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V Miércoles de Pascua

Jesús dijo a sus discípulos:

«Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. El corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía. Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié. Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí.

Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde.

Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán.

La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.»

Palabra del Señor

Comentario

La cuestión de ir al cielo, o de tener deseos de ir al cielo, no es cualquier cosa, ¡cuidado! No es una cuestión un poco romántica, porque, en definitiva, si olvidamos eso, en realidad olvidamos lo más transcendental, olvidamos lo más esencial de lo que somos, olvidamos de dónde venimos –o sea, quien nos creó– y hacia dónde vamos —o sea, qué quiere Dios de nosotros–. La historia muchas veces es –como se dice– un péndulo. Y la historia de la Iglesia, por supuesto, no es ajena a estos posibles vaivenes de los pensamientos, de las culturas que se pueden ir dando en cuanto a lo que la Iglesia dice y piensa. No quiere decir que la Iglesia cambie por capricho, pero a veces se ha puesto más el acento en un tema que en otro, se ha hecho más hincapié en una cuestión o en una verdad de fe distinta a la de otras épocas. Es medio simplista o simplificado definir así nomás la historia, pero ayuda a entender un poco más que en definitiva somos humanos, ¿no?, y a veces la Iglesia también, de algún modo, expresa esta debilidad del ser humano. Nos equivocamos cuando expresamos las cosas, no sabemos expresar de manera certera siempre todo.

Alguien me decía una vez: «Padre, ¿no será que no hay tantas ganas de ir al cielo hoy, porque la Iglesia se quedó en el tiempo, o que la Iglesia transmitió con temor la fe, planteando el castigo del infierno y el cielo solamente como un premio?». Algo así me acuerdo que me dijeron. Y bueno, la verdad que todo puede ser, puede haber algo de verdad. Yo también, alguna vez, lo pensé así. Siempre nos hemos equivocado, todos. La transmisión de la fe no es perfecta, está sujeta a la fragilidad de las personas que trasmiten la fe y aquellas que la reciben. Todos nos equivocamos, y al mismo tiempo, es difícil etiquetar la realidad tan fácilmente, juzgar la historia con nuestros pensamientos de hoy, como se dice, anacrónicamente, fuera del tiempo. Es fácil echar la culpa al pasado. Me animo a decir que sí, que muchas pueden ser que al cielo lo hemos planteado como algo no tan atractivo, como solamente un premio, como ir construyendo nuestros ladrillitos en el cielo por las buenas obras. Pero también me animo a decir que hoy ya ni si quiera se habla del cielo en la Iglesia, no digo todos, pero se escucha poco. No hablamos de ese deseo de eternidad que nos debe colmar el corazón. Pasamos de un extremo al otro, a esta forma de ver la historia como un péndulo. Es raro escuchar que estamos hechos para la Vida eterna, es raro escuchar a los predicadores, a nosotros, hablar de la santidad, de la meta de todo cristiano, de entregar la vida, de morir por Jesús, de saber que hay Vida eterna.

En las últimas décadas casi sin querer y bajo apariencia de bien, se habla demasiado de la tierra, de solucionar los problemas humanos, de las cuestiones sociales. Que es verdad, tenemos que ocuparnos de las cosas de la tierra, de lo que tenemos que hacer acá, que en cierta manera es verdad, hay que ocuparse de las cosas de la tierra, de lo que tenemos enfrente cada día. Lo mejor parece a veces que está por estos lugares, por estas tierras. Parece ser que la salvación es fruto de nuestro esfuerzo y de construir un reino casi terrenal. Ni una cosa ni la otra, ni ver solamente el cielo como un premio a nuestro esfuerzo, a nuestro amor, que nosotros casi que construimos nuestra casita allá arriba o tenemos ganas de ir por miedo al castigo, ni el cielo en la tierra construido por nosotros, cosa que te habrás dado cuenta ya, en el correr de tu vida, que es imposible.

Un domingo, me acuerdo, antes de la bendición final de la Misa, después de haber dedicado todo el sermón a tratar de explicar lo que significaba ir al cielo, para quitarme la frustración de haber visto pocas manos levantadas esa vez, volví a preguntar: «¿Quién quiere ir al cielo?». Para mi alegría, todos levantaron las manos y hasta se escucharon algunos gritos en el fondo: «¡Yo!».

¡Qué lindo! ¡Qué lindo es terminar una Misa así, una predicación así, con muchas ganas de ir al cielo! ¡Qué lindo que es que, por ejemplo, ahora vos también digas: «Yo quiero ir al cielo también, para eso vine a la tierra y por eso quiero amar ahora, en este momento»! Estamos hechos para el cielo, porque por nuestras venas corre la savia de la vid de Jesús, que es Jesús mismo, su Espíritu. Corre en nuestras venas la sangre de Jesús, el Espíritu Santo que nos fue dado por él mismo. «Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer», dice Algo del Evangelio de hoy.

El Padre es el buen viñador, que está siempre queriendo que demos frutos, que nuestra vida aporte algo a la vida del mundo. Es el Padre que sabe esperar, pero que al mismo tiempo quiere que demos frutos de Vida eterna. Exige, pero con amor, porque conoce todo lo que podemos dar. Para él no somos inservibles, no sos inservible, nunca pienses eso. Somos sarmientos, somos las ramitas de esa planta que es la vid, y desde ellos es donde brotan las hojas, los zarcillos y los racimos. Por eso no podemos dar frutos separados de la planta. Cuando estamos separados, no servimos para nada, porque en realidad sin Jesús no podemos hacer nada que dé frutos de santidad. Podemos hacer muchas cosas exteriores, pero frutos de santidad, eso no. Podemos hacer muchas cosas en este mundo, incluso ser muy exitosos. Podemos colaborar mucho en la Iglesia, ser reconocidos, ser aplaudidos, ser queridos por todos. Podemos decir que trabajamos para él, pero si sus palabras no permanecen en nosotros, si no amamos como él ama, de nada servirá. En el fondo es lo de san Pablo: «Aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada; si no tengo la gracia de la caridad, no soy nada. Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada; si no lo hago por amor de Dios, no me sirve para la santidad».

Lo que nos une vitalmente a Jesús es el amor que él mismo nos da y nos permite amar como él. La clave es no hacer muchas cosas buenas, sino hacerlas como él las haría, con el amor de él, solo así daremos frutos de santidad. Todo lo demás, todo lo demás, aunque todos nos reconozcan, quedará en la nada, no nos servirá para nada. Cuando nos toque partir de este mundo, nos guste o no, tengamos ganas o no, no nos preguntará Jesús cuántas cosas hicimos, cuánto nos aplaudieron, cuánto dinero juntamos, cuántos títulos acumulamos, cuánto nos quisieron, cuánto nos amaron, sino cuánto amamos, cómo amamos, si amamos, si buscamos el bien de los otros y no primero el nuestro. Solo el que está unido a Jesús, el que permanece con él puede dar estos frutos y que sean duraderos. ¿Querés ir al cielo? ¿Queremos ir al cielo? Amemos, amemos más, ese es el camino, como ama Jesús. ¿Sabés en definitiva qué será el cielo? Amor eterno. Alegría eterna. ¿No te dan ganas de ir para allá? Si te dan ganas, levantá la mano.

Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.