiales de ayer. Creer en este niño nos lleva a no querer callarnos nunca, aunque nos quieran callar y tapar.

Me acuerdo que en una misa de medianoche, en la Misa de Gallo, pasó algo muy simbólico cuando la celebraba, que describe lo que se vivió en la época de Jesús y lo que se sigue viviendo hoy. Mientras proclamábamos la Palabra de Dios a las doce, a las doce y un poquito más, los fuegos artificiales no nos dejaban escuchar la Palabra. El humo y el ruido querían, por decirlo de alguna manera, tapar la voz de Dios. Al terminar de proclamar el evangelio, casi no pude predicar porque no se escuchaba nada. Hicimos silencio cinco minutos, esperando con paciencia… y los ruidos fueron de a poco apagándose. Pero eso jamás podrá pasar. El ruido del mundo, el ruido de los que todavía no perciben la voz de Dios, jamás podrán callar a la Palabra, que jamás pasará. Todo pasará, pero las Palabras de Dios no pasarán. Nadie podrá callar el amor de Dios, el amor de este niño, mientras quede un corazón en esta tierra que lo ame.

El que se enamora de Jesús, como san Esteban, ya no se preocupa por el qué van a decir, por lo que el otro o los otros dirán; al contrario, vive convencido de que no se puede tener una alegría y ocultarla, no se puede decir que se cree en alguien, pero tener vergüenza de hablar de él. ¿Qué persona está enamorada de su novia, novio, de su mujer, de su marido, y la oculta y no dice nada de ella? El que no está verdaderamente enamorado.

Pensemos si esta Navidad nos ayudó a enamorarnos más del niño Jesús. Es lo mejor que nos pudo haber pasado, es el mejor regalo de Navidad, porque la Navidad es Jesús, es de él.

Solemnidad de Navidad

Solemnidad de Navidad

By administrador on 24 diciembre, 2022

Mateo 1, 18-25

Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto. Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados.»

Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: «La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel», que traducido significa: «Dios con nosotros.» Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa, y sin que hubieran hecho vida en común, ella dio a luz un hijo, y él le puso el nombre de Jesús.

Palabra del Señor

Comentario

Llegamos a la Navidad, las vísperas del día más santo de todos. Y llegamos como llegamos –como se dice–, como estamos, como hemos podido vivir estos días, este año tan particular. No hay tiempo para lamentarnos ni para manejar nuestros sentimientos por decreto. No se manejan los sentimientos por decreto de necesidad y urgencia. Es verdad que intentamos hacer un camino estas semanas, pero cada uno llega como llega. No hay que inventar nada. No hay que tapar nada, ni tirar la basura bajo la alfombra. Hay que ser lo que somos y estar como estamos, pidiendo ser sorprendidos por Jesús de alguna manera.

No sé cuándo escucharás este audio, si hoy a la mañana, a la tarde o a la noche, o incluso si lo escucharás. Dios quiera que escuches el relato del nacimiento de nuestro Salvador, que lo escuches como algo sagrado. ¿Por qué no al lado de un pesebre? No importa dónde estés y con quién pases hoy la Nochebuena; por supuesto que sí, con los seres queridos Dios quiera. Lo fundamental es que escuchemos también lo que pasó, para que entendamos lo que celebramos, para que vivamos lo que celebramos. Si no, ¿qué vamos a festejar hoy a la noche y mañana?

Te propongo y me propongo un lindo ejercicio: imaginar que tenemos un niño recién nacido en los brazos. Si sos mamá, te va a ser mucho más fácil, por ahí ya lo tenés. Si sos padre también, solo tendrás que recordar cuando tuviste a tu hijo por primera vez en brazos. Si no tuviste hijos, pensá cuando tuviste a tu hermano en brazos o algún sobrino, al hijo de un amigo o de una amiga. Todos podemos recordar ese momento tan maravilloso, es lindo hacerlo. Imaginemos que lo tenemos en brazos, como el más frágil que hay, como el más tierno y delicado que podemos imaginar. No queremos despertarlo, molestarlo. No queremos hacer «muecas» ni nada por el estilo. No queremos que llore, no queremos que sufra. Solo queremos que duerma y queremos mirarlo hasta cansarnos. Si sos mamá, ¿cuántas horas habrás pasado con tu hijo, hija en brazos? Si no sos mamá o papá, ¿cuánto desearías tener a tu futuro hijo en brazos? Si tenés un niño, probá hacerlo directamente en este momento o cuando puedas.

