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II Miércoles durante el año

Jesús entró nuevamente en una sinagoga, y había allí un hombre que tenía una mano paralizada. Los fariseos observaban atentamente a Jesús para ver si lo sanaba en sábado, con el fin de acusarlo.

Jesús dijo al hombre de la mano paralizada: «Ven y colócate aquí delante». Y les dijo: « ¿Está permitido en sábado hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla?»

Pero ellos callaron.

Entonces, dirigiendo sobre ellos una mirada llena de indignación y apenado por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: «Extiende tu mano.» Él la extendió y su mano quedó sana.

Los fariseos salieron y se confabularon con los herodianos para buscar la forma de acabar con Él.

Palabra del Señor

Comentario

Hablando de señalar, pero del señalar infantil y soberbio como veíamos ayer con los fariseos, es bueno aclarar que se puede señalar de muchas maneras. ¿No? El señalar para acusar, para juzgar, para marcar el error, para encontrarle la quinta pata al gato, para buscarle el pelo al huevo; se puede hacer con todo el cuerpo y el corazón, con el dedo, por supuesto, pero con la mirada, con las palabras, con la indiferencia, con el pensamiento, con el silencio, con el corazón. Lo importante no es tanto el cómo, sino si ponemos o no el corazón al hacerlo.

A todos nos acecha siempre interiormente el deseo de juzgar, de creernos los dueños de la verdad, pero es muy distinto el llegar a decirlo o no, el llegar a expresarlo de alguna manera o no. La lucha puede ser continua, pero tenemos bastante de la batalla ganada si logramos evitar las miradas y las palabras que manifiesten lo que realmente pensamos cuando juzgamos.

Por las dudas, por si no te diste cuenta, no siempre es bueno decir todo lo que pensamos y sentimos, porque no todo lo que pensamos y sentimos es verdad, o bien no siempre los demás pueden o están con disposición de escuchar todo lo que nosotros creemos que es bueno decir. Es todo un arte para seguir aprendiendo. Bueno, Jesús evidentemente conoce todo, seguro que lo sabías, los pensamientos y sentimientos de todos, los tuyos y los míos. Y eso no es para temer, es para descansar y, al mismo tiempo, no ocultar nuestra verdad.

Algo del Evangelio de hoy muestra claramente que Jesús sabía lo que pensaban estos hombres, sabía que estaban esperando verlo «pisar el palito» para acusarlo, para atraparlo. De hecho, el Evangelio termina diciendo que «se confabularon con los herodianos para buscar la forma de acabar con él», o sea, se unieron o se querían unir con los seguidores de Herodes para matar a Jesús.

Estamos recién en el capítulo 3 del Evangelio. Como verás, desde un comienzo o desde el comienzo de la predicación, Jesús encontró resistencia, desde el principio, y, al mismo tiempo, su fama se iba extendiendo, crecía por toda la región. Y al mismo tiempo, los «señaladores», los que se creían dueños de la verdad, empezaron a organizar su muerte. ¡Qué locura!

Los fariseos eran terribles. No querían saber nada con el bien que hacía Jesús, y todo lo hacían «bajo apariencia de bien». ¿Por qué? Porque se creían dueños de la verdad. Porque creían que solo lo que ellos pensaban y sentían era verdad, que Dios estaba en donde ellos creían que tenía que estar. Y esto se repite en todos lados y en toda la historia, en muchos corazones. El fariseísmo es el cáncer religioso, silencioso de miles de personas que dicen creer.

Pasa en nuestras familias, amistades, trabajo, grupos de oración, comunidades, parroquias, sacerdotes, movimientos, obispos, en todos. No hace falta ser muy malos para tener un corazón pintado de fariseo intenso. El fariseísmo no nos deja ver el fondo de las cosas, nos hace «señalar» sin conocer, o «señalar» conociendo, pero al fin y al cabo señalamos quedándonos en la periferia de las cosas. Aprendamos a mirar con el corazón el corazón y no las apariencias.

Aprendamos a mirar el corazón propio y ajeno como lo mira Jesús, o sea con verdad y amor. El amor y la verdad son hermanas siamesas, si las separamos, una de las dos muere o, mejor dicho, se mueren las dos. Una muere con la otra. Nosotros nos creemos que vemos con verdad, pero la gran verdad es que no vemos bien porque no vemos con amor, nos falta mucho amor.

El peor mal de nuestra vida es pensar que vemos y sentimos todo con verdad, pero nos olvidamos que sin el filtro del amor, sin el sostén del amor, la verdad a secas termina matando.

Eso les pasaba a los fariseos, eso nos pasa a muchos sacerdotes que tiramos la ley por la cabeza de las personas sin pensar en ellos y ni siquiera nosotros las tocamos con el dedo, eso les pasa a los padres de familia que quieren educar sin amor, imponiendo, eso les pasa a los dirigentes que dirigen con su verdad y sin amor, eso le pasa a todo cristiano que se cree digno de juzgar y pararse encima de los demás olvidándose que la «ley está hecha para el hombre» y no al revés y que, además, ese hombre tiene una vida, tiene un corazón que solo lo puede juzgar el que lo conoce verdaderamente, o sea, el mismísimo Dios, Jesús. Como en el Evangelio de hoy, Jesús se apena cuando nuestro corazón está tan duro que se anima a juzgar. Jesús se enfurece cuando actuemos como los fariseos.

Por eso, hoy qué lindo sería dejarse mirar con verdad y amor por Jesús. Solo él sabe hacerlo y solo dejándolo a él que lo haga, seremos capaces de empezar a mirarnos bien y a mirar bien, a dejar de señalar mal, solo para acusar. Hagamos el esfuerzo hoy de no mirar las apariencias y por lo menos intentar mirar con el corazón. Se puede, pero primero hay que dejarse mirar por él.

Que tengamos un buen día y la que bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.