Topic: Mateo

XXIX Domingo durante el año

XXIX Domingo durante el año

By administrador on 18 octubre, 2020

 

Mateo 22, 15-21

Los fariseos se reunieron entonces para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones. Y le enviaron a varios discípulos con unos herodianos, para decirle: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque Tú no te fijas en la categoría de nadie. Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?»

Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: «Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa? Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto».

Ellos le presentaron un denario. Y Él les preguntó: «¿De quién es esta figura y esta inscripción?»

Le respondieron: «Del César».

Jesús les dijo: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios».

Palabra del Señor

Comentario

El domingo, el día del Señor, es -por supuesto-, como lo dice la Palabra, su día; pero no es solamente ir a Misa, aunque siempre es bueno que vayamos, pase lo que pase, estemos como estemos, nos sintamos como nos sintamos y pensemos lo que pensemos. Por eso, la Iglesia nos pide que una vez por semana frenemos y le dediquemos por lo menos una hora al Señor; pero, en realidad, no es que vamos a Misa solo por ir nomás, solo porque la Iglesia lo pide. Vamos principalmente a celebrar, a disfrutar, a recordar, a dar gracias, a instruirnos, a descansar, a escuchar, a aprender, a ver, a gustar, a alegrarnos, a alimentarnos, a recibir consuelo y a tantas cosas más, que ni siquiera nosotros podemos terminar de descubrir y no podemos ponerle tantas palabras. ¿Qué te enseñaron en tu vida sobre la Misa? ¿Por qué vas o por qué no vas?, ¿o cómo vas?

El domingo -vuelvo a decir- no es solamente asistir a Misa, aunque es el alma del día; sino que es además imagen de lo que será el domingo sin ocaso, como dice la liturgia: «El domingo eterno, en el que la humanidad entrará en el descanso de Dios». La Vida eterna será algo así como debería ser nuestro domingo en esta vida terrenal. Y es por eso que el domingo tenemos que disfrutarlo como anticipo de lo que será la vida futura, la vida que Dios Padre nos tiene preparada desde siempre. ¡Qué lindo es que vivamos el domingo así! ¡Y qué feo cuando transformamos este día en un día más con nosotros mismos en donde no hay espacio para el compartir, para estar con otros, para entrar en comunión, para compartir el banquete, para comer juntos!

No importa de quién es la culpa sobre el porqué y el cómo hoy no vivimos el domingo como un verdadero día del Señor. Sé que es difícil transmitir la fe con el sano equilibrio que Jesús nos enseñó en el evangelio como para no caer en un extremo o el otro; en el extremo de la obligación vacía, sin corazón, que tarde o temprano se desintegra o en el otro extremo de reducir nuestro deber al sentimiento, al porque no lo siento no lo hago. Como si el amor se tratara siempre de una cuestión de sensibilidad y no se tratara también de una decisión, pase lo que pase, cueste lo que cueste. Es difícil -ya lo sé- si sos padre o madre, es difícil si sos catequista, es difícil si somos sacerdotes o consagrados; transmitir esto. Hay que reconocerlo, pero es lindo el desafío también. Estamos viviendo un tiempo difícil pero muy lindo, que -aunque no lo parezca- es momento en donde la libertad puede resurgir de una manera nueva, donde cada uno pone su libertad más en juego; y eso puede ayudar a hacer relucir más la pureza de la fe, el descubrimiento de una necesidad profunda, el valor de lo que realmente vale -valga la redundancia-, pero que vale por decisión propia también. Qué preferimos: ¿templos llenos de cuerpos sin almas o templos con celebraciones llenas de corazones y cuerpos, aunque no seamos muchos? ¿Qué Iglesia queremos vivir: la de las masas o la de la fidelidad y la sencillez (la Iglesia de las pequeñas comunidades)?

Algo del Evangelio de hoy de alguna manera nos viene como anillo al dedo. Jesús da una respuesta magistral ante el intento de los fariseos por encontrarle algo en qué acusarlo y condenarlo. Los fariseos venían enojadísimos con las parábolas de los domingos anteriores -¿te acordás?-. El enojo a veces nos hace hacer cosas malísimas. Nunca debemos actuar dominados por el enojo porque saca lo peor de nosotros, que siempre está latente ahí, escondido y dormido -como el hombre viejo-. Estaban enojadísimos porque Jesús les decía cosas en la cara sin ningún problema, les mostraba la hipocresía de sus corazones.

Pero lo que hoy nos interesa es la reacción de Jesús, acompañada de esa respuesta que quedó para siempre en la historia: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios». Es una frase muy conocida, llena de verdad y llena también de malas interpretaciones. A veces la verdad es tan evidente; pero, al mismo tiempo, tan difícil de interpretarla, que produce grandes desviaciones y caricaturas.

Está muy mal usada tanto como para los que pretenden separar absolutamente lo espiritual y religioso, de lo mundano y profano, como para los que unen tanto que ya no distinguen las diferencias y terminan confundiéndose. Ni una cosa ni la otra. Es complejo. Por eso, te propongo que hoy no nos metamos tanto en eso, y mucho menos con el clima político en el que vivimos; no solo en Argentina, sino en el mundo entero. Cosa que, en realidad, de un modo o de otro se dieron siempre en la historia de la humanidad de múltiples maneras. Eso podemos verlo en la semana.

Lo importante de hoy es algo más profundo. Lo esencial de esta magistral respuesta de Jesús es algo más profundo de lo que imaginamos a simple vista y no tanto lo que tenemos que hacer como ciudadanos de este mundo. ¿Qué es lo importante? «A Dios lo que es de Dios», y por eso sale la pregunta: ¿y entonces qué es de Dios? «¿Qué es lo que es de Dios?», pregunté una vez en una misa. ¿Quién me respondió? ¿Te acordás? Sí, me respondió ese amigo nuestro: Jony. ¿Te acordás? ¿Qué me respondió? Bueno, me dijo: «La fe, Padre». Con su sencillez de niño me respondió todo. ¿Y qué es la fe?, podríamos preguntarnos hoy nosotros. Nuestra absoluta confianza en su amor, nuestra adhesión total a lo que Él es y nos enseña.

¿Y en quién confías y a quién le das tu corazón? Esa es la pregunta que debemos hacernos todos en este día. ¿Qué le damos a Dios y qué le damos a las cosas y personas de este mundo? ¿Qué le damos en este domingo a Dios Padre y qué le damos a este mundo que al fin y al cabo es pasajero y muchas veces nos engaña? ¿En qué urna depositamos nuestro voto de confianza, pero no solo hoy, sino todos los días?, ¿en la de los supuestos líderes de este mundo o en la urna del corazón de Jesús que jamás nos miente y nos abandona? Como dice el Salmo: «No confíen en los príncipes, seres de polvo que no pueden salvar; exhalan el espíritu y vuelven al polvo, ese día perecen sus planes». ¿En quién confiamos nosotros: en los líderes de este mundo o en Dios?

Si le diéramos realmente a Dios cada día lo que es suyo, le daríamos a los Césares de este mundo lo que realmente les corresponde, o sea, bastante poco, muy poco. En cambio, cuando no le damos a Dios lo que en realidad es de Él, toda nuestra vida, nuestra fe, nuestra confianza; terminamos dándole nuestra vida a cualquier cosa, a cualquier causa, a cualquier ideología, a cualquier corazón. ¿Qué queremos darle hoy a Dios?

XXVIII Domingo durante el año

XXVIII Domingo durante el año

By administrador on 11 octubre, 2020

Mateo 22, 1-14

Jesús habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:

El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir.

De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: «Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas». Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron.

Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad. Luego dijo a sus servidores: «El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren».

Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados.

Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. “Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?” El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: «Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes».

Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos.

Palabra del Señor

Comentario

Cada domingo acostumbramos a reunirnos en familia, para comer, para estar juntos y aunque el verdadero sentido del día del Señor se fue perdiendo en los últimos tiempos, gracias al cristianismo, gracias a nuestra fe en la resurrección de Jesús, el domingo es lo que es, un día que en general se reserva para el descanso, para estar con los más queridos. Pero al mismo tiempo… ¿Cuánta gente está sola hoy? ¿Cuántas personas viven el domingo como un día de soledad, un día en el que no saben bien que hacer? Parece que si no tenemos nada que “hacer” no podemos estar. ¿No será que el domingo para muchos está vacío porque sin querer y a veces queriendo hemos desplazado al dueño del día? Es como si alguien te invita a su casamiento, vos vas, pero ni siquiera saludás al anfitrión. Pasar un domingo sin tener, experimentar o buscar un acercamiento al dueño del día, es perderse la oportunidad de ser un mejor hijo, de ser un buen invitado. La misa del domingo, la misa de hoy que se celebra en miles y miles de lugares a lo ancho y a lo largo del mundo, es parte esencial del domingo, o por lo menos debería ser para aquellos que dicen creer en un Dios que se hizo hombre y eligió, antes de partir de este mundo, ese modo de quedarse con nosotros, eligió una cena y quedarse como alimento.

Providencialmente, algo del evangelio de hoy tiene que ver con esto. Pero no solo con la misa, sería una reducción si pensáramos así, si la predicación de hoy se limitara solo a la misa.

Hay de todo en el evangelio de hoy. Una invitación, una negación. Otra invitación, un rechazo y muchas cosas para hacer, excusas… negocios, ocupaciones. Incluso algunos actúan con violencia y maltratan a los servidores que van a invitarlos. ¿Cómo es posible? El rey los estaba invitando a unas bodas. ¿Hay algo más lindo que eso? Ayer tuve la gracia de celebrar un casamiento, y por supuesto los novios me habían invitado a la comida, pero no pude ir, no fue que no quise, realmente no pude. Pero me dejó pensando. ¡Cuántas ganas tienen los que se casan de que uno vaya a disfrutar de ese momento! Es parte de la fiesta, no es un aderezo. Me terminó de ayudar a entender lo que me dijo alguien al final de la misa, después que le conté que no iba a ir a la comida: “Cuando yo me case, resérvate el día para ir a la fiesta, suspendé todo” Me reí, pero ahora entiendo, que vayan los que uno quiere, es parte de la fiesta. ¿Te imaginás lo mismo, pero siendo Dios el que desea que participemos de las bodas de su Hijo, de Jesús, con toda la humanidad, con vos y conmigo?

Este domingo, otra vez Jesús enfrenta a los sacerdotes y ancianos desnudando la ceguera de su corazón. No terminan de reconocer el don. Ellos era los invitados principales (Pueblo de Israel) y ellos mismos elijen quedarse afuera de la fiesta. Evidentemente, “no sabían lo que hacían” por eso Jesús los terminará perdonando desde la cruz; “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen…”. Cuando no aceptamos la invitación de Dios, en realidad no sabemos lo que hacemos.

Cuando no aceptamos, Dios no se queda quieto, invita a los que parecen que no se lo merecen… Los últimos serán los primeros… ¿te acordás?

Al mismo tiempo, para nosotros los cristianos, hay una advertencia. A un banquete, a una fiesta, no se puede ir de cualquier manera, hay maneras y maneras de ir. ¿Quién se atreve a ir a unas bodas vestido como si no fueran unas bodas? El Rey invita a todos, quiere que todos se salven, que todos disfruten de su amor, sin embargo, quiere y necesita que estemos preparados, bien vestidos, que demos “frutos” de caridad; sino nos puede pasar lo mismo que este invitado descuidado, “quedar afuera”, ser expulsado. “Allí habrá llanto y rechinar de dientes.”

XXVII Domingo durante el año

XXVII Domingo durante el año

By administrador on 4 octubre, 2020

Mateo 21, 33-46

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

«Escuchen otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.

Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos. Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon. El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera.

Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: “Respetarán a mi hijo.” Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: “Este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia”. Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron.

Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?»

Le respondieron: «Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo».

Jesús agregó: «¿No han leído nunca en las Escrituras: “La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos?”

Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos».

Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Entonces buscaron el modo de detenerlo, pero temían a la multitud, que lo consideraba un profeta.

Palabra del Señor

Comentario

Cada domingo intentamos de alguna manera -aunque te darás cuenta de que casi sutilmente- decir algo sobre el valor del domingo, sobre lo que significa el domingo para nosotros -los que creemos en Jesús-, y sobre la necesidad de participar de la misa del domingo. Sé que muchos de los que escuchan los audios por ahí no van siempre a misa, incluso sé que lo escuchan algunos que no son católicos. Pero no lo hago por eso. En serio, no lo hago por los que no van. No lo digo exclusivamente para lograr también que vayan a misa los que no van -aunque es lindo que retornemos a la misa-, sino para que todos, vos y yo, sigamos profundizando que, justamente, la celebración de la misa del domingo es parte, por decirlo así, de un modo de vivir el domingo y nuestra vida en general y que la pérdida del valor del domingo tiene mucho que ver con la forma en la que vivimos hoy. Y el no valorar la misa tiene que ver con eso, con no darnos cuenta de lo que se nos propone, del bien que nos perdemos. Por eso, nos ayuda a todos: a los que van siempre convencidos, a los que van y no saben bien porqué, a los que no van seguido, pero van cada tanto, a los que no van porque consideran que no es relevante, que no es tan importante.

¿Qué nos pasó a los católicos?, nos podríamos preguntar, o ¿qué nos pasa? Algunos dirán: ¿Será que no terminamos de amar la misa porque nos obligaron a ir sin verdadera libertad cuando éramos chicos o en una época distinta? Puede ser, pero no podemos echarles toda la culpa a los otros únicamente. Nosotros, muchos de los que escuchamos, ya somos grandes y libres como para profundizar y descubrir e intentar elegir siempre lo mejor. Habrá mil razones y cuestionamientos sobre esto, pero, en definitiva, lo que cuenta es que cada uno se examine y evalúe el cómo participa o el porqué no participa. Intentaré seguir con esto cada domingo y espero que nos ayude. Pero solo te digo algo, que lo dije el fin de semana anterior: ¿Y si pensamos la misa como la oportunidad de ir a comer con nuestra familia, que siempre me espera cada domingo? No nos hace bien dejar a nuestros seres queridos con el plato servido en la mesa y no ir a estar con ellos.

Algo del Evangelio de este domingo nos puede resultar un poco alejado de nuestra vida, porque es un reproche directo contra las autoridades del pueblo judío de ese momento, que se «adueñaron» de los frutos de la viña de Dios; y es más, terminaron matando a todos los enviados, llegando al colmo de matar incluso al Hijo de Dios, al hijo del dueño. Es verdad, nosotros no tuvimos nada que ver en eso. Nosotros somos el nuevo pueblo de Dios. Pero sí hay algo que sí podemos aprender. Hay algo que también nos pasa a nosotros. De algo también nos sirve esta advertencia. Tendemos también a apropiarnos de los dones de Dios. Tendemos a no valorar lo que tenemos. Tendemos a «matar» a los enviados de Dios, que a gritos nos quieren ayudar a despertarnos de tanta mediocridad. «Matar» simbólicamente. Y también tenemos que decir que la muerte de Cristo, el rechazo al Hijo de Dios tiene que ver con nuestros pecados. Jesús murió también por nuestros pecados.

Volviendo a lo de adueñarse, tenemos que decir que nos pasa a todos, con las cosas de cada día, con los afectos, con lo material; y, por supuesto, nos pasa con los dones espirituales que hemos recibido. Por eso, no esperemos a perder lo que creíamos tener para valorar lo que tenemos. Estamos en esta vida de regalo -vivimos de regalo- y no por lástima, sino por amor de Dios; por amor de un Dios que no solo nos crea, sino que nos salva cada día y nos quiere enamorados de él. Sin embargo, el trajín de cada día, el acostumbramiento a la fe, el adormecimiento de la vida consumista a veces que llevamos, el relajamiento de nuestras consciencias, la falta de esperanza de que las cosas pueden cambiar, entre tantas cosas, nos hacen olvidar que, como «viñadores», no somos propietarios. Somos hijos del dueño, no dueños.

¡Qué lindo es vivir la vida así, sabiendo que todo es don y que nada es nuestro! ¡Qué lindo es vivir el domingo de esta manera, reconociendo que todo es regalo y que debemos dar gracias siempre, pase lo que pase!; como dice San Pablo: «Hermanos: No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia, recurran a la oración, a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios». El antídoto para no olvidarnos de los dones de Dios, el remedio para no adueñarnos de las cosas que son de Dios, es dar gracias siempre, pase lo que pase. Nunca nos olvidemos de dar gracias por todo lo que el Padre nos da.

Memoria de los ángeles custodios

Memoria de los ángeles custodios

By administrador on 2 octubre, 2020

Mateo 18, 1-5,10

Los discípulos se acercaron a Jesús para preguntarle: «¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?»

Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: «Les aseguro que, si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos. El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo.

Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial».

Palabra del Señor

Comentario

Buen día. Te habrás dado cuenta de que muchas veces, por decirlo de alguna manera, interrumpimos el hilo de los evangelios que traíamos, con diferentes fiestas o lo que también se llaman memorias. Y eso hace que escuchemos o leamos otro texto que no continúa con los anteriores. Es así: el año de la Iglesia, el año litúrgico, además de tener un sentido rector que recorre la vida de Jesús y también, incluso, poder seguir los evangelios de corrido; también tiene fiestas o memorias que nos van ayudando a comprender mejor, cada día más y cada año más, los grandes misterios de nuestra fe y, en definitiva, los misterios de la propia vida, de dónde venimos y para qué estamos. Por eso, aparecen fiestas de los santos, fiestas de los misterios de la vida de Jesús, fiestas y solemnidades de la Virgen y, como hoy, una memoria, que tiene un grado menor.

Pero una memoria que nos recuerda, nos hace celebrar otro misterio. En este caso el de los ángeles, los ángeles custodios. Todo nos ayuda. Todo nos ayuda a comprender que nuestra fe no es una verdad abstracta, vacía, inconexa, aislada, sino todo lo contrario. Nuestra fe podríamos decir que es un organismo vivo, en donde todo tiene que ver con todo, en donde una verdad ayuda a comprender mejor la otra y, en definitiva, todas se descubren y se comprenden mutuamente desde la Palabra de Dios escrita y desde la vida y costumbres de la Iglesia a lo largo de los siglos. Y lo mismo al revés: cualquier error hacia una verdad de fe también toca a las demás.

Hoy es el día de los ángeles custodios. Es lindo que no nos olvidemos de invocar a nuestro ángel. No te olvides también eso que nos enseñaron a veces de niño, de poder reconocer a nuestros ángeles de algún modo, de hablarle, de invocarlo y pedirle. Es una verdad de fe la existencia de los ángeles y, como lo dice Jesús hoy, es una verdad que todos recibimos un ángel para custodiarnos, para cuidarnos y conducirnos con su ayuda al cielo. Por más que algunos le busquen la vuelta e intenten negarlo, es una verdad que nos debería llenar de alegría. Dios nos ama tanto que, además de nuestra propia vida, nos regaló la vida de un ángel, de un ser espiritual más inteligente que nosotros, para que esté siempre a nuestro lado.

Y en Algo del Evangelio de hoy vemos cómo los discípulos están y van en otra sintonía, preocupándose de grandezas humanas. Jesús sintoniza –digamos así– la «radio» del Padre, de ser Hijo, de ser Hijo de él, de ser Hijo amado, de ser un Hijo obediente, que no busca ocupar el lugar del Padre, porque sabe ubicarse. Un Hijo que no quiere independizarse por «capricho», como nos pasa a nosotros; un Hijo que se siente siempre comprendido; un Hijo que no siempre comprende lo que el Padre le pide, pero elige obedecer hasta el final; un Hijo pequeño que depende y se siente sostenido por su Padre.

Todo Dios que se hizo pequeño, se hace silencioso, aunque tiene todo por decir. No avasalla, no pasa por encima, no pisa cabezas. No se presenta como un «sabelotodo», aunque lo sabe todo.

Al mismo tiempo, vemos a los discípulos –a vos y a mí– que sintonizamos a veces la «radio humana» de nuestros caprichos, de nuestros egoísmos, que por no mirar este modo de ser de Dios, por no contemplar a Jesús y cómo fue su vida durante su paso por la tierra –de este Dios tan sencillo–, seguimos escuchando las interferencias de nuestro corazón, que nos pide a veces otra cosa; que nos pide ser autosuficientes, aunque carecemos de mucho; que aparenta saber todo, aunque no sabemos casi nada; que no para de hablar, cuando muchas veces debe callar; que se agranda, cuando en realidad es pequeño y recibió todo de los demás y de Dios; que cree que todo lo puede, cuando en realidad no podemos ni siquiera a veces con nuestras propias debilidades. Así es nuestro pobre corazón, pequeño y sencillo, que se quiere agrandar y que no sabe ubicarse en esta vida.

Por eso, si podés, hoy rezá con esta escena del evangelio: Jesús tomando un niño, poniéndolo en medio de los discípulos. Mirá un niño, alguien que conozcas; o mirá un niño por la calle o mirá a tu hijo, o a tu hija, y dejá que Jesús te vuelva a decir estas palabras al oído y a tu corazón: «Te aseguro que, si no cambiás o no te hacés como niño, no entrarás en el Reino de los Cielos»; o sea, no vas a experimentar desde hoy, desde ahora, lo lindo que es ser hijo dependiente de un Padre que disfruta de ser Padre con todas las letras. Ser hijo es entrar en esta relación de amor, es entrar en el Reino, es entrar en esta familia linda de los Hijos de Dios; de los Hijos que quieren ser como el Hijo Jesús, vivir como vivió él.

Si no cambiamos estas actitudes que nos hacen creer que no dependemos de nada ni de nadie –cuando en realidad dependemos de casi todo–, no podremos disfrutar del gozo que da el ser Hijo de Dios y vivir como Hijo de Dios.

Hoy te propongo y me propongo que miremos a un niño y nos dejemos decir al oído esto por Jesús pensando que nuestro corazón tiene que ser así, como el de un niño. Se puede, pidámoslo con fe. Nuestro ángel custodio siempre está ahí para ayudarnos.

XXVI Domingo durante el año

XXVI Domingo durante el año

By administrador on 27 septiembre, 2020

Mateo 21, 28-32

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

«¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: “Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña”. El respondió: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: “Voy, Señor”, pero no fue.

¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?»

«El primero», le respondieron.

Jesús les dijo: «Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios. En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él».

Palabra del Señor

Comentario

¿Te imaginás un mundo en donde todos seamos hermanos de verdad y en donde todos nos sintamos hijos de Dios? ¿Te imaginás un mundo en donde todos elevemos nuestros corazones a nuestro Padre para decirle que lo necesitamos de verdad y en donde lo amemos; con libertad, sin miedo, sin imposiciones, sin obligación, sin culpa y solo por amor desinteresado? ¿No crees que ese es el sueño de Dios para con cada uno de nosotros? A veces yo lo pienso, a veces lo sueño, porque soñar lo que sueña Dios hace bien, porque uno entra en la misma sintonía de Él, uno se “engancha” en la misma onda y entonces todo cambia, el espíritu se renueva.

¿Te imaginás una familia, una comunidad, un barrio, una ciudad, un país, un mundo en donde el domingo sea verdaderamente un domingo, un día del Señor? ¡Qué lindo sería! ¡Qué maravilla sería comprender que el reunirnos en comunidad un domingo para celebrar la Misa, para a rezar y estar juntos, es de alguna manera como ese deseo que tiene tu papá y tu mamá de que se reúnan todos sus hijos a comer juntos para seguir descubriéndose mutuamente! Ir a Misa tiene algo de eso. Es reunirse a escuchar y comer, es alimentarnos de lo que nos dice Jesús, es alimentarnos de su Cuerpo y su Sangre, para seguir caminando, para nutrirnos de lo que nos hace vivir mejor. ¿Pensaste alguna vez qué siente tu papá y tu mamá si ellos te esperaban con la mesa servida y vos elegís hacer otra cosa olvidándote de tanto amor? ¿Qué sentirá nuestro Padre Dios y Jesús sí elegimos otra cosa y lo privamos de nuestra presencia en la comida de cada domingo? ¿Qué sentís vos? ¿Te da lo mismo?

Algo del Evangelio de hoy, tiene algo que ver con esto. En el fondo, tiene que ver con el modo de entender y vivir nuestra relación de hijos. Jesús cuando tenía que decir algo profundo lo decía sin pelos en la lengua, como para que nos quede bien clarito y no le demos vueltas. Antes que nada, te recuerdo que la parábola de hoy continúa en la sintonía de la del domingo pasado, en donde Jesús les quería hacer entender a los que se “creían” los primeros y despreciaban a los considerados “últimos”, que la ecuación no es tan matemática, y que no todo es tan lineal como a veces creemos. Pero lo de hoy es terrible, es más fuerte todavía… ¿Prestaste atención? Te voy a repetir una frase que no podés olvidártela jamás… «Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios.» ¿Te das cuenta de la fuerza y de lo chocante de estas palabras? ¿Te das cuenta de lo que significaba decirles a los sacerdotes de ese momento semejante verdad?

Ahora… no hay que ser sacerdote para considerar que esto también puede cabernos a cada uno de nosotros, no hay que ser una prostituta o un corrupto para considerar que Jesús nos puede estar hablando a nosotros. Porque el riesgo de “creerse” el primero y terminar siendo el último o el riesgo de decir que sí convencido y después no hacer la voluntad de nuestro Padre, es de todos. Y lo mismo podemos decir al revés. El convencimiento de creerse los “últimos” y vivir como excluidos de la gracia, del amor, olvidándonos que Jesús siempre nos da una oportunidad hasta el final de la vida o la posibilidad de haber dicho que no al principio, de habernos rebelado y finalmente terminar siendo hijos obedientes, es de todos.

Todos corremos el riesgo y todos tenemos la posibilidad.

Todos corremos el riesgo, todos podemos ser superficiales y pensar que ser buenos hijos es decir que sí rápidamente, sin darnos cuenta, a veces, respondemos así por apariencia, por temor, por culpa, por costumbre, por tradición, por el qué dirán y por tantas cosas más, pero en el fondo no somos hijos, no lo hacemos como hijos, no lo hacemos por amor, no amamos con libertad. ¿No te pasó alguna vez? Cuidado con la religiosidad superficial, con la fe de “barniz”, con la espiritualidad de “salón”, pero que no es profunda, no es real, no es la de hijos libres.

Todos tenemos la posibilidad de ser primeros para Dios, aun cuando en realidad nos comportamos como los últimos. Todos podemos dejar de ser considerados últimos para los demás, aun cuando hemos huido de Dios y nos perdimos en el pecado, en el egoísmo, en el materialismo, en la ambición, en la sensualidad, en un mundo sin Dios, sin Padre. Todos tenemos la posibilidad de decirle que sí, si alguna vez le dijimos que no. ¡Qué linda noticia! ¡Qué lindo saber que, hasta una prostituta, hasta el más corrupto de los corruptos, hasta el peor de los peores tiene la posibilidad de arrepentirse y decirle que sí a Jesús para convertirse en un hijo más, en un santo! ¿No te alegra esto? ¡Qué lindo que Dios sea tan bueno! ¡Pero que triste a veces cuando los hombres, somos tan poco hijos y en definitiva tan poco hermanos!

¿Te imaginás un mundo en donde todos vivamos como hijos y nos comportemos como hermanos? Yo todavía sí…

Fiesta de San Mateo

Fiesta de San Mateo

By administrador on 21 septiembre, 2020

Mateo 9, 9-13

Jesús vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: «Sígueme.» El se levantó y lo siguió.

Mientras Jesús estaba comiendo en la casa, acudieron muchos publicanos y pecadores, y se sentaron a comer con él y sus discípulos. Al ver esto, los fariseos dijeron a los discípulos: «¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?»

Jesús, que había oído, respondió: «No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.»

Palabra del Señor

Comentario

Qué lindo que es seguir día a día «empapándonos» con las Palabras de Dios, que caen del cielo, que nos vienen por corazones distintos que nos hablan de él, que nos vienen por tantos medios, que brotan por todos lados, pero especialmente de la Biblia, lugar privilegiado para el encuentro con su voz, con su dulce voz que nos habla siempre al corazón. Siempre nos quiere tocar las fibras más íntimas de nuestro ser como, por ejemplo, lo dice el salmo 118, que es un canto bellísimo a la ley de Dios, a la Palabra que nace del corazón del Padre. En un versículo dice así: «Mis ojos se consumen por tu Palabra, ¿cuándo me consolarás?».

Es algo así como un «reclamo» a Dios. Pareciera ser como un reclamo a Dios. “¿Cuándo me consolarás?” Sí, escuchaste bien: una especie de queja que surge incluso de la misma Palabra de Dios. ¿Cuántas veces, vos y yo, nos sentimos así? ¿Cuándo me vas a dar ese consuelo que necesito? ¿Cuándo se va a acabar esta tristeza?

Por ahí vos ahora no estás necesitando un consuelo, concretamente, porque no estás pasando por nada malo, no te está pasando nada. Pero por ahí otro sí, algún familiar, algún amigo, tantas personas que necesitan ser consoladas. O al contrario, por ahí vos que estás escuchando estas palabras y sí necesitas ser consolado, porque estás enfermo; porque estás triste; porque la estás pasando mal; porque estás cansado, cansada, agobiado; porque no tenés ganas ni siquiera de arrancar este día; porque no andás bien; porque te cansó la situación en la que vivimos; porque muchas veces te sentís solo o sola, aunque estés con gente, y podrías pensar o decirle a tu Padre: «Me consumo por tu Palabra. Hago todo por escucharte, por ser fiel, por intentar ser buena persona, y a veces no encuentro consuelo. El consuelo parece que no llega más».

¿Cuándo me consolarás? Decile esto a tu Padre desde el fondo del corazón. No tengas miedo a «reprocharle» a este Dios que es amor y humildad. Reprochale también con amor y humildad. Es lógico. Es un sentimiento muy humano. Mirá el cielo, mirá una imagen y decile a tu Padre, a Jesús, a María: «¿Cuándo me vas a consolar?»

Hoy celebramos la Fiesta de san Mateo, este hombre llamado por Jesús mientras trabajaba como recaudador de impuestos y traicionaba a su propio pueblo. Pero que finalmente se convirtió en un gran apóstol, en escritor y autor de uno de los evangelios. ¡Qué locura!,¿no? Nos hace pensar: qué locura que Jesús elija a un hombre como Mateo. Solo él puede lograr algo así.

Quería hoy dejarte simplemente tres cosas para meditar con Algo del Evangelio, para que vayas rumiando durante este día, mientras el mundo sigue su curso y se olvida un poco de Dios. Quiero destacar tres actitudes de Jesús de esta escena tan cortita, pero tan profunda:

Primero, dice que Jesús ve. El evangelio muestra que Jesús vio a un hombre. Ve a Mateo en su trabajo –aunque era un trabajo indigno de alguna manera–. Lo ve mientras él trabajaba, igual que a nosotros. Nos ve sentados en la mesa de nuestras vidas, en donde nosotros hacemos nuestras cosas, en donde estamos cómodos y, a veces, haciendo «la nuestra», cobrándole cosas a los demás. Jesús mira nuestra vida de un modo distinto. No le interesa tanto lo que pensamos y hacemos, sino lo que somos. Lo que le interesa es mirarnos y llamarnos para que nos demos cuenta de que no podemos pasarnos la vida «sentados» en la mesa de nuestra mezquindad, de nuestro egoísmo, viendo la vida detrás de un escritorio, recibiendo a los demás con distancia, poniendo barreras. Es la imagen del egoísmo, de la búsqueda de nuestra propia «realización», pero no de una realización que mira a los demás.

Bueno, sin embargo, Jesús llamó a Mateo. Jesús nos llama, no solo nos mira. Lo segundo es eso, es que Jesús se mete de algún modo en la vida de Mateo. Se mete en nuestra vida. Se mete, se quiere meter en nuestro corazón. Golpea las puertas. Se mete y arma un lindo lío, un lindo desparramo. Se mete en nuestra casa y termina comiendo con todos, incluso con los que nadie quería comer –con los publicanos y los pecadores–. Él transforma otras vidas a través de la nuestra, a través de la tuya, cuando respondes a su llamado, porque los demás ven algo «distinto». Por eso, si tu vida sigue igual o a partir de tu vida nadie se acercó a Jesús, es para que nos preguntemos si realmente él está en nuestra vida. Si a través de nuestra vida, de nuestro llamado, de que Jesús esté con nosotros, nadie se acercó a Dios más profundamente; es para que nos preguntemos si verdaderamente él está o no en nuestra vida repartiendo misericordia.

Y tercero, Jesús vino por los enfermos, o sea, por todos, por los que se sienten enfermos y por los que todavía no se dan cuenta que están enfermos. ¿Vos creías que eras santo? ¿Vos creías que te salía todo bien? ¿Vos creías que no eras pecador? ¿Creías que a vos te llamó por ser bueno? Al contrario, Jesús nos llamó para sanarnos, para purificarnos y si te animas a sentarte a la mesa con él reconociendo lo que sos, nunca te va a dejar solo. Siempre va a haber alguien a tu alrededor. Nunca, jamás, volverás a estar solo.

Por eso, no te consideres santo, sano. Pedí siempre ser sanado, no tengas prejuicios. Jesús vino a sanar a todos y se vino a sentar a la mesa con todos. Cada uno de nosotros fue llamado para recibir las enseñanzas de Jesús y para que aprendamos que la clave del evangelio de hoy es la «misericordia», el mirar las cosas como Dios las mira. Jesús quiere misericordia para nuestra vida y para los demás. Tan difícil y maravilloso como eso.

XXV Domingo durante el año

XXV Domingo durante el año

By administrador on 20 septiembre, 2020

Mateo 20, 1-16

Jesús dijo a sus discípulos: «Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros, porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envío a su viña.

Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: “Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo”. Y ellos fueron.

Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: “¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?” Ellos les respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Entonces les dijo: “Vayan también ustedes a mi viña”.

Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: “Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros”.

Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario. Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: “Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada”.

El propietario respondió a uno de ellos: “Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?”

Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos».

Palabra del Señor

Comentario

Buen día, buen domingo. Espero que empieces, que empecemos, un buen día del Señor. Pensaba en estos días que muchísimas personas, muchísimos cristianos católicos dispersos por el mundo, en donde me incluyo, no terminamos de comprender el valor que tiene el domingo, el día del Señor. Me animo a decir que no siempre es por culpa propia, no es bueno siempre andar echando culpas. También me animo a decir que muchos de los cristianos que van a misa el domingo tampoco terminan de comprenderlo. Y es así, no comprendemos las cosas de un día para el otro. Es un camino, es un proceso. A veces recibimos una gracia que nos abre el corazón de par en par y nos damos cuenta de lo que nos hemos perdido tanto tiempo. Ir a Misa, en sí mismo, no nos asegura el comprender. Nos pone en camino para comprender. No nos asegura valorar y amar lo que significa la celebración del domingo. Si comprendiéramos el valor de este día, nuestros templos no alcanzarían para tantos corazones deseosos de Jesús. Sin embargo, no es así, esto no sucede. Y, lo que es peor, parece que cada vez hay menos deseos de ir a misa, de celebrar la fe en comunidad, de recibir a Cristo en cuerpo, sangre, alma y divinidad. Hay miles de católicos que se alejaron de la Iglesia por no comprender tantísimas cosas de la Iglesia o incluso por estar enojados con esta gran familia de Dios o con el mismísimo Dios. Pero no vamos hoy a entrar en los miles de pretextos que existen para enojarse con Dios y las variedades de enojos, o sobre quién tiene más o menos culpas. Dijimos que es bueno no echar culpas. Pero sí es bueno reconocer ciertos problemas de la Iglesia, pero personales también, para poder solucionarlos, para poder actuar como personas maduras y no echarle la culpa a los demás de porqué esto no es así o tiene que ser de esta manera o porqué deje de acercarme a Dios y a la Iglesia.

¿Es posible enojarse con Dios? Sí, es posible y hasta incluso te diría que es más normal de lo que pensamos. Esto es lo que les pasó a los trabajadores de la primera hora de Algo del evangelio de hoy – esos que fueron llamados al principio del día- al ir a recibir su jornal, «creyendo que iban a recibir algo más». Claro, no escucharon el trato. Se creyeron que iban a recibir algo más porque vieron que otros trabajaron menos. Por un lado, podríamos decir que se olvidaron de lo que habían pactado al empezar el trabajo y, por otro lado, no comprendieron la bondad del propietario que quiso darles a los últimos lo mismo que a ellos, a los primeros. Y es por eso por lo que «protestaban contra el propietario». Protestaban como protestamos con el pobre y buen Dios. Pobre en un sentido, porque nosotros no comprendemos su bondad. Protestaron sin razón, aunque creían tenerla. Protestaron de envidiosos, por no conformarse con lo que tenían. Protestaron porque lo consideraron injusto, olvidándose de que fue justo con ellos, porque les pagó lo que les había prometido. Por eso el propietario respondió a uno de ellos: «Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario?» Protestaron porque sus pensamientos no coincidían con los del propietario. ¿Nosotros protestamos con Dios o le protestamos a Dios? ¿Nosotros le protestamos a Dios? ¿No será que nos pasa lo mismo a veces, porque en el fondo «nuestros pensamientos no son los de Dios», como le dijo Jesús a Pedro? ¿Te acordás?

¡Qué paradoja! ¡Qué paradoja! Dios es bueno con nosotros, con vos y conmigo. Nos llamó a trabajar en su viña, en su Reino, en la Iglesia, ahora, en este momento. Seguramente vos de alguna manera hacés algo por el Reino de Dios y, sin embargo, podemos caer en el error de enojarnos con él cuando él dispone de su amor como quiere. «Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece?» ¿No fue el llamado «buen ladrón» el primero que entró en el Reino de los Cielos? ¿No fue el «buen ladrón» uno de los trabajadores de la última hora y eso nos enoja? Nuestro Padre Dios ama y quiere amar gratuitamente sin medir, quiere la salvación de todos. Como vos, que sos padre y madre, y se te antoja darles a tus hijos más de lo, supuestamente, correcto, lo que «les corresponde». Lo haces. Sin embargo, nosotros nos enojamos cuando lo hace Dios. Si nosotros lo hacemos, ¿por qué no puede hacerlo Dios con sus hijos?

Para terminar, me parece que el dar gracias es la clave. Dar gracias por lo que Dios Padre nos dio. Dar gracias porque es bueno con todos, porque quiere que todos se salven y lleguen al paraíso, porque él quiere darle a todos lo mismo, sea cual fuera la hora en que comiencen a trabajar: al comienzo de sus vidas, a la mitad o al final. No importa. Importa en definitiva el final, hacia donde vamos.

«¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?» nos dice Dios a todos, a vos y a mí. ¿No será que a veces nos quejamos de la bondad de Dios y de la de los demás porque, en el fondo, nosotros somos mezquinos?

Alegrémonos de que Dios sea tan bueno, tan bueno que no podremos entenderlo hasta que no cambiemos el pensamiento. Alegrémonos de que los demás también sean buenos. No midamos tanto el amor. Aprendamos a ser generosos y no tan calculadores. Solo así nos alegraremos de que «los últimos sean los primeros y los primeros sean los últimos». Si, en definitiva, lo importante es pasar la puerta del Reino de Dios.

XXIV Domingo durante el año

XXIV Domingo durante el año

By administrador on 13 septiembre, 2020

Mateo 18, 21-35

Se adelantó Pedro y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?» Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda.

El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: “Señor, dame un plazo y te pagaré todo.”

El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.

Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: “Págame lo que me debes.”

El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: “Dame un plazo y te pagaré la deuda.”

Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: “¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de tí?”

E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.

Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos.»

Palabra del Señor

Comentario

Este domingo como cada domingo del día del Señor también, de algún modo, podríamos decir que es día de reconciliación, de perdón. Porque cada día del Señor en las misas, por ejemplo- en cada misa si te acordás-, se empieza con un momento de perdón, con una reconciliación personal y comunitaria. Pedimos perdón a Dios Padre todos juntos, toda la Iglesia, en nombre de todos también, reconociendo públicamente que todos somos débiles y pecadores y que de algún modo necesitamos el perdón de nuestro Padre. Algo que muchas veces, por la rutina, no terminamos de profundizar y olvidamos fácilmente. Pero es así. El domingo nos reunimos como hermanos, como Iglesia, a pedir perdón y a pedirnos perdón mutuamente, a escuchar la Palabra y a recibir la Eucaristía. Por eso, en este día te propongo que no te olvides de esta verdad. Aunque no puedas ir a misa, pensalo y rezalo por lo menos. Te propongo que le podamos pedir perdón a esa persona que alguna vez ofendiste y por orgullo te olvidaste de volver a mirar con humildad reconociendo tu error. Te propongo que, siguiendo lo que nos propone la palabra de Dios de hoy, aceptemos también el perdón de esa persona que lo ofreció con sinceridad y que por soberbia o dolor te negaste a recibirlo.

Hoy no podemos dejar de rezar con Algo del evangelio. No es uno más. Es un canto a la bondad y misericordia de un Dios que es Padre y que ve cosas que nosotros no vemos. Y, por otro lado, también es un golpe, un cachetazo a nuestra desfachatez que vivimos a veces, de exigirle a Dios lo que después nosotros no podemos hacer o no queremos vivir por olvidadizos, por mezquinos o por egoístas.

La pregunta de Pedro nos viene muy bien a todos. Es la pregunta que alguna vez todos, por ahí, nos hicimos ante sufrimientos que nos causaron las ofensas grandes de los demás, ofensas que nos tocaron sufrir en la vida. Es la pregunta que nosotros le hubiéramos hecho también a Jesús si hubiéramos estado con él ese día o al ver que perdonaba a los que se le acercaban. ¿No te parece? ¿No preguntaste alguna vez eso? ¿Tenemos que perdonar siempre?, esa es la pregunta clave. ¿Tiene límite el perdón?, ¿o cuál es el límite del perdón?

La semana pasada teníamos que animarnos a corregir a nuestros hermanos, a «hacernos cargo» de ellos de alguna manera, como también lo tienen que hacer con nosotros. Y hoy también, a un hermano, tenemos que estar dispuestos a perdonarlo siempre que se arrepienta y se acerque a pedirnos perdón. ¿Nos dimos cuenta alguna vez de este desafío tan grande? En esto se juega el ser cristiano de verdad: en la capacidad y en la alegría de saber perdonar. Es difícil porque, por ahí, por este mundo en el que vivimos andan muchos que dicen, incluso muy católicos: «Eso solo lo perdona Dios.» Eso es imperdonable.» O también esa otra frase conocida: «Yo no soy quién para perdonar». ¿Escuchaste alguna vez eso? Seguramente sí. Los dichos populares -como lo dije varias veces- tienen mucha sabiduría y a veces no. A veces, al contrario, van en contra del evangelio. No tienen algo del evangelio, tienen medias verdades, menoscabando el valor y las enseñanzas del evangelio.

La parábola de Jesús de hoy es una comparación casi ridícula -podríamos decir-, absurda. Que, si no prestamos atención, pasa un poco desapercibida; pero es la esencia de la parábola. Para hacerla un poco más simple y trayéndola a valores de estos tiempos, el servidor olvidadizo es el que no perdona una deuda de unos centavos, cuando un ratito antes se le había perdonado una deuda de millones. A uno le sale decir, sin pensar: «¡Qué espanto! Yo jamás haría una cosa así». ¿Cómo es posible que alguien haga algo así?

Sin embargo, en realidad -te diría o por lo menos pienso así-, Jesús nos lo está diciendo a todos: «Eso hacen ustedes cuando no quieren perdonar a alguien, cualquier cosa. Se olvidan de que Dios, su Rey, les perdonó una deuda de millones». No estar dispuesto a perdonar es comportarse como ese servidor olvidadizo. Es tan infinita la distancia entre lo que nos perdona Dios y nos perdonó y nos perdonará a lo largo de la vida que no llegamos a comprenderla. No terminamos de caer en la cuenta de lo que se nos perdonó o de lo que se nos perdona cuando, arrepentidos, nos acercamos a recibir su gracia. Y es por eso que somos capaces de hacer esta ridiculez tan grande y absurda.