Tomémonos un tiempo para pensar, meditar en esto. Es posible hacerlo, es un día tranquilo. Podemos hacer el esfuerzo para estar tranquilos. Hoy a la noche, casi como queriendo tapar esto, esta necesidad de silencio, va a empezar el ruido que tapará lo que Dios quiere que reluzca. Bueno, con el niño en brazos intentemos vivir esta experiencia y, una vez que seamos conscientes de esto, preguntémonos algunas cosas. ¿Nos damos cuenta de que Dios realmente nació y vivió como un niño? ¿Nos damos cuenta de lo que significa esta realidad?

Pensar que Dios quiso estar en brazos de una mujer y de un hombre. ¡Qué locura de Dios! Solo Dios puede ser tan loco de hacer lo que ningún humano quiere hacer, hacerse más pequeño de lo que es. Bendita locura de Dios que con tanto amor logra que se estrellen y destruyan todas nuestras ansias de más, de grandiosidad, de soberbia. «Toda esta locura destruye a los soberbios de corazón», dice la Palabra. Pensar que Dios fue débil, vulnerable y frágil como lo fuimos cualquiera de nosotros de niños. ¿Qué nos dice todo esto? ¿No será que Dios de alguna manera quiere que aprendamos a abrazarlo como si fuera un niño? ¿No será que Dios mismo se hizo niño para no forzarnos a nada, sino al contrario, para atraernos con dulzura, inocencia y fragilidad? Pensar que Dios lloró y necesitó ser cuidado por su madre. Locura de locuras. ¿No será que debemos volver a tener la experiencia de un Dios que necesita de nosotros y se deja abrazar por hombres frágiles y pecadores? ¿No será que nosotros mismos tenemos que volver a aprender a dejarnos abrazar, cuidar, a amar? ¿No será que en la medida que crecemos vamos dejando de ser lo que en realidad Dios quiere que seamos, débiles y necesitados?

Sería bueno que hoy podamos imaginar esta gran locura y que esa locura nos despierte, nos convierta, nos conmueva, nos sorprenda y nos dé ganas de recibir realmente el amor de Jesús en nuestros corazones. Se puede. Mientras tanto, entre tanto ruido y superficialidad, intentemos abrazar al Niño, a unos niños en nuestros cercanos, queridos y no tantos, en el que te cuesta estar, en el pobre y olvidado que hoy pasa solo, en el preso o enfermo que no puede salir, en tantos y tantos que necesitan conocer a un Dios mucho más tierno de lo que nosotros pensamos.

Ese Dios es el que quiere habitar en nuestros corazones. Ese Dios es el que necesita que nuestro corazón sea un verdadero pesebre; frágil, a veces con mal olor, a veces un poco sucio, pero ahí está. Un pesebre, un pesebre abierto a que los demás puedan venir a visitarlo como los pastores, como María, como José, como los reyes, como tantos que se acercaron ese día a estar con este Niño, con ese signo que misteriosamente era Dios hecho hombre.

Que esta Navidad puedas pasarla en familia, pero realmente unidos a Jesús, como él lo desea. Que tengas una feliz y santa Nochebuena. Feliz y santa Nochebuena de todo corazón.

IV Domingo de Adviento

IV Domingo de Adviento

By administrador on 18 diciembre, 2022

Mateo 1, 18-24

Jesucristo fue engendrado así:

María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.

Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados».

Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel, que traducido significa: «Dios con nosotros».

Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa.

Palabra del Señor

Comentario

Venimos intentando hacer este caminito espiritual en estos domingos, ¿te acordás? Despertarnos, convertirnos, sorprendernos, y hoy agregamos el último desafío, la última propuesta o invitación: RECIBIR. Es la última semana, tiempo de espera, de recepción, de estar alertas pero con el corazón bien dispuesto para recibir al Niño Jesús.

¿Qué hacemos cuando un niño viene a nuestra familia? Fundamentalmente lo recibimos, preparamos todo para que sea parte de la familia, nos llenamos de alegría y de gozo. Pensé en tu familia, seguro te pasó. ¿Y si pensamos algo así para con Jesús? ¡Qué lindo sería! Para ir generando esta actitud en nuestro corazón, te propongo que meditemos en esto: Es Dios el que vino a este mundo a tener una experiencia de amor con nosotros, es «Dios con nosotros», así lo anunciaba el profeta Isaías; por supuesto que nosotros tenemos que estar con él, pero antes que nada, es «Dios con nosotros», eso es lo que hay que aceptar, lo que hay que recibir. Por supuesto, junto al niño que vendrá, aparece la figura de José y María. Hoy escuchamos la llamada «anunciación» a José. Dios también tuvo que enviar un ángel a José para que no tema, para que no «huya» de su plan, para que se deje sorprender.

Y hoy reflexionamos que hasta que José no se da cuenta y no recibe en sueños esta invitación a animarse, a no temer, a darse cuenta que Dios podía estar ahí; es cuando descubre que Dios podía estar en esa situación que él consideró al principio confusa. No sabemos lo que habrá pasado por el corazón de José, pero si había decidido abandonar a María, quiere decir por supuesto que no entendía lo que pasaba, y que además viendo que María estaba embarazada y que él no era el padre, había decidido entonces abandonarla en secreto; porque las cosas no habían salido como él pensaba, muy entendible. Y en medio de toda esa confusión era fácil pensar que Dios no podía estar ahí. ¿A quién de nosotros no le hubiera pasado eso?

Bueno, ¿cuántas veces nosotros pensamos que Dios no puede estar en donde nosotros creemos que tiene que estar? Porque en definitiva nos equivocamos cuando somos nosotros los que, de alguna manera, queremos «fabricar» las experiencias de Dios; cuando somos nosotros los que decimos: «Si yo armo esto, si yo preparo esto, Dios va a estar ahí y no va a estar en otro lado». ¿Cuántas veces hacemos eso en la Iglesia, en la evangelización? Decimos a veces: «He tenido o yo tuve una experiencia de Dios acá, allá, en tal retiro, en tal situación, en esta Navidad…»; y es verdad, por supuesto que la tuvimos, pero ¿y si pensamos también al revés, si le agregamos algo más? Porque es Dios el que vino a tener una experiencia de Dios con nosotros, entonces tiene que ser Dios el que elija en qué momento quiere tener una experiencia con nosotros; es Dios el que está siempre queriendo tener experiencia con nosotros.

Entonces ahí cambia el panorama, porque ya no soy yo el que decido cuáles son las grandes experiencias de Dios, cuáles son los grandes momentos, sino que empezamos a ver que Dios está siempre con nosotros, porque él vino a estar con nosotros.

Está ahora en tu dolor porque se acerca una Navidad donde no vas a estar con aquel que vos querés y quisiste tanto; Dios está y estará aunque en esta Navidad está enferma aquella persona que vos querés tanto; está en esta Navidad con vos aunque estés atormentado o padeciendo alguna debilidad, un pecado que no podés dejar, aunque estés muerto de cansancio por este año que termina. En esta Navidad, Dios estará con vos y conmigo a pesar de que tu hijo, tu hija está alejado de vos y no te escucha o está alejado de Dios. ¡Dios está con nosotros! Esa es la certeza de la Navidad, esa es la certeza de la cercanía de esta fiesta que vamos a celebrar. No es la fiesta de armarme la experiencia de Dios a nuestra medida. No es la fiesta de que yo me armo la experiencia de Dios, hago mi obra de caridad para lograrlo, y bueno, está bien, es verdad, que hagamos eso, pero Dios está y estará más allá de lo que nosotros hagamos.

Bueno ojalá que como le pasó a José que aunque quiso escaparse de la situación difícil que le tocaba enfrentar, y en sueños recibió la ayuda y la certeza de que Dios estaba con él; ojalá que así nos pase a nosotros también, que no temamos, no temamos y recibamos a las Marías que nos traen a Jesús, nuestro Salvador para que podamos tener una verdadera experiencia de Dios.

Que tengamos un buen domingo y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.