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III Jueves durante el año

Jesús decía a la multitud:

«¿Acaso se trae una lámpara para ponerla debajo de un cajón o debajo de la cama? ¿No es más bien para colocarla sobre el candelero? Porque no hay nada oculto que no deba ser revelado y nada secreto que no deba manifestarse. ¡Si alguien tiene oídos para oír, que oiga!»

Y les decía: «¡Presten atención a lo que oyen! La medida con que midan se usará para ustedes, y les darán más todavía. Porque al que tiene, se le dará, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene.»

Palabra del Señor

Comentario

«¡Prestemos atención a lo que oímos!». ¡Presten atención a lo que oyen! La comunicación no solo es un contenido, no es solo un mensaje para transmitir, así a secas, fríamente, no solo es letra que dice algo en la simple literalidad. También es espíritu que trasciende lo que se dice. Ahí radica la maravilla y, al mismo tiempo, la fragilidad de la comunicación. Venimos hablando en estos días un poco sobre este tema.

Decíamos que no siempre hay que «echarle» la culpa al que habla, sino que también, no pocas veces, la efectividad del mensaje en el corazón del que la recibe depende justamente del destinatario, ¿y por qué no de ambos? Es un poco de todo, un mensaje que se comunica, alguien que lo transmite y otro que lo recibe. Bueno, en todo ese trayecto pasa de todo o puede pasar. Nos pasa en la vida cotidiana, con nuestros afectos, con nuestra familia, amigos, compañeros de trabajo, con nosotros mismos, en la comunicación que vemos en los medios.

¿Cuántas confusiones, malentendidos, peleas, rencores, silencios, indiferencias, críticas, juicios, guerras, y tantas cosas más se dan por comunicarnos mal? ¿Cuántos sinsabores nos ahorraríamos si dejáramos de pensar en lo que pensaron algunos sobre nosotros, están pensando y empezarán a pensar sobre cada uno de nosotros, mientras al mismo tiempo yo sigo pensando que lo que pienso es lo correcto? Bueno, un lindo trabalenguas para pensar.

Si esto nos pasa en la vida cotidiana, con lo normal de cada día, nada impide obviamente que nos pase con la Palabra de Dios. Dios quiere comunicarse con el hombre y somos nosotros los que tenemos que recibir su mensaje. Dios nos habla por medio de su palabra escrita, pero en general alguien nos la explica y somos nosotros los que la recibimos. Por eso cada día debemos esforzarnos por trascender la letra, en trascender lo que dice incluso el que me la explica.

Ese es el trabajo que tenemos que hacer vos y yo. No podemos quedarnos con lo que «nos dijeron» por más lindo que sea el mensaje. Tenemos que entender qué nos está diciendo en el «ahora», en este instante a cada uno de nosotros. Si no, seremos simples repetidores, o «loritos» de la fe. Nuestra lectura se tiene que transformar en oración, en respuesta de nuestro propio corazón.

Es por eso que cada día digo: «Recemos con el Evangelio…», y nombro al que escribió ese Evangelio. Si cada uno de nosotros no reza, falta algo, algo muy importante. Es verdad que no todos los días nos da la fuerza o «el cuero», como decimos, para hacerlo, pero qué lindo sería intentarlo, darnos cuenta que somos una de las partes importantes del mensaje.

«¿Acaso se trae una lámpara para ponerla debajo de un cajón o debajo de la cama?», dice hoy Algo del Evangelio. «¿No es más bien para colocarla sobre el candelero?». ¿Acaso escuchamos la Palabra de Dios cada día para guardarnos lo que escuchamos y no darlo a la luz? Esto de hoy me ayuda a aclarar lo que intento decirte de muchas maneras.

Como siempre, una imagen puede más que mil palabras y la imagen del Evangelio de hoy casi que habla por sí misma. La comunicación tiene un mensajero, tiene un portador, tiene un mensaje y tiene un destinatario. Dios nos habló por medio de su Hijo, de Jesús, que es la luz, nosotros la recibimos.

¿Para qué? ¿Para guardarlo debajo de una mesa? ¿Para no iluminar? La Palabra de Dios se hizo carne en Jesús y sus palabras dan luz a nuestras vidas, por eso no se pueden esconder. San Pablo fue iluminado para iluminar. Nosotros somos los candeleros, somos portadores de la luz, no somos la luz, pero depende de nosotros que esa luz pueda llegar a otros lugares, ¡qué maravilla!, para poder iluminar a los que están en la oscuridad todavía. Si pudimos iluminar y no lo hicimos, es como haber podido dar mucho y no haber querido. Eso quiere decir que «al que tiene, se le dará, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene».

El que no tiene, es el que habiendo podido dar mucho, finalmente se quedó con poco, por egoísta, por no haber iluminado, por haber escondido la lámpara debajo de la cama, por haberle privado a otros la posibilidad de ser iluminados. A ese, se le quitará lo poco que tenga. En cambio, el que se presente frente a Jesús con mucho más de lo que se le dio por haber iluminado, se le dará más todavía. Al que llegue habiendo dado mucho amor, habiendo logrado que muchos disfruten de la luz de Jesús, se le dará más, tendrá más hermanos, más de los que alguna vez imaginó.

Pensemos qué andamos haciendo con lo que recibimos, qué andamos haciendo con el mejor regalo que tenemos, el mismo Jesús que es la luz de nuestras vidas. No pensemos ahora en capacidades meramente humanas, en cosas que nos salen bien, en las que los demás nos halagan o nos aplauden. Pensemos en la fe, en Jesús, en la dicha de ver todo distinto gracias a la luz que recibimos alguna vez.

¿La estamos compartiendo? ¿Estamos llevando esa luz a donde no la hay? Acordémonos que, si guardamos debajo de un cajón lo que hemos recibido, dejamos sin luz a otros y algún día nos quedaremos sin luz nosotros mismos. Acordémonos que, si iluminamos, también seremos iluminados, porque también disfrutaremos de ver lo que pocos ven y de ver que otros empiezan a ver.

Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.