Topic: Mateo

XVII Martes durante el año

XVII Martes durante el año

By administrador on 27 julio, 2021

Mateo 13, 36-43

Dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa; sus discípulos se acercaron y le dijeron: «Explícanos la parábola de la cizaña en el campo.»

Él les respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno, y el enemigo que la siembra es el demonio; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles.

Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre.

¡El que tenga oídos, que oiga!»

Palabra del Señor

Comentario

Mientras Jesús levanta sus ojos para mirar y ver lo que nosotros no vemos, lo que la humanidad ignora por estar ensimismada en sus propios problemas y egoísmos, mientras Jesús tenía y tiene esa actitud, nosotros, a veces, bajamos la mirada para mirarnos el ombligo, y por eso, no vemos nada, no sentimos el dolor de los que sufren verdaderamente. Solo ve aquel que sabe levantar su mirada, como Jesús. En estos días levantemos la mirada para darnos cuenta, para caer en la cuenta, de que Jesús necesita de nosotros para darle de comer a los hambrientos, de amor y de pan. “No solo de pan vive el hombre…” pero necesita pan. “No solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” necesita también de Dios, necesita saciar su hambre de Él, de felicidad, de plenitud. Decía la palabra del domingo que Jesús “decía esto para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer.” Él puso a prueba a sus discípulos, nos pone a prueba a nosotros, para saber si estamos dispuestos a dar algo de nosotros para ayudar a los demás, y eso, no se resuelve solo con dinero, no alcanza con distribuir bien lo que en verdad sobra en este mundo, sino que Jesús necesita de nosotros, de nuestro corazón, de lo que podemos amar dando, y eso no se compra en ningún lado, lo tenemos vos y yo en el corazón, no tenemos excusas.

Dijimos en estos días que la carta a los hebreos dice que “La Palabra de Dios es viva y eficaz y que es más cortante que cualquier espada de doble filo”. La palabra de Dios es viva, pero también es eficaz, o también podríamos decir que es eficaz porque es viva, solo lo que está vivo puede dar vida. La palabra de Dios escrita es eficaz, quiere decir que dice lo que hace y hace lo que dice. No se comporta como muchas veces lo hacemos nosotros, que no vivimos lo que decimos. Es eficaz en nuestra vida cuando la escuchamos con constancia, siempre termina dando fruto y produciendo en nosotros lo que nos va diciendo. Es lindo saber eso. Es lindo creer en esto. Si todavía no crees que sea eficaz, es porque todavía no la pudiste escuchar con corazón abierto y dispuesto. No te rindas. No te canses. Todos estamos en la lucha, todos estamos en ese camino. Tenemos que volver a empezar siempre.

Algo del Evangelio de hoy nos enseña algo muy lindo. El interés de los discípulos por saber más, por comprender, no se “la creyeron que habían comprendido” ¿Te acordás que el mismo Jesús dice que la mayor dificultad por la cual la palabra de Dios no da fruto en nuestra vida es por la falta de comprensión o sea por la ignorancia? Lo decía en la parábola del sembrador, ¿Te acordás? Somos ignorantes en las “cosas de Dios” y por lo tanto en sus palabras. ¿Lo sabías? A veces nos convencemos de que las parábolas de Jesús son una especie de lindos “cuentitos” para chicos y creemos que las comprendemos fácilmente, pero la mayoría de las veces nuestra comprensión es superficial, se queda arriba nomás, sin tocar fondo, y si no toca fondo, si no toca el corazón, no echa raíz, no termina de ser eficaz. Señor: «Explícanos la parábola de la cizaña en el campo.» Qué lindo poder decirle eso hoy a Jesús. “Explicanos algo más de lo que creemos que ya sabemos. Ayudanos a comprender que en realidad no comprendemos nada. Ayudanos a no darnos el lujo de decir que “ya está”, que ya no necesitamos explicaciones, que ya no necesitamos hacernos más preguntas” Dichoso aquel que pregunta siempre porque siempre se da cuenta de que jamás puede saberlo todo.

Dichoso aquel que al escuchar la palabra de Dios de cada día le dice a Jesús, con humildad y con sencillez, “Jesús, ¿me explicás mejor lo que dijiste? ¿Me explicás lo mismo pero bajado a mi tierra-corazón, a mi pobre comprensión, me lo explicás para que pueda vivirlo en mi vida?” Dichoso el que cada día se toma el trabajo de escuchar a Jesús y pedirle que sea el mismo Jesús el que le explique y no solo el sacerdote de turno. Dichoso el que no considera a la palabra de Dios algo más en su vida ni la compara con cualquier escrito, sino aquel que toma conciencia de que es “viva y eficaz”, que da vida y cambia la vida y de golpe se va dando cuenta que no hay palabras más lindas que las que salen de la boca de Dios. Dichoso aquel que dedica más tiempo en su día para escuchar a Dios y no tanto en escuchar palabras de la televisión, de las novelas, de las “malas-noticias”, de los chismes, de las calumnias, de los juicios apresurados, de los que se las “saben todas” y se creen los mesías de un mundo al que solo lo salva Jesús.

Hoy seamos dichosos oyentes de las palabras de Dios, hoy seamos humildes “preguntones” y démonos el lujo de preguntarle a Jesús todo lo que necesitamos. Hoy reconozcamos nuestra ignorancia y volvamos a escuchar o leer la palabra para descubrir algo nuevo, algo que no sabíamos.

XVII Lunes durante el año

XVII Lunes durante el año

By administrador on 26 julio, 2021

Mateo 13, 31-35

Jesús propuso a la gente otra parábola

«El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas.»

Después les dijo esta otra parábola:

«El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa.»

Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas, para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Hablaré en parábolas, anunciaré cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo.

Palabra del Señor

Comentario

Había una frase en el evangelio de ayer, muy linda, y que, al mismo tiempo, es una imagen que podemos retomar en esta semana para seguir masticando y sacarle el jugo. Decía: “Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a él…” Así anduvo Jesús en su vida, levantando los ojos, para mirar, pero no solo para mirar, sino fundamentalmente para ver, para ver más allá de los que sus ojos podían mirar, para ver lo que nosotros no siempre podemos o queremos ver, para enseñarnos a ver cuando miramos y no quedarnos solo con lo que miran nuestros ojos, sino para que sepamos ver con el sentido del corazón, con ese sentido oculto que nos permite sentir algo de lo que sienten los otros. Así anda Jesús hoy por el mundo, mirando a la multitud, mirando a la humanidad dispersa y abandonada, mirando a los que menos tienen, mirando a los abandonados y descartados de esta sociedad, mirando para ver y darnos lo que nos hace falta. Solo Jesús mira para ver. ¿Nosotros qué miramos? O dicho de otro modo… ¿Qué vemos cuando miramos? No es lo mismo mirar que ver, no es lo mismo lo que miramos que lo que vemos. Nosotros como discípulos, como Iglesia… ¿Levantamos los ojos solo para mirar o buscamos ver lo que los demás andan necesitando y nadie se da cuenta? En esta semana podemos contemplar a Jesús “levantando los ojos” para aprender de Él algo que no podemos dejar de admirar, su modo de mirarnos.

Por otro lado, podemos preguntarnos ¿Qué nos enseña la Palabra de Dios sobre ella misma? Dijimos de hace unos días que la Palabra de Dios es viva y eficaz y también dice la Carta a los hebreos que: “La Palabra de Dios es viva y eficaz y que es más cortante que cualquier espada de doble filo”.

