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V Martes durante el año

Los fariseos con algunos escribas llegados de Jerusalén se acercaron a Jesús, y vieron que algunos de sus discípulos comían con las manos impuras, es decir, sin lavar. Los fariseos, en efecto, y los judíos en general, no comen sin lavarse antes cuidadosamente las manos, siguiendo la tradición de sus antepasados; y al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones. Además, hay muchas otras prácticas, a las que están aferrados por tradición, como el lavado de los vasos, de las jarras y de la vajilla de bronce.

Entonces los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: «¿Por qué tus discípulos no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados, sino que comen con las manos impuras?»

El les respondió: «¡Hipócritas! Bien profetizó de ustedes Isaías, en el pasaje de la Escritura que dice: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinde culto: las doctrinas que enseñan no son sino preceptos humanos. Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres.»

Y les decía: «Por mantenerse fieles a su tradición, ustedes descartan tranquilamente el mandamiento de Dios. Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre, y además: El que maldice a su padre y a su madre será condenado a muerte. En cambio, ustedes afirman: “Si alguien dice a su padre o a su madre: Declaro corbán -es decir, ofrenda sagrada- todo aquello con lo que podría ayudarte…” En ese caso, le permiten no hacer más nada por su padre o por su madre. Así anulan la palabra de Dios por la tradición que ustedes mismos se han transmitido. ¡Y como estas, hacen muchas otras cosas!»

Palabra del Señor

Comentario

La sal que se enfrasca, que se guarda, no sirve para nada. El cristiano que solo mira el pasado, que solo se mira a sí mismo está de alguna manera enfrascado. La sal que se guarda, que se mantiene, es la que finalmente se humedece, y ya cuando la queremos usar, no sale del salero. ¿Cuántas veces nos pasa eso? El cristiano que es hipócrita es el que perdió su sabor y no sale de sí mismo. La sal que, por querer mantenerla cuidada se encajona, se mete debajo de un cajón, termina no cumpliendo su función. El cristiano que pierde el tiempo juzgando a los demás, todavía no conoce su misión.

Imaginate si te quedás sin luz en tu casa, sin luz eléctrica, prendés una vela y la ponés debajo de una mesa. Jamás haríamos eso, ¿no? La ponemos siempre arriba de la mesa, en la mesada de la cocina, en una biblioteca, sino ¿para qué la prendemos. El cristiano que no aporta nada a este mundo con su amor, el cristiano que se calla todo es el que no ilumina; y el que habla de más o a destiempo, es el que encandila.

Vamos entonces por partes para ver Algo del Evangelio de hoy, para que entendamos estas frases fuertes de Jesús pero que iluminan mucho también el hoy nuestro, el hoy de la Iglesia. A veces me pregunto cuán parecido, hasta qué punto somos muy parecidos a los fariseos, muchas veces nosotros o algunos de nosotros, los sacerdotes, o bien cualquier otro cristiano. Finalmente, volvamos a la esencia, podríamos decir que el problema no es el mandamiento de Dios –por supuesto–, el problema es que somos capaces de olvidar un mandamiento de Dios.

El problema fue que el pueblo judío olvidó el mandamiento de Dios y nosotros también en la Iglesia hoy como nuevo Pueblo de Dios lo olvidamos y vamos armando sin querer nuestro propio «castillito espiritual» o nuestro propio «castillito moral o de códigos y normas». El problema no es que el sol no está cuando está nublado, el problema son las nubes que los tapan.

El problema no es que haya tradiciones humanas –que son inevitables–, que incluso nos ordenan y nos ayudan a transmitir la verdad, sino que sin querer podemos vos y yo hacer de esas tradiciones «el sol», y, finalmente, las hacemos esenciales y nos olvidamos que las tradiciones son finalmente como las nubes, que vienen y van, van cambiando de forma, que aparecen y desaparecen, y que, si hay en exceso, nos tapan el sol.

Ahora, ¿qué hacemos entonces? ¿Hacemos desaparecer las nubes para ver siempre el sol? Y la verdad es que no se puede; las nubes existen y sirven porque además nos dan sombra a veces, nos dan lluvia fresca que empapa la tierra, las nubes embellecen el cielo, ¿nunca viste esos cielos con nubes bien blancas que parecen algodones, que lo hacen tan lindo?

Las tradiciones humanas, las que nos ayudan a transmitir la fe, deben servir para eso, para hacernos más bello el cielo, que es nuestra fe, para permitirnos ver bien también el sol, que es Jesús, «adornan» de alguna manera nuestra fe y nos hacen –podríamos decir– verla más linda, vivirla con más intensidad; pero no son la fe –no son el sol–, sino que nos ayudan.

Lamentablemente esta palabra «tradiciones» o «tradición» está un poco mal usada en nuestros ambientes católicos, tanto para el que le gusta usarla mucho y afirmar sus verdades con la palabra «tradición» y la usa para aferrarse a que «no hay que cambiar», porque todo lo anterior era mejor, y a esto lo vemos cuando se dice tradicionalistas, para mí mal llamados; como para el que la desprecia y critica lo tradicional por conocer una caricatura de lo que es la tradición, pero finalmente se aferra a una «nueva tradición» creada por otros, que es la del cambio por el cambio mismo, un cambio a veces infantil, sin criterio, un cambio solo por capricho, el cambio del «adolescente», sin discernimiento.

Me acuerdo cuando alguien me decía: «No, padre, yo no estoy yendo a misa porque ya no me gustan o al lugar que me mudé, las misas no me gustan porque no son las de mi movimiento, y porque finalmente los diocesanos son un poco cuadrados».

Bueno, fíjense esta persona había dejado de ir a misa porque él consideraba cuadrados a ciertos sacerdotes, y él anhelaba a su movimiento. Finalmente, esta persona que decía cuadrados a los demás, ¿no era también cuadrado ella misma? Se perdía la misa porque a los otros les parecía cuadrados. Bueno, ¡cuántas cosas así hay hoy en la Iglesia!

Tanto entonces el que se aferra al pasado solo por el hecho de que todo lo anterior fue mejor, pensando que todo lo de ahora es malo, como el que cambia por cambiar y rechaza todo lo antiguo, ambos no comprenden lo que significa lo verdaderamente tradicional, ambos dejaron que las nubes les tapen el sol y se olvidaron del sol y, además, se quedaron peleándose por las nubes. Esto nos pasa muchas veces en la Iglesia, porque parece que hay como dos bandos; los tradicionalistas o los progresistas.

Dos etiquetas feas que no tienen sentido, mal puestas; y nada más alejado del Evangelio que estas etiquetas que nos ponemos nosotros mismos entre nosotros. Me imagino a Jesús tomándose la cabeza y diciendo: «¡No entendieron nada! ¡No entendieron el Evangelio!». Si nos ponemos etiquetas entre nosotros mismos, es porque nos olvidamos del sol, de Jesús que es el fundamento de nuestra fe, si ponemos etiquetas a otros es porque estamos juzgando y no entendimos el corazón del Evangelio.

Aprendamos a aceptar ciertas nubes, ciertas tradiciones que si las entendemos bien nos ayudan a embellecer la fe. Aceptemos que hay algunos que les puede gustar más o menos algunas cosas; también aceptemos que hay cosas que cambian, no hay que «rasgarse las vestiduras» por pequeñeces. Lo que no podemos aceptar es pelearnos por cosas que no son la esencia de la fe, por las nubes, mientras el sol está queriendo iluminarnos a nosotros y nosotros miramos para abajo peleándonos por algunas tonteras, perdiéndonos de lo mejor, perdiendo el tiempo; en ese caso, finalmente, todos caemos en la hipocresía.

Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.