• www.algodelevangelio.org
  • hola@algodelevangelio.org

II Viernes de Cuaresma

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

«Escuchen otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.

Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos. Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon. El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera.

Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: “Respetarán a mi hijo.” Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: “Este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia.” Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron.

Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?»

Le respondieron: «Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo.»

Jesús agregó: « ¿No han leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos?

Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos.»

Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Entonces buscaron el modo de detenerlo, pero temían a la multitud, que lo consideraba un profeta.

Palabra del Señor

Comentario

¡Qué bien se está cuando estamos con Jesús! ¡Qué bien se está cuando él nos regala esos momentos de gozo! Muchas personas me lo expresan de muchas maneras, en retiros, en adoraciones, en misiones. Hay personas que no tienen ganas de volver a la realidad. Es normal, a todos nos pasa. Porque nada supera la experiencia de Jesús cuando él nos regala y nos hace descender su amor sobre nosotros, como dice el Salmo. Sin embargo, hay que volver al llano. Sin embargo, cuando Jesús nos lleva a esa montaña para experimentar si amor, es simplemente para que tengamos fuerza para caminar. Por eso, no podemos vivir de esos gozos. No podemos desilusionarnos cuando la fe se vuelve dura. Muchas personas también cuando todo se vuelve cotidiano dicen: «Pero…y lo que experimenté antes, ¿dónde está? Ahora no siento nada». Bueno, bienvenido al mundo de la fe. Ahora hay que caminar, ahora hay que amar, ahora hay que trabajar, hay que entregarse por Jesús, aun en la dificultad, aun cuando no se sienta nada. No podemos vivir de los consuelos de Dios, sino tenemos que entregarnos al Dios de los consuelos.

La historia de la salvación, de toda la humanidad, es al mismo tiempo siempre espejo y reflejo de nuestra historia, de tu historia de salvación, de la de cada uno de nosotros. ¿Qué es la historia de la salvación? Bueno, es simple y sencillo. La historia de un Dios que es Padre y que anda de hace miles de años buscando al hombre para que el hombre se dé cuenta de una vez por todas de que no hay nada más emocionante, más hermoso que ser encontrado por él.

Adán y Eva se escondieron de Dios, ¿te acordás? Y Dios salió a buscarlos, lo mismo pasa con nosotros. ¿Vos pensabas que en tu historia eras el protagonista principal? No te la creas. Sos parte de la historia, pero no sos la historia. Dios, nuestro Padre, es el dueño y Señor de la historia de la vida, de nuestras vidas. Él es el que creó el escenario, él es el que puso la escenografía, él es el que la embelleció, él es el que la sembró con su amor, él puso los actores y el que los quiso dirigir, pero los actores se rebelaron olvidándose del dueño de todo y quisieron hacer su propia obra.  Jesús con esta parábola, hace un resumen de la historia de la salvación, de la historia de un Dios que ama a su creatura y por amarla le da todo, esperando algo a cambio. Y no solo le dio signos y cosas para que se dé cuenta de su amor, sino que, no conforme con eso, envió a su propio Hijo, Dios mismo se hizo presente para que el hombre terminara de darse cuenta. ¿Qué pasó? Lo que escuchamos en Algo del Evangelio de hoy. Lo mataron para quedarse con la herencia (eso es lo que celebraremos en la Pascua, en la muerte y resurrección de Cristo). El hombre se adueña de lo que es de Dios. Ese es nuestro mayor pecado, es el peor pecado que atraviesa toda la historia, la historia grande del mundo y la historia mediana, digamos así, de la Iglesia, la historia chiquita de cada uno de nuestros corazones. Dios que nos busca y nosotros que no respetamos sus signos y enviados, los de cada día, sino que tantas veces los echamos de nuestra vida, los apedreamos para seguir en la nuestra. Esta historia se repite una y otra vez cuando no somos fieles al amor de Jesús, cuando no dejamos entrar a él para recoger los frutos que le corresponden. Tenemos que tomar conciencia que nosotros estamos viviendo la mejor parte de la historia de la humanidad. ¿Qué?, estarás diciendo en este momento, no nos podemos quejar. Si nos quejamos, quiere decir que todavía no entendimos nada. Muchos quisieron estar y vivir lo que nosotros estamos viviendo. Ya conocemos el final de la historia, de la película, que tarde o temprano va a suceder. Jesús fue rechazado, es verdad, pero ganó en el silencio de la cruz, de la resurrección y se quedó para siempre con nosotros. Esperando también recoger hoy los frutos de tanto amor. El rechazo de los hombres de ese tiempo y de nosotros, se transformó en el mayor triunfo de un Dios bastante particular, que hizo y hace lo inimaginable.

En lo concreto, tratemos de darnos cuenta en cada cosa que no podemos negarle a Dios lo que es suyo. No podemos negarle al Padre lo que es suyo, nuestro corazón. Todo es por él, de él y para él, tu corazón y el mío. Y en la historia de este día concreto –del que nos toca vivir ahora– hay que dejarle encontrar a él nuestro corazón, dejarse encontrar por él que nos busca, no rechazar los enviados de Dios; tantos signos de cada día, y para eso hay que estar atentos.

Que no nos pase lo del rico de la parábola de ayer, que se adueñó de los bienes que había recibido y no supo compartirlos. Después, ya no habrá tiempo. Una vez que nos toque partir de este mundo, ya no habrá tiempo. Una vez que venga él para cosechar y a recoger los frutos –al final de los tiempos–, ya no habrá tiempo. El tiempo es ahora. Ahora tenemos que amar, ahora tenemos que mirar a ese que pasamos de largo, ahora tenemos que ir a perdonar al que no quisimos perdonar, ahora es cuando tenemos que ir a hablarle a ese abuelo o abuela, a ese tío, primo o hermano con el que no hablamos hace tanto; es ahora, es hoy. Aprovechemos este día para que Jesús se haga presente en nuestras vidas y con su amor nos ayude a descubrir el amor que a veces tenemos guardado y no queremos entregar.

Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.