La Palabra de Dios es “cortante” o sea quiere “penetrar” en los lugares donde es escuchada, la Palabra de Dios tiene una fuerza propia que ha logrado convertir a miles y miles de personas y les transformó sus vidas. Eso es lo que quiere hacer hoy la Palabra de Dios con vos: es viva, eficaz, es cortante; es cortante y por eso a veces “duele”, es cortante no porque quiera hacernos doler, pero sí porque al penetrar nos muestra cosas, nos hace ver las cosas diferentes y esas cosas a veces pueden doler.

En Algo del Evangelio de hoy el Señor nos habla por medio de parábolas, sigue enseñándonos a través de parábolas qué es el Reino de Dios; el Reino de Dios que ya está entre nosotros porque Jesús es quien nos lo trajo con su presencia; con su presencia física y hoy con su presencia mística en la Iglesia, en la Eucaristía, en cada uno de nosotros que vivimos la fe, en cada pobre…; el Reino de Dios está presente ahí.

El Reino de Dios no es únicamente la Iglesia; la sobrepasa, porque el Reino de Dios es la relación de amor entre Dios y nosotros, y se hace presente especialmente cuando le decimos que SÍ a Dios; cuando la voluntad de Dios se hace acá en la tierra —como decimos al rezar el Padre Nuestro—, por eso el Reino de Dios es más amplio que la Iglesia, aunque por supuesto la Iglesia en cada uno de nosotros está llamada a vivirlo especialmente.

El Reino de Dios —dice hoy Jesús— es un grano de mostaza, es chiquitito, empieza chiquitito como cualquier comienzo; todo crece lentamente, es la más pequeña de las semillas casi insignificante…

Y así empieza el Reino de Dios en tu vida, así empezó cuando te bautizaron, cuando recibiste la fe, cuando de a poquito recibiste las enseñanzas de las cosas de Dios; empezó de a poquito y hoy creció, en tu corazón, pero quiere crecer todavía más.

Hoy el Reino de Dios en tu vida también comienza como un grano de mostaza, tratá de que se extienda como las ramas de este arbusto, tratá de que hoy en tu vida, en tu trabajo, en tu familia, con tus padres, con tus hermanos, con tus hijos; a través de ese SÍ que le des a Dios y logrando que se haga su voluntad, te conviertas en una posibilidad para otros, para que los demás se cobijen, que tengan un lugar donde estar, el Reino de Dios abre las puertas y el corazón a todos.

El Reino de Dios también es levadura —dice Jesús—, no se ve, pero se mezcla con harina y logra formar una masa; el Reino de Dios está en medio del mundo, vos estás en medio del mundo; ahora estás viajando y estás por ir a tu trabajo, estás estudiando o estás descansando, pero estás en el medio del mundo y tenés que hacer “fermentar” la masa con tu presencia, tenés que darle forma a la masa de este mundo que, sin levadura, sin el Reino de Dios, sin ese SÍ que le demos; no tiene sentido.

XVI Sábado durante el año

XVI Sábado durante el año

By administrador on 24 julio, 2021

Mateo 13, 24-30

Jesús propuso a la gente otra parábola:

«El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: “Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?”

El les respondió: “Esto lo ha hecho algún enemigo”

Los peones replicaron: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”

“No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero.”»

Palabra del Señor

Comentario

La Palabra de Dios es siempre una maravilla si se la sabe escuchar con atención, si se la sabe relacionar con el todo. Eso es lo más difícil, ir percibiendo el todo sin olvidarnos de las partes y también ir viendo en el todo cada partecita. Todo tiene que ver con todo, Dios nunca puede contradecirse, pero hay que saber descubrir la verdad en cada texto y cómo esa verdad está conectada con otra verdad y así de a poco, vamos descubriendo la gran Verdad del Evangelio que es el mismo Jesús, y cuando eso pasa nos “toca” la vida, la vida entera, no una parte, sino todo.

Algo así aparece en la palabra de hoy. En el Reino de los cielos, hay de todo un poco. Al final prevalecerá el bien, al final Dios separará cada cosa en su lugar. Mientras tanto, convivimos con la cizaña, con la maleza y con el trigo, la planta buena. Y aunque  nos creamos con la capacidad de distinguir y con las ganas de arrancar todo, Jesús nos enseña que eso no nos corresponde y que tenemos que saber esperar. Marta hubiese arrancado la cizaña casi sin preguntar, Marta se llevaría todo por delante y se creería con la autoridad de tirar lo que es malo. Muchas veces por ser Martas, olvidándonos de que siendo Marías tenemos más luz para distinguir, nos equivocamos muchísimo en la vida, juzgando, señalando, deseando el mal, intentando acabar con cosas que ni el mismo Dios quiere.

Los peones de la parábola son buenos, quieren hacer el bien, quieren hacer lo que haríamos vos y yo, avisarle al propietario que el campo “se le llenó de malezas” y al mismo tiempo ofrecerse para arrancar lo que no deja crecer las buenas plantas. Es la tentación “bajo apariencia de bien”, es el querer hacer algo que consideramos bueno, pero que en realidad Dios no quiere. Por eso, para terminar la semana, es bueno que nos preguntemos: ¿Qué es lo que Jesús prefiere? ¿Quieres que vayamos a arrancarla? le preguntaron. Por lo menos le preguntaron. ¿Nosotros le preguntamos a Jesús qué es lo que quiere? María eligió la mejor parte que no le será quitada porque supo escuchar y preguntar. Al final de la semana volvamos a elegir la mejor parte, volvamos a elegir lo que Él prefiere y no lo que nosotros muchas veces haríamos.

Confiemos en que sus decisiones son mucho mejores que las nuestras, ¿tenés alguna duda? ¿Todavía seguís creyendo que lo que vos pensás es mucho más inteligente que lo que piensa Jesús? Es verdad que cualquier Ing. Agrónomo se agarra la cabeza con esta parábola, es verdad que a nadie que tiene una huerta se le ocurre dejar la maleza hasta el final, eso es verdad. Pero es más verdad que para Dios somos mucho más que plantas, somos sus hijos, sus creaturas más amadas, que quiere esperar y cuidar hasta el final. ¿Vos qué harías con tus hijos? ¿Los esperarías hasta el final o no?

Que la María de nuestro corazón nos enseña a moderar la Marta que no sabe parar y escuchar. Que la Palabra de esta semana nos enseñe a preferir siempre lo que prefiere Jesús.

XVI Viernes durante el año

XVI Viernes durante el año

By administrador on 23 julio, 2021

Mateo 13, 18-23

Jesús dijo a sus discípulos:

«Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador. Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino.

El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe.

El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto.

Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno.»

Palabra del Señor

Comentario

Cuando no descansamos bien, no solo el cuerpo se desgasta aceleradamente, sino que también nuestra alma envejece más rápido, no va al ritmo de Dios, sino al de nuestras ansiedades que no nos permiten definir qué es lo que Dios quiere realmente. Te diría que es más difícil saber descansar que trabajar. Trabajar es bastante fácil, y trabajar en lo que a uno le gusta mucho más todavía. Trabajar por Jesús además es lindo, pero lo difícil es saber cuándo hay que parar, cuando hay que tomarse un tiempo para estar más con Jesús y poder llevarlo a los demás con más frescura. Solo trabaja bien por Jesús aquel que sabe estar y descansar con Él, todos los días, y en tiempos especiales también. Muchos trabajadores, muchos discípulos de Jesús se perdieron a lo largo del tiempo por no saber regular esto, por no darse cuenta que no se puede dar lo que no se tiene, y cuando no se tiene a Jesús lo que damos es lo mismo que puede dar cualquier trabajador social.

