«No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy.»
Tomás le dijo: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?»
Jesús le respondió: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto.»
Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta.»
Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?
Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras.
Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque Yo me voy al Padre.»
Palabra del Señor
Comentario
Hoy es domingo, día del Señor, día para el Señor. Una vez me preguntaron, me acuerdo, qué era «santificar las fiestas», el tercer mandamiento. Bueno, hoy es el día para «santificar», el domingo es el día para santificar, porque es el día de la resurrección de Jesús, es día santificado por el amor de Jesús, al vencer la muerte y darnos una nueva vida. El domingo es día de fiesta, no solo porque nuestro corazón debería anhelar encontrarse con Jesús en la santa Misa, sino porque también hacer de lo cotidiano algo sagrado, algo lindo, algo santo, es muy necesario para todos. Porque a Dios le gusta lo cotidiano, él vivió lo familiar, como nosotros; el asado o la comida de cada domingo, la familia, el reunirse, el volverse a ver, el recibir al que anda lejos, el descansar un poco más y mejor, el leer lo que no podemos leer durante la semana, el escuchar a los que no pudimos ver y escuchar en la semana. Todo esto podemos hacerlo santo si se lo ofrecemos también al Padre, por medio de Jesús. Santifiquemos este día, dejemos que él esté en este día de una manera especial. Santifiquemos el domingo.
Algo del Evangelio de hoy me inspira a que nos hagamos una pregunta: ¿Alguna vez experimentaste esa linda sensación de «estar en camino», de ponerte en camino, de estar yendo al lugar que esperabas y deseabas con todo tu corazón? Para mí es una de las sensaciones más lindas de la vida, cuando preparo el momento de salir de la rutina, de salir de vacaciones, de salir hacia ese lugar que me espera, a ese lugar donde quiero llegar para estar y descansar. Lo lindo es que, cuando nos ponemos en camino, aunque todavía nos falte llegar, ya tenemos de alguna manera el corazón en la meta, en el final, ya empezamos a experimentar lo lindo que es y será llegar a ese lugar. El hombre tiene esa maravillosa posibilidad de traer al presente lo que anhela, la meta final.
Jesús nos dice hoy: «Yo voy a prepararles un lugar (…) a fin de que donde yo esté, estén también ustedes». Imaginar la vida como un camino es una de esas metáforas más lindas que podemos usar para reconocer lo que somos en esta vida, caminantes, somos peregrinos. Estar en camino da paz, caminar es lindo, da quietud, porque se tiene la certeza de que tarde o temprano con esfuerzo se llegará. Es cuestión de tiempo, nada más. Por eso Jesús dice: «No se inquieten». Lo importante es caminar, lo importante es «estar en camino», no moverse del Camino con mayúscula. «Yo soy el Camino», nos dice hoy la Palabra. Yo soy el que te conduce, el que te lleva, el que te dio un camino concreto y correcto, el que te acompaña siempre en ese caminar, el que te da esa certeza de que por «estar en camino» ya se tiene algo de lo que vendrá. «Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre». Si ustedes se ponen en camino, si caminan conmigo, si están conmigo, estarán siempre de algún modo con mi Padre. «Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí». Hay que ponerse a caminar. ¡Vamos, a levantarse! No se puede estar en el Camino y ser una «piedra tirada, pateada por otros», somos «piedras vivas». Somos una nación santa, un pueblo sacerdotal, dice la segunda lectura de hoy, un pueblo que es puente entre Dios y los hombres, que en definitiva eso es ser sacerdote. Lo lindo es caminar, es ofrecer el cansancio del camino, es saber que vamos hacia allá y él «nos fue a preparar un lugar». ¿Qué más podemos pedir?
Creamos. Creé en el Padre y en Jesús. Creé en que lo que hoy nos dice: «No nos inquietemos», es verdad. El que cree en esto, espera, tiene esperanza en la Vida eterna, tiene la certeza de que «arriba» está todo preparado para algo mucho mejor, aunque ya lo empezamos a disfrutar aquí en la tierra. El que cree puede «hacer las mismas obras» que Jesús y puede ayudar a mejorar algo de lo de acá. «Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago».
Es día para creer, esperar y amar. Estamos en el Camino. ¿Sentís esa linda sensación? No nos inquietemos por cosas que no valen la pena.
Si estamos con él, estamos en la verdad, estamos en la vida, estamos en camino. Si creemos en Jesús, aunque nos alcance la muerte, no moriremos, porque nuestra vida no se acabará jamás. Cuando nos inquietamos es cuando perdemos de vista esa meta final, cuando nos olvidamos y miramos para otro lado y no hacia Jesús. «¿Cómo vamos a conocer el camino?». Conociendo a Jesús. No bajes los brazos, seguí luchando porque nuestra vida es un camino y todavía a todos nos falta bastante por recorrer, aunque no sepamos cuándo llegará el final.
Que tengamos un buen domingo y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones.