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I Domingo de Cuaresma

Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, sintió hambre. Y el tentador, acercándose, le dijo: «Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes.»

Jesús le respondió: «Está escrito: “El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».

Luego el demonio llevó a Jesús a la Ciudad santa y lo puso en la parte más alta del Templo, diciéndole: «Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito:

“Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”».

Jesús le respondió: «También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».

El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor, y le dijo: «Te daré todo esto, si te postras para adorarme.»

Jesús le respondió: «Retírate, Satanás, porque está escrito: “Adorarás al Señor, Dios, y a Él solo rendirás culto”».

Entonces el demonio lo dejó, y unos ángeles se acercaron para servirlo.

Palabra del Señor

Comentario

Hoy comenzamos a recorrer este camino de Cuaresma, de la mano en los domingos de las distintas lecturas que se nos propondrán antes de la Pascua. Pero no nos olvidemos de algo, nuestra mirada tiene que estar puesta en la Pascua. Es un camino espiritual que nos llevará a Jesús en la cruz, sufriendo y entregándose por nosotros, pero resucitando para darnos la verdadera vida que todos ansiamos. Es un camino, y por eso el camino en sí mismo no es el fin, sino que lo importante es llegar a la Pascua. Este anhelo profundo de felicidad que nos grita desde el fondo del alma a todos diciéndonos: «Podemos ser felices. Podemos cambiar. Podemos vivir de otra manera, siguiendo a Jesús». Por eso, durante estos domingos nunca quitemos la mirada de la Pascua. Miremos todos hacia la Pascua, hacia el paso de la muerte a la vida.

Y hoy aparecen en este texto tan conocido a veces por nosotros las famosas tres tentaciones que el mismo Jesús, sí, el mismo Jesús sufrió al ir al desierto llevado por el Espíritu, una vez que sintió necesidad, que sintió hambre. Es impulsado por el Espíritu Santo para ir a prepararse, ayunando y así experimentar la prueba. Esa necesidad finalmente no va a ser saciada por él de cualquier manera. La necesidad profunda que tenemos de Dios y de felicidad no puede ser saciada de cualquier manera, esa es la enseñanza de fondo.

Y podríamos decir que hay una pregunta también que atraviesa todo el texto o una tentación transversal que cruza a las tres, que es la que intenta el demonio meter en el corazón de Jesús, en ese corazón de Hijo para que finalmente dude de su Padre, dude del camino que el Padre le proponía. Podríamos pensar que la pregunta es esta: ¿Por qué un Salvador tiene que sufrir? ¿Por qué tenés que sufrir, Jesús? No necesitás la cruz para salvar a los hombres, no necesitás en definitiva amar, entregarte tanto, no hace falta amar tanto.

Tu Padre te está engañando. Vos podés salvar al hombre de otra manera mucho más fácil. Vos podés proponer al hombre cosas grandes. Vos podrías solucionar los problemas del mundo mágicamente, con todo tu poder. Vos podés unirte a los poderes de este mundo, que son tan atractivos, para que el hombre se sienta bien finalmente. Esa es la pregunta y la tentación. La prueba de fondo es: ¿Querés que te sigan, Jesús?, ¿querés que te sigan los hombres? Si querés que te sigan, no les propongas la cruz. Hacé cosas distintas. No sigas este camino tan duro. Y estas son las tentaciones, las pruebas que también nos tocan vivir a nosotros en diferentes momentos de la vida, en diferentes momentos espirituales.

En la primera tentación, en el fondo, el demonio le está diciendo a Jesús: «Si tenés una necesidad, tenés hambre, sáciala. ¿Cuál es el problema? Convertí las piedras en pan». «Tenés instintos, podríamos llevarlo a nuestra vida, ¡seguilos!». Tenés instintos de poder, de someter a los otros, de vivir desenfrenadamente la lujuria, la avaricia y todo lo que te atrae. Dejá que fluyan tus sentimientos. Sos hombre. Para qué andar privándote. Olvidate de la cruz, olvídate de probarte de cosas, olvídate de cargar con el peso del amor de cada día. Sé permisivo. Hacé en definitiva lo que quieras, total, todo el mundo lo hace. Si sos feliz, si te da placer, hacelo.

En la segunda tentación el demonio le propone a Jesús que haga lo que, finalmente, a los hombres les gusta ver: «Hacé algo grande. Hacé algo maravilloso. Sorprendé a los demás, sorprende a la gente para que tenga que decir: “Oh, mirá, se tiró de arriba y Dios lo salvó. Tírate de ahí arriba, mostrá que sos Dios”. Finalmente, los hombres olvidarán lo maravilloso, pero hacé lo que ellos quieren y te van a seguir. Tírate. Sobrepasá el dolor. No sufras. Tentá a tu Padre, total, él te ama». ¡Qué tentación más tentadora! Es una maravilla… sobrepasar el sufrimiento. Sin embargo, Jesús nos enseñará que al sufrimiento no hay que sobrepasarlo, cuando no se puede evitar, no hay que tirarse y saltarlo, sino hay que vivirlo, hay que traspasarlo, hay que asumirlo y entregarlo.

Salva a los hombres, en definitiva, le decía el demonio, pero sin cruz, e incluso tenta a Dios haciendo cosas ridículas. ¿Cuántas veces nosotros tentamos a Dios, le pedimos que nos salve de problemas que en definitiva nos hemos metido nosotros solos, como el pecado en sí mismo que nos lleva a veces a, incluso, quejarnos con Dios y preguntarle por qué no nos salva, cuando en definitiva dependía de nosotros?

Y la tercera tentación es la que le toca sufrir a la Iglesia también como institución y a cada uno de nosotros. La Iglesia que, en el fondo, sin darse cuenta, puede enredarse con el poder. La teología que no busca la trascendencia, sino solamente lo terrenal, lo humano. Lo trascendente ya parece que no dice nada. El «misterio» para qué. Lo terrenal, lo tangible, lo que vemos. Unite a lo que cambia al mundo, a la praxis, a lo práctico, a lo social. Hacé cosas que los demás vean: el dinero, el poder, las transformaciones sociales. Póstrate delante de mí y yo te voy a ayudar.

Todos los reinos son míos y yo te los voy a dar. La gran tentación de cada corazón cristiano, de cada hijo de Dios que siente que lo espiritual parece que no sirve, que lo espiritual no cambia el mundo y Jesús nos enseña finalmente que lo que nos salvará, aquello que nos hará más hombres, aquello que nos hará más entero por decir así, aquello que nos dará la verdadera humanidad es la adoración, el reconocimiento pleno, constante y consciente de que el único que merece nuestra adoración es el Señor, que al único que podemos entregarle nuestra vida es al Señor. No dejemos que el demonio nos engañe.

Tendremos muchas pruebas en la vida. Muchas veces tendremos que volver a elegir, tendremos que volver a decir: «No, cuidado, yo no vivo solamente de pan. No vivo solamente de lo material. No voy a saciarme mis necesidades mágicamente, sino voy a vivir también de la Palabra de Dios. No necesito lo espectacular, lo extraordinario, a Dios lo encuentro en cada cosa, en lo cotidiano de cada momento que nos toca vivir. No me voy a mezclar con los poderes de este mundo que me proponen dinero, placer y poder, sino que voy a adorar al Señor, mi Dios; al único que me da la vida y al único que me da la salvación».

Que tengamos un buen domingo y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.