El virus de la secularización se metió en la Iglesia desde hace mucho tiempo, se metió en la teología, se metió en los seminarios e incluso, en el corazón de nosotros los sacerdotes. Es el virus de lo que llamaba también el Papa Francisco, la mundanidad espiritual, cuando metemos la mentalidad del mundo en nuestra espiritualidad, y hace de los evangelizadores trabajadores sociales, hace de la Iglesia una ONG, que hace muchas cosas buenas, pero no al modo de Jesús. Hoy más que nunca está de moda ser “asistentes sociales”, más que discípulos que lleven a Jesús. En las noticias jamás se va a difundir la obra espiritual de la Iglesia, de un sacerdote, sino todo lo contrario, se mostrará lo que se puede medir, lo que se puede medir con estadísticas, pero jamás la obra silenciosa del espíritu. Sin embargo, una cosa no se opone a la otra, no deberían oponerse. La obra espiritual de la Iglesia, la tuya y la mía, fruto del amor a Jesús, fruto del saber descansar con Él, redunda y cambia la vida social de nuestras comunidades, se derrama en caridad para con los que más lo necesitan, y al mismo tiempo cuando amamos a los que menos tienen, cuando les transformamos la vida y nos dejamos transformar por ellos, es cuando realmente el espíritu de Dios habita en nosotros y nos impulsa a hacer lo que Él haría en nuestro lugar. Descansar en Jesús para amar, y amar para descansar con Él, algo así podría ser la síntesis de lo que venimos reflexionando.

En Algo del Evangelio de hoy, la explicación de la parábola del sembrador dada por Jesús no puede ser más clara. En realidad, no hace falta explicarla mucho más… ¿Qué mejor explicación podemos dar que la que dio el mismo sembrador? Lo que sí creo que nos puede ayudar a pensar y es lo que hace la gran diferencia, es la comprensión de la Palabra, o sea los frutos que da el comprenderla. Según la explicación de Jesús, todos escuchan, pero no todos dan fruto. Por diferentes circunstancias, con más o menos culpa, algunos no dan fruto, pero la razón por la que no dan fruto en el fondo, es la falta de comprensión, o dicho de otra manera, solo el que la comprende es el que da fruto.

El que da fruto en serio fue el que escuchó y comprendió. Los que no dan frutos son los que no comprenden, por inconstantes, por débiles, los que se dejan vencer rápidamente. ¿A quién podemos echarle la culpa? ¿A la semilla? No. ¿A las malezas? Tampoco. ¿A los pájaros? ¿Al maligno? Menos. ¿A las preocupaciones, problemas y riquezas? Eso sería lo más fácil.

Es bueno poner cada cosa en su lugar, aprender a distinguir y a hacernos cargo de nuestra parte. Tenemos que reconocer que la falta de frutos se debe principalmente a nuestra debilidad, nuestra inconstancia, a nuestros pecados, a nuestras malas decisiones y dejar de mirar para otro lado buscando fantasmas por todos lados. Las malezas están y estarán. Las preocupaciones del mundo nunca nos abandonarán. Las riquezas de este mundo, que toman diferentes colores, siempre nos atraerán. Esos no son los principales problemas. Nosotros somos los que podemos elegir ser siempre buena tierra-corazón. Nosotros somos los que podemos evitar que el maligno se lleve rápidamente lo que Dios sembró. Nosotros somos los que debemos intentar que las cosas de Dios echen raíces en nuestro corazón siendo profundos, constantes y perseverantes. Nosotros somos los que podemos evitar dejarnos atraer por tantas superficialidades de este mundo que nos hacen creer que la vida es fácil, sin esfuerzo. Somos nosotros los que debemos jugarnos por el bien, la bondad y ser constantes en escuchar y luchar, todos los días. Eso depende de nosotros, porque Dios siempre siembra, todos los días, a cada instante, en cada corazón. La palabra de cada día es una prueba de eso, cada día Él siembra, en tu corazón y en el mío. No aflojemos, que todos podemos dar más frutos, si escuchamos y comprendemos.

XVI Miércoles durante el año

XVI Miércoles durante el año

By administrador on 21 julio, 2021

Mateo 13, 1-9

Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas.

Les decía: «El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. ¡El que tenga oídos, que oiga!».

Palabra del Señor

Comentario

Si seguimos en detalle el relato del Evangelio del domingo, en realidad nos daremos cuenta que finalmente los discípulos y Jesús no pudieron descansar como tanto lo deseaban. Tenían que descansar porque no tenían tiempo ni para comer, pero no pudieron, porque Jesús les había propuesto ir a un lugar desierto, pero, cuando llegaron a la otra orilla, los esperaban una multitud que se había dado cuenta que eran ellos y, además, llegaron antes. El llamado mar de Galilea, que en realidad es un lago, es muy extenso, por eso debemos suponer que por lo menos descansaron mientras navegaban a ese lugar desierto. Seguramente en la barca le contaron muchas cosas, todo lo que habían hecho y enseñado, disfrutaron del paisaje, de las palabras de Jesús, pero el detalle importante del relato es que no lograron lo que pretendían. ¿Y entonces? Todo lo que venimos hablando de la necesidad del descanso… ¿Qué hacemos? La necesidad y la invitación de Jesús sigue siendo importante para nosotros como enseñanza, pero al mismo tiempo es lindo, interesante, ver cómo Jesús es capaz de renunciar a su descanso, a su deseo con sus amigos, cuando se conmovía su corazón ante la necesidad de los que lo buscaban y «andaban como ovejas sin pastor».

No siempre podemos lograr lo que queremos, lo que deseamos, a veces la realidad se nos impone. Nosotros planeamos, proyectamos, pero la realidad siempre es más compleja de lo que creemos y pretendemos. Por eso, siempre hay que estar dispuesto a cambiar lo que habíamos pensado o planeado, cuando hay una necesidad real que podemos atender, la caridad del amor. No somos Jesús, pero podemos vivir como él. Podemos intentar día a día imitar sus actitudes, sus deseos, sus pensamientos, su compasión ante los que más sufren.

Nuestro corazón puede vivir muchas ambigüedades, puede desear por momentos dar todo y en otros momentos ser capaz de escaparse para no ver a nadie. Por supuesto que todos debemos tender a ser fieles a lo que Jesús nos propone y a desterrar el egoísmo de nuestro corazón. Eso es lo que lograron los discípulos, los grandes santos; por eso, es un camino que solo se consigue con la gracia y el amor de Dios, que nos va purificando, en la medida que nos dejamos amar y salimos a amar a los demás, mientras navegamos por esta vida, junto a Jesús.

Hablándonos en parábolas, Jesús nos enseña esto sin decirlo, con su modo de enseñar. Nos enseña que la realidad no se define con una frase, con una sola parábola, con una imagen, sino que con muchas frases y muchas parábolas uno puede acercarse un poco más a la verdad, pero que jamás podemos atraparla del todo. La Verdad finalmente se vive, se descubre en las experiencias también, no solo con palabras. Al hablarnos del Reino de Dios en parábolas, Jesúshttp://www.algodelevangelio.org nos enseña a ser humildes, a ir entendiendo poco a poco y, al mismo tiempo, saber que jamás lo entenderemos todo. Cuando queremos atrapar la verdad, aferrarnos a ella, cuando creemos que sabemos todo de Dios, de la vida, de nuestra fe, de la vida espiritual, de lo que nos pasa, por saber cosas, saber «frases»; es cuando en realidad sabemos muy poco.

Algo del Evangelio de hoy nos introduce en el misterio del crecimiento del Reino de Dios en nuestra tierra-corazón. Podríamos decir que los sembradores salen a sembrar. Uno es el Sembrador con mayúscula y otro con minúscula. Uno siembra con generosidad para todos y para que demos frutos, el otro siembra por ahí, vos y yo, mezquinamente, no confiando tanto en la bondad de los corazones. Tu vida y la mía es un poco de todo, es compleja. ¡Aceptémoslo! Tenemos todos los terrenos en el corazón, una mezcla; no somos a veces ni uno o el otro únicamente, somos mezcla. Algunas palabras de Dios prenden fácil, germinan y otras las desperdiciamos. Con algunos temas nos entusiasmamos más que con otros, y con otros ni siquiera nos sale escuchar. En nuestro corazón, además, hay cizaña sembrada por el «enemigo» o por personas que se disfrazan de «enemigos», y nosotros mismos nos transformamos en tierra fértil para esa cizaña cuando no rechazamos el mal de nuestro corazón y somos nuestros propios «enemigos».

¿Qué podemos hacer? Podemos ser tierra fértil cada día un poco más, tenemos que ser tierra de la buena, de la que recibe la Palabra, la que le da un buen espacio de crecimiento, le quita las espinas, la abona y sabe esperar para ver el fruto. La dinámica de la Palabra de Dios en nuestra vida es como la de la «semilla y la tierra», es esa relación constante y que finalmente no termina, no terminará sino hasta la muerte. Es un trabajo de todos los días. La semilla tiene todo su potencial para crecer y nosotros todo para hacerla crecer. La semilla está todos los días disponible, la estás escuchando ahora con estos audios y todos los días cuando también lees la Palabra por tu cuenta. Tu respuesta es hoy, la nuestra es hoy, no mañana esperando a ver qué pasa. Nuestra respuesta no es a futuro, es ahora. Podemos dar mucho más fruto de lo que damos. Podemos hacer algo más para amar, para perdonar, para ayudar, para hacer crecer a Jesús en nuestro corazón. Podemos mucho más, no seamos mezquinos, no midamos tanto, dejemos que el amor de Dios nos transforme en serio y no nos conformemos con la mediocridad, que a veces nos agobia. «¡El que tenga oídos para oír, que oiga!», como dice Jesús hoy en el Evangelio.

XVI Martes durante el año

XVI Martes durante el año

By administrador on 20 julio, 2021

Mateo 12, 46-50

Jesús estaba hablando a la multitud, cuando su madre y sus hermanos, que estaban afuera, trataban de hablar con él. Alguien le dijo: «Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren hablarte.»

Jesús le respondió: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» Y señalando con la mano a sus discípulos, agregó: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre.»

Palabra del Señor

Comentario

Un consejo que me ayuda para recordar cada vez que escucho la Palabra de Dios y quiero transmitirte: nunca escuchemos o leamos la Palabra de Dios como si fuera algo que ya escuchamos antes, como ya sabiéndolo –y por lo tanto ya está, no tengo nada más que recibir–, como poniendo menos ganas y corazón. Eso no hace bien, porque así no nos va a decir nada, nada nos va a sorprender. Escuchemos la Palabra de Dios siempre como algo nuevo. Tratemos de escuchar lo que nuestro Padre nos quiere decir como algo diferente, distinto a lo que ya nos dijo alguna vez. Nunca un «te quiero» de alguien que nos quiere es igual al otro si se escucha con amor, si se dice en el momento adecuado, porque no pasa solo por las palabras, sino por el amor que contienen y encierran. Y por eso la Palabra de Dios siempre nos puede decir algo nuevo.

Decíamos ayer que no siempre sabemos descansar, incluso te diría que a veces podemos irnos a descansar y no terminamos nunca de hacerlo. ¿Sabías por qué? Porque no descansamos con Jesús, en él. Jesús les dijo a sus discípulos: «Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco». Él los invitó a descansar con él y, además, a un lugar desierto. Toda una imagen de la necesidad de apartarnos que tenemos, de no dispersarnos, sino todo lo contrario, de meternos bien adentro del corazón. La vida de estos tiempos nos enseñó que para descansar tenemos que a veces volcarnos hacia afuera y hacer cosas que nos distraigan, en el fondo que nos hagan olvidar de algún modo de la rutina y de lo que nos agobia. Sin embargo, Jesús pretende que podamos abrirle el corazón y le contemos todo lo que nos pasa, y para hacer eso, inevitablemente tenemos que frenar, apartarnos y adentrarnos a donde a veces nos da un poco de miedo, poner en sus manos todo lo que nos agobia, reconocerlo, «ponerle nombre», como se dice por ahí.

¿Cuál es nuestro desierto? ¿Tenés un desierto semanal? No te tenés que ir lejos, por ahí es un lugar de tu casa, por ahí es el jardín, por ahí es caminar, por ahí es una plaza, por ahí es un viaje, pero todos necesitamos estar, simbólicamente, en un lugar desierto, donde solo estemos nosotros y Jesús.

De Algo del Evangelio de hoy se pueden decir muchísimas cosas, como siempre, pero sería bueno que nos detengamos en un detalle muy lindo de esta escena donde María se acerca a Jesús, junto con otros parientes; quieren hablar con él, otros interrumpen mientras Jesús habla y le avisan que su madre está allí. Y, sin embargo, Jesús hace algo muy importante: señala a sus discípulos con su mano; no señala a todos, no señala a la multitud, sino que señala a sus discípulos, a vos y a mí, a aquellos que cumplían la voluntad del Padre y que intentamos cumplirla, y dice esta frase tan importante y tan linda: «Estos son mi madre y mis hermanos, los que cumplen la voluntad de mi Padre». Quiere decir que Jesús de alguna manera distingue, discrimina –no te asustes por esa palabra (discriminar)–. Jesús no discrimina porque es malo, no discrimina el modo de nosotros a veces; él distingue, no es lo mismo que la multitud, que sus discípulos, son distintos. Para él somos todos hermanos, no quiere decir que está rechazando a los otros; sin embargo, unos se comportan como hermanos o intentan y otros no, por ignorancia o porque no lo saben. No todos los que estaban cerca de Jesús cumplían la voluntad del Padre, sino los discípulos a los que Jesús señala. No todos los que hoy están cerca de Jesús, de la Iglesia, cumplen la voluntad del Padre. No todos los que decimos que somos cristianos hacemos cada día lo que él quiere. ¡No! De hecho, muchas veces nos comportamos como antitestimonio, no siempre cumplimos la voluntad de nuestro buen Dios.

