Jesús regresó a la casa, y de nuevo se juntó tanta gente que ni siquiera podían comer. Cuando sus parientes se enteraron, salieron para llevárselo, porque decían: «Es un exaltado».
Palabra del Señor
Comentario
Pensaba hacer este día el resumen de la semana, pero prefiero tomar algo de ayer y Algo del Evangelio de hoy. Me ayudó muchísimo el Evangelio de ayer. Volvería a leerlo y meditarlo por muchos días.
Me ayuda muchísimo volver a preguntarle a Jesús, por ahí a vos te sirve, porque recordá que todos hemos sido elegidos para distintas tareas, somos iguales, en definitiva, con distintas funciones, con distintos roles, con distintos dones…Por ahí te sirve preguntarle: ¿Por qué? ¿Por qué me elegiste a mí y no a otro? ¿Por qué me elegiste a mí y no a mí marido? ¿Por qué mis hijos no responden a ese llamado? ¿Por qué? ¿Por qué a mí y no a otro? Y siempre desde el lado de la humildad, ¿no?, creyéndonos más, por supuesto.
Como me preguntaba el otro día este amigo que se convirtió con el Evangelio de los cuatro amigos que llevaban al paralítico frente a Jesús bajándolo por el techo, me decía: «Padre, estoy como loco, ahora veo todo distinto, ahora muchas cosas me parecen sin sentido, ¿por qué a mí? ¿Por qué me eligió a mí y no a otro?». Medito lo mismo también yo muchas veces. ¿Por qué se te ocurrió llamarme a mí si había muchos otros mejores que yo, según mi mirada, otros que tenían más cualidades humanas, otros que se pensaban que podían ser buenos sacerdotes, incluso dentro del seminario –me acuerdo– muchos mejores que yo, otros que eran más queridos, más buenos, más en tantas cosas? ¿Por qué a mí?
Pienso, al mismo tiempo, lo que debe haber vivido Jesús interiormente al saber que sus mismos parientes lo trataban de loco, como dice la Palabra de hoy: Decían: «Es un exaltado», en el fondo decían: «Está loco». ¡Qué extraño!, ¿no? Pobre Jesús, sus más cercanos que no solo no lo entendían, sino que además lo tratan de loco. Esto es algo que a veces olvidamos del Evangelio, sin querer nos quedamos con las partes lindas y agradables de la vida de Jesús.
¿No habrá pensado Jesús también en esto que venimos diciendo: «Padre, ¿por qué a mí? ¿Por qué me elegiste a mí para esto, cuando nadie me entiende? ¿Por qué tengo que vivir esta contradicción tan grande?». Estoy convencido de que Jesús vivió ese dolor internamente, esa incomprensión, ese ser señalado, pero no como Cordero de Dios, que quitaba el pecado del mundo, sino como un loco. ¿Te das cuenta que no todos los que señalaron a Jesús lo señalaron bien?
Empezamos la semana escuchando qué bien señalaba Juan el Bautista a Jesús y terminamos viendo cómo sus más cercanos lo señalan casi para burlarse, toda una imagen y una paradoja de lo que es la vida. También me pasa a mí, también te pasa a vos. Muchos nos creen los mejores, para muchos somos los mejores y otros nos señalan como locos. Y cuánta más fe tenemos o cuánto más nos comprometemos con la fe, más son los que nos señalan como locos. ¿Decime si no te pasa eso en tu familia?
En medio de todos esos pensamientos, recuerdo que una vez tuve la gracia de ir a visitar a una señora que acababa de perder a su hijo, su hijo más querido, el menor de los tres. Estaba ya sin ganas de vivir, imagínate, estaba desinflada, con las persianas de su casa bajas, supuestamente para que no entre el sol y el calor, pero después me reconoció que era para que nadie sepa que estaba, para que piensen los vecinos que ella no estaba, queriendo dormir para olvidar, queriendo tomar pastillas para no despertarse nunca más, evitando que la visiten, que la llamen, en el fondo no dejando que los demás la quieran, que la amen, que le digan que a pesar de todo era necesaria.
Me pregunto: ¿Cuánta gente habrá así en este mundo en este momento, incluso cercanos a nosotros? ¿Cuánta gente habrá en este momento sufriendo estas pocas ganas de vivir por mil razones? Por algún dolor, por no tener a Jesús en sus vidas, por haber perdido lo más preciado, no sé, pero ¿cuántos, ¿cuántos serían? Me lo pregunté ayer. No había mucho que hablar, no sé, la mayoría de las veces cuando escucho esta historia me doy cuenta que es mejor callar.
¿Qué puedo decirle a una madre que perdió a su hijo? No tengo ni idea lo que puede llegar a sentir una madre y mi corazón de padre no sabe lo que se siente al perder a un hijo. Me siento muy limitado en eso, y más cuando la gente piensa que uno tiene la respuesta mágica para cada momento, que uno tiene que decir lo exacto y que eso va a hacer levantar a las personas.
Lo más fácil hubiese sido darle una receta, una receta espiritual, como por ahí con muy buena intención hacen algunos médicos que rara vez volverán a ver a sus pacientes y les dan pastillas creyendo que por ahí las cosas se solucionan de esa manera y mientras tanto se quedan con la conciencia tranquila porque intentaron hacer algo. Los sacerdotes podemos caer en lo mismo. Es un peligro. Somos «médicos del corazón» y tenemos los mismos vicios, a veces, que los médicos del cuerpo. Los sacerdotes, cuando dejamos de ver y escuchar, caemos en las recetas, lo reconozco, somos medios primitivos, sin querer, básicos, pero porque somos seres humanos como te decía ayer y acudimos a frases hechas, que son muy lindas, como esas que circulan por las redes que todos comparten, pero que en el fondo no tocan la vida de las personas, no solucionan los problemas.
Opté entonces por no acudir a frases hechas y le dije varias cosas que no me salen decirte ahora, pero fundamentalmente la tomé de las manos y al final nos abrazamos. No mucho más. No sé si la habré ayudado, lo sabré si algún día llego al cielo junto con ella. Pero lo que sí sé es para qué Jesús me eligió como sacerdote, volví a descubrir que no sirve preguntarle: ¿Por qué me elegiste? Como tampoco sirve preguntarle a Dios: ¿Por qué me pasó esto o lo otro, por qué se murió tal o cual? Sino el «para qué», el para qué estamos hechos, el para qué estoy vivo en este día, concreto, no mañana, hoy, y el para qué se descubre saliendo, no bajando las persianas de nuestra casa-corazón, no durmiendo para evitar ver a los otros, no viendo televisión para evadirnos de la realidad, no encerrándonos en nosotros mismos, sino saliendo, como Jesús, que salió de sí mismo, aunque nos traten de locos, de exaltados, de delirantes. No queda otra. Hay que salir.
Que Jesús nos dé la fuerza para ayudarnos entre nosotros, tanto como para ir a levantar a los que están caídos, como para dejarnos ayudar si estamos caídos, si estamos en la cama. Doy las gracias a Jesús que me eligió, doy las gracias porque te eligió a vos que estás leyendo. Sentite elegido, elegida, y no porque somos buenos, sino para ayudarnos a salir de nosotros mismos para que seamos buenos ayudando a otros a salir de sí mismos. Hoy por ti, mañana por mí, dice el dicho. Hoy hagamos algo por los demás y aprendamos a disfrutar «el ser elegidos» por Jesús.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.