Cuando no queremos perdonar, sin darnos cuenta, estamos tomando «del cuello a ese alguien hasta ahogarlo», con tal de que nos devuelva lo poco que nos quitó, que a veces puede ser nuestra fama, la paz, la dignidad, el prestigio. Sí, cosas dolorosas y grandes, que nos duelen cuando las perdemos. La falta de perdón es la medida de nuestro amor, que a veces es tan pobre. Es la medida de nuestra incapacidad de darnos cuenta lo que Dios ya nos perdonó aun antes de que hubiéramos nacido. Por eso, solo el que se siente perdonado de corazón por Dios es capaz de perdonar todo y siempre a aquel que le pide perdón. Solo el que reconoce el don de Dios es capaz de no negar un don a otro. Pensemos en esta ecuación que se entiende con la razón, pero no siempre se vive con el corazón. Dios ama plenamente, por eso perdona verdaderamente. Nosotros amamos poco y, por eso, somos capaces de ahogar a los demás por muy poco. ¿Qué nos queda entonces para salir de este encierro? Reconocer cada día más este perdón infinito que Dios nos concede a todos para que seamos capaces de llevarlo a los demás. Que este domingo nos ayude a volver a descubrir una vez más tanto amor, tanto perdón que Dios nos dio, para que nunca se lo neguemos a los demás.

Fiesta de la Natividad de la Virgen María

Fiesta de la Natividad de la Virgen María

By administrador on 8 septiembre, 2020

Mateo 1, 1-16. 18-23

Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham: Abraham fue padre de Isaac; Isaac, padre de Jacob; Jacob, padre de Judá y de sus hermanos. Judá fue padre de Fares y de Zará, y la madre de estos fue Tamar. Fares fue padre de Esrón; Esrón, padre de Arám; Arám, padre de Aminadab; Aminadab, padre de Naasón; Naasón, padre de Salmón. Salmón fue padre de Booz, y la madre de este fue Rahab. Booz fue padre de Obed, y la madre de este fue Rut. Obed fue padre de Jesé; Jesé, padre del rey David.

David fue padre de Salomón, y la madre de este fue la que había sido mujer de Urías. Salomón fue padre de Roboám; Roboám, padre de Abías; Abías, padre de Asá; Asá, padre de Josafat; Josafat, padre de Jorám; Jorám, padre de Ozías. Ozías fue padre de Joatám; Joatám, padre de Acaz; Acaz, padre de Ezequías; Ezequías, padre de Manasés. Manasés fue padre de Amón; Amón padre de Josías; Josías, padre de Jeconías y de sus hermanos, durante el destierro en Babilonia.

Después del destierro en Babilonia: Jeconías fue padre de Salatiel; Salatiel, padre de Zorobabel; Zorobabel, padre de Abiud; Abiud, padre de Eliacím; Eliacím, padre de Azor. Azor fue padre de Sadoc; Sadoc, padre de Aquím; Aquím, padre de Eliud; Eliud, padre de Eleazar; Eleazar, padre de Matán; Matán, padre de Jacob. Jacob fue padre de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo.

Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.

Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados.»

Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel, que traducido significa: «Dios con nosotros.»

Palabra del Señor

Comentario

Entiendo, me imagino, me imagino tu cara o lo que estarás pensando con semejante evangelio que para nosotros es un poco extraño. Tantos nombres, ¿para qué tantos nombres? ¿Qué sentido tiene escuchar este evangelio de hoy? en el cual la verdad que no entendemos mucho y, además, hasta se hace medio pensado, cansador ¿Por qué la Iglesia quiere leer este evangelio en este día, día de la Natividad de nuestra Madre del cielo? En esta fiesta de hoy existe también la opción de leer un evangelio más corto, en realidad la última parte del que acabo de leer -cortarlo un poquito-. Pero elegí leer el más completo porque pienso que, aunque al principio no entendamos tanto, «algo» siempre nos va a dejar si lo explicamos un poco. Me prometí al inicio de este camino de predicación a través de estos audios nunca dejar de leer el evangelio -incluso me acuerdo que pensé en este evangelio- y no solo no dejar de leerlo porque me parece que la palabra de Dios tiene que brillar siempre, y cada uno tiene que tomar su Biblia y hacer su camino. Me acuerdo que también me dije: «Aunque sea el más difícil de explicar, el más aburrido, incluso que no dice nada para estos tiempos, también lo voy a leer».

Porque siempre la palabra de Dios nos puede decir algo y además, al mismo predicador, esforzarse por entender y explicarlo, también le ayuda. La Palabra de Dios no está escrita en vano. Por alguna razón, Dios en su Espíritu y por medio de los escritores sagrados quiso que quede este texto para siempre. Confío más en su Palabra siempre que en mi comentario. Algo nos tiene que decir. Algo del evangelio siempre nos deja algo, valga la redundancia. No nos podemos rendirnos tan rápido y aunque me quede menos tiempo para comentar haré lo posible para ayudarte a meditar.

A veces -freno un poco-, a veces ponemos tanto énfasis en ciertas cosas que nos gustan, investigamos, ahondamos. Pero con la palabra de Dios no hacemos siempre lo mismo. Imaginate que ante cada texto hagamos un esfuerzo grande por comprenderlo, ¡cuánto bien nos haría!

Bueno, entre tantas cosas que se pueden analizar de este texto quiero dejarte simplemente dos detalles de esta llamada «genealogía de Jesús» que acabamos de escuchar, que nos ayudarán a pensar, de algún modo, cómo piensa Dios, que es muy diferente a nosotros por supuesto.  ¿Cómo pensó esta historia de salvación tan maravillosa que llega hasta nuestros días, hasta nuestro corazón? En esta larga lista de nombres aparecen, por un lado, dos varones provenientes, uno- fíjate-, de un incesto y otro, de un adulterio. Y, por otro lado, cuatro mujeres, algo extraño para esa época -hoy estamos acostumbrados, pero no se las nombraba-, con historias incluso no muy lindas, no muy felices, no muy santas.

También extranjeras, tres de ellas; que para los hebreos era una gran infidelidad el matrimonio con extranjeros, porque se rompía ese mandato de Dios de que no se crucen o entremezclen con los paganos. Y, lo que es peor, además tres de ellas consideradas pecadoras: Tamar, Rajab, Betsabé. Y solo Ruth se distingue de algún modo por su pureza. Bueno, ¿qué quiere decir todo esto? No te aburras. Quiere decir que Jesús entró en la raza humana, en nuestra historia, tal y como es la raza humana, con todo lo bueno y lo malo. No con unos buenos y otros malos: con todo lo bueno y lo malo que hay en la humanidad y en nuestro corazón. En la historia de la salvación no se ocultan los pecados. Fíjate ese detalle. No se ocultan los pecadores. Se perdonan, se perdonan. Jesús puso una puerta de pureza total en el penúltimo escalón- digamos así-, su madre Inmaculada. Él quiso pasar finalmente, después de tanta historia de pecado y santidad, por una puerta santa y pura. Pero aceptó, al mismo tiempo, en todo el resto de sus antepasados la realidad humana total que él venía a salvar. Dios, que escribe derecho en  «líneas torcidas», entró también por caminos torcidos, por los caminos de la humanidad- no por otros-. Cuesta creer a veces que nuestro buen Jesús se haya hecho hombre realmente y que no esquivó nada de lo que eso significa.