Entonces Jesús hoy distingue no para que nos asustemos, sino para invitarnos a algo más, para animarnos a ser hermanos en serio, hacernos hermanos no por un lejano vínculo de sangre o un simple vínculo de sangre, sino por nuestro modo de ser, hacernos hermanos por lo que hacemos, hacernos hermanos porque queremos vivir eso que Jesús enseña. Entonces lo que parece en principio una respuesta dura y casi como un menosprecio a María y a sus parientes, es todo lo contrario, es al revés. Jesús también con esta actitud está enalteciendo a María, exaltando su nombre, porque ella es la primera que cumplió la voluntad y la que siempre hizo la voluntad del Padre.

Y, al mismo tiempo, está abriendo el corazón a miles y miles de hombres y mujeres de toda la historia que cumplirán la voluntad del Padre y que serán hijos verdaderos, vivirán como hijos del Padre y serán hermanos de Jesús. Es como los vínculos humanos que se dan entre nosotros; siempre se es hijo de un padre o de una madre, porque no se puede renunciar a la paternidad, a la filiación mejor dicho, o a la maternidad, el ser hijos. Sin embargo, no siempre somos buenos hijos o no siempre somos buenos padres y madres, y no siempre nos comportamos como debería ser. Por eso ser hermano de Jesús nos amplía el horizonte, como cuando levantamos la cabeza y vemos un paisaje, como cuando estamos en la playa y miramos el mar hasta el fondo. Ser hermano de Jesús nos amplía el corazón y nos hace incluir a muchísimas más personas. Ser hermanos de él nos ensancha la capacidad de amar a una familia mucho más grande y universal. Miremos lo que es la Iglesia, miremos la cantidad de personas que seguro conocimos y ahora son amigos nuestros, hermanos, madres, padres gracias a que Jesús nos hizo cumplir la voluntad de su Padre.

Ahora, quiero dejar algunas preguntas: ¿Nosotros cómo vivimos esta hermandad que nos propone Jesús? La hermandad de Jesús es mucho más profunda y duradera incluso que nuestras hermandades de sangre, que no siempre son como las deseamos porque no elegimos a nuestros hermanos. ¿Cómo las vivimos? Pensemos en nuestra parroquia, en nuestra comunidad, en nuestros colegios, grupos de jóvenes, en los movimientos. ¿Cómo vivimos esa hermandad? Porque a veces nuestras comunidades pueden ser como «comercios» donde entramos a buscar algún producto y nos vamos, no conocemos a nadie, no saludamos a nadie, no nos vinculados verdaderamente y de casualidad nos miramos; pensemos en eso, pensemos en lo lindo que es ser hermano de Jesús y hermano de tantos, pensemos en todos los hermanos que nos regaló nuestro buen Padre gracias a la fe.

Que María nos enseñe a vivir así, cumpliendo la voluntad del Padre en cada momento del día, en cada detalle, aunque nadie se dé cuenta. Pidamos ser así, como María, silenciosos y en segundo plano, pero dichosos por ser hermanos de Jesús y de miles más.

XVI Lunes durante el año

XVI Lunes durante el año

By administrador on 19 julio, 2021

Mateo 12, 38-42

Algunos escribas y fariseos le dijeron a Jesús: «Maestro, queremos que nos hagas ver un signo».

Él les respondió: «Esta generación malvada y adúltera reclama un signo, pero no se le dará otro que el del profeta Jonás. Porque así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del pez, así estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches. El día del Juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay alguien que es más que Jonás. El día del Juicio, la Reina del Sur se levantará contra esta generación y la condenará, porque ella vino de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay alguien que es más que Salomón».

Palabra del Señor

Comentario

Descansar es una necesidad del cuerpo, pero también del alma, y no siempre que descansamos con nuestro cuerpo, descansamos bien del alma. Los lunes se supone que debemos empezar, de algún modo, descansados, del cuerpo y del alma, del corazón, porque disfrutamos del domingo, del día del Señor, de estar en familia o haciendo algo que nos gusta; pero es verdad que no siempre empezamos los lunes como queremos, bien descansados, porque no siempre sabemos descansar. No nos enseñaron a descansar bien, hay que reconocerlo. La vida que llevamos por estos tiempos es a veces agobiante, parece que no podemos parar. El trajín de nuestra familia, el trabajo, no nos deja parar. Siempre que terminamos una actividad aparece otra, y otra, y así nunca se acaban. Mientras vivimos así nos vamos convenciendo, sin darnos cuenta, de que somos casi indispensables, de que si nosotros no estamos en las cosas que hacemos, nadie las puede continuar. Pero cuando tomamos la decisión de apartarnos, de hacerle caso a Jesús e ir a descansar con él, de «soltar» lo que estamos haciendo para que por ahí otro lo haga o no se haga, experimentamos la linda noticia de que no somos tan indispensables como pensábamos y de que las cosas siguen funcionando aun sin nosotros; por ahí no al modo que queremos, pero siguen funcionando. El mundo puede seguir girando sin nosotros, aunque nos cueste a veces. A la enfermedad del «activismo», esa que también padecemos también los sacerdotes, hay que aplicarle el remedio del «escapismo», escaparse con Jesús, pase lo que pase, tengamos lo que tengamos que hacer. Escaparse a un sagrario, escaparse –es un modo de decir, ¿no?– a un retiro espiritual, escaparse al silencio, escaparse de la ciudad, escaparse de las garras de la actividad que nos adormece y nos ciega. En realidad, no es escaparse, es sacudir con alegría a estar con Jesús.

En el Evangelio de ayer, escuchábamos que Jesús invitaba a los discípulos a descansar después de haber trabajado por él, después de haber hablado en su nombre, de haber curado enfermos, de haber experimentado que el poder de su Maestro había pasado por medio de ellos. Necesitaban descansar, descansar con él. Necesitamos apartarnos para estar con él. Solo trabaja bien, quien sabe descansar.

Pero vamos a Algo del Evangelio de hoy, en donde Jesús se enfrenta otra vez a los fariseos, con los fariseos; en realidad los fariseos lo enfrentan una vez más y muestran otra cara de esa enfermedad que tiene todo hombre o que desea aflorar, que todos nosotros tenemos;  que es que a veces podemos creernos «cristianos casi perfectos» y podemos ser bastantes fariseos sin darnos cuenta. Los fariseos piden signos, le piden a Jesús que les dé un signo, cuando, en realidad, ya les había dado muchos. La enfermedad del virus del fariseísmo —que todos podemos tener— consiste en pretender, de algún modo, que todas las cosas se adecúen a como nosotros queremos y pensamos; no es que practicamos el doblegarnos ante la realidad, sino que pretendemos que la realidad se doblegue ante nosotros. El gran sacrificio de un cristiano, antes que hacer muchas cosas, consiste en aceptar humildemente la realidad que lo rodea, las personas, las situaciones. El fariseísmo hace que veamos las cosas y, sin embargo, siempre pongamos un «pero», siempre queramos un poco más; esa actitud insaciable, ¿no?, en la que todo tiene que corresponderse con mis deseos y no me abro finalmente a lo que Dios Padre me muestra y quiere para mí. Y esto también se da a nivel muy humano, en la cotidianidad del día a día, cuando no nos abrimos a aquello que se nos muestra como otra cosa, a su manera, con su ser, con su pensamiento. Esta cerrazón es muy típica del fariseísmo. A veces somos así: pedimos signos, pruebas, mientras la prueba está en nuestras narices.

Por eso, Jesús los lanza, de alguna manera, al futuro. No les dice recuerden lo que hice, sino van a ver lo que voy a hacer: les voy a dar otro signo o el mejor. Hablaba de su resurrección. El fundamento de la fe de miles y miles de personas, de vos y yo que estamos escuchando ahora su Palabra, a través de lo largo de la historia de la Iglesia o en la historia de la Iglesia, es la resurrección. Por eso les dice: «…así estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches». Así como Jonás después volvería a aparecer, resucitaría.

El signo de nuestra fe –¿sabías?– es la resurrección de Jesús, y eso no se trata de una prueba científica, sino hay que probarlo en nuestra vida, experimentarlo con el corazón también. Es verdad que está basada en un hecho real, pero solo por la fe se puede llegar a la resurrección. ¿Cómo que Jesús no resucitó? Fíjate a tu alrededor, fijémonos lo que fue pasando en nuestras vidas, fijémonos en la presencia de Dios Padre en tantos momentos que se nos manifestó de tantas maneras distintas. Si nos cerramos, nunca vamos a percibir a Jesús. Si buscamos pruebas científicas de algunas cosas de la fe, nunca lo vamos a encontrar;  las pruebas son distintas, son pruebas del corazón. Más bien busquemos pruebas en nuestro interior, busquemos experiencias de fe, busquemos conversiones de personas a nuestro alrededor, vidas de santos. Miremos a la Iglesia entera como se propagó y se propaga admirablemente, la Eucaristía, su atracción tan misteriosa, los sacramentos y tanto que recibimos gracias a la vida de la Iglesia.

Bueno, hoy no pidamos más signos, por favor, que el mayor signo ya se nos fue dado; tratemos de darnos cuenta de que Jesús está presente real y verdaderamente en nuestra vida y que la Palabra de Dios, que escuchamos ahora, nos quiera transformar para que no deseemos más de lo que ya tenemos, solo deseemos ser cada día más santos.

XV Sábado durante el año

XV Sábado durante el año

By administrador on 17 julio, 2021

Mateo 12, 14-21

En seguida los fariseos salieron y se confabularon para buscar la forma de acabar con él.

Al enterarse de esto, Jesús se alejó de allí. Muchos lo siguieron, y los curó a todos. Pero él les ordenó severamente que no lo dieran a conocer, para que se cumpliera lo anunciado por el profeta Isaías: Este es mi servidor, a quien elegí, mi muy querido, en quien tengo puesta mi predilección. Derramaré mi Espíritu sobre él y anunciará la justicia a las naciones. No discutirá ni gritará, y nadie oirá su voz en las plazas. No quebrará la caña doblada y no apagará la mecha humeante, hasta que haga triunfar la justicia; y las naciones pondrán la esperanza en su Nombre.

Palabra del Señor

Comentario

¿Pensaste alguna vez o en estos días de escucha de la Palabra lo importante que es empezar el día escuchando la Palabra De Dios y lo que Dios tiene para decirnos? ¿Pensaste qué diferencia existe cuando uno empieza el día tratando de escuchar lo que él nos quiere decir? ¡Cómo te cambia!

Hoy es un día más que Dios nos regala, para poder escucharlo, para que algunos disfruten; también un poco de descanso. Otros tendrán que trabajar, pero disfrutando de las cosas que Dios Padre nos va a presentar, por eso tenemos que estar preparados para asombrarnos de su amor. Y para eso, como me dijeron una vez con una frase tan linda, «uno abre los oídos a quien primero abre el corazón». Entonces, para abrir nuestros oídos a Jesús y escucharlo verdaderamente, ¡abramos nuestro corazón!, ¡cambiemos de actitud! Démonos cuenta de la importancia que tiene escuchar a Dios Padre en su Palabra, manifestada en Jesús. «Quien no conoce las Escrituras desconoce a Cristo», decía san Jerónimo. Hay que conocer lo que él nos dice, de alguna manera, en la medida que uno pueda en sus posibilidades. Así que en eso estamos, vos y yo, y los miles que escuchan cada día la Palabra.

Por eso hoy escuchamos de Algo del Evangelio que continúa un poco con el de ayer, y simplemente quería remarcar dos actitudes: una la de los fariseos y la otra la de Jesús.

Los fariseos siguen en su empecinamiento, no se contentan con haber juzgado a Jesús, sino que ahora, dice el Evangelio, «buscan la forma de acabar con Jesús». Otras traducciones dicen de terminar con él, de eliminarlo, de matarlo en definitiva (que es finalmente lo que van a lograr). Eso quiere decir que, cuando no hay misericordia, terminamos de algún modo matando. Los fariseos terminan matando porque no tienen misericordia, no sienten lo que Jesús siente, no pueden empatizar con su amor. Acordémonos de lo que decía ayer: «Si hubiesen comprendido lo que significa misericordia y no sacrificios, no hubiesen condenado a los inocentes».

Nosotros también de algún modo matamos cuando no tenemos misericordia. No matamos a Jesús directamente, ni a los demás, no somos tan malos; pero ¿cuántas veces matamos en la forma de vivir, de pensar, de sentir?, ¿cuántas veces matamos con la mirada? Matamos a nuestra esposa, a nuestro marido, a nuestros hijos, a los que no nos caen bien cuando nos enojamos, a algún vecino, alguien que nos hizo algún mal, haciendo de algún modo esto, ¿no?, mirando, despreciando con nuestro corazón. ¿Cuántas veces matamos a nuestros hermanos, a nuestros hijos, pegando un portazo, yéndonos, no queriendo hablar? ¿Cuántas veces matamos cuando criticamos, juzgamos o incluso a veces caer en la calumnia?

Vamos matando la vida del corazón, vamos matando la vida que hay también en nosotros, y que él nos regala, la que Dios nos dio; que nos la dio para que la disfrutemos, no para que matemos a nadie. Por eso la falta de misericordia, en definitiva, mata. Te mata a vos, me mata a mí también, porque nos hace vivir tristes, si no tenemos esa misericordia en el corazón, si no miramos a los otros como Jesús los mira.

Y, por otro lado, la actitud de Jesús totalmente contraria. Él prefiere que no le digan lo que él hace, no quiere ser reconocido. El profeta Isaías anunciaba un Dios diferente: «No discutirá ni gritará y nadie oirá su voz en las plazas». No discute, a Dios no le gusta discutir. Dios propone, Dios nos propone, a vos y a mí. Hoy nos propone vivir en paz, vivir con misericordia. Eso es lo que nos propone Jesús día a día. Él no grita, no nos grita nunca y no quiere que gritemos a los demás, no quiere que nos gritemos entre nosotros; él quiere que hoy vivamos un día en paz. Por eso, no nos olvidemos de lo que venimos desmenuzando desde el Evangelio del domingo, en donde Jesús nos enviaba de dos en dos, para que hagamos lo mismo que él. En definitiva, ser cristiano es hacer eso, es hacer lo mismo que Jesús en la tierra, es ser otros «Cristos» en la tierra. Esa es la idea de fondo que nos acompañó en estos días.

¡Vos y yo somos Iglesia!, acordate.

No podemos echar las culpas afuera, no podemos decir que la Iglesia hizo esto, que la Iglesia hace lo otro; y vos, ¿qué haces?, y yo, ¿qué hago? No sirve criticar a la Iglesia porque, en definitiva, nos criticamos a nosotros mismos. Si nos olvidamos que somos enviados y que él nos envió de dos en dos, en definitiva, nos estamos sintiendo fuera de la Iglesia, y la Iglesia es nuestra familia. Dios quiera que el Señor nos conceda hoy esa gracia a todos, vivir un día lleno de misericordia sintiéndonos enviados por Jesús, a hacer lo mismo que él, a curar, a sanar, a liberar a los que están oprimidos, angustiados, tristes, a los que no se dan cuenta cuánto nos ama Dios y cuánto necesita de cada uno de nosotros.

XV Viernes durante el año

XV Viernes durante el año

By administrador on 16 julio, 2021

Mateo 12, 1-8

Jesús atravesaba unos sembrados y era un día sábado. Como sus discípulos sintieron hambre, comenzaron a arrancar y a comer las espigas.

Al ver esto, los fariseos le dijeron: «Mira que tus discípulos hacen lo que no está permitido en sábado.»

Pero él les respondió: «¿No han leído lo que hizo David, cuando él y sus compañeros tuvieron hambre, cómo entró en la Casa de Dios y comieron los panes de la ofrenda, que no les estaba permitido comer ni a él ni a sus compañeros, sino solamente a los sacerdotes?

¿Y no han leído también en la Ley, que los sacerdotes, en el Templo, violan el descanso del sábado, sin incurrir en falta?

Ahora bien, yo les digo que aquí hay alguien más grande que el Templo. Si hubieran comprendido lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios, no condenarían a los inocentes. Porque el Hijo del hombre es dueño del sábado.»

Palabra del Señor

Comentario

Solo nos queda agradecer cuando nos damos cuenta, cuando caemos en la cuenta, de tanto amor que Jesús nos tiene al habernos elegido sus discípulos.

En una misión que hicimos con los jóvenes de la parroquia por el barrio, muy emocionado y agradecido, me salió una vez decirles a los jóvenes: «Demos gracias a Dios por tanto amor que él nos da, demos gracias porque él nos eligió para hacer algo que no todos pueden hacer, ser instrumentos de su amor». ¿Nos damos cuenta de eso? ¿Te pusiste a pensar en eso alguna vez? En el enorme privilegio, en el inmerecido privilegio que tenemos vos y yo de ser sus discípulos, de ser elegidos para ir «de dos en dos» –como decía el Evangelio del domingo– anunciando su amor. No nos alcanzará la vida para agradecer, solo en el cielo, en su presencia, podremos comprender la maravilla de haber colaborado a la obra salvadora de Jesús. Un gesto, una palabra, una oración, un sacrificio, un perdón, un silencio, un consuelo, una corrección fraterna, todo construye el Reino de Dios que crece en el silencio en medio de este mundo olvidadizo de él y de su amor. Pero no importa. ¿Quién nos puede parar? ¿Las guerras, la injusticia, el aborto, el pecado, la tristeza, la crítica, las calumnias, las enfermedades, las difamaciones, las mentiras, el soborno, la corrupción, la mediocridad, la tibieza, el engaño, la traición, la muerte? No, nada de eso. Nadie nos puede parar, porque, en realidad, el que nos impulsa es nuestro buen Jesús, es el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios que conduce a la Iglesia y nos guía a nosotros para no desfallecer. Algo así decía el Evangelio del domingo pasado: «Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos». ¡No te detengas!, confía en la obra de Jesús, que es de él y que todo suma a su silenciosa y misteriosa salvación, que empieza desde lo más profundo de nuestros corazones y se derrama hacia los demás. ¡Nada ni nadie nos puede parar! Sigamos adelante.

Dice Algo del Evangelio de hoy: «Yo quiero misericordia y no sacrificios». Si comprendiéramos lo que significa esto, no condenaríamos ni para un lado ni para el otro. Creo que esto es a lo que nos invita Jesús hoy. ¡Cuidado con el fariseísmo que nos hace olvidar de lo más esencial! El fariseísmo es un virus escondido que se desparrama por todos lados, que no tiene fronteras, que de alguna manera tenemos todos o de alguna manera algún día nos contagiaremos. El fariseísmo me parece que puede tomar –para simplificarlo– dos formas: por un lado, la «rigidez extrema» que es la que más conocemos, la que más está difundida, pero también me animo a sumar otra que yo le llamaría «cualquierismo», porque de las dos maneras podemos caer en un cierto fariseísmo; o sea, en esa actitud de estar buscando, como decimos a veces, «la quinta pata al gato», buscando qué criticar, buscando qué ver en el otro, en los demás, qué ver en mi familia, qué ver en la Iglesia, en ese u otro sacerdote, en este que hizo esto o no hizo lo otro. Ese fariseísmo que puede llevar –como dije recién— a la «rigidez» de plantarse en una posición, de criticar, de juzgar continuamente, de mirar toda la realidad con mis anteojos y pensar que todo tiene que ser como pienso yo.

Jesús hoy calla a los fariseos de una manera admirable, les enseña a leer bien la Palabra de Dios; porque también la Palabra de Dios se puede interpretar para donde queremos, la puedo usar para mi provecho. De la Palabra de Dios puede salir cualquier otra cosa, menos la verdad; de hecho, las herejías surgieron de la Palabra de Dios, por no saber interpretarla; y, por otro lado, te decía recién el «cualquierismo», que también es una especie de fariseísmo. El «cualquierismo» es esa actitud que al final «da todo lo mismo» y, sin embargo, en ese da todo lo mismo, en esa supuesta «apertura», búsqueda de progreso, de «aggiornarnos» con el mundo, ese «no pasa nada», «está todo bien», «no hay normas».

Finalmente la norma de esos que piensan así es no tener normas, la norma es pensar que todo tiene que ser así, que todo tiene que ser como yo creo que sea. Entonces eso también se da en la Iglesia, se da en mí; a veces caemos en eso, pero por eso tenemos que tener cuidado.

Y para eso el Señor hoy nos deja el remedio de la misericordia: «Yo quiero misericordia y no sacrificios». ¿A qué se refiere Jesús? No se refiere a que no hagamos obras por amor –que eso sería un buen sacrificio—, sino que se está refiriendo a los sacrificios de animales que hacían los judíos y que creían que con eso agradaban a Dios, y por eso no hacía falta un corazón arrepentido; era algo meramente exterior. Para que el sacrificio exterior sea auténtico, siempre tiene que estar acompañado de lo espiritual, de lo interior, de la recta intención, o sea, Jesús no va en contra de la entrega amorosa que podemos hacer cada día, de lo que va en contra es de los «sepulcros blanqueados», de ese pensamiento de que nos vamos a salvar por hacer cosas que salen de nosotros, de nuestro propio esfuerzo, como un voluntarismo. Jesús quiere antes que nada la misericordia. Ese es el gran y verdadero sacrificio que nos exige: LA MISERICORDIA; la misericordia para con nosotros mismos, la misericordia para con los demás, para con todo lo que nos rodea, para la realidad. ¡Misericordia! ¡Misericordia! Pidamos eso hoy: ¡Tener misericordia! Hay una canción muy linda que recuerda unas palabras de santa Teresita. Dice: «Lo que agrada a Dios de mi pequeña alma es que ame mi pequeñez y mi pobreza, es la esperanza ciega que tengo en su misericordia». Te propongo que hoy todos pidamos esa gracia, la de la misericordia.

XV Jueves durante el año

XV Jueves durante el año

By administrador on 15 julio, 2021

Mateo 11, 28-30

Jesús tomó la palabra y dijo:

Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.

Palabra del Señor

Comentario

Dice, de alguna manera, la tradición de la Iglesia que en los comienzos del cristianismo los paganos decían con admiración sobre los cristianos: «Miren como se aman», incluso el libro de los Hechos de los Apóstoles dice algo similar: «Todos los creyentes se mantenían unidos». Esto no es la expresión de una utopía o solo de un ideal a alcanzar, sino de una realidad que es posible vivir, que se vivió y que se vive en muchas comunidades cristianas. Vos y yo seremos discípulos verdaderos si los demás pueden decir de nosotros, y de nuestras comunidades: «Miren como se aman, se aman de una manera especial, ahí hay algo distinto». Esto debería ser nuestro distintivo, nuestro sello, porque si no amamos como nos ama Jesús, si no nos amamos como nos ama Jesús, de nada sirve que hablemos de él. Los que no creen en el amor solo van a creer si nos amamos, no si hablamos del amor con palabras lindas, porque como dice san Ignacio: «El amor debe ponerse más en las obras que en las palabras». ¡Cuántas desilusiones en nuestras comunidades por no vivir esto tan básico y elemental del Evangelio, lo que se nos pide! ¡Cuántas personas se alejaron de la Iglesia, institución, porque no supimos amarlos y amarnos entre nosotros! ¡Cuántas veces perdemos el tiempo en mil estrategias pastorales de evangelización y no somos capaces de vivir lo más esencial que Jesús nos pidió!

«El plan pastoral, decía san Juan Pablo II, del tercer milenio debe ser la santidad, o sea, buscar eso, buscar amarnos como nos ama Jesús». «Por eso Jesús les ordenó que no llevaran para el camino, según el Evangelio del domingo –¿te acordás?–, más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero; que fueran calzados con sandalias y que no tuvieran dos túnicas», porque no hace falta cosas materiales para amar, solo es necesario el corazón. Eso decía el domingo, dije recién, que para llevar su amor, no hace falta muchas cosas, sino el deseo de amar y ser amado, el deseo de mostrar con la propia vida que todos fuimos creados para asemejarnos a él. Este debería ser nuestro mayor anhelo en una comunidad cristiana, no buscar tener más de lo que tenemos por ambición, no buscar más de lo que necesitamos y, fundamentalmente, andar de dos en dos amando y reflejando el amor de Jesús, el buen olor de Jesús para todos lados.

Hoy podemos detenernos en tres momentos de Algo del Evangelio, de este Evangelio tan cortito, tan lindo, pero tan sustancioso; no importa que sea corto, acordémonos que «una palabra del Señor bastará para sanarnos». Con solo escuchar una palabra que el Señor nos quiera decir, él puede tocar nuestro corazón y ayudarnos a caminar en este día y durante toda la vida, como me decía un amigo cuando estaba enfermo. «Ánimo, padre. Cuando yo estuve enfermo, levanté la mirada al cielo y me acuerdo de esto y digo “una palabra bastará para sanarme”, y me animo», me decía. Y a mí me animó. Me animó escuchar la fe de este gran amigo que tiene tanto fervor en el corazón.

Primero, Jesús dice entonces que vayamos a él: «Vengan a mí». Él nos invita a ir a él. Nos invita a darnos cuenta que, de alguna manera, todos tenemos o tendremos alguna vez aflicciones y agobios. Por eso, para ir a él, hay que sentirse de algún modo necesitado, sentirse con alguna aflicción, agobio. No es que tenemos que «buscar» sufrir, obviamente, pero sí debemos darnos cuenta que todos de alguna manera sufrimos, de algún modo escondido incluso, y que no nos damos cuenta. Lo que pasa es que la vida de hoy parece que nos tapa todo, vivimos anestesiados, llenos de analgésicos espirituales que hacen que no nos demos cuenta, o pseudoespirituales, pero que en el fondo siempre nos falta algo. ¿Qué persona puede decir que en algún momento de su vida no tiene alguna aflicción, algún agobio? Por ahí vos estás sufriendo en este momento, en algún sentido, tal vez la pérdida de algún ser querido, estás sufriendo tus propias debilidades, tus pecados, el agobio de tu trabajo, de tu estudio, de tu incapacidad de hacer lo que quisieras o te cuestan muchísimo las cosas.

Bueno, andá a Jesús. Jesús nos está diciendo: «Vení, vení a mí que yo te voy a aliviar», y ese ir a Jesús es buscarlo en su Palabra, en esto que estamos haciendo al escuchar cada día su Palabra. Es buscar también la Eucaristía  fundamentalmente, buscarlo en la oración, en alguien que nos escuche y que sea instrumento de su amor. Es buscarlo en los más pobres, es servir, es en donde se revela especialmente su amor. Ir a Jesús, ir a Jesús; eso es lo que tenemos que hacer hoy, que nos tiene que quedar hoy en el corazón. «Vengan a mí que yo los aliviaré», nos dice.

El segundo momento a considerar es que el Señor nos invita a «aprender» de él: «Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón»; «paciente y humilde de corazón», dicen otras traducciones. Esa es la gran virtud que el Señor nos invita a imitar del Evangelio: aprender de su humildad, aprender de la humildad que nos impide creernos que podemos dominarlo todo y podemos controlarlo todo. Eso nos alivia: soltar, saber que no somos omnipotentes, aprender de su paciencia que nos ayuda a no enojarnos continuamente contra la realidad que se pone dura y difícil. Eso nos alivia y hace que no nos aflijamos tanto. La paciencia y la humildad son las virtudes que nos ayudan a encontrar alivio a nuestras angustias y ansiedades. Busquemos el alivio de nuestro buen Jesús, pero el alivio que también implica que nosotros hagamos algo. Yo tengo que hacer algo, no puedo esperar que el alivio venga de arriba únicamente, simbólicamente, sino que tengo que ser paciente y humilde de corazón.

Porque —y ahí viene el tercer punto— «su yugo es suave y su carga liviana». Él nos propone no agobiarnos con más problemas o cargas que tenemos que llevar, sino al contrario, nos propone una carga distinta, no la carga que nosotros mismos nos inventamos, esa carga que nos pesa porque somos nosotros los que armamos y proyectamos nuestra vida, calculándolo todo, porque somos el centro de nuestras propias vidas; sino la carga que propone él, que en definitiva es la carga de la paciencia y de la humildad, la del amor. Ser paciente y humilde es un yugo, es algo que tenemos que cargar sobre nosotros y hacer un esfuerzo cada día para ser pacientes y humildes; pero, al mismo tiempo, es lo que nos da el alivio buscado. Nos da la paz, porque solo el paciente y humilde tiene paz. Esta es la paradoja, las dos caras de la misma moneda de esta invitación de Jesús.

Bueno…Dios quiera, Dios Padre quiera, y quiere seguramente, que este día podamos sentirnos aliviados de nuestros agobios y sufrimientos, yendo a su Hijo Jesús, buscándolo solo a él.