Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del mar, y lo siguió mucha gente de Galilea. Al enterarse de lo que hacía, también fue a su encuentro una gran multitud de Judea, de Jerusalén, de Idumea, de la Transjordania y de la región de Tiro y Sidón. Entonces mandó a sus discípulos que le prepararan una barca, para que la muchedumbre no lo apretujara.
Porque, como curaba a muchos, todos los que padecían algún mal se arrojaban sobre él para tocarlo. Y los espíritus impuros, apenas lo veían, se tiraban a sus pies, gritando: «¡Tú eres el Hijo de Dios!» Pero Jesús les ordenaba terminantemente que no lo pusieran de manifiesto.
Palabra del Señor
Comentario
Una vez, una mujer anciana muy sencilla me conmovió en una charla. Me dijo: «Padre, yo cuando rezo el Padrenuestro lloro (por adentro pensé: “¡Qué tierno! Ojalá pudiera yo también llorar de amor cuando rezo”), pero –siguió diciéndome– lloro al decir las palabras “perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, porque, padre, yo no puedo perdonar a alguien que me hizo mucho mal, y si no puedo perdonar, ¿cómo voy a decir eso?».
¡Cómo me conmovió! Una sinceridad admirable y una gran consciencia de la incoherencia interior que vivía, no voluntaria, sino que no la podía manejar, pero al mismo tiempo una lección de amor para mí, para vos también. Una lección de deseo de amar, de deseo de perdonar en serio, que se contrapone a muchas veces cosas que escucho, que escuchamos, personas que creen que no tienen pecado, incluso van a la iglesia, van y se acercan y dicen: «Padre, la verdad que no yo no le haga mal a nadie», y es verdad, puede ser que no le haga mal a nadie, pero ¿están haciendo el bien? ¿Estamos haciendo todo lo que podemos? Por eso, recuerdo esa conversación con esa señora ya anciana tan sincera.
Ya quisiera tener esa consciencia de darme cuenta de que muchas veces no estoy perdonando, muchas veces tengo resentimientos, rencores, muchas veces crítico y señalo a los demás. Porque, no es que esta mujer no quería perdonar, ¡no podía!, no podía y como no podía, sufría por no poder y sufría por sentir que, de algún modo, engañaba a Dios. En realidad, sufría su propia debilidad, no es que la elegía. A veces queremos, pero no podemos, por lo menos por el momento.
¿Cuántas veces queremos y no podemos? ¿Pero en realidad lo engañaba a Dios? Para mí no, esa mujer ya de algún modo estaba perdonando, ya el querer de algún modo es poder, ya el querer es un empezar a perdonar. ¡Lo demás vendrá con el tiempo!, pidiéndole al Señor esa gracia. Dios mira el corazón, Dios mira lo que nadie ve, Dios no mira como miramos nosotros y eso es lo que nos tiene que dar mucha paz. Jesús no mira y señala como los fariseos, que señalan para acusar, para regodearse del mal ajeno. Eso es lo que venimos escuchando estos días.
El fariseísmo mira lo externo y se olvida del corazón. El fariseísmo de nuestro corazón se queda con la cáscara de las cosas y se olvida que la cáscara puede estar fea, podrida, pero no siempre el corazón. Podemos andar rotos por la vida, nadie se da cuenta en el fondo que nuestro corazón está unido a nuestro Señor. El fariseo que llevamos dentro entonces no puede ver más allá de la ley y no sabe aplicar o entender la ley en cada contexto, por eso la aplica a rajatabla en cualquier circunstancia olvidándose de las personas.
El fariseo que nos acecha no ve personas amadas por el Padre, ve oportunidades para mostrar su capacidad de juzgar, no de amar. En cambio, Jesús es el juez misericordioso por excelencia que mejor nos conoce y sabe de nuestras luchas, de nuestros silencios, de nuestros dolores, de nuestros intentos que fracasan, de nuestros deseos desordenados, de nuestros pecados no deseados pero cometidos, sabe todo, incluso más que nosotros, por eso solo él puede juzgarnos con verdad y amor.
Él no nos señala como los fariseos, como los que tenemos a nuestro alrededor que, por más buenos que sean, no nos conocen. Él nos abraza, nos quiere abrazar. ¿Para qué? Para curarnos, para sacarnos los «espíritus impuros» que nos atormentan, que no nos dejan ser libres, verdaderos hijos del Padre.
Al mismo tiempo, según Algo del Evangelio de hoy, Jesús no se deja «señalar» por cualquiera, no se deja «apretujar». Se deja señalar por aquellos que son humildes como Juan Bautista, no por los que lo quieren manipularlo, no por los que quieren utilizar, no por los que utilizan mal su nombre. No se puede manipular a Dios. No podemos usarlo para nuestra conveniencia. Ante los gritos de los espíritus impuros, dice la Palabra que «Jesús les ordenaba terminantemente que no lo pusieran de manifiesto».
¿Te preguntaste alguna vez por qué Jesús no quería que se difunda las cosas que hacía? ¿Por qué Jesús no quería que digan quién era? Justamente por esto que venimos hablando. Porque él quería y quiere enseñarnos a no mirar las apariencias únicamente, sino a mirar el corazón. No hay que señalar por lo externo. Lo que más hace sufrir a Jesús, es que nos quedemos con las apariencias de lo que hizo y no con su corazón.
Él no quería ser un «milagrero» más, no quería ser un «sanador» del montón, no quería ser «la solución» a los problemas. Jesús no quería vivir de la apariencia, sino que quería mostrarnos su corazón, quiere mostrarnos su corazón, quiere que nos enamoremos de su corazón. Él quiere que lo amemos, que lo amemos por lo que es y no por lo que hace, así como quiere que nos amemos entre nosotros por lo que somos y no por lo que hacemos. Por eso prohibía que le hagan mala propaganda, porque la propaganda lo único que exalta es lo que las personas hacen y hace muy difícil que veamos lo que las personas son.
Busquemos seguir a Jesús como él quiere que lo sigamos. Pensemos a qué Jesús andamos siguiendo, a quién nos señalaron alguna vez. Recemos si verdaderamente al señalar a Jesús para que otros lo sigan, estamos señalando el corazón o la cáscara de nuestra fe.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.