La Virgen Santísima en este día, el día de su natividad- su cumpleaños, digamos-, es el último eslabón al que Jesús quiso unirse para purificar al género humano. Y por eso tenía que ser pura, totalmente pura. Hoy recordamos el día que nació. Ella ya está en la eternidad, ya no vive en el tiempo. Recordamos que nació para ser la «puerta purísima»- como dice esa linda jaculatoria- que nos trajo el Salvador y viene a meterse en nuestra historia. No para ocultar nuestros pecados pasados, para meterlos debajo de la alfombra, para esconder las impurezas (esas cosas que queremos que nadie sepa de nuestra historia); sino todo lo contrario, para redimir esa impureza  sin ocultarla, para sanar el pecado sin negarlo.

Aprovechemos este día para dejar que nuestro Maestro se meta en nuestra vida de algún modo y purifique lo que tenga que purificar, lo que tenga que sanar. Todos lo necesitamos. Que María hoy sea esa puerta de pureza que se abra para que Jesús llegue a nuestra vida una vez más, una y mil veces más. Porque te necesitamos, Señor de la historia.

XXIII Domingo durante el año

By administrador on 6 septiembre, 2020

Mateo 18, 15-20

Jesús dijo a sus discípulos:

Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.

Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.

También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos.

Palabra del Señor

Comentario

Otro día del Señor, otro domingo que se nos vuelve a regalar. Es, como siempre, para agradecer, para disfrutar, aunque estemos viviendo situaciones distintas y difíciles cada uno de nosotros, esparcidos por el mundo. Entiendo que no es fácil, todos lo entendemos. Entiendo que no todas las familias, por ahí, pueden vivir el domingo como de alguna manera la Iglesia nos propone. Entiendo que no siempre nuestros hijos lo entienden, lo quieren, y eso muchas veces hace sufrir a los padres. A veces también entre esposos. No todos comprenden lo mismo. No todos quieren vivir lo mismo. Entiendo que no todos ven el domingo como un día para dedicarle más al Señor y a nuestros hermanos. Lo entendemos y sé que también lo entendés, pero no nos desanimemos. Sigamos apostando a cuidar el domingo, a custodiarlo; a cuidar la familia, la que tengamos; a no escondernos y seguir luchando por vivir un día distinto, como nuestro buen Dios lo quiere.

Algo del Evangelio de hoy nos habla y nos introduce en lo que llamamos, tradicionalmente en la Iglesia, «corrección fraterna», la corrección entre hermanos fraterna. Preguntas que me vienen: ¿Corrección fraterna? ¿Ir a corregir a un hermano teniendo yo muchos pecados también? ¿Hacerse cargo del otro de alguna manera? Suena un poco difícil, extraño y hasta a veces casi imposible. Porque ¿qué tengo que esperar?, ¿no tener ningún pecado para ser también hermano de otros y corregir? Mucho más en un mundo donde parece que «todo vale», donde finalmente lo importante es que uno sea feliz a su manera y no dejándose guiar por la Palabra. Donde parece que todo es bueno y es aceptable que cada uno haga lo que le parezca o lo que sienta, sin importar tanto si es verdad o no ese pensamiento o sentimiento o ese modo de obrar. Escuchaste alguna vez, seguramente, esa frase que dice: «Y si lo hace feliz, que haga lo que quiera».

Tiene parte de verdad, pero es tan común escucharla. Esa es la ley del mundo de hoy, del pensamiento mundano – podríamos decir-. Mientras no molestes a nadie, mientras no le hagas mal a nadie y, además, mientras vos consideres que lo que hacés está bien, alcanza, con eso basta. No hay ninguna ley superior, mucho menos la ley de Dios, que pueda regir nuestra vida. Parece ser que no hay una verdad clara, en donde debemos confrontar lo que hacemos. Es la ley del respeto pero mal entendido, la ley de la libertad mal entendida, mal interpretada. En el fondo es la ley del relativismo, donde se proclama que no hay verdad, pero en el fondo es una dictadura del relativismo. En el fondo esa supuesta «no verdad», que proclama el relativismo, se transforma en verdad para los que piensan así y por eso les enoja que otros tengan otra verdad.

Sin embargo, ¿te parece que Jesús puede pensar así?, ¿un cristiano puede pensar así? ¿No sería una gran contradicción? La enseñanza de la palabra de Dios es todo lo contrario, la de hoy: «Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a un hermano». Bastante distinto, ¿no? Ese es el mandato de Jesús, que nos sintamos hermanos, que nos tratemos como hermanos, que nos cuidemos como hermanos, que no permitamos que un hermano se pierda. Somos hijos de un mismo Padre. Corre por nuestras venas la misma sangre divina que nos va santificando y sanando por medio del amor, para que algún día todos estemos con él en el cielo. Por eso, si un hermano sufre, yo sufro con él. Si un hermano se alegra, me alegro con él. Por eso tenemos que cuidarnos entre nosotros, y el pecado es lo que hiere la relación entre hermanos. Si eso es así, si creemos esto- que somos realmente hermanos-, ¿cómo me va a dar lo mismo que mi hermano se equivoque y se salga del camino? ¿Cómo no voy a aceptar que un hermano me corrija a mí cuando yo me equivoco? No es lo mismo, no puede darme lo mismo. Jesús nos pedirá cuentas de algún modo de nuestros hermanos, de aquello que hemos podido hacer algo y no lo hicimos. Nos preguntará si nos hicimos cargo de los otros de algún modo, si de verdad los consideramos hermanos o no y si nos dejamos corregir también por los demás. ¡Qué difícil es dejarse corregir!

La corrección fraterna claramente no es fácil, lo sabemos. No es para cualquiera, digamos así. Es para aquellos que se sienten hermanos de verdad, que buscan la santidad; para aquellos que tienen fe, para los que creen en la fuerza del amor y del perdón, y saben que Dios Padre puede hablarme a través de otro, no solamente en mi silencio. Se necesita para esto, por supuesto, mucha humildad. Pero es maravilloso pensar que en el cielo pueden «desatarse o atarse» las cosas según nuestra manera de obrar. Podemos con nuestro amor ayudar a que alguien «desate» de su corazón el pecado, o bien podemos pecar de omisión dejando que alguien se quede «atado» a su pecado. Ese poder tan grande que nos dejó el Señor es un gran misterio: desatar o dejar atado. Corregir y ayudar o callar y dejar pasar.

La corrección entre hermanos es un don que debemos pedir en la oración. No puede darse si no se acepta con humildad también ser corregido. Cuando nos reunimos en su Nombre, él está. Cuando nos unimos a pedir algo a nuestro Padre del cielo, él lo concede. Por eso hay que pedir cosas grandes: la salvación de los que se están perdiendo por el pecado (nuestros hijos, nuestros seres queridos, nuestros amigos). Pidamos tener el amor suficiente para darnos cuenta que corregir también es amar y que, para corregir bien, hay que corregir por amor, con amor, por el bien del otro y estar dispuestos a ser corregidos. Nos salvamos juntos, de algún modo, ayudándonos entre todos. O nos quedamos solos y, en el fondo, no nos salvamos.

La hermandad que llegará al final de los tiempos, cuando vuelva Jesús, tenemos que empezar a vivirla desde acá y se va forjando cada día con nuestra manera de obrar: desatando y atando con nuestro amor o con nuestra falta de amor.