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VI Domingo de Pascua

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes.

No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes.

El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él.»

Palabra del Señor

Comentario

«Eso lo entiende hasta un chico de tres años, padre…», me dijo Johnny, nuestro amigo una vez en medio de un sermón mientras trataba de explicar que hay diferentes modos de estar presentes en el corazón de los otros. Quise hacer una comparación o, como se dice, una analogía entre los diferentes modos de estar presente entre nosotros, y la presencia de Jesús en nuestras vidas. En realidad, no sé si los niños entienden cosas más rápido de lo que nosotros entendemos o que lo que expliqué era tan obvio que no necesitaba explicación. Lo importante finalmente es que, según Johnny, eso era muy entendible. Supuestamente lo entendieron todos. Johnny, mi amigo, estaba particularmente gracioso ese día, me acuerdo. Habló bastante, pero lo particular o lo lindo, es que para él Jesús está siempre, no necesita mucha explicación, para él la presencia de Jesús no necesitaba ser «racionalizada», como decimos, muy pensada, no necesita ser «demostrada» científicamente, sino que Jesús simplemente está, y no hay que darle más vueltas.

Me di cuenta que a los niños hay ciertas cosas que no es necesario explicárselas mucho, sino que las viven, así simple, a secas, sin mucha «alharaca», como se dice. ¿Y nosotros? Uyy, nosotros los adultos pensamos, pensamos y pensamos tanto que corremos el riesgo de pensar mal, y que se nos mezclen los pensamientos, de usa mal la cabeza, de usarla sin corazón, en definitiva, sin amor, sin fe. La cabeza es un regalo de Dios, pero la cabeza no puede pensar si el corazón no late con amor. La cabeza no puede pensar como si fuese que las ideas son lo único que salvará este mundo. Sin embargo, muchas veces lo hacemos; sin embargo, este mundo muchas veces lo manejan «cerebros» sin corazón. Sin embargo, nuestras decisiones a veces las tomamos demasiado «cerebralmente”. Está más de moda ser un «cerebro» que ser un buen corazón. Demasiado corazón parece ser signo de debilidad. Pero la debilidad del corazón de Jesús finalmente fue la que salvó a este mundo. La debilidad de un corazón que nos ama es el que nos salva de nuestra «lindas razones» que nos ponemos para en definitiva no abrirnos al amar.

Pero… ¿Sabés una cosa? ¿Sabés qué es lo que salvó al mundo? ¿Sabés qué es lo que salva al mundo y lo salvará día a día? Un corazón que no buscó muchas razones para amar, sino que amó sin más razones que el amor. El corazón de Jesús que amó aun no encontrando motivos para amar. ¿Sabés qué es lo que va a salvar a tu hijo o a tu hija? Que lo ames sin mucha explicación, sin mucha vuelta, pero que lo ames verdaderamente, no que lo controles, no que lo manipules, que lo ames. ¿Sabés qué es lo que va a salvar a tu marido, a tu mujer, a tu matrimonio? Que le des más oportunidades, que le tengas más paciencia, que confíes en lo bueno que tiene adentro. ¿Sabés qué es lo que nos salva a todos, a vos y a mí? El amor incondicional de alguien, el amor de Jesús a través de ese incondicional. Pensemos en ese amor incondicional que tenemos en nuestras vidas. Pensemos quién es en nuestras vidas ese que «no nos pide condiciones», ese que está y estará siempre. Pensemos quién en nuestra vida será el que estará siempre, pase lo que pase. ¿Quién es en tu vida concreta esa persona que sabés que, aunque hagas lo peor del mundo, aunque caigas en lo más bajo posible, te va a perdonar sin pedirte tantas explicaciones?

Algo del Evangelio de hoy nos consuela al saber que jamás estamos solos, que el estar solos, es solo una sensación, nos dice así Jesús: «Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes…», «No los dejaré huérfanos…», «…el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él…». El estar solos en general es una elección personal, porque incluso las personas que se han quedado solas por no tener familias pueden estar acompañadas siempre si aman.

Vivimos en el gran mundo globalizado, donde incluso se ha globalizado la soledad, donde hay miles y miles de corazones que viven rodeados de gente pero que no son amados, que viven buscando compañías virtuales, pero que en el fondo están solos. Vivimos en el mundo en el que millones de personas, incluso nosotros, decimos estar «conectados» pero la conexión a veces tiene poca señal, y la conexión no es por el amor. Jesús está siempre con nosotros, somos nosotros los que no dejamos que ese amor salga a relucir, somos nosotros los que a veces le tenemos miedo al amor porque pensamos que amar es cumplir y cumplir, y eso no hace bien. Somos nosotros los que no dejamos que el Espíritu que nos regala Jesús haga su obra en nosotros.

Somos nosotros los que le tenemos miedo al amor, porque a veces pensamos que amar es cumplir y cumplir no hace bien. Se puede cumplir el amor con amor obviamente. Se puede amar al cumplir las cosas. Se puede si tenemos en claro que al cumplir amamos, que al cumplir la palabra de Jesús estamos saliendo de nosotros mismos, saliendo hacia los demás para hacer lo que él hizo con nosotros. Por eso Jesús hoy nos insiste en que la prueba del amor hacía él es amar como él, cumplir su mandamiento, el del amor… o podríamos decirlo al revés, solo cumple el mandamiento de Jesús quien lo ama, quien lo conoce, quien lo busca y desea profundamente vivir de él.

¿Pensás que esto necesita mucha explicación? Hay que vivirlo para entenderlo, «esto lo entiende hasta un chico de tres años…», me contesto ese amigo mío y amigo de toda la comunidad.

Que tengamos un buen domingo y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.