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I Viernes durante el año

Jesús volvió a Cafarnaún y se difundió la noticia de que estaba en la casa. Se reunió tanta gente, que no había más lugar ni siguiera delante de la puerta, y él les anunciaba la Palabra.

Le trajeron entonces a un paralítico, llevándolo entre cuatro hombres. Y como no podían acercarlo a él, a causa de la multitud, levantaron el techo sobre el lugar donde Jesús estaba, y haciendo un agujero descolgaron la camilla con el paralítico. Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados.»

Unos escribas que estaban sentados allí pensaban en su interior: «¿Qué está diciendo este hombre? ¡Está blasfemando! ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios?»

Jesús, advirtiendo en seguida que pensaban así, les dijo: «¿Qué están pensando? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”, o “Levántate, toma tu camilla y camina”? Para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados -dijo al paralítico- yo te lo mando, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.»

Él se levantó en seguida, tomó su camilla y salió a la vista de todos. La gente quedó asombrada y glorificaba a Dios, diciendo: «Nunca hemos visto nada igual».

Palabra del Señor

Comentario

Jesús, al bautizarse, como lo escuchábamos en el Evangelio del domingo, se sumergió en las aguas de este mundo contaminadas por el pecado, que agobia y el que no deja vivir, en definitiva, al hombre, ni a vos ni a mí, nos perturba. Por eso, al sumergirse, nos regaló la nueva vida de los hijos de Dios, la que nos permite dejar que a nosotros nos invada otra cosa, la gracia, lo sobrenatural, ese mundo invisible que nos circunda y que todo lo invade también, todo lo penetra, todo lo transforma desde adentro, todo lo quiere cambiar.

Ese es el mensaje que estuvimos repasando de alguna manera como trasfondo en esta semana: poder cambiar movidos por la gracia y por la fe que nos abre otro panorama. El que tiene fe puede ver cosas que los otros no ven, no por mérito propio sino por gracia. Como me decía Daniel, me acuerdo, ese hombre que se convirtió hace poquito y estaba maravillado por todo lo que veía. El mundo era el mismo, sin embargo, él lo veía todo distinto. Él veía cosas que antes no veía. ¿No te pasó eso alguna vez? Sigamos este camino de poder cambiar para creer más y seguir creyendo para poder cambiar.

Me animo a decir que la Iglesia, nuestra amada Iglesia, es como algo del Evangelio de hoy, es una casa común, Jesús dentro de esa casa anunciando su Palabra (un mensaje de vida que quiere asombrar, que quiere ser novedoso, que quiere dar vida), mucha gente reunida para escuchar, algunos adentro, y mucha gente también afuera queriendo entrar, herida para poder ser sanada.

La humildad nos debería llevar a pensar que todos andamos o anduvimos de alguna manera en camilla alguna vez, tirados por ahí…Camilleros, como he dicho tantas veces, o llevados en camilla, paralíticos, o por lo menos algún día nos tocará. Si no andamos en camilla, estamos rengueando por ahí, estamos asomados a la ventana de la casa queriendo escuchar lo que Jesús dice, estamos rengueando, nos duele algo, estamos llevando a otros. Si no andamos rengueando, alguien se está jugando la vida por nosotros y nos está llevando en camilla hacia Jesús.

La cuestión es que todos somos parte de esta Iglesia y todos vamos a estar con Jesús, ese es en definitiva el destino de nuestras vidas, ir a sus pies. Queremos estar con él cueste lo que cueste. Ojalá que nos brote hoy este sentimiento, entrando por cualquier lugar, en definitiva, no importa; algunos entran osadamente y estrepitosamente por el techo, rompiendo todo porque no aguantan más; otros por la ventana de la Iglesia como queriendo ver qué hay adentro, no importa; otros por la puerta, por la entrada normal, diríamos. Lo importante en definitiva es llegar a sus pies.

Para eso vino Jesús al mundo, para que podamos encontrarnos con él, para enseñarnos a encontrarnos con todos los que lo buscan y encontrarse con los que lo buscan con sinceridad. Por eso, en definitiva, qué importa por dónde entran los demás a la Iglesia, dejemos de mirar de reojo a otros.

Pensemos mejor entonces cómo alguien y el mismo Jesús se las ingenió para que nosotros entremos a la Iglesia; alguna vez, por ahí, por el «techo» para ponernos a los pies de Jesús. Por ahí vos te las ingeniaste por amor a alguien y por fe a llevar a sus pies a otro que andaba sin poder moverse por el dolor, por el egoísmo que muchas veces paraliza, por la tristeza, por el miedo, por la soberbia que endurece el corazón y no deja amar, por la pereza que nos tira y no nos deja hacer nada, por la dejadez, por la bronca, por el odio, por el deseo de tener todo para nada, por la vanidad, por la lujuria que enceguece el corazón, por alguna adicción, por la pérdida del sentido de la vida.

Si no lo hicimos nunca, pensemos, siempre hay algún herido por ahí en el camino. Recemos, nosotros hagamos nuestra parte, no nos perdamos la oportunidad. Hagamos el esfuerzo con este Evangelio de hoy. Por ejemplo, imaginemos que Jesús nos dice personalmente estas palabras: «Hijo, tus pecados te son perdonados. Hijo, tus pecados te son perdonados. Yo te lo mando, levántate, toma tu camilla y anda a tu casa». ¡Qué maravilla!

Tenemos que volver a nuestra casa con la camilla, tenemos que levantarnos, tenemos que dejarnos perdonar. Jesús nos anima a dejar la camilla de la comodidad, donde por ahí nos quedamos haciéndonos las víctimas muchas veces para que otros nos lleven. Él nos invita a volver a la casa de nuestro corazón que abandonamos de hace tiempo, por mil razones; por el activismo exacerbado de esta vida, por ser mamás, por ser padres y nos olvidamos de nosotros; por el pecado que nos carcome a veces el corazón y nos va consumiendo, por haber abandonado lo más querido, lo más sagrado, por aquello que pensamos que nunca íbamos a abandonar, solo por ser ingenuos, por habernos alejado de la casa más linda que es la Iglesia, por creer que podíamos solos.

Él nos lo manda, él nos perdona, él te perdona, él te pide que te levantes, él te perdona, él nos quiere curar el corazón paralizado que a veces quiere dejar de latir por amor, por tener miedo. El perdón de Jesús moviliza y nos ayuda a cargar nosotros mismos con la camilla que antes nos llevaba por no poder caminar. ¡Qué paradoja! ¡Qué increíble!, ¿no? Eso es volver a nacer, eso es la humildad, eso es querer cambiar, eso es tener fe.

Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.