• www.algodelevangelio.org
  • hola@algodelevangelio.org

Feria de Navidad

Queridos míos,
si Dios nos amó tanto,
también nosotros debemos amarnos los unos a los otros.

Nadie ha visto nunca a Dios:
si nos amamos los unos a los otros,
Dios permanece en nosotros
y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros.

La señal de que permanecemos en Él
y Él permanece en nosotros,
es que nos ha comunicado su Espíritu.

Y nosotros hemos visto y atestiguamos
que el Padre envió al Hijo como Salvador del mundo.
El que confiesa que Jesús es el Hijo de Dios,
permanece en Dios,
y Dios permanece en él.

Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene
y hemos creído en él.
Dios es amor,
y el que permanece en el amor
permanece en Dios,
y Dios permanece en él.

La señal de que el amor
ha llegado a su plenitud en nosotros,
está en que tenemos plena confianza
ante el día del Juicio,
porque ya en este mundo
somos semejantes a Él.

En el amor no hay lugar para el temor:
al contrario, el amor perfecto elimina el temor,
porque el temor supone un castigo,
y el que teme no ha llegado a la plenitud del amor.

Palabra de Dios

Comentario

Un día fui a dejar mi auto al lavadero, porque estaba muy sucio, soy de lavarlo poco, y cada tanto me acuerdo, cuando ya no da más, y lo llevo. Y en este lugar, que fui algunas veces, una de las empleadas, la que incluso usa la manguera para mojar el auto y lavarlo, cada tanto me dice cosas. Por supuesto, cuando te ven sacerdote se dan algunas charlas, pero siempre fue superficial, hasta que esta vez, la última vez que fui, cuando me bajé del auto y le estaba dando la llave para dejárselo y me estaba yendo, me dice: «Padre, ¿puedo decirle algo que hay cosas que no entiendo? Yo estoy enojada». «Sí».

Apagó la máquina para dejar de tirar agua porque mientras me hablaba tiraba agua, y me empezó a abrir su corazón, a contarme que ella en realidad estaba enojada con Dios porque tiene un hijo que es discapacitado, un hijo que nació con una malformación. Eso le da mucha tristeza, porque Dios la castigó. Bueno, ella pensaba que Dios la había castigado. Pero bueno, ahondando poco, después que hablamos algunos minutos, todo nos terminó llevando a una culpa muy grande que ella llevaba en el corazón, porque consideraba que Dios la había castigado porque en realidad ese hijo había surgido de alguna manera de una infidelidad que ella había tenido.

Bueno, ¡qué difícil!, ¿no? Terminamos abrazados, ella llorando, pero bueno, traté de explicarle que Dios no la había castigado, que si pensáramos así, en realidad todos los que hacen el mal, todos los que cometieron algún pecado, o sea, en el fondo todos, porque todos pecamos; si pensáramos así todos deberíamos ser castigados. Bueno, me costó, reconozco que me costó mucho que ella pudiera entender que no estaba siendo castigada, que su hijo por más que ella haya cometido ese error de haber estado con un hombre que no era su marido, bueno, su hijo no nació mal por eso.

¿Por qué te cuento esto? Porque creo que la Carta de San Juan que estamos escuchando es un maravilloso himno al amor de Dios, mostrándonos de que Dios es amor  y que debemos permanecer en su amor y aquel que ama o aquel que se deja amar también, es lo que más nos cuesta a veces, no deja lugar para el temor. Cuando nos sentimos amados por Dios, aun cuando hayamos cometido el peor de los pecados, aun cuando estemos viviendo situaciones dolorosísimas como un hijo con una enfermedad, como un hijo que murió o un hijo con una discapacidad como me contaba esta mujer, aun así cuando amamos y nos dejamos amar, el temor se va de nuestro corazón.

Por eso dice la Carta de San Juan: «El amor perfecto elimina el temor, porque el temor supone un castigó». Cuando pensamos que Dios nos castiga, es cuando tememos, cuando vivimos considerando que nos merecemos aquello que estamos viviendo, aquello que nos está pasando.

Cuando en realidad lo que nos está pasando muchas veces y la mayoría de las veces no es por supuesto por culpa de Dios, sino por haber elegido mal nosotros, por habernos equivocado. Bueno, cuando consideramos que Dios nos castiga, finalmente vivimos temerosos y no podemos acercarnos a él. «El que teme no ha llegado a la plenitud del amor».

Por eso hoy digamos al Señor que nos quite el temor, si vos y yo tenemos algún temor, si vos y yo nos está costando mirar cara a cara a Jesús porque llevamos una culpa escondida de nuestros errores, de nuestros pecados. El Señor quiere quitarnos ese temor porque él vino justamente a perdonarnos de nuestros pecados para que experimentemos esa sensación de paz en el corazón y para que por supuesto aprendamos a amar como él ama. Porque el que permanece en Dios y Dios permanece en él, finalmente ese es el que cumple el mandamiento, que es nada más ni nada menos que amarnos los unos a los otros, como él nos ha amado. Porque «si Dios nos amó tanto, nosotros también debemos aprender a amarnos los unos a los otros».

Que el Señor nos quite el temor. Que el Señor nos haga quitar de la cabeza, del corazón la idea de un castigo y que podamos comprender que para vivir en paz tenemos que dejarnos amar por este Dios maravilloso que nos ha amado hasta el extremo.