En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
«Cuando venga el Paráclito que yo les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad que proviene del Padre, él dará testimonio de mí. Y ustedes también dan testimonio, porque están conmigo desde el principio.
Les he dicho esto para que no se escandalicen.
Serán echados de las sinagogas, más aún, llegará la hora en que los mismos que les den muerte pensarán que tributan culto a Dios.
Y los tratarán así porque no han conocido ni al Padre ni a mí.
Les he advertido esto para que cuando llegue esa hora, recuerden que ya lo había dicho. No les dije estas cosas desde el principio, porque yo estaba con ustedes.»
Palabra del Señor
Comentario
Te propongo empezar este día rezando con el Salmo 104, dice así: «Envíanos Señor tu espíritu y renueva la faz de la tierra». Nos acercamos a la Fiesta de la Ascensión del Señor, nos acercamos también a la Fiesta de Pentecostés, y por eso todos estos días muchísimas veces aparecerá la persona del Espíritu Santo en boca de Jesús en muchas lecturas. Serán lindas semanas para invocarlo, para buscarlo, para reconocerlo, para reavivarlo en nuestra vida, para redescubrirlo; para no olvidarnos que Jesús no nos dejó solos, todo lo contrario, se quedó con nosotros dándonos su propio Espíritu. «Envíanos Señor tu espíritu y renueva la faz de la tierra».
Me imagino que sabrás que la soledad del corazón es una de las peores sensaciones que nos pueden tocar vivir en la vida. ¿Sabías también que en este mundo súper-comunicado existen millones de personas solas o que, por lo menos, se sienten solas? Sin embargo, no se puede vivir solo, no estamos creados para ser seres solitarios, para andar solos. «No es bueno que el hombre esté solo», es la expresión del Génesis, del primer libro de la Biblia, después que el hombre fue creado. Es verdad, no es bueno andar solos, no es bueno creerse que podemos solos, no hace bien aislarse y toparse con uno mismo continuamente, sin estar con otros.
¿Te pasó esto de sentirte solo o sola alguna vez en la vida? ¿Te pasó esto de estar con gente, pero interiormente sentirse incomprendido, solitario? Creo que es parte de la vida, no somos mejores o peores por esto. Son cosas que nos pasan, es inherente a nuestro ser creados, ser creaturas, simplemente eso, pero tenemos que aprender a manejar esa sensación.
Por eso qué bien nos hace escuchar que Jesús, en Algo del Evangelio de hoy y ya desde ayer, domingo, nos va prometiendo que «no nos dejará huérfanos», nos promete que nunca estaremos solos. Esto es algo que solo comprende aquel que cree, aquel que cree en esta promesa de Jesús; promesa que ya se hizo realidad en la historia, en la historia de los apóstoles, en la historia de tantos santos a lo largo de estos milenios, desde que Jesús partió al cielo: «Cuando venga el Paráclito que yo les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad que proviene del Padre, él dará testimonio de mí…».
Todos los bautizados –vos y yo– hemos recibido el Espíritu de la verdad que proviene del Padre, y él es el que, en nuestro interior nos conduce a Jesús y al Padre. Pero no todos los bautizados nos damos cuenta de semejante verdad y realidad; no todos los bautizados dialogamos en nuestro interior con el Espíritu. La vida que llevamos, muchas veces ajetreada y llena de corridas, atenta contra nuestra interioridad. La vida que se nos propone vivir tapa toda posibilidad muchas veces de silencio que es solitario, pero que es fecundo. Pero en realidad estamos hechos para algo más, estamos hechos para saber dialogar también con nosotros mismos, con nuestra propia intimidad. Me sorprende siempre cuando en la comunidad de mi Parroquia podemos lograr, incluso con los niños o con los jóvenes «hacer silencio», lograr momentos de oración en silencio. Me sorprende, y me confirma, que también los jóvenes y los niños necesitan silencio y que pueden hacer silencio para encontrarse con Jesús y con ellos mismos. A veces subestimamos a los demás, a veces en la Iglesia también –¡cuidado! – tenemos miedo al silencio, hay mucho ruido. Tenemos miedo a que los niños «se aburran», los jóvenes se aburran, como si fuera que el aburrimiento no es parte de la vida, porque en el fondo lo que nos «aterra» no es aburrirnos, es la soledad, no sabemos qué hacer en la soledad y entonces le escapamos, necesitamos ruido. Y la experiencia termina mostrando que, si en la misma Iglesia no tenemos ámbitos de silencio, para la oración, para el encuentro personal y misterioso con nosotros mismos, al fin de cuentas… ¿qué estamos haciendo? ¿Qué le damos de distinto a los fieles, a tantos corazones que viven en medio de un mundo lleno de caos y ruido?
Es lindo animarse a «meterse» dentro de uno mismo, es lindo también tomar conciencia de que recibimos el Espíritu, que el Espíritu no es exclusivo de algunos «iluminados», sino que es de todos y nos hace «uno». Es lindo animarse a «hacer silencio» para perder el miedo a esa soledad que a veces nos aterra. Muchas veces no estamos mejor acompañados que «cuando estamos con nosotros mismos» porque estando con nosotros mismos estamos también con el mismísimo Dios si aprendemos a encontrarlo.
Por eso hoy te propongo y me propongo que recordemos esto: No estamos solos, nadie está solo. No estamos solos jamás. Si estamos solos, es porque lo elegimos, y puede ser para que sea fecundo o puede ser para aislarnos. Podemos vivir dos tipos de soledades, la fecunda, la que nos lleva al encuentro con Dios y con nosotros, y la soledad solitaria, valga la redundancia, que nos lleva al temor y a la angustia, la que no sabemos manejar y nos lleva al aislamiento.
Pidamos a Jesús que «nos envíe su Espíritu» para que nos renueve en este día, para que renueva la faz de la tierra, de nuestro corazón y nos enseñe a dar testimonio de él, de su presencia en este mundo que a veces anda bastante solitario